lunes 31 de octubre de 2011

¿Por qué las intelectuales siempre se sienten atraídas por los brutos y por los gilipollas?


Una cosa lleva a la otra. Estamos hablando de Gus Van Sant o al menos yo estoy hablando de Gus Van Sant y noto que nadie en la mesa sabe de quién diablos estoy hablando y que comienzo a sumergirme —diría un amigo, luego volveremos sobre él— en las profundidades de mi estado natural: la desubicación y el ridículo. No importa eso ahora. Lo que importa es que empiezo a darme cuenta de que no hay ninguna película de Gus Van Sant por la cual me animaría a poner las manos en el fuego, ni siquiera en una pequeña hornalla de cocina, a excepción quizás de Todo por un sueño (To die for, 1995), seguramente más por Nicole Kidman, cuando todavía era Nicole Kidman y no la momia de Boris Karloff, que por los atributos cinematográficos de Van Sant. Milk o Elephant son películas bien hechas, pero hacia la mitad aburren. Los cortos son bastante tediosos, y My own private Idaho está sobrevalorada porque River Phoenix aportó unos años menos de vida a la causa. De otras películas es difícil explicar su misma existencia; su versión de Psicosis de 1998, por ejemplo, o su desastrosa adaptación de Even cowgirls get the blues, el clásico de Tom Robbins al que no salvó ni Uma Thurman. Sin embargo, sí recomendaría Pink, su novela de 1997. Como realizador cinematográfico, Gus Van Sant es un gran novelista. Desafío a cualquiera a que demuestre lo contrario.

Todavía en la mencionada conversación, recomiendo la lectura de Pink y me refiero a una expresión que me gusta, en las primeras páginas del libro, quitando alguna raya y algunas comillas: “¿Has tenido alguna vez que decidir? Cuando la otra idea es vieja y ha quedado atrás. Entre un tiempo y otro —canto para mis adentros—, ¿cuál elegir? ¿Has tomado alguna vez la decisión final?”.

Por alguna razón misteriosa se me fija con facilidad mucho de lo que leo y a veces me descubro citando párrafos ojeados hace años con una precisión ridícula. Ridícula, bien digo, porque no es una habilidad que se cotice demasiado bien en el mercado de las relaciones sociales contemporáneas. Ni siquiera en los ámbitos en los que uno podría presuponer que esta inútil habilidad —usada con moderación y evitando la jactancia, por supuesto— podría ser apreciada. Lo cual me recuerda una línea de Michel Houellebecq en traducción de Anagrama, pero ésta no cuenta como rareza o síntoma de incompetencia social, porque la leí hace poco y me hizo gracia: “Siempre me ha asombrado la atracción de las intelectuales por los hijos de puta, los brutos y los gilipollas”. A mí también. Mucho. Lo cual quiere decir que no me pongo en el grupo de los hijos de puta, ni de los brutos, ni de los gilipollas, y esa es la médula —contaba hace años Mario Levrero— de todos los libros que tratan sobre la educación de la conducta: están los sabios y están los tontos, y uno siempre se pone en el lugar de sabio, no de tonto, “en una clara ausencia de humildad”. Sin embargo, uno aprendería mucho más si aceptara su papel de tonto o de necio, no de sabio.

“Cuando abro la boca —escribió Levrero— es para decir algo fuera de lugar e incomodar a la gente”. Pero en la mencionada conversación yo no quedo del todo mal. Eso me hace tentar la suerte y nunca, nunca —bien lo afirma Douglas Coupland en Planeta champú— debés tentar la suerte porque un día, de casualidad, te sentís demasiado bien. Sé que no estoy solo en esto. De pronto uno empieza a contar algo que le hizo gracia o que le resulta interesante, y a medida que observa el rostro de sus interlocutores va comprendiendo que lo que le hizo gracia no es tan gracioso, que lo que le resultó interesante no es tan interesante, o peor aún, que uno no está capacitado para transmitir esa gracia o hacer despertar ese interés. Uno se metió en un espeso bosque del que no podrá salir con facilidad. Un amigo me dijo hace poco, y también me hizo mucha gracia: “Me siento un ridículo desubicado. Pero no te culpes por eso, es casi, casi, mi estado natural”.

Es que en una parte de Pink dos personajes —viajando en avión— mantienen uno de esos diálogos que me agradan, en los que se salta endemoniadamente de un tópico a otro y ninguno de los participantes parece inquietarse por una esquizofrenia temática que borda la más dulce insania. Y entre los temas abordados está la noticia, aparecida en la portada del New York Times, de que en Puerto Rico anda suelto un vampiro; así que discuten sobre la existencia de cazadores de vampiros, y uno dice que Puerto Rico debe estar lleno de cazadores de vampiros, y de periodistas, agrega el otro, y el primero dice: “Buena pareja. Me refiero a la Coca Cola con whisky. Hacen una buena pareja”, que era a lo que yo quería llegar, pues estaba bebiendo Coca Cola con whisky, pero más o menos en el momento en el que dije que dos personajes mantienen un diálogo en el avión ya había dejado de resultar gracioso o interesante y tenía esa molesta sensación de ser un ridículo desubicado y que ése es mi estado natural.

Otra vez: no creo estar solo en esto.

Ahora busco el libro de Van Sant. Hace años que no lo abro y me entretengo releyendo las partes buenas. Tiene cierto aire a Coupland, ya que lo mencioné allí arriba, y además incluye dibujitos (muy Coupland, por cierto) y un flipbook en los extremos de las páginas, que me recuerda a los que hacía en los libros de la escuela. Escribió Van Sant y con sólo estas líneas dejó atrás todas sus películas, y eso que en Psicosis actúa Julianne Moore, que es adorable. Ahí va:


Yo pienso. Soy un humilde pensador. Soy un hombre. Soy un hombre humilde. Soy un realizador de cine industrial. En otra época fui bueno pero ahora me avergüenzo. Me he vuelto malo. Espero vuestra llamada. Necesito ayuda. Voy en pos de la salvación. Voy en pos del dinero fácil. Me he vendido. El sistema me ha echado a perder. Salvadme, por favor. Me paso el día tratando de vadear las heces y el lodo de la industria local de cine comercial independiente en la que todos mis clientes tienen mal aliento y llevan cadenas de oro en el cuello, brazos, muñeca (¿partes privadas?) y tobillos. No conozco a un solo cliente que no tenga oro y mal aliento. Quizá yo también tenga mal aliento. He de preguntárselo a Jack, el chaval que conocí en la lavandería. Quizá por eso no me lleva demasiado el apunte y se comporta como si me rehuyese. Me siento atrapado. Siento que me acecha la crisis de la mediana edad. Tengo miedo. Me siento decididamente solo. Me siento un poco raro, como un barco que se ha ido alejando del muelle; los cabos que lo amarraban se han soltado. Me alejo mar adentro. Todavía confío en encontrar a alguien que me ayude. Todavía conservo, milagrosamente, ciertos lazos emocionales y mi discurso es razonable, no he perdido esa capacidad aún. Pero temo perderla… quizá falte poco. Me pregunto cómo será eso, no poder relacionarte con la gente ni hablar de manera normal porque tus emociones no actúan ni reaccionan como hace falta para establecer un intercambio sano. Pero, sobre todo, temo. Temo que vaya a despertarme empapado en mis propios fluidos. Temería que me cayeran los libros de la estantería en la cabeza pero ya no hay libros en la estantería y me temo que nunca me los devolverán. Temo ser atropellado en una esquina por un coche cuyo conductor o conductora se haya saltado el semáforo en rojo. Temo que el arnés que sujeta a Swifty cuando se lanza al vacío se rompa y ya no volvamos a verlo. Me encantaría ser artista. Admiro mucho a los artistas. Aunque estén en plena crisis de identidad son capaces de hacer arte con ello, a veces mejor arte que antes. Pero temo a los artistas. El arte me da miedo. Temo que el último trocito de alambre oxidado que mantenía al ganado en los corrales se haya cortado y las vacas y cabras se estén dispersando lentamente. O que la atracción gravitacional de Saturno pierda su efecto sobre mí y yo me aleje de la superficie terrestre girando sin cesar en dirección al sol. Eso quizá es lo que más temo.

—¿Has tenido alguna vez que decidir?

“Cuando la otra idea es vieja y ha quedado atrás. Entre un tiempo y otro —canto para mis adentros—, ¿cuál elegir? ¿Has tomado alguna vez la decisión final?”.


Lo sé. Entiendo que sería difícil hacerle decir estos parlamentos a Keanu Reeves; que ya en “Yo pienso” todos nos tentaríamos de risa en la platea. Pero le deseo toda la suerte a Van Sant y espero que alguna de sus películas me guste tanto como su novela.

Paso las páginas, les dejo unas líneas maravillosas para que puedan sentirse unos ridículos desubicados el próximo sábado en la noche: “Godard dijo que el cine era verdad, veinticuatro veces cada segundo. Verdad-verdad-verdad-verdad-verdad… suena casi como un proyector. Ese Godard, viejo genio peliculero estrella de rock relojero suizo, sí que conocía sus realidades”.

viernes 28 de octubre de 2011

Música para camaleones y caramelos masticables


Es alguna tarde del pasado. Puede ser un día bastante lejano en el tiempo, puede no serlo, la cotidianeidad de la conversación le confiere una contemporaneidad abrumadora. Pudo ser esta tarde, pudo ser la tarde de ayer, puede ser la tarde de mañana. Dos o tres cosas nunca cambian. Lo sabés.

Espero a Marlene W. en el bar. Bebo Coca Cola, como caramelos masticables de color radioactivo (el paquete anuncia que se trata de una mezcla de sabores: naranja, banana, ananá, limón), leo Música para camaleones, el libro de relatos de Truman Capote de 1980. Me gusta leerlo cada tanto. Ahora estoy en “Luego, todo sucedió”. Capote hace una investigación en la isla de San Quintín; conversa con Robert Beausoleil, miembro del clan de Charles Manson. El bar está en la esquina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el cruce de José Bonifacio y Puán, en el barrio de Caballito, arriba de la librería. Mesa junto a la ventana y clima gris como me gusta. El tipo que atiende —puede ser un momento del pasado, no te olvides— siempre me hizo recordar a Stephen King. La mirada psicótica aunque amable. Te voy a matar pero con una sonrisa.

Pienso en el vicio de los caramelos masticables mientras Marlene W. se acomoda en la mesa. Luego de comer uno, no hay forma de detenerse hasta liquidar todo el paquete. Todavía no terminaste de masticar y tragar uno que ya estás pelando el envoltorio del caramelo siguiente. Marlene W. analiza en detalle el paquete. Decide probar uno. Cara de desagrado.

MW (vocecita de nena): ¿Lo puedo escupir?

Saboreo su tradicional apacible indecisión frente a la carta de los bares. Dos o tres cosas nunca cambian. Ya sabés. Me agrada que así sea.

MW: No sé qué pedir.

MP: Tomá de mi Coca.

MW: ¡Si sabés que no me gusta la Coca! Tal vez una Seven Up… ¿Tendrán Seven Up?

MP: No sé. Creo que hay Sprite…

MW (cara de desagrado)

MP (retóricamente): ¿Tampoco te gusta la Sprite?

MW (niega mientras se concentra en la carta)

MP: ¿No te gusta la Sprite pero sí la Seven Up…? (en realidad, a MW no le gustan las gaseosas y punto)

MW: ¡Callate! ¡No me puedo concentrar!

MP: ¿Tenés que concentrarte para pedir una gaseosa?

MW: No sé si quiero una gaseosa. Quiero algo fresco.

MP: Agua.

MW: Sí, o un café con leche…

MP: El café con leche no es algo fresco…

MW: Ya sé que el café con leche no es algo fresco…

MP: ¿Compartimos licuado? (compartimos licuados en este bar)

MW (sonriente y decidida): No, no, ya está. Agua mineral.

MP: ¿Segura?

MW: Sí. Agua.

MOZO (justo a tiempo): ¿Qué vas a querer…?

MW: Un café con leche, por favor.

MOZO: Ya te lo traigo (se marcha)

MP (sorprendido): ¿Café con leche…?

MW (reaccionando): ¡¿Le pedí un café con leche?! (agitando la mano, al mozo) ¡Disculpá, disculpá! ¿Puede ser una botella de agua mineral, por favor, en lugar del café con leche?

MOZO (sonriendo): Cómo no…

MP (feliz de compartir su descubrimiento): ¿Notaste que es igualito a Stephen King?

MW (irónica ante un nuevo comentario estúpido de MP): Sí, sí, igualito…

Palmeo el libro y menciono que el diálogo entre Capote y Beausoleil es fascinante y perturbador, todo al mismo tiempo. Marlene W. me cuenta sobre V., una chica conocida, ahora devenida en krishna. Dice que ya es imposible hablarle como persona, como individuo, que es como estar hablando con una pared de… teoría krishna. Me gusta esa expresión, “una pared de teoría krishna”, y me gusta mucho más el toque de suspense que pone antes del “teoría krishna”. Mientras lo dice, recuerdo ese comentario tan ingenioso de John M. Keynes, al referirse a una entrevista de H. G. Wells con Iósif Stalin: un hombre enfrentándose a un gramófono. Así me hago esa conversación entre Capote y Beausoleil: un hombre enfrentándose a un gramófono. Página 214 de la edición de Sudamericana de Música para camaleones:

“RB: Lo que pasa, pasa. Todo es bueno.

“TC: ¿Consideras que matar a gente inocente es bueno?

“RB: ¿Quién dice que eran inocentes?

“TC: Bueno, luego volveré a ese punto. Pero ahora: ¿qué idea tienes de la moral? ¿Cómo diferencias entre el bien y el mal?

“RB: ¿Entre el bien y el mal? Todo es bueno. Si pasa, debe ser bueno. De lo contrario, no pasaría. Así fluye la vida. Así se mueve. Yo me muevo con ella. No la cuestiono”.

Vaya mierda, me digo, al igual que Capote se lo habrá dicho. Pero me parece una mierda conocida, una mierda familiar, una mierda que me harté de escuchar en el horrible edificio universitario que veo por la ventana: la vida fluye, yo fluyo con la vida, lo que aparece en la vida es bueno. Basura redentora, basura mística, basura espiritual, basura orientalista. Basura. Existe un hilo conductor bastante nítido. Hace años yo la hubiese llamado “mierda new age” o “mierda zen”; hace menos años la llamaba “mierda krishna”. Hoy diría “mierda feng shui”. En el fondo es mierda y nada más.

En su libro Obra abierta, Umberto Eco incluyó un artículo de 1959 titulado “El Zen y el Occidente” en el que citaba a Jack Kerouac como emblema del Beat Zen. “No sé. No me importa. Es lo mismo”, decía Eco que decía Kerouac. Eco no encontraba en esa expresión el “sereno y afectuoso apartamiento del verdadero ‘iluminado’”, sino “cierta hostilidad, una autodefensa airada”. El comentario que no se hacía, la apostilla que no estaba incluida en el texto, era que Eco hubiese hablado de una “mierda zen” de no haber querido guardar las buenas formas. “¿No será entonces el Beat Zen un Zen muy fácil, hecho para individuos que tienden a no comprometerse y que lo aceptan como los biliosos de hace cuarenta años elegían el superhombre nietzscheano como bandera de su intemperancia?”.

La tarde se convierte en noche y las luces iluminan el empedrado porteño. Los nenes revuelven las bolsas de basura buscando algo comestible, en las plazas céntricas de la ciudad los iluminados aplauden a sus gobernantes populares y nacionales. Pienso en algo que Capote le dice a Beausoleil: “La guerra. Los niños que mueren de hambre. El dolor. La crueldad. La ceguera. Las cárceles. La desesperación. La indiferencia. ¿Todo eso es bueno?”.

Pero es alguna noche del pasado. Bastante lejana en el tiempo.

Foto: Guadalupe Treibel/ Nerds All Star, 28 de octubre de 2011

miércoles 26 de octubre de 2011

Steve McQueen vs. la gelatina extraterrestre


Es bastante lógico que los niños utilicen envases de medicamentos para construir maquetas de ciudades. Trato de pensar en algún otro objeto cotidiano que sirva para tales propósitos y no se me ocurre ninguno. Las cajas de polvo de gelatina, acaso, pero son demasiado grandes según la escala de una maqueta que será arrastrada por un niño hasta la escuela. Además, justo es decir que circulan más envases de remedios que de gelatina; que las campañas presidenciales están costeadas por los magnates de la industria farmacéutica, no de la industria gelatinosa; y que si llegara el apocalipsis zombie, yo preferiría tener una buena reserva de envases de químicos antes que de envases de gelatina. De hecho, creo que preferiría morirme de hambre o de tristeza antes que verme obligado a sobrevivir comiendo gelatina.

Detesto la gelatina. Las cajas de remedios están bien.

Por decantación, otros objetos estarían mal y uno debería cuestionar la capacidad de percepción del niño que los empleara. Por ejemplo, tubos de cartón de papel higiénico o latas de arvejas. Cuando un niño se representa la imagen de una ciudad —cuando la mayoría de nosotros nos representamos la imagen de una ciudad— piensa en construcciones rectangulares muy parecidas a cajas de remedios. Una construcción tubular, figurada por el corazón del papel higiénico, podría ser la excepción de una norma elaborada a partir de cajas de ansiolíticos y analgésicos. Sólo unos pocos edificios romperían —o deberían romper— con esa regla de líneas rectas y ventanitas caladas con cúter.

“La gente, invariablemente, cuando ve un edificio lo compara con otro o con un objeto similar —escribió el arquitecto Charles Jencks en El lenguaje de la arquitectura posmoderna, su libro de 1977, revisado en años posteriores—; en otras palabras, lo ve como una metáfora. Cuanto menos familiar sea un edificio moderno, más lo compararán metafóricamente con lo que conocen. Esta conexión de una experiencia con otra es propia de todo pensamiento, particularmente del que es creativo. Por tanto, cuando las celosías y emparrillados de hormigón prefabricado se utilizaron por vez primera a finales de los años cincuenta, se vieron como ‘ralladores de queso’, ‘colmenas’ o ‘cierres enrollables’; mientras que diez años después, cuando eran la norma en muchos tipos de edificios, se vieron en términos funcionales: ‘Esto parece un aparcamiento’. De la metáfora a la frase hecha, del neologismo, a través del uso constante, al signo arquitectónico: esta es la ruta continua que atraviesan tanto las nuevas y prósperas formas como la misma técnica”.

En la ciudad de Buenos Aires y en sus suburbios se encuentran varias construcciones así. Aparecen como objetos discordantes con el paisaje, se asumen como anomalías, se asimilan con algo conocido y luego la comparación muere, se vuelve una afirmación literal. Para que sean efectivas, en cuanto paisaje cotidiano, estas construcciones deben neutralizarse como metáforas. El sentido social —en principio discordante— debe acotarse, trivializarse, darse por sentado. El Rulero, por ejemplo, que es como se conoce a la Torre Prourban, la construcción cilíndrica de la Avenida del Libertador; o la Bombonera, como se llama al estadio de Boca Juniors. En algún momento la mejor manera de definir esas edificaciones, de aprehenderlas, de comunicarlas, fue homologándolas con objetos familiares: un rulero, una caja de bombones.

Y ahora que escribo sobre cajas de remedios y sobre gelatina, pienso en Steve McQueen.

Bien, la relación y el viraje son un poco bruscos, ¿pero es necesario pedir disculpas a esta altura? Antes de volverse una de las grandes estrellas de cine de las décadas de 1960 y 1970, antes de ser Vin Tanner y Virgil Hilts, antes de todo eso, Steve McQueen (uno siempre debe decir “Steve McQueen”, jamás “McQueen” o “Steve”, pues “Steve McQueen” es pura música) caminó entre cajas de remedios y se enfrentó a una gelatina del espacio exterior. ¿Lo sabían?

The blob, se llama la película de 1958, y la pasaban al menos una vez al mes en Sábados de superacción, un ciclo de cine de sábado a la tarde, en el viejo canal 11, que educó a toda una generación de incompetentes sociales y parias culturales. Allí hay una sustancia gelatinosa amorfa salida de un meteorito que aumenta de tamaño conforme va devorando todo lo que encuentra a su paso: pobres diablos, casi siempre. No por nada en español se estrenó con títulos como La masa devoradora o La mancha voraz. Al final se convierte en una cosa gigantesca de ésas que requieren los servicios del ejército, y lo que vemos es pura magia del cine de ciencia ficción: una gelatina moviéndose entre cajitas de remedio.

“¿Cómo puede la gente protegerse a sí misma de algo en lo que no cree?”, se pregunta, serio, el personaje de Steven McQueen, un adolescente interpretado por un actor de casi treinta años. La respuesta es sencilla: empezando a creer.

Pues si podemos convertir torres en ruleros, y estadios de fútbol en cajas de bombones, entonces podemos creer en cualquier cosa. Y si somos capaces de creer, también somos capaces de protegernos.

Inventamos las ciudades, inventamos las cajas de medicamentos, inventamos las ciudades de cajas de medicamentos. Ninguna tonta gelatina extraterrestre podrá con nosotros. Steve McQueen está de nuestro lado.

lunes 24 de octubre de 2011

¡600!


Seiscientos posteos en cuatro años. Nada mal, ¿no?

Ahora, quiero contar una historia.

Sábado en la noche, poco antes de la veda electoral. Estoy en Ultra, un bar del microcentro porteño donde se toca música en vivo y se puede tomar Warsteiner tirada a veintidós pesos la pinta. Las dos mozas son eficientes, amables. Una lleva el cabello largo, la otra lleva el cabello corto. Coordino mejor con la de cabello largo; se hace cargo de mi sector y capta a la distancia, a través de sólo un gesto, que debe recargar mis pintas. Mira hacia mi lado, levanto el vaso vacío y le doy un golpecito con el dedo índice. Ella asiente en señal de entendimiento y un momento después coloca sobre la mesa el apoya vasos y la bebida. Pienso en el sentido social, en la semiosis, en Charles Peirce, en los procesos infinitos de construcción de significados. Es un fenómeno sorprendente. Recuerdo una línea de Paul Ricoeur que me agrada, de su libro Hermenéutica y acción, que podría pasar por una respuesta al primer capítulo de la Fenomenología del espíritu de Hegel: “Digo: anochece, amanece; pero lo dicho de mi decir persiste. Por eso puedo inscribirlo”. Es una bofetada epistemológica poderosa y algo bastante extraño en lo cual pensar un sábado en la noche en Ultra; constituye también un artefacto retórico exquisitamente confeccionado: son sólo catorce palabras contoneándose entre dos puntos, una coma, un punto y coma, un punto seguido. Hay que ver la sutileza con que está armado el artefacto, los cambios de tracción, sus respiros. Estas cosas me pueden; simplemente me pueden.

Sin embargo, tengo presente que —sigue Ricoeur y sigo citando de memoria, óbviese cualquier error de transcripción— la acción humana “se inscribe en el curso de las cosas y se vuelve archivo y documento”. Se me ocurre que el gesto de golpear el vaso es efectivo, funciona, obtengo mi pinta, pero que tiene también un costado brutal, violento, como si la moza de cabello largo no fuese más que un mecanismo que media entre mi cerveza y yo; se me ocurre que acaso ese gesto quede inscripto en el curso de las cosas y se vuelva un archivo del que no pretendo formar parte. Decido que no alcanza con un mohín cordial o con decirle que muchas gracias; que no alcanza con un 15% de propina; que acaso peque de imbécil anacrónico y que acaso todos los guiños estén condenados a perderse en su propio vacío, pero que a mí no me enseñaron a chistarles a las mujeres ni a hacer que me traigan una cerveza cuando doy golpecitos a mi vaso vacío. Que no me gusta; que no me hace sentir cómodo; que no es la clase de mundo en el que quiero vivir. Entonces, luego de que la moza apoya el vaso, le pido que disculpe un gesto tan brusco y grosero; que sin embargo —le explico— parece mejor que hacerla ir y venir hasta la mesa. Y se sonríe, dice que no hay problemas, que está bien, que es práctico; en las rondas sucesivas, cuando viene a la mesa, su sonrisa parece genuina, complacida. No creo que haya mejorado su noche, ni su existencia, pero en cualquier caso a mí me gustaría vivir en un mundo en el que la gente pide disculpas a las mozas por llamarlas a la distancia con un gesto un poco brusco.

Un amigo está embobado con la moza de cabello corto. No se refiere a ella como “la moza de pelo corto”, sino: “La moza de peinado carré”. Hace años que no escucho la expresión “peinado carré”. Se oye genial, subraya una ternura apenas comunicable. Me pregunta si le vi los ojos; el bar está en penumbras, a duras penas veo el camino al baño. No, digo. Así que mi amigo describe los ojos de la moza de peinado carré y uno intuye que existe algo irreductible en ese relato. Sábado tras sábado mi amigo va al bar, mira los ojos de la moza, se los aprende lo suficientemente bien como para describírselos a alguien más; quizás es lo último que recuerda antes de dormirse y quizás es lo primero en lo que piensa al despertarse; y nunca le dice a la muchacha algo como: “Oye, primor, ¿qué haces luego de tu turno?”, mientras chasquea los dedos y le extiende una tarjeta con su número telefónico. Sólo la mira, mira sus ojos, busca una excusa para hablarle, para tenerla en frente, para cruzársela entre las mesas o en la barra, para sonreírle, la observa al pasar, la observa a lo lejos, la observa y nada más, luego vuelve a su casa e imagina todo lo que le diría si juntara el coraje o si los astros se alinearan o si algún milagro sucediera o si ella descubriera cómo la mira cuando la mira. Y de nuevo: yo prefiero vivir en un mundo así.

En el mundo en el que a mí me gustaría vivir los tipos se disculpan con las mozas por llamarlas con un gesto brusco; los tipos se han memorizado los rasgos de sus ojos y pueden describírselos a alguien más como si los estuvieran viendo en ese instante; no las tontean, no las tratan como a un pibe con tetas, no les tocan el culo cuando pasan junto a sus mesas, ni siquiera festejan las formas de dichos culos: refieren a sus ojos, enmarcados en un peinado carré.

Y “peinado carré” suena delicioso.

Pues bien, si estos cuatro años y seiscientos posteos tienen un propósito, si tienen un sentido, es que alguien pueda contar esta historia, es que alguien pueda leer esta historia, y es que alguien pueda encogerse de hombros si a muchos más les parece una pendejada.

Probablemente lo sea, y en cualquier caso, todavía no puedo hacer más que encogerme de hombros, beber mi cerveza, pensar en Ricoeur y mirar cómo la moza de peinado carré se mueve entre las mesas penumbrosas mientras alguien me describe sus ojos. Es un buen mundo, de veras. Y si te parece que necesitás algún permiso para disfrutarlo, entonces consideralo dado por un servidor.

Gracias por leer.

sábado 22 de octubre de 2011

Horrores en tierras baldías


Hay que apuntar a la cabeza y volarle la tapa de los sesos. Cualquier niño sabe eso. Ningún zombie será detenido con cruces, agua bendita, círculos de sal; eso es superchería para místicos. Un balazo certero, justo en la frente. Los horrores de épocas seculares exigen soluciones seculares.

Casi todas las tradiciones folklóricas tienen relatos de muertos que entran en contacto con los vivos, sea para atacarlos, advertirles o sólo hacerse notar. Los revenants europeos, draugr en la mitología nórdica, la mesnada Hellequin y otros ejércitos de muertos en la Baja Edad Media, el Poema de Gilgamesh sumerio: “Quebraré las puertas del mundo inferior/ Yo levantaré los muertos roídos y vivos/ Para que los muertos superen a los vivos”. Acaso la palabra “zombie” se empariente con jumbie, antiguo vocablo caribeño para “fantasma”, o con nzambi, “espíritu de un muerto” en kikongo. Probablemente la primera referencia literaria occidental sea Le zombi du grand Pérou, novela de 1697 de Pierre-Corneille Blessebois. Un siglo después, en 1797, Moreau de Saint-Méry publicó un tratado sobre el actual territorio haitiano; usó la palabra zombie para referirse a los revenants, los aparecidos. También explicaba que a los esclavos se les prohibía enterrar a sus muertos, pero que lo hacían de todos modos, a las apuradas, a poca profundidad; las inundaciones los sacaban a flote.

La creencia afrocaribeña de que un bokor puede robarte el alma y convertirte en esclavo es incómoda en el registro médico-etnográfico. Y no sólo porque el segundo capítulo de La isla mágica, el libro de William Seabrook de 1929 —un relato de brujerías, rituales vudú y banquetes de carne humana—, se titule “Muertos trabajando en los campos de azúcar”. En 1937 la antropóloga Zora Neale Hurston dio con Felicia Felix-Mentor, muerta y enterrada en 1907, todavía vagando por las calles de Haití. El etnobotánico Wade Davis —autor de La serpiente y el arcoíris, libro que inspiró la película de Wes Craven, sobre el célebre zombie Clairvius Narcisse— propuso que los chamanes zombifican a los pobres diablos valiéndose de alucinógenos y neurotoxinas (como la tetradotoxina); que los rituales tenebrosos sólo son teatro. Pero Davis tiene reputación de charlatán: lo único que hicieron sus libros e investigaciones—dijo una vez el antropólogo Robert Lawless— fue posibilitar un nuevo insulto de Hollywood a Haití.

Y es que el cine plasmó estas figuras de brujos, plantaciones, negros y esclavos en filmes como White zombie (1932), Revolt of the zombies (1936), King of the zombies (1941), Revenge of the zombies (1943), I walked with a zombie (1943), Voodoo man (1944), Zombies of Mora Tau (1957) o La plaga de los zombies (1966). En 1968 un tal George A. Romero estrenó una película en blanco y negro hecha con poca plata, actores desconocidos y un equipo técnico sin experiencia: La noche de los muertos vivientes. ¿La trama? Los muertos resucitan por razones desconocidas y atacan a los vivos con el propósito de comérselos. Las personas mordidas fallecen y se unen a la legión de cadáveres ambulantes. Un heterogéneo grupo de sobrevivientes se refugia en una granja y al rato están desnucándose entre sí: es el fin de la civilización, la vuelta a la pesadilla hobbesiana de todos contra todos. La película rompió el género de un golpe: ya no había drogas, hipnosis, magos o plantaciones. Los muertos estaban muertos en serio, algunos no eran más que huesos podridos, los partían al medio y seguían andando; nadie los controlaba —casi siempre eran producto de un experimento militar fallido— y su único interés era devorarse a los vivos. No eran zombies, sino muertos vivientes.

Se pasó de la magia a la ciencia, del vudú a la tecnología. Si el siglo XX comienza con White zombie, con sus jugueteos colonialistas de amos y esclavos, acaba en Resident evil (2002) y sus secuelas, donde la responsabilidad de la resurrección masiva de cadáveres recae en una corporación global. Tres saltos: de la hechicería al secreto militar, del secreto militar a la conspiración corporativa. Ya no ocurre en alguna isla lejana llena de gente supersticiosa y chozas de paja. Ahora los muertos caminan en las grandes urbes del occidente industrial, o luego de la epidemia, luego del “Apocalipsis zombie”, en sus escombros. Las ciudades fueron arrasadas, los Estados-Nación diezmados, las bases del capitalismo occidental crujieron y se hundieron. El nuevo sistema social se balancea entre el feudalismo rampante y el sálvese quien pueda. Sólo unos pocos recorren la árida faz de la Tierra, buscando alimentos, combustible, curas milagrosas, armas, seguridad, algún oasis. Hay que cuidarse tanto de los vivos como de los muertos.

El epítome es el centro comercial suburbano de El amanecer de los muertos (1978), que funciona como polo de atracción para difuntos antropófagos, como espacio utópico para sobrevivientes, como refugio que refracta el exterior y lo vuelve contra sí mismo, y finalmente, como lugar del que hay que escapar. Una de las personas atrapadas en el shopping quiere saber por qué los muertos siguen yendo hacia ahí; otra le responde: “Algún tipo de instinto. Recuerdos de lo que solían hacer. Este fue un lugar importante en sus vidas”. Los muertos vivientes son seres que lo han perdido todo (perdieron sus vidas; luego, perdieron sus muertes), excepto su condición de consumidores. Consumían cuando estaban vivos, consumían cuando estaban muertos (tierra, un espacio de reposo, servicios de personas encargadas de que el lugar sagrado siga siendo sagrado), consumen ahora que son muertos vivientes; de hecho, sólo se dedican a consumir (carne humana), sólo se dedican a encontrar posibilidades para seguir consumiendo. El autentico Konsumenterror, habría dicho Ulrike Meinhof.

Aunque los relatos sobre el fin del mundo no son nuevos, fue a mediados del siglo XX, con dos guerras mundiales a cuestas y la amenaza nuclear a la vuelta de la esquina, cuando la ficción apocalíptica se propagó en películas, cuentos, novelas, comics, en cualquier soporte que resistiera el relato. Los zombies se incorporaron en el último cuarto de siglo; a comienzos del siguiente ya eran un tópico, un buen filón que explotar. “Los zombies son los nuevos vampiros”, dice un personaje de la serie True blood. “Supongo que pronto aparecerá un zombie en Plaza Sésamo —se quejaba Romero en 2008—, enseñándoles a los niños a contar”.

Las mejores historias de zombies son sombrías antes que aterradoras, no acaban con una cura milagrosa, con una solución a último momento, con los protagonistas a salvo en una nueva tierra prometida. El orden no se restaura. Quizás porque no hay ningún orden que restaurar. Es como si estas baratijas de mercado lucharan contra sí mismas: como si la voluntad de sus protagonistas por salvarse se enfrentara a la sospecha de que la humanidad no merece ser salvada.

Y todo este recorrido está inscripto en The walking dead, el drama de la AMC sobre un grupo de supervivientes del apocalipsis zombie cuya segunda temporada empezó esta semana. Habrá horrores seculares y sesos que estallan. Fragmentos del folklore del capitalismo moderno.

[+] Marcelo Pisarro, "Horrores en tierras baldías", en Revista Ñ, 421, 22 de octubre de 2011

viernes 21 de octubre de 2011

Una píldora de vida


Mi base intelectual no es lo suficientemente metafísica. Siempre pienso en eso cuando voy a la farmacia. Estoy ahí parado, tratando de reflexionar sobre la muerte y el fin de la existencia, pero nunca sucede gran cosa. Me entretengo con los letreros y las promociones y las golosinas. La persona que inventó las cadenas de farmacias y colocó pastillitas confitadas en los alrededores de las cajas se merece toda mi admiración. El mercado empuja hacia la superficie mis posibles profundas reflexiones. Sólo pienso en pastillas: confites, psicofármacos, lo que sea. Una genialidad, de veras.

Debería ser aterrador. Cada mes, a veces varias veces al mes, llego a la farmacia, saco número, presento la receta y mi credencial de la prepaga, lleno un formulario con mi nombre, dirección, teléfono y otros datos, me entregan varias cajas de píldoras, hago otra fila frente a las cajas, rodeado de golosinas y champús y condones y otros elementos que no parecen tener mucha relación con la botica tradicional, y aunque trato, y trato, nunca experimento terror: si no tomase estas píldoras regularmente mi vida ya no sería vida, la presión sanguínea destruiría el sistema nervioso central de mi cuerpo, destruiría los riñones, las arterias periféricas y otros órganos fáciles de ser destruidos; o, como ya sucedió, provocaría una cardiomegalia por hipertrofia. De hecho es bastante interesante.

El ventrículo izquierdo del corazón recibe sangre oxigenada de la aurícula izquierda; por medio de una contracción de las fibras musculares la envía hacia la aorta para que se distribuya por todo el cuerpo. El incremento continuo de la presión sanguínea en las arterias obliga al ventrículo izquierdo a bombear con mayor fuerza o mayor frecuencia por un tiempo prolongado, y eso provoca la hipertrofia, es decir, un aumento en el tamaño de las células musculares. Después sucede algo con proteínas y la membrana citoplasmática de las fibras musculares, pero es menos interesante de relatar coloquialmente. Lo sugestivo es que estoy comprando píldoras de vida, píldoras que evitan que el corazón le ponga tanta garra, que obligan a que se lo tome con calma; y lo hago entre caramelos de llamativos envoltorios y barras de chocolate. Y nada ocurre. Ningún estímulo para imaginar lo inimaginable. Ninguna iluminación trascendental. Culpo de ello a la filosofía. Si alguien puede hacer que te den ganas de comprarte un Toblerone cuando estás en la fila de la farmacia, ¿por qué los filósofos no podrían empujarte hacia las profundidades del alma? ¿Por qué no podrían empujarte hacia la reflexión existencial tal como los listillos del marketing te empujan a comprar barritas de cereales y chocolates con forma de monedas doradas?

Decido cambiar de farmacia. Quiero comprobar si sucede algo. Busco alguna en mi cartilla médica. Esta vez sólo necesito gotas para los ojos y un psicofármaco para dormir. Presento la receta para las gotas y la receta —por duplicado— para el psicofármaco. La farmacéutica es idiota. Alcanza con verle la boca entreabierta para darte cuenta de que es idiota. Me apoyo sobre el mostrador. Sonrío. Me muestro encantador y finjo que su torpeza no me molesta. Hay un problema con una palabra en la receta de las gotas y la mujer no entiende. Da vueltas, muestra la receta a otras farmacéuticas, se rasca la cabeza, teclea algo en la computadora, vuelve a rascarse la cabeza. El problema es éste: en la receta aparecen dos palabras incompatibles, “gel” y “gotas”. No ve manera de superar el conflicto. Le pido la receta y una lapicera; negra, por favor. Tacho la palabra “gel” de la nota. La farmacéutica sonríe satisfecha. Le quité un peso de encima. Sólo tres letras tachadas y su universo recupera el orden. ¿Quién necesita filósofos? Tenemos Toblerone y píldoras de colores. Tachamos lo que sobra y pasamos a lo siguiente. Así nos va.

miércoles 19 de octubre de 2011

El lujo de los detalles

Estoy sentado en el Burger King de Corrientes y Callao de la ciudad de Buenos Aires. Paso revista de lo que veo sobre mi mesa: computadora portátil, libro, croissant de jamón y queso a medio comer, vasito de café. Me detengo en el vasito. Comparado con cualquier café doble de bar porteño, es grande; comparado con cualquier medida estándar de cadena de cafetería o casa de comida rápida, parece terriblemente pequeño. Pero no es esto lo que quiero probar.

Pienso en los detalles. De las descripciones, concretamente. Soy de la idea de que —a la hora de escribir— alcanzan con unos pocos trazos para representar un lugar, una persona, una situación. Las descripciones minuciosas me pierden. Las novelas con empachos de descripción hacen que me impaciente, que me saltee líneas o párrafos enteros; cuando las descripciones minuciosas aparecen en tratados etnográficos, me salteo páginas o capítulos enteros. Toda descripción pormenorizada me aburre. Se parecen a los solos de guitarra, de saxo, de batería, de bajo (éstos son los peores) en los conciertos de rock; uno está esperando que vuelva el cantante y siga con la canción. OK, Steve Vai, ya entendimos.

Me parece que alcanza con decir que estoy en un local de Burger King. Se oye música de radio FM, un murmullo general inunda el amplio ambiente, los vasos de gaseosa se acumulan sobre bandejas con envoltorios de hamburguesas hechos un bollo. Podría acotar algo sobre los clientes, sobre la iluminación, sobre las ofertas de productos. ¿Necesitaríamos mucho más? Doy por sentado que si estás leyendo esto, ya sabés cómo es un local de Burger King. Y si no lo sabés, de seguro te harás una idea con esos pocos trazos.

Ahora supongamos que quiero describir algo con mayor detalle. ¿Valdría la pena? Elijo a un tipo que está sentado delante de mí. Sólo veo su nuca. Calculo su edad, según su nuca y la postura de su cuerpo, en unos 70 años o más. Tiene las orejas grandes. El pelo canoso, corto, ya empieza a ralear. Usa anteojos. No veo los anteojos, sino la tira que los sujeta. Va muy apretada, como si fuesen antiparras. Lee el diario. Lo acerca mucho a su rostro, en posición vertical. Eso permite que yo también lea lo que está leyendo. Se entretiene con las publicidades de Carrefour. Lleva un pulóver negro, cuello alto. Sobre la mesa apoya un paraguas a cuadros y una bolsita amarilla donde se lee “Al-Sham Art Árabe”. Cada tanto se rasca una de sus orejas, la derecha. A veces se suena la nariz. Bebe un café pequeño. La mesa donde se sienta es de fórmica. El asiento tiene el respaldo gris y la plataforma es roja. A su lado, en la pared con machones verdes abstractos (me recuerdan algún motivo surfer), se lee: “Marca con una x la opción que corresponda”. Entre los manchones abstractos hay un gran letrero con la fotografía de una joven mujer. Anda por la treintena, la mujer, no le han retocado las incipientes arrugas, las marcas que la alejan de la adolescencia pasteurizada; me agrada su expresión. Entre el hombre y su paraguas está la bandeja plástica, marrón, con el papel que hace las veces de mantel (publicidad de Combo Cheddar. BK Ofertas. $18). Tiene pantalones de vestir oscuros. Zapatillas deportivas azules. Debajo del pulóver sobresale una camisa. Lleva una riñonera. En el asiento apoya una campera verde con forro bordó. La campera es amplia, guarda monedas en el bolsillo derecho (las examina). Anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Reloj de agujas. Y así.

Tanta información. Tanta dispersión.

Me aburro. Termino mi café. Dejo las descripciones por un rato.

Magia de la escritura. En tiempo de lectura fue un instante, el movimiento que lleva de un párrafo al siguiente. Yo salí, caminé por Callao, me detuve a curiosear en las vidrieras de las tiendas, pasé por el cajero automático del banco, un tipo frente a la pizzería Americana me pidió que le comprara una empanada y me recordó que soy un puto cuando no lo hice. Ahora escribo sentado en una sala de la Biblioteca del Congreso. Tengo montones de candidatos para describir en detalle. Pero pienso en una muchacha a la que acabo de cruzarme en la calle.

La muchacha tenía unos veinte años. Era linda y llamaba la atención entre los paseantes. Estaba de pie, en la plaza frente al Congreso Nacional, cerca de las paradas de colectivos que vienen del sur de la ciudad. Llevaba el cabello corto. Campera de cuero azul eléctrico. Shorts de jean y largas piernas que acababan en unas Converse con tachas. Me pidió un cigarrillo. Le dije que no fumo y seguí caminando.

Y creo que con eso alcanza. Un par de detalles tienen que bastar. Se trata de escribir y de entretener (esto se aplica a un ensayo etnográfico, una crónica periodística, una novela), no de hacer un inventario judicial o un catálogo de venta de autopartes.

Cuando yo estaba en la escuela primaria había dos clases de asignaciones de escritura: narración y descripción. En las narraciones tenías que contar algo y eso estaba bien, aunque el relato de qué hiciste en tus vacaciones o tus impresiones de la excursión al Planetario no le importaran a nadie. Las descripciones me aburrían muchísimo. Tarea para el hogar: descripción de una naranja. ¿Y qué pueden decir un chico de diez años sobre una naranja? Que es una fruta, redonda, tiene cáscara y (vaya) es naranja. Y cuidado de salirse del plan inventario, porque tenías que rehacer la asignación. Y si hacer descripciones era insufrible, rehacerlas era mucho peor.

Las descripciones me molestan, sobre todo, cuando detienen la historia o la argumentación. Se parecen a las escenas pornográficas de las películas pornográficas, a las escenas de acción de las películas de acción. Detienen la trama.

“Ocurre con la descripción —anotó Stephen King— lo mismo que con todos los aspectos del arte narrativo: que aprenderás practicando, pero la práctica, por sí sola, nunca te llevará a la perfección. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué gracia tendría? Y cuantos más esfuerzos hagas de claridad y sencillez, más aprenderás sobre la complejidad del idioma. Practica arte, recordando en todo momento que tu oficio es decir qué ves, y sigue con la historia”.

Un par de signos que uno encuentre significativos, siempre entremezclados con alguna acción. Y a seguir con la historia.

lunes 17 de octubre de 2011

¡Descubren adolescente sin aro en la nariz!

—¡No sabés lo que vi el otro día! —me dijo un amigo.

—¿Qué viste? —quise saber.

—Una adolescente sin aro en la nariz.

En principio no di crédito a semejante ocurrencia. ¿Una adolescente sin aro en la nariz? ¿En Buenos Aires, pleno siglo veintiuno? Vaya disparate. Grande resultó mi sorpresa cuando comprobé que mi amigo no bromeaba.

—¿En serio viste una chica sin aro en la nariz?

Asintió, entre acongojado y estremecido por la imagen clavada en su cerebro, junto a la bolita china que introdujo de niño por la nariz y que le impide diferenciar rojo de naranja, Coca de Pepsi y Corea del Norte de Corea del Sur. Intenté imaginarme una cosa tan inusual, tan incongruente con la moral y las buenas costumbres de la época. Una adolescente sin perforación nasal, qué engendro. Pensé en los traumas que debía cargar esa pobre muchacha, las burlas que recibía a diario por ser tan diferente al resto; el vacío social que debía provocarle semejante carencia. Se me ocurrió que para un joven del siglo veintiuno es casi prodigioso sobrevivir sin un aro en la nariz.

—¿Te fijaste si tenía nariz? —pregunté a mi amigo. Podía ser una buena explicación: no llevaba aro en la nariz porque no tenía nariz. Dicen que Michael Jackson vivió la mayor parte de su vida sin nariz.

—Sabés que no presté atención… Pero creo que sí tenía nariz.

—Qué cosa… ¿Y para qué querría nariz si no llevaba aro?

—No sé. Quizás exista alguna secta que no permite aros en la nariz. Los satanistas son muy estrictos ahora que lo suyo se ha vuelto tan popular. O el Partido Comunista.

—¿El Partido Comunista no permite aros en la nariz?

—Sólo la vertiente leninista. Por respeto a Lenin, que una vez se engrapó la nariz con un ganchito y casi pesca gangrena. Dicen que Trotsky tuvo algo que ver, por una vieja disputa en torno a unos jarrones chinos que habían obtenido de Sun Yat-Sen. Los testigos fueron desterrados a Siberia y los bolcheviques acallaron el asunto. Algunos testigos, incluso, fueron utilizados como conejillos de indias en los experimentos de atonalidad de Schönberg. Una muerte muy dolorosa.

—Terrible, en verdad. Tal vez no llevaba aro por eso.

—¿Quién? ¿Lenin?

—No. La chica.

—¡Ah! No sé. Fue curioso de veras. La gente se daba vuelta para mirarla. Otros le tomaban fotografías. Un hombre le tiraba maní.

—¿Con chocolate?

—No, salado.

—¿Pelado?

—No.

—Qué descortés.

—Ya sabés, hay de todo.

—¿Y vos que hacías?

—Recogía el maní del piso por si alguien le tiraba cerveza.

—¿Le tiraron?

—No, pero alguien trajo un Martini y cuando volví de comprar aceitunas, la chica ya se había ido.

—Qué escándalo.

—Ni lo menciones.

La idea estuvo rondándome durante las semanas siguientes. Hay cosas que sencillamente no deben ser, que no pueden ser. Una muchacha sin aro en la nariz es sin dudas una aberración cultural, un individuo inacabado, un sinsentido deíctico y temporal. Peor aún, una muchacha sin aro en la nariz no es una muchacha, a lo sumo es la bisabuela de la muchacha o un sifón de soda o una garrafa de gas o una lombriz solitaria en un tubo de ensayo, pero no puede ser una muchacha. Imposible. Es como un sándwich de jamón y queso sin jamón y sin queso y sin pan y sin mayonesa y sin el práctico escarbadientes que mantiene unidas las partes y sin la palabra sándwich. No puede llamarse “pan” a una tabla de surf, ni “vino” a un complejo habitacional suburbano. El pan es pan y el vino, vino.

Y una adolescente del siglo veintiuno sin aro en la nariz —sin peinado horripilante y extravagante, sin anteojos de gruesos armazones, sin tatuajes, sin zapatillas Converse, sin flirteos lésbicos, sin fotos de Cristina Kirchner en su perfil de Facebook, sin metales esparcidos alrededor de su boca, sin ansias de ser cineasta, escritora, bailarina, cantante, periodista o conductora televisiva— no es una adolescente del siglo veintiuno.

“Es el triunfo de la réclame en la industria cultural —escribieron hace setenta años Theodor Adorno y Max Horkheimer—, la imitación forzada, por parte de los consumidores, de las mercancías culturales incluso neutralizadas en cuanto a su significado”.

Y algo de eso hay.

viernes 14 de octubre de 2011

Sex Pistols 1996: uno de los grandes momentos del arte del siglo veinte


El 16 de marzo de 1996 un hombre de cuarenta años llamado John Lydon daba una conferencia de prensa en el 100 Club de Londres. Dos décadas antes, entre agosto de 1975 y enero de 1978, cuando era un muchacho de apariencia inverosímil que se hacía conocer como Johnny Rotten, había oficiado de cantante en un grupo de música pop llamado The Sex Pistols, señalado como artífice y epítome de un estilo definido como punk rock y heredero —según la aritmética devenida en convención, en relato legítimo de la crítica cultural— de un linaje estético que perseguía al Mayo Francés de 1968, a los enjambres de artistas asociados con el teórico y cineasta Guy Debord en las décadas de 1950 y 1960, al surrealismo y al dadaísmo de las décadas de 1910 y 1920. Ese grupo de cuatro componentes (el guitarrista Steve Jones, el baterista Paul Cook, el bajista Glen Matlock, primero, luego desplazado por Sid Vicious; los tres primeros estaban en la conferencia junto a Lydon, no así Vicious, que había muerto en 1979, a los 21 años, tras una sobredosis de estereotipos y manierismos de la cultura pop de finales de los setentas) había compuesto y registrado un puñado de canciones, como “Anarchy in the U.K.” o “God save the Queen”; había ofrecido algunos conciertos y algunas apariciones televisivas; había proporcionado material caudaloso a la prensa amarillista, a los biógrafos, a los sociólogos, a los estetas y a los detractores; había dejado un único disco de estudio, titulado Never mind the bollocks, publicado en octubre de 1977. De ese disco, de esas canciones, de esa música y de esos gestos se decía, en 1996, también antes, también después, que habían cambiado el mundo.

—¿Qué opinan de los comentarios de Malcom McLaren de que sólo son caballos de carga haciendo el último paseo antes de ser puestos a pastar?

—Me alegra que nos siga haciendo la prensa.

—¿Estás tomando alguna medicación de la que deberíamos saber?

—La única cosa en la que estoy es mi ego, y tengo más que suficiente para andar por ahí.

—¿Esto es triste, o no?

—Perdón, ¿me podés hablar en inglés? Es triste que un boludo como vos no pueda apreciar el esfuerzo que estamos haciendo.

—¿Cuánta plata están sacando?

—¡Más que los Beatles y mierda que está bien! Porque esta es la única cosa que ha salido de Gran Bretaña por la que verdaderamente vale pagar.

—¿No es esto una media vuelta de todo aquello por lo que se pusieron de pie?

—Escuchá: nosotros inventamos el punk, nosotros escribimos las reglas, ustedes las siguen. No es al revés.

—¿Van a librarse de la monarquía por nosotros esta vez?

—No. Nuestro buen quinto miembro, Lady Di, está haciendo un excelente trabajo. De hecho, nos ofrecimos a tocar en beneficio de la señora Di, pues realmente necesita el efectivo tanto como nosotros.

—¿Qué pensaría Sid de todo esto?

—Le encantaría, si pudiera pensar algo en lo absoluto. Sid no fue más que un perchero para llenar un espacio vacío en el escenario. Nosotros somos las personas que escribimos las canciones y ahora nos gustaría que se nos pague por eso. Cada pelotudo ha vivido de nosotros y nunca vimos ni un centavo ni algo de respeto. Si querés quejarte de gente arrebatando dinero, entonces mirá a todas esas estrellas pop de porquería que tenés a la izquierda, a la derecha y al centro. No te veo quejándote acerca de esos tarados. ¿Que seamos de la clase obrera quiere decir que no tenemos acceso al efectivo?

—¿Son viejos pedorros como los Stones?

—No hay nada malo con envejecer. Como un vino fino, maduré con la edad.

—¿Qué edad tenés?

—Tengo 21 años y he tenido 21 durante los últimos 19 años. Tengo 40. No estoy ni ligeramente avergonzado de eso. No pretendemos ser chicos. Tampoco nos importa una mierda cómo nos vemos. Adoramos nuestras panzas de cerveza y ustedes van a adorarlas también.

—¿Cómo debemos llamarte? ¿Johnny, Rotten o…?

—Podés llamarme señor.

—¿Todavía se odian entre ustedes?

—Sí, profundamente. Pero tenemos una causa en común: tu dinero.

“Sucio lucro”, se llamó la gira, y durante seis meses los Sex Pistols brincaron de continente en continente reclamando su parte del botín. La música pop del siglo veinte está construida de estos instantes de belleza: como afirmación estética, demuestran la imperfección de sus costuras; como posibilidad de cambio social, señalan que la cultura del capitalismo moderno es esencialmente inmóvil a pesar de sus representaciones de vibración espiritual y ascenso material; como baluarte de identidad y colectividad, recuerdan que los órdenes estables de significación son construcciones artificiales represivas que pueden ser rápidamente sustituidas por nuevas construcciones artificiales represivas que contradicen, mancillan o consuman a las anteriores; y como posición ideológica, como campo epistemológico de acción, prueban que —como diría John Lydon poco después— sólo los fraudes sobreviven.

miércoles 12 de octubre de 2011

Otredad

Zoo de Masalla, Bolivia. (Foto: M. Pisarro)

Todo el mundo es el freak de alguien más

Henry Rollins escribió esa línea en una poesía de su libro Bang, publicado en 1990: “Todo el mundo es el freak de alguien más”. Así empezaba:


Todo el mundo es el freak de alguien más
Pensalo
Sentado en casa con la televisión encendida
Mirando gente quemando mierda
A miles de millas de distancia
“Mirá a esos freaks. ¿Lo podés creer? Debe ser duro por allá”
Afuera un asesino te está vigilando
Pensando en el freak clavado frente a su televisor
Ese sos vos
Todo el mundo es la broma de alguien más


La historia humana puede tejerse como una sucesión de encuentros, conquistas, descubrimientos, derrotas, asombros y hastíos. Pero ningún evento reciente —los viajes espaciales, las guerras mundiales, el surgimiento de las grandes religiones monoteístas, etc.— se asemeja al descubrimiento de América, o al descubrimiento de los americanos, a los acontecimientos que se conmemoran, que se celebran, que se lamentan, que se discuten alrededor de la fecha del 12 de octubre de 1492. Los europeos del siglo XV no ignoraban la existencia de China, de África, de la India; no ignoraban la existencia de personas que se vestían de modo diferente, que tenían otros fenotipos, que comían cosas raras; que presentaban desafíos para sus propias cosmovisiones, para el modo correcto, natural, inevitable, en que se supone que funciona el mundo. El encuentro con América, y con los americanos, produjo una extrañeza radical, como nunca antes había ocurrido y como nunca volvería a ocurrir. Incluso si se descubriera una civilización de pequeños seres verdes con antenitas y pistolas de rayos láser en Venus o en Saturno, incluso si mañana un enjambre de naves extraterrestres se posara sobre los rascacielos de las grandes capitales del planeta, la sorpresa no sería tan extrema. Ya estamos enterados, ya estamos abiertos a la posibilidad. Tzvetan Todorov escribió en La conquista de América, su interesantísimo libro publicado en 1982, que “el descubrimiento de América es lo que anuncia y funda nuestra identidad presente; aun si toda fecha que permite separar dos épocas es arbitraria, no hay ninguna que convenga más para marcar el comienzo de la era moderna que el año de 1492, en que Colón atraviesa el océano Atlántico. Todos somos descendientes de Colón, con él comienza nuestra genealogía”.

Todorov hablaba del descubrimiento que el yo hace del otro. Proponía que uno puede descubrir a los otros en uno mismo, que se puede dar cuenta de que no somos una sustancia homogénea y radicalmente extraña a todo lo que no es uno mismo: que el yo es también otro, que todos somos el freak de alguien más. Los otros también son yos, sujetos como uno mismo, que sólo mi punto de vista ubica allí mientras yo estoy aquí. Eso quería decir Rollins: que todos somos la broma de alguien más, quemando mierda, mirando cómo otros queman mierda. Todorov, en el epílogo de La conquista de América:


Escribo este libro para tratar de lograr que no se olvide este relato [el caso de una mujer maya devorada por perros], ni mil otros semejantes. Creo en la necesidad de “buscar la verdad” y en la obligación de hacerla conocer; sé que la función de la información existe, y que el efecto de la información puede ser poderoso. Lo que deseo no es que las mujeres mayas hagan devorar por los perros a los europeos con que se encuentran (suposición absurda, naturalmente), sino que se recuerde qué es lo que podría producirse si no se logra descubrir al otro.

Porque el otro está por descubrir. El asunto es digno de asombro, pues el hombre nunca está solo, y no sería lo que es sin su dimensión social. Y sin embargo así es: para el niño que acaba de nacer, su mundo es el mundo, y el crecimiento es un aprendizaje de la exterioridad y de la socialidad; se podría decir un poco a la ligera que la vida humana está encerrada entre esos dos extremos, aquel en que el yo invade al mundo, y aquel en que el mundo acaba por absorber al yo, en forma de cadáver o de cenizas. Y como el descubrimiento del otro tiene varios grados, desde el otro como objeto, confundido con el mundo que lo rodea, hasta el otro como sujeto, igual al yo, pero diferente de él, con un infinito número de matices intermedios, bien podemos pasarnos la vida sin terminar nunca el descubrimiento pleno del otro (suponiendo que se pueda dar). Cada uno de nosotros debe volverlo a iniciar a su vez; las experiencias anteriores no nos dispensan de ello, pero pueden enseñarnos cuáles son los efectos del desconocimiento.


No es una tarea sencilla, en efecto. Las frases estereotipadas, los análisis caricaturescos abundan, regentean el presente, carcomen de a poco sus bordes, luego sus centros, luego el resto. Los relatos de heroísmos dieron paso a los relatos de genocidios; la raza se convirtió en cultura; los buenos se volvieron malos, los salvajes y los brutos se volvieron depositarios de saberes ancestrales; se compusieron canciones tontas y ahora quienes cantan esas canciones tontas copian esas frases en los muros… de Facebook. Me recuerda algo que Gian Paolo Ceserani escribió en un libro compartido con Umberto Eco, El redescubrimiento de América, acerca de los jóvenes europeos de los años 60: “Nuestro principal problema no era que a mi generación le faltara algo. Nuestro problema consistía curiosamente en un exceso. Teníamos exceso de ideología, de pensamiento prefabricado, de conclusiones trilladas. Nos habían dado el mundo ya comentado, ya interpretado. ¿En los no ideológicos años sesenta? ¡Pues, sí señor! Los no ideológicos años sesenta estaban plagados de ideologías que se erigían en panaceas solucionadoras de cualquier problema que se planteara a la mente indagadora. Era así, y no había más que hablar, si la memoria no me engaña. Las cosas ya estaban escritas. Los decorados de la escena siguiente ya estaban pintados con vivos colores”.

Las experiencias anteriores no nos han enseñado nada. Se cambió un decorado por el siguiente. Más pensamientos prefabricados, más conclusiones trilladas, más panaceas solucionadoras. No hay goteras, grietas, caños rotos, cabos sueltos. Sí hay paquetes cerrados, sin matices intermedios, un relato ya comentado y ya interpretado: es así, no hay más que hablar.

Todo el mundo es el freak de alguien más, por cierto, pero cuando la vida social se convierte en panóptico sólo prevalece un punto de vista: el que aquí configura un allí. Y el otro permanece distante, oscuro, todavía sin haber sido descubierto.

lunes 10 de octubre de 2011

La aguja del meimportaunmierdómetro no se ha movido


El mundo tiene demasiada ideología, mucha más ideología de la que necesitamos. De hecho, el mundo podría estar al borde de la pura esquizofrenia a causa de esta sobreabundancia de ideología. Si mi hipótesis es correcta, la mayor parte de los lectores estarán en desacuerdo con esta premisa. Pero aún si existe un consenso, aún si me dan la razón (o especialmente si me la dan), eso significará que la hipótesis está bien encaminada.

Uso “ideología” en un sentido amplio y vago, pero le asigno una importante carga ética. Creo que fue Raymond Williams quien escribió que “ideología” es una de las palabras más complicadas del inglés, que su definición es tan variada y tan —vaya— ideológica que apenas podemos saber de qué estamos hablando. Así que defino “ideología”, circunstancialmente, como un sistema de valores que uno espera ver convertido en programa político y que define —o que definiría— el modo en que se comportan individuos, grupos de individuos y sociedades enteras.

Digo esto en relación a la industria cultural, a los medios de comunicación, a los listillos intelectuales y a la aguja del meimportaunmierdómetro. Que no se ha movido. Ni un pelo.

Estoy convencido —al igual que muchas otras personas— de que la sociedad es esencialmente injusta. Esto es una perogrullada, por supuesto, excepto si completo la expresión: la sociedad es esencialmente injusta, las personas como yo participan de manera directa en la profundización de estas injusticias, y sin embargo, a pesar de saberme persuadido de ello, a pesar de estar al tanto de ello, la aguja del meimportaunmierdómetro sigue sin moverse.

Fue en épocas recientes cuando todas las sospechas se fueron convirtiendo en certezas. Formo parte de un sector de la sociedad que se dedica a la producción de naderías, de papel picado, de glosas sobre artefactos de los que podríamos prescindir tranquilamente si la sociedad fuese justa o —al menos— sensata. Y este sector de la sociedad va en aumento. Cada vez tenemos más inscriptos en talleres de escritura y de teatro, en las carreras de letras, de cine, de —joder— ciencias de la comunicación y de periodismo y relaciones públicas y todas estas chorraditas que sólo producen nuevas formas de coerción y nuevas formas de restringir los límites de lo decible. Si las personas que sirven para algo se murieran, si el apocalipsis zombie se llevara a los útiles y nos dejara a nosotros, a los que repetimos la palabra “cultura” al menos cuatro o cinco veces al día, no sobreviviríamos ni diez minutos. Por fuera de las tonterías de estructuras y sistemas simbólicos, por fuera de los conceptos y las abstracciones, no tenemos ni idea de cómo funciona la sociedad. Un tal Bruno Clément, harto de enseñarles Sartre a un grupo de adolescentes pavos, suspiró antes de terminar sus días en un hospicio psiquiátrico: “No sirvo para nada. Soy incapaz de criar cerdos. No tengo ni idea de cómo se hacen las salchichas, los tenedores o los teléfonos portátiles. Soy incapaz de producir cualquiera de los objetos que me rodean, los que uso o los que como; ni siquiera soy capaz de entender su proceso de producción. Si la industria se bloqueara, si desaparecieran los ingenieros y los técnicos especializados, yo sería incapaz de volver a poner en marcha una sola rueda. Estoy fuera del complejo económico-industrial, y ni siquiera podría asegurar mi propia supervivencia: no sabría alimentarme, vestirme o protegerme de la intemperie; mis competencias técnicas son ligeramente inferiores a las del hombre de Neanderthal. Dependo por completo de la sociedad que me rodea, pero yo soy para ella poco menos que un inútil; todo lo que sé hacer es producir dudosos comentarios sobre objetos culturales anticuados. Sin embargo gano un sueldo, incluso un buen sueldo, muy superior a la media. La mayor parte de la gente que me rodea está en el mismo caso”.

Y entonces tenemos la ideología. Es decir, tenemos un sistema de valores convertido en programa político que define el modo en que se comportan individuos, grupos de individuos y sociedades enteras. Esta ideología permite el crecimiento exponencial de este sector inútil de la sociedad. Lo legitima. En nombre del arte, de la literatura, del conocimiento, de la información, de la música, del entretenimiento, del ocio, del tiempo libre, de —paladeen esta expresión— la gestión de los recursos humanos. Y lo peor, lo peor de todo, es que la aguja del meimportaunmierdómetro no da señales de interés, de vergüenza, de que haya un intento de volverse un componente no parasitario de la sociedad. La organización social contemporánea está atravesada por este sistema ideológico que apelmazó la ineptitud, el esnobismo, la futilidad y la falta de méritos en un paquete llamado “cultura”; y sé que formo parte de ese sistema coercitivo que fomenta la creación de profesiones y oficios basados en nada, en gestos afectados y palabras pomposas, en competencias técnicas ligeramente inferiores a las del hombre de Neanderthal.

Entonces me cruzo de brazos, me regodeo en mi inutilidad, canturreo una vieja canción —aquí tienen, otro dudoso comentario sobre objetos culturales anticuados— de La Polla Records acerca de que como mucho y cago muy bien. Ahora tenés esta ideología que hará que quieras refutarme; es una ideología que se hace fuerte en las galerías de arte, en los antros de musiquita rock, en los programas de radio, en los festivales de cine independiente, en los suplementos letrados de los periódicos, en las revistas del buen vivir, en las tertulias de escritores, en los pasillos de —otra expresión para saborear— las carreras humanísticas universitarias, en cualquier ámbito donde se enarbole la ensangrentada bandera de la cultura; es una ideología que le busca, que a menudo le encuentra, valor a la producción de estas condiciones de vida esencialmente injustas.

Somos todos tan cool y tan cínicos, ¿no?

Y la aguja del meimportaunmierdómetro, como ves, no se ha movido ni un poco.

viernes 7 de octubre de 2011

La comunidad inconfesable (1)


Es un mundo maravilloso. Está formado por buscavidas, soñadores, viajeros, vendedores de drogas, investigadores, aspirantes a artistas, resentidos sociales, marginales, aventureros, solitarios, vanidosos, fugitivos, místicos delirantes, cobardes, personas que cada día salen a ganarse el pan como pueden. Y entre todos tejemos un mundo maravilloso. Una comunidad inconfesable, pienso a veces que diría Maurice Blanchot.

Siempre el mismo recorrido, siempre distinto. Desayuno mirando el noticiero en el comedor en penumbras. La chica me guarda el tentempié —café, jugo, pan, dulces, rollitos de manteca— porque sabe que me despierto tarde y que me paso de la hora límite. Me cae bien; es recatada, amable, simpática. Todavía no cumple los veinte. Cuando la conocí era flaquita, chiquita, una nena asumiendo responsabilidades de grandes. Después estaba inflada como un globo. Después se desinfló y andaba con el changuito del bebé de acá para allá. Ahora el bebé es más grande pero sigue en un changuito. El papá del bebé también era flaquito cuando lo conocí; lo sigue siendo. Ella se encarga de los desayunos y de tender las camas y de reponer los jaboncitos en los baños y de repartirles las órdenes a las otras mujeres; él friega los pisos y hace los mandados. También me cae bien, hablamos de fútbol y a veces miramos algún partido por las noches. Ella vive aquí en La Paz, en una habitación del hotel; él baja de El Alto. Dice que algún día se casarán; ella espera.

Paso un rato en el lobby. Los turnos de los encargados de la recepción varían según el día y la semana. Puede estar la mujer, con la tele sintonizada en alguna película mexicana o argentina, tratando de hacerse entender en un inglés tartamudo con los gringos que constituyen la casi totalidad de la clientela. O puede estar el muchacho más grande, que es rápido, eficaz y te consigue lo que necesites, dentro o fuera de la ley; sonríe y hace brillar un diente de oro. O puede estar el muchacho menos grande, que es bastante tonto el pobre; se empeña y no le sale, se te queda mirando y no te entiende; pone cumbia villera —argentina, explica a las gringuitas hambrientas de exotismo— muy fuerte y cuando viene la dueña le pega un reto de esos que a los involuntarios testigos les provoca vergüenza ajena antes que un silencioso placer. O puede estar el otro muchacho, que no sé si es más grande o más chico, que en general ocupa el turno de madrugada y que no habla mucho, especialmente porque duerme, y duerme, y duerme, en un sillón, en el mostrador, en un rincón; tanto duerme que sospecho —aunque no puedo probarlo— que padece algún cuadro de narcolepsia. Ahora está el muchacho diligente que te consigue todo. Me pregunta si vi el partido; le digo que no, que nos quedamos en Toby hasta tarde, que vi un resumen en el noticiero. Me dice que no me perdí de nada glorioso; le digo que ya sé. Me sonríe y muestra su diente brillante.

En el lobby se habilita el buen wifi. Nos sentamos con nuestras portátiles, miramos a la cámara y hablamos a nuestros seres queridos. Heterogloxia bajtiana, choque cultural, todo eso. A veces se oyen enérgicas risotadas, a veces alguien rompe en llanto, a veces son susurros y miradas que acaban en melancolía. Entran y salen personajes estrafalarios todo el tiempo, como si fuese una comedia de situación con rutinas prefijadas: el marido de la dueña del hotel; la hija buscona de la dueña del hotel; el repartidor de agua Vital; los músicos que tocan en la peña de junto y que terminan cada noche con “El humahuaqueño” (o “El carnavalito” o “El quebradeño”, nunca sé cómo se llama esa canción, la de Edmundo Zaldivar, la que compuso sin jamás haber pisado Jujuy o nada más al norte de Plaza Italia); los técnicos del ascensor que se estropea cada dos por tres; el doctor que vive al frente y que tiene una pequeña clínica pasando la Max Paredes, siempre con sombrero y traje marrón de hace cincuenta años, con quien a veces compartimos mesa en el snack de una cuadra arriba donde me gusta almorzar. No hablamos mucho en esos almuerzos; comentamos los partidos, o la vida universitaria, o los problemas de Bolivia. Lo usual. No se habla mucho al comer, aquí.

Me cruzo el bolso de Jack Bauer y salgo. Saludo a la chica de la lavandería. Saludo a los dos tipos de la casa de cambio. Saludo a la mujer de la casa turística. Saludo a la mujer de la tienda de fruslerías andinas. Saludo al artesano, que a veces está con los hijos y a veces no (me enojo, le digo que no los haga faltar a la escuela, me dice que no, que por supuesto que no, pero al otro día están ahí, tonteando, habiéndose perdido el día de clases). Tengo que bajar tres cuadras hasta la avenida. A 3.600 metros, bajar siempre es más grato que subir. Saludo a la chica del locutorio y saludo al vigilante del banco, que con su traje de Robocop y sus anteojos a la Poncherello disimula que apenas es un nene con un arma. Saludo al viejo de la asociación de veteranos de la Guerra del Chaco. Saludo a la mujer del puesto de empanadas salteñas. Saludo al hombre de la librería. Saludo a la mujer de los panes. Saludo al hombre que vende fósiles. Le pregunto que qué consiguió, me muestra, no sirven, los turistas adinerados se los llevarán con gusto. El tipo de los pollos a la broaster levanta la mano y yo levanto la mano. Compro el diario, hago algún comentario sobre el gobierno y sobre las huelgas y sobre el partido de anoche y no sé qué; sigo bajando.

La australiana me ve y se apresura a saludarme. Acelera el paso por la fila angosta de baldosas que hace de vereda, poniendo un pie alternativamente en el empedrado, todo en pendiente, demasiado cerca de las trufis y de los taxis. Tengo ganas de ahorcarla. Es delgada, linda, en su treintena; tiene la piel, el cabello, los ojos muy claros; no puede dominar las erres del español; y sé que está riéndose mientras lee esto (just stuck in the k-hole again!). Hace siete u ocho años que vive en La Paz, pero a veces desaparece, se va, luego vuelve, luego se va de nuevo; soy feliz cuando coincidimos, si no, parece que falta algo, alguien. A veces se viste como chola e intenta seguir algunas prácticas que asocia a la cultura andina. Otras veces se aburre y vuelve a los borceguíes, los pantalones cargo y las musculosas blancas. Tiene un hijito —dos años, ya— al que lleva en un aguayo. Siempre se le cae. Hace mal los nudos, o los dobleces, o no sé qué, y el nene se le cae al suelo de cabeza. A veces le invento que existen razones biológicas que impiden que los blancos usen aguayos, esperando que desista; otras veces voy por lo sobrenatural y menciono maldiciones y perdiciones de antiguos diosecillos incaicos. Siempre pienso que la convencí y siempre descubro que no.

Ahora la veo al trote, viniendo a saludarme, con el nene en la espalda, en el aguayo mal atado, y le hago gestos para que vaya más lento, para que no corra, para que se quede ahí donde está que cruzo yo. En general nos encontramos más tarde, en la noche o en la madrugada. Todos la conocen acá. La australiana de la Calle de las Brujas. Nadie la molesta, les vende a los gringuitos que van o vienen de Machu Picchu o del lago. Consigue ketamina, lo cual es raro en estos lados. Sus amigos me caen mal y yo les caigo mal a sus amigos. Trato de evitarlos y ellos hacen lo mismo conmigo, excepto uno, un argentino, que tiene la cabeza tan quemada que no se da cuenta de que no lo aguanto por más de dos minutos, que me enerva, que me incomoda. Es alto, todo chupado, tics paranoicos; cada treinta segundos se golpea el pecho y anuncia que nació en El Palomar. Como nunca me acuerdo de su nombre, o como finjo no recordarlo para demostrar desinterés, lo llamo “el de El Palomar”. Así que trato de sacarla de ahí, a la australiana, o ella me saca a mí, cuando ve que ya no soporto a sus amigos; nos vamos al mercado o a la plaza Murillo o a un barcito o al Toby o al Burger King o al zoológico de Mallasa o me acompaña hasta la universidad y después se vuelve en trufi para nuestra calle.

Nuestra calle, bien digo.

—Just stuck in the k-hole again —repetimos a modo de muletilla, refrendando la melodía de una canción y jugando con la expresión. Desvirtuamos el sentido de k-hole, su jerga boba callejera de algún hemisferio que no es el nuestro. Decimos k-hole y queremos decir: acá, en nuestra calle, en casa.

Y me acuerdo que en esa canción dicen eso que siempre dicen: que el hogar está donde está el corazón.

Bajo por nuestra calle y llego a la avenida.