
Todavía en la mencionada conversación, recomiendo la lectura de Pink y me refiero a una expresión que me gusta, en las primeras páginas del libro, quitando alguna raya y algunas comillas: “¿Has tenido alguna vez que decidir? Cuando la otra idea es vieja y ha quedado atrás. Entre un tiempo y otro —canto para mis adentros—, ¿cuál elegir? ¿Has tomado alguna vez la decisión final?”.
Por alguna razón misteriosa se me fija con facilidad mucho de lo que leo y a veces me descubro citando párrafos ojeados hace años con una precisión ridícula. Ridícula, bien digo, porque no es una habilidad que se cotice demasiado bien en el mercado de las relaciones sociales contemporáneas. Ni siquiera en los ámbitos en los que uno podría presuponer que esta inútil habilidad —usada con moderación y evitando la jactancia, por supuesto— podría ser apreciada. Lo cual me recuerda una línea de Michel Houellebecq en traducción de Anagrama, pero ésta no cuenta como rareza o síntoma de incompetencia social, porque la leí hace poco y me hizo gracia: “Siempre me ha asombrado la atracción de las intelectuales por los hijos de puta, los brutos y los gilipollas”. A mí también. Mucho. Lo cual quiere decir que no me pongo en el grupo de los hijos de puta, ni de los brutos, ni de los gilipollas, y esa es la médula —contaba hace años Mario Levrero— de todos los libros que tratan sobre la educación de la conducta: están los sabios y están los tontos, y uno siempre se pone en el lugar de sabio, no de tonto, “en una clara ausencia de humildad”. Sin embargo, uno aprendería mucho más si aceptara su papel de tonto o de necio, no de sabio.
“Cuando abro la boca —escribió Levrero— es para decir algo fuera de lugar e incomodar a la gente”. Pero en la mencionada conversación yo no quedo del todo mal. Eso me hace tentar la suerte y nunca, nunca —bien lo afirma Douglas Coupland en Planeta champú— debés tentar la suerte porque un día, de casualidad, te sentís demasiado bien. Sé que no estoy solo en esto. De pronto uno empieza a contar algo que le hizo gracia o que le resulta interesante, y a medida que observa el rostro de sus interlocutores va comprendiendo que lo que le hizo gracia no es tan gracioso, que lo que le resultó interesante no es tan interesante, o peor aún, que uno no está capacitado para transmitir esa gracia o hacer despertar ese interés. Uno se metió en un espeso bosque del que no podrá salir con facilidad. Un amigo me dijo hace poco, y también me hizo mucha gracia: “Me siento un ridículo desubicado. Pero no te culpes por eso, es casi, casi, mi estado natural”.
Es que en una parte de Pink dos personajes —viajando en avión— mantienen uno de esos diálogos que me agradan, en los que se salta endemoniadamente de un tópico a otro y ninguno de los participantes parece inquietarse por una esquizofrenia temática que borda la más dulce insania. Y entre los temas abordados está la noticia, aparecida en la portada del New York Times, de que en Puerto Rico anda suelto un vampiro; así que discuten sobre la existencia de cazadores de vampiros, y uno dice que Puerto Rico debe estar lleno de cazadores de vampiros, y de periodistas, agrega el otro, y el primero dice: “Buena pareja. Me refiero a la Coca Cola con whisky. Hacen una buena pareja”, que era a lo que yo quería llegar, pues estaba bebiendo Coca Cola con whisky, pero más o menos en el momento en el que dije que dos personajes mantienen un diálogo en el avión ya había dejado de resultar gracioso o interesante y tenía esa molesta sensación de ser un ridículo desubicado y que ése es mi estado natural.
Otra vez: no creo estar solo en esto.
Ahora busco el libro de Van Sant. Hace años que no lo abro y me entretengo releyendo las partes buenas. Tiene cierto aire a Coupland, ya que lo mencioné allí arriba, y además incluye dibujitos (muy Coupland, por cierto) y un flipbook en los extremos de las páginas, que me recuerda a los que hacía en los libros de la escuela. Escribió Van Sant y con sólo estas líneas dejó atrás todas sus películas, y eso que en Psicosis actúa Julianne Moore, que es adorable. Ahí va:
Yo pienso. Soy un humilde pensador. Soy un hombre. Soy un hombre humilde. Soy un realizador de cine industrial. En otra época fui bueno pero ahora me avergüenzo. Me he vuelto malo. Espero vuestra llamada. Necesito ayuda. Voy en pos de la salvación. Voy en pos del dinero fácil. Me he vendido. El sistema me ha echado a perder. Salvadme, por favor. Me paso el día tratando de vadear las heces y el lodo de la industria local de cine comercial independiente en la que todos mis clientes tienen mal aliento y llevan cadenas de oro en el cuello, brazos, muñeca (¿partes privadas?) y tobillos. No conozco a un solo cliente que no tenga oro y mal aliento. Quizá yo también tenga mal aliento. He de preguntárselo a Jack, el chaval que conocí en la lavandería. Quizá por eso no me lleva demasiado el apunte y se comporta como si me rehuyese. Me siento atrapado. Siento que me acecha la crisis de la mediana edad. Tengo miedo. Me siento decididamente solo. Me siento un poco raro, como un barco que se ha ido alejando del muelle; los cabos que lo amarraban se han soltado. Me alejo mar adentro. Todavía confío en encontrar a alguien que me ayude. Todavía conservo, milagrosamente, ciertos lazos emocionales y mi discurso es razonable, no he perdido esa capacidad aún. Pero temo perderla… quizá falte poco. Me pregunto cómo será eso, no poder relacionarte con la gente ni hablar de manera normal porque tus emociones no actúan ni reaccionan como hace falta para establecer un intercambio sano. Pero, sobre todo, temo. Temo que vaya a despertarme empapado en mis propios fluidos. Temería que me cayeran los libros de la estantería en la cabeza pero ya no hay libros en la estantería y me temo que nunca me los devolverán. Temo ser atropellado en una esquina por un coche cuyo conductor o conductora se haya saltado el semáforo en rojo. Temo que el arnés que sujeta a Swifty cuando se lanza al vacío se rompa y ya no volvamos a verlo. Me encantaría ser artista. Admiro mucho a los artistas. Aunque estén en plena crisis de identidad son capaces de hacer arte con ello, a veces mejor arte que antes. Pero temo a los artistas. El arte me da miedo. Temo que el último trocito de alambre oxidado que mantenía al ganado en los corrales se haya cortado y las vacas y cabras se estén dispersando lentamente. O que la atracción gravitacional de Saturno pierda su efecto sobre mí y yo me aleje de la superficie terrestre girando sin cesar en dirección al sol. Eso quizá es lo que más temo.
—¿Has tenido alguna vez que decidir?
“Cuando la otra idea es vieja y ha quedado atrás. Entre un tiempo y otro —canto para mis adentros—, ¿cuál elegir? ¿Has tomado alguna vez la decisión final?”.
Lo sé. Entiendo que sería difícil hacerle decir estos parlamentos a Keanu Reeves; que ya en “Yo pienso” todos nos tentaríamos de risa en la platea. Pero le deseo toda la suerte a Van Sant y espero que alguna de sus películas me guste tanto como su novela.
Paso las páginas, les dejo unas líneas maravillosas para que puedan sentirse unos ridículos desubicados el próximo sábado en la noche: “Godard dijo que el cine era verdad, veinticuatro veces cada segundo. Verdad-verdad-verdad-verdad-verdad… suena casi como un proyector. Ese Godard, viejo genio peliculero estrella de rock relojero suizo, sí que conocía sus realidades”.








