viernes 30 de septiembre de 2011

Intento fallido de escribir sobre una canción del primer disco de The Seeds


Todavía sigue sorprendiéndome lo bueno que es el primer disco de The Seeds. Y al volver a escucharlo, me sorprende aún más lo buena que es su primera canción, “Can’t seem to make you mine”. En diciembre de 1993, cuando The Ramones publicó su treceavo disco de estudio, Acid eaters, y encontré que la novena canción de ese álbum era “Can’t seem to make you mine”, fue como entrar con Adán y Eva al paraíso. Todas las asociaciones y las conexiones parecían correctas. Todas las tareas para el hogar parecían haber sido aprobadas con un diez felicitado entre signos de admiración. Todas las sospechas se confirmaban, todas las insinuaciones se volvían certidumbres.

Acid eaters es un buen disco de rock. Si uno considera la discografía de The Ramones con un poco de distancia crítica encuentra que no hay discos realmente malos. Hay unos pocos que son en verdad buenos (el primero, el segundo, el tercero, el quinto, el doceavo, contando sólo las placas de estudio; pueden agregar el primero en vivo y la primera compilación); los demás son mediocres o insulsos, prescindibles, cargan “el castigo del fun” (revisando a Theodor Adorno en su Teoría estética), pero no son necesariamente malos. Acid eaters es uno de los buenos.

Son doce versiones de canciones originalmente compuestas y registradas en la década de 1960 (excepto una, “Have you ever seen the rain?” de Credence Clearwater Revival, que se editó en diciembre de 1970, en el disco Pendulum). Estas canciones podrían ser utilizadas como un mapa para moverse en un territorio vasto y recóndito que sería capaz de hacerte perder el rumbo con facilidad: el garage, el acid rock, el surf, el rock psicodélico de los años 60. Son puntos de partida y sitios de descanso, referencias, mojones. Como si uno le dijera a algún novato de suplemento juvenil de periódico: OK, novato, acá tenés el primero de The Stooges, los dos de New York Dolls, el Kick out the jams de MC5, el Go girl crazy! de The Dictators, el primero de Velvet Underground, el primero de Small Faces, Horses de Patti Smith, Chelsea girl de Nico, los dos primeros de Roxy Music, el Trout mask replica de Captain Beefheart, el segundo, el tercero y el quinto de David Bowie, Transformer y Berlin de Lou Reed, el primero de The Modern Lovers, el segundo de Black Sabbath, el quinto, el sexto y el séptimo de The Kinks, el primero de Neu!, Blank generation de Richard Hell & The Voidoids, Lust for life de Mr. Pop, Never mind the bollocks de Sex Pistols, el primero y el tercero de The Clash, Marquee moon de Television y Presenting the Fabulous Ronettes featuring Veronica de The Ronettes; con esto tenés para no perderte, ahora salí ahí afuera y buscá el resto.

Dicen —lo encontré en un libro de Guy Debord, pero seguramente lo picoteó de algún otro lado— que si uno ha leído un par de libros buenos, éstos le permitirán llegar a los otros libros buenos (o escribir los que faltan). Lo mismo puede decirse de una buena colección de canciones ahora reservadas a los anaqueles de los anticuarios: si uno sigue ese mapa marcado con crucecitas, recoge la pala y hace su parte del trabajo arqueológico, encontrará tesoros maravillosos sepultados bajo la basura y los escombros de la industria cultural. Así que no seas holgazán. No esperes que te den todo servido en bandeja de plata. Tampoco confundas ese ejercicio esnob de nostalgia mainstream llamado “retro” (hoy los ochentas son cool en Buenos Aires y los chicos se paran en la puerta de Niceto con sus recién comprados walkmans: ¡guau!) con el solitario trabajo del melómano apasionado. A nadie le importan VH1 ni las retrospectivas cinematográficas del Malba; a nadie le importa que te hayas conseguido un pasadiscos y unos discos de Frank Sinatra. No seas perezoso. Tomá el pico y empezá a sudar la gota gorda. ¿O qué te pensabas? ¿Que Howard Carter compró un paquete turístico para abrir la tumba de Tutankamon? Tuvo que esforzarse.

Algunas elecciones de Acid eaters parecen más bien obvias, un poco ajustadas, pero tienen cierta coherencia, son atinadas, de algún modo necesarias. “Substitute” de The Who o “My back pages” de Bob Dylan, por ejemplo; también la composición de Credence o “Out of time” de Rolling Stones, del disco Aftermath de 1966, que en la versión de Ramones le debe más al formato compacto de Chris Farlowe que a la original, que dura cinco minutos y medio y tiene esos instrumentos pedorros (marimbas, en este caso) que obsesionaban a Brian Jones. Me gusta más la versión de Ramones que la de Rolling Stones, pero de igual modo me gusta más la de Farlowe que la de Ramones. Sospecho que Jagger estaría de acuerdo. Después de todo, la versión de Farlowe está producida por Jagger: no le falta nada, pero tampoco le sobra nada, en especial marimbas.

Otras canciones de Acid eaters asumen recorridos extraños, como “Somebody to love”. Apareció en 1966 sin pena ni gloria, interpretada por The Great Society, una banda folk que pronto se convertiría en una nota a pie de página de la historia de Jefferson Airplane, cuando la cantante Grace Slick dejó a los primeros, se sumó a los segundos y se llevó su canción “Somebody to love” para grabarla en el disco Surrealistic pillow de 1967. Ahora “Somebody to love” suele inmiscuirse en las listas de (digamos) mejores 500 canciones de todos los tiempos. En lo personal no la incluiría entre las 500 mejores, ni entre las mejores 1000, pero entiendo por qué tantas personas lo hacen. Sí incluiría “White rabbit”, que tiene un recorrido parecido a “Somebody to love”: Slick se la llevó de The Great Society y la grabó con Jefferson Airplane en Surrealistic pillow. El crescendo raveliano está descaradamente inspirado en los trabajos de Miles Davis y Gil Evans en Sketches of Spain, pero, ¿y qué? Le calza perfecto.

La primera canción de Acid eaters es “Journey to the center of the mind”, tomada del segundo disco de The Amboy Dukes, editado en 1968, que lleva el mismo título que la composición y que abre la cara dos. The Amboy Dukes es todo un caso. Suele señalárselos como precursores del heavy metal y del rock progresivo; yo siempre los escuché, más bien, como modelos de rock sureño lisérgico de finales de los sesentas, un poco más opaco y duro que lo habitual, pero rock sureño al fin, aunque preservando ciertos ecos pastorales hippones en las voces. En cualquier caso The Amboy Dukes se cartografía como la-banda-en-la-que-tocaba el guitarrista Ted Nugent antes de lanzarse a su carrera solista. No le fue mal. Scream dream, de 1980, es un gran disco de hard rock (aunque pasó desapercibida por canciones más chillonas y llamativas, como la infame “Wango tango” —una especie de ironía acerca del rock gritón y los solos de guitarra que fue recibida sin su ironía y escuchada literalmente, sin comillas, sin sonrisas—, en Scream dream hay sitio para composiciones de veras notables, como “Terminus El Dorado”, que tiene un groove funk excepcional).

La versión de Ramones de “Journey to the center of the mind” no es buena; cantada por el bajista C. J. Ramone, parece un ejercicio poco imaginativo de un puñado de adolescentes intentando agregarle velocidad y distorsión a una canción que ya estaba bien como estaba. Tampoco el guitarrista Johnny Ramone tenía la soltura de Nugent, aunque ambos votaban a los mismos candidatos presidenciales y eran igualmente imbéciles (Nugent lo sigue siendo y cada tanto se lo puede encontrar instigando a otros norteamericanos blancos a que se armen y les disparen a animales tontos como conejos, ciervos o mexicanos ilegales; Johnny Ramone murió en 2004, no antes de pedirle a Dios que bendijera al Presidente George W. Bush Jr. durante las invasiones a Medio Oriente). Pero entonces llega “Substitute”, que es uno de los puntos fuertes del disco, una canción en la que el guitarrista, el bajista y en especial el baterista hacen todo bien. Pete Townshend, el cantante y guitarrista de The Who que escribió la canción, le hace los coros a Joey Ramone.

“Substitute” es una de esas canciones perfectas que sólo un troglodita podría arruinar si es capaz de tocarla. Al igual que es fácil escribir un texto si uno sabe escribir textos, y al igual que es fácil manejar un avión si uno sabe manejar aviones, tocar “Substitute” debería ser sencillo si uno sabe tocar “Substitute”. Aquí la regla se cumple.

El video de “Substitute” es muy entretenido y aparecen montones de caras conocidas (o al menos conocidas por cierto número de personas, seguramente nacidas con una cuchara de plástico en la boca). Pero obliga a ser un poco más preciso en el uso de las herramientas arqueológicas. Algunos restos fósiles se observan y desentierran con facilidad: Lemmy Kilmister, bajista y cantante de Motörhead, por ejemplo; o Sean Yseult, que en ese momento tocaba el bajo en White Zombie. Otros cachivaches merecen herramientas de extracción más meticulosas. Uno podrá ver a Lux Interior, el difunto cantante de The Cramps, un tipo interesantísimo; o incluso a Johnny Legend, un músico de rockabilly de barba a la ZZ Top que suele incursionar en el cine cada tanto. Otros artefactos, en ese video, podrían impresionar todavía más a los arqueólogos ya no de la música pop sino del cine clase B. Si te gustan las películas de zombies y de asesinos seriales, si te gusta el cine de terror, verás rostros que no se te pueden escapar.

Por ejemplo, Linnea Quigley, la rubia de la barra que le pega un sopapo a nuestro héroe. ¿A que no la recuerdan interpretando a Trash, la pelicorti pelirroja punk con tendencia a desnudarse de El regreso de los muertos vivientes, la película de Dan O’Bannon de 1985? Quigley actuó también en Night of the demons, un clásico de 1988 arruinado por secuelas y remakes, y antes en Silent night, deadly night, otro clásico, éste de 1984 y conocido en español con el sutil título de Sangriento Papá Noel. El resto de la foja de servicios de Quigley incluye películas de zombies tan malas que ni siquiera sus actores se habrán atrevido a verlas enteras. Hace poco la vi en Stripperland, con uno de los hermanos Baldwin, y todavía exijo que me devuelvan esos noventa minutos de mi vida. Trash, sin embargo, es uno de los grandes personajes del cine.

La señora Karen Black, que también tiene una breve participación en el video de “Substitute”, es otra petite légende entre los buscadores de chatarra cultural. Por nombrar unos pocos personajes: fue Mother Firefly en La casa de los 1000 cuerpos y The Devil’s rejects, ambas de Rob Zombie (ahora que lo escribo, la estética del video de “Substitute” —dirigido por un tal Tom C. Rainone, encargado de efectos especiales en películas como El regreso de los muertos vivientes III, La novia de Re-animator o Los chicos del maíz III, o sea, un Don Nadie con suerte— se parece bastante a la de La casa de los 1000 cuerpos); fue Karen en Easy Rider; fue Rayette Dipesto en Mi vida es mi vida de Bob Rafelson; fue Faye Greener en la increíble The day of the locus, una pieza bastante olvidada de John Schlesinger (y ahora que lo escribo, también esto, recuerdo que el personaje principal, un contador interpretado por Donald Shuterland, se llama Homer Simpson); y a no olvidarla como la azafata Nancy Pryor en Aeropuerto 1975. También fue Fran, en Family plot, la última de Alfred Hitchcock, pero es una película que nunca me gustó demasiado. O nada, más bien. Soy de la idea de que los directores —y los escritores, los músicos, los actores, ¿y por qué no?, los antropólogos— deberían morirse luego de ciertos picos creativos, no cuando atraviesan épocas de magras cosechas. Hitchcock se murió mal; Amy Winehouse murió bien. Ernesto Sabato se murió tarde; también Claude Lévi-Strauss, pero éste llevaba una existencia más bien contemplativa. Johnny Cash murió muy bien, me parece.

“Luzco todo blanco pero mi papá fue negro”, cantaba Pete Townshend y luego Joey Ramone, así que junto a la señora Karen Black, en el video, haciéndole cuchi cuchi al bebé, verán a un negro de gorrita cuadriculada. Ese es Rudy Ray Moore, cantante, actor, comediante, icono inevitable de películas del género del blaxploitation, como Dolemite, estrenada en 1975 y con un soundtrack que ya mismo deberían estar comprando o pidiendo prestado o robando; al año siguiente, en 1976, vino la secuela: The human tornado. Eran buenos años y buenas películas. Todos queríamos voltearnos a Pam Grier y todos queríamos ser tan cool como John Shaft; el funk y el soul jamás sonaron tan bien, tan desfachatados, tan deseosos de impresionar, como en esas películas. En la década de 1970 todavía se podía explotar a los negros, escurrirlos para que compusieran grandes canciones, para que las mujeres mostraran sus grandes pechos, para que los hombres exhibieran sus grandes peinados afro. Ahora el mundo es bastante más aburrido. Las mujeres negras son deportistas raquíticas que corren maratones y los hombres negros usan pantalones tres talles más grandes que les dejan el trasero al aire. Y nadie dice “mujeres negras” u “hombres negros”. La magia está rota. Ya sabés lo que seguiría cantando Pete Townshend: “Me veo bastante joven, pero soy simplemente anticuado”.

De Nicholas Worth, estrella del video, no puedo decir que lo recuerde de alguna mala cinta de zombies. Pero sale en películas como La cosa del pantano, de 1982, de Wes Craven; y es el chiflado de No respondas el teléfono, un pequeño clásico de Robert Hammer estrenado en 1980. Su mejor papel fue en este clip. Tuvo que haberse muerto luego de filmarlo, aunque vivió otros quince años y los trekkies ñoños ahora lo reconocen por sus actuaciones en varios capítulos de Star Trek: voyager y Star Trek: Deep space nine. Mala muerte artística, insisto. De todas maneras, Worth tuvo un pequeño cameo no acreditado en Scream Blacula scream, otra blax de 1973, sobre el terrible Drácula negro. Allí actúa Pam Grier —Pam Grier cuando tenía 24 años—, o sea que quizás se la cruzó en el set, o sea que Worth tuvo una buena vida. No importa que haya muerto en mal momento.

William Smith tiene bastante cámara en el video; se la merece. O quizás no, luego de su papel de Lord Zombie en la película de 2003 Zombiegeddon. Pero estuvo en algunas buenas series de televisión de los sesentas, como Laredo (interpretaba al cowboy Joe Riley), y en algunas buenas películas, como Any which way you can, de 1979 o 1980, donde se enfrenta a Clint Eastwood (y pierde, claro); también fue el último Marlboro man, pero odio los cigarrillos y odio todavía más las publicidades de cigarrillos. Fumar no es cool; la gente que fuma no se ve cool. Al contrario, cada vez que inhalan ponen caras de estar pisando caca.

Smith protagoniza también una película que se llama Nam’s Angels que vale la pena ser vista. Se filmó en las Filipinas y se estrenó en 1970, dirigida por Jack Starret, quien además dirigió otras grandes películas: Cleopatra Jones, de 1973, otra joya del blaxploitation protagonizada por Tamara Dobson; Race with the Devil, de 1975, con Peter Fonda; y además hace de Sgt. Bingham en Hells Angels on wheels y de Sgt. Arthur Galt en la primera de John Rambo. Como sea, Nam’s Angels, dirigida por Starret, protagonizada por Smith, originalmente titulada The losers, asoma brevemente en una habitación de hotel en la película de 1994 Pulp fiction, de Quentin Tarantino, quien de joven —contó— se masturbaba viendo a Pam Grier y a Tamara Dobson. En esa escena Butch Coolidge (Bruce Willis) le pregunta a la boba de Fabienne (María de Medeiros) qué está viendo. “Una película de motociclistas”, le responde Fabienne. “No sé cómo se llama”.

Y así siguen las referencias, las conexiones, todo en unos pocos minutos de canción. ¿Lo tienen a Michael Berryman? También aparece en el video de “Substitute”, es fácil reconocerlo: el más feo, quien hacía de Pluto en The hills have eyes, la película de 1977 de Wes Craven, y en su secuela de 1985 (ahora que nombro a Craven, recuerdo que Linnea Quigley, la pelicorti Trash, aparece en la cuarta entrega de Pesadilla en la calle Elm, estrenada en 1988; ese mismo año participó, ya que menciono su papel de Trash, en Dead heat, un genial policial sobre zombies donde además actúa Vincent Price). No quiero cargar las tintas con los zombies, pero debo decir que en el video de Ramones tiene también su breve rol Ken Foree, quien interpreta a Peter, el negro de El amanecer de los muertos, la película de 1978 de George Romero. Tanto Berryman como Foree salen en The Devil’s rejects de Rob Zombie. ¿No sienten que Adán y Eva están invitándolos a entrar al paraíso con ellos? ¿Que las conexiones son correctas?

Como sea, sólo llegué hasta la segunda canción de Acid eaters y de lo que quería hablar era de una canción del primer disco de The Seeds. Me recuerda, no sé bien por qué, pero ya lo averiguaré, una fugaz observación perdida en la página 26 de la edición de bolsillo de Anagrama de Las partículas elementales de Michel Houellebecq: “El relato de una vida humana puede ser tan largo o tan breve como uno quiera. Naturalmente se recomienda, por su extrema brevedad, la opción metafísica o trágica, que se limita al fin y al cabo a las fechas de nacimiento y muerte grabadas clásicamente en una lápida”.

Ya saben lo que viene ahora: la promesa —o la amenaza— de que algún día, ni demasiado cercano ni demasiado lejano, esta historia continuará.

miércoles 28 de septiembre de 2011

Viajar es lindo y es un verbo


Lo que pasa es esto: no quiero mezclar niveles de análisis. Si me gusta un disco o una película o un libro, prefiero escribir sobre ese disco, película o libro sin pedir ninguna opinión a sus autores empíricos. Nada tiene que ver que sea un vago y que odie tener que forjar encuentros, hablar, fingir interés, todo eso. Tampoco que sea un soberbio que piensa que todos son más idiotas que yo. Para nada. Todo se trata de niveles. En serio. Incluso puedo inventar excusas convincentes. Vean si no.

Es como el ejemplo que Gregory Bateson empleaba en El temor de los ángeles, su libro póstumo firmado en colaboración con su hija Mary Catherine Bateson. Bateson (padre) escribía sobre las verdades eternas de San Agustín, sobre los teoremas de los pitagóricos, y entonces recordó que si un hombre está pasando arena de un recipiente a otro, ese hombre no tiene ni idea del número de unidades, de granos de arena del saco. Pero el número de unidades sigue estando allí más allá de que alguien se ponga a contar los granos o no.

Así pues, si el simpatizante de un equipo de fútbol golpea al simpatizante de un equipo rival, y yo hago una interpretación del hecho, preguntarle al atacante el por qué del golpe no es parte de un proceso de validación o una suerte de contrastación empírica; es sólo un experimento teórico que señala la distancia entre la intentio operis y la intentio auctoris. Los autores empíricos son irrelevantes a la hora de entender cómo se produce el sentido de un fenómeno social: por qué algo significa lo que significa.

El error habitual de las personas más tontas que uno —periodistas, por ejemplo— es mezclar niveles de análisis teóricamente incompatibles: mantener en el plano discursivo a un sujeto (o conjunto de sujetos) como entidad psicobiológica. Lean esta frase en voz alta: “Viajar es lindo y es un verbo”. Sí, viajar es lindo, y también es un verbo, entonces, ¿cuál es el problema con la expresión? ¿Por qué se oye tan mal, a pesar de que gramaticalmente es correcta? Porque hay dos niveles diferentes superpuestos (el nivel lingüístico y el nivel meta-lingüístico), entremezclados.

Por usar de modo libre una vieja discusión lingüística, se asemeja a ignorar la teoría “Fido”—Fido, en la versión de Bertrand Russell. “Fido” es el nombre del perro Fido; “‘Fido’” es el nombre del nombre de ese perro. “’Fido’—Fido” suele llamarse a la distinción russelliana entre la “mención” de una palabra (para decir que Fido tiene dos vocales y dos consonantes) y el “uso” de una palabra (para decirle a Fido que deje de ladrar y que se vaya a la cucha). Incluir al sujeto empírico cuando uno hace una interpretación de algún fenómeno social, de algún artefacto cultural, implica ignorar una distinción semejante: mezclar niveles de análisis incompatibles. Implica afirmar que viajar es lindo y es un verbo; que Fido tiene dos vocales, dos consonantes, cuatro patas y una cola.

Propongo pues que no importunemos a la lógica, pues hacerlo es un arma de doble filo. Como nos lo recuerda Umberto Eco: los autores son poco interesantes y a menudo mienten; no así sus obras.

lunes 26 de septiembre de 2011

Sputnik


Ahora estamos en silencio mirando cómo los colores del atardecer se convierten en los colores del anochecer. Ya estamos cansados del cinismo y de los dedos en las llagas, demasiadas noches que acabaron de la misma manera, como decía el viejo Guy; sólo resta hacer las mochilas y volver a casa. Ahora miramos las luces, tratando de descubrir dónde empiezan unas y dónde terminan las otras, las que venían de antes de la electricidad, las que vinieron después de la electricidad. Poco importa, en cualquier caso. Todo está iluminado. Siempre.

Ahora se aproxima el muchacho que da vueltas aquí en la Plaza de Armas. No es un muchacho, en realidad, tiene un año más que yo, que ya no soy un muchacho sino un hombre con barba de dos semanas y mirada cansada, pero él se asume como “muchacho”. Más, “el muchacho que quería aprender inglés”. Y pregunta si lo vamos a recordar.

Pienso en el Sputnik, pienso en los satélites que caen sobre la superficie terrestre, pienso en si el planeta se alimenta de la soledad de estas personas. Sí, le decimos. Te vamos a recordar.

El muchacho ofrece unas láminas con reproducciones de pinturas coloniales a los turistas, a los viajeros, a los que no parecen de aquí. Mira por sobre su hombro, cada tanto, alerta a los movimientos policiales. Lo llamo “artefacto redundante”. Las Plazas de Armas andinas, cuando se convierten en centros históricos, se pueblan de artefactos redundantes. La estructura de sentido es el centro histórico limpio, promocionado por la Unesco, convertido en una Disneylandia cultural para espíritus etnográficos (poco) inquietos, el damero colonial deformado y lleno de callejuelas serpenteantes, balcones cerrados, casas blancas, luego, más allá de la vista, los suburbios de ladrillo hueco naranja. Pero estos paquetes cerrados tienen fisuras, grietas, dejan entrever artefactos redundantes que los planificadores urbanos soslayan y que los policías corren de las esquinas. Y este muchacho es uno de esos artefactos redundantes.

Se aparece y hay que decirle, cada atardecer, cada anochecer, cada vez, que ya hablamos ayer. Entonces nos mira, dice que sí, que se acuerda, pero por supuesto que no se acuerda. Muestra las láminas y de nuevo dice que las pintó en el taller artístico, “¿todas?”, queremos saber, sólo por cizañear, “todas no, algunas las pintaron mis compañeros”, dice, “¿cuáles son las tuyas?”, preguntamos, “ésta, ésta, ésta no, ésta, ésta no, ésta”, y si no supiéramos de Bernardo Bitti, de Diego Quispe Tito, de Luis de Riaño, al verlo tan convencido, al verlo tan orgulloso de sus obras, le creeríamos.

Luego saca unos cuadernillos. Dice que quiere aprender inglés, que hace dos cursos diarios, uno por la mañana, antes del taller artístico, uno por la noche, después de salir a vender las láminas. Dice que la maestra, que es una gringa que no habla español, lo va a retar si no hace la tarea. Entonces nos pregunta cómo se pronuncia tal palabra, llena casilleros con un lapicito negro, anota frases para impresionar extranjeros y venderles láminas, insiste en que tenemos suerte por haber aprendido inglés de chicos, le decimos de nuevo que nuestro idioma materno no es el inglés, que el de ella es el francés y que el mío es el español, pero seguro que se olvida o que no nos hace caso o quien sabe qué. Sigue conversando, explicando, nos pregunta qué vamos a hacer esta noche, qué haremos mañana, dice que le gustaría conocer nuestras ciudades, que le gustaría conocer París y Buenos Aires, le decimos que sin dudas un día las conocerá aunque sepamos que no, que no saldrá de esta Plaza de Armas, que no saldrá de este centro histórico en el que es un artefacto redundante, y al final pide —como ayer, como antes de ayer, como siempre— que no lo olvidemos. “¿Se van a acordar de mí cuando se vayan? ¿Del muchacho que quería aprender inglés?”. Le decimos que sí, que nos vamos a acordar.

Entonces miramos las luces en silencio. Ya nos vamos a casa. A París, a Buenos Aires, a nuestras vidas. Me enteré por el periódico que cayó un satélite de la NASA en algún lugar de Canadá; había leído que lo esperaban en Chile, entre alarmados y expectantes, observando el cielo, deseando quizás que lo extraordinario sucediera.

Hago un comentario sobre Sputnik, mi amor, la novela de Haruki Murakami. Tiene algo conocido. Algo familiar.


Mañana tomaré un avión y volveré a Tokio. Pronto acabarán mis vacaciones de verano y pisaré de nuevo la interminable senda de la costumbre. Allí sí hay un sitio para mí. Está mi apartamento, está mi mesa, está mi aula, están mis alumnos. Una sucesión de días tranquilos, de novelas por leer, algún amorío de tarde en tarde.

Con todo, jamás volveré a ser el mismo. A partir de mañana seré una persona distinta. Pero nadie de los que me rodean se dará cuenta de que he vuelto a Japón transformado en otro. Porque exteriormente nada habrá cambiado. No obstante, algo dentro de mí ha quedado reducido a cenizas, ha desaparecido. Ha corrido sangre. Dentro de mí, alguien, algo, se irá. Con la mirada baja, sin una palabra. La puerta se abrirá, la puerta se cerrará. La luz se apagará. Para mí, tal como soy ahora, hoy es mi último día. Éste es mi último atardecer. Cuando amanezca, yo, tal como soy ahora, ya no estaré aquí. Una persona distinta habrá ocupado mi cuerpo.

¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad como para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.


Ahora ya es de noche y la frescura de una primavera recién hallada comienza a hacerse ajena. Más arriba, en las colinas, los montes, las montañas, se encienden las luces de las casas, como si fuesen pedazos de cielo poblados por satélites artificiales. Vemos al muchacho que quería aprender inglés caminando apresurado, más atrás dos policías le siguen los pasos a tono sincopado. Una banda de música pasa en procesión, tirando petardos con una imagen de la Virgen al frente. Algunos beben café o sorben helados sentados en los bancos de la plaza. Los adolescentes se amuchan alrededor de las fuentes. Explotan flashes fotográficos aquí y allá. Suenan las campanas de la catedral.

A partir de mañana todo será distinto y nadie lo sabrá.

sábado 24 de septiembre de 2011

Bourdieu, para iniciados


Otro compilado de grandes éxitos de Pierre Bourdieu. Podrían llenar ya una biblioteca entera. La estructura de estos libros se reconoce, puede preverse. Una decena de textos escritos por diferentes razones en diferentes décadas; una introducción firmada por alguna voz autorizada en la que se explican con empeño didáctico conceptos como campo, habitus, doxa, relación, posición, capital simbólico, clase, todo aquello que conforma un conglomerado disperso de hipótesis, estilos y miradas que con esfuerzo podrían conjugar un intento de “teoría bourdieusiana”. Los libros de Bourdieu se parecen a los discos de The Ramones o AC/DC: los hay mejores y los hay peores, pero en cuanto se escucharon dos o tres ya se sabe qué se encontrará en los demás.

Las estrategias de la reproducción social reúne nueve artículos publicados entre 1976 y 1994, entregados al tópico del título. La introducción es de la historiadora Alicia B. Gutiérrez (Córdoba, 1957), quien se mueve en el universo del sociólogo francés con comodidad (publicó dos libros sobre su trabajo). Escribió además la introducción de El sentido social del gusto, compilación que Siglo Veintiuno editó el año pasado. La referencia no es casual: uno y otro libro podrían leerse como parte de un impulso intelectual combinado. Allí Bourdieu habla sobre consumo cultural; aquí Bourdieu habla sobre reproducción de la vida social. Se entretejen; dialogan.

Las estrategias de reproducción social se comprenden en términos de relaciones. ¿Por qué el orden social se perpetúa? ¿Por qué el mundo no se desmorona sobre sus bases? ¿Por qué no se borra todo de un plumazo y se empieza de nuevo? Bourdieu relacionaba las hipótesis estructuralistas (las estructuras portan su propia persistencia) con las hipótesis interaccionistas y etnometodológicas (una recreación continua a cargo de agentes autónomos). Al ponerlas en relación, las trascendía. La reproducción de la vida social, la transcripción de los mecanismos de dominación y dependencia, son indisociables de la práctica, de los ajustes entre estructuras objetivas y disposiciones subjetivas de los individuos.

Bourdieu volvía a la idea de conatus de la filosofía clásica: el mundo social está dotado de un dinamismo interno, de una tendencia a perseverar en el ser. Se mantiene y se sostiene a través de acciones de construcción y reconstrucción de estructuras que dependen de la posición que los agentes ocupan en esas estructuras. “Toda sociedad reposa sobre la relación entre esos dos principios dinámicos, que varían en importancia según las sociedades y están inscritos, uno en las estructuras objetivas, y más precisamente en la estructura de distribución del capital y en los mecanismos que tienden a garantizar su reproducción; el otro, en las disposiciones (a la reproducción)”. Los diferentes modos de reproducción de la vida social se definen en relación a estos dos principios.

Las estrategias de reproducción, que en la práctica se presentan entremezcladas, pueden distribuirse teóricamente en tipos generales: estrategias de fecundidad, profilácticas, sucesorias, educativas, de inversión económica, de inversión simbólica. Estas estrategias tienden a reproducir las condiciones de su propia producción. Perpetúan y tienen por condición el habitus, que es identidad y diferencia, que mantiene brechas, distancias y relaciones de orden. Constituyen un sistema, y como tal, en la práctica contribuyen a la reproducción de todo el sistema completo de desigualdades constitutivas del orden social.

La voluntad teórica —enredarse con conceptos y luego enredarse mucho más— de los textos reunidos en Las estrategias de la reproducción social no pasa desapercibida. Libros como El sentido social del gusto o Una invitación a la sociología reflexiva proponen lecturas más amenas. Son buenas recomendaciones para no iniciados. Aquí se dan por sentados ciertos rudimentos y se espera cierta institucionalización académica para hacer frente al choque de tantas abstracciones sociológicas. Mucha doxa, acotaría Bourdieu.

(+) Marcelo Pisarro, "Bourdieu, para iniciados", Revista Ñ, 417, 24 de septiembre de 2011.

viernes 23 de septiembre de 2011

Todas las feministas son psicóticas


No siempre pensé en el feminismo contemporáneo como una aberración intelectual, un despropósito epistemológico y un insulto a la inteligencia de la humanidad. O al menos no siempre dije lo que pensaba. Recuerdo que en la universidad me anoté en un curso de feminismo bajo la premisa de que iba a estar lleno de chicas. Estaba lleno de chicas, efectivamente. Aguanté media hora y me fui al bar. Ninguna chica valía esa tortura.

Meses atrás tuve la desgracia de escuchar unos diez minutos de conferencia feminista. La mujer que la dictó era tan aburrida que te obligaba a darle la razón en todo con tal de que se callara. ¿Puede alguien embanderarse apasionadamente en algo —en cualquier cosa— pero carecer de pasión? En apariencia, sí.

Lo que más me sorprendió fue que, cuando le hacían alguna pregunta, la señora aburrida respondía de igual manera. Decía “No” y repetía lo mismo que había afirmado antes.

Digamos:

—El cielo es amarillo.

—Disculpe. Estoy viendo por la ventana y me parece que podemos considerar la posibilidad de que el cielo sea, en ciertas circunstancias, de color azul…

—No. El cielo es amarillo.

Por supuesto que no afirmo que todas las feministas sean como esa señora aburrida; y en cualquier caso, ser aburrido no tiene nada de malo (yo soy aburrido y no pienso pedir disculpas por ello). El problema es cuando uno pierde la capacidad de analizar críticamente los propios presupuestos, cuando se los toma demasiado en serio. Las feministas, cualquier cosa que uno entienda por “las feministas” (así, como abstracción general, vaga, descarnada de anclajes empíricos, tan boba como “los hombres”, “la Iglesia” o “el femicidio”), suelen perder esta capacidad con alarmante facilidad y creerse sus propios versos con una candidez irritante. El discurso sistematizado acapara la totalidad de los hechos sociales; la totalidad de los hechos sociales deben ser acaparados por ese discurso sistematizado. Es un callejón sin salida, no hay posibilidad de rebote ni de sorpresa. El lenguaje se vuelve una soga en el cuello; comienza a asfixiar. Más temprano que tarde, uno pierde el interés.

Excepto por Valerie Solanas. Pasan los años y Valerie Solanas sigue siendo una de las pocas feministas que de veras son capaces de estimularme. Si todas las feministas fuesen como Valerie Solanas, yo me haría feminista. Que le haya disparado a Andy Warhol es sólo una eventualidad; cualquier persona que haya visto la película con John Giorno durmiendo durante seis horas le dispararía a Warhol (o lo consideraría un precursor de programas como Gran Hermano, y seguramente también le dispararía). Solanas estaba desquiciada, pero era una desquiciada interesante; una desquiciada que —previo cacheo y previo esconder los cuchillos de la cocina— invitarías a tu fiesta de cumpleaños. Su Manifiesto de la organización para el exterminio del hombre, SCUM, publicado en 1967, es un artefacto intelectual brillante; el primer párrafo califica como uno de los mejores primeros párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Vivir en una sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento; nada concierne a las mujeres; pero, a las dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones, les queda una —sólo una única— posibilidad: destruir al gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino”.

Momento, momento. El segundo párrafo también es buenísimo y califica como uno de los mejores segundos párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Hoy, gracias a la técnica, es posible reproducir a la raza humana sin ayuda de los hombres (y, también, sin la ayuda de las mujeres). Es necesario empezar ahora, ya. El macho es un accidente biológico: el gene Y (masculino) no es otra cosa que un gene X (femenino) incompleto, es decir, posee una serie incompleta de cromosomas. Para decirlo con otras palabras, el macho es una mujer inacabada, un aborto ambulante, un aborto en fase gene. Ser macho es ser deficiente; un deficiente con la sensibilidad limitada. La virilidad es una deficiencia orgánica, una enfermedad; los machos son lisiados emocionales”.

Bien, citemos como corresponde. SCUM tiene también uno de los mejores párrafos finales escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Los hombres irracionales, los enfermos, los que intentan defenderse contra su repugnancia, al ver a las SCUM cargar contra ellos, aullarán aterrados y se aferrarán a la Gran Mamá de las Grandes Tetas, pero las Tetas no los protegerán contra la arremetida de las SCUM; la Gran Mamá se aferrará al Gran Padre, quien, en un rincón, se cagará en sus dinámicos calzoncillos. Sin embargo, los hombres racionales, no patearán ni pelearán ni armarán una lamentable pataleta; se quedarán mansamente sentados, relajados, gozando del espectáculo, dejándose llevar por las olas hasta su fatal extinción”.

El buen intento feminista debe estrellarse contra el sentido común valiéndose para ello de la burla, la crueldad, el cinismo y la ironía. Lo que no debe hacer es hipostasiar ninguna clase de sentido común, ni apelar a lenguajes sosos y huecos, a los argumentos que por otro lado son fácilmente refutables por cualquiera que haya hecho un curso de biología en tercer año de la escuela secundaria. De la feminista definitiva —la feminista de carrera, la feminista de instituto universitario, la feminista de revista feminista, la feminista de organización no gubernamental sostenida con fondos gubernamentales, la feminista aburrida y desapasionada— puede decirse lo que Solanas decía sobre el travesti:

“El hombre se atreve a ser diferente sólo cuando acepta su pasividad y su deseo de ser una mujer, su mariconería. El más consecuente consigo mismo es el travesti. Pero él, a pesar de ser diferente a muchos hombres, es exactamente igual a todos los demás travestis. También funcionalista, busca una identidad formal: ser una mujer. Trata de desembarazarse de todos sus problemas, pero todavía no posee ninguna individualidad. No está totalmente convencido de ser una mujer, angustiado por la idea de no ser suficientemente hembra, se adecúa compulsivamente al estereotipo femenino creado por el hombre, terminando por ser un fardo de manierismos acartonados”.

La buena literatura feminista —el buen enfoque feminista hacia el orden cultural— arremete contra las identidades formales, contra la adecuación compulsiva de los estereotipos femeninos. Lo que yo veo, en cambio, en casi cualquier intervención que lleva el adjetivo “feminista”, es un fardo de manierismos acartonados perpetrados por lisiadas emocionales: señoras aburridas hablando para otras señoras aburridas.

Apenas puedo disimular la sonrisa al imaginarme qué diría Valerie Solanas acerca de esos fardos de corrección política y lisiadura emocional que han arrojado en el sendero que debía ser su legado y su destino.

jueves 22 de septiembre de 2011

B.A.

Puerto Madero, desde la Reserva Ecológica, Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

miércoles 21 de septiembre de 2011

Breve crónica de la maldad moderna

Ocho párrafos y siete pasos es todo lo que hace falta para contar esta historia. Quizás no sea una historia. Quizás sea sólo una breve crónica de la maldad moderna. Quizás sea uno de esos episodios asqueados de cotidianeidad que debemos silenciar e ignorar, esos episodios que escondemos, que asignamos a los demás, que olvidamos, que barremos bajo la alfombra de nuestras acomodadas vidas burguesas. Ninguna moraleja gratificante. Ningún acto de devoción. Ninguna búsqueda de redención. Pisamos el cuello de los débiles y seguimos adelante.

Siete pasos me separan del desahuciado. ¿Ustedes saben por qué los simios no pueden tocar en una orquesta? Porque son incapaces de seguir el ritmo. Pueden golpear instrumentos de percusión de buena gana, pero no pueden seguir el ritmo. Es un hecho probado, te lo enseñan en los cursos de biología. Para mantener el ritmo el organismo debe anticipar, con suma precisión, el momento del compás que sigue. Los simios no pueden. Los humanos sí.

Si anticipo los pasos que siguen cuento siete hasta el desahuciado. Ya son seis. Y ahora cinco. Estamos en una ciudad cualquiera. La ciudad donde uno vive, si es que vive en una ciudad; la ciudad donde pasa un tiempo de trabajo o de recreación; la ciudad donde aparece porque sí; y en cualquier caso puede inventarse una, puede pensar en la ciudad que más ame o que más odie, que por lo general son la misma. Estamos en una ciudad y cuatro pasos me separan del desahuciado.

El hombre flaquísimo debe tener setenta años; mal llevados, setenta años mal llevados. Está sentado en un banquito a tres pasos de distancia. Tiene un tanque de oxígeno y tiene una máscara en la cara y tiene un letrero escrito con lapicera: “Por favor. Necesito aire para vivir. Por favor. Ayúdeme. Dios lo bendiga”.

Dos pasos y pienso en cómo sería eso, cómo sería tener que pedir que por favor te ayuden porque necesitás aire para vivir. Aire, vaya. Imaginate cada día de tu existencia sentándote en la calle con un tubo de oxígeno para pedir que por favor te ayuden a seguir respirando. Estoy a un paso del desahuciado y en ese momento entiendo que no lo ayudaré, que Dios no me bendecirá por su intermedio, que deberá conseguir el aire que necesita para vivir por la compasión de alguien más. Entiendo que pasaré a su lado y lo ignoraré.

Lo ignoraré como ignoro casi todo lo que es injusto, todo lo que es desigual, todo lo que no me toca de cerca. Estoy a la misma distancia del desahuciado pero en realidad no estamos a la misma distancia. Estamos separados por un muro enorme de sinrazones históricas, políticas y culturales. Quizás no sea un muro infranqueable, pero es un muro que no tengo deseos, o tiempo, o voluntad, de franquear. Puedo ayudarlo. Puedo darle unas monedas, unos billetes, una sonrisa. No lo hago.

Un paso. Dos pasos, tres pasos. Cuatro pasos, cinco pasos, el desahuciado queda atrás. En el fondo todos creemos que somos los buenos, los justos, los sabios. Pensamos que estamos haciendo diferencias en el mundo. Que damos lo mejor. Que el corazón nos late más fuerte y más sentidamente que a los demás.

Seis pasos y no voy a contarte ninguna moraleja gratificante. Ningún acto de devoción. Ninguna búsqueda de redención. Ocho párrafos, siete pasos. No te voy a pedir disculpas, no voy a sacarme la mueca cínica del rostro. Pisamos el cuello de los débiles y los dejamos atrás.

lunes 19 de septiembre de 2011

Patti Smith, Clarice Lispector: la poesía de lo indecible


Es como una ausencia anunciada. O como una presencia desapercibida. Como el contenido del maletín de Pulp fiction o como las razones que llevan a alguien a caminar “500 miles” en la canción de The Proclaimers. Algo que está pero no está, algo expuesto y escondido, todo al mismo tiempo. Como esos puntitos grises que aparecen en las ilusiones ópticas, cuando se cruzan las líneas negras sobre el fondo blanco y el rabillo del ojo hace el resto. Y también es un detalle que se pasa por alto hasta que alguien señala en la dirección correcta: si uno presta atención y sabe hacia dónde mirar, es una amiga íntima que asoma con recurrencia en la historia cultural de los últimos cuarenta años. Una figura súbitamente iluminada en un paisaje recorrido muchas veces, como si alguien te señalara por primera vez cuántas peluquerías se encuentran en las calles de Buenos Aires y recién allí éstas comenzaran a saltar a la vista cuando uno saca a pasear al perro. Esto sucede con Patti Smith: si se la busca, si se presta atención, uno se da cuenta de que —insisto— emerge con inusitada frecuencia en la historia cultural de las últimas cuatro décadas.


Y ahora mismo, mientras dejo de leer por un rato su libro Éramos unos niños, mientras me sonrío al escuchar su versión de “Words of love” en el tributo a Buddy Holly pergeñado por Paul McCartney, empiezo a pensar que su presencia y su ausencia en el mapa de las ideas tiene un impacto de corte metafísico. Lo mismo me ocurre con Clarice Lispector o Nina Berberova. Están, pero no están. Hay que buscarlas, y cuando se las localiza, allí se quedan. Uno se pregunta por qué aparecieron estas mujeres en los márgenes de la industria de baratijas y de sueños, se pregunta por la prima causa, que es la expresión latina que los escolásticos escogieron para traducir una locución griega: arjê, que no sólo significaba principio, causa y origen sino también soberanía, fundamento y poder.

La pregunta que importa de la metafísica es por qué hay algo en vez de nada. Se la juzgó una pregunta ridícula, bobalicona, pues responderla significaría hablar de algo que existía antes de que existiese algo. Estos interrogantes, creía Immanuel Kant, desembocan en antinomias y paralogismos insuperables, así que lo más sensato es no hacerse estas preguntas bobaliconas y, por sobre todo, no intentar responderlas. Antes de que hubiese algo no había nada; y nada (o sea, alguna cosa) surge de la nada. Y sin embargo, aunque el pensamiento moderno haya renunciado a estas cuestiones, la arjê, escribió Dardo Scavino, “olvidada, irrelevada, latente o, si se prefiere, inaudita, sigue siendo el asunto filosófico por excelencia donde está en juego la cuestión de la alienación y la desalienación del hombre, de su sujeción o su de-sujeción a los poderes de turno”.

Estas cuestiones —la alienación, la sujeción, el poder— sobrevuelan las obras de Lispector, Smith, Berberova; acaso de allí la relación. No son explícitas, como las melodías de Holly ni como los arreglos de McCartney; más bien, se entrevén por el rabillo del ojo. Lispector, en La araña:


Y las dificultades surgían como una vida que va creciendo. Sus muñecos, por efecto del barro claro, eran pálidos. Si quería oscurecerlos no lo conseguía con ayuda del color y por fuerza de esa deficiencia aprendió a darles sombra por medio de la forma. Después inventó una libertad: con una hojita seca bajo un fino trazo de barro conseguía cierto colorido, triste y asustado, casi enteramente muerto. Mezclando barro a la tierra obtenía otro material menos plástico pero más severo y solemne. ¿Pero cómo hacer el cielo? Ni siquiera podía comenzar. No quería nubes —que podría obtener, por lo menos groseramente— pero el cielo, el cielo mismo, con su inexistencia, color libre, ausencia de color. Descubrió que necesitaba usar materias más leves que ni siquiera pudieran ser palpadas, sentidas, tal vez apenas vistas, quién sabe.


Aunque con diferentes nombres y apariencias, estas cuestiones, en forma de preguntas por la arjê, pueblan las obras de Friedrich Nietzsche, Aristóteles, Richard Rorty, Jacques Lacan, Judith Butler, David Hume, Jacques Derrida, Michel Foucault y cualquiera que se haya preguntado por la dominación o el poder. En sus versiones metafísica y teológica-política, escribió Scavino, la arjê ha recibido numerosos nombres a lo largo del tiempo: Uno, Dios, Sujeto, producción, poder, significante-amo, performatividad, poeta vigoroso, clinamen, acontecimiento, archi-huella, y más. “Estos nombres suelen aludir a una excepción, un fundador excesivo, pavoroso, unheimlich, ápolis, obsceno o sacer, un centro marginal, para proseguir con los oxímoron, en donde la filosofía encuentra un límite, un silencio místico o traumático, que la lleva a bascular hacia la poesía o hacia la narración mítica. Cada época se da así sus fundamentos y se confronta, por consiguiente, con algún indecible. Y cada época ve aparecer en torno a estos indecibles a sus poetas. Desde muy temprano, no obstante, la propia metafísica comprendió que ese indecible no era, paradójicamente, sino el decir mismo”.

Los poetas que parecen estar pero no están, que están pero parecen no estar, surgen de la confrontación con lo que cada época permite comunicar, y por lo tanto, con lo que cada época no permite decir. Los indecibles, convertidos en discursos públicos por voces tan atractivas como las de Smith o Lispector, se convierten entonces en nuevos lenguajes. Pero al ubicarse en esa extraña posición visible e invisible en la conversación pública, estos lenguajes se vuelven un llamado sólo para quienes son capaces de oír en esa frecuencia. Entre ellos, algunos responden y otros no. Estos llamados son por definición inaudibles, pero al quedar registrados en forma de canciones o libros, se convierten en las palabras que intervienen en la literatura, la política, la ciencia, las creencias y —cantaba Buddy Holly, canta Patti Smith— en el amor.

viernes 16 de septiembre de 2011

Shakespeare en la selva (zombies, brujos y fantasmas)


“Pase lo que pase, el tiempo y la hora huyen corriendo hasta el final del día más duro”, se lamenta el pobre Macbeth, y luego agrega: “Concededme vuestra indulgencia: mi aturdido cerebro estaba absorto en cosas olvidadas”.

De entre todos los recursos de la literatura, tal vez el más manido sea la cita de William Shakespeare. Citarlo va bien con todo: tratados académicos, artículos de repostería o manuales para armar su propia central hidráulica. Lo que uno debe aprender de este recurso —o lo que uno podría aprender en cualquier caso— es que lo que la obra de Shakespeare enseña es la existencia de valores universales, valores que pueden ser entendidos y compartidos por todos. Pero “todos” y “valores” son términos ambiguos, confusos. ¿Qué valores? ¿Quiénes son todos?

Conozco el caso de una antropóloga norteamericana, Laura Bohannan, nacida en 1922 y fallecida en 2002, que intentó relatar Hamlet en una pequeña villa de Nigeria; publicó un artículo en 1961, “Shakespeare en la selva”, que tuvo cierta prédica en el ámbito académico. Luego de su relato, los ancianos sabios concluyeron que, aunque interesante, aunque la había contado con “pocos errores”, la historia estaba mal. Al fin de cuentas, esas personas ni siquiera sabían qué era un fantasma. ¿Y cómo explicarle qué es un fantasma a quien no posee los conceptos para entender qué es un fantasma, a quien pertenece a una sociedad cuya cultura no necesita de fantasmas?


—Es mejor así —dijo el anciano, mirándome con aprobación y quitándome del pelo una brizna de paja—. Deberías sentarte a beber con nosotros más a menudo. Tus criados me cuentan que cuando no estás en nuestra compañía, te quedas dentro de tu choza mirando un papel. […]

Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápidamente que mi “papel” era una de las “cosas antiguas” de mi país.

—Ah —dijo el anciano—. Cuéntanos.

Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad; son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad, “tendrás que explicar lo que no entendamos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta de que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible.

El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mi relato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que encenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sentaron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado:

—Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió una cosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en las afueras del poblado del gran jefe, cuando de repente vieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe.

—¿Por qué no era ya su jefe?

—Había muerto —expliqué—. Es por eso por lo que se asustaron y se preocuparon al verle.

—Imposible —comenzó uno de los ancianos, pasando la pipa a su vecino, quien le interrumpió.

—Por supuesto que no era el jefe muerto. Era un presagio enviado por un brujo. Continúa.

Ligeramente importunada, continué. “Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas”, la traducción más cercana a “estudioso”, pero por desgracia también significa “brujo”. El segundo anciano miró al primero con cara de triunfo.

—De modo que habló al jefe muerto, diciéndole: “Cuéntanos qué debemos hacer para que puedas descansar en tu tumba”, pero el jefe muerto no respondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. Entonces el hombre que sabía cosas (su nombre era Horacio) dijo que aquello era asunto para el hijo del jefe muerto, Hamlet.

Hubo un sacudir de cabezas general dentro del corro.

—¿El jefe muerto no tenía hermanos vivos? ¿O es que el hijo era jefe?

—No —repliqué—. Esto es, tenía un hermano vivo que se convirtió en jefe cuando el hermano mayor murió.

Los ancianos murmuraron entre dientes: tales presagios son asunto para jefes y ancianos, no para jóvenes; ningún bien puede venir de hacer las cosas a espaldas del jefe; evidentemente, Horacio no era un hombre que supiera cosas.

—Sí que lo era —insistí, tratando de apartar un pollo lejos de mi cerveza—. En nuestro país el hijo sucede al padre. El hermano menor del jefe muerto se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral.

—Hizo bien —exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás—. Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros. En nuestro país —añadió dirigiéndose a mí— también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos. Ahora bien, si tu tío, casado con tu madre viuda, es plenamente el hermano de tu padre, entonces también será un verdadero padre para ti. ¿Tenían el padre y el tío de Hamlet la misma madre?

Esta pregunta no penetró apenas en mi mente; estaba demasiado contrariada por haber dejado a uno de los elementos más importantes de Hamlet fuera de combate. Sin demasiada convicción dije que creía que tenían la misma madre, pero que no estaba segura (la historia no lo decía). El anciano me replicó con severidad que esos detalles genealógicos cambian mucho las cosas, y que cuando volviese a casa debía de consultar sobre ello a mis mayores. A continuación llamó a voces a una de sus esposas más jóvenes para que le trajera su bolsa de piel de cabra.

Determinada a salvar lo que pudiera del tema de la madre, respiré profundo y empecé de nuevo.

—El hijo Hamlet estaba muy triste de que su madre se hubiera vuelto a casar tan pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo, y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo.

—Dos años es demasiado —objetó la mujer, que acababa de hacer aparición con la desgastada bolsa de piel de cabra—. ¿Quién labrará tus campos mientras estés sin marido? […]

Decidí saltarme el soliloquio. Ahora bien, incluso si pudiera estar bien visto el que Claudio se casara con la esposa de su hermano, aún quedaba el asunto del veneno. Estaba segura de que desaprobarían el fratricidio, de manera que continué, más esperanzada:

—Esa noche Hamlet se quedó vigilando junto a los tres que habían visto a su difunto padre. El jefe muerto apareció de nuevo, y aunque los demás tuvieron miedo, Hamlet le siguió a un lugar aparte. Cuando estuvieron solos, el padre muerto habló.

—¡Los presagios no hablan! —el anciano era tajante.

—El difunto padre de Hamlet no era un presagio. Al verlo podría parecer que era un presagio, pero no lo era.

Mi audiencia parecía estar tan confusa como lo estaba yo.

—Era de verdad el padre muerto de Hamlet, lo que nosotros llamamos un “fantasma”.

Tuve que usar la palabra inglesa, puesto que estas gentes, a diferencia de muchas de las tribus vecinas, no creían en la supervivencia de ningún aspecto individualizado de la personalidad después de la muerte.

—¿Qué es un “fantasma”? ¿Un presagio?

—No, un “fantasma” es alguien que ha muerto, pero que anda vagando y es capaz de hablar, y la gente lo puede ver y oír, aunque no tocarlo.

Ellos replicaron:

—A los zombies se les puede tocar.

—¡No, no! No se trataba de un cadáver que los brujos hubieran animado para sacrificarlo y comérselo. Al padre muerto de Hamlet no lo hacía andar nadie. Andaba por sí mismo.

—Los muertos no andan —protestó mi audiencia como un solo hombre. Yo trataba de llegar a un compromiso.

—Un “fantasma” es la sombra del muerto.

Pero de nuevo objetaron:

—Los muertos no tienen sombra.

—En mí país sí que la tienen —espeté.

El anciano aplacó el rumor de incredulidad que inmediatamente se había levantado, y concedió con esa aquiescencia insincera, pero cortés, con que se dejan pasar las fantasías de los jóvenes, los ignorantes y los supersticiosos.

—Sin duda, en tu país los muertos también pueden andar sin ser zombies.

Del fondo de su bolsa extrajo un pedazo de nuez de cola seca, mordió uno de sus extremos para mostrar que no estaba envenenado, y me lo ofreció como regalo de paz.


La cuestión es por lo menos complicada, y otra vez, para dar un paso hacia adelante primero hay que dar dos hacia atrás. Fue Northrop Frye quien escribió que uno no lee Macbeth para aprender la historia de Escocia; uno lee Macbeth para aprender qué siente un hombre luego de haber ganado un reino y perdido su alma.

Existe algo irreductible en las demandas: cruzando ciudades, puebluchos y caseríos, cruzando naciones y continentes, hombres y mujeres ganan reinos y pierden almas a diario. Son pequeñas batallas, silenciosas y absolutas, que se libran en la clandestinidad de los actos cotidianos. La experiencia etnográfica nos enseña que no todos los seres humanos emplean conceptos como “reino” o “alma”, que “ganar” o “perder” son contingencias sociales e históricas, que toda idea de universalidad acabará siempre en esencialismos maniqueos, en un apenas disimulado fascismo cultural pergeñado en ideas tontas de diversidad y tolerancia.

Tengo la convicción, sin embargo, de que al no residir en un mundo de esencialismos, de autenticidades, de productos puros que enloquecen (como insistía James Clifford siguiendo al poeta William Carlos Williams), las conexiones son más profundas y de algún modo menos esquemáticas. Que a la porción compartida que a todos nos toca por ser parte de una misma especie, se le suman algunos conocimientos que, si bien no pueden adscribirse a las ideas de universalidad que brotaban a comienzos del siglo veinte, sí podrían asumirse como prácticas fácilmente asimilables a una experiencia en común. A partir de lo que se me ha permitido ver, aprender, escuchar, vivir, trazo la hipótesis de que todos los seres humanos sí saben qué es la alegría, el dolor, la saciedad, la carencia, la impotencia, el deseo, la plenitud, la espera, la decepción, la felicidad o la tristeza. Cambian contextos, formas y patrones de significados, cambian las razones y las consecuencias, los usos y los hábitos, los modos de construir modelos conexos de experiencia, las maneras de articular sistemas de orden y clasificación, cambia todo lo que puedas imaginarte. Pero existe una parte compartida. Una parte narrable.

—Alguna vez has de contarnos más historias de tu país —le decía el anciano a la antropóloga—. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría.

Las traducciones culturales hacen posible relatarlo, hacen posible comprenderlo. En esas pequeñas batallas, silenciosas y absolutas, que se libran en la clandestinidad de los actos cotidianos, siempre emergen historias. De todas ellas, ninguna hay más bella que ésa que cuenta qué siente un hombre luego de haber perdido un reino pero recuperado su alma.

miércoles 14 de septiembre de 2011

Ekeko Shopping


Mi abuelo tenía un Ekeko. Lo hacía fumar con unos cigarrillos en miniatura, colorados, que echaban el humo y todo. Estaba sobre el cristal de un mueble de madera lustrosa, que dominaba buena parte del living, en el que mi abuela guardaba licores y sus respectivas copitas. También había sobre ese mismo mueble uno de esos elefantes que llevan un rollo de billetes en la trompa a fin de atraer buena fortuna. Desconozco qué habrá sido de ese Ekeko. No puedo preguntarle a mi abuelo, que ya lleva tres décadas de muerto, aunque sé que el elefante con dinero enrollado descansa sobre algún estante de mi biblioteca. Próximo a mi propio Ekeko.

Como persona que básicamente no cree en nada ni en nadie, estoy dispuesto a creer en todo y en todos, aunque sólo sea por la dimensión lúdica que eso supone. Cuando voy a una mezquita me saco los zapatos; cuando entro a una iglesia católica hago la señal de la cruz; si voy a una cena con mayoría de vegetarianos no pido un bistec sólo por dar la nota; en caso de discutir si Spike (de Buffy) le patea el trasero a Eric (de True blood), o viceversa, discuto en serio. Acepto las reglas de juego; trato de respetarlas si las conozco o si soy capaz de hacerlo; trato de creérmelas por un rato (que sea por un rato constata su ambición lúdica). Lo mismo puedo decir del Ekeko y de montones de artefactos más o menos mágicos que recojo con afán estético y amucho entre libros, discos y muñequitos de Batman. Me tocan sus narraciones, me interesan sus múltiples recorridos etnográficos, me atraen las maneras en que los hechos sobrenaturales se entremezclan con las prácticas mundanas. Le prendería cigarrillos a mi Ekeko, incluso, si el humo no me fastidiara tanto ni me provocara jaquecas.

Salgo a dar mi paseo vespertino para respirar un poco de aire. Decido tomar un café en el Patio del Ekeko, aquí en el centro histórico de Arequipa, en el sur del Perú. La cafetería es de una insipidez internacional catastrófica, pero las tortas son buenas. El Patio del Ekeko es un centro comercial muy chic donde venden esa clase de artefactos turísticos que toda persona sensata quisiera llevarse para decorar su living con un apropiado tono étnico andino. Me encanta saborear mi propio esnobismo cada tanto. Lo paladeo con placer.

Pido café y torta; me entretengo leyendo el Vocabulario de la lengua aymara, el libro de 1612 del jesuita Ludovico Bertonio. Días atrás compré una edición de fines del siglo XIX por unos pocos soles. Encontrarme estas ediciones y llevármelas por unos pocos pesos me alegra la semana. La del padre Bertonio es una de las primeras referencias escritas que se tienen del Ekeko, probablemente la primera de todas: “Ecaco, I. Thunnupa. Nombre de uno de quien los indios antiguos cuentan muchas fábulas y muchos aún en estos tiempos las tienen por verdaderas y así sería bien procurar deshacer esta persuasión que tienen, por embuste del demonio”.

El Padre Bertonio escribía “Ecaco”. Desde entonces se lo ha escrito de muchas maneras: Eqh’eqh’o, Eq’heq’ho, Equeco, Eqeko, Iqiqu, Ekheko, Ekeco, Equeqo, varias más que ahora se me escapan. “Ekeko” es la grafía, si no perfecta, por lo menos óptima. Acaso la escritura fonética más precisa podría ser “Ekhekho”, pero la palabra ya está bien hispanizada. Viene del aymara, que tiene 48 fonemas, y muchos de ellos deben ser necesariamente suprimidos por el español, que tiene 24 fonemas. Por lo demás, que las personas que construyeron este paseo de compras hayan elegido “Ekeko” prueba que aquellos que se dedican a construir centros comerciales son mucho más inteligentes y más prácticos que aquellos que se dedican a escribir monografías etnográficas.

Termino mi café y empiezo a aburrirme. Curioseo en las tiendas de platería del paseo chic. Hay a la venta un Ekeko de plata, de veras bonito, a un precio obsceno; lo compraría para satisfacer mi esnobismo étnico, pero todos sabemos que los Ekekos no se compran: se roban o se obsequian. Son las reglas. Eso evita que reviente la tarjeta y me endeude comprando otra mercancía que no necesito.

Camino hacia la Plaza de Armas mientras pienso en los pequeños cigarrillos, colorados, que fumaba el Ekeko de mi abuelo. ¿Por qué pensaría en mi abuelo, en su Ekeko, en sus cigarrillos, en el mueble del living, en las copitas de licor de mi abuela? ¿Por qué pensaría en un mundo que dejó de existir hace tres décadas?

Una respuesta, cortesía de Maxine Swann, escritora norteamericana de barrio porteño: “Pero ¿por qué? Es como si de pronto se hubiesen olvidado de que tienen otros mundos e incluso gente esperando que regresen. Y aun así, ¿por qué querer replicar ese mundo que se ha ido? ¿Porque era perfecto? Pero no lo era. Sí lo era. Era perfecto porque era el mundo antes de que el mundo cambiara. Cualquier cambio, entonces, se vuelve una mancha de imperfección”.

Y luego: con las manos en los bolsillos, silbando una melodía, me recompongo y me voy de ahí.

martes 13 de septiembre de 2011

Mollendo pics






Mollendo, en Perú. (Fotos: M. Pisarro)

lunes 12 de septiembre de 2011

Quiero ir a la playa (la llorona de Mollendo)

Quiero ir a la playa y no me importa si es decadente. Eso canta Iggy Pop en la segunda canción de Préliminaires, su disco de 2009, se supone que inspirado en La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq. Eso mismo estoy repitiéndome desde hace unos días: quiero ir a la playa y no me importa si es decadente. Iggy Pop se pone las ropas de Leonard Cohen, yo me pongo las ropas de Iggy Pop con las ropas de Leonard Cohen, y así sigue la vida. Todos nos ponemos las ropas de alguien más.

Le envío algo a Raquel G. por correo electrónico.

—¡Lo tengo! —dice.

—Casi como si atraparas un frisbee… —digo.

—Buen aire de playa —dice.

—Es que quiero ir a la playa —digo.

Y de verdad quiero ir a la playa. Entonces la mesa del escritorio vibra. No son fantasmas; es un pequeño temblor. Nada notable, como si pasase un camión con acoplado por la puerta. La casa tiene 210 años y habrá soportado, aquí en Arequipa, temblores más importantes. Todavía sigue en pie. No me preocupo. Pero quiero ir a la playa.

Miro por la ventana del bus y escucho a Iggy Pop. Son sólo un centenar de kilómetros entre Arequipa y Mollendo, en el sur del Perú. Estoy yendo a la playa. Iggy Pop canta sobre partículas en el cerebro, sobre profundidades, sobre escapes, sobre odios y esperas, sobre no querer estar en ningún lado y no querer ver a nadie. Iggy Pop canta que podés convencer al mundo de que sos una súper-estrella cuando en realidad sos un boludo. Iggy Pop canta sobre ir a la playa y que no te importe si es decadente.

Me gusta Mollendo fuera de temporada y no me importa que ir a un centro balneario fuera de temporada sea decadente. Me gusta bajar los 2300 metros de un tirón y juntar los caracoles que trae el Pacífico. No hay nadie que te moleste. No hay gritos. No hay exigencias de conexión humana. No hay frisbees.

Tomo nota de otras cosas que me gustan de Mollendo: las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintadas de color verde esmeralda; los marcos de las puertas y las ventanas de las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintados de colores intensos pero ya desgastados por el tiempo y el viento; el viento; las callecitas curvas; los balcones de los edificios de madera de dos o tres pisos con gusto provinciano a Atlantic City en 1930; los sillones de las barberías de viejo; la rambla serpenteante; la cevichería El Muellecito; las tortillas de camarones de El Muellecito; la estación de trenes pegada al mar; las rocas que sobresalen entre las olas; las olas; los letreros de “Vía de evacuación de tsunamis” (no me gustan los tsunamis); comer hamburguesas en Tsunami Food Center; las tomas de agua; un pequeño mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza en el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar; que el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar esté lleno de pintadas, meadas y botellas rotas pero que nadie dañe el pequeño mosaico de Nuestra Señora de la Esperanza; comprar aspirinas en InkaFarma; la bruma de la playa; el aire abierto; el oxígeno.

El oxígeno, sobre todo el oxígeno.

Tomo fotografías en el tenebroso palacete amarillo abandonado. El mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza sigue impoluto y las pintadas siguen siendo pobres, poco inspiradas. No me adentro demasiado.

Un viejo se acerca y me dice que no tengo que meterme ahí.

—Está La Llorona —explica el viejo, convencido, lacónico, mirando el castillo embrujado de reojo.

Me cuenta una versión más o menos parecida a todas las leyendas que circulan en el continente sobre La Llorona. Todo se reduce a los vagabundeos del alma en pena de una mujer que está a la búsqueda de algo; a veces sus hijos, a veces sus padres, a veces un amor perdido. La Llorona de Mollendo espera a su amor perdido, muerto en la Guerra del Pacífico. La Guerra del Pacífico fue en la década de 1880, le digo al hombre, y el palacete amarillo (un hotel que se fue a la ruina) tiene apenas un par de décadas. El hombre me mira como si mirase a un idiota a quien deben explicarle las cosas más obvias.

—La Llorona vino después.

Es una respuesta vaga pero aguda, histórica y geográficamente imprecisa, discernible como índice de una narración de adscripción colectiva. También es una respuesta perfecta. Se lo siente. Tiene el buen aire de la playa.

sábado 10 de septiembre de 2011

Clausurado

En Sucre, Bolivia. (Foto: M. Pisarro)

viernes 9 de septiembre de 2011

Was tun, wenn’s brennt?

Martin Heidegger creía que había que devolverle la fuerza a las palabras. Bien. Heidegger era un nostálgico, un fanático, otro nacionalista estúpido. El inconveniente es que puede caerse muy pronto en el extremo opuesto. Si uno propone que no vale la pena redescubrir la grandeza de los griegos una y otra vez, que es mejor inventar nuevas palabras o encontrar nuevos significados para las viejas, entonces corre el riesgo de convertirse en un mero charlatán y hacer el ridículo, como Jacques Derrida, como los posmodernos, como las feministas, como los listillos de los estudios culturales. Tenemos que introducir a Friedrich Nietzsche y esperar que juegue como intermediario.

Algo que Heidegger aprendió de Nietzsche, y que Derrida aprendió de Heidegger, es que las palabras, al hacerse públicas, pierden fuerza y obtienen usos. Derrida tuvo una buena idea que resultó funesta: crear un lenguaje tan diferente, tan único y original, que no pudiese ser mensurable con el lenguaje de los precursores ni con el de los sucesores. Bien, también esto. Lo molesto de Derrida es que se lo tomaba demasiado en serio. Como señaló Richard Rorty, el problema no eran sus juegos de palabras (que son divertidos) o sus palabras mágicas (que son potentes), sino que el tono de urgencia que las rodea está fuera de lugar. Nadie puede negar sus buenas intenciones; pero está visto que las buenas intenciones no bastan.

La pragmática y Stephen King enseñan que el lenguaje es una caja de herramientas, y que si algunas herramientas ya no resultan útiles deben descartarse o renovarse. Es una buena analogía, en especial si se la compara con alguna de Ludwig Wittgenstein, pero no es lo suficientemente buena. La falla reside en que por lo general resulta imposible saber qué quiere hacerse hasta que está haciéndoselo. Es el nuevo lenguaje el que permite formular los propósitos, y no los propósitos los que permiten desarrollar el nuevo lenguaje. Una persona que crea una nueva herramienta tiene al menos una idea vaga de su función; la creación de un nuevo lenguaje, en cambio, sólo puede explicarse retrospectivamente. El lenguaje no puede ser un medio en tanto no exista un fin. La expresión sería: “Lo sabré cuando acabe de decirlo”, y no: “Lo diré cuando acabe de saberlo”.

Un lenguaje es mucho más que un medio para representar algo que está allá afuera esperando ser representado; es un intento por hacer algo que no había sido hecho hasta ese momento. El nuevo lenguaje tiene por cometido decir cosas que no habían sido dichas antes, cosas que no se había imaginado que podían decirse antes de que ese lenguaje existiera.

Ahora estás enterado. No importa a qué te dediques. No importa si estás pensando en cine, en biología, en música, en política, en poesía, en química, en literatura, en pintura, en arquitectura, en carpintería, en antropología, en teatro, en diseño, en programación. Sabrás lo que querías decir cuando acabes de decirlo, y entonces, cuando acabes de decirlo, quizás hayas inventado un nuevo lenguaje.

Ese nuevo lenguaje, antes de convertirse en una nueva forma de opresión, nos permitirá decir incontables cosas nuevas. Incontables cosas que jamás habíamos pensado que podían decirse. Hará nuestro mundo mucho más interesante.

Así que no lo pienses demasiado. Hacelo.Enlace
Luego hablaremos.

miércoles 7 de septiembre de 2011

El interior

La Quiaca, Jujuy. (Foto: M. Pisarro)

Viajar, escribir

Puede ser una decepción. Les debo una moraleja, porque no la tengo; y les debo el punto de estos pocos párrafos, porque tampoco lo tengo. En cualquier caso me parece que esconden alguna enseñanza acerca del modo en que se transmiten ciertos conocimientos. Resta descubrirla.

Hace unas semanas o unos meses (quién sabe) le conté a alguien (cuyo nombre olvidé) algo que había leído (en algún lado) a propósito de cierto tema específico (no importa cuál). A modo de enfoque productivo le comenté a esta persona que Simone de Beauvoir había afirmado que si uno se va de viaje una semana a un país, podrá redactar un libro sobre el lugar; si se queda un año, sólo una breve crónica; si se queda una década, será incapaz de escribir nada.

Luego pensé que en realidad no lo había leído en un libro de Simone de Beauvoir, que no lo había oído en una entrevista, sino que había encontrado la afirmación en el prólogo de Estampas bostonianas, el libro de relatos de viajes de la periodista Rosa Montero. La expresión no estaba entrecomillada; Montero simplemente reproducía el contenido: “Decía Simone de Beauvoir que…”.

Después pensé en un párrafo de El interior, el libro de crónicas de Martín Caparrós. En el capítulo dedicado a la Provincia de Jujuy se lee:


No sé por qué recuerdo de pronto lo que me dijo, hace muchos años, un corresponsal americano en China: que el que se pasaba una semana en China escribía un libro, el que se pasaba un mes en China, un artículo largo, el que se pasaba un año en China se daba cuenta de que no podía escribir nada. Camino, calles de San Salvador.


Y entonces, por fin, pensé en la liviandad con que nos apropiamos de sentencias que nos parecen ajustadas y las repetimos de buena gana, recusando acaso de su contexto y creándoles otros nuevos. Imagino que leeré alguna vez: “Caparrós cuenta que un corresponsal americano le dijo sobre China que…”. Y esto no quiere decir, tampoco, que estemos obligados a confiar en la evocación de Montero; ni en la de Beauvoir, si es por eso.

Ahora que releo el comentario de Beauvoir/Montero/Corresponsal/Caparrós, encuentro un principio de moraleja. La experiencia se mide en páginas escritas. El viaje se traduce en caracteres, líneas, párrafos, artículos y libros. La condición de la escritura reside en el golpe de la sorpresa: hacerse una rápida impresión y marcharse.

Puede cuestionarse: a Beauvoir, a Montero, a Corresponsal, a Caparrós. Un tal Truman Capote escribió en el prefacio de un libro llamado Música para camaleones: “Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas”. Se refería a la gesta de A sangre fría.

Y ahora estos pocos párrafos, que han tomado otro rumbo, están listos para nuevas moralejas.

lunes 5 de septiembre de 2011

Dobles de cuerpo

Una tienda de Sucre. (Foto: M. Pisarro)

La exitosa vida de mi seudónimo

Puede ser raro. En estos días, vía insistentes alertas de Google, descubrí que uno de mis seudónimos está haciendo una buena carrera. De hecho creo que mi seudónimo tiene una vida mucho más exitosa que la mía, que por cierto no es para nada exitosa. Y siempre es extraño cuando un seudónimo comienza a opacar tu propia existencia. Empezás a imaginarte que tu seudónimo está yendo a las fiestas a las que ni siquiera te invitan, que está teniendo citas románticas con las chicas que ni siquiera te devuelven un llamado telefónico, que está cenando en restaurantes carísimos en los que no podrías costearte más que un grisín y un vaso de agua (de la canilla). Un día cualquiera tu seudónimo pasará en su limusina y te salpicará los pantalones al pisar el charco acumulado en el cordón de la calle. Después lloverá o te orinará un perro. El universo tiene una cuestionable atracción por el melodrama.



Alguien podrá preguntarse para qué necesito un seudónimo. La respuesta es simple: para hacer el trabajo sucio. Toda persona que escribe y publica regularmente desde hace tantos años tiene muchos esqueletos amontonados en su ropero. El truco consiste en endilgárselos a alguien más. ¿Y qué mejor que endilgárselos a tu seudónimo? Si uno es ecuánime en sus juicios, deberá aceptar que su seudónimo se merece las cenas en restaurantes costosos y las citas con las juanitas-viales de este mundo. Es él quien se remanga y se pone manos a la obra; quién mueve los cadáveres al baúl del automóvil y quien limpia el desorden; quien se monta en un Yokosuka P1Y y se estrella de trompa contra cualquier blanco que le señales.



No digo que todas las experiencias de mi seudónimo hayan sido penosas (aunque muchas lo han sido, definitivamente). Cada tanto me lo encuentro en publicaciones prestigiosas y cada tanto me parece notar su satisfacción al operar en las sombras, con guantes negros, ganzúas y una linterna en la boca. Disfruta de la impunidad. Se relaja. Se permite no tener que probarse en cada párrafo. Reconozco que le han salido algunas buenas líneas; incluso algunos buenos libros. Pero no los pondría en mi legajo. Supongo que por eso existen los seudónimos. Los trapitos sucios se secan en el sol de su patio, no en el sol del patio propio.



En ocasiones me llama la atención verlo compartir marquesina con los seudónimos de otras gentes (uno ya los reconoce, ya puede identificarlos, puede estar seguro de que esos nombres no aparecerán en el padrón electoral). A veces me sonrío; otras veces pienso en ciertas mezquindades. Muchas personas de carne y hueso pelean hace años por una oportunidad de ocupar un espacio que está siendo ocupado por… bueno, por personas imaginarias. Luego recibo el cheque y cualquier prurito biempensante se me pasa.



Los seudónimos pueden aflojar trabas legales (un colaborador de prensa gráfica, por ejemplo, no puede superar las veinticuatro colaboraciones anuales sin que el sistema laboral colapse, y a veces los seudónimos te permiten extender el número) o pueden resolver dilemas éticos (jugar en Boca y en River es sencillo si uno se cambia el nombre, se pone peluca y se dibuja bigotes). Los seudónimos te permiten decir ante una propuesta atractiva en dinero y horripilante en contenido: “Jamás escribiría semejante porquería, tengo una reputación que cuidar. ¡Pero mi seudónimo hará lo que le digan con mucho gusto!”. Los seudónimos suelen tener carreras más bien eclécticas; en cierto punto uno, con el tiempo, se vuelve más temeroso y más cuidadoso de los sitios donde estampa su firma. Los seudónimos son carne de cañón, en general bastante rentable. Para mandarlos al muere y no embarrarse los zapatos: para eso se inventaron los seudónimos.



El seudónimo puede ser tu mejor aliado. Un matemático del siglo XIX llamado Charles Dodgson escribió montones de libros notables en su disciplina (incluso un sistema de votación lleva su apellido); cuando quiso escribir literatura fantástica se buscó un seudónimo. Lewis Carroll, bautizó a su seudónimo, y le permitió perderse en el mundo de las maravillas.



Aunque había obvios contactos, Dodgson y Carroll no compartían las mismas habitaciones de hotel. Sucede —en una escala mucho más modesta— con cualquiera que se invente un seudónimo y le consiga algún eventual trabajo con el que preferiría que no lo asocien. Más allá de que a veces se crucen en el pasillo del hotel, no comparten las mismas habitaciones. Uno mirará a su seudónimo de reojo pero no se detendrá a saludarlo. Si se lo mencionan, negará conocerlo; si se lo presentan en una reunión, saludará con cordialidad y mantendrá la distancia. El seudónimo no se ofenderá. Es un profesional. Entiende que así funcionan las cosas.



Y puede ser raro, sí.



sábado 3 de septiembre de 2011

Hotel

Hotel de Azul, Provincia de Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

viernes 2 de septiembre de 2011

La espantosa estatua del salvaje de ojos desorbitados de Tarabuco



Tarabuco tiene uno de los monumentos más feos de todo el universo andino. Las restricciones de la corrección política, la diversidad cultural mal entendida, todo esto tiende a proscribir la asignación de valores a las formas estéticas. Ningún atenuante: esa estatua es realmente fea. Y lo que es todavía peor, podría ser poco representativa de la imagen que aquellos cuya identidad convoca tienen de sí mismos.



—¿Así es la gente de Tarabuco? —le pregunta una gringa sorprendida a una mujer que cada domingo vende tejidos en la plaza.



La mujer se da vuelta. Mira la estatua. Un tipo con los ojos desorbitados, la boca chorreada de sangre, arrancándole el corazón a otro tipo cuyo cadáver descansa a sus pies. La mujer se sonríe.



—No, amiga, no somos así.



El pueblo de Tarabuco está en el departamento de Chuquisaca, al sudeste de Bolivia, a unos 65 kilómetros de la capital (constitucional e histórica) Sucre, la culta Sucre, la ilustre y heroica Sucre. Las diferentes comunidades que convergen en el pueblo forman una unidad cultural reconocible. Hablan la misma lengua, el quechua; comparten las mismas celebraciones (la más conocida es el pujllay, baile de Carnaval al que la Unesco ya le puso el ojo para echarle encima la etiqueta de patrimonio de la humanidad); llevan una vestimenta particular que permite reconocerlos como tarabuqueños: montera de tipo español, pantalones blancos, poncho en degradaciones de colores vivos (se las llama “k’uychis”, arcoíris) que se seccionan en franjas: el tono más claro o más oscuro de estas franjas monocromas señala la procedencia del poncho.



Los domingos se hace una feria al aire libre. El pueblo (hay que aprender a ver sus callecitas, sus casas, sus finales abruptos, sus bellezas curtidas) se llena. Suben de otros pueblos, bajan de los alrededores, llegan montones de turistas desde Sucre. Los textiles han adquirido una reputación notable en el universo andino. Y con justicia: son maravillosos.



En Tarabuco es fácil leer mal los signos. Estás a 3300 metros de altura, rodeado de personas que te hacen sentir un forastero de manera explícita, que te miran con desconfianza a la que pronto traducís como hostilidad; un lugar objetivamente diferente a mucho de lo que conocés, un lugar (cito a María Sonia Cristoff a propósito de otras coordenadas) que “siente la necesidad de expulsar al intruso”; y ciertamente algunas situaciones pueden ponerse densas cuando el alcohol es excesivo y los marcos de legitimidad parecen trastocados. La estatua espantosa del indio de ojos desorbitados podría convertirse en un aviso de película de terror: los intrusos no son bienvenidos. Te arrancarán el corazón y te lo comerán.



Y al leer mal los signos, también pueden perderse los detalles. Es fácil ignorarlos. Los ejemplos se amontonan. Veo el aqsu de la mujer que habla con la gringa sorprendida. El aqsu es una prenda de vestir femenina. Con variaciones, se la usa desde la época precolombina; en el siglo XIX se angostó, ahora se lleva en forma de manto sujeto a los hombros sobre la almilla, que es el vestido que cubre directamente el cuerpo. Si se observan los detalles de elaboración de los extremos superior e inferior, si se leen las franjas, listas y pallays (que es una técnica que permite elegir las hebras para obtener dibujos), se puede saber a qué grupo étnico pertenece la mujer y qué mensaje de identidad define a ese grupo.



Hasta mediados del siglo XX, las comunidades de Tarabuco no tejían dibujos; el aqsu se decoraba con bandas de puntos pequeños (k’uymi o chijchi), separadas por listas de degradación (k’uychi). Muchas viejas siguen usando este tipo de decoración; también se lo ve en algunos aqsus destinados al trabajo. Las tejedoras de Tarabuco de mediados del siglo XX comenzaron a imitar el estilo de comunidades norteñas y a introducir figuras, casi siempre de estilo abstracto (rombos y zigzag, por ejemplo); este tipo de pallay se conoce como unay pallay (pallay de antiguo). El estilo que se asigna, en la actualidad, como típicamente tarabuqueño, tradicionalmente tarabuqueño, empezó a afianzarse a finales de la década de 1980 (con el Programa de Renacimiento del Arte Indígena) y se consolidó a finales de la década de 1990. Las figuras de animales, fiestas, matrimonio, personajes míticos (como el Supay), excelsamente tejidas, son de nuevo cuño entre las comunidades que convergen en Tarabuco. Sin embargo, son detalles que la mayoría de los intrusos pasarán por alto.



La estatua del salvaje de ojos desorbitados parece elaborada con esta falta de precisión en los detalles, con una notable ausencia de riqueza histórica y cultural. El tarabuqueño —su vestimenta es imprecisa, atemporal— empuña el arma rudimentaria con que acaba de arrancarle el corazón a un soldado realista que yace a sus pies; la sangre del español chorrea de su boca abierta, de su brazo, mancha sus ropas. La escena está situada en 1816. Han colocado una placa, fechada en marzo de 2010, donde explican esta escena. El texto está tan mal escrito, tiene una torpeza estructural, semántica, estética, tan grande, tan incompatible con la seriedad que exuda todo monumento de plaza central, que parece haber sido redactado por un adolescente en su mural de Facebook. En un sentido absoluto, la estatua es fea; la justificación de su existencia es pobre; el significado es discutible en el mejor de los casos y peligroso en el peor de ellos.



Como fijación de sentido identitario de una colectividad, la tosquedad de la estatua de Tarabuco es cualquier cosa excepto iluminada. Como artefacto estético, simplemente es fea. Ningún atenuante. Ni político, ni histórico, ni cultural. Es simplemente fea.