
“Fidelity”, se llama la canción. Fue escrita e interpretada por esta cantante y pianista ahora neoyorquina, nacida en la Unión Soviética en 1980, criada por papá violinista y mamá maestra de música, en su disco de 2006, Begin to hope, el cuarto de su carrera, y, si me preguntan, uno de los más interesantes álbumes de comienzos del siglo veintiuno. “Fidelity” es una de esas canciones pop que —como escribió Nick Hornby en 31 canciones, su libro de 2003— te obligan a escucharla montones de veces al día; Hornby dice diez o quince, pero cuando se interpone en mi camino, cuando me atrae a su universo y no me permite escapar, yo la escucho todavía más, mucho más. Obsesivamente, por supuesto, pero allí reside la magia de la música pop, esos mundos narrativos de dos, tres, cuatro minutos que uno podría pasarse una vida entera intentando desenredar. Son canciones que tienen —luego volveré sobre esto— algo que uno debe resolver.
Escribió Hornby, a propósito de una canción de Nelly Furtado:
Oh, por supuesto que comprendo a las personas que desprecian la música pop. Sé que gran parte, casi toda ella, es una porquería, sin imaginación, mal escrita, producida con ligereza, inane, repetitiva y juvenil (aunque por lo menos cuatro de estos adjetivos podrían emplearse también para describir los ataques incesantes al pop que todavía se pueden encontrar en periódicos y revistas piolas); yo también sé, créanme, que Cole Porter era “mejor” que Madonna o Travis, que la mayoría de las canciones pop están apuntando cínicamente al blanco de un público tres décadas más joven que yo, que en cualquier caso la edad de oro fue hace treinta y cinco años y ha habido pocas cosas de valor desde entonces. Pero simplemente es que oí esta canción por la radio, y compré el CD, y ahora necesito escucharla diez o quince veces al día…
Esto es lo que me intriga de los que piensan que el pop contemporáneo (y utilizo la palabra para abarcar el soul, reggae, country, rock…, cualquier cosa y todo lo que pueda considerarse una porquería) está por debajo de ellos, o detrás de ellos, cualquier preposición que denote distancia, en cualquier caso. ¿Significa esto que nunca escuchan, o al menos nunca disfrutan con canciones nuevas, que todo lo que silban o tararean se escribió hace años, décadas, siglos? ¿De verdad que se niegan a sí mismos el placer de aprender una melodía (un placer, por cierto, al que su generación quizás sea la primera en la historia de la humanidad en renunciar) porque tienen miedo de que les haga parecer como si no supieran quién es Harold Bloom? Guau. Apuesto a que son unos tipos divertidos en las fiestas.
“Fidelity” es una canción pequeña, hermosa, luminosa, compleja; compuesta —contó Spektor— tras ver en la televisión Alta fidelidad, la película basada en la novela de Hornby. Parecía incontestable que iba a convertirse en un hit, que iba a alcanzar picos en los charts de las radios y empujar las ventas del álbum al oro. Un álbum, al margen, formado por canciones pequeñas, hermosas, luminosas, complejas, las mejores entre ellas pensadas para un piano que se quiebra, que se rompe, que escamotea notas, que deja de tocar el próximo sonido que uno esperaba oír.
La música pop es previsible, pero hasta cierto punto; de hecho eso es lo que comparte con toda la música. Tiene que haber sorpresa, pero no tanta; tiene que haber previsibilidad, pero no puede haber obviedades. Cuanto mayor nerviosismo se establece entre estos dos parámetros (entre lo que uno espera y lo que uno recibe), mayores serán los riesgos, mayores serán las apuestas, y a veces, mejores serán los resultados.
Begin to hope es un ejemplo de lo que alguien puede hacer con un piano, una educación en la industria de cancioncitas pop (ya sabemos el inventario: Billie Holiday, Cat Power, Joni Mitchell, Bob Dylan), algunas buenas lecturas (reconocerás a Hemingway, Scott Fitzgerald, Woolf, Boris Pasternak, Pound, Wharton, a la que personalmente venero; ya no recuerdo cuántas veces leí su Ethan Frome, en especial el prólogo), algunas anécdotas, algunos paisajes hastiados de misticismo urbano (como en “That time”, una canción —que es puro bajo y batería, como Warsaw, pero sin Ian Curtis y sin oscuridades explícitas— graciosa, punk, melancólica, que viaja de lecturas de Shakespeare a cajas de cereales, sobredosis, esperas en salas de urgencias, marcas de cigarrillos, gorriones con alas rotas y jugos frutales), un par de referencias que te hacen sonreír (el estribillo de la bella “On the radio”: “En la radio/ Escuchábamos ‘November rain’/ Ese solo es realmente largo/ Pero es una linda canción/ La oímos dos veces/ Porque el DJ estaba dormido”), una buena técnica vocal y unas cuantas —muchas— ideas.
A Spektor se la asocia —o se la asoció, no sé— con alguna clase de sonido, de jerga, de mapa conceptual llamado “anti-folk”, una suma desarticulada de artistas y de discos que van del punk al folk, del underground del East Village al indie pop o el post-punk. Pero basta oír la última canción de Begin to hope, “Summer in the city”, una pieza maravillosa —una chica judía nacida en un sitio que ya no existe, la Unión Soviética, sentada en un piano, una noche de verano en una ciudad norteamericana, cantando acerca de quedarse bebiendo hasta tarde mientras le cuenta cosas personales a gente que no conoce, acerca de sentirse tan sola que va a una protesta sólo para irritar a los extraños; una chica judía sentada en un piano que pide que, vaya, no la malinterpreten, que en general está todo bastante bien, pero que es verano y la ciudad parece tan segmentada y que entonces, a veces, extraña a alguien— que deja atrás, muy lejos, cualquier intento de convertir el impulso particular de esta música en una retrospectiva de colectividad. Digamos que una canción como “Après moi” está más cerca de los años de depresión de Serguéi Rajmáninov que del “Do-Wah-Do” de Kate Nash. Digamos que —en fin— Spektor tiene suficiente tela como para cortarse sola.
Hornby señalaba una hipótesis que atribuía al escritor Dave Eggers: que quienes escuchamos las canciones una y otra vez, obsesivamente, lo hacemos porque tenemos que “solucionarlas”. “Y es cierto que en nuestras primeras relaciones con una canción nueva, y en el cortejo de la misma, hay una fase semejante a una especie de perplejidad emocional”.
Cuando estaba cortejando a “Fidelity” años atrás, cuando saboreaba el fuerte e impostado acento neoyorquino de Spektor,
Nunca quise a nadie completamente
Siempre un pie sobre la tierra
Y por proteger mi corazón de verdad
Me perdí en los sonidos.
Escucho en mi mente todas estas voces
Escucho en mi mente todas estas palabras
Escucho en mi mente toda esta música.
me preparaba, en realidad, para los tramos que debía “solucionar”, para los tramos que debía resolver. Spektor cantaba:
Y me rompe el corazón
Y me rompe el corazón
Y me rompe el corazón
Cuando me rompe el corazón.
Sólo que en su interpretación oías:
Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón
Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón
Y me rompe el co-ra-ra-ra-ra-ra-zón.
El modo de vocalizar la “a” de “corazón” (heart) era exagerado, articulado por la glotis de manera oclusiva, entrecortado, obstruyendo la corriente de aire en la extensión vocal, y lo que oías era delicioso. Hornby creía que estos trucos —él seguía con Nelly Furtado— acaban resultando escasos y rancios; que pronto uno soluciona la canción y no quiere escucharla mucho más; que los misterios de una canción pop de tres minutos no pueden durar mucho más que eso. Yo no estoy de acuerdo. A pesar de haberla “solucionado” todavía la escucho con sorpresa y algo de fascinación; supongo que puede tratarse de eso que viene luego de la perplejidad emocional del flirteo, y que a la sazón, siempre es lo mejor.
Paso las páginas de 31 canciones, Hornby escribe sobre un concierto de Patti Smith a beneficio de una capilla londinense. Dice que cuando Smith tocó “Pissing in a river”, con el púlpito de la iglesia y los cristales de las ventanas como escenario, uno podía ver cómo el público se enamoraba de Smith, de la canción y de la noche.
“Fue uno de esos raros momentos —milagroso, en el contexto de un espectáculo de rock— que te hacen sentir agradecido por la música que conoces, por la música que todavía no has oído, por los libros que has leído y los que vas a leer, quizás incluso por la vida que vives. No puedes pedir mucho más que eso por tus veinticinco libras (incluidas las reparaciones de la capilla). Y aunque es demasiado esperar tener una epifanía de este tipo regularmente, me parece una cosa por la que merece la pena pelear”.
Y ahora, mientras en el pasadiscos Regina Spektor sigue tocando las canciones de Begin to hope, volteo otras páginas del libro de Hornby, llego hasta la parte en la que habla de “Thunder road” de Bruce Springsteen y concuerdo con él en que la vida es algo trascendental y triste, pero que no destruye todas las esperanzas, y que acaso eso haga, de uno, un depresivo que exagera su papel o un idiota feliz, y que sin embargo, insisto en ello, no destruye todas las esperanzas.
Y eso —aunque sea en los tres minutos que dura una canción pop— es algo por lo que vale la pena sentirse agradecido.