lunes 3 de octubre de 2011

Churros con canela y sistemas dinámicos inestables


Bien, necesito que presten atención. Las relaciones no son obvias y no tengo intención de explicitarlas. Acaso ni siquiera haya relaciones que explicitar, acaso no sean más que ocurrencias aisladas abotonadas por la coincidencia de un espacio textual en común. Pero, en cualquier caso, todas provienen de un mismo impulso intelectual.

Estaba dándole vueltas a algunos problemas de los sistemas dinámicos inestables y me dieron ganas de comer churros. Pensaba en que la física del no equilibrio y la ley de crecimiento de la entropía enseñan lecciones fundamentales acerca de la estructura del universo, pero que acaso podrían enseñarnos también algo sobre los churros. O acaso no, aunque de pronto tenía unas tremendas ganas de comer churros.

Destacaré tres sitios donde pueden comprar churros si se encuentran en América Latina. Puedo nombrar más, pero estos tres lugares me agradan por diferentes razones. En Buenos Aires, Argentina, pueden comer churros en La Giralda, que es un bar tradicional de la calle Corrientes, en el centro de la ciudad, donde se sirven acompañados de submarinos, que es como se llama al vaso largo de leche chocolatada caliente, que se sujeta con un adminículo de metal que le da aspecto de jarrito; los churros de La Giralda son decididamente malos, suelen estar rígidos y secos y con demasiado azúcar encima, pero el bar aporta una escenografía porteña demodé que es capaz de paliar cualquier carencia de los churros per se. En Arequipa, Perú, hay un puestito callejero detrás de la Catedral, en una suerte de espacio público que es mitad pasaje y mitad plazoleta. Los churros no son excelentes, de hecho suelen estar bastante grasosos y un poco crudos; pero pueden pedirlos rellenos con lúcuma o fresa, lo cual, si han nacido en ciertas latitudes y no en otras, le otorga un dejo exótico esnob que sabrán aprovechar. En el Distrito Federal, México, tienen que moverse hacia el sur de la ciudad, a San Ángel, un barrio de arquitectura colonial, tiendas artísticas de precios obscenos, algunas buenas librerías (no muy lejos de allí está la increíble ciudad universitaria de la UNAM), barcitos para turistas y… los churros de El Convento. Estos son los mejores. Están espolvoreados con canela y vienen rellenos con cajeta, que es un dulce de leche de cabra, azúcar morena y (más) canela. Deben pedirlos con chocolate caliente, también aquí.

Ahora, todo esto puede ser así pero puede ser de otra manera. En los sistemas inestables las leyes de la naturaleza son fundamentalmente probabilísticas; expresan que algo es posible, no que sea cierto. En el sistema hay fluctuaciones, incluso bifurcaciones. Quién sabe: probablemente alguno prefiera los churros grasosos y húmedos antes que los secos y crujientes, o la canela no le agrade, o el sabor de la lúcuma le parezca muy ácido, o se acerque a La Giralda y la encuentre cerrada, o el puestito de churros de Arequipa se haya corrido de sitio, o ya no queden churros de cajeta en El Convento y uno deba conformarse con los azucarados regulares sin relleno que mucho no se diferencian de los que venden en los andenes de la estación de trenes de Constitución. No podemos negar los eventos nuevos, como bien nos enseña el darwinismo; una ciencia que sólo trata de leyes y no de sucesos está condenada a fracasar.

La probabilidad y la irreversibilidad son dos instrumentos poderosos que dejan la puerta entreabierta para cualquier posibilidad. Hay que esperar lo inesperado; esa es la regla, no la excepción. Me recuerda una escena que me gusta, de la novela Delirio, del canadiense Douglas Cooper. Izzy Darlow mira por la mirilla de la puerta de su departamento. Sexto piso, sin ascensor; “algunos tardan más que otros en subir”. En el pasillo espera una muchacha de cabello largo y rojo, de un rojo que no existe en la naturaleza; se llama Arianna e Izzy no la conoce. Los ojos de la chica son celestes, tristes e inteligentes; su piel es lechosa; sólo se peina el lado derecho de su cabello rojo, jamás el izquierdo, que está enmarañado y parece representar la ausencia de cordura.

—Lamento presentarme así —le dice Arianna a Izzy—. Si querés, puedo irme.

—No, no quiero —dice Izzy—. ¿Cómo conseguiste mi número?

—Tenemos un conocido en común. No hablemos de eso ahora.

—De acuerdo… ¿De qué hablamos entonces?

—No sé —dice Arianna, encogiéndose de hombros—. ¿De qué habla la gente?

—No recuerdo.

—Yo tampoco.

Cooper, encargado de contar la escena, anota: “Se miran, compartiendo esto: un momento de alineamiento. Siempre es inesperado”.