Martin Heidegger creía que había que devolverle la fuerza a las palabras. Bien. Heidegger era un nostálgico, un fanático, otro nacionalista estúpido. El inconveniente es que puede caerse muy pronto en el extremo opuesto. Si uno propone que no vale la pena redescubrir la grandeza de los griegos una y otra vez, que es mejor inventar nuevas palabras o encontrar nuevos significados para las viejas, entonces corre el riesgo de convertirse en un mero charlatán y hacer el ridículo, como Jacques Derrida, como los posmodernos, como las feministas, como los listillos de los estudios culturales. Tenemos que introducir a Friedrich Nietzsche y esperar que juegue como intermediario.
Algo que Heidegger aprendió de Nietzsche, y que Derrida aprendió de Heidegger, es que las palabras, al hacerse públicas, pierden fuerza y obtienen usos. Derrida tuvo una buena idea que resultó funesta: crear un lenguaje tan diferente, tan único y original, que no pudiese ser mensurable con el lenguaje de los precursores ni con el de los sucesores. Bien, también esto. Lo molesto de Derrida es que se lo tomaba demasiado en serio. Como señaló Richard Rorty, el problema no eran sus juegos de palabras (que son divertidos) o sus palabras mágicas (que son potentes), sino que el tono de urgencia que las rodea está fuera de lugar. Nadie puede negar sus buenas intenciones; pero está visto que las buenas intenciones no bastan.
La pragmática y Stephen King enseñan que el lenguaje es una caja de herramientas, y que si algunas herramientas ya no resultan útiles deben descartarse o renovarse. Es una buena analogía, en especial si se la compara con alguna de Ludwig Wittgenstein, pero no es lo suficientemente buena. La falla reside en que por lo general resulta imposible saber qué quiere hacerse hasta que está haciéndoselo. Es el nuevo lenguaje el que permite formular los propósitos, y no los propósitos los que permiten desarrollar el nuevo lenguaje. Una persona que crea una nueva herramienta tiene al menos una idea vaga de su función; la creación de un nuevo lenguaje, en cambio, sólo puede explicarse retrospectivamente. El lenguaje no puede ser un medio en tanto no exista un fin. La expresión sería: “Lo sabré cuando acabe de decirlo”, y no: “Lo diré cuando acabe de saberlo”.
Un lenguaje es mucho más que un medio para representar algo que está allá afuera esperando ser representado; es un intento por hacer algo que no había sido hecho hasta ese momento. El nuevo lenguaje tiene por cometido decir cosas que no habían sido dichas antes, cosas que no se había imaginado que podían decirse antes de que ese lenguaje existiera.
Ahora estás enterado. No importa a qué te dediques. No importa si estás pensando en cine, en biología, en música, en política, en poesía, en química, en literatura, en pintura, en arquitectura, en carpintería, en antropología, en teatro, en diseño, en programación. Sabrás lo que querías decir cuando acabes de decirlo, y entonces, cuando acabes de decirlo, quizás hayas inventado un nuevo lenguaje.
Ese nuevo lenguaje, antes de convertirse en una nueva forma de opresión, nos permitirá decir incontables cosas nuevas. Incontables cosas que jamás habíamos pensado que podían decirse. Hará nuestro mundo mucho más interesante.
Así que no lo pienses demasiado. Hacelo.
Luego hablaremos.
Algo que Heidegger aprendió de Nietzsche, y que Derrida aprendió de Heidegger, es que las palabras, al hacerse públicas, pierden fuerza y obtienen usos. Derrida tuvo una buena idea que resultó funesta: crear un lenguaje tan diferente, tan único y original, que no pudiese ser mensurable con el lenguaje de los precursores ni con el de los sucesores. Bien, también esto. Lo molesto de Derrida es que se lo tomaba demasiado en serio. Como señaló Richard Rorty, el problema no eran sus juegos de palabras (que son divertidos) o sus palabras mágicas (que son potentes), sino que el tono de urgencia que las rodea está fuera de lugar. Nadie puede negar sus buenas intenciones; pero está visto que las buenas intenciones no bastan.
La pragmática y Stephen King enseñan que el lenguaje es una caja de herramientas, y que si algunas herramientas ya no resultan útiles deben descartarse o renovarse. Es una buena analogía, en especial si se la compara con alguna de Ludwig Wittgenstein, pero no es lo suficientemente buena. La falla reside en que por lo general resulta imposible saber qué quiere hacerse hasta que está haciéndoselo. Es el nuevo lenguaje el que permite formular los propósitos, y no los propósitos los que permiten desarrollar el nuevo lenguaje. Una persona que crea una nueva herramienta tiene al menos una idea vaga de su función; la creación de un nuevo lenguaje, en cambio, sólo puede explicarse retrospectivamente. El lenguaje no puede ser un medio en tanto no exista un fin. La expresión sería: “Lo sabré cuando acabe de decirlo”, y no: “Lo diré cuando acabe de saberlo”.
Un lenguaje es mucho más que un medio para representar algo que está allá afuera esperando ser representado; es un intento por hacer algo que no había sido hecho hasta ese momento. El nuevo lenguaje tiene por cometido decir cosas que no habían sido dichas antes, cosas que no se había imaginado que podían decirse antes de que ese lenguaje existiera.
Ahora estás enterado. No importa a qué te dediques. No importa si estás pensando en cine, en biología, en música, en política, en poesía, en química, en literatura, en pintura, en arquitectura, en carpintería, en antropología, en teatro, en diseño, en programación. Sabrás lo que querías decir cuando acabes de decirlo, y entonces, cuando acabes de decirlo, quizás hayas inventado un nuevo lenguaje.
Ese nuevo lenguaje, antes de convertirse en una nueva forma de opresión, nos permitirá decir incontables cosas nuevas. Incontables cosas que jamás habíamos pensado que podían decirse. Hará nuestro mundo mucho más interesante.
Así que no lo pienses demasiado. Hacelo.

Luego hablaremos.