
Lo que pasa es esto: no quiero mezclar niveles de análisis. Si me gusta un disco o una película o un libro, prefiero escribir sobre ese disco, película o libro sin pedir ninguna opinión a sus autores empíricos. Nada tiene que ver que sea un vago y que odie tener que forjar encuentros, hablar, fingir interés, todo eso. Tampoco que sea un soberbio que piensa que todos son más idiotas que yo. Para nada. Todo se trata de niveles. En serio. Incluso puedo inventar excusas convincentes. Vean si no.
Es como el ejemplo que Gregory Bateson empleaba en El temor de los ángeles, su libro póstumo firmado en colaboración con su hija Mary Catherine Bateson. Bateson (padre) escribía sobre las verdades eternas de San Agustín, sobre los teoremas de los pitagóricos, y entonces recordó que si un hombre está pasando arena de un recipiente a otro, ese hombre no tiene ni idea del número de unidades, de granos de arena del saco. Pero el número de unidades sigue estando allí más allá de que alguien se ponga a contar los granos o no.
Así pues, si el simpatizante de un equipo de fútbol golpea al simpatizante de un equipo rival, y yo hago una interpretación del hecho, preguntarle al atacante el por qué del golpe no es parte de un proceso de validación o una suerte de contrastación empírica; es sólo un experimento teórico que señala la distancia entre la intentio operis y la intentio auctoris. Los autores empíricos son irrelevantes a la hora de entender cómo se produce el sentido de un fenómeno social: por qué algo significa lo que significa.
El error habitual de las personas más tontas que uno —periodistas, por ejemplo— es mezclar niveles de análisis teóricamente incompatibles: mantener en el plano discursivo a un sujeto (o conjunto de sujetos) como entidad psicobiológica. Lean esta frase en voz alta: “Viajar es lindo y es un verbo”. Sí, viajar es lindo, y también es un verbo, entonces, ¿cuál es el problema con la expresión? ¿Por qué se oye tan mal, a pesar de que gramaticalmente es correcta? Porque hay dos niveles diferentes superpuestos (el nivel lingüístico y el nivel meta-lingüístico), entremezclados.
Por usar de modo libre una vieja discusión lingüística, se asemeja a ignorar la teoría “Fido”—Fido, en la versión de Bertrand Russell. “Fido” es el nombre del perro Fido; “‘Fido’” es el nombre del nombre de ese perro. “’Fido’—Fido” suele llamarse a la distinción russelliana entre la “mención” de una palabra (para decir que Fido tiene dos vocales y dos consonantes) y el “uso” de una palabra (para decirle a Fido que deje de ladrar y que se vaya a la cucha). Incluir al sujeto empírico cuando uno hace una interpretación de algún fenómeno social, de algún artefacto cultural, implica ignorar una distinción semejante: mezclar niveles de análisis incompatibles. Implica afirmar que viajar es lindo y es un verbo; que Fido tiene dos vocales, dos consonantes, cuatro patas y una cola.
Propongo pues que no importunemos a la lógica, pues hacerlo es un arma de doble filo. Como nos lo recuerda Umberto Eco: los autores son poco interesantes y a menudo mienten; no así sus obras.
Es como el ejemplo que Gregory Bateson empleaba en El temor de los ángeles, su libro póstumo firmado en colaboración con su hija Mary Catherine Bateson. Bateson (padre) escribía sobre las verdades eternas de San Agustín, sobre los teoremas de los pitagóricos, y entonces recordó que si un hombre está pasando arena de un recipiente a otro, ese hombre no tiene ni idea del número de unidades, de granos de arena del saco. Pero el número de unidades sigue estando allí más allá de que alguien se ponga a contar los granos o no.
Así pues, si el simpatizante de un equipo de fútbol golpea al simpatizante de un equipo rival, y yo hago una interpretación del hecho, preguntarle al atacante el por qué del golpe no es parte de un proceso de validación o una suerte de contrastación empírica; es sólo un experimento teórico que señala la distancia entre la intentio operis y la intentio auctoris. Los autores empíricos son irrelevantes a la hora de entender cómo se produce el sentido de un fenómeno social: por qué algo significa lo que significa.
El error habitual de las personas más tontas que uno —periodistas, por ejemplo— es mezclar niveles de análisis teóricamente incompatibles: mantener en el plano discursivo a un sujeto (o conjunto de sujetos) como entidad psicobiológica. Lean esta frase en voz alta: “Viajar es lindo y es un verbo”. Sí, viajar es lindo, y también es un verbo, entonces, ¿cuál es el problema con la expresión? ¿Por qué se oye tan mal, a pesar de que gramaticalmente es correcta? Porque hay dos niveles diferentes superpuestos (el nivel lingüístico y el nivel meta-lingüístico), entremezclados.
Por usar de modo libre una vieja discusión lingüística, se asemeja a ignorar la teoría “Fido”—Fido, en la versión de Bertrand Russell. “Fido” es el nombre del perro Fido; “‘Fido’” es el nombre del nombre de ese perro. “’Fido’—Fido” suele llamarse a la distinción russelliana entre la “mención” de una palabra (para decir que Fido tiene dos vocales y dos consonantes) y el “uso” de una palabra (para decirle a Fido que deje de ladrar y que se vaya a la cucha). Incluir al sujeto empírico cuando uno hace una interpretación de algún fenómeno social, de algún artefacto cultural, implica ignorar una distinción semejante: mezclar niveles de análisis incompatibles. Implica afirmar que viajar es lindo y es un verbo; que Fido tiene dos vocales, dos consonantes, cuatro patas y una cola.
Propongo pues que no importunemos a la lógica, pues hacerlo es un arma de doble filo. Como nos lo recuerda Umberto Eco: los autores son poco interesantes y a menudo mienten; no así sus obras.