
No siempre pensé en el feminismo contemporáneo como una aberración intelectual, un despropósito epistemológico y un insulto a la inteligencia de la humanidad. O al menos no siempre dije lo que pensaba. Recuerdo que en la universidad me anoté en un curso de feminismo bajo la premisa de que iba a estar lleno de chicas. Estaba lleno de chicas, efectivamente. Aguanté media hora y me fui al bar. Ninguna chica valía esa tortura.
Meses atrás tuve la desgracia de escuchar unos diez minutos de conferencia feminista. La mujer que la dictó era tan aburrida que te obligaba a darle la razón en todo con tal de que se callara. ¿Puede alguien embanderarse apasionadamente en algo —en cualquier cosa— pero carecer de pasión? En apariencia, sí.
Lo que más me sorprendió fue que, cuando le hacían alguna pregunta, la señora aburrida respondía de igual manera. Decía “No” y repetía lo mismo que había afirmado antes.
Digamos:
—El cielo es amarillo.
—Disculpe. Estoy viendo por la ventana y me parece que podemos considerar la posibilidad de que el cielo sea, en ciertas circunstancias, de color azul…
—No. El cielo es amarillo.
Por supuesto que no afirmo que todas las feministas sean como esa señora aburrida; y en cualquier caso, ser aburrido no tiene nada de malo (yo soy aburrido y no pienso pedir disculpas por ello). El problema es cuando uno pierde la capacidad de analizar críticamente los propios presupuestos, cuando se los toma demasiado en serio. Las feministas, cualquier cosa que uno entienda por “las feministas” (así, como abstracción general, vaga, descarnada de anclajes empíricos, tan boba como “los hombres”, “la Iglesia” o “el femicidio”), suelen perder esta capacidad con alarmante facilidad y creerse sus propios versos con una candidez irritante. El discurso sistematizado acapara la totalidad de los hechos sociales; la totalidad de los hechos sociales deben ser acaparados por ese discurso sistematizado. Es un callejón sin salida, no hay posibilidad de rebote ni de sorpresa. El lenguaje se vuelve una soga en el cuello; comienza a asfixiar. Más temprano que tarde, uno pierde el interés.
Excepto por Valerie Solanas. Pasan los años y Valerie Solanas sigue siendo una de las pocas feministas que de veras son capaces de estimularme. Si todas las feministas fuesen como Valerie Solanas, yo me haría feminista. Que le haya disparado a Andy Warhol es sólo una eventualidad; cualquier persona que haya visto la película con John Giorno durmiendo durante seis horas le dispararía a Warhol (o lo consideraría un precursor de programas como Gran Hermano, y seguramente también le dispararía). Solanas estaba desquiciada, pero era una desquiciada interesante; una desquiciada que —previo cacheo y previo esconder los cuchillos de la cocina— invitarías a tu fiesta de cumpleaños. Su Manifiesto de la organización para el exterminio del hombre, SCUM, publicado en 1967, es un artefacto intelectual brillante; el primer párrafo califica como uno de los mejores primeros párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Vivir en una sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento; nada concierne a las mujeres; pero, a las dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones, les queda una —sólo una única— posibilidad: destruir al gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino”.
Momento, momento. El segundo párrafo también es buenísimo y califica como uno de los mejores segundos párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Hoy, gracias a la técnica, es posible reproducir a la raza humana sin ayuda de los hombres (y, también, sin la ayuda de las mujeres). Es necesario empezar ahora, ya. El macho es un accidente biológico: el gene Y (masculino) no es otra cosa que un gene X (femenino) incompleto, es decir, posee una serie incompleta de cromosomas. Para decirlo con otras palabras, el macho es una mujer inacabada, un aborto ambulante, un aborto en fase gene. Ser macho es ser deficiente; un deficiente con la sensibilidad limitada. La virilidad es una deficiencia orgánica, una enfermedad; los machos son lisiados emocionales”.
Bien, citemos como corresponde. SCUM tiene también uno de los mejores párrafos finales escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Los hombres irracionales, los enfermos, los que intentan defenderse contra su repugnancia, al ver a las SCUM cargar contra ellos, aullarán aterrados y se aferrarán a la Gran Mamá de las Grandes Tetas, pero las Tetas no los protegerán contra la arremetida de las SCUM; la Gran Mamá se aferrará al Gran Padre, quien, en un rincón, se cagará en sus dinámicos calzoncillos. Sin embargo, los hombres racionales, no patearán ni pelearán ni armarán una lamentable pataleta; se quedarán mansamente sentados, relajados, gozando del espectáculo, dejándose llevar por las olas hasta su fatal extinción”.
El buen intento feminista debe estrellarse contra el sentido común valiéndose para ello de la burla, la crueldad, el cinismo y la ironía. Lo que no debe hacer es hipostasiar ninguna clase de sentido común, ni apelar a lenguajes sosos y huecos, a los argumentos que por otro lado son fácilmente refutables por cualquiera que haya hecho un curso de biología en tercer año de la escuela secundaria. De la feminista definitiva —la feminista de carrera, la feminista de instituto universitario, la feminista de revista feminista, la feminista de organización no gubernamental sostenida con fondos gubernamentales, la feminista aburrida y desapasionada— puede decirse lo que Solanas decía sobre el travesti:
“El hombre se atreve a ser diferente sólo cuando acepta su pasividad y su deseo de ser una mujer, su mariconería. El más consecuente consigo mismo es el travesti. Pero él, a pesar de ser diferente a muchos hombres, es exactamente igual a todos los demás travestis. También funcionalista, busca una identidad formal: ser una mujer. Trata de desembarazarse de todos sus problemas, pero todavía no posee ninguna individualidad. No está totalmente convencido de ser una mujer, angustiado por la idea de no ser suficientemente hembra, se adecúa compulsivamente al estereotipo femenino creado por el hombre, terminando por ser un fardo de manierismos acartonados”.
La buena literatura feminista —el buen enfoque feminista hacia el orden cultural— arremete contra las identidades formales, contra la adecuación compulsiva de los estereotipos femeninos. Lo que yo veo, en cambio, en casi cualquier intervención que lleva el adjetivo “feminista”, es un fardo de manierismos acartonados perpetrados por lisiadas emocionales: señoras aburridas hablando para otras señoras aburridas.
Apenas puedo disimular la sonrisa al imaginarme qué diría Valerie Solanas acerca de esos fardos de corrección política y lisiadura emocional que han arrojado en el sendero que debía ser su legado y su destino.
Meses atrás tuve la desgracia de escuchar unos diez minutos de conferencia feminista. La mujer que la dictó era tan aburrida que te obligaba a darle la razón en todo con tal de que se callara. ¿Puede alguien embanderarse apasionadamente en algo —en cualquier cosa— pero carecer de pasión? En apariencia, sí.
Lo que más me sorprendió fue que, cuando le hacían alguna pregunta, la señora aburrida respondía de igual manera. Decía “No” y repetía lo mismo que había afirmado antes.
Digamos:
—El cielo es amarillo.
—Disculpe. Estoy viendo por la ventana y me parece que podemos considerar la posibilidad de que el cielo sea, en ciertas circunstancias, de color azul…
—No. El cielo es amarillo.
Por supuesto que no afirmo que todas las feministas sean como esa señora aburrida; y en cualquier caso, ser aburrido no tiene nada de malo (yo soy aburrido y no pienso pedir disculpas por ello). El problema es cuando uno pierde la capacidad de analizar críticamente los propios presupuestos, cuando se los toma demasiado en serio. Las feministas, cualquier cosa que uno entienda por “las feministas” (así, como abstracción general, vaga, descarnada de anclajes empíricos, tan boba como “los hombres”, “la Iglesia” o “el femicidio”), suelen perder esta capacidad con alarmante facilidad y creerse sus propios versos con una candidez irritante. El discurso sistematizado acapara la totalidad de los hechos sociales; la totalidad de los hechos sociales deben ser acaparados por ese discurso sistematizado. Es un callejón sin salida, no hay posibilidad de rebote ni de sorpresa. El lenguaje se vuelve una soga en el cuello; comienza a asfixiar. Más temprano que tarde, uno pierde el interés.
Excepto por Valerie Solanas. Pasan los años y Valerie Solanas sigue siendo una de las pocas feministas que de veras son capaces de estimularme. Si todas las feministas fuesen como Valerie Solanas, yo me haría feminista. Que le haya disparado a Andy Warhol es sólo una eventualidad; cualquier persona que haya visto la película con John Giorno durmiendo durante seis horas le dispararía a Warhol (o lo consideraría un precursor de programas como Gran Hermano, y seguramente también le dispararía). Solanas estaba desquiciada, pero era una desquiciada interesante; una desquiciada que —previo cacheo y previo esconder los cuchillos de la cocina— invitarías a tu fiesta de cumpleaños. Su Manifiesto de la organización para el exterminio del hombre, SCUM, publicado en 1967, es un artefacto intelectual brillante; el primer párrafo califica como uno de los mejores primeros párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Vivir en una sociedad significa, con suerte, morir de aburrimiento; nada concierne a las mujeres; pero, a las dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones, les queda una —sólo una única— posibilidad: destruir al gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino”.
Momento, momento. El segundo párrafo también es buenísimo y califica como uno de los mejores segundos párrafos escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Hoy, gracias a la técnica, es posible reproducir a la raza humana sin ayuda de los hombres (y, también, sin la ayuda de las mujeres). Es necesario empezar ahora, ya. El macho es un accidente biológico: el gene Y (masculino) no es otra cosa que un gene X (femenino) incompleto, es decir, posee una serie incompleta de cromosomas. Para decirlo con otras palabras, el macho es una mujer inacabada, un aborto ambulante, un aborto en fase gene. Ser macho es ser deficiente; un deficiente con la sensibilidad limitada. La virilidad es una deficiencia orgánica, una enfermedad; los machos son lisiados emocionales”.
Bien, citemos como corresponde. SCUM tiene también uno de los mejores párrafos finales escritos en un manifiesto o en cualquier otra pieza literaria: “Los hombres irracionales, los enfermos, los que intentan defenderse contra su repugnancia, al ver a las SCUM cargar contra ellos, aullarán aterrados y se aferrarán a la Gran Mamá de las Grandes Tetas, pero las Tetas no los protegerán contra la arremetida de las SCUM; la Gran Mamá se aferrará al Gran Padre, quien, en un rincón, se cagará en sus dinámicos calzoncillos. Sin embargo, los hombres racionales, no patearán ni pelearán ni armarán una lamentable pataleta; se quedarán mansamente sentados, relajados, gozando del espectáculo, dejándose llevar por las olas hasta su fatal extinción”.
El buen intento feminista debe estrellarse contra el sentido común valiéndose para ello de la burla, la crueldad, el cinismo y la ironía. Lo que no debe hacer es hipostasiar ninguna clase de sentido común, ni apelar a lenguajes sosos y huecos, a los argumentos que por otro lado son fácilmente refutables por cualquiera que haya hecho un curso de biología en tercer año de la escuela secundaria. De la feminista definitiva —la feminista de carrera, la feminista de instituto universitario, la feminista de revista feminista, la feminista de organización no gubernamental sostenida con fondos gubernamentales, la feminista aburrida y desapasionada— puede decirse lo que Solanas decía sobre el travesti:
“El hombre se atreve a ser diferente sólo cuando acepta su pasividad y su deseo de ser una mujer, su mariconería. El más consecuente consigo mismo es el travesti. Pero él, a pesar de ser diferente a muchos hombres, es exactamente igual a todos los demás travestis. También funcionalista, busca una identidad formal: ser una mujer. Trata de desembarazarse de todos sus problemas, pero todavía no posee ninguna individualidad. No está totalmente convencido de ser una mujer, angustiado por la idea de no ser suficientemente hembra, se adecúa compulsivamente al estereotipo femenino creado por el hombre, terminando por ser un fardo de manierismos acartonados”.
La buena literatura feminista —el buen enfoque feminista hacia el orden cultural— arremete contra las identidades formales, contra la adecuación compulsiva de los estereotipos femeninos. Lo que yo veo, en cambio, en casi cualquier intervención que lleva el adjetivo “feminista”, es un fardo de manierismos acartonados perpetrados por lisiadas emocionales: señoras aburridas hablando para otras señoras aburridas.
Apenas puedo disimular la sonrisa al imaginarme qué diría Valerie Solanas acerca de esos fardos de corrección política y lisiadura emocional que han arrojado en el sendero que debía ser su legado y su destino.