
Ahora se aproxima el muchacho que da vueltas aquí en la Plaza de Armas. No es un muchacho, en realidad, tiene un año más que yo, que ya no soy un muchacho sino un hombre con barba de dos semanas y mirada cansada, pero él se asume como “muchacho”. Más, “el muchacho que quería aprender inglés”. Y pregunta si lo vamos a recordar.
Pienso en el Sputnik, pienso en los satélites que caen sobre la superficie terrestre, pienso en si el planeta se alimenta de la soledad de estas personas. Sí, le decimos. Te vamos a recordar.
El muchacho ofrece unas láminas con reproducciones de pinturas coloniales a los turistas, a los viajeros, a los que no parecen de aquí. Mira por sobre su hombro, cada tanto, alerta a los movimientos policiales. Lo llamo “artefacto redundante”. Las Plazas de Armas andinas, cuando se convierten en centros históricos, se pueblan de artefactos redundantes. La estructura de sentido es el centro histórico limpio, promocionado por la Unesco, convertido en una Disneylandia cultural para espíritus etnográficos (poco) inquietos, el damero colonial deformado y lleno de callejuelas serpenteantes, balcones cerrados, casas blancas, luego, más allá de la vista, los suburbios de ladrillo hueco naranja. Pero estos paquetes cerrados tienen fisuras, grietas, dejan entrever artefactos redundantes que los planificadores urbanos soslayan y que los policías corren de las esquinas. Y este muchacho es uno de esos artefactos redundantes.
Se aparece y hay que decirle, cada atardecer, cada anochecer, cada vez, que ya hablamos ayer. Entonces nos mira, dice que sí, que se acuerda, pero por supuesto que no se acuerda. Muestra las láminas y de nuevo dice que las pintó en el taller artístico, “¿todas?”, queremos saber, sólo por cizañear, “todas no, algunas las pintaron mis compañeros”, dice, “¿cuáles son las tuyas?”, preguntamos, “ésta, ésta, ésta no, ésta, ésta no, ésta”, y si no supiéramos de Bernardo Bitti, de Diego Quispe Tito, de Luis de Riaño, al verlo tan convencido, al verlo tan orgulloso de sus obras, le creeríamos.
Luego saca unos cuadernillos. Dice que quiere aprender inglés, que hace dos cursos diarios, uno por la mañana, antes del taller artístico, uno por la noche, después de salir a vender las láminas. Dice que la maestra, que es una gringa que no habla español, lo va a retar si no hace la tarea. Entonces nos pregunta cómo se pronuncia tal palabra, llena casilleros con un lapicito negro, anota frases para impresionar extranjeros y venderles láminas, insiste en que tenemos suerte por haber aprendido inglés de chicos, le decimos de nuevo que nuestro idioma materno no es el inglés, que el de ella es el francés y que el mío es el español, pero seguro que se olvida o que no nos hace caso o quien sabe qué. Sigue conversando, explicando, nos pregunta qué vamos a hacer esta noche, qué haremos mañana, dice que le gustaría conocer nuestras ciudades, que le gustaría conocer París y Buenos Aires, le decimos que sin dudas un día las conocerá aunque sepamos que no, que no saldrá de esta Plaza de Armas, que no saldrá de este centro histórico en el que es un artefacto redundante, y al final pide —como ayer, como antes de ayer, como siempre— que no lo olvidemos. “¿Se van a acordar de mí cuando se vayan? ¿Del muchacho que quería aprender inglés?”. Le decimos que sí, que nos vamos a acordar.
Entonces miramos las luces en silencio. Ya nos vamos a casa. A París, a Buenos Aires, a nuestras vidas. Me enteré por el periódico que cayó un satélite de la NASA en algún lugar de Canadá; había leído que lo esperaban en Chile, entre alarmados y expectantes, observando el cielo, deseando quizás que lo extraordinario sucediera.
Hago un comentario sobre Sputnik, mi amor, la novela de Haruki Murakami. Tiene algo conocido. Algo familiar.
Mañana tomaré un avión y volveré a Tokio. Pronto acabarán mis vacaciones de verano y pisaré de nuevo la interminable senda de la costumbre. Allí sí hay un sitio para mí. Está mi apartamento, está mi mesa, está mi aula, están mis alumnos. Una sucesión de días tranquilos, de novelas por leer, algún amorío de tarde en tarde.
Con todo, jamás volveré a ser el mismo. A partir de mañana seré una persona distinta. Pero nadie de los que me rodean se dará cuenta de que he vuelto a Japón transformado en otro. Porque exteriormente nada habrá cambiado. No obstante, algo dentro de mí ha quedado reducido a cenizas, ha desaparecido. Ha corrido sangre. Dentro de mí, alguien, algo, se irá. Con la mirada baja, sin una palabra. La puerta se abrirá, la puerta se cerrará. La luz se apagará. Para mí, tal como soy ahora, hoy es mi último día. Éste es mi último atardecer. Cuando amanezca, yo, tal como soy ahora, ya no estaré aquí. Una persona distinta habrá ocupado mi cuerpo.
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad como para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.
Ahora ya es de noche y la frescura de una primavera recién hallada comienza a hacerse ajena. Más arriba, en las colinas, los montes, las montañas, se encienden las luces de las casas, como si fuesen pedazos de cielo poblados por satélites artificiales. Vemos al muchacho que quería aprender inglés caminando apresurado, más atrás dos policías le siguen los pasos a tono sincopado. Una banda de música pasa en procesión, tirando petardos con una imagen de la Virgen al frente. Algunos beben café o sorben helados sentados en los bancos de la plaza. Los adolescentes se amuchan alrededor de las fuentes. Explotan flashes fotográficos aquí y allá. Suenan las campanas de la catedral.
A partir de mañana todo será distinto y nadie lo sabrá.