
De entre todos los recursos de la literatura, tal vez el más manido sea la cita de William Shakespeare. Citarlo va bien con todo: tratados académicos, artículos de repostería o manuales para armar su propia central hidráulica. Lo que uno debe aprender de este recurso —o lo que uno podría aprender en cualquier caso— es que lo que la obra de Shakespeare enseña es la existencia de valores universales, valores que pueden ser entendidos y compartidos por todos. Pero “todos” y “valores” son términos ambiguos, confusos. ¿Qué valores? ¿Quiénes son todos?
Conozco el caso de una antropóloga norteamericana, Laura Bohannan, nacida en 1922 y fallecida en 2002, que intentó relatar Hamlet en una pequeña villa de Nigeria; publicó un artículo en 1961, “Shakespeare en la selva”, que tuvo cierta prédica en el ámbito académico. Luego de su relato, los ancianos sabios concluyeron que, aunque interesante, aunque la había contado con “pocos errores”, la historia estaba mal. Al fin de cuentas, esas personas ni siquiera sabían qué era un fantasma. ¿Y cómo explicarle qué es un fantasma a quien no posee los conceptos para entender qué es un fantasma, a quien pertenece a una sociedad cuya cultura no necesita de fantasmas?
—Es mejor así —dijo el anciano, mirándome con aprobación y quitándome del pelo una brizna de paja—. Deberías sentarte a beber con nosotros más a menudo. Tus criados me cuentan que cuando no estás en nuestra compañía, te quedas dentro de tu choza mirando un papel. […]
Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápidamente que mi “papel” era una de las “cosas antiguas” de mi país.
—Ah —dijo el anciano—. Cuéntanos.
Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad; son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad, “tendrás que explicar lo que no entendamos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta de que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible.
El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mi relato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que encenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sentaron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado:
—Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió una cosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en las afueras del poblado del gran jefe, cuando de repente vieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe.
—¿Por qué no era ya su jefe?
—Había muerto —expliqué—. Es por eso por lo que se asustaron y se preocuparon al verle.
—Imposible —comenzó uno de los ancianos, pasando la pipa a su vecino, quien le interrumpió.
—Por supuesto que no era el jefe muerto. Era un presagio enviado por un brujo. Continúa.
Ligeramente importunada, continué. “Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas”, la traducción más cercana a “estudioso”, pero por desgracia también significa “brujo”. El segundo anciano miró al primero con cara de triunfo.
—De modo que habló al jefe muerto, diciéndole: “Cuéntanos qué debemos hacer para que puedas descansar en tu tumba”, pero el jefe muerto no respondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. Entonces el hombre que sabía cosas (su nombre era Horacio) dijo que aquello era asunto para el hijo del jefe muerto, Hamlet.
Hubo un sacudir de cabezas general dentro del corro.
—¿El jefe muerto no tenía hermanos vivos? ¿O es que el hijo era jefe?
—No —repliqué—. Esto es, tenía un hermano vivo que se convirtió en jefe cuando el hermano mayor murió.
Los ancianos murmuraron entre dientes: tales presagios son asunto para jefes y ancianos, no para jóvenes; ningún bien puede venir de hacer las cosas a espaldas del jefe; evidentemente, Horacio no era un hombre que supiera cosas.
—Sí que lo era —insistí, tratando de apartar un pollo lejos de mi cerveza—. En nuestro país el hijo sucede al padre. El hermano menor del jefe muerto se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral.
—Hizo bien —exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás—. Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros. En nuestro país —añadió dirigiéndose a mí— también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos. Ahora bien, si tu tío, casado con tu madre viuda, es plenamente el hermano de tu padre, entonces también será un verdadero padre para ti. ¿Tenían el padre y el tío de Hamlet la misma madre?
Esta pregunta no penetró apenas en mi mente; estaba demasiado contrariada por haber dejado a uno de los elementos más importantes de Hamlet fuera de combate. Sin demasiada convicción dije que creía que tenían la misma madre, pero que no estaba segura (la historia no lo decía). El anciano me replicó con severidad que esos detalles genealógicos cambian mucho las cosas, y que cuando volviese a casa debía de consultar sobre ello a mis mayores. A continuación llamó a voces a una de sus esposas más jóvenes para que le trajera su bolsa de piel de cabra.
Determinada a salvar lo que pudiera del tema de la madre, respiré profundo y empecé de nuevo.
—El hijo Hamlet estaba muy triste de que su madre se hubiera vuelto a casar tan pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo, y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo.
—Dos años es demasiado —objetó la mujer, que acababa de hacer aparición con la desgastada bolsa de piel de cabra—. ¿Quién labrará tus campos mientras estés sin marido? […]
Decidí saltarme el soliloquio. Ahora bien, incluso si pudiera estar bien visto el que Claudio se casara con la esposa de su hermano, aún quedaba el asunto del veneno. Estaba segura de que desaprobarían el fratricidio, de manera que continué, más esperanzada:
—Esa noche Hamlet se quedó vigilando junto a los tres que habían visto a su difunto padre. El jefe muerto apareció de nuevo, y aunque los demás tuvieron miedo, Hamlet le siguió a un lugar aparte. Cuando estuvieron solos, el padre muerto habló.
—¡Los presagios no hablan! —el anciano era tajante.
—El difunto padre de Hamlet no era un presagio. Al verlo podría parecer que era un presagio, pero no lo era.
Mi audiencia parecía estar tan confusa como lo estaba yo.
—Era de verdad el padre muerto de Hamlet, lo que nosotros llamamos un “fantasma”.
Tuve que usar la palabra inglesa, puesto que estas gentes, a diferencia de muchas de las tribus vecinas, no creían en la supervivencia de ningún aspecto individualizado de la personalidad después de la muerte.
—¿Qué es un “fantasma”? ¿Un presagio?
—No, un “fantasma” es alguien que ha muerto, pero que anda vagando y es capaz de hablar, y la gente lo puede ver y oír, aunque no tocarlo.
Ellos replicaron:
—A los zombies se les puede tocar.
—¡No, no! No se trataba de un cadáver que los brujos hubieran animado para sacrificarlo y comérselo. Al padre muerto de Hamlet no lo hacía andar nadie. Andaba por sí mismo.
—Los muertos no andan —protestó mi audiencia como un solo hombre. Yo trataba de llegar a un compromiso.
—Un “fantasma” es la sombra del muerto.
Pero de nuevo objetaron:
—Los muertos no tienen sombra.
—En mí país sí que la tienen —espeté.
El anciano aplacó el rumor de incredulidad que inmediatamente se había levantado, y concedió con esa aquiescencia insincera, pero cortés, con que se dejan pasar las fantasías de los jóvenes, los ignorantes y los supersticiosos.
—Sin duda, en tu país los muertos también pueden andar sin ser zombies.
Del fondo de su bolsa extrajo un pedazo de nuez de cola seca, mordió uno de sus extremos para mostrar que no estaba envenenado, y me lo ofreció como regalo de paz.
La cuestión es por lo menos complicada, y otra vez, para dar un paso hacia adelante primero hay que dar dos hacia atrás. Fue Northrop Frye quien escribió que uno no lee Macbeth para aprender la historia de Escocia; uno lee Macbeth para aprender qué siente un hombre luego de haber ganado un reino y perdido su alma.
Existe algo irreductible en las demandas: cruzando ciudades, puebluchos y caseríos, cruzando naciones y continentes, hombres y mujeres ganan reinos y pierden almas a diario. Son pequeñas batallas, silenciosas y absolutas, que se libran en la clandestinidad de los actos cotidianos. La experiencia etnográfica nos enseña que no todos los seres humanos emplean conceptos como “reino” o “alma”, que “ganar” o “perder” son contingencias sociales e históricas, que toda idea de universalidad acabará siempre en esencialismos maniqueos, en un apenas disimulado fascismo cultural pergeñado en ideas tontas de diversidad y tolerancia.
Tengo la convicción, sin embargo, de que al no residir en un mundo de esencialismos, de autenticidades, de productos puros que enloquecen (como insistía James Clifford siguiendo al poeta William Carlos Williams), las conexiones son más profundas y de algún modo menos esquemáticas. Que a la porción compartida que a todos nos toca por ser parte de una misma especie, se le suman algunos conocimientos que, si bien no pueden adscribirse a las ideas de universalidad que brotaban a comienzos del siglo veinte, sí podrían asumirse como prácticas fácilmente asimilables a una experiencia en común. A partir de lo que se me ha permitido ver, aprender, escuchar, vivir, trazo la hipótesis de que todos los seres humanos sí saben qué es la alegría, el dolor, la saciedad, la carencia, la impotencia, el deseo, la plenitud, la espera, la decepción, la felicidad o la tristeza. Cambian contextos, formas y patrones de significados, cambian las razones y las consecuencias, los usos y los hábitos, los modos de construir modelos conexos de experiencia, las maneras de articular sistemas de orden y clasificación, cambia todo lo que puedas imaginarte. Pero existe una parte compartida. Una parte narrable.
—Alguna vez has de contarnos más historias de tu país —le decía el anciano a la antropóloga—. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría.
Las traducciones culturales hacen posible relatarlo, hacen posible comprenderlo. En esas pequeñas batallas, silenciosas y absolutas, que se libran en la clandestinidad de los actos cotidianos, siempre emergen historias. De todas ellas, ninguna hay más bella que ésa que cuenta qué siente un hombre luego de haber perdido un reino pero recuperado su alma.