Quiero ir a la playa y no me importa si es decadente. Eso canta Iggy Pop en la segunda canción de Préliminaires, su disco de 2009, se supone que inspirado en La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq. Eso mismo estoy repitiéndome desde hace unos días: quiero ir a la playa y no me importa si es decadente. Iggy Pop se pone las ropas de Leonard Cohen, yo me pongo las ropas de Iggy Pop con las ropas de Leonard Cohen, y así sigue la vida. Todos nos ponemos las ropas de alguien más.
Le envío algo a Raquel G. por correo electrónico.
—¡Lo tengo! —dice.
—Casi como si atraparas un frisbee… —digo.
—Buen aire de playa —dice.
—Es que quiero ir a la playa —digo.
Y de verdad quiero ir a la playa. Entonces la mesa del escritorio vibra. No son fantasmas; es un pequeño temblor. Nada notable, como si pasase un camión con acoplado por la puerta. La casa tiene 210 años y habrá soportado, aquí en Arequipa, temblores más importantes. Todavía sigue en pie. No me preocupo. Pero quiero ir a la playa.
Miro por la ventana del bus y escucho a Iggy Pop. Son sólo un centenar de kilómetros entre Arequipa y Mollendo, en el sur del Perú. Estoy yendo a la playa. Iggy Pop canta sobre partículas en el cerebro, sobre profundidades, sobre escapes, sobre odios y esperas, sobre no querer estar en ningún lado y no querer ver a nadie. Iggy Pop canta que podés convencer al mundo de que sos una súper-estrella cuando en realidad sos un boludo. Iggy Pop canta sobre ir a la playa y que no te importe si es decadente.
Me gusta Mollendo fuera de temporada y no me importa que ir a un centro balneario fuera de temporada sea decadente. Me gusta bajar los 2300 metros de un tirón y juntar los caracoles que trae el Pacífico. No hay nadie que te moleste. No hay gritos. No hay exigencias de conexión humana. No hay frisbees.
Tomo nota de otras cosas que me gustan de Mollendo: las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintadas de color verde esmeralda; los marcos de las puertas y las ventanas de las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintados de colores intensos pero ya desgastados por el tiempo y el viento; el viento; las callecitas curvas; los balcones de los edificios de madera de dos o tres pisos con gusto provinciano a Atlantic City en 1930; los sillones de las barberías de viejo; la rambla serpenteante; la cevichería El Muellecito; las tortillas de camarones de El Muellecito; la estación de trenes pegada al mar; las rocas que sobresalen entre las olas; las olas; los letreros de “Vía de evacuación de tsunamis” (no me gustan los tsunamis); comer hamburguesas en Tsunami Food Center; las tomas de agua; un pequeño mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza en el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar; que el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar esté lleno de pintadas, meadas y botellas rotas pero que nadie dañe el pequeño mosaico de Nuestra Señora de la Esperanza; comprar aspirinas en InkaFarma; la bruma de la playa; el aire abierto; el oxígeno.
El oxígeno, sobre todo el oxígeno.
Tomo fotografías en el tenebroso palacete amarillo abandonado. El mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza sigue impoluto y las pintadas siguen siendo pobres, poco inspiradas. No me adentro demasiado.
Un viejo se acerca y me dice que no tengo que meterme ahí.
—Está La Llorona —explica el viejo, convencido, lacónico, mirando el castillo embrujado de reojo.
Me cuenta una versión más o menos parecida a todas las leyendas que circulan en el continente sobre La Llorona. Todo se reduce a los vagabundeos del alma en pena de una mujer que está a la búsqueda de algo; a veces sus hijos, a veces sus padres, a veces un amor perdido. La Llorona de Mollendo espera a su amor perdido, muerto en la Guerra del Pacífico. La Guerra del Pacífico fue en la década de 1880, le digo al hombre, y el palacete amarillo (un hotel que se fue a la ruina) tiene apenas un par de décadas. El hombre me mira como si mirase a un idiota a quien deben explicarle las cosas más obvias.
—La Llorona vino después.
Es una respuesta vaga pero aguda, histórica y geográficamente imprecisa, discernible como índice de una narración de adscripción colectiva. También es una respuesta perfecta. Se lo siente. Tiene el buen aire de la playa.
Le envío algo a Raquel G. por correo electrónico.
—¡Lo tengo! —dice.
—Casi como si atraparas un frisbee… —digo.
—Buen aire de playa —dice.
—Es que quiero ir a la playa —digo.
Y de verdad quiero ir a la playa. Entonces la mesa del escritorio vibra. No son fantasmas; es un pequeño temblor. Nada notable, como si pasase un camión con acoplado por la puerta. La casa tiene 210 años y habrá soportado, aquí en Arequipa, temblores más importantes. Todavía sigue en pie. No me preocupo. Pero quiero ir a la playa.
Miro por la ventana del bus y escucho a Iggy Pop. Son sólo un centenar de kilómetros entre Arequipa y Mollendo, en el sur del Perú. Estoy yendo a la playa. Iggy Pop canta sobre partículas en el cerebro, sobre profundidades, sobre escapes, sobre odios y esperas, sobre no querer estar en ningún lado y no querer ver a nadie. Iggy Pop canta que podés convencer al mundo de que sos una súper-estrella cuando en realidad sos un boludo. Iggy Pop canta sobre ir a la playa y que no te importe si es decadente.
Me gusta Mollendo fuera de temporada y no me importa que ir a un centro balneario fuera de temporada sea decadente. Me gusta bajar los 2300 metros de un tirón y juntar los caracoles que trae el Pacífico. No hay nadie que te moleste. No hay gritos. No hay exigencias de conexión humana. No hay frisbees.
Tomo nota de otras cosas que me gustan de Mollendo: las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintadas de color verde esmeralda; los marcos de las puertas y las ventanas de las casas de madera, inevitablemente portuarias, pintados de colores intensos pero ya desgastados por el tiempo y el viento; el viento; las callecitas curvas; los balcones de los edificios de madera de dos o tres pisos con gusto provinciano a Atlantic City en 1930; los sillones de las barberías de viejo; la rambla serpenteante; la cevichería El Muellecito; las tortillas de camarones de El Muellecito; la estación de trenes pegada al mar; las rocas que sobresalen entre las olas; las olas; los letreros de “Vía de evacuación de tsunamis” (no me gustan los tsunamis); comer hamburguesas en Tsunami Food Center; las tomas de agua; un pequeño mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza en el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar; que el tenebroso palacete amarillo abandonado en un barranco junto al mar esté lleno de pintadas, meadas y botellas rotas pero que nadie dañe el pequeño mosaico de Nuestra Señora de la Esperanza; comprar aspirinas en InkaFarma; la bruma de la playa; el aire abierto; el oxígeno.
El oxígeno, sobre todo el oxígeno.
Tomo fotografías en el tenebroso palacete amarillo abandonado. El mosaico dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza sigue impoluto y las pintadas siguen siendo pobres, poco inspiradas. No me adentro demasiado.
Un viejo se acerca y me dice que no tengo que meterme ahí.
—Está La Llorona —explica el viejo, convencido, lacónico, mirando el castillo embrujado de reojo.
Me cuenta una versión más o menos parecida a todas las leyendas que circulan en el continente sobre La Llorona. Todo se reduce a los vagabundeos del alma en pena de una mujer que está a la búsqueda de algo; a veces sus hijos, a veces sus padres, a veces un amor perdido. La Llorona de Mollendo espera a su amor perdido, muerto en la Guerra del Pacífico. La Guerra del Pacífico fue en la década de 1880, le digo al hombre, y el palacete amarillo (un hotel que se fue a la ruina) tiene apenas un par de décadas. El hombre me mira como si mirase a un idiota a quien deben explicarle las cosas más obvias.
—La Llorona vino después.
Es una respuesta vaga pero aguda, histórica y geográficamente imprecisa, discernible como índice de una narración de adscripción colectiva. También es una respuesta perfecta. Se lo siente. Tiene el buen aire de la playa.