
Y ahora mismo, mientras dejo de leer por un rato su libro Éramos unos niños, mientras me sonrío al escuchar su versión de “Words of love” en el tributo a Buddy Holly pergeñado por Paul McCartney, empiezo a pensar que su presencia y su ausencia en el mapa de las ideas tiene un impacto de corte metafísico. Lo mismo me ocurre con Clarice Lispector o Nina Berberova. Están, pero no están. Hay que buscarlas, y cuando se las localiza, allí se quedan. Uno se pregunta por qué aparecieron estas mujeres en los márgenes de la industria de baratijas y de sueños, se pregunta por la prima causa, que es la expresión latina que los escolásticos escogieron para traducir una locución griega: arjê, que no sólo significaba principio, causa y origen sino también soberanía, fundamento y poder.
La pregunta que importa de la metafísica es por qué hay algo en vez de nada. Se la juzgó una pregunta ridícula, bobalicona, pues responderla significaría hablar de algo que existía antes de que existiese algo. Estos interrogantes, creía Immanuel Kant, desembocan en antinomias y paralogismos insuperables, así que lo más sensato es no hacerse estas preguntas bobaliconas y, por sobre todo, no intentar responderlas. Antes de que hubiese algo no había nada; y nada (o sea, alguna cosa) surge de la nada. Y sin embargo, aunque el pensamiento moderno haya renunciado a estas cuestiones, la arjê, escribió Dardo Scavino, “olvidada, irrelevada, latente o, si se prefiere, inaudita, sigue siendo el asunto filosófico por excelencia donde está en juego la cuestión de la alienación y la desalienación del hombre, de su sujeción o su de-sujeción a los poderes de turno”.
Estas cuestiones —la alienación, la sujeción, el poder— sobrevuelan las obras de Lispector, Smith, Berberova; acaso de allí la relación. No son explícitas, como las melodías de Holly ni como los arreglos de McCartney; más bien, se entrevén por el rabillo del ojo. Lispector, en La araña:
Y las dificultades surgían como una vida que va creciendo. Sus muñecos, por efecto del barro claro, eran pálidos. Si quería oscurecerlos no lo conseguía con ayuda del color y por fuerza de esa deficiencia aprendió a darles sombra por medio de la forma. Después inventó una libertad: con una hojita seca bajo un fino trazo de barro conseguía cierto colorido, triste y asustado, casi enteramente muerto. Mezclando barro a la tierra obtenía otro material menos plástico pero más severo y solemne. ¿Pero cómo hacer el cielo? Ni siquiera podía comenzar. No quería nubes —que podría obtener, por lo menos groseramente— pero el cielo, el cielo mismo, con su inexistencia, color libre, ausencia de color. Descubrió que necesitaba usar materias más leves que ni siquiera pudieran ser palpadas, sentidas, tal vez apenas vistas, quién sabe.
Aunque con diferentes nombres y apariencias, estas cuestiones, en forma de preguntas por la arjê, pueblan las obras de Friedrich Nietzsche, Aristóteles, Richard Rorty, Jacques Lacan, Judith Butler, David Hume, Jacques Derrida, Michel Foucault y cualquiera que se haya preguntado por la dominación o el poder. En sus versiones metafísica y teológica-política, escribió Scavino, la arjê ha recibido numerosos nombres a lo largo del tiempo: Uno, Dios, Sujeto, producción, poder, significante-amo, performatividad, poeta vigoroso, clinamen, acontecimiento, archi-huella, y más. “Estos nombres suelen aludir a una excepción, un fundador excesivo, pavoroso, unheimlich, ápolis, obsceno o sacer, un centro marginal, para proseguir con los oxímoron, en donde la filosofía encuentra un límite, un silencio místico o traumático, que la lleva a bascular hacia la poesía o hacia la narración mítica. Cada época se da así sus fundamentos y se confronta, por consiguiente, con algún indecible. Y cada época ve aparecer en torno a estos indecibles a sus poetas. Desde muy temprano, no obstante, la propia metafísica comprendió que ese indecible no era, paradójicamente, sino el decir mismo”.
Los poetas que parecen estar pero no están, que están pero parecen no estar, surgen de la confrontación con lo que cada época permite comunicar, y por lo tanto, con lo que cada época no permite decir. Los indecibles, convertidos en discursos públicos por voces tan atractivas como las de Smith o Lispector, se convierten entonces en nuevos lenguajes. Pero al ubicarse en esa extraña posición visible e invisible en la conversación pública, estos lenguajes se vuelven un llamado sólo para quienes son capaces de oír en esa frecuencia. Entre ellos, algunos responden y otros no. Estos llamados son por definición inaudibles, pero al quedar registrados en forma de canciones o libros, se convierten en las palabras que intervienen en la literatura, la política, la ciencia, las creencias y —cantaba Buddy Holly, canta Patti Smith— en el amor.