lunes 5 de septiembre de 2011

La exitosa vida de mi seudónimo

Puede ser raro. En estos días, vía insistentes alertas de Google, descubrí que uno de mis seudónimos está haciendo una buena carrera. De hecho creo que mi seudónimo tiene una vida mucho más exitosa que la mía, que por cierto no es para nada exitosa. Y siempre es extraño cuando un seudónimo comienza a opacar tu propia existencia. Empezás a imaginarte que tu seudónimo está yendo a las fiestas a las que ni siquiera te invitan, que está teniendo citas románticas con las chicas que ni siquiera te devuelven un llamado telefónico, que está cenando en restaurantes carísimos en los que no podrías costearte más que un grisín y un vaso de agua (de la canilla). Un día cualquiera tu seudónimo pasará en su limusina y te salpicará los pantalones al pisar el charco acumulado en el cordón de la calle. Después lloverá o te orinará un perro. El universo tiene una cuestionable atracción por el melodrama.



Alguien podrá preguntarse para qué necesito un seudónimo. La respuesta es simple: para hacer el trabajo sucio. Toda persona que escribe y publica regularmente desde hace tantos años tiene muchos esqueletos amontonados en su ropero. El truco consiste en endilgárselos a alguien más. ¿Y qué mejor que endilgárselos a tu seudónimo? Si uno es ecuánime en sus juicios, deberá aceptar que su seudónimo se merece las cenas en restaurantes costosos y las citas con las juanitas-viales de este mundo. Es él quien se remanga y se pone manos a la obra; quién mueve los cadáveres al baúl del automóvil y quien limpia el desorden; quien se monta en un Yokosuka P1Y y se estrella de trompa contra cualquier blanco que le señales.



No digo que todas las experiencias de mi seudónimo hayan sido penosas (aunque muchas lo han sido, definitivamente). Cada tanto me lo encuentro en publicaciones prestigiosas y cada tanto me parece notar su satisfacción al operar en las sombras, con guantes negros, ganzúas y una linterna en la boca. Disfruta de la impunidad. Se relaja. Se permite no tener que probarse en cada párrafo. Reconozco que le han salido algunas buenas líneas; incluso algunos buenos libros. Pero no los pondría en mi legajo. Supongo que por eso existen los seudónimos. Los trapitos sucios se secan en el sol de su patio, no en el sol del patio propio.



En ocasiones me llama la atención verlo compartir marquesina con los seudónimos de otras gentes (uno ya los reconoce, ya puede identificarlos, puede estar seguro de que esos nombres no aparecerán en el padrón electoral). A veces me sonrío; otras veces pienso en ciertas mezquindades. Muchas personas de carne y hueso pelean hace años por una oportunidad de ocupar un espacio que está siendo ocupado por… bueno, por personas imaginarias. Luego recibo el cheque y cualquier prurito biempensante se me pasa.



Los seudónimos pueden aflojar trabas legales (un colaborador de prensa gráfica, por ejemplo, no puede superar las veinticuatro colaboraciones anuales sin que el sistema laboral colapse, y a veces los seudónimos te permiten extender el número) o pueden resolver dilemas éticos (jugar en Boca y en River es sencillo si uno se cambia el nombre, se pone peluca y se dibuja bigotes). Los seudónimos te permiten decir ante una propuesta atractiva en dinero y horripilante en contenido: “Jamás escribiría semejante porquería, tengo una reputación que cuidar. ¡Pero mi seudónimo hará lo que le digan con mucho gusto!”. Los seudónimos suelen tener carreras más bien eclécticas; en cierto punto uno, con el tiempo, se vuelve más temeroso y más cuidadoso de los sitios donde estampa su firma. Los seudónimos son carne de cañón, en general bastante rentable. Para mandarlos al muere y no embarrarse los zapatos: para eso se inventaron los seudónimos.



El seudónimo puede ser tu mejor aliado. Un matemático del siglo XIX llamado Charles Dodgson escribió montones de libros notables en su disciplina (incluso un sistema de votación lleva su apellido); cuando quiso escribir literatura fantástica se buscó un seudónimo. Lewis Carroll, bautizó a su seudónimo, y le permitió perderse en el mundo de las maravillas.



Aunque había obvios contactos, Dodgson y Carroll no compartían las mismas habitaciones de hotel. Sucede —en una escala mucho más modesta— con cualquiera que se invente un seudónimo y le consiga algún eventual trabajo con el que preferiría que no lo asocien. Más allá de que a veces se crucen en el pasillo del hotel, no comparten las mismas habitaciones. Uno mirará a su seudónimo de reojo pero no se detendrá a saludarlo. Si se lo mencionan, negará conocerlo; si se lo presentan en una reunión, saludará con cordialidad y mantendrá la distancia. El seudónimo no se ofenderá. Es un profesional. Entiende que así funcionan las cosas.



Y puede ser raro, sí.