viernes 2 de septiembre de 2011

La espantosa estatua del salvaje de ojos desorbitados de Tarabuco



Tarabuco tiene uno de los monumentos más feos de todo el universo andino. Las restricciones de la corrección política, la diversidad cultural mal entendida, todo esto tiende a proscribir la asignación de valores a las formas estéticas. Ningún atenuante: esa estatua es realmente fea. Y lo que es todavía peor, podría ser poco representativa de la imagen que aquellos cuya identidad convoca tienen de sí mismos.



—¿Así es la gente de Tarabuco? —le pregunta una gringa sorprendida a una mujer que cada domingo vende tejidos en la plaza.



La mujer se da vuelta. Mira la estatua. Un tipo con los ojos desorbitados, la boca chorreada de sangre, arrancándole el corazón a otro tipo cuyo cadáver descansa a sus pies. La mujer se sonríe.



—No, amiga, no somos así.



El pueblo de Tarabuco está en el departamento de Chuquisaca, al sudeste de Bolivia, a unos 65 kilómetros de la capital (constitucional e histórica) Sucre, la culta Sucre, la ilustre y heroica Sucre. Las diferentes comunidades que convergen en el pueblo forman una unidad cultural reconocible. Hablan la misma lengua, el quechua; comparten las mismas celebraciones (la más conocida es el pujllay, baile de Carnaval al que la Unesco ya le puso el ojo para echarle encima la etiqueta de patrimonio de la humanidad); llevan una vestimenta particular que permite reconocerlos como tarabuqueños: montera de tipo español, pantalones blancos, poncho en degradaciones de colores vivos (se las llama “k’uychis”, arcoíris) que se seccionan en franjas: el tono más claro o más oscuro de estas franjas monocromas señala la procedencia del poncho.



Los domingos se hace una feria al aire libre. El pueblo (hay que aprender a ver sus callecitas, sus casas, sus finales abruptos, sus bellezas curtidas) se llena. Suben de otros pueblos, bajan de los alrededores, llegan montones de turistas desde Sucre. Los textiles han adquirido una reputación notable en el universo andino. Y con justicia: son maravillosos.



En Tarabuco es fácil leer mal los signos. Estás a 3300 metros de altura, rodeado de personas que te hacen sentir un forastero de manera explícita, que te miran con desconfianza a la que pronto traducís como hostilidad; un lugar objetivamente diferente a mucho de lo que conocés, un lugar (cito a María Sonia Cristoff a propósito de otras coordenadas) que “siente la necesidad de expulsar al intruso”; y ciertamente algunas situaciones pueden ponerse densas cuando el alcohol es excesivo y los marcos de legitimidad parecen trastocados. La estatua espantosa del indio de ojos desorbitados podría convertirse en un aviso de película de terror: los intrusos no son bienvenidos. Te arrancarán el corazón y te lo comerán.



Y al leer mal los signos, también pueden perderse los detalles. Es fácil ignorarlos. Los ejemplos se amontonan. Veo el aqsu de la mujer que habla con la gringa sorprendida. El aqsu es una prenda de vestir femenina. Con variaciones, se la usa desde la época precolombina; en el siglo XIX se angostó, ahora se lleva en forma de manto sujeto a los hombros sobre la almilla, que es el vestido que cubre directamente el cuerpo. Si se observan los detalles de elaboración de los extremos superior e inferior, si se leen las franjas, listas y pallays (que es una técnica que permite elegir las hebras para obtener dibujos), se puede saber a qué grupo étnico pertenece la mujer y qué mensaje de identidad define a ese grupo.



Hasta mediados del siglo XX, las comunidades de Tarabuco no tejían dibujos; el aqsu se decoraba con bandas de puntos pequeños (k’uymi o chijchi), separadas por listas de degradación (k’uychi). Muchas viejas siguen usando este tipo de decoración; también se lo ve en algunos aqsus destinados al trabajo. Las tejedoras de Tarabuco de mediados del siglo XX comenzaron a imitar el estilo de comunidades norteñas y a introducir figuras, casi siempre de estilo abstracto (rombos y zigzag, por ejemplo); este tipo de pallay se conoce como unay pallay (pallay de antiguo). El estilo que se asigna, en la actualidad, como típicamente tarabuqueño, tradicionalmente tarabuqueño, empezó a afianzarse a finales de la década de 1980 (con el Programa de Renacimiento del Arte Indígena) y se consolidó a finales de la década de 1990. Las figuras de animales, fiestas, matrimonio, personajes míticos (como el Supay), excelsamente tejidas, son de nuevo cuño entre las comunidades que convergen en Tarabuco. Sin embargo, son detalles que la mayoría de los intrusos pasarán por alto.



La estatua del salvaje de ojos desorbitados parece elaborada con esta falta de precisión en los detalles, con una notable ausencia de riqueza histórica y cultural. El tarabuqueño —su vestimenta es imprecisa, atemporal— empuña el arma rudimentaria con que acaba de arrancarle el corazón a un soldado realista que yace a sus pies; la sangre del español chorrea de su boca abierta, de su brazo, mancha sus ropas. La escena está situada en 1816. Han colocado una placa, fechada en marzo de 2010, donde explican esta escena. El texto está tan mal escrito, tiene una torpeza estructural, semántica, estética, tan grande, tan incompatible con la seriedad que exuda todo monumento de plaza central, que parece haber sido redactado por un adolescente en su mural de Facebook. En un sentido absoluto, la estatua es fea; la justificación de su existencia es pobre; el significado es discutible en el mejor de los casos y peligroso en el peor de ellos.



Como fijación de sentido identitario de una colectividad, la tosquedad de la estatua de Tarabuco es cualquier cosa excepto iluminada. Como artefacto estético, simplemente es fea. Ningún atenuante. Ni político, ni histórico, ni cultural. Es simplemente fea.