viernes 30 de septiembre de 2011

Intento fallido de escribir sobre una canción del primer disco de The Seeds


Todavía sigue sorprendiéndome lo bueno que es el primer disco de The Seeds. Y al volver a escucharlo, me sorprende aún más lo buena que es su primera canción, “Can’t seem to make you mine”. En diciembre de 1993, cuando The Ramones publicó su treceavo disco de estudio, Acid eaters, y encontré que la novena canción de ese álbum era “Can’t seem to make you mine”, fue como entrar con Adán y Eva al paraíso. Todas las asociaciones y las conexiones parecían correctas. Todas las tareas para el hogar parecían haber sido aprobadas con un diez felicitado entre signos de admiración. Todas las sospechas se confirmaban, todas las insinuaciones se volvían certidumbres.

Acid eaters es un buen disco de rock. Si uno considera la discografía de The Ramones con un poco de distancia crítica encuentra que no hay discos realmente malos. Hay unos pocos que son en verdad buenos (el primero, el segundo, el tercero, el quinto, el doceavo, contando sólo las placas de estudio; pueden agregar el primero en vivo y la primera compilación); los demás son mediocres o insulsos, prescindibles, cargan “el castigo del fun” (revisando a Theodor Adorno en su Teoría estética), pero no son necesariamente malos. Acid eaters es uno de los buenos.

Son doce versiones de canciones originalmente compuestas y registradas en la década de 1960 (excepto una, “Have you ever seen the rain?” de Credence Clearwater Revival, que se editó en diciembre de 1970, en el disco Pendulum). Estas canciones podrían ser utilizadas como un mapa para moverse en un territorio vasto y recóndito que sería capaz de hacerte perder el rumbo con facilidad: el garage, el acid rock, el surf, el rock psicodélico de los años 60. Son puntos de partida y sitios de descanso, referencias, mojones. Como si uno le dijera a algún novato de suplemento juvenil de periódico: OK, novato, acá tenés el primero de The Stooges, los dos de New York Dolls, el Kick out the jams de MC5, el Go girl crazy! de The Dictators, el primero de Velvet Underground, el primero de Small Faces, Horses de Patti Smith, Chelsea girl de Nico, los dos primeros de Roxy Music, el Trout mask replica de Captain Beefheart, el segundo, el tercero y el quinto de David Bowie, Transformer y Berlin de Lou Reed, el primero de The Modern Lovers, el segundo de Black Sabbath, el quinto, el sexto y el séptimo de The Kinks, el primero de Neu!, Blank generation de Richard Hell & The Voidoids, Lust for life de Mr. Pop, Never mind the bollocks de Sex Pistols, el primero y el tercero de The Clash, Marquee moon de Television y Presenting the Fabulous Ronettes featuring Veronica de The Ronettes; con esto tenés para no perderte, ahora salí ahí afuera y buscá el resto.

Dicen —lo encontré en un libro de Guy Debord, pero seguramente lo picoteó de algún otro lado— que si uno ha leído un par de libros buenos, éstos le permitirán llegar a los otros libros buenos (o escribir los que faltan). Lo mismo puede decirse de una buena colección de canciones ahora reservadas a los anaqueles de los anticuarios: si uno sigue ese mapa marcado con crucecitas, recoge la pala y hace su parte del trabajo arqueológico, encontrará tesoros maravillosos sepultados bajo la basura y los escombros de la industria cultural. Así que no seas holgazán. No esperes que te den todo servido en bandeja de plata. Tampoco confundas ese ejercicio esnob de nostalgia mainstream llamado “retro” (hoy los ochentas son cool en Buenos Aires y los chicos se paran en la puerta de Niceto con sus recién comprados walkmans: ¡guau!) con el solitario trabajo del melómano apasionado. A nadie le importan VH1 ni las retrospectivas cinematográficas del Malba; a nadie le importa que te hayas conseguido un pasadiscos y unos discos de Frank Sinatra. No seas perezoso. Tomá el pico y empezá a sudar la gota gorda. ¿O qué te pensabas? ¿Que Howard Carter compró un paquete turístico para abrir la tumba de Tutankamon? Tuvo que esforzarse.

Algunas elecciones de Acid eaters parecen más bien obvias, un poco ajustadas, pero tienen cierta coherencia, son atinadas, de algún modo necesarias. “Substitute” de The Who o “My back pages” de Bob Dylan, por ejemplo; también la composición de Credence o “Out of time” de Rolling Stones, del disco Aftermath de 1966, que en la versión de Ramones le debe más al formato compacto de Chris Farlowe que a la original, que dura cinco minutos y medio y tiene esos instrumentos pedorros (marimbas, en este caso) que obsesionaban a Brian Jones. Me gusta más la versión de Ramones que la de Rolling Stones, pero de igual modo me gusta más la de Farlowe que la de Ramones. Sospecho que Jagger estaría de acuerdo. Después de todo, la versión de Farlowe está producida por Jagger: no le falta nada, pero tampoco le sobra nada, en especial marimbas.

Otras canciones de Acid eaters asumen recorridos extraños, como “Somebody to love”. Apareció en 1966 sin pena ni gloria, interpretada por The Great Society, una banda folk que pronto se convertiría en una nota a pie de página de la historia de Jefferson Airplane, cuando la cantante Grace Slick dejó a los primeros, se sumó a los segundos y se llevó su canción “Somebody to love” para grabarla en el disco Surrealistic pillow de 1967. Ahora “Somebody to love” suele inmiscuirse en las listas de (digamos) mejores 500 canciones de todos los tiempos. En lo personal no la incluiría entre las 500 mejores, ni entre las mejores 1000, pero entiendo por qué tantas personas lo hacen. Sí incluiría “White rabbit”, que tiene un recorrido parecido a “Somebody to love”: Slick se la llevó de The Great Society y la grabó con Jefferson Airplane en Surrealistic pillow. El crescendo raveliano está descaradamente inspirado en los trabajos de Miles Davis y Gil Evans en Sketches of Spain, pero, ¿y qué? Le calza perfecto.

La primera canción de Acid eaters es “Journey to the center of the mind”, tomada del segundo disco de The Amboy Dukes, editado en 1968, que lleva el mismo título que la composición y que abre la cara dos. The Amboy Dukes es todo un caso. Suele señalárselos como precursores del heavy metal y del rock progresivo; yo siempre los escuché, más bien, como modelos de rock sureño lisérgico de finales de los sesentas, un poco más opaco y duro que lo habitual, pero rock sureño al fin, aunque preservando ciertos ecos pastorales hippones en las voces. En cualquier caso The Amboy Dukes se cartografía como la-banda-en-la-que-tocaba el guitarrista Ted Nugent antes de lanzarse a su carrera solista. No le fue mal. Scream dream, de 1980, es un gran disco de hard rock (aunque pasó desapercibida por canciones más chillonas y llamativas, como la infame “Wango tango” —una especie de ironía acerca del rock gritón y los solos de guitarra que fue recibida sin su ironía y escuchada literalmente, sin comillas, sin sonrisas—, en Scream dream hay sitio para composiciones de veras notables, como “Terminus El Dorado”, que tiene un groove funk excepcional).

La versión de Ramones de “Journey to the center of the mind” no es buena; cantada por el bajista C. J. Ramone, parece un ejercicio poco imaginativo de un puñado de adolescentes intentando agregarle velocidad y distorsión a una canción que ya estaba bien como estaba. Tampoco el guitarrista Johnny Ramone tenía la soltura de Nugent, aunque ambos votaban a los mismos candidatos presidenciales y eran igualmente imbéciles (Nugent lo sigue siendo y cada tanto se lo puede encontrar instigando a otros norteamericanos blancos a que se armen y les disparen a animales tontos como conejos, ciervos o mexicanos ilegales; Johnny Ramone murió en 2004, no antes de pedirle a Dios que bendijera al Presidente George W. Bush Jr. durante las invasiones a Medio Oriente). Pero entonces llega “Substitute”, que es uno de los puntos fuertes del disco, una canción en la que el guitarrista, el bajista y en especial el baterista hacen todo bien. Pete Townshend, el cantante y guitarrista de The Who que escribió la canción, le hace los coros a Joey Ramone.

“Substitute” es una de esas canciones perfectas que sólo un troglodita podría arruinar si es capaz de tocarla. Al igual que es fácil escribir un texto si uno sabe escribir textos, y al igual que es fácil manejar un avión si uno sabe manejar aviones, tocar “Substitute” debería ser sencillo si uno sabe tocar “Substitute”. Aquí la regla se cumple.

El video de “Substitute” es muy entretenido y aparecen montones de caras conocidas (o al menos conocidas por cierto número de personas, seguramente nacidas con una cuchara de plástico en la boca). Pero obliga a ser un poco más preciso en el uso de las herramientas arqueológicas. Algunos restos fósiles se observan y desentierran con facilidad: Lemmy Kilmister, bajista y cantante de Motörhead, por ejemplo; o Sean Yseult, que en ese momento tocaba el bajo en White Zombie. Otros cachivaches merecen herramientas de extracción más meticulosas. Uno podrá ver a Lux Interior, el difunto cantante de The Cramps, un tipo interesantísimo; o incluso a Johnny Legend, un músico de rockabilly de barba a la ZZ Top que suele incursionar en el cine cada tanto. Otros artefactos, en ese video, podrían impresionar todavía más a los arqueólogos ya no de la música pop sino del cine clase B. Si te gustan las películas de zombies y de asesinos seriales, si te gusta el cine de terror, verás rostros que no se te pueden escapar.

Por ejemplo, Linnea Quigley, la rubia de la barra que le pega un sopapo a nuestro héroe. ¿A que no la recuerdan interpretando a Trash, la pelicorti pelirroja punk con tendencia a desnudarse de El regreso de los muertos vivientes, la película de Dan O’Bannon de 1985? Quigley actuó también en Night of the demons, un clásico de 1988 arruinado por secuelas y remakes, y antes en Silent night, deadly night, otro clásico, éste de 1984 y conocido en español con el sutil título de Sangriento Papá Noel. El resto de la foja de servicios de Quigley incluye películas de zombies tan malas que ni siquiera sus actores se habrán atrevido a verlas enteras. Hace poco la vi en Stripperland, con uno de los hermanos Baldwin, y todavía exijo que me devuelvan esos noventa minutos de mi vida. Trash, sin embargo, es uno de los grandes personajes del cine.

La señora Karen Black, que también tiene una breve participación en el video de “Substitute”, es otra petite légende entre los buscadores de chatarra cultural. Por nombrar unos pocos personajes: fue Mother Firefly en La casa de los 1000 cuerpos y The Devil’s rejects, ambas de Rob Zombie (ahora que lo escribo, la estética del video de “Substitute” —dirigido por un tal Tom C. Rainone, encargado de efectos especiales en películas como El regreso de los muertos vivientes III, La novia de Re-animator o Los chicos del maíz III, o sea, un Don Nadie con suerte— se parece bastante a la de La casa de los 1000 cuerpos); fue Karen en Easy Rider; fue Rayette Dipesto en Mi vida es mi vida de Bob Rafelson; fue Faye Greener en la increíble The day of the locus, una pieza bastante olvidada de John Schlesinger (y ahora que lo escribo, también esto, recuerdo que el personaje principal, un contador interpretado por Donald Shuterland, se llama Homer Simpson); y a no olvidarla como la azafata Nancy Pryor en Aeropuerto 1975. También fue Fran, en Family plot, la última de Alfred Hitchcock, pero es una película que nunca me gustó demasiado. O nada, más bien. Soy de la idea de que los directores —y los escritores, los músicos, los actores, ¿y por qué no?, los antropólogos— deberían morirse luego de ciertos picos creativos, no cuando atraviesan épocas de magras cosechas. Hitchcock se murió mal; Amy Winehouse murió bien. Ernesto Sabato se murió tarde; también Claude Lévi-Strauss, pero éste llevaba una existencia más bien contemplativa. Johnny Cash murió muy bien, me parece.

“Luzco todo blanco pero mi papá fue negro”, cantaba Pete Townshend y luego Joey Ramone, así que junto a la señora Karen Black, en el video, haciéndole cuchi cuchi al bebé, verán a un negro de gorrita cuadriculada. Ese es Rudy Ray Moore, cantante, actor, comediante, icono inevitable de películas del género del blaxploitation, como Dolemite, estrenada en 1975 y con un soundtrack que ya mismo deberían estar comprando o pidiendo prestado o robando; al año siguiente, en 1976, vino la secuela: The human tornado. Eran buenos años y buenas películas. Todos queríamos voltearnos a Pam Grier y todos queríamos ser tan cool como John Shaft; el funk y el soul jamás sonaron tan bien, tan desfachatados, tan deseosos de impresionar, como en esas películas. En la década de 1970 todavía se podía explotar a los negros, escurrirlos para que compusieran grandes canciones, para que las mujeres mostraran sus grandes pechos, para que los hombres exhibieran sus grandes peinados afro. Ahora el mundo es bastante más aburrido. Las mujeres negras son deportistas raquíticas que corren maratones y los hombres negros usan pantalones tres talles más grandes que les dejan el trasero al aire. Y nadie dice “mujeres negras” u “hombres negros”. La magia está rota. Ya sabés lo que seguiría cantando Pete Townshend: “Me veo bastante joven, pero soy simplemente anticuado”.

De Nicholas Worth, estrella del video, no puedo decir que lo recuerde de alguna mala cinta de zombies. Pero sale en películas como La cosa del pantano, de 1982, de Wes Craven; y es el chiflado de No respondas el teléfono, un pequeño clásico de Robert Hammer estrenado en 1980. Su mejor papel fue en este clip. Tuvo que haberse muerto luego de filmarlo, aunque vivió otros quince años y los trekkies ñoños ahora lo reconocen por sus actuaciones en varios capítulos de Star Trek: voyager y Star Trek: Deep space nine. Mala muerte artística, insisto. De todas maneras, Worth tuvo un pequeño cameo no acreditado en Scream Blacula scream, otra blax de 1973, sobre el terrible Drácula negro. Allí actúa Pam Grier —Pam Grier cuando tenía 24 años—, o sea que quizás se la cruzó en el set, o sea que Worth tuvo una buena vida. No importa que haya muerto en mal momento.

William Smith tiene bastante cámara en el video; se la merece. O quizás no, luego de su papel de Lord Zombie en la película de 2003 Zombiegeddon. Pero estuvo en algunas buenas series de televisión de los sesentas, como Laredo (interpretaba al cowboy Joe Riley), y en algunas buenas películas, como Any which way you can, de 1979 o 1980, donde se enfrenta a Clint Eastwood (y pierde, claro); también fue el último Marlboro man, pero odio los cigarrillos y odio todavía más las publicidades de cigarrillos. Fumar no es cool; la gente que fuma no se ve cool. Al contrario, cada vez que inhalan ponen caras de estar pisando caca.

Smith protagoniza también una película que se llama Nam’s Angels que vale la pena ser vista. Se filmó en las Filipinas y se estrenó en 1970, dirigida por Jack Starret, quien además dirigió otras grandes películas: Cleopatra Jones, de 1973, otra joya del blaxploitation protagonizada por Tamara Dobson; Race with the Devil, de 1975, con Peter Fonda; y además hace de Sgt. Bingham en Hells Angels on wheels y de Sgt. Arthur Galt en la primera de John Rambo. Como sea, Nam’s Angels, dirigida por Starret, protagonizada por Smith, originalmente titulada The losers, asoma brevemente en una habitación de hotel en la película de 1994 Pulp fiction, de Quentin Tarantino, quien de joven —contó— se masturbaba viendo a Pam Grier y a Tamara Dobson. En esa escena Butch Coolidge (Bruce Willis) le pregunta a la boba de Fabienne (María de Medeiros) qué está viendo. “Una película de motociclistas”, le responde Fabienne. “No sé cómo se llama”.

Y así siguen las referencias, las conexiones, todo en unos pocos minutos de canción. ¿Lo tienen a Michael Berryman? También aparece en el video de “Substitute”, es fácil reconocerlo: el más feo, quien hacía de Pluto en The hills have eyes, la película de 1977 de Wes Craven, y en su secuela de 1985 (ahora que nombro a Craven, recuerdo que Linnea Quigley, la pelicorti Trash, aparece en la cuarta entrega de Pesadilla en la calle Elm, estrenada en 1988; ese mismo año participó, ya que menciono su papel de Trash, en Dead heat, un genial policial sobre zombies donde además actúa Vincent Price). No quiero cargar las tintas con los zombies, pero debo decir que en el video de Ramones tiene también su breve rol Ken Foree, quien interpreta a Peter, el negro de El amanecer de los muertos, la película de 1978 de George Romero. Tanto Berryman como Foree salen en The Devil’s rejects de Rob Zombie. ¿No sienten que Adán y Eva están invitándolos a entrar al paraíso con ellos? ¿Que las conexiones son correctas?

Como sea, sólo llegué hasta la segunda canción de Acid eaters y de lo que quería hablar era de una canción del primer disco de The Seeds. Me recuerda, no sé bien por qué, pero ya lo averiguaré, una fugaz observación perdida en la página 26 de la edición de bolsillo de Anagrama de Las partículas elementales de Michel Houellebecq: “El relato de una vida humana puede ser tan largo o tan breve como uno quiera. Naturalmente se recomienda, por su extrema brevedad, la opción metafísica o trágica, que se limita al fin y al cabo a las fechas de nacimiento y muerte grabadas clásicamente en una lápida”.

Ya saben lo que viene ahora: la promesa —o la amenaza— de que algún día, ni demasiado cercano ni demasiado lejano, esta historia continuará.