lunes 15 de agosto de 2011

Sinéad O’Connor es gorda, vieja y fea



La semana pasada leía en Salon.com una suerte de defensa del derecho de la cantante Sinéad O’Connor a ser gorda, vieja y fea. Porque ahora Sinéad O’Connor ya no es pelada, flaquita, joven y cool; ya no rompe fotos del Papa en televisión y ya no usa borceguíes para patear el trasero de los machos patriarcales en nombre de otro feminismo trasnochado. Ahora Sinéad O’Connor tiene anteojos, panza, cabellera y arrugas; ahora está bajo medicación; ahora abrazó los sacramentos católicos y se viste como monja de película de internado de niños huérfanos.



La autora del artículo señalaba que durante estos días diversos medios se preguntaron quién era esa cuarentona espantosa que se presentaba con el nombre de Sinéad O’Connor; que montones de comentaristas mordieron el anzuelo y que hicieron las apostillas maliciosas esperadas. Después recordaba que en las reuniones del secundario, que en los encuentros con viejos amores, todos percibimos de manera notable el paso del tiempo; también afirmaba que envejecer puede ser una bendición.



Todo eso está bien. Es la clase de cosa que se supone que uno diga. Pero Sinéad O’Connor no es una compañera del secundario ni un viejo amor (lo será para alguien, pero no para la mayoría de nosotros); Sinéad O’Connor es un artefacto de la industria cultural. Y la relación que los consumidores mantenemos con los artefactos de la industria cultural que casualmente coinciden con personas de carne y hueso es por lo menos particular. De algún modo sabemos que son individuos de la especie con vidas y muertes específicas; pero también son parte de un consumo iconográfico que sólo puede realizarse de manera escalonada y fragmentaria. A veces se percibe que alguien engordó, envejeció o se afeó; a veces percibimos algo diferente. El consumo iconográfico escalonado y fragmentario privilegia —no tiene más remedio— la percepción del cambio. Lo demás (viejo, joven, flaco, gordo, lindo, feo) es la forma que adopta esa percepción primera, estructural.



Estoy pensando ahora en Truman Capote. Cuando alguien menciona a Capote, asumo su imagen de adultez: anteojos, sombrero, traje sobrio (la caracterización de Philip Seymour Hoffman hizo estragos con nuestras representaciones). Entonces me encuentro con la conocida fotografía de Otras voces, otros ámbitos, cuando tenía poco más de veinte años, y lo que descubro es juventud y desparpajo. La percepción del cambio es siempre la distancia entre la imagen que uno tiene de algún artefacto de la industria, por un lado, y por el otro las imágenes que desafían ese instante cosificado y apropiado. Pueden pensar en Homero Simpson y luego remitirse a los primeros capítulos de Los Simpson. Notarán con crueldad de qué hablo.



El último disco que realmente escuché de Sinéad O’Connor, el único que escucho de buena gana cada tanto, es Faith and courage, publicado en 2000. El disco posee un brillo particular y meticuloso; además tiene la mejor canción de Sinéad O’Connor, “Daddy I’m fine” (por supuesto que esto no sólo es discutible, sino que es necesariamente discutible). Sin embargo, ya entonces se le recriminaba que había cedido mucho y que ya no andaba maldiciendo a la jerarquía eclesiástica y que de hecho parecía haber sentado su calva cabeza. “En su nuevo disco —escribió el crítico alemán Diedrich Diederichsen en un artículo compilado en su libro Personas en loop— nos alerta acerca de cuán maravillosamente antiposmoderna y seria es ella, tanto como sólo podría serlo el mismo Papa. Como oyente uno se siente por momentos confesor, por momentos analista, cuando no el padre de una hija profundamente perturbada y de cuyas perturbaciones uno también es culpable”.



Diederichsen confirma que la creencia delirante y apasionada en formas religiosas puede producir buena música; los satanistas que se dedican al death metal —propone— han sacado notables resultados. Pero no le parece que Faith and courage sea el caso.



“Sinead no cumple con la condición mínima para el surgimiento de una canción conmovedora desde la religión: tener la capacidad de transmitir su necesidad como necesidad humana universal. Ella sólo habla de sí misma y esto es lo único verdaderamente serio para ella. Pero cuando uno quiere ordeñar leche religiosa de circunstancias totalmente individuales, lamentablemente lo que sale es Herman Hesse, no soul”.



Y lo que Diederichsen escribió sobre la música, muchas personas lo afirman ahora sobre su apariencia. Es discutible en muchos sentidos, en rigor no sólo porque tus compañeros del secundario estén viejos y panzones y calvos y arrastrando a sus ruidosas crías de aquí para allá. Si me gusta “Daddy I’m fine” es justamente por todo aquello que Diederichsen repudia: por la nítida sensación de individualidad. Habla sobre ella y sobre lo bien que se siente, vestida cool y viéndose genial, con la cabeza rapada y los borceguíes negros, con ganas de tirarse a cuanto hombre se le cruce. Y a mí me gusta, acaso porque prefiero El lobo estepario antes que a Aretha Franklin. No digo que Aretha esté mal; digo que Hesse está mejor. También esto es necesariamente discutible.



Sinéad O’Connor tiene derecho a engordar, envejecer y afearse. Pero uno tiene derecho, también, a imaginarse cómo se sentía cuando cantaba “Daddy I’m fine”, a tocar la canción en el pasadiscos todas las veces que quiera y tomar ese momento como medida de valor. Estética, incluso. Pues los instantes también se cosifican y se apropian de ese modo. Yo la prefiero cantando sobre lo bien que se sentía con borceguíes y la cabeza rapada; alguien la preferirá haciendo canciones de monja de película de internado de niños huérfanos. Y está bien.



Si Sinéad O’Connor cree que ya está grande para interpretar el papel de hija profundamente perturbada, ¿quién puede culparla? Semanas atrás, una muchacha llamada Amy Winehouse, que de seguro jamás había leído a Hesse pero que había saqueado cada nota de Aretha, interpretó de maravillas ese papel de hija profundamente perturbada. La creencia delirante y apasionada en los clichés de la industria cultural no garantiza necesariamente una buena ordeñada de leche musical. Más bien, suele ocurrir todo lo contrario.