Suena bastante razonable. Un perro es un organismo biológico esencialmente estúpido. Eso no quiere decir que estos organismos biológicos no nos despierten simpatía, ternura, preocupaciones, incluso (vaya) amor. Muchas personas te despiertan simpatía, ternura, preocupaciones, incluso amor. Todo esto no evita que sean también organismos esencialmente estúpidos.
El consejo me parece pertinente. Está en Niños hippies (Flower children), la novela de 2007 de la escritora norteamericana Maxine Swann, a quien no resulta muy difícil cruzársela, en Buenos Aires, yendo a hacer las compras al supermercado. La novela narra la infancia de cuatro niños (dos varones, dos nenas) criados por unos padres hippies en la Pensilvania rural de los setentas, los contrastes con la educación formal, las ideas de normalidad, el encuentro con un universo de sentido más amplio que el mundo en el que fueron criados: el descubrimiento de que las reglas arbitrarias que rigen el comportamiento cotidiano, que establecen prohibiciones, premios y castigos, que establecen modos correctos de escribir o de multiplicar números, pueden ser encantadoras, pueden sugerir nuevas formas de contención y de libertad cuando uno ha sido criado en un ambiente donde la regla es que no haya reglas, que no haya maneras correctas de sujetar el tenedor ni horas para irse a la cama, que no haya pudores ni límites ni correctivos.
Y entonces los niños hippies comparten las lecciones aprendidas en su hogar: “Nuestro padre nos dice que, si alguna vez hay un perro cerca cuando nos tiramos un pedo, le echemos la culpa al perro”.
Echarle la culpa al perro es una excusa universal, tan universal como pueden serlo —diría Claude Lévi-Strauss— el saludo, el chiste o la prohibición del incesto.
—¿Por qué no hiciste la tarea?
—Se la comió el perro.
—¿Qué le pasó al almohadón que nos regaló mi madre?
—El perro dejó caer un cigarrillo y lo prendió fuego.
—¿Por qué hay barro en los sillones?
—Porque el perro tiene las patas sucias.
—¿Quién reventó la tarjeta comprando libros en Amazon?
—El perro.
El perro es fácil de culpar. Se queda ahí parado, con la lengua afuera y su cara de estúpido. Todos tenemos dudas razonables acerca de cómo piensan los perros. Podemos aceptar que si son capaces de resolver ciertos problemas de maneras flexibles y sistemáticas, entonces son capaces de generar ciertas representaciones del mundo a través de determinados procesos cognitivos que no están sujetos a los sentidos directos. Una cucaracha que, luego de aparecerse en medio de la cocina, intenta escapar de los ágiles esfuerzos de uno por despachurrarla a pisotones, no sabe de qué se está escapando; simplemente se escapa porque está construida para escaparse. No lo hace de manera arbitraria; no improvisa. Las cucarachas han hecho de la fuga un arte superior. El bicho reacciona a los movimientos de aire del acosador; usa el conocimiento de su posición, los obstáculos cercanos, la luz y el viento. El sistema nervioso de la cucaracha no es la gran cosa; apenas tiene unos cuantos miles de células nerviosas. Pero con lo que sabe (posición, obstáculos, luz, aire, etc.), la cucaracha cuenta con buenas chances de no acabar despanzurrada bajo una suela. Las señales se conectan directamente con acciones. La cucaracha no hace representaciones. El perro, sí.
“Cuando un perro corre —escribió el biólogo Jakob von Uexküll—, es el animal el que mueve las patas. Cuando un erizo de mar corre, son las patas las que mueven al animal”.
Lo que quiero decir es que el perro no es un animal necesariamente estúpido. Nada, en términos neurofisiológicos, impone su estupidez. Y sin embargo, puede ser acusado de tirarse pedos por un hippie. ¿No es ésa una derrota evolutiva?
Esto impone poderosas paradojas a nuestros sistemas de aprehensión del orden natural de la vida. Sabemos que desde el punto de vista neurofisiológico, un erizo de mar supera con creces a un hippie; pero también sabemos que el perro supera al erizo de mar. ¿Cómo se explica entonces la superioridad estratégica del hippie sobre el perro?
Acaso haya que reformular el consejo. Si alguna vez hay un perro y un hippie cerca cuando nos tiramos un pedo, debemos echarle la culpa al hippie. Suena más creíble. El perro tiene el beneficio de la duda. El hippie, no.
El consejo me parece pertinente. Está en Niños hippies (Flower children), la novela de 2007 de la escritora norteamericana Maxine Swann, a quien no resulta muy difícil cruzársela, en Buenos Aires, yendo a hacer las compras al supermercado. La novela narra la infancia de cuatro niños (dos varones, dos nenas) criados por unos padres hippies en la Pensilvania rural de los setentas, los contrastes con la educación formal, las ideas de normalidad, el encuentro con un universo de sentido más amplio que el mundo en el que fueron criados: el descubrimiento de que las reglas arbitrarias que rigen el comportamiento cotidiano, que establecen prohibiciones, premios y castigos, que establecen modos correctos de escribir o de multiplicar números, pueden ser encantadoras, pueden sugerir nuevas formas de contención y de libertad cuando uno ha sido criado en un ambiente donde la regla es que no haya reglas, que no haya maneras correctas de sujetar el tenedor ni horas para irse a la cama, que no haya pudores ni límites ni correctivos.
Y entonces los niños hippies comparten las lecciones aprendidas en su hogar: “Nuestro padre nos dice que, si alguna vez hay un perro cerca cuando nos tiramos un pedo, le echemos la culpa al perro”.
Echarle la culpa al perro es una excusa universal, tan universal como pueden serlo —diría Claude Lévi-Strauss— el saludo, el chiste o la prohibición del incesto.
—¿Por qué no hiciste la tarea?
—Se la comió el perro.
—¿Qué le pasó al almohadón que nos regaló mi madre?
—El perro dejó caer un cigarrillo y lo prendió fuego.
—¿Por qué hay barro en los sillones?
—Porque el perro tiene las patas sucias.
—¿Quién reventó la tarjeta comprando libros en Amazon?
—El perro.
El perro es fácil de culpar. Se queda ahí parado, con la lengua afuera y su cara de estúpido. Todos tenemos dudas razonables acerca de cómo piensan los perros. Podemos aceptar que si son capaces de resolver ciertos problemas de maneras flexibles y sistemáticas, entonces son capaces de generar ciertas representaciones del mundo a través de determinados procesos cognitivos que no están sujetos a los sentidos directos. Una cucaracha que, luego de aparecerse en medio de la cocina, intenta escapar de los ágiles esfuerzos de uno por despachurrarla a pisotones, no sabe de qué se está escapando; simplemente se escapa porque está construida para escaparse. No lo hace de manera arbitraria; no improvisa. Las cucarachas han hecho de la fuga un arte superior. El bicho reacciona a los movimientos de aire del acosador; usa el conocimiento de su posición, los obstáculos cercanos, la luz y el viento. El sistema nervioso de la cucaracha no es la gran cosa; apenas tiene unos cuantos miles de células nerviosas. Pero con lo que sabe (posición, obstáculos, luz, aire, etc.), la cucaracha cuenta con buenas chances de no acabar despanzurrada bajo una suela. Las señales se conectan directamente con acciones. La cucaracha no hace representaciones. El perro, sí.
“Cuando un perro corre —escribió el biólogo Jakob von Uexküll—, es el animal el que mueve las patas. Cuando un erizo de mar corre, son las patas las que mueven al animal”.
Lo que quiero decir es que el perro no es un animal necesariamente estúpido. Nada, en términos neurofisiológicos, impone su estupidez. Y sin embargo, puede ser acusado de tirarse pedos por un hippie. ¿No es ésa una derrota evolutiva?
Esto impone poderosas paradojas a nuestros sistemas de aprehensión del orden natural de la vida. Sabemos que desde el punto de vista neurofisiológico, un erizo de mar supera con creces a un hippie; pero también sabemos que el perro supera al erizo de mar. ¿Cómo se explica entonces la superioridad estratégica del hippie sobre el perro?
Acaso haya que reformular el consejo. Si alguna vez hay un perro y un hippie cerca cuando nos tiramos un pedo, debemos echarle la culpa al hippie. Suena más creíble. El perro tiene el beneficio de la duda. El hippie, no.