Estoy haciendo la fila en la caja del supermercado. Llevo apenas cuatro productos: café, filtro para café, Pringles (de queso), Listerine (cool mint). Cuatro productos, caja rápida. Veo que hay una nueva cajera y pienso en una canción que Jonathan Richman compuso y grabó con The Modern Lovers a comienzos de la década de 1970. “New teller”, se titula, y se publicó años después como material extra del disco de 1976 Jonathan Richman and the Modern Lovers. Es una de las canciones de amor más preciosas que yo haya escuchado.
En apenas un minuto y cuarenta segundos de tempo pop giusto (que incluye un solo de guitarra refulgente) Richman cuenta una historia de puro misticismo urbano. Está esperando en la cola del banco y todos en la fila saben que está enamorado de la nueva cajera. Explica que está claro como el día, que ella lo sabe tan bien como todos los demás, y que cuando llegue a la ventanilla se lo va a decir. Le va a decir, a la nueva cajera del banco, que está enamorado de ella.
Bueno, todo el mundo en las otras filas
Me sonríen por el modo en que me sonrojo.
Los dejo pasar porque no tengo apuro
Estoy enamorado de la nueva cajera.
Ella me mira y lo sabe.
Hay solamente tres personas en la otra fila
En mi fila, bueno, cuento once.
Bueno, está bien, porque estoy en el cielo
Estoy enamorado de la nueva cajera.
Richman no narra el final de la historia. Yo creo que termina bien. La canción es demasiado numinosa para no acabar bien (escribo “numinosa” y no “luminosa”, aunque también lo sea, con “n” de fenomenología religiosa alemana del siglo veinte). Siempre me sonrío al escucharla porque sé que si estuviera en su lugar, actuaría exactamente así. Jamás me enamoré de la cajera del banco, ni del supermercado, ni de Farmacity, ni del RapiPago, ni de ningún otro lado, pero sé que si eso sucediera actuaría como Richman. ¿Escucharon esa canción de Carly Simon, “You’re so vain”, sobre el tipo que entra a la fiesta como si estuviera en su yate, con el sombrero tapándole estratégicamente un ojo, y todas las chicas sueñan con ser su acompañante? Bueno, ese tipo no sería yo. Puedo identificarme mucho más con el tipo que se pone en la fila larga, que se sonríe como un marmota, que cuenta once personas y que le parece que está bien. Porque está enamorado de la nueva cajera.
Muchas canciones de Richman son así de extrañas. Y digo extrañas porque en el ámbito de la música pop, en el ámbito de la fábrica de musiquitas masticables y descartables, en la industria de símbolos de empatía y de rechazo, estas canciones son simplemente extrañas. Basta escuchar su primer disco, grabado en 1972 y publicado en 1976. Basta escuchar canciones como “Pablo Picasso”, “Girlfriend” o “Someone I care about”.
De algún modo podrían ser señales que las chicas que le gustan a Richman deberían decodificar; de no ser capaces de romper el código, entonces no serían las chicas que le gustan a Richman. Si viesen al vanidoso de la canción de Carly Simon entrando a la fiesta como si estuviera en su yate, las chicas que le gustan a Richman no querrían ser su acompañante; más bien, pensarían que es un boludo. En “Pablo Picasso”, su composición más conocida (la versión de David Bowie es muy buena, pero escuchen la de John Cale), habla sobre eso. Cuenta que algunos tipos tratan de levantarse chicas y que quedan como unos boludos; pero que eso nunca le pasaría a Pablo Picasso. Pablo Picasso iría caminando por tu calle, las chicas no podrían resistir su mirada y nadie diría que es un boludo. Al menos no en Nueva York.
En “Girlfriend” Richman canta sobre lo bien que se sentiría yendo con una novia al Museo de Arte de Boston, a la sala donde se exhiben la obras de Paul Cézanne, pues solamente así podría mirar a través de las pinturas y entenderlas. En “Someone I care about” dice que no quiere una chica para tontear, que no quiere pretender que le gusta una chica que en realidad no le gusta, que no quiere hacérselo a una chica rica luego de esnifar coca en el bar; lo que quiere es alguien que le importe.
Imaginate esto:
Estoy caminando con mi novia.
Veintiocho almas descaminadas dicen a la vez: ¡Estamos entrando!
Hay cierto tipo de chicas por las que te preocupás demasiado.
Decís: “No me importa lo que me hagan, pero a ella, ¡no la toquen!”.
Son canciones raras. Pero es una clase de rareza con la cual puedo identificarme, a la cual puedo entender, porque no estoy esnifando coca en el bar sino que estoy haciendo la cola en el súper para pagar un tubo de Pringles y unos filtros de café mientras me sonrío al pensar en extrañas canciones pop que fueron compuestas y grabadas antes de que yo naciera. Porque no entraría a la fiesta como si estuviera en mi yate; más bien, buscaría excusas para no ir a la fiesta y quedarme en casa comiendo Pringles, tomando café y jugando al Scrabble con alguien que me importe. Las mejores canciones de Richman tratan sobre eso, y si no te parecen lo suficientemente llamativas, sólo debés prestar atención. En “New teller”, por ejemplo, después del solo de guitarra hay una modulación ascendente de dos tonos y medio; pocas canciones pop tienen modulaciones tan radicales. Escuchar a Richman intentando cantar en ese tono es una experiencia… numinosa.
Entonces llego a la caja. La nueva cajera sonríe como sólo las nuevas cajeras saben sonreír. Acaso ignore el enorme drama que puede conjugarse en un minuto cuarenta de canción o en una fila de once personas. Acaso esté enterada. Me pregunta si quiero aprovechar la oferta de Nugatón. Le dijo que sí.
Por supuesto que le digo que sí.