¿Alguien más ha notado la cantidad de escupitajos que hay pegoteados en las veredas de la ciudad de Buenos Aires y de sus suburbios? También se lo puede notar en otras grandes ciudades del interior del país. Cuando llegan las temporadas veraniegas e invernales las aceras se llenan de secreciones espantosas que uno debe andar esquivando, saltando o mirando con repugnancia. Y no exagero. Si las coordenadas geográficas son propicias, presten atención la próxima vez que salgan a la calle. Quejarse del excremento canino se volvió ya un tópico previsible; también quejarse de aquellos que arrojan el envoltorio de caramelos o de galletitas en la vía pública. Pero no escucho que nadie esté airándose por la cantidad de mucosidades verdosas depositadas en las aceras, en los andenes del tren subterráneo, en las escaleras de las universidades, en los pasillos de múltiples edificios públicos.
Empecé a advertirlo hace unos años. Las escupidas disminuían en otoño y en primavera; aumentaban en verano y en invierno. No hace falta ser Sherlock Holmes para entender que en verano y en invierno —por ser verano y por ser invierno— se escupe mucho más (repasen sus libros de texto de biología de primero del cole; tema: cuerpo humano, glándula salival, funciones), pero podría ser interesante determinar si se escupe más en una u otra estación. La mera observación empírica y asqueada no permite hacer cálculos precisos. Téngase en cuenta que se estaría lidiando con salivazos en las aceras y no con cabezas de ganado. Mensurar un hecho cultural siempre resulta más difícil que contar cabezas de ganado, y si por “hecho cultural” se entiende gargajos por metro cuadrado, es todavía mucho más difícil.
Escupir en la vía pública no es una novedad. Prueba de ello son algunos letreros que solían verse en los colectivos y que ya no se estilan en demasía: “Prohibido escupir por las ventanillas”. En el pasillo del hogar de un amigo, que vivía en una vieja casa chorizo de El Abasto, había una plaqueta de bronce donde se advertía que estaba prohibido salivar en el suelo (la plaqueta era fantástica y parecía haber sido colocada allí mucho antes de que el siglo XX llegara a la mitad, incluso al cuarto de vida; obviamente fue robada antes de que pudiéramos fotografiarla o, en el mejor de los casos, robarla nosotros primero). Lo que llama la atención ahora es el grado de impudicia con que se escupe. Aunque había excepciones, lo suficientemente numerosas como para justificar las advertencias en bronce, hasta épocas no demasiado remotas se tenía ciertos reparos generales a la hora de expectorar en espacios públicos. Se miraba que no hubiese nadie en los alrededores, se apuntaba hacia un cantero o cualquier superficie terrosa, se escupía en el cordón de la vereda o al menos en un sitio poco transitado. En las veredas abundan, ahora, evidencias materiales de que el hábito cambió. Y no para mejor.
La moralina políticamente correcta que corroe las entrañas del pensamiento contemporáneo te susurrará que no debés quejarte de estas cosas; ni siquiera mencionarlas. Que, si lo hacés, pasarás por pacato, mojigato, pequeño burgués horrorizado o algo todavía peor. El principio puede rastrearse hasta Juan Bautista de La Salle, quien vivió entre 1651 y 1719; creo que fue en Reglas de la cortesía y urbanidad cristianas (pero no estoy seguro) donde recomendó que si uno se encuentra en el suelo con un gran escupitajo, debe colocarle rápidamente el pie encima. Este espíritu de poner la otra mejilla, de tapar con el pie lo que el ojo no puede ignorar, está en la base de muchos comportamientos cotidianos que podrían antojársenos deplorables, o por lo menos mejorables, y que la buena conciencia de época tiende a silenciar, a apartar, a encasillar como versiones modernas de las reglas de cortesía y urbanidad del cristianismo del siglo XVII. O algo todavía peor.
Aunque no pienso escribir cartas indignadas a nuestros legisladores señalando la necesidad de imponer multas para los infractores o la urgencia de instalar escupideros junto a todos los cestos de basura, sí me parece adecuado recordar que se puede escupir hacia las vías del tren y no sobre los andenes; que en una universidad se puede escupir en el baño y no en las escaleras; que en la calle quedan todavía canteros, árboles y cordones donde los escupitajos tendrán vidas largas y felices y muy prósperas.
¿Te suena pacato? Bien. Dejá de escupir en las veredas y yo dejaré de lado mi mojigatería. Suena a trato justo.
Empecé a advertirlo hace unos años. Las escupidas disminuían en otoño y en primavera; aumentaban en verano y en invierno. No hace falta ser Sherlock Holmes para entender que en verano y en invierno —por ser verano y por ser invierno— se escupe mucho más (repasen sus libros de texto de biología de primero del cole; tema: cuerpo humano, glándula salival, funciones), pero podría ser interesante determinar si se escupe más en una u otra estación. La mera observación empírica y asqueada no permite hacer cálculos precisos. Téngase en cuenta que se estaría lidiando con salivazos en las aceras y no con cabezas de ganado. Mensurar un hecho cultural siempre resulta más difícil que contar cabezas de ganado, y si por “hecho cultural” se entiende gargajos por metro cuadrado, es todavía mucho más difícil.
Escupir en la vía pública no es una novedad. Prueba de ello son algunos letreros que solían verse en los colectivos y que ya no se estilan en demasía: “Prohibido escupir por las ventanillas”. En el pasillo del hogar de un amigo, que vivía en una vieja casa chorizo de El Abasto, había una plaqueta de bronce donde se advertía que estaba prohibido salivar en el suelo (la plaqueta era fantástica y parecía haber sido colocada allí mucho antes de que el siglo XX llegara a la mitad, incluso al cuarto de vida; obviamente fue robada antes de que pudiéramos fotografiarla o, en el mejor de los casos, robarla nosotros primero). Lo que llama la atención ahora es el grado de impudicia con que se escupe. Aunque había excepciones, lo suficientemente numerosas como para justificar las advertencias en bronce, hasta épocas no demasiado remotas se tenía ciertos reparos generales a la hora de expectorar en espacios públicos. Se miraba que no hubiese nadie en los alrededores, se apuntaba hacia un cantero o cualquier superficie terrosa, se escupía en el cordón de la vereda o al menos en un sitio poco transitado. En las veredas abundan, ahora, evidencias materiales de que el hábito cambió. Y no para mejor.
La moralina políticamente correcta que corroe las entrañas del pensamiento contemporáneo te susurrará que no debés quejarte de estas cosas; ni siquiera mencionarlas. Que, si lo hacés, pasarás por pacato, mojigato, pequeño burgués horrorizado o algo todavía peor. El principio puede rastrearse hasta Juan Bautista de La Salle, quien vivió entre 1651 y 1719; creo que fue en Reglas de la cortesía y urbanidad cristianas (pero no estoy seguro) donde recomendó que si uno se encuentra en el suelo con un gran escupitajo, debe colocarle rápidamente el pie encima. Este espíritu de poner la otra mejilla, de tapar con el pie lo que el ojo no puede ignorar, está en la base de muchos comportamientos cotidianos que podrían antojársenos deplorables, o por lo menos mejorables, y que la buena conciencia de época tiende a silenciar, a apartar, a encasillar como versiones modernas de las reglas de cortesía y urbanidad del cristianismo del siglo XVII. O algo todavía peor.
Aunque no pienso escribir cartas indignadas a nuestros legisladores señalando la necesidad de imponer multas para los infractores o la urgencia de instalar escupideros junto a todos los cestos de basura, sí me parece adecuado recordar que se puede escupir hacia las vías del tren y no sobre los andenes; que en una universidad se puede escupir en el baño y no en las escaleras; que en la calle quedan todavía canteros, árboles y cordones donde los escupitajos tendrán vidas largas y felices y muy prósperas.
¿Te suena pacato? Bien. Dejá de escupir en las veredas y yo dejaré de lado mi mojigatería. Suena a trato justo.