miércoles 31 de agosto de 2011

El velador de Clorindo Testa

La semana pasada leía en el sitio de Ñ que el arquitecto Clorindo Testa recibió un doctorado honoris causa en la Universidad de Flores. Lo entrevistaron. “Hice lo que quise hacer y lo sigo haciendo —dijo Testa—. Yo nunca pienso qué va a pasar mañana. Nunca pensé: me gustaría hacer tal edificio o tal. O sea, hago lo que estoy haciendo. El futuro se verá. No depende de mí. Lo que hago sí depende de mí”.



La idea de que el futuro se verá y de que no depende de uno me hizo recordar una anécdota. Me fue confiada por el Sr. W., hace un tiempo. Todo desemboca en un velador firmado por Testa, pero antes tenemos permitido dar una vuelta o dos.



A mediados de la década de 1940 el Sr. W. conoció a una chica italiana que lo introdujo en un grupo de personas fascinadas por la música. La escuchaban, la analizaban, la compartían, la disfrutaban. También asistían a conciertos.



Asistir a conciertos, especialmente a los grandes conciertos sinfónicos, no era patrimonio de una pequeña élite privilegiada (al menos eso cree el Sr. W.). Había personas de orígenes y estratos muy diferentes. Los conciertos se ejecutaban en las salas de teatros como el Colón o el Gran Rex. Los entendidos llevaban la partitura y la leían con una linterna. El resto acompañaba, disfrutaba como podía.



El destino casi inevitable del Sr. W. solía ser el Paraíso del Colón, en el séptimo piso, lo más lejos posible de la acción y lo más cerca posible de sus bolsillos. A veces conseguían mejores ubicaciones. En cierta ocasión, un compañero que trabajaba como taquígrafo en el Congreso Nacional les consiguió entradas para el palco de la Cámara de Diputados. Función de gala, obligada etiqueta. Un problema.



El hermano del Sr. W. se hizo ajustar un esmoquin de su padre que, por alguna misteriosa razón, había ido a parar a las valijas familiares, cuando abandonaron Bucarest escapando de los nazis. El Sr. W. hizo lo mismo, pero con un frac que también había ido a parar a las valijas familiares y que había sobrevivido a trenes, barcos, bombardeos y un campo de prisioneros.



—Fue una velada formidable —me dijo el Sr. W.—. Aunque seguía siendo un muerto de hambre, podía jactarme de haber ido de frac a una función de gala del Teatro Colón.



Gracias a esta chica italiana conoció a gente muy interesante. Clorindo Testa fue una de estas personas. En una ocasión tenía que hacerle un regalo a una amiga y, para variar, el presupuesto del Sr. W. consistía en un centavo partido al medio. Pero cuando el presupuesto escasea, sólo resta improvisar o apelar al ingenio, que suele ser, esto último, una manera más sutil de referirse a la improvisación.



Consiguió una botella de Old Smuggler, que tiene forma cuadrada, muy linda. Con su centavo partido al medio compró una pantalla y de la combinación resultó una lámpara. Llevó la fusión a casa de Testa, para que le pintara algo en la pantalla. El arquitecto tomó un pincel, lo mojó en tinta china e hizo figuras curvas alrededor de toda la pantalla, continuas, sin levantar el trazo. Tardó cinco o seis minutos. Incluso, colmo del ego, lo firmó.



El Sr. W., emocionado, se lo llevó a su amiga. Ella lo miró en silencio.



―Es la cosa más horripilante que he visto en mi vida ―le dijo por fin―. Pero voy a conservarlo sólo porque me lo regalaste vos.



Seguramente no lo conservó y lo tiró al tacho de basura a los dos segundos.



—Lástima —suspiró el Sr. W., décadas después, tomando té y observando la nada por los grandes ventanales de su oficina—. Tenía la firma de Testa y todo. Hoy valdría una fortuna.