viernes 26 de agosto de 2011

El primer vampiro del Río de la Plata



Jucucha, se llamaba. Había llegado a Buenos Aires no se sabe cuándo ni desde dónde. Algunos relatos aseguran que en el siglo XVII; otros relatos lo ubican en la primera fundación de la ciudad. Fue el primer vampiro del Río de la Plata, según la tradición pampeana. Se alimentaba de animales, casi siempre; a veces también de bebés, de ancianos y de niños pequeños. Lo cazaron a comienzos del siglo XIX, lo mataron no sin esfuerzo, lo descuartizaron, lo enterraron lejos de la gracia de Dios. Las referencias escritas sobre el vampiro Jucucha aparecen recién a fines del siglo XIX. Luego se pierden, se vuelven curiosidad de anticuarios. ¿Alguien se imagina la sorpresa al encontrarte con una mención explícita sobre la muerte del vampiro Jucucha en un acta judicial boliviana de comienzos del siglo XIX? Que no queden dudas: la boca se reseca, un escalofrío te recorre la espalda, las palmas de las manos empiezan a sudar.



El hallazgo de un documento público que ilumina alguna obsesión personal es una experiencia incomparable. En especial cuando el encuentro es inesperado. Es un movimiento sutil pero absoluto, que va de lo arbitrario a lo inevitable, de la convención de la historia más conocida a las maravillas de un Märchen rioplatense. Algunos investigadores dedican todas sus vidas a encontrar esos documentos. Otros los descubren por azar en el fondo de un cajón.



Sucedió en Sucre, Bolivia. Revisaba unos documentos sobre la masacre de Mohoza, que es como se conoce el asesinato, la noche del 28 de febrero al 1º de marzo de 1899, de unos 120 soldados del Batallón Pando. Los indios irrumpieron en el templo donde se refugiaban y durante catorce horas los sometieron a todo tipo de torturas y vejaciones. Finalmente, los soldados fueron asesinados y mutilados.



Los documentos de época no dejan nada librado a la imaginación. Sólo un burócrata puede describir con tan minucioso detalle el aspecto de un pene cercenado o el modo en que un perro come las nalgas amputadas de algún pobre diablo. Si uno revisa las actas del proceso de Mohoza se encuentra con algunos párrafos que más de un literato contemporáneo desearía adjudicarse; por ejemplo, un tal Manuel Jesús Rocha describe el asesinato de sus padres:



“Al fin llegó el momento fatal y aproximándose a mi padre la fiera sedienta de Juan de Dios Jucra, le asestó una puñalada en el pecho, y como se doblase la hoja, repitió el golpe consiguiendo herirle… Muerto mi padre Juan de Dios Jucra le cortó la lengua y dividiéndola en pedazos se la comieron él, Daniel Quispe, Pedro Acno y Esteban Jucra… Otro grupo feroz, implacable había rodeado a mi madre infeliz y le daba idéntica muerte. Toda la turba execrable toda, bebió la sangre y más tarde después de robar, dieron sepultura a los difuntos y se retiraron a Mohoza”.



El año 1899 es importante para la historia de Bolivia. La acumulación de contradicciones étnicas, políticas, económicas, regionales y culturales produjo el único resultado posible: la primera guerra civil de ese país. Como los documentos lo prueban, y como la historia lo recuerda a menudo, no fue nada agradable.



Examinando estos documentos —muchos de ellos parecían no haber sido leídos desde el momento en que fueron escritos— encontré un expediente judicial de 26 fojas levantadas en los tribunales de Potosí en 1807. Habían ido a parar allí por equivocación, mala suerte o por alguna serie de circunstancias que nunca conoceremos. Estas actas se habían redactado casi un siglo antes de los acontecimientos que yo investigaba, en otra ciudad y por razones que no tenían relación con la masacre de Mohoza. Lo deje a un lado. Luego anunciaría el hallazgo y propondría llevarlo al Archivo Nacional de Bolivia, en La Paz, donde personas más preparadas lo estudiarían y catalogarían. Un manuscrito original de doscientos años siempre resulta una buena nueva para alguna rata de biblioteca.



(...)



Obviamente no pude evitar pegarle un vistazo. A diferencia de otros documentos coloniales —decretos, edictos, cédulas reales—, los expedientes judiciales suelen ser ricos en ciertas prácticas de la vida cotidiana. Se los lee con fruición. En estas actas de Potosí se sigue el caso de un hombre, un tal Valerio Cabero, acusado de robarle una mula, dos caballos y un plato a un tambero, un tal Don Juan Bautista Pimenter. El detalle del plato es fantástico.



El historial penitenciario apunta hacia una misma dirección: Valerio Cabero era un ladronzuelo de poca monta, un buscavidas errante. Quince días preso por robar una peluca en Oruro, diez días preso por robar una guitarra en Coroico, cosas así. El notario deja registro de las razones de sus constantes movimientos por el continente: “Preguntando el fin y objeto del tránsito, el señor Valerio Cabero, dice: Que ansiaba un lugar que lo recibiera con abrazos, que la vida fuera más fácil, que ningún malévolo le adjudicara, por fuera de los robos precitados, una reputación de atrevido y deshonroso”.



Y entonces llegó el sacudón de sorpresa. Este tipo de estremecimiento es difícilmente comunicable. Son sólo unas pocas palabras, escritas al pasar en un pliego que de seguro nadie se tomó la molestia de leer en doscientos años, que acaso ponen una nota al pie de página en una extraña narración que uno ha escuchado antes. Provoca un retorcijón frío, placentero, en la boca del estómago. Las manos transpiran. Uno relee casi con desesperación. Empieza a sonreírse, a mirar hacia los lados (en este caso, en un salón de archivos vacío y silencioso), buscando alguien con quien compartir el descubrimiento del extraño guiño cultural.



Cabero relata un breve paso por Buenos Aires en 1804. El notario trascribió: “Preguntando el fin y objeto de su estancia por la ciudad de Buenos Aires, estados de la potencia de España, en mil ochocientos cuatro años, el señor Valerio Cabero, dice: Que conduciéndose siempre tan honradamente que no le acuse su conciencia delito alguno, decidió marcharse el confesante apercibiéndose del asesinato, desmembramiento y conflagración de otro pardo, Morgiño de Tal, conocido como Jucucha, natural de Río de Janeiro, estados de la potencia de Portugal, bajo acusación de vampirismo y ofensas contra Dios Nuestro Señor”.



Ahora intentaré compartir el sacudón. En Buenos Aires, en la primera mitad del siglo XIX, la sangre dominaba buena parte de las representaciones cotidianas (Gabo Ferro escribió un buen libro sobre el tema: Barbarie y civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas, publicado en 2008). Sin embargo, los documentos acerca de apariciones de vampiros no son frecuentes; más bien, son escasos.



Con una excepción: Jucucha.



La historia de Jucucha se menciona brevemente en el Compendio de las tradiciones pampeanas, el imprescindible tratado del folklorista Juan B. Portela publicado en 1909. Escribió Portela:



Bernardo Ramos Mejía afirma en Mitologías en las pampas [publicado en 1894) que el primer vampiro del Río de la Plata fue un viajero asociado al anchanchu. Lo llamaban Jucucha. Arribado en los tiempos de antaño, encontró su final en los años primeros de la centuria pasada. El inicio de la tradición se desconoce; sobrevive en la actualidad en zonas rurales del Centro de la Provincia.



El expediente judicial de Potosí de 1807, traspapelado en manuscritos de la masacre de Mohoza de 1899 que se conservan en Sucre, es la referencia más antigua de la que se tengan noticias —o al menos, de la que yo tenga noticias, y no creo que haya muchos más interesados— acerca de Jucucha. El relato del ladronzuelo Cabero agrega el detalle del nacimiento en Río de Janeiro y, por sobre todo, que Jucucha (alguien de apellido Morgiño) era un pardo. “Otro pardo”, dice la declaración (eso quiere decir que también Cabero lo era). Jucucha, “el primer vampiro del Río de la Plata”, era un mulato. Y al parecer fue asesinado en 1804.



Que en un acta judicial potosina (“Doy fe…”) se exprese el testimonio del “asesinato, desmembramiento y conflagración” de Jucucha “bajo acusación de vampirismo y ofensas contra Dios Nuestro Señor”, aunque la fuente sea un ladrón de platos y pelucas, es una apuesta documental magnífica. La mención de Portela de una asociación al anchanchu, que es una figura mitológica del altiplano boliviano, una suerte de vampiro viajero, agrega más referencias en común sobre el origen de Jucucha.



En algún momento —todo investigador sabe eso— las coincidencias dejan de ser meras coincidencias. Y este es uno de esos momentos.