miércoles 31 de marzo de 2010

Diabolus ex machina

La traducción más exacta de la expresión latina “Nec deus intersit, nisi dignus vindice nodus”, verso 191 de Arte poética, del poeta lírico romano Horacio, publicado en el año 18 de nuestra era, podría ser la siguiente: “Pónganse media pila, viejo”.

Otra traducción, acaso más literal, sería: “No hagáis intervenir a un dios sino cuando el drama es digno de ser desenredado por un dios”. Lo cual, por otro lado, no se contradice con la primera traducción.

Horacio advertía sobre las salidas fáciles que aquejaban a la tragedia, de las que “Deus ex machina” era el nombre para referirse a la más común y la más efectiva: la resolución de una situación problemática a través de la repentina aparición de un nuevo personaje, cualidad u objeto (de algún dios poderoso, casi siempre, que bajaba del cielo abruptamente y con un pase de magia coronaba un final feliz). En términos narrativos es de una pobreza catastrófica, se trate de una película, novela, serial televisivo, pieza teatral o cualquier obra de ficción. Decepciona seguir una historia que propone escenarios inciertos de difícil resolución para sus protagonistas y que, a dos párrafos o cinco minutos del final, el héroe se despierte en su cama y exclame: “¡Oh, vaya! ¡Qué mal sueño he tenido!”.

Y en este sentido, los guionistas de comics de superhéroes son incorregibles.

Reparaba en esto, en días recientes, mientras leía la colección de Spider-man que el diario Clarín publica los domingos. Venía bastante bien, o al menos todo lo bien que podría venir tratándose de un superhéroe tan insoportable como Spider-man. Si hay un superhéroe bobo, ése es Spider-man.

En la versión fílmica dirigida por Sam Raimi despierta simpatía, hasta empatía; sin embargo, en los comics Spider-man es simplemente... bobo.

Como sea, estuve leyendo los episodios que involucran las series Civil war (2006), Back in black (2007), One more day (2007) y Brand new day (2008). Abreviando todas estas sagas, la historia es más o menos como sigue (y si alguien no quiere spoilers, más vale que deje de leer ahora).

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lunes 29 de marzo de 2010

Por qué los comics de superhéroes son una porquería

Si los comics de superhéroes son una porquería, es por la misma razón que los hace geniales: sus trampas argumentales, su tecla de Esc narrativo.

Pensaba en esto viendo Justice League: Crisis on two Earths, película de 2010 que salió directo al video y con la que se puede pasar un buen rato. Es la séptima de la escudería DC Universe Original Animated Movies, proyecto de films animados que arrancó a mediados de 2006 y del que pueden recomendarse con creces Batman: Ghotam knight (2008), y también Wonder Woman (2009), que tiene diálogos tan buenos como éste, entre la Reina Hipólita (la madre de Wonder Woman) y el piloto Steve Strevor, quien se estrella en la isla de las Amazonas:

Reina Hipólita: ¿Qué depravados pensamientos estará teniendo?

Steve Trevor: ¡Dios mío, qué buenas tetas tiene su hija!

Crisis on two Earths es un filme de dibujos animados (o una “película de animación”, como se dice ahora que el mundo es más moderno) de la vieja escuela, sin 3D, sin demasiadas vueltas de tuerca gráfica. Dibujos, un poco cuadrados, un poco duros cuando están hablando, pero óptimos según el género: superhéroes.

Más que superhéroes: la Primera A de los superhéroes.

La trama se viene repitiendo en las páginas de los comics desde hace décadas, pero no por eso deja de ser efectiva. En un universo alternativo, Lex Luthor (el enemigo pelado de Superman) es un superhéroe que se enfrenta al Sindicato del Crimen, un grupo de supervillanos que no son otra cosa que versiones malévolas de los superhéroes de nuestro universo: Ultraman (la contraparte de Superman), Owlman (de Batman), Superwoman (de Wonder Woman), Johnny Quick (de Flash), y así.

Luthor va perdiendo por goleada frente al Sindicato del Crimen (en la primera escena matan a su último compañero, la versión heroica del Joker). Decide saltar de universo y pedir ayuda en éste. Lo hace y toda la Liga de la Justicia cruza de lado para detener a sus contrapartes malignas. No todos, en realidad, porque Batman dice que es irresponsable que se vayan a los piques y decide quedarse.

Batman siempre hace esas cosas. Por eso es Batman y no un santurrón idiota en calzoncillos rojos. Cuando le dicen que se tiene que ir, se queda; cuando le dicen que se tiene que quedar, se va.

Por ejemplo, Batman and The Outsiders, serie que duró tres años y cuyo primer número se publicó en 1983, comienza con un amigo de Bruce Wayne capturado en un golpe de Estado en un ficticio país de Europa del Este. Batman le dice a la Liga que no se pongan cómodos, que salen ya mismo a rescatarlo. Superman le responde que no, que ya arregló con la ONU que la Liga no se entrometerá para no complicar todavía más la situación. Entonces Batman los manda al diablo, renuncia a la Liga y se va a rescatar a su amigo.

Algo similar, aunque inverso, sucede en Crisis on two Earths. Todos se marchan y Batman se queda, pero, al final del día, es quien salva las papas cuando entiende que el plan de su doble maligno no es destruir la ciudad ―como anuncia― sino acabar con la Tierra Prima, y con ella, con todo el universo.

Ahí tienen. Ustedes preocupados en si mejor llevarse un saquito por si refresca o si mejor no llevarlo, y Batman saltando de planos de existencia para salvar el universo entero.

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viernes 26 de marzo de 2010

Historia de tres ciudades


En la edición de agosto de 1999 de National Geographic, un volumen dedicado casi por completo a la “cultura global”, apareció un artículo sobre tres ciudades que, por un motivo u otro, representaban tres saltos hacia el siglo XXI. El artículo, “Tale of three cities”, traía un póster central desplegable a cargo del artista canadiense René Milot, como los que se encuentran en cualquier publicación adolescente. National Geographic, sometida a las exigencias de la iconografía pop, no escapaba a sus expectativas: un póster de “la cultura”.

El circuito turístico comenzaba en la ciudad de Alejandría, Egipto, en el año 1 después de Cristo. Allí unos doctores trabajaban con los rudimentos y conocimientos de la época; afuera la gente caminaba, hablaba, quizás en un pequeño mercado, o sólo en la calle, realzando el encuentro cara a cara como la forma que tomaba la vida pública en tanto espacio simbólico de interacción. Luego uno daba un salto de mil años y llegaba a España, a la ciudad de Córdoba, donde un maestro enseñaba el Corán a dos niños; a través de una puerta, se veía un patio con una fuente donde convergían varios pájaros. Por fin, tras otro salto de milenio y de continente, uno llegaba a Nueva York, en la costa este norteamericana. Allí una joven, frente a su computadora, hablaba por teléfono entre cajas de comida rápida y libros de Picasso. Había un cartel que decía “The future is now” (el futuro es ahora) y en los lomos de unos libros apilados en un estante se podía leer “España” y “Egipto”.

Era un buen guiño: todo lo anterior ya era historia.

Al observar la continuidad de las tres ciudades, al observar el relato sistematizado de la cultura a través de un juego de oposiciones y semejanzas, podía pensarse que antes de llegar al siglo XXI había que tomar un envión de casi un siglo y medio hacia el pasado, hasta el momento en que los intentos evolucionistas de sistematizar la vida cultural regían el ámbito académico e intelectual.

Pues esos lomos en la biblioteca de la muchacha neoyorquina también significaban, como observó el antropólogo Edward B. Tylor en La civilización primitiva, su libro de 1871, que “reiteradamente se presentan ante nosotros series de hechos que pueden disponerse coherentemente unos detrás de otros, en un orden concreto evolutivo, pero que resultan difíciles de invertir y hacerles seguir un orden contrario”. O como escribió el también antropólogo Lewis Morgan en La sociedad primitiva, su libro de 1877, el hombre “se halla al pie de la escala, pero, potencialmente, es todo lo que ha llegado a ser después”.

En el pico mayor de relativismo cultural de la historia occidental, que bien podría fecharse en 1999, su celebración tomaba la forma de su negación: la cultura como hechos encadenados coherentemente uno detrás de otro. La cultura, en el punto culmine de su dispersión y diversidad, volvía a ponerse las pesadas ropas de la evolución decimonónica: salvajismo, barbarie, civilización.

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miércoles 24 de marzo de 2010

Memoria

Una de las primeras cosas que debe aprehender (no sólo aprender, sino aprehender) un arqueólogo es la condición temporal de su profesión: la arqueología tiene que ver con el presente, no con el pasado. Los objetos con los que lidia el arqueólogo le son contemporáneos, están aquí y ahora, y lo que estudia es justamente el proceso al que ese objeto se vio sometido para llegar a su estado actual. El fin de estudio último son esos procesos, aunque uno deba valerse para ello de los objetos en que dichos procesos (naturales o culturales) dejaron sus marcas.

Algo parecido sucede con el pasado.

El pasado es algo que compete al presente. Por decirlo tontamente, el pasado no está en el pasado. El pasado ―al igual que los objetos que estudia la arqueología― está aquí y ahora. Al igual que están aquí y ahora la memoria, los recuerdos y la historia.

Aunque a veces se los vista con la misma ropa, son artefactos diferentes y muchas veces, muchísimas, incompatibles. La memoria y la historia no suelen llevarse bien. La ensayista Beatriz Sarlo escribió en su libro Tiempo pasado que la historia no siempre puede creerle a la memoria, y que la memoria desconfía de la historia porque ésta no siempre pone su centro en los derechos del recuerdo. Es decir: la historia frunce el ceño ante la mirada parcial de la memoria, la memoria frunce el ceño ante una historia que no tome como mirada legítima el recuerdo que la valida.

La memoria se impone, de manera externa y coercitiva. Esto está dicho en un sentido funcionalista, con la rotundez positivista de hace más de un siglo, con el significado que Emile Durkheim le daba en Las reglas del método sociológico a los hechos sociales y que bien puede parafrasearse: la memoria es toda manera de hacer, fijada o no, susceptible de ejercer una coacción exterior sobre el individuo; o bien, la memoria es general en la extensión de una sociedad dada, conservando una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales.

Los recuerdos están confeccionados de un material diferente. Aunque ambos sean artefactos del presente, podría decirse ―si se permiten los parteaguas maniqueos― que mientras que la memoria es una construcción colectiva fácilmente asimilable a algún macroconcepto sociohistórico (“el pueblo”, “los argentinos”, “la sociedad”), los recuerdos bien pueden leerse a través de un pasaje de El hombre rebelde, el ensayo de 1951 de Albert Camus:

"Ernst Dwinger, en su Siberian Diary, menciona a un teniente alemán ―durante años prisionero en un campo en donde el hambre y el frío eran casi insoportables― que se construyó un piano silencioso con teclas de madera. En la más abyecta miseria, permanentemente rodeado de un grupo de desarrapados, componía una extraña música audible sólo por él".

Los recuerdos son esa música silenciosa tocada en un piano con teclas de madera. Son artefactos que no hace falta asimilar a ningún macroconcepto, que brotan al caminar por determina calle, observar determinada fotografía, encontrarse con determinado color. De nuevo Sarlo: “Proponerse no recordar es como proponerse no percibir un olor, porque el recuerdo, como el olor, asalta, incluso cuando no es convocado. Llegado de no se sabe dónde, el recuerdo no permite que se lo desplace; por el contrario, obliga a una persecución, ya que nunca está completo”.

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lunes 22 de marzo de 2010

Hablando de poesía con el recaudador de impuestos

Odio a la AFIP. Odio profundamente a la AFIP. Odio lo que representa, odio su descaro, odio su funcionamiento cotidiano, odio a sus burócratas pelmazos murmurando a medias tintas cuando uno hace una pregunta que seguramente tiene una respuesta clara. Odio a la AFIP porque algún día, un segundo antes de que cese mi existencia como organismo biológico, veré pasar mi vida como en una película y allí estaré, sentado en las oficinas de la AFIP, con el número 8467 en la mano, observando cómo la pantalla anuncia que recién están llamando al número 2773. Habré desperdiciado semanas, meses, años, sentado en las sillas de espera de la AFIP, aguardando a que un burócrata me indique que debo caminar por el pasillo, doblar a la derecha, sacar número en el tercer mostrador, sentarme y esperar a que me llamen.

―¿Qué ha hecho de su vida? ―preguntará San Pedro, en las puertas del Cielo.

―Eh... bueno, hice colas en la AFIP, para que el fisco engrosara sus arcas y para que la sociedad se mantuviera a flote gracias a mi sudor y mi sangre.

―No es suficiente ―dirá San Pedro―. Vaya a la sección Purgatorio. Saque número y espere. En una eternidad, o dos, lo llamarán por su número desde el mostrador.

Odio a la AFIP porque cada vez que debo hacer un trámite absurdo recuerdo que estoy solo, que no tengo ninguna protección laboral, que cualquier escudo corporativo que uno pueda exhibir es mero cartón pintado, que apenas es un nombre en una nómina de pago y una dirección de correo electrónico, que si te vieron no se acuerdan, que si uno tiene algún problema debe arreglárselas por su cuenta.

Hay una categoría para mí, y para millones de personas como yo, parida no en las oficinas tributarias sino en las escuelas de sociología y economía de la época reaganiana: soy un postrabajador y vivo en el mundo del postrabajo.

En términos laborales hay algo peor que sentirte explotado: sentirte totalmente abandonado.

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viernes 19 de marzo de 2010

Necesitamos menos poetas y más boinas

No intentaré debatir asuntos que ya no vale la pena intentar debatir en los términos en que están planteados. Tarde o temprano ―y espero que sea más temprano que tarde, así tengo la posibilidad de disfrutarlo en mi tiempo de vida―, los soportes de lectura digitales serán moneda corriente. Los llevaremos en nuestras mochilas y nuestros bolsitos de Jack Bauer; les insertaremos memorias digitales con millares de volúmenes y eso no ocupará mayor espacio físico ―ni tendrá mayor peso― que el de un cuaderno Rivadavia. No serán sólo los poetas quienes puedan salir con sus boinas a escribir en las plazas y los cafés. También nosotros, los desclasados de la escritura, saldremos a comprar boinas.

Porque sí: necesitamos menos poetas y más boinas.

Los libros de papel y pegamento seguirán existiendo, al igual que siguen existiendo los relojes de pulsera aunque tengamos teléfonos celulares que dan la hora con igual precisión. Seguirán existiendo porque son objetos prácticos, hermosos, ornamentales, óptimos en términos de almacenaje y distribución de información... aunque difíciles de trasladar en grandes cantidades.

Es por eso que la mayor parte de las defensas públicas del libro de papel y pegamento, y los mayores improperios gratuitos al soporte digital de lectura, provienen de escritores, narradores y poetas, y de acérrimos lectores de escritores, narradores y poetas. El libro de papel y pegamento es maravilloso si usted sólo quiere leer un texto a la vez, quizás dos, o tres. ¿Pero cuántos libros entran en su mochila? ¿Y en su bolsito de Jack Bauer? ¿Cinco? ¿Seis?

Mi sospecha es que los escritores y sus lectores se rasgan las vestiduras por mera pereza intelectual: porque la rutina es el hábito de renunciar a pensar, como escribió José Ingenieros y como puede leerse en una pared de la calle Estados Unidos, en San Telmo. Suponen que son los únicos que escriben, unos, y los únicos que leen, los otros. Suponen que “escritura” se reduce a escribir cuentos, novelas y poesías, y que “lectura” se reduce a tirarse en la cama, el sillón o el banco de plaza a leer esos cuentos, novelas y poesías. Es una imagen bucólica y sesgada: ay, el libro digital no tiene olores.

Bueno, el libro de papel y pegamento no tiene buscador de términos, y no me ven quejándome y pataleando.

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miércoles 17 de marzo de 2010

La posibilidad de una isla: el libro de John Locke

Saltar de la televisión al libro no es ninguna anomalía cultural. Actores, conductores, periodistas, presentadores, humoristas, figurones y pajarones, muchos de ellos aprovechan el trampolín televisivo para lanzarse en las sucias aguas del mundo editorial. Lo de veras interesante sucede cuando aquellos que dan el salto son personajes de programas de ficción. No digo al estilo "La filosofía de House: Todos mienten", el libro de 2009 compilado por William Irwin y Henry Jacoby, donde un grupo de filósofos analiza la serie House M.D. (2004) valiéndose de Sócrates, Sartre o Nietzsche. Digo, más bien, cuando los personajes de las ficciones televisivas escriben libros.

Está claro que no son los personajes quienes los escriben, sino escritores que hablan en su nombre y se imaginan qué diría o haría tal personaje ante tal situación. Pero, en términos prácticos, tendemos a aceptar que tal personaje escribió tal libro. A fin de cuentas, sería más interesante un libro escrito por Gregory House y no por sus exégetas filosóficos.

Pensaba en esto, la otra tarde, cuando me encontré en una librería de viejos con un volumen escrito por John Locke, el pelado en silla de ruedas de la serie Lost (2004). No sabía que había un libro firmado por Locke. Estaba de oferta y lo compré. No lo leí completo, sólo miré por encima las primeras páginas. El tono críptico resultó decepcionante. Ninguna mención a Hugo, Sawyer, Jack, Kate, Ben o mi preferida, la Dra. Juliet Burke. Tampoco hace referencia a la iniciativa Dharma, ni a los osos polares. Tal vez lo haga más adelante, pero por ahora viene aburrido.

"Ensayo sobre el gobierno civil", se llama el libro de Locke.

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lunes 15 de marzo de 2010

El problema de las imitaciones: la taza de café

Puede que se trate de una reacción universal, común a todo tipo de personas de todo tipo de ambientes y de todo tipo de sociedades. Puede que no, también. Si me apuran desprevenido, arriesgaría que se trata de una conducta típica de hombres de países o regiones con tradición futbolera, que ya desde pequeños aprenden a patear objetos y se pasan buena parte de sus vidas en situación manifiesta o potencial de seguir haciéndolo. Pero puedo estar equivocado.

Digo esto en relación a una práctica recurrente: poner el pie cuando un objeto se precipita hacia el suelo.

El propósito, se entiende, es aminorar el golpe y evitar que el objeto en cuestión se rompa o dañe. Por ejemplo, cuando a uno se le caen torpemente el control remoto o el teléfono celular. Sin embargo, esto se repite con otros objetos. Objetos pesados o cortantes, como martillos, cuchillos, tenedores, tarros de mermelada o lo que se imaginen. Si a uno se le cae ―no sé― un hacha, debería correr su pie lo más pronto posible; sin embargo, va y hace lo opuesto: pone el piecito, a fin de preservar el hacha, o el parquet, o quien sabe qué.

Pensaba en esto la otra mañana, cuando mi taza ―por suerte vacía― se precipitó hacia un destino de rotura y fue salvada por la rápida intervención de mi habilidoso pie derecho, al cual, por algún motivo inexplicable, las grandes ligas del fútbol internacional siguen ignorando. La taza frenó la caída sobre la parte superior de la zapatilla y luego rodó mansa hacia la salvación. Ningún daño que lamentar, apenas un minúsculo rayón.

El incidente hizo que pusiera atención en la taza (cuando digo “taza” digo “taza de café”, probablemente el objeto más importante y constante de mi vida cotidiana). ¿Qué pasaba si se rompía? Probablemente no mucho. Es una linda taza, pero nada difícil de reemplazar: el mismo modelo se consigue en cualquier tienda de vajillas por menos de diez pesos. Mismo estampado, mismos colores, misma forma. No sería la misma taza, pero se le parecería lo suficiente como para que al tercer o cuarto día ya no pudiese notarse ―o recordarse― la diferencia.

La taza anterior, pasada a retiro hace ya varios años, era diferente. En principio, en términos de tamaño: más que taza de café parecía un tazón sopero. Tenía varios dibujos e inscripciones: el rostro apócrifo de Vlad El Empalador; sangre chorreando de los bordes; por dentro, una inscripción advertía que era sólo para beber sangre; por fuera se leía “Dracula” y “Romania”, y hasta traía la receta para preparar un auténtico cóctel transilvano: 50 ml de sangre tipo AB, 30 tipo A, 20 tipo 0, hielo y limón.

Aunque la taza de Drácula no se rompió, una mudanza la resquebrajó lo suficiente como para que cualquier líquido vertido en su interior amenace con convertirla en polvo (por eso de las ironías vampíricas). El problema es que esta taza ―parte de la oferta de merchandise turístico que rodea el Castillo de Bran, cerca de la ciudad de Braşov, en la región rumana de Transilvania― es más difícil de reemplazar que mi actual taza, que consigo en la tienda de la esquina y sin mucho esfuerzo.

Ahora bien: aún cuando fuera posible, ¿sería deseable sustituir cada uno de los objetos que se nos rompen, extravían o desgastan por otros lo suficientemente similares como para hacernos olvidar la sustitución? ¿Sería deseable sustituir la taza actual, o la taza de Drácula, por otras que se les parecen, por otras que salieron de la misma cadena de montaje?

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viernes 12 de marzo de 2010

Ni pintoresquismo ni villa miseria: regla y compás

A veces es difícil afirmarlo, cuando se curiosea en los escaparates de las tiendas, cuando se viaja en tren subterráneo, cuando se camina con la vista hacia el cielo, mirando los rascacielos, o con la vista hacia el suelo, para esquivar los cagos de perro. Pero basta con dar un paso hacia atrás, observar el gran cuadro, y se lo notará con claridad: las ciudades son “ciudades de”.

Hay ciudades de montaña, ciudades de mar, ciudades de río, ciudades de desierto, ciudades de serranía, ciudades de volcanes, ciudades de selvas o ciudades de arroyos, entre otras tantas “ciudades de”. Buenos Aires es una ciudad de llanura. En general se lo pierde de vista, entre tantos escaparates de tiendas, trenes subterráneos, rascacielos y cagos de perro. No obstante, lo es. A la vez que la llanura penetra en la ciudad, la ciudad penetra en la llanura. Y esto es más que una expresión ingeniosa embellecida por el golpe de efecto de las tautologías. Es, de alguna manera, una condición estética, identitaria y política.

Según lo que se le exige en términos de alteridad, Buenos Aires no es una ciudad pintoresca. No es atractiva, como pueden serlo otras ciudades latinoamericanas que tuvieron grandes construcciones virreinales barrocas, o importantes artes mestizas, e incluso un pasado prehispánico que reinventar. Pocas definiciones de Buenos Aires son tan certeras como la de Katherine Sophie Dreier, artista y mecenas norteamericana vinculada con el ambiente dadá y surrealista, que visitó la ciudad en 1918: “Sólo calles, calles, calles”.

Había escuchado hablar de “la París del sur”, pero no se impresionó. Al igual que su amigo Marcel Duchamp, campeón del ready-made y lo suficientemente iluminado como para convertir un mingitorio en una de las obras de arte más importantes del siglo XX, encontró que Buenos Aires era una aldea provinciana, aburrida, monótona, construida según una repetición al infinito del damero colonial: la grilla ortogonal, calles, calles y más calles.

Escribió Dreier:

"Buenos Aires me recuerda constantemente a Brooklyn. Tiene sólo una pequeña zona divertida e interesante, y el resto consiste en una infinita perspectiva de calles. Algunas bien pavimentadas, otras mal, pero sólo calles, calles, calles".


En cierta manera no se trataba de ninguna anomalía cultural, ni histórica, ni urbanística. Santo Domingo de Guzmán, capital de República Dominicana, fundada en 1496 por Bartolomé Colón, “primera ciudad del Nuevo Mundo”, sentenció, en más de un sentido, el destino de todas las demás ciudades americanas. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en Sumario de la natural historia de las indias, publicado en 1526, la describió como superior a Barcelona y a cualquier otra ciudad europea. Había una razón: el perfecto trazado rectilíneo de sus calles.

“Como se ha fundado en nuestros tiempos ―escribió Oviedo―, fue trazada con regla y compás, y a una medida las calles todas”.

Eso la hacía superior: la regla y el compás garantizaban el orden.

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miércoles 10 de marzo de 2010

La vida con mayúsculas

―¡Mirá! ¡Rápido! ¿Está ahí? ¿Lo ves?

Apoyé el dedo índice sobre el vidrio de la ventanilla, en dirección al puñado de vacas que pastaban bajo el cielo brillante de la mañana bonaerense. Mi amiga CW se quitó los auriculares y sonrió.

―¿Dónde?

―Ahí. Las vacas.

―A ver... No. No lo veo.

―¿Estás segura? La más gorda se parece, tiene cierto aire...

No respondió, pero seguía sonriendo. El micro de La Lujanera devoraba la ruta 7, mientras CW, inmersa en Electrodinámica cuántica de Richard Feynman, oía Portishead en su walkman amarillo patito y yo buscaba a Dios entre las vacas de los campos linderos al camino. Cansadora tarea ésa de buscar a Dios.

La espalda se me partía a causa del mal sueño. Había pasado la noche en la bolsa de dormir, junto a la cama de CW. Solía quejarme de que siempre me tocara la bolsa y nunca se dignara en prepararme un catre o al menos un colchoncito respetable.

―¿Qué soy? ¿Tu mascotita? ¿El perrito Fido que duerme acurrucado en tu alfombra?

En realidad no me molestaba, pero era divertido protestar y pasar por víctima. Éramos jóvenes y nerds y punks, vivíamos entre fanzines hardcore en fotocopias y sótanos llenos de chicos que iban a cambiar el mundo con una canción, sabíamos tanto de sistemas no lineales y fractales como del paseo por ebriedad-y-vagancia que seguía el documentos-contra-la-pared; lo mismo daba dormir en un banco de estación, en una bolsa de campaña, en la Biblioteca del Congreso, en el 79 camino a Balcarce y Alsina para agarrar el primer 244 ramal 4. Cuando uno es joven, ni siquiera se imagina esos extraños dolores que con los años irán apoderándose de su espalda, de sus rodillas, de su cintura, de su nuca. Hoy, que cumplo 35, sonrío al releer a Douglas Coupland: “Mi cuerpo envejece, adquiere colores extraños, se niega a obedecer órdenes, cada vez pertenece menos al yo que recuerdo haber sido”. Algo así.

Y éramos jóvenes y nerds y punks, sí, pero el mejor momento de la noche llegaba cuando había transcurrido cierto tiempo desde que apagábamos la luz y dejábamos de hablar pelotudeces. Entonces CW se levantaba despacito y me arropaba con una colcha de lana que había tejido cuando niña. Según creía, evitaba las pesadillas, las phantasticae illusiones. Ella no sabía que yo permanecía despierto, haciéndome el dormido hasta que me cubría con su colcha encantada.

Quizás eran algunos de los mejores momentos de nuestras vidas, de nuestras vidas con mayúsculas, y ni siquiera lo sabíamos. O como también escribió Coupland:

“Creo que había una contrapartida en alguna parte. El precio que pagábamos por nuestra vida dorada era la incapacidad para creer del todo en el amor; en su lugar teníamos una ironía que afectaba a todo lo que tocaba. Y ahora me pregunto si esa ironía era el precio que pagábamos por la pérdida de Dios”.

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lunes 8 de marzo de 2010

Ninjas lustrabotas paceños

Hay que verlos. No a los lustrabotas, sino a quienes los observan por primera vez. Se les quedan mirando a la distancia, desconfiados. Nadie podría culparlos por el súbito sobresalto. No es etnocentrismo; es simple semiótica.

En la ciudad de La Paz, sede ejecutiva del Estado Plurinacional de Bolivia, los lustrabotas van encapuchados. La tradición cultural occidental contemporánea es implacable en ese sentido: los pasamontañas, además de proteger del frío, suelen relacionarse con terroristas, paramilitares, asaltantes, guerrillas, ninjas, fuerzas de asalto o grupos tácticos especiales. Un rostro cubierto es índice de alguna actividad que alguien podría encontrar punible. En cualquier aspecto: sea el ladrón de bancos que no quiere ser reconocido por las cámaras de seguridad, sea el agente antinarcóticos que teme las represalias de los hampones que está arrestando.

En la década de 1990, el epítome del pasamontañas fue el Subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, primer gran revolucionario globalizado, figura confeccionada con retazos de personajes históricos, discursos, símbolos y mojones culturales (no se podía mirar al Subcomandante Marcos sin pensar en Superbarrio Gómez).

En Argentina, el pasamontañas urbano se relaciona con el piquetero, y también todo aquello que se echan encima los lustrabotas paceños: gorrita con visera bajo el pasamontañas, guantes sin dedos, chaleco militar, buzo con capucha, algún objeto contundente en la mano. Los piqueteros argentinos suelen tener un fierro o un palo; los lustrabotas paceños, su caja de lustrado (se dirá que no es un “objeto contundente”, expresión típica de comentarista deportivo, pero sin dudas provocaría chichones tan contundentes como un fierro o un palo).

Lo cierto es que, si se pierde de vista la caja de lustrado, un tipo con pasamontañas y ropa militar que camina directo hacia uno, haciendo señas bruscas y señalando algo en tus pies, podría provocar un sobresalto si se desconocen sus intenciones.

De nuevo: es simple semiótica.

La mayoría de los lustrabotas paceños bajan desde El Alto, ese conglomerado suburbano monstruoso que vigila a La Paz desde los cielos. En unos pocos años se convirtió en el mayor del país, con un millón de habitantes según fuentes informales y 827.239 habitantes según el censo de 2006; la mayor parte de los migrantes del interior que llegan a la gran ciudad se quedan allí. El Alto fue también el principal escenario de la "guerra del gas" de 2003, que dejó unos 70 muertos y condujo a la renuncia del Presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.

La lustrada cuesta un boliviano, menos de 15 centavos de dólar. En un buen día hacen unas 25 lustradas, tres dólares y medio. El salario mínimo en Bolivia es de unos 63 dólares mensuales, según el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA). El promedio salarial está en 600 o 700 bolivianos mensuales, unos 85 o 100 dólares. Entre los empleos urbanos y suburbanos, el de lustrabotas se cuenta entre los peores pagos.

De ahí, dicen, el pasamontañas.

La primera explicación que ensayan los lustrabotas acerca del rostro cubierto es que les permite protegerse del polvo y del sol. La segunda explicación es que deben proteger su identidad para evitar ser discriminados. Dicen que muchos de ellos son estudiantes secundarios o universitarios (esto deja afuera a los millares de nenes que salen con la caja de lustrar y el rostro cubierto, sobre todo en las calles de El Alto: “Ninjas lustrabotas”, los llaman); que si son reconocidos como lustrabotas serán objeto de escarnios y persecuciones. Que se avergüenzan de su trabajo y de ahí que prefieren ocultar su identidad.

No extraña, pues, que cada dos por tres pueda verse a algún pichón de científico social o de periodista merodeando alrededor de los lustrabotas, haciendo preguntas incisivas del tipo: “¿Te sientes discriminado, amigo?”. Y concluyendo que sí, que los lustrabotas paceños se tapan el rostro para no ser discriminados (dicen los pichones de científicos sociales) y porque se avergüenzan de su trabajo (dicen los pichones de periodistas).

Pero, en todo caso, también podría decirse otra cosa.

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domingo 7 de marzo de 2010

Fotografía Nº 1037505883

(Foto: M. Pisarro)

viernes 5 de marzo de 2010

Dale un cerebro al mono y elegirá el combo tres

El biólogo Charles Darwin estaría de acuerdo en que la comida rápida es un gran invento, al menos en términos de quién se ajusta mejor al cambio y pasa a la próxima ronda de la selección natural. Vivimos en una sociedad que de manera abierta o subrepticia nos enseña que una hamburguesa es la mejor opción ―o la menos mala, o la única frente a la inanición― para el empleado, estudiante o profesional ajetreado. En cinco minutos, máximo diez, se puede almorzar y salir corriendo al próximo compromiso. Cuando ni siquiera sobran cinco minutos, habrá que considerar, como almuerzo decente, un super-pancho de parado en el subterráneo. Podría ser peor.

En la ciudad de Buenos Aires, la venta callejera de alimentos calientes está reducida prácticamente a esas dos opciones (aunque agregaría, y hasta recomendaría, algún shawarma de la calle Lavalle; otra opción es irse hasta la Costanera sur en busca de una bondiolita al limón). La díada hamburguesa-pancho colonizó territorio, se injertó en lo más profundo del tejido social, mientras que otras formas locales de comida callejera desaparecieron o fueron empujadas hacia las orillas.

La comida callejera de Buenos Aires corrió una suerte extraña y siempre es fácil lamentarse por la pérdida de algún “estado natural” de la oferta alimenticia porteña (volviendo a Jean-Jacques Rousseau por última vez). Las opciones formales de las calles de la ciudad se han reducido de manera considerable; las opciones informales, por su parte, tuvieron vaivenes que la llevaron hacia los márgenes o más allá de los márgenes.

Sin contar los puestos de panchos y algún otro engendro estacional, a duras penas se mantienen los vendedores de pochoclo y garrapiñadas. En ocasiones la oferta incluye maní con cáscara, pirulines y copos de nieve, aunque estos productos parecen restringidos a los espacios verdes. Los barquilleros están confinados a las playas veraniegas, la pizza de cancha desapareció incluso de los domingos futboleros, ¿y quién ha probado lupines en los últimos años sin tener que irse hasta el Tigre?

Hace cincuenta años era más común encontrarse con vendedores de productos comestibles frescos deambulando por la ciudad, pero las reglas de higiene implementadas en la década de 1960 prohibieron la comercialización de animales vivos y de leche sin pasteurizar, además de los carros tirados a caballo que solían transportar éstos y otros productos (aunque se los sigan viendo aquí y allá).

A estas normas, por otro lado inobjetables, se sumó un fuerte desarrollo cuentapropista y el resultado fue la extinción de varias especies de vendedores ambulantes: lecheros, hieleros, ricoteros, verduleros, pescaderos, panaderos, turroneros, heladeros, polleros, hueveros, gallineros y demás personas sencillas.

No es que uno fuera a comerse una gallina cruda entre los trámites del banco y la vuelta a la oficina, pero las normas que regulaban aquello que se vendía en la calle se volvieron más estrictas. En 1996, cuando caducaron los últimos permisos, la venta ambulante de comida quedó prohibida. Junto al oficio ambulante tradicional desapareció la posibilidad de nuevas iniciativas.

La posibilidad reglamentada, por así decirlo, pues de buscavidas está hecha esta ciudad.

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jueves 4 de marzo de 2010

Fotografía Nº 1037505155

(Foto: M. Pisarro)

miércoles 3 de marzo de 2010

Dale un cerebro al mono y elegirá el combo dos

Hace un tiempo veía por televisión una entrevista con un representante de la filial argentina de Slow Food. El hombre tenía tal arrogancia que daban ganas de hacer la gran Elvis Presley: sacar el revólver y pegarle un tiro al televisor.

Decía el hombre que estaban en vísperas de entregar el Premio Slow Food a la defensa de la biodiversidad, reconocimiento ―explicó― que se concede a “personas sencillas”: “campesinos, pequeños artesanos, pastores, pescadores”.

Quería decir que él no es una “persona sencilla”, y que Slow Food no está formado por “personas sencillas”. El antónimo de “personas sencillas” no es, aquí, “personas complejas” o “personas complicadas”, sino “personas sofisticadas” o “personas educadas” (los términos aparecieron varias veces durante la entrevista).

El premio debía entenderse como un gesto de nobleza obliga: reconocer la encomiable labor de los nobles salvajes (por seguir con Jean-Jacques Rousseau) que intentan mantenerse por fuera de la industrialización gastronómica. Las “personas sencillas” están redimidas de los efectos del progreso y la industrialización, son una suerte de bálsamo de una humanidad más natural o más auténtica, un museo viviente de lo que el mundo fue hace mucho. Las personas sencillas pertenecen a comunidades que no han tenido progreso ni evolución, que se han mantenido impertérritas a través del tiempo.

Personas ―diría Eric Wolf― de comunidades sin historia.

Slow Food es una organización internacional que se formó en 1986 en Italia y que, según su sitio de Internet, agrupa a más de 100.000 personas en 132 países de los cinco continentes. Su logo es un caracol y su impulsor un tal Carlo Petrini, a quien a veces presentan como periodista y otras veces como biólogo.

“Slow Food es el eslabón entre ética y placer. En una palabra: eco-gastronomía. Slow Food exalta la diferencia de sabores, la producción alimentaria artesanal, la pequeña agricultura, técnicas de pesca y de ganadería sostenibles. Slow Food restituye dignidad cultural a la comida, promueve la educación del gusto y se bate por la defensa de la biodiversidad. Salvar una raza o una especie vegetal en vías de extinción, significa preservar un ambiente, recuperar una receta, regalar un placer al paladar si éste está suficientemente educado para apreciarlo”.

La presentación institucional confirma cualquier sospecha. En cuanto los BoBos (burgueses y bohemios, según la definición del periodista David Brooks) crecen y se cansan de regalarle dinero a Greenpeace, se adhieren a Slow Food y contribuyen a restituir la dignidad cultural de la comida y promover la educación del gusto y regalarle placeres al paladar y galardonar a las personas sencillas y batirse por la biodiversidad y... Ya está bien, dejémoslo.

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lunes 1 de marzo de 2010

Dale un cerebro al mono y elegirá el combo uno

Los museos son lugares vulgares, no importa que por lo general se disfracen de lo contrario. Son sitios donde el arte se momifica, donde el conocimiento se vuelve una caricatura plana. En los museos todo permanece estático, muerto, usurpado de su contexto de significación más pertinente. “No me gustan demasiado los museos. Hay algunos admirables, pero ninguno es delicioso. Las ideas de clasificación, de conservación y de utilidad pública, que son justas y claras, tienen poco que ver con las delicias ―afirmó el escritor Paul Valéry en 1923, retomado hace poco por el semiólogo Umberto Eco―. Ante mí se desarrolla en el silencio un extraño desorden organizado. Soy preso de un horror sagrado. Mi paso se torna religioso. Mi voz cambia, se vuelve un poco más alta que si estuviera en la iglesia, pero menos fuerte de lo que acostumbra a ser en la vida. Al poco rato ya no sé qué he venido a hacer en estas soledades enceradas, que recuerdan el templo y el salón, el cementerio y la escuela”.

El filósofo alemán Walter Benjamin escribió que las personas que visitan pinacotecas no pueden disimular su decepción cuando descubren que allí sólo hay cuadros colgados. Esa misma mal disimulada decepción tenía un hombre frente al desorden organizado del Museo Ernesto Bachmann, en El Chocón, provincia de Neuquén: diablos, aquí sólo hay huesos colgados.

Estaba junto a su pequeño hijo frente a los restos del Giganotosaurus Carolini, “el carnívoro más grande del mundo”, y el chico quiso saber quién había cazado semejante dinosaurio. El hombre le respondió que algún cavernícola, un hombre prehistórico. Acto seguido, se dio la vuelta y le guiñó el ojo al resto de los asistentes. El guiño quería decir que todas esas películas donde se enfrentaban cavernícolas y dinosaurios que solían pasar en Sábados de Superacción (el ciclo de matinée del viejo Canal 11 que hizo feliz a toda una generación de nerds) eran un engaño, que los hombres no habían tenido la chance de cazar dinosaurios. Que Sábados de Superacción nos había mentido.

Pero el guiño también revelaba una posibilidad truncada: de haber tenido la oportunidad, de haberse topado frente a frente, un cavernícola habría derrotado a un dinosaurio sin mayores inconvenientes.

La distancia entre hombres y dinosaurios es de unos cien millones de años; los dinosaurios se extinguieron en el Mesozoico y los primeros homínidos aparecieron en el Cenozoico. El problema con el guiño del señor no estaba en suponer que un “cavernícola” pudo haber cazado un dinosaurio, sino en dar por sentado que pudo haber cazado algo en lo absoluto.

Los primeros hombres no eran enormes predadores que andaban por las sabanas africanas, garrote en mano, desfilando las pieles de las bestias salvajes que atrapaban gracias a sus cuerpos musculosos. Para nada. Los primeros hombres eran unos monitos enclenques que a duras penas se mantenían en pie y que hacían lo único que podían para sobrevivir: carroñar.

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