sábado 30 de enero de 2010

Noche

Cae la noche en la Plaza de Armas de Cusco, Perú. (Foto: M. Pisarro)

viernes 29 de enero de 2010

Las tres instancias de la otredad (2)

―¡Jelou, jelou!

El turista sacudía los brazos. Más atrás, la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. El cielo encapotado, había llovido mucho y llovería todavía mucho más. La Plazuela de las Nazarenas, en la ciudad peruana de Cusco, estaba desierta y no podía seguir haciéndome el distraído. Tenía que aceptar la interpelación, sumarme a la interacción y volverme partícipe de la primera instancia de la otredad: ser aquél que fotografiara al turista junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas.

―¡Jelou, jelou!

Me detuve, lo miré y ensayé cierto leve cabezazo al aire combinado con un arqueo de cejas: ¿qué?

―Can iu plisss teik mi a pictchuurrr güit de…?

Hizo un ademán hacia la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Asentí. La clave reside en quedarse con la boca cerrada. Si no hablás, nadie sabrá de dónde sos, qué idioma conocés, qué estás haciendo ahí. Alcanzan los gestos. Si hablás, se corre el riesgo de seguir hablando.

―Du iu spik espanish?

Ufa. El tipo tenía una cara de argentino-en-busca-de-charla que se le caía al piso. Negué con la cabeza. Dios salve a mi fenotipo soviético.

El tipo se sentó junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Tomé tres fotografías. Le devolví la cámara.

―Du iu uant...?

Completó la expresión con gestos: ¿Querés que te saque una foto junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas?

Negué. Levanté levemente la mano a modo de saludo y salí en busca de mi libro de Garcilaso de la Vega y el posterior choclo. El lenguaje corporal es fabuloso.

―¡Zenkiu veri mach! ―gritó a lo lejos el turista latoso.

Esta es la primera instancia de la otredad: reconocer que el otro es diferente y que esa diferencia tiene un valor de mercado, pero hacer, de esa diferencia y de ese valor en el mercado, un hecho equivalente e indisoluble.

Mercancía y diferencia son un mismo artefacto: la chola y el acto de fotografiarla por ser chola forman parte de una misma operación cognoscitiva.


La ciudad de Cusco, “ombligo del mundo”, alguna vez capital del mayor imperio conquistador latinoamericano, es en la actualidad el centro de un enorme circuito turístico sostenido por palabras como “inca”, “patrimonio”, “ruinas”, “arqueología” y “precolombino”. Meca obligada de los recorridos turísticos de la “cultura andina”, su bello y cuidado casco histórico es visitado diariamente por millares de viajeros buscando esa primera instancia de la otredad: un “otro” exótico que fotografiar y cuya imagen llevarse como suvenir. Un “otro” exótico fácil de apropiar. Mejor todavía: institucionalmente fácil de apropiar.

Todos parecen tener algo que ofrecer al turista (artesanías, bebidas, cuadros, ropas, comidas, alojamiento, masajes, excursiones, cambio de divisas), e incluso aquellos que podrían no tener nada para ofrecer, ofrecen su misma otredad: la imagen de esa otredad.

―¡Teik mi a pikchur, míster!

Quienes ofrecen ser fotografiadas son mujeres y niñas, enfatizando cada elemento asumido como propio de su “cholitud”: el peinado, la ropa, los accesorios, los animales. Algunas están mejor producidas que otras, y sin dudas las niñas pequeñas (“ay, qué bonitas”) y las llamas bebé (“ay, qué bonitas”) suman muchos puntos. Se negocia un precio, y entonces el turista puede disponer de la imagen de esas personas (en fin, puede disponer de esas personas) a su gusto: puede pedirles que se paren así y asá, que miren hacia la fuente o hacia la catedral o hacia el cielo o hacia el suelo, puede ponerse entre ellas y todos exclamarán: ¡whisky!

La otredad está institucionalmente al alcance de la mano.

#TEXTO COMPLETO

jueves 28 de enero de 2010

Fotógrafos

Fotógrafos, a la antigua, en Cusco, Perú. (Foto: M. Pisarro)

miércoles 27 de enero de 2010

Músico cusqueño

Músico en la Plaza de Armas de Cusco, Perú. (Foto: M. Pisarro)

martes 26 de enero de 2010

Las tres instancias de la otredad (1)

Hacía bien el filósofo francés Michel de Certeau cuando apelaba a la analogía de las calles y los textos. Las calles y los textos proponen ciertos recorridos, ciertas lecturas, ciertos trayectos. Pero uno puede seguirlos de diferentes maneras, o no seguirlos, o inventarse otros nuevos. Por ejemplo, en lugar de comenzar a leer el periódico por la primera página, puede ir directamente a la sección de espectáculos, a los resultados de las carreras hípicas, a la columna de opinión de tal y cual celebridad de las letras. Puede subrayar las partes que le interesan, completar el crucigrama, dibujar dientes negros en los rostros de las fotografías o ―como el Jefe de Gabinete Aníbal Fernández dijo acerca del diario Clarín― emplearlo para envolver huevos.

También con los recorridos por la ciudad sucede algo parecido: se puede dar una vuelta en una esquina o en otra, detenerse a mirar vidrieras, sentarse en un bar, seguirle los pasos a una chica linda que pasea un perro o simplemente ser guiado por una suma azarosa de desvíos. La palabra clave es “desvío” y del desvío, como de tantas otras cosas, a veces hay que volver.

Existen desvíos en la lectura y en los paseos, aunque también existen desvíos en la escritura. Por ejemplo, el ensayista Aníbal Ford abusaba a diestra y siniestra de esos desvíos, y lo hacía de manera explícita: abría un paréntesis, escribía “desvío”, ponía dos puntos y se salía del argumento principal a gusto. Luego volvía. El texto se enriquecía, el desvío llevaba a algún lugar.

Pues bien, estaba diciendo que la otra mañana estaba aburrido, que me dispuse a inventarme una obligación para salir vagabundear por las calles del Cusco, en Perú, y de pronto comencé a hablar sobre choclos.

El choclo era sólo un desvío.

Lo importante era lo que sucedió antes del choclo, antes de cumplir con la obligación inventada, antes de abrir un paréntesis, explicitar el desvío y poner dos puntos.

(Desvío: choclo)

De vuelta al trayecto.


Era temprano. Poca gente por la calle. Aunque no llovía, el cielo estaba encapotado y se anunciaban más tormentas. Caminaba hacia la Plazoleta Espinar, donde está montada la feria de libros, en busca de un tomo del Inca Garcilaso de la Vega. Bajé por Siete Angelitos y tomé el pasaje Siete Culebras, que desemboca en la Plazuela de Las Nazarenas. Esta plazoleta se encuentra flanqueada por el Museo de Arte Precolombino, la capilla de San Antonio de Abad y la casa de Jerónimo Luis de Cabrera, adelantado español y fundador de la ciudad argentina de Córdoba en 1573.

Fue entonces cuando los vi.

Estaban la chola, estaban las cholitas, estaban las llamas, estaban las llamitas y estaba el turista mirando en derredor para que alguien le tomara una fotografía.

Seguí caminando, la vista clavada en el suelo. El turista (un tipo de unos treinta y pico de años) empezó a chistar y a mover los brazos. Seguí caminando.

―¡Jelou, jelou!

Seguí caminando, simulando que estaba enfrascado en mis propios asuntos o concentrado en un objeto invisible que avanzaba por las baldosas un paso delante de mí.

―¡Jelou, jelou!

Pero la plazoleta es plazoleta, breve, y no había nadie más. Imposible ignorarlo durante mucho más tiempo.

―¡Jelou, jelou!

Bien, hora de un desvío.

#TEXTO COMPLETO

lunes 25 de enero de 2010

Calles cusqueñas

En las calles de Cusco, en Perú, en el ombligo del mundo. (Foto: M. Pisarro)

Calles cusqueñas

En las calles de Cusco, en Perú, en el ombligo del mundo. (Foto: M. Pisarro)

domingo 24 de enero de 2010

Mercado de Cusco


Una señora vende choclos en el Mercado Central de Cusco, Perú. (Fotos: M. Pisarro)

Mercado de Cusco


Una señora vende choclos en el Mercado Central de Cusco, Perú. (Fotos: M. Pisarro)

sábado 23 de enero de 2010

Los choclos del Mercado Central de Cusco

En la mañana estaba aburrido y no tenía ganas de trabajar. Decidí inventarme una obligación para salir a vagabundear y, luego, premiarme por haber completado exitosamente dicha obligación inventada. La obligación sería hacerme de una bellísima edición de Comentarios reales de los incas, el libro de 1609 del escritor e historiador hispanoperuano Inca Garcilaso de la Vega, que había visto la otra tarde en la feria de libros que está montada en la Plazoleta Espinar, frente a la Iglesia de La Merced (del siglo XVI, la destruyó el terremoto de 1650, reabrió sus puertas veinticinco años más tarde), a metros de la Plaza de Armas, en el casco céntrico de la ciudad peruana de Cusco. Como premio por conseguir el libro (con todo lo que eso supone: buscarlo, encontrarlo, negociar, regatear), compraría un choclo en el Mercado Central y me sentaría a engullirlo frente a la Iglesia San Pedro, también de mediados del siglo XVII.

Pocas cosas hay tan gratificantes en la vida como un choclo bien hecho. En el Mercado de San Pedro, que es un galpón enorme cercano a la estación de trenes y rodeado de ferias un poco más orilleras, una señora los prepara y sirve como debe ser preparado y servido un buen choclo: apenas condimentado con un poco de sal, todavía tibio, todavía chorreando el caldo, servido con la misma chala (la hoja del choclo) que hace las veces de servilleta o agarraderas. Nada más. Ningún agregado gourmet, cool, veraniego, étnico. Ningún toque maricón, como una hojita de rúcula o un pendorchito de salsa golf. Nada. Sólo un magnífico y tibio choclo, de granos gordos y esponjosos, recién sacado de la olla sopera.

Para que aprendan los brasileños playeros arruinadores de choclos.

¿Choclos con manteca y arena? Herejía.

La mujer cusqueña tiene el puesto hacia un costado del mercado. Digo “puesto” por decir algo: su “puesto” consiste en la olla sopera, un calentador a gas y un banquito donde sentarse. Es uno de los numerosos vendedores “informales”, de los que no tienen puesto fijo pero que ocupan la misma baldosa desde hace tantas décadas que es como si lo tuvieran. Estos “informales” se ubican en los pasillos laterales, cerca de las puertas del galpón.

Y de nuevo: digo “galpón” por decir algo. Este “galpón” es una de las tantísimas obras que el ingeniero francés Gustave Eiffel dejó regadas por el continente latinoamericano. Muchos de los visitantes no lo saben. Tampoco muchos de los compradores habituales.

El mercado funciona realmente como mercado: cotidiano, a eso me refiero. Se venden frutas, verduras, carnes, panes, pescados, galletas, quesos, dulces, especias, comidas preparadas y cualquier otro producto de consumo diario. Pero al crecer el número de curiosos y sumarse a los circuitos turísticos de la ciudad, el mercado también incorporó artesanías, souvenirs, adornitos industriales y demás fruslerías.

Obviamente, como sucede en estos casos, no falta quien proteste por la pérdida de las costumbres “tradicionales”, por el aumento de la oferta de chucherías con la inscripción “Recuerdo de Cusco” en detrimento de una mayor variedad de productos comestibles. Supongo que depende de a qué se refiere uno con la palabra “tradicional”: desde dónde se comienza a contar y para construir qué idea de contemporaneidad.

Llámenme cínico, pero cuando un pibe de veinte años viene a ponderar con nostalgia sobre “sus tiempos”, apenas puedo aguantar las ganas de lanzar una ruidosa risotada.

#TEXTO COMPLETO

Los choclos del Mercado Central de Cusco

En la mañana estaba aburrido y no tenía ganas de trabajar. Decidí inventarme una obligación para salir a vagabundear y, luego, premiarme por haber completado exitosamente dicha obligación inventada. La obligación sería hacerme de una bellísima edición de Comentarios reales de los incas, el libro de 1609 del escritor e historiador hispanoperuano Inca Garcilaso de la Vega, que había visto la otra tarde en la feria de libros que está montada en la Plazoleta Espinar, frente a la Iglesia de La Merced (del siglo XVI, la destruyó el terremoto de 1650, reabrió sus puertas veinticinco años más tarde), a metros de la Plaza de Armas, en el casco céntrico de la ciudad peruana de Cusco. Como premio por conseguir el libro (con todo lo que eso supone: buscarlo, encontrarlo, negociar, regatear), compraría un choclo en el Mercado Central y me sentaría a engullirlo frente a la Iglesia San Pedro, también de mediados del siglo XVII.

Pocas cosas hay tan gratificantes en la vida como un choclo bien hecho. En el Mercado de San Pedro, que es un galpón enorme cercano a la estación de trenes y rodeado de ferias un poco más orilleras, una señora los prepara y sirve como debe ser preparado y servido un buen choclo: apenas condimentado con un poco de sal, todavía tibio, todavía chorreando el caldo, servido con la misma chala (la hoja del choclo) que hace las veces de servilleta o agarraderas. Nada más. Ningún agregado gourmet, cool, veraniego, étnico. Ningún toque maricón, como una hojita de rúcula o un pendorchito de salsa golf. Nada. Sólo un magnífico y tibio choclo, de granos gordos y esponjosos, recién sacado de la olla sopera.

Para que aprendan los brasileños playeros arruinadores de choclos.

¿Choclos con manteca y arena? Herejía.

La mujer cusqueña tiene el puesto hacia un costado del mercado. Digo “puesto” por decir algo: su “puesto” consiste en la olla sopera, un calentador a gas y un banquito donde sentarse. Es uno de los numerosos vendedores “informales”, de los que no tienen puesto fijo pero que ocupan la misma baldosa desde hace tantas décadas que es como si lo tuvieran. Estos “informales” se ubican en los pasillos laterales, cerca de las puertas del galpón.

Y de nuevo: digo “galpón” por decir algo. Este “galpón” es una de las tantísimas obras que el ingeniero francés Gustave Eiffel dejó regadas por el continente latinoamericano. Muchos de los visitantes no lo saben. Tampoco muchos de los compradores habituales.

El mercado funciona realmente como mercado: cotidiano, a eso me refiero. Se venden frutas, verduras, carnes, panes, pescados, galletas, quesos, dulces, especias, comidas preparadas y cualquier otro producto de consumo diario. Pero al crecer el número de curiosos y sumarse a los circuitos turísticos de la ciudad, el mercado también incorporó artesanías, souvenirs, adornitos industriales y demás fruslerías.

Obviamente, como sucede en estos casos, no falta quien proteste por la pérdida de las costumbres “tradicionales”, por el aumento de la oferta de chucherías con la inscripción “Recuerdo de Cusco” en detrimento de una mayor variedad de productos comestibles. Supongo que depende de a qué se refiere uno con la palabra “tradicional”: desde dónde se comienza a contar y para construir qué idea de contemporaneidad.

Llámenme cínico, pero cuando un pibe de veinte años viene a ponderar con nostalgia sobre “sus tiempos”, apenas puedo aguantar las ganas de lanzar una ruidosa risotada.

Los mercados seducen al visitante por sus aromas. Sospecho que ésta es una verdad más literaria que empírica. La característica de todo mercado (empírico) es su heterogeneidad, la yuxtaposición, la mezcla de mercancías, y por ende de colores, formas, olores. Literariamente, en los mercados siempre sobresale un aroma homogéneo (“huele a azafrán”), pero empíricamente hay sectores donde más vale ponerse un broche en la nariz. No lleguemos al extremo de pensar en las verduras podridas tras una jornada calurosa; aún en todo su frescor, los sectores de carnes, vísceras o pescados podrían despertar sensaciones no muy agradables. O al menos, es un olor que un gran número de personas podrían encontrar no del todo memorable.

El triunfo literario de los aromas de los mercados suele ser mérito de sus frutas y verduras, de sus especias, de sus panes y sus dulces, de aquello cuya función es justamente producir olores: el palo santo, por ejemplo, que al quemárselo espanta a los malos espíritus. Como la tableta Fuyí contra los mosquitos, pero mística y étnica.

En este aspecto, los sectores de especias son los más atractivos. Los supermercados urbanos y suburbanos tienen mil méritos, pero ninguno de ellos, aún el más predispuesto a convertirse en excepción a la regla, puede emular la sensación de saberse perdido entre los aromas de un mercado. De hecho, podría sugerirse que la característica de los supermercados es justamente la supresión de los olores: agradables o desagradables.

Cierta vez, en la feria de los martes de Punata, “la Perla del Valle”, una localidad ubicada a unos sesenta kilómetros de Cochabamba, en Bolivia, una señora que vendía todo tipo de polvillos para mí inidentificables, le preguntó a la australiana con quién viajaba que por qué había ido a Punata desde tan lejos, qué la había llevado hasta allí.

―Los olores ―le respondió la australiana.

Y aunque la respuesta se lleva mejor con las verdades literarias que con las empíricas, todavía me sigue pareciendo una buena razón. Y por ende, una buena respuesta.

Mi sector preferido del Mercado de San Pedro es un pasillito donde se agrupan los vendedores de chocolate y café. Hay una marca que me gusta: Fábrica de Chocolates La Continental. Viene en barras de 200 gramos y el envoltorio es un diseño étnico-industrial-vintage magnífico, para coleccionar. No es “chocolate”, sino pasta pura de cacao: si le das un mordiscón te pasás la siguiente media hora escupiéndolo y haciendo arcadas. Pero es perfecto para prepararse un submarino de antología, la envidia de La Giralda y sus huraños mozos (hay que ser generosos con el azúcar y batirlo bien). Fábrica de Chocolates La Continental es una marca de medio pelo, aunque la calidad es buena y suma muchos puntos por el llamativo envoltorio. El precio turista es de unos 20 o 25 soles, pero como suelo comprar barritas de granola y caramelos de coca en ese mismo puesto, la señora que lo atiende me lo tasa al precio nativo: 5 ó 6 soles, dependiendo del día o de quién sabe qué.

La variedad de choclos llama la atención. Me dijeron que en Perú se consiguen unas tres docenas de choclos diferentes. El número es impresionante. Se destaca, entre ellos, un choclo de granos morados, el culli o ckolli, que se cultiva en la Cordillera de Los Andes. Pregunté si sirve para prepararlo del modo en que considero que debe prepararse un buen choclo (hervido, toquecito de sal, y a mordisquearlo), pero me explicaron que no, que suele machacárselo y empleárselo para postres y otras comidas. Y para preparar la chicha morada, bebida cuyo consumo le pelea de igual a igual a Coca Cola.

Ya me imagino qué harían en las playas de Brasil con las tres docenas de variedades de choclos peruanos: arruinarlos.

¿Choclo y caipiriña? Herejía.

Los choclos del Mercado Central de Cusco

En la mañana estaba aburrido y no tenía ganas de trabajar. Decidí inventarme una obligación para salir a vagabundear y, luego, premiarme por haber completado exitosamente dicha obligación inventada. La obligación sería hacerme de una bellísima edición de Comentarios reales de los incas, el libro de 1609 del escritor e historiador hispanoperuano Inca Garcilaso de la Vega, que había visto la otra tarde en la feria de libros que está montada en la Plazoleta Espinar, frente a la Iglesia de La Merced (del siglo XVI, la destruyó el terremoto de 1650, reabrió sus puertas veinticinco años más tarde), a metros de la Plaza de Armas, en el casco céntrico de la ciudad peruana de Cusco. Como premio por conseguir el libro (con todo lo que eso supone: buscarlo, encontrarlo, negociar, regatear), compraría un choclo en el Mercado Central y me sentaría a engullirlo frente a la Iglesia San Pedro, también de mediados del siglo XVII.

Pocas cosas hay tan gratificantes en la vida como un choclo bien hecho. En el Mercado de San Pedro, que es un galpón enorme cercano a la estación de trenes y rodeado de ferias un poco más orilleras, una señora los prepara y sirve como debe ser preparado y servido un buen choclo: apenas condimentado con un poco de sal, todavía tibio, todavía chorreando el caldo, servido con la misma chala (la hoja del choclo) que hace las veces de servilleta o agarraderas. Nada más. Ningún agregado gourmet, cool, veraniego, étnico. Ningún toque maricón, como una hojita de rúcula o un pendorchito de salsa golf. Nada. Sólo un magnífico y tibio choclo, de granos gordos y esponjosos, recién sacado de la olla sopera.

Para que aprendan los brasileños playeros arruinadores de choclos.

¿Choclos con manteca y arena? Herejía.

La mujer cusqueña tiene el puesto hacia un costado del mercado. Digo “puesto” por decir algo: su “puesto” consiste en la olla sopera, un calentador a gas y un banquito donde sentarse. Es uno de los numerosos vendedores “informales”, de los que no tienen puesto fijo pero que ocupan la misma baldosa desde hace tantas décadas que es como si lo tuvieran. Estos “informales” se ubican en los pasillos laterales, cerca de las puertas del galpón.

Y de nuevo: digo “galpón” por decir algo. Este “galpón” es una de las tantísimas obras que el ingeniero francés Gustave Eiffel dejó regadas por el continente latinoamericano. Muchos de los visitantes no lo saben. Tampoco muchos de los compradores habituales.

El mercado funciona realmente como mercado: cotidiano, a eso me refiero. Se venden frutas, verduras, carnes, panes, pescados, galletas, quesos, dulces, especias, comidas preparadas y cualquier otro producto de consumo diario. Pero al crecer el número de curiosos y sumarse a los circuitos turísticos de la ciudad, el mercado también incorporó artesanías, souvenirs, adornitos industriales y demás fruslerías.

Obviamente, como sucede en estos casos, no falta quien proteste por la pérdida de las costumbres “tradicionales”, por el aumento de la oferta de chucherías con la inscripción “Recuerdo de Cusco” en detrimento de una mayor variedad de productos comestibles. Supongo que depende de a qué se refiere uno con la palabra “tradicional”: desde dónde se comienza a contar y para construir qué idea de contemporaneidad.

Llámenme cínico, pero cuando un pibe de veinte años viene a ponderar con nostalgia sobre “sus tiempos”, apenas puedo aguantar las ganas de lanzar una ruidosa risotada.

Los mercados seducen al visitante por sus aromas. Sospecho que ésta es una verdad más literaria que empírica. La característica de todo mercado (empírico) es su heterogeneidad, la yuxtaposición, la mezcla de mercancías, y por ende de colores, formas, olores. Literariamente, en los mercados siempre sobresale un aroma homogéneo (“huele a azafrán”), pero empíricamente hay sectores donde más vale ponerse un broche en la nariz. No lleguemos al extremo de pensar en las verduras podridas tras una jornada calurosa; aún en todo su frescor, los sectores de carnes, vísceras o pescados podrían despertar sensaciones no muy agradables. O al menos, es un olor que un gran número de personas podrían encontrar no del todo memorable.

El triunfo literario de los aromas de los mercados suele ser mérito de sus frutas y verduras, de sus especias, de sus panes y sus dulces, de aquello cuya función es justamente producir olores: el palo santo, por ejemplo, que al quemárselo espanta a los malos espíritus. Como la tableta Fuyí contra los mosquitos, pero mística y étnica.

En este aspecto, los sectores de especias son los más atractivos. Los supermercados urbanos y suburbanos tienen mil méritos, pero ninguno de ellos, aún el más predispuesto a convertirse en excepción a la regla, puede emular la sensación de saberse perdido entre los aromas de un mercado. De hecho, podría sugerirse que la característica de los supermercados es justamente la supresión de los olores: agradables o desagradables.

Cierta vez, en la feria de los martes de Punata, “la Perla del Valle”, una localidad ubicada a unos sesenta kilómetros de Cochabamba, en Bolivia, una señora que vendía todo tipo de polvillos para mí inidentificables, le preguntó a la australiana con quién viajaba que por qué había ido a Punata desde tan lejos, qué la había llevado hasta allí.

―Los olores ―le respondió la australiana.

Y aunque la respuesta se lleva mejor con las verdades literarias que con las empíricas, todavía me sigue pareciendo una buena razón. Y por ende, una buena respuesta.

Mi sector preferido del Mercado de San Pedro es un pasillito donde se agrupan los vendedores de chocolate y café. Hay una marca que me gusta: Fábrica de Chocolates La Continental. Viene en barras de 200 gramos y el envoltorio es un diseño étnico-industrial-vintage magnífico, para coleccionar. No es “chocolate”, sino pasta pura de cacao: si le das un mordiscón te pasás la siguiente media hora escupiéndolo y haciendo arcadas. Pero es perfecto para prepararse un submarino de antología, la envidia de La Giralda y sus huraños mozos (hay que ser generosos con el azúcar y batirlo bien). Fábrica de Chocolates La Continental es una marca de medio pelo, aunque la calidad es buena y suma muchos puntos por el llamativo envoltorio. El precio turista es de unos 20 o 25 soles, pero como suelo comprar barritas de granola y caramelos de coca en ese mismo puesto, la señora que lo atiende me lo tasa al precio nativo: 5 ó 6 soles, dependiendo del día o de quién sabe qué.

La variedad de choclos llama la atención. Me dijeron que en Perú se consiguen unas tres docenas de choclos diferentes. El número es impresionante. Se destaca, entre ellos, un choclo de granos morados, el culli o ckolli, que se cultiva en la Cordillera de Los Andes. Pregunté si sirve para prepararlo del modo en que considero que debe prepararse un buen choclo (hervido, toquecito de sal, y a mordisquearlo), pero me explicaron que no, que suele machacárselo y empleárselo para postres y otras comidas. Y para preparar la chicha morada, bebida cuyo consumo le pelea de igual a igual a Coca Cola.

Ya me imagino qué harían en las playas de Brasil con las tres docenas de variedades de choclos peruanos: arruinarlos.

¿Choclo y caipiriña? Herejía.

miércoles 20 de enero de 2010

Mirando haitianos muertos por tevé

Qué bueno que está todo esto: decenas de miles de haitianos muertos, tirados en las calles, pudriéndose al sol, aplastados bajo los escombros, regados en los costados de los caminos. Se arriesgan cantidades: 50.000, 100.000, 150.000 cadáveres descomponiéndose frente a nuestra vista. Y se pone todavía mejor.

Se temen réplicas importantes del temblor que colocó a Haití en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, el temblor que acabó de destruir un país siempre al borde de la destrucción. Pero son minucias (la destrucción, las muertes, la miseria), considerando los valiosos minutos de fama internacional ganados. Ya no se hablará sólo de zombies al pensar en Haití. O al menos no sólo de eso.

El sistema administrativo que regula el uso legítimo de la violencia está descabezado, no hay autoridades que conviertan en caos organizado el caos simplemente caótico. Es un sálvese quién pueda, y con suerte para usted y para mí, que somos espectadores, la situación empeorará. Y si empeora, será todavía más entretenido, más interesante. Habrá más acción, más sorpresas, más vueltas de tuerca en la trama.

No hay comida, no hay agua, no hay medicamentos, no hay lugares donde atenderse las heridas, donde dormir, donde lavarse, donde enterrar a los muertos con dignidad. Comienzan las protestas y la lucha atroz por la supervivencia. Unos manifestantes arman piquetes apilando cadáveres sobre la ruta. Se organizan saqueos. Se organizan ajusticiamientos inmediatos para quienes organizan saqueos. Hay linchamientos: saqueadores atados y asesinados a palazos. Crece el temor y la furia contra todo aquello que los haitianos no reconocen como haitiano: blancos, extranjeros, ricos.

La ayuda va en camino. Llegan los soldados, los aviones, los helicópteros, los socorristas y una nueva burocracia que ocupará el lugar de la antigua burocracia. Son miles y miles de personas tratando de ingresar por la misma puerta: quedan atoradas, nadie entra y nadie sale. Entretanto, las calles de Haití se convierten en el mejor escenario posible. Cualquier cosa puede suceder a continuación: un nuevo terremoto, un nuevo saqueo, un nuevo linchamiento, una nueva gresca, un nuevo sobreviviente, una nueva atrocidad.

El género podría ser thriller, o terror, o drama, o documental, o catástrofe. Pero no. Es otra cosa: infoentretenimiento.

El infoentretenimiento es el género discursivo predominante en la vida social occidental contemporánea. Pero también es mucho más. Se trata de una pulsión maravillosa, el modelo cognoscitivo dominante, la puesta en práctica de aquella sentencia tajante que abría La sociedad del espectáculo, el libro de 1967 del teórico francés Guy Debord: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.

Sentarse en el sillón preferido con un vaso de Coca Cola en una mano y el control remoto en la otra, sintonizar un canal de noticias, mirar haitianos muertos hasta aburrirse, hasta que pase algo (que se conviertan en zombies y se coman a los camarógrafos), hasta ponerse de pie para dirigirse a la cocina y prepararse un sándwich, hasta que empiece una serie más divertida o hasta que den ganas de meterse en Twitter a seguir consignas del tipo: “Juntemos un millón de tweets por Haití”.

Esa es la sociedad del infoentretenimiento.

Infoentretenimiento: “Un cóctel ―escribió el ensayista Aníbal Ford en su libro La marca de la bestia― de información y entretenimiento, de temas pesados e intrascendentes, banales, escandalosos o macabros, de argumentación y de narración, de tragedias sociales comunicadas en tiempo de swing o de clip o narradas como películas de acción”.

La cultura del infoentretenimiento es el sistema de transmisión de información hegemónico en la sociedad contemporánea, y no hay nadie que escape a su lógica de producción, distribución y consumo.

Que la información se combine con el entretenimiento no es exclusivo de la sociedad contemporánea: basta pensar en los pregoneros voceando órdenes reales en la plaza pública. Lo que tiene de específico es que el particular surtido de circunstancias (uniformidad de soportes de comunicación e información; corporaciones multimediáticas; fusión de empresas de información y empresas de entretenimiento; falacias de participación tecnológica; desregulación estatal; información como mercancía; narración antes que argumentación; etc.) hacen del infoentretenimiento un elemento central en la formación de ciudadanías.

La noticia, en cuanto mercancía, es tanto información como entretenimiento. El ciudadano contemporáneo ―el sujeto político, cultural, socializado― es producto de esta sociedad específica: sociedad de megafusiones massmediáticas, de onanismo tecnológico, de culturas narrativas. Por eso la idea de participación ciudadana se comprende no como experiencia vivida ―en el sentido de Debord― sino como representación de participación: juntando un millón de tweets para los haitianos.

Cuando uno suma un tweet, participa; cuando uno participa, un haitiano deja de morirse de hambre.

Bienvenidos al show.

Bienvenidos al mundo del espectáculo.

Mirando haitianos muertos por tevé

Qué bueno que está todo esto: decenas de miles de haitianos muertos, tirados en las calles, pudriéndose al sol, aplastados bajo los escombros, regados en los costados de los caminos. Se arriesgan cantidades: 50.000, 100.000, 150.000 cadáveres descomponiéndose frente a nuestra vista. Y se pone todavía mejor.

Se temen réplicas importantes del temblor que colocó a Haití en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, el temblor que acabó de destruir un país siempre al borde de la destrucción. Pero son minucias (la destrucción, las muertes, la miseria), considerando los valiosos minutos de fama internacional ganados. Ya no se hablará sólo de zombies al pensar en Haití. O al menos no sólo de eso.

El sistema administrativo que regula el uso legítimo de la violencia está descabezado, no hay autoridades que conviertan en caos organizado el caos simplemente caótico. Es un sálvese quién pueda, y con suerte para usted y para mí, que somos espectadores, la situación empeorará. Y si empeora, será todavía más entretenido, más interesante. Habrá más acción, más sorpresas, más vueltas de tuerca en la trama.

No hay comida, no hay agua, no hay medicamentos, no hay lugares donde atenderse las heridas, donde dormir, donde lavarse, donde enterrar a los muertos con dignidad. Comienzan las protestas y la lucha atroz por la supervivencia. Unos manifestantes arman piquetes apilando cadáveres sobre la ruta. Se organizan saqueos. Se organizan ajusticiamientos inmediatos para quienes organizan saqueos. Hay linchamientos: saqueadores atados y asesinados a palazos. Crece el temor y la furia contra todo aquello que los haitianos no reconocen como haitiano: blancos, extranjeros, ricos.

La ayuda va en camino. Llegan los soldados, los aviones, los helicópteros, los socorristas y una nueva burocracia que ocupará el lugar de la antigua burocracia. Son miles y miles de personas tratando de ingresar por la misma puerta: quedan atoradas, nadie entra y nadie sale. Entretanto, las calles de Haití se convierten en el mejor escenario posible. Cualquier cosa puede suceder a continuación: un nuevo terremoto, un nuevo saqueo, un nuevo linchamiento, una nueva gresca, un nuevo sobreviviente, una nueva atrocidad.

El género podría ser thriller, o terror, o drama, o documental, o catástrofe. Pero no. Es otra cosa: infoentretenimiento.

El infoentretenimiento es el género discursivo predominante en la vida social occidental contemporánea. Pero también es mucho más. Se trata de una pulsión maravillosa, el modelo cognoscitivo dominante, la puesta en práctica de aquella sentencia tajante que abría La sociedad del espectáculo, el libro de 1967 del teórico francés Guy Debord: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.

Sentarse en el sillón preferido con un vaso de Coca Cola en una mano y el control remoto en la otra, sintonizar un canal de noticias, mirar haitianos muertos hasta aburrirse, hasta que pase algo (que se conviertan en zombies y se coman a los camarógrafos), hasta ponerse de pie para dirigirse a la cocina y prepararse un sándwich, hasta que empiece una serie más divertida o hasta que den ganas de meterse en Twitter a seguir consignas del tipo: “Juntemos un millón de tweets por Haití”.

Esa es la sociedad del infoentretenimiento.

Infoentretenimiento: “Un cóctel ―escribió el ensayista Aníbal Ford en su libro La marca de la bestia― de información y entretenimiento, de temas pesados e intrascendentes, banales, escandalosos o macabros, de argumentación y de narración, de tragedias sociales comunicadas en tiempo de swing o de clip o narradas como películas de acción”.

La cultura del infoentretenimiento es el sistema de transmisión de información hegemónico en la sociedad contemporánea, y no hay nadie que escape a su lógica de producción, distribución y consumo.

Que la información se combine con el entretenimiento no es exclusivo de la sociedad contemporánea: basta pensar en los pregoneros voceando órdenes reales en la plaza pública. Lo que tiene de específico es que el particular surtido de circunstancias (uniformidad de soportes de comunicación e información; corporaciones multimediáticas; fusión de empresas de información y empresas de entretenimiento; falacias de participación tecnológica; desregulación estatal; información como mercancía; narración antes que argumentación; etc.) hacen del infoentretenimiento un elemento central en la formación de ciudadanías.

La noticia, en cuanto mercancía, es tanto información como entretenimiento. El ciudadano contemporáneo ―el sujeto político, cultural, socializado― es producto de esta sociedad específica: sociedad de megafusiones massmediáticas, de onanismo tecnológico, de culturas narrativas. Por eso la idea de participación ciudadana se comprende no como experiencia vivida ―en el sentido de Debord― sino como representación de participación: juntando un millón de tweets para los haitianos.

Cuando uno suma un tweet, participa; cuando uno participa, un haitiano deja de morirse de hambre.

Bienvenidos al show.

Bienvenidos al mundo del espectáculo.

Mirando haitianos muertos por tevé

Qué bueno que está todo esto: decenas de miles de haitianos muertos, tirados en las calles, pudriéndose al sol, aplastados bajo los escombros, regados en los costados de los caminos. Se arriesgan cantidades: 50.000, 100.000, 150.000 cadáveres descomponiéndose frente a nuestra vista. Y se pone todavía mejor.

Se temen réplicas importantes del temblor que colocó a Haití en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, el temblor que acabó de destruir un país siempre al borde de la destrucción. Pero son minucias (la destrucción, las muertes, la miseria), considerando los valiosos minutos de fama internacional ganados. Ya no se hablará sólo de zombies al pensar en Haití. O al menos no sólo de eso.

El sistema administrativo que regula el uso legítimo de la violencia está descabezado, no hay autoridades que conviertan en caos organizado el caos simplemente caótico. Es un sálvese quién pueda, y con suerte para usted y para mí, que somos espectadores, la situación empeorará. Y si empeora, será todavía más entretenido, más interesante. Habrá más acción, más sorpresas, más vueltas de tuerca en la trama.

No hay comida, no hay agua, no hay medicamentos, no hay lugares donde atenderse las heridas, donde dormir, donde lavarse, donde enterrar a los muertos con dignidad. Comienzan las protestas y la lucha atroz por la supervivencia. Unos manifestantes arman piquetes apilando cadáveres sobre la ruta. Se organizan saqueos. Se organizan ajusticiamientos inmediatos para quienes organizan saqueos. Hay linchamientos: saqueadores atados y asesinados a palazos. Crece el temor y la furia contra todo aquello que los haitianos no reconocen como haitiano: blancos, extranjeros, ricos.

La ayuda va en camino. Llegan los soldados, los aviones, los helicópteros, los socorristas y una nueva burocracia que ocupará el lugar de la antigua burocracia. Son miles y miles de personas tratando de ingresar por la misma puerta: quedan atoradas, nadie entra y nadie sale. Entretanto, las calles de Haití se convierten en el mejor escenario posible. Cualquier cosa puede suceder a continuación: un nuevo terremoto, un nuevo saqueo, un nuevo linchamiento, una nueva gresca, un nuevo sobreviviente, una nueva atrocidad.

El género podría ser thriller, o terror, o drama, o documental, o catástrofe. Pero no. Es otra cosa: infoentretenimiento.

El infoentretenimiento es el género discursivo predominante en la vida social occidental contemporánea. Pero también es mucho más. Se trata de una pulsión maravillosa, el modelo cognoscitivo dominante, la puesta en práctica de aquella sentencia tajante que abría La sociedad del espectáculo, el libro de 1967 del teórico francés Guy Debord: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.

Sentarse en el sillón preferido con un vaso de Coca Cola en una mano y el control remoto en la otra, sintonizar un canal de noticias, mirar haitianos muertos hasta aburrirse, hasta que pase algo (que se conviertan en zombies y se coman a los camarógrafos), hasta ponerse de pie para dirigirse a la cocina y prepararse un sándwich, hasta que empiece una serie más divertida o hasta que den ganas de meterse en Twitter a seguir consignas del tipo: “Juntemos un millón de tweets por Haití”.

Esa es la sociedad del infoentretenimiento.

#TEXTO COMPLETO

martes 19 de enero de 2010

Compro.TV.Color.Funcione.O.No

Letrero de chapa, en un poste de luz del conurbano bonaerense. (Foto: M. Pisarro)

Compro.TV.Color.Funcione.O.No

Letrero de chapa, en un poste de luz del conurbano bonaerense. (Foto: M. Pisarro)

lunes 18 de enero de 2010

Repetí lo que yo digo

Pintada callejera en Primera Junta, ciudad de Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

Repetí lo que yo digo

Pintada callejera en Primera Junta, ciudad de Buenos Aires. (Foto: M. Pisarro)

domingo 17 de enero de 2010

Muy feliz, a pesar de las ratas, la lluvia y el barro

“Hay un caballero al que iré a buscar apenas termine de dar su merecido al káiser ―escribió un soldado de la infantería norteamericana, en una carta de 1918, desde el frente de batalla europeo―. Es George Washington, de Brooklyn, el amigo de los soldados”.

Otro infante del mismo ejército, en el mismo año, en la misma guerra, escribió en otra carta: “Estoy muy feliz a pesar de las ratas, la lluvia, el barro, las corrientes de aire, el rugido de los cañones y el estallido de los obuses. Me lleva sólo un minuto encender mi pequeño calentador y preparar un poco de Café George Washington. Todas las noches ofrezco una oración por la salud y el bienestar del señor Washington”.

George Constant Louis Washington, un inventor norteamericano de origen belga nacido en 1871 y fallecido en 1946, estaba en las plegarias de los soldados norteamericanos que luchaban en la Primera Guerra Mundial porque había producido y puesto en venta una temprana versión de café instantáneo. “Dame un George”, decían los soldados. Aunque hay registros de patentes para un “concentrado de café” desde 1777, y montones de candidatos alrededor del 1900, Washington ―gracias al espaldarazo de la guerra― suele contarse entre los firmes pioneros.

En 1910 lanzó al mercado su Café Refinado G. Washington, y gracias a la insistente campaña publicitaria en periódicos, el café soluble se hizo un modesto pero interesante lugar en el mercado, especialmente para excursiones y campamentos. El golpe de suerte y la fortuna llegó en 1918, cuando el ejército acaparó toda la producción y demandó todavía más. 17.000 kilos de café instantáneo al día, exigían los militares, cuando en todo el país la producción apenas llegaba a los 3.000 kilos.

Las publicidades dijeron: “El Café Refinado G. Washington ha ido a la guerra”. Luego la guerra terminó y las publicidades se hicieron eco del suceso: “Fue a la guerra. De nuevo en casa”. Washington murió rico y feliz como soldado en trinchera llena de ratas y barro. Su café dejó de producirse como marca en 1961. No hay mucho más que agregar.

Pensaba en esto, semanas atrás, sentado en la placita de la calle Irigoyen, entre Independencia y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Un hombre, de aquellos de quienes suele decirse que están en “situación de calle”, bebía vino en envase de cartón y tomaba fotografías a los perros con una cámara imaginaria (incluso hacía parar a algunos paseantes para capturar el buen ángulo del perro, y acaso por el espíritu navideño casi nadie lo insultaba o empujaba o escupía). Dado que existe un mandato del universo que establece que, en la vía pública, se me acercarán en busca de conversación los chiflados lunáticos y los tocados por la soledad, y nunca las chicas lindas y busconas, el hombre se aproximó.

Habló un rato de cosas que no entendí, y finalmente, en lo que pareció un momento de lucidez, destacó la virtudes de la bebida que ingería y del envase descartable.

―El que inventó esto… ―movió las manos, dramatizando la falta de palabras―. ¡Gracias! ¡Gracias!

Pensé en el soldado de la trinchera, rodeado de ratas y con las balas zumbando en su cabeza, escribiendo la carta a su novia o su madre, diciendo que estaba feliz gracias a su café instantáneo, explicando que todas las noches hacía sus plegarias por la salud y bienestar del Señor Washington.

Pensé en el hombre de la cámara fotográfica imaginaria, acurrucado entre cartones y bolsas de arpillera, muerto de hambre o de frío bajo la autopista, diciendo a quien quiera oírlo que todas las noches hace sus plegarias por la salud y bienestar del Señor Tetrabrick.

Y pensé, por fin, en mi amigo R.E., cuando todavía cantaba porque todavía respiraba, desafinando con su voz chillona sobre una alegre melodía punk: “Solo en la cama, mirando el techo/ Sin un amigo, con un Resero/ Pero por esto, no he de sufrir/ Con un vinito soy feliz/ Solo en la cama, mirando el techo/ No está mi chica, vive muy lejos/ Pero por esto, no he de sufrir/ Mirando tele soy feliz…”.

Estamos mal, pero acostumbrados.

Y cada vez nos conformamos con menos.

Muy feliz, a pesar de las ratas, la lluvia y el barro

“Hay un caballero al que iré a buscar apenas termine de dar su merecido al káiser ―escribió un soldado de la infantería norteamericana, en una carta de 1918, desde el frente de batalla europeo―. Es George Washington, de Brooklyn, el amigo de los soldados”.

Otro infante del mismo ejército, en el mismo año, en la misma guerra, escribió en otra carta: “Estoy muy feliz a pesar de las ratas, la lluvia, el barro, las corrientes de aire, el rugido de los cañones y el estallido de los obuses. Me lleva sólo un minuto encender mi pequeño calentador y preparar un poco de Café George Washington. Todas las noches ofrezco una oración por la salud y el bienestar del señor Washington”.

George Constant Louis Washington, un inventor norteamericano de origen belga nacido en 1871 y fallecido en 1946, estaba en las plegarias de los soldados norteamericanos que luchaban en la Primera Guerra Mundial porque había producido y puesto en venta una temprana versión de café instantáneo. “Dame un George”, decían los soldados. Aunque hay registros de patentes para un “concentrado de café” desde 1777, y montones de candidatos alrededor del 1900, Washington ―gracias al espaldarazo de la guerra― suele contarse entre los firmes pioneros.

En 1910 lanzó al mercado su Café Refinado G. Washington, y gracias a la insistente campaña publicitaria en periódicos, el café soluble se hizo un modesto pero interesante lugar en el mercado, especialmente para excursiones y campamentos. El golpe de suerte y la fortuna llegó en 1918, cuando el ejército acaparó toda la producción y demandó todavía más. 17.000 kilos de café instantáneo al día, exigían los militares, cuando en todo el país la producción apenas llegaba a los 3.000 kilos.

Las publicidades dijeron: “El Café Refinado G. Washington ha ido a la guerra”. Luego la guerra terminó y las publicidades se hicieron eco del suceso: “Fue a la guerra. De nuevo en casa”. Washington murió rico y feliz como soldado en trinchera llena de ratas y barro. Su café dejó de producirse como marca en 1961. No hay mucho más que agregar.

Pensaba en esto, semanas atrás, sentado en la placita de la calle Irigoyen, entre Independencia y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Un hombre, de aquellos de quienes suele decirse que están en “situación de calle”, bebía vino en envase de cartón y tomaba fotografías a los perros con una cámara imaginaria (incluso hacía parar a algunos paseantes para capturar el buen ángulo del perro, y acaso por el espíritu navideño casi nadie lo insultaba o empujaba o escupía). Dado que existe un mandato del universo que establece que, en la vía pública, se me acercarán en busca de conversación los chiflados lunáticos y los tocados por la soledad, y nunca las chicas lindas y busconas, el hombre se aproximó.

Habló un rato de cosas que no entendí, y finalmente, en lo que pareció un momento de lucidez, destacó la virtudes de la bebida que ingería y del envase descartable.

―El que inventó esto… ―movió las manos, dramatizando la falta de palabras―. ¡Gracias! ¡Gracias!

Pensé en el soldado de la trinchera, rodeado de ratas y con las balas zumbando en su cabeza, escribiendo la carta a su novia o su madre, diciendo que estaba feliz gracias a su café instantáneo, explicando que todas las noches hacía sus plegarias por la salud y bienestar del Señor Washington.

Pensé en el hombre de la cámara fotográfica imaginaria, acurrucado entre cartones y bolsas de arpillera, muerto de hambre o de frío bajo la autopista, diciendo a quien quiera oírlo que todas las noches hace sus plegarias por la salud y bienestar del Señor Tetrabrick.

Y pensé, por fin, en mi amigo R.E., cuando todavía cantaba porque todavía respiraba, desafinando con su voz chillona sobre una alegre melodía punk: “Solo en la cama, mirando el techo/ Sin un amigo, con un Resero/ Pero por esto, no he de sufrir/ Con un vinito soy feliz/ Solo en la cama, mirando el techo/ No está mi chica, vive muy lejos/ Pero por esto, no he de sufrir/ Mirando tele soy feliz…”.

Estamos mal, pero acostumbrados.

Y cada vez nos conformamos con menos.

Muy feliz, a pesar de las ratas, la lluvia y el barro

“Hay un caballero al que iré a buscar apenas termine de dar su merecido al káiser ―escribió un soldado de la infantería norteamericana, en una carta de 1918, desde el frente de batalla europeo―. Es George Washington, de Brooklyn, el amigo de los soldados”.

Otro infante del mismo ejército, en el mismo año, en la misma guerra, escribió en otra carta: “Estoy muy feliz a pesar de las ratas, la lluvia, el barro, las corrientes de aire, el rugido de los cañones y el estallido de los obuses. Me lleva sólo un minuto encender mi pequeño calentador y preparar un poco de Café George Washington. Todas las noches ofrezco una oración por la salud y el bienestar del señor Washington”.

George Constant Louis Washington, un inventor norteamericano de origen belga nacido en 1871 y fallecido en 1946, estaba en las plegarias de los soldados norteamericanos que luchaban en la Primera Guerra Mundial porque había producido y puesto en venta una temprana versión de café instantáneo. “Dame un George”, decían los soldados. Aunque hay registros de patentes para un “concentrado de café” desde 1777, y montones de candidatos alrededor del 1900, Washington ―gracias al espaldarazo de la guerra― suele contarse entre los firmes pioneros.

En 1910 lanzó al mercado su Café Refinado G. Washington, y gracias a la insistente campaña publicitaria en periódicos, el café soluble se hizo un modesto pero interesante lugar en el mercado, especialmente para excursiones y campamentos. El golpe de suerte y la fortuna llegó en 1918, cuando el ejército acaparó toda la producción y demandó todavía más. 17.000 kilos de café instantáneo al día, exigían los militares, cuando en todo el país la producción apenas llegaba a los 3.000 kilos.

Las publicidades dijeron: “El Café Refinado G. Washington ha ido a la guerra”. Luego la guerra terminó y las publicidades se hicieron eco del suceso: “Fue a la guerra. De nuevo en casa”. Washington murió rico y feliz como soldado en trinchera llena de ratas y barro. Su café dejó de producirse como marca en 1961. No hay mucho más que agregar.

#TEXTO COMPLETO

sábado 16 de enero de 2010

Más conexiones

Pufff. Los chiches nos pueden.
Súmense:

Nerds All Star en Facebook.
Nerds All Star en Twitter.

jueves 14 de enero de 2010

10 en 2010: ¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

El grupo punk norteamericano Bad Religion publicó su noveno álbum de estudio, The gray race, en 1996. Si bien en todos los discos de Bad Religion salta a la vista (o al oído) cierto pesimismo de tono evolucionista, asumida responsabilidad del cantante y principal compositor Greg Graffin (antropólogo, geólogo, zoólogo, profesor de paleontología en la UCLA), en varios tramos de The gray race cualquier referencia a Charles Darwin parece aplastada por la mirada sombría de su colega Herbert Spencer. El tono es levemente lamarckiano; pero, como profecía, va todavía más atrás. Los ecos malthusianos, al combinarse con los todavía más lejanos ecos hobbesianos, no están solo para darle color a los estribillos: la población humana crece en progresión geométrica y los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética, será la guerra de todos contra todos, y será peor que la peor de tus pesadillas.

La canción número 11 de The gray race se llama “Ten in 2010” y cuenta con el que, descontextualizado, podría ser uno de los más absurdos estribillos para una canción pop: “¡10 en 2010! ¡10 en 2010!”.

Un quindenio después de que esa canción fuese compuesta, grabada y publicada, un quindenio después de que asumiera y consumara su destino de baratija de mercado, todavía puede escuchársela como el vaticinio que no fue, y por esa misma razón, como el pronóstico que pudo haber sido, y que acaso sea.

Basta con completar los intersticios. Cuando “10 en 2010” deja de ser sólo el estribillo torpemente elíptico de una canción pop, de una fruslería lanzada al mercado para hacer dinero de la manera más rápida y sencilla, cuando “10 en 2010” se convierte en “10 (mil millones de personas) en (el año) 2010”, la conversación excede el terreno del negocio y del arte, de la industria cultural y de los estereotipos juveniles. Parece enterrarse en ese espacio en el que los vaticinios fallidos se vuelven atemporales. Todavía hoy, al hablar de Darwin, Spencer, Malthus u Hobbes, se usa el presente del indicativo: Darwin dice que…

La atemporalidad del vaticinio fallido construye un perpetuo presente: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.

Pero toda profecía encierra también la sospecha de que quizás nadie más escuche lo que uno tiene para decir; que no le presten atención; que la fuerza de la afirmación se diluya en la cavilación de la duda; que la gente se detenga un momento a mirarlo con extrañeza y que luego vuelva a sus conversaciones, sus programas de televisión, sus preocupaciones mundanas.

El terror que emana de ese estribillo puede compararse con el título del primer capítulo de La explosión demográfica, el libro de 1990 de los biólogos Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich: “¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?”.

Desde que la canción de Bad Religion se publicó, y después, en los 14 años que siguieron hasta 2010, lo que uno podía escuchar junto a la rotundidez del vaticinio era la perplejidad que lo acompañaba: diez mil millones de personas en el año 2010, ¿y por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

(...)

Al buscar una explicación a la pregunta que daba título al primer capítulo de su libro, los Ehrlich escribieron:

Una de las cosas más difíciles de conciliar para un biólogo estudioso de la población es el contraste entre su propio conocimiento de que a la civilización le acecha un peligro serio e inminente y el escaso nivel de preocupación que los asuntos demográficos suscitan en el público e incluso en la clase política.
Muchas de las razones de tal discrepancia obedecen, en gran medida, a la lenta evolución de este problema. La gente no siente temor porque ha evolucionado biológica y culturalmente para reaccionar ante los fogonazos a corto plazo y adaptarse a las “tendencias” a largo plazo sobre las que no ejerce ningún control. Sólo cuando observamos algo que se sale de la normalidad ―como cuando centramos nuestra atención en lo que parecen ser cambios graduales y casi imperceptibles―, captamos las señales de alarma de nuestra comprometida situación con la suficiente claridad como para atemorizarnos.

Al centrarse en estos cambios graduales y casi imperceptibles, el terror se vuelve real, patente. Hace unos diez mil años, cuando la agricultura comenzó su expansión, el planeta estaba habitado por menos de 5 millones de seres humanos (por poner referencias, hoy en la ciudad de Buenos Aires viven 3 millones de personas, 12 millones contando sus suburbios). En la época del profeta Jesús, había sobre la Tierra unos 250 millones de personas; en 1650 llegó a unos 500 millones; superó los 1.000 millones hacia 1850. En 1930 había 2.000 millones de seres humanos en el planeta; en 1975 ya se había duplicado: 4.000 millones de personas.

Cuando Greg Graffin compuso y publicó su canción, a mediados de la década de 1990, la población mundial superaba los 5.600 millones. Diez años después había sumado otros 1000 millones y el 1º de enero de 2010, según la información de la Oficina del Censo de Estados Unidos, el número de habitantes del planeta se estimaba en 6.793.593.686 de personas.

La profecía del grupo punk, la baratija de mercado, había errado el golpe. Uno podía escucharla fallar:

Bocas resecas y cuarteadas, tripas vacías e hinchadas
El pavimento cocido al sol se entromete entre nosotros.
Los que tienen y los que no tienen, juntos al fin
Enredados brutalmente en un combate mortal.

¿Qué clase de Dios orquesta una cosa así?
(Diez en 2010, diez en 2010)
Diez mil millones de personas, todas sufriendo.
(Diez en 2010, diez en 2010)
La verdad no es un problema, sólo las bocas hambrientas que alimentar
(Diez en 2010, diez en 2010)
Olvidate de lo que querés, manoteá lo que necesitás.
(Diez en 2010, diez en 2010)

Feliz y satisfecho, no puede pasarte a vos.
(Diez en 2010, diez en 2010)
Quince años, pensaremos en una solución.
(Diez en 2010, diez en 2010)
No aparecerá de repente.
(Diez en 2010, diez en 2010)
Estamos en dirección a diez en 2010.
(Diez en 2010, diez en 2010)

Como dardos que agujerean los oídos, hoy escuché las noticias:
Diez mil millones de personas, yendo hacia vos.

Pero al saberse fallida, la profecía comenzaba a habitar ese limbo atemporal donde el presente es siempre una amenaza desatendida, un llanto desoído. El error ―los 3.206.406.314 de seres humanos que faltaban para llegar a los 10 mil millones― convertía al vaticinio malogrado en un reproche que, por haber perdido su legitimidad histórica, sólo podía habitar una anquilosada contemporaneidad: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.

Es lo que hay, es la pesadilla de Hobbes y de Malthus, y está yendo hacia vos.

(...)

Nunca, ni una sola vez en su historia, el planeta albergó a tantos seres humanos afectados por la falta de alimentos. El año 2010 comienza con 1000 millones de personas hambrientas en el mundo; son personas que no pueden acceder a los alimentos básicos que aseguran su supervivencia. A estas 1000 millones de personas hambrientas, se suman 3000 millones de personas desnutridas; son personas cuyo crecimiento y desarrollo está afectado por deficiencias alimenticias.

En Argentina hay 2,1 millones de personas que no acceden a una alimentación básica. Ocho chicos menores de cinco años mueren por día por causas ligadas a la desnutrición.

El problema demográfico no aparece en las agendas políticas. El control de natalidad es un tema tabú. La conexión entre el crecimiento demográfico (hace sólo 80 años había 2000 millones de personas en el planeta, y hoy llegan casi a 6.800 millones) y las hambrunas, el aumento del precio de los alimentos, la contaminación y otros problemas de moda (en 1989, “la Guerra Fría”; en 1999, “la globalización”; en 2009, “el cambio climático”), que es tan evidente, se soslaya. Desglose y descontextualización: el crecimiento exponencial de la población humana y el crecimiento aritmético de los medios de subsistencia no son variables a tener en cuenta.

Escuchá las noticias: 6.793.593.686 en 2010.

¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

10 en 2010: ¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

El grupo punk norteamericano Bad Religion publicó su noveno álbum de estudio, The gray race, en 1996. Si bien en todos los discos de Bad Religion salta a la vista (o al oído) cierto pesimismo de tono evolucionista, asumida responsabilidad del cantante y principal compositor Greg Graffin (antropólogo, geólogo, zoólogo, profesor de paleontología en la UCLA), en varios tramos de The gray race cualquier referencia a Charles Darwin parece aplastada por la mirada sombría de su colega Herbert Spencer. El tono es levemente lamarckiano; pero, como profecía, va todavía más atrás. Los ecos malthusianos, al combinarse con los todavía más lejanos ecos hobbesianos, no están solo para darle color a los estribillos: la población humana crece en progresión geométrica y los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética, será la guerra de todos contra todos, y será peor que la peor de tus pesadillas.

La canción número 11 de The gray race se llama “Ten in 2010” y cuenta con el que, descontextualizado, podría ser uno de los más absurdos estribillos para una canción pop: “¡10 en 2010! ¡10 en 2010!”.

Un quindenio después de que esa canción fuese compuesta, grabada y publicada, un quindenio después de que asumiera y consumara su destino de baratija de mercado, todavía puede escuchársela como el vaticinio que no fue, y por esa misma razón, como el pronóstico que pudo haber sido, y que acaso sea.

Basta con completar los intersticios. Cuando “10 en 2010” deja de ser sólo el estribillo torpemente elíptico de una canción pop, de una fruslería lanzada al mercado para hacer dinero de la manera más rápida y sencilla, cuando “10 en 2010” se convierte en “10 (mil millones de personas) en (el año) 2010”, la conversación excede el terreno del negocio y del arte, de la industria cultural y de los estereotipos juveniles. Parece enterrarse en ese espacio en el que los vaticinios fallidos se vuelven atemporales. Todavía hoy, al hablar de Darwin, Spencer, Malthus u Hobbes, se usa el presente del indicativo: Darwin dice que…

La atemporalidad del vaticinio fallido construye un perpetuo presente: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.

Pero toda profecía encierra también la sospecha de que quizás nadie más escuche lo que uno tiene para decir; que no le presten atención; que la fuerza de la afirmación se diluya en la cavilación de la duda; que la gente se detenga un momento a mirarlo con extrañeza y que luego vuelva a sus conversaciones, sus programas de televisión, sus preocupaciones mundanas.

El terror que emana de ese estribillo puede compararse con el título del primer capítulo de La explosión demográfica, el libro de 1990 de los biólogos Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich: “¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?”.

Desde que la canción de Bad Religion se publicó, y después, en los 14 años que siguieron hasta 2010, lo que uno podía escuchar junto a la rotundidez del vaticinio era la perplejidad que lo acompañaba: diez mil millones de personas en el año 2010, ¿y por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

(...)

Al buscar una explicación a la pregunta que daba título al primer capítulo de su libro, los Ehrlich escribieron:

Una de las cosas más difíciles de conciliar para un biólogo estudioso de la población es el contraste entre su propio conocimiento de que a la civilización le acecha un peligro serio e inminente y el escaso nivel de preocupación que los asuntos demográficos suscitan en el público e incluso en la clase política.
Muchas de las razones de tal discrepancia obedecen, en gran medida, a la lenta evolución de este problema. La gente no siente temor porque ha evolucionado biológica y culturalmente para reaccionar ante los fogonazos a corto plazo y adaptarse a las “tendencias” a largo plazo sobre las que no ejerce ningún control. Sólo cuando observamos algo que se sale de la normalidad ―como cuando centramos nuestra atención en lo que parecen ser cambios graduales y casi imperceptibles―, captamos las señales de alarma de nuestra comprometida situación con la suficiente claridad como para atemorizarnos.

Al centrarse en estos cambios graduales y casi imperceptibles, el terror se vuelve real, patente. Hace unos diez mil años, cuando la agricultura comenzó su expansión, el planeta estaba habitado por menos de 5 millones de seres humanos (por poner referencias, hoy en la ciudad de Buenos Aires viven 3 millones de personas, 12 millones contando sus suburbios). En la época del profeta Jesús, había sobre la Tierra unos 250 millones de personas; en 1650 llegó a unos 500 millones; superó los 1.000 millones hacia 1850. En 1930 había 2.000 millones de seres humanos en el planeta; en 1975 ya se había duplicado: 4.000 millones de personas.

Cuando Greg Graffin compuso y publicó su canción, a mediados de la década de 1990, la población mundial superaba los 5.600 millones. Diez años después había sumado otros 1000 millones y el 1º de enero de 2010, según la información de la Oficina del Censo de Estados Unidos, el número de habitantes del planeta se estimaba en 6.793.593.686 de personas.

La profecía del grupo punk, la baratija de mercado, había errado el golpe. Uno podía escucharla fallar:

Bocas resecas y cuarteadas, tripas vacías e hinchadas
El pavimento cocido al sol se entromete entre nosotros.
Los que tienen y los que no tienen, juntos al fin
Enredados brutalmente en un combate mortal.

¿Qué clase de Dios orquesta una cosa así?
(Diez en 2010, diez en 2010)
Diez mil millones de personas, todas sufriendo.
(Diez en 2010, diez en 2010)
La verdad no es un problema, sólo las bocas hambrientas que alimentar
(Diez en 2010, diez en 2010)
Olvidate de lo que querés, manoteá lo que necesitás.
(Diez en 2010, diez en 2010)

Feliz y satisfecho, no puede pasarte a vos.
(Diez en 2010, diez en 2010)
Quince años, pensaremos en una solución.
(Diez en 2010, diez en 2010)
No aparecerá de repente.
(Diez en 2010, diez en 2010)
Estamos en dirección a diez en 2010.
(Diez en 2010, diez en 2010)

Como dardos que agujerean los oídos, hoy escuché las noticias:
Diez mil millones de personas, yendo hacia vos.

Pero al saberse fallida, la profecía comenzaba a habitar ese limbo atemporal donde el presente es siempre una amenaza desatendida, un llanto desoído. El error ―los 3.206.406.314 de seres humanos que faltaban para llegar a los 10 mil millones― convertía al vaticinio malogrado en un reproche que, por haber perdido su legitimidad histórica, sólo podía habitar una anquilosada contemporaneidad: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.

Es lo que hay, es la pesadilla de Hobbes y de Malthus, y está yendo hacia vos.

(...)

Nunca, ni una sola vez en su historia, el planeta albergó a tantos seres humanos afectados por la falta de alimentos. El año 2010 comienza con 1000 millones de personas hambrientas en el mundo; son personas que no pueden acceder a los alimentos básicos que aseguran su supervivencia. A estas 1000 millones de personas hambrientas, se suman 3000 millones de personas desnutridas; son personas cuyo crecimiento y desarrollo está afectado por deficiencias alimenticias.

En Argentina hay 2,1 millones de personas que no acceden a una alimentación básica. Ocho chicos menores de cinco años mueren por día por causas ligadas a la desnutrición.

El problema demográfico no aparece en las agendas políticas. El control de natalidad es un tema tabú. La conexión entre el crecimiento demográfico (hace sólo 80 años había 2000 millones de personas en el planeta, y hoy llegan casi a 6.800 millones) y las hambrunas, el aumento del precio de los alimentos, la contaminación y otros problemas de moda (en 1989, “la Guerra Fría”; en 1999, “la globalización”; en 2009, “el cambio climático”), que es tan evidente, se soslaya. Desglose y descontextualización: el crecimiento exponencial de la población humana y el crecimiento aritmético de los medios de subsistencia no son variables a tener en cuenta.

Escuchá las noticias: 6.793.593.686 en 2010.

¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

10 en 2010: ¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

El grupo punk norteamericano Bad Religion publicó su noveno álbum de estudio, The gray race, en 1996. Si bien en todos los discos de Bad Religion salta a la vista (o al oído) cierto pesimismo de tono evolucionista, asumida responsabilidad del cantante y principal compositor Greg Graffin (antropólogo, geólogo, zoólogo, profesor de paleontología en la UCLA), en varios tramos de The gray race cualquier referencia a Charles Darwin parece aplastada por la mirada sombría de su colega Herbert Spencer. El tono es levemente lamarckiano; pero, como profecía, va todavía más atrás. Los ecos malthusianos, al combinarse con los todavía más lejanos ecos hobbesianos, no están solo para darle color a los estribillos: la población humana crece en progresión geométrica y los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética, será la guerra de todos contra todos, y será peor que la peor de tus pesadillas.

La canción número 11 de The gray race se llama “Ten in 2010” y cuenta con el que, descontextualizado, podría ser uno de los más absurdos estribillos para una canción pop: “¡10 en 2010! ¡10 en 2010!”.

Un quindenio después de que esa canción fuese compuesta, grabada y publicada, un quindenio después de que asumiera y consumara su destino de baratija de mercado, todavía puede escuchársela como el vaticinio que no fue, y por esa misma razón, como el pronóstico que pudo haber sido, y que acaso sea.

Basta con completar los intersticios. Cuando “10 en 2010” deja de ser sólo el estribillo torpemente elíptico de una canción pop, de una fruslería lanzada al mercado para hacer dinero de la manera más rápida y sencilla, cuando “10 en 2010” se convierte en “10 (mil millones de personas) en (el año) 2010”, la conversación excede el terreno del negocio y del arte, de la industria cultural y de los estereotipos juveniles. Parece enterrarse en ese espacio en el que los vaticinios fallidos se vuelven atemporales. Todavía hoy, al hablar de Darwin, Spencer, Malthus u Hobbes, se usa el presente del indicativo: Darwin dice que...

La atemporalidad del vaticinio fallido construye un perpetuo presente: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.

Pero toda profecía encierra también la sospecha de que quizás nadie más escuche lo que uno tiene para decir; que no le presten atención; que la fuerza de la afirmación se diluya en la cavilación de la duda; que la gente se detenga un momento a mirarlo con extrañeza y que luego vuelva a sus conversaciones, sus programas de televisión, sus preocupaciones mundanas.

El terror que emana de ese estribillo puede compararse con el título del primer capítulo de La explosión demográfica, el libro de 1990 de los biólogos Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich: “¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?”.

Desde que la canción de Bad Religion se publicó, y después, en los 14 años que siguieron hasta 2010, lo que uno podía escuchar junto a la rotundidez del vaticinio era la perplejidad que lo acompañaba: diez mil millones de personas en el año 2010, ¿y por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?

#TEXTO COMPLETO

martes 12 de enero de 2010

Chino central

Atardece, un domingo cualquiera, en el microcentro porteño. (Foto: M. Pisarro)

Chino central

Atardece, un domingo cualquiera, en el microcentro porteño. (Foto: M. Pisarro)

lunes 11 de enero de 2010

Chop suey, che


Los chinos tampoco ayudan, pensaba, al examinar el volante callejero que además funciona como carta de menú, o si se quiere, la carta de menú que también funciona como volante callejero. El local gastronómico, especializado en “comida china”, está en Combate de los Pozos y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Digo “local gastronómico” para llamarlo de alguna manera. Ya se verá si es correcto.

Si se examina el volante-carta, se notará que se presenta indistintamente como rotisería, restaurante y restó. Estimo que “rotisería” es la denominación que mejor le calza, pues se trata de un despacho de comida: los platillos no pueden consumirse en el local, se encargan “para llevar”. Apenas hay una mesa con dos sillas, en un rinconcito del diminuto local, donde descansan periódicos extranjeros, guías de teléfono y pilas de volantes-cartas. Por si alguien quiere esperar allí en lugar de valerse del delivery, simplemente. En el local hay también algunas guirnaldas, un cuadro con un dragón, un televisor sintonizado invariablemente en TN. Afuera, las bicicletas de los repartidores.

Como soy un dinosaurio y “delivery” todavía me suena a neologismo, a capricho de burgués comodón, suelo caminar la cuadra que me separa del local y quedarme ahí sentado, holgazaneando, a la espera del encargo de chop suey o chaw-mi-fen, observando cada detalle con la curiosidad etnográfica de quien pretende convertir la anécdota empírica particular en observación teórica general: convertir una casualidad en la médula de un sistema explicativo.

La otra noche, aburrido de las imágenes del Dakar que transmitía TN, comencé a leer el volante-carta. Mismo caso que las instrucciones de algún producto electrónico o el prospecto de un medicamento: uno no lee casi nada, sólo los dos o tres datos que le interesan. Si es que lo hace.

Del volante-menú nunca había leído más que las variantes y los precios del chop suey y el chaw-mi-fen, que es lo que me gusta, en general en versión pollo. Esta vez lo leí con un poco más de atención. Transcribo la presentación, aunque mantengo unos cuantos errores gramaticales y ortográficos; no agrego el “sic” porque es de buchón y alcahuete, y si quisiera ser buchón o alcahuete pediría trabajo en Página 12, pero téngase en cuenta que los deslices no son de transcripción:

“RESTO MINUTISA” Les ofrece la oportunidad de probar la mas típicas y deliciosas comida de China, Japón y otros países de Asia. Dandole un gusto más parecido al de occidente para que todo quede a su agrado. Además contamos con los mejores Chefs de la comida oriental para que disfrute de una comida inolvidable.

Que el restaurante chino ofrezca las más típicas y deliciosas comidas de China, Japón y otros países de Asia (¿qué países? ¿Turkmenistán? ¿Azerbaiyán? ¿Bahréin?) no hace más que enfatizar el colectivo peyorativo de “chino”. En la ciudad de Buenos Aires, cuando se dice “chino” para referirse a determinados inmigrantes o hijos de inmigrantes, tanto da si se habla de un chino, un coreano o un taiwanés. Más que un signo identitario, “chino” es una identidad signada. El juego de palabras no es muy inspirado, aunque propone que “chino” aúna una proscripción y una generalización. Al igual que, hace un siglo, decir “rusos” o “gallegos” no significaba referirse necesariamente a un ruso o un gallego, tampoco hoy “chino” quiere decir que se esté hablando de una persona de origen chino.

Los brincos gramaticales y ortográficos del volante-carta, seguramente responsabilidad de alguien que no es chino (pero no puedo probarlo), no hacen más que enfatizar la desaprobación y el descrédito de la relación de los inmigrantes con la lengua mayoritaria. La presunción ―empíricamente improbable― de una lengua nacional homogénea encuentra en el extranjero, siempre, un problema.

Mejor aún: un problema creado por los mismos extranjeros.

En el último siglo la ciudad tuvo sus extranjeros indeseables, sus inmigrantes sospechosos. A principios de siglo fueron los italianos, los españoles, los “rusos” o los “turcos”. En los años 30 fueron los “cabecitas negras” que venían del interior del país. Luego, en las últimas décadas del siglo, fueron los “cabecitas negras” que venían de países limítrofes. Hoy los extranjeros despreciados de la ciudad parecen ser los bolivianos, los peruanos, los “chinos”.

Esto no es novedad, ni empírica, ni académicamente. Lo que sí resulta interesante es la negociación entre la proscripción local y el exotismo global. Y en ningún sitio parece más claro que en las costumbres alimenticias.

Los despachos de comida china están regados por toda la ciudad, y las clases medias y altas los aceptan de buena gana. Incluso algunos utensilios de cocina se volvieron comunes en muchos hogares; el wok, por ejemplo. Por otro lado, en el circuito de la graciosamente llamada “cocina étnica”, algunos locales gastronómicos de los barrios de El Abasto, Palermo o Belgrano, especializados en platos peruanos, se convirtieron en estrellas.

Sin embargo, esta aceptación gastronómica funciona como excepción, o en todo caso, como desviación: responde a las modas, a las tendencias culturales globales asociadas al cosmopolitismo y el exotismo. Se come chop suey, pero el chino sigue siendo el extranjero sospechoso: no hablan la lengua y son todos iguales.

El prestigio cosmopolita de la comida étnica u oriental siempre choca contra el bajo prestigio local que se le asigna al extranjero.

Se festeja el chop suey, pero se mira con mal talante a quien lo prepara.

Chop suey, che


Los chinos tampoco ayudan, pensaba, al examinar el volante callejero que además funciona como carta de menú, o si se quiere, la carta de menú que también funciona como volante callejero. El local gastronómico, especializado en “comida china”, está en Combate de los Pozos y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Digo “local gastronómico” para llamarlo de alguna manera. Ya se verá si es correcto.

Si se examina el volante-carta, se notará que se presenta indistintamente como rotisería, restaurante y restó. Estimo que “rotisería” es la denominación que mejor le calza, pues se trata de un despacho de comida: los platillos no pueden consumirse en el local, se encargan “para llevar”. Apenas hay una mesa con dos sillas, en un rinconcito del diminuto local, donde descansan periódicos extranjeros, guías de teléfono y pilas de volantes-cartas. Por si alguien quiere esperar allí en lugar de valerse del delivery, simplemente. En el local hay también algunas guirnaldas, un cuadro con un dragón, un televisor sintonizado invariablemente en TN. Afuera, las bicicletas de los repartidores.

Como soy un dinosaurio y “delivery” todavía me suena a neologismo, a capricho de burgués comodón, suelo caminar la cuadra que me separa del local y quedarme ahí sentado, holgazaneando, a la espera del encargo de chop suey o chaw-mi-fen, observando cada detalle con la curiosidad etnográfica de quien pretende convertir la anécdota empírica particular en observación teórica general: convertir una casualidad en la médula de un sistema explicativo.

La otra noche, aburrido de las imágenes del Dakar que transmitía TN, comencé a leer el volante-carta. Mismo caso que las instrucciones de algún producto electrónico o el prospecto de un medicamento: uno no lee casi nada, sólo los dos o tres datos que le interesan. Si es que lo hace.

Del volante-menú nunca había leído más que las variantes y los precios del chop suey y el chaw-mi-fen, que es lo que me gusta, en general en versión pollo. Esta vez lo leí con un poco más de atención. Transcribo la presentación, aunque mantengo unos cuantos errores gramaticales y ortográficos; no agrego el “sic” porque es de buchón y alcahuete, y si quisiera ser buchón o alcahuete pediría trabajo en Página 12, pero téngase en cuenta que los deslices no son de transcripción:

“RESTO MINUTISA” Les ofrece la oportunidad de probar la mas típicas y deliciosas comida de China, Japón y otros países de Asia. Dandole un gusto más parecido al de occidente para que todo quede a su agrado. Además contamos con los mejores Chefs de la comida oriental para que disfrute de una comida inolvidable.

Que el restaurante chino ofrezca las más típicas y deliciosas comidas de China, Japón y otros países de Asia (¿qué países? ¿Turkmenistán? ¿Azerbaiyán? ¿Bahréin?) no hace más que enfatizar el colectivo peyorativo de “chino”. En la ciudad de Buenos Aires, cuando se dice “chino” para referirse a determinados inmigrantes o hijos de inmigrantes, tanto da si se habla de un chino, un coreano o un taiwanés. Más que un signo identitario, “chino” es una identidad signada. El juego de palabras no es muy inspirado, aunque propone que “chino” aúna una proscripción y una generalización. Al igual que, hace un siglo, decir “rusos” o “gallegos” no significaba referirse necesariamente a un ruso o un gallego, tampoco hoy “chino” quiere decir que se esté hablando de una persona de origen chino.

Los brincos gramaticales y ortográficos del volante-carta, seguramente responsabilidad de alguien que no es chino (pero no puedo probarlo), no hacen más que enfatizar la desaprobación y el descrédito de la relación de los inmigrantes con la lengua mayoritaria. La presunción ―empíricamente improbable― de una lengua nacional homogénea encuentra en el extranjero, siempre, un problema.

Mejor aún: un problema creado por los mismos extranjeros.

En el último siglo la ciudad tuvo sus extranjeros indeseables, sus inmigrantes sospechosos. A principios de siglo fueron los italianos, los españoles, los “rusos” o los “turcos”. En los años 30 fueron los “cabecitas negras” que venían del interior del país. Luego, en las últimas décadas del siglo, fueron los “cabecitas negras” que venían de países limítrofes. Hoy los extranjeros despreciados de la ciudad parecen ser los bolivianos, los peruanos, los “chinos”.

Esto no es novedad, ni empírica, ni académicamente. Lo que sí resulta interesante es la negociación entre la proscripción local y el exotismo global. Y en ningún sitio parece más claro que en las costumbres alimenticias.

Los despachos de comida china están regados por toda la ciudad, y las clases medias y altas los aceptan de buena gana. Incluso algunos utensilios de cocina se volvieron comunes en muchos hogares; el wok, por ejemplo. Por otro lado, en el circuito de la graciosamente llamada “cocina étnica”, algunos locales gastronómicos de los barrios de El Abasto, Palermo o Belgrano, especializados en platos peruanos, se convirtieron en estrellas.

Sin embargo, esta aceptación gastronómica funciona como excepción, o en todo caso, como desviación: responde a las modas, a las tendencias culturales globales asociadas al cosmopolitismo y el exotismo. Se come chop suey, pero el chino sigue siendo el extranjero sospechoso: no hablan la lengua y son todos iguales.

El prestigio cosmopolita de la comida étnica u oriental siempre choca contra el bajo prestigio local que se le asigna al extranjero.

Se festeja el chop suey, pero se mira con mal talante a quien lo prepara.

Chop suey, che

Los chinos tampoco ayudan, pensaba, al examinar el volante callejero que además funciona como carta de menú, o si se quiere, la carta de menú que también funciona como volante callejero. El local gastronómico, especializado en “comida china”, está en Combate de los Pozos y Estados Unidos, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Digo “local gastronómico” para llamarlo de alguna manera. Ya se verá si es correcto.

Si se examina el volante-carta, se notará que se presenta indistintamente como rotisería, restaurante y restó. Estimo que “rotisería” es la denominación que mejor le calza, pues se trata de un despacho de comida: los platillos no pueden consumirse en el local, se encargan “para llevar”. Apenas hay una mesa con dos sillas, en un rinconcito del diminuto local, donde descansan periódicos extranjeros, guías de teléfono y pilas de volantes-cartas. Por si alguien quiere esperar allí en lugar de valerse del delivery, simplemente. En el local hay también algunas guirnaldas, un cuadro con un dragón, un televisor sintonizado invariablemente en TN. Afuera, las bicicletas de los repartidores.

Como soy un dinosaurio y “delivery” todavía me suena a neologismo, a capricho de burgués comodón, suelo caminar la cuadra que me separa del local y quedarme ahí sentado, holgazaneando, a la espera del encargo de chop suey o chaw-mi-fen, observando cada detalle con la curiosidad etnográfica de quien pretende convertir la anécdota empírica particular en observación teórica general: convertir una casualidad en la médula de un sistema explicativo.

La otra noche, aburrido de las imágenes del Dakar que transmitía TN, comencé a leer el volante-carta. Mismo caso que las instrucciones de algún producto electrónico o el prospecto de un medicamento: uno no lee casi nada, sólo los dos o tres datos que le interesan. Si es que lo hace.

Del volante-menú nunca había leído más que las variantes y los precios del chop suey y el chaw-mi-fen, que es lo que me gusta, en general en versión pollo. Esta vez lo leí con un poco más de atención. Transcribo la presentación, aunque mantengo unos cuantos errores gramaticales y ortográficos; no agrego el “sic” porque es de buchón y alcahuete, y si quisiera ser buchón o alcahuete pediría trabajo en Página 12, pero téngase en cuenta que los deslices no son de transcripción:

“'RESTO MINUTISA' Les ofrece la oportunidad de probar la mas típicas y deliciosas comida de China, Japón y otros países de Asia. Dandole un gusto más parecido al de occidente para que todo quede a su agrado. Además contamos con los mejores Chefs de la comida oriental para que disfrute de una comida inolvidable".

Que el restaurante chino ofrezca las más típicas y deliciosas comidas de China, Japón y otros países de Asia (¿qué países? ¿Turkmenistán? ¿Azerbaiyán? ¿Bahréin?) no hace más que enfatizar el colectivo peyorativo de “chino”. En la ciudad de Buenos Aires, cuando se dice “chino” para referirse a determinados inmigrantes o hijos de inmigrantes, tanto da si se habla de un chino, un coreano o un taiwanés. Más que un signo identitario, “chino” es una identidad signada. El juego de palabras no es muy inspirado, aunque propone que “chino” aúna una proscripción y una generalización. Al igual que, hace un siglo, decir “rusos” o “gallegos” no significaba referirse necesariamente a un ruso o un gallego, tampoco hoy “chino” quiere decir que se esté hablando de una persona de origen chino.

Los brincos gramaticales y ortográficos del volante-carta, seguramente responsabilidad de alguien que no es chino (pero no puedo probarlo), no hacen más que enfatizar la desaprobación y el descrédito de la relación de los inmigrantes con la lengua mayoritaria. La presunción ―empíricamente improbable― de una lengua nacional homogénea encuentra en el extranjero, siempre, un problema.

Mejor aún: un problema creado por los mismos extranjeros.

#SEGUIR LEYENDO

viernes 8 de enero de 2010

Sandro y el problema de la veracidad de la historia

Hace unos quince años, en la segunda mitad de la década de 1990, un amigo, Lord Faku, trabajaba en un almacén, que era un poco almacén, un poco kiosco, un poco fiambrería, un poco de todo.

El almacén estaba sobre la calle Matheu, casi llegando a la avenida Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires. Al frente, hacia el lado de la calle Moreno, estaba la pizzería (de hecho, allí sigue todavía). La llamábamos “la pizzería heavy”. Era la típica pizzería de barriada, chiquita, oscura, calurosa, mugrosa, frecuentada siempre por los mismos parroquianos con caras de haber caído en desgracia hacía añares. No había mesas, una tabla larga fijada a la pared hacía las veces de pequeña barra, un par de banquetas de madera arrimadas al mostrador invitaban a esperar el pedido o a liquidarlo allí mismo. Las ratas y las cucarachas no se veían, pero se intuían.

Algún transeúnte desprevenido pudo haber dicho que era un asco de pizzería, y no habría mucho para discutirle al respecto. Podría ponerse como atenuante, eso sí, que de ese horno salió la mejor “pizza de cancha” que haya conocido esta ciudad. Las comillas vienen al caso: lo que allí llamaban “pizza de cancha” no era la tradicional pizza de cancha (la masa con salsa de tomate, especias, sin queso) sino una suerte de calzone aporteñado. Y era una verdadera delicia.

Los fines de semana solíamos parar en esa pizzería antes de que nuestros huesos terminaran la noche en algún hoyo punk (por usar la expresión del ensayista mexicano Carlos Monsiváis). Una vez que Lord Faku cerraba el negocio, cruzábamos a la pizzería con unas cuantas botellas de cerveza que sacábamos de la heladera del almacén. Suerte de intercambio no contemplado ni en el potlatch ni en la kula: nosotros aportábamos la cerveza, los pizzeros aportaban la pizza, y así pasábamos el rato.



En la pizzería heavy confluía un heterogéneo grupo de personas (hombres, en su mayoría) cuyo único rasgo en común parecía ser, redundantemente, la confluencia en esa pizzería. Variaban las edades, los modos de socialización, los orígenes geográficos, las experiencias de vida, los horizontes de expectativas, cualquier cosa que pudiera tomarse como parámetro. Lo único que parecía unir a esos mundos disímiles e irreconciliables era la pizzería heavy.

Se hablaba de fútbol, de política, de mujeres y de programas de televisión; y por sobre todo, se hablaba de música. Acaso porque el momento de confluencia eran las noches de viernes o sábado, cuando la industria cultural dictamina que deben enfatizarse los estereotipos identitarios en los centros nocturnos de esparcimiento. Más colonia, más gomina, más tachas, más rímel, más lentejuelas, más brillo en los zapatos. Cada cual atiende su juego, pero el juego es el mismo.

Acaso por eso, porque la interacción en la pizzería heavy estaba signada por la actividad culturalmente determinada que le seguía, que consistía en la interacción en esos sitios donde la identidad y los estereotipos se desarrollan, afianzan y consagran, las discusiones musicales se volvían más tajantes: las diferencias y las similitudes tendían a acentuarse.

Los pibes que después partían para las bailantas de Once y Constitución, el pizzero que rememoraba las peñas de no sé qué provincia, los clientes viejos que bebían ginebra y hablaban sobre cantores de tango que sólo dos o tres enterados recuerdan, los extranjeros de tonos caribeños que se iban al salón de salsa, los que estaban con la marcha, los que íbamos al hoyo punk… Parecían mundos encontrados, las disputas y las bromas no tardaban en estallar. Pero en un punto todo se armonizaba: Sandro.

En la pared, detrás del mostrador, había un gran cuadro con la foto de Sandro. Y todos ―los del folklore, la bailanta, el tango, el punk, la salsa, la marcha o lo que sea― coincidíamos en Sandro. No sabría explicar las razones ―no lo sabía entonces, y no lo sé ahora―, pero son anécdotas como éstas las que, de algún modo, construyen la historia que se construye alrededor de personas como Sandro.

Aunque rebuscada, la tautología es intencionada: son historias que construyen historias. Que, por decirlo de otra manera, construyen discursividades.

Cuando alguien muere pensamos en el pasado, y ese pasado, pensado, suele estar cubierto por un velo de candidez, de simplicidades. Podría decirse que se trata, incluso, de alguna exigencia de género discursivo, una de las patas de su verosímil.

De todas las historias que se cuentan sobre Sandro, quizás la que más me gusta es la siguiente. Dicen que Sandro tenía una especial debilidad por los diccionarios etimológicos, que una buena parte de su biblioteca se completa con volúmenes enciclopédicos de esa disciplina académica. Una vez, en una librería, Sandro estaba husmeando los diccionarios dedicados al tema, que suelen ser bastante costosos. A su lado había otro cliente, mirando con mucha atención un tomo en particular, una edición importada y carísima. Preguntó el precio al vendedor, se le informó el valor, y el hombre lo dejó con gesto resignado.

Sandro, que miraba la escena, le preguntó al hombre si realmente le interesaba el libro. Claro, le dijo el hombre, pero no puedo pagarlo.

―¡Entonces usted no se va de la librería sin ese libro! ―dicen que dijo Sandro, solemne, antes de comprarle el diccionario costosísimo al hombre.

Es poco importante si esto sucedió realmente, o si sucedió algo parecido, o si jamás sucedió. Lo que interesa es que sucedió en la historia que se construyó sobre Sandro: es una historia que construye la historia.

Se puede ilustrar el mecanismo con un desvío.

A fines de 1966 se publicó El álbum de oro de Julio Sosa. El disco recopilaba las canciones más recordadas de la meteórica carrera de Julio Sosa, “el varón del tango”, quien había hecho sus primeras grabaciones como solista en 1961 y había fallecido en un accidente automovilístico en 1964. En la contratapa del disco, una persona sin identificar escribió un texto evocando al cantor; está fechado en Buenos Aires, el 26 de noviembre de 1966. Luego de un comentario sobre sus primeros registros para la CBS, en aquel momento todavía Columbia, el anónimo autor describió a Sosa como un gran humorista, un tipo que podía reírse de sí mismo, “rasgo raro en un artista”. Añadió en el párrafo siguiente:

Como casi todos los auténticos humoristas, Sosa era un hombre básicamente triste y de honda sensibilidad. Cuando grabó el tango “En esta tarde gris” lloró durante la grabación y cuando terminó, dijo: “Aunque no haya salido bien, no lo puedo repetir”.

No sé si esa historia fue cierta, pero cuando uno oye la interpretación de “En esta tarde gris” que Sosa grabó aquel 22 de febrero de 1963, entiende que la historia fue cierta en la música.

¿A quién le importa si Sandro realmente le regaló ese libro a ese hombre? De hecho, ¿a quién le importa si Sandro alguna vez entró a una librería? ¿O si sabía leer siquiera? Lo importante es que la anécdota fue real en el texto, en el mundo posible construido por discursos y discursividades.

No se necesita que las historias que construyen historias sean ciertas, no importa que en la pizzería heavy ya no haya ningún cuadro de Sandro o que la convivencia culturalmente forzada en torno a ese mostrador no haya sido tan pintoresca como podría llegar a sugerirse. Lo que interesa, a fin de cuentas, es que estas historias son ciertas en los textos.

Aunque sé que la gente no vuela, eso nunca me impidió disfrutar de los comics de Superman.

En el mundo de Superman, la gente vuela; en el mundo de Sosa, el varón del tango llora al interpretar “En esta tarde gris”; en el mundo de Sandro, el músico misterioso regala costosos diccionarios etimológicos a extraños y basta con su figura en una pizzería del infierno para aunar trayectorias culturalmente incompatibles.

Otro modo de construir discursividades.