
Aquí vamos de nuevo, otro ejercicio de onanismo autorreferencial. Levantemos las tazas de café y brindemos por otro despropósito de la industria cultural: ¡400 entradas de Nerds All Star!
Estaba pensando en si insistir con la torta y las velitas. En el número 100 fue divertido por primerizo, por la cuota de simultánea vergüenza y desvergüenza que conlleva golpearse la espalda a uno mismo. Para el número 200 ya el chiste no era tan chistoso, pero guardaba todavía algo de sorpresa: joder, doscientos textos. En el número 300 ya se respiraba cierta rutina cansada, cierta interacción convencionalizada, aunque al menos el número 300 ameritaba hacer bromas con los 300 espartanos en polleritas. Confieso que para este número 400, tratando de imaginarme alguna referencia astuta mediante la cual alardear, sólo pude recordar cuánto me gustaba el transportador circular que usaba en la escuela primaria. Nada más. Recordarán que los transportadores semicirculares se gradúan en 180 grados sexagesimales, o 200 grados centesimales; los transportadores circulares, pues, se gradúan en 360 grados sexagesimales, o 400 grados centesimales.
—Un círculo se divide 400 grados centesimales —resumía la maestra, mientras nos instaba a sacar el transportador circular y comprobar que no mentía. Nada trascendente en términos educativos, pero más tarde, en el recreo, jugábamos competencias para ver quién hacía rodar más lejos su compás circular. Invariablemente perdía.
Como anécdota era un punto muerto, pero la escuela, la niñez revoltosa y el compás de 400 grados centesimales no tardaron demasiado en ligarse con Los 400 golpes, que es como se tradujo al español Les quatre cents coups, la película de 1959 del director francés François Truffaut. La traducción literal no es del todo mala, siempre que se recuerde que viene de la expresión francesa “Faire les quatre cents coups”, algo así como “Hacer los cuatrocientos golpes”, que podría injertarse de muchas maneras al español aunque ninguna traducción sería óptima ni definitiva. Según lo que recuerdo de la jerga de los tiempos en que hacíamos rodar compases, podría transcribirse como “Hacer las mil y una” o “Ser la piel de Judas”. Si algún maestro francés nos hubiera visto correteando detrás de los compases, habría exclamado, resignado y molesto, que qué fastidio, que qué ganas de hinchar la guindas, que siempre dando los cuatrocientos golpes.
Ni la película de Truffaut ni el compás circular parecían decir gran cosa sobre la torta del 400. Sin embargo, había allí una idea.
Escuché esta historia siendo adolescente, mientras holgazaneaba con un amigo por las costas de Rocha, en Uruguay. Fue en el pueblo de Punta del Diablo, a unos 300 kilómetros de Montevideo. Un hombre nos contó cómo se levantó el poblado, hoy devenido en importante localidad veraniega: gracias a los naufragios.
Dijo el hombre que la Punta del Diablo ganó su denominación por las complicaciones para la navegación y por la cantidad de barcos que encallaban o se hundían en las costas. Cada vez que un barco naufragaba, el mar empujaba los restos hacia la playa. Quien recogía lo que las aguas traían, se constituía en su legítimo dueño. Se valoraban las maderas, los barriles, cualquier resto de embarcación. Cuando alguien recogía algo (por ejemplo, una tabla de madera), lo clavaba en la arena; eso significaba que ese objeto le pertenecía a alguien y que no podía ser apoderado por otra persona. Así se levantaron las casitas de pescadores características de la localidad, altas y angostas, donde el ojo de buey de un barco sirve de ventana y un mástil se convierte en sólida viga para asentar cimientos.
Al menos, eso contó el hombre.
#TEXTO COMPLETO
Estaba pensando en si insistir con la torta y las velitas. En el número 100 fue divertido por primerizo, por la cuota de simultánea vergüenza y desvergüenza que conlleva golpearse la espalda a uno mismo. Para el número 200 ya el chiste no era tan chistoso, pero guardaba todavía algo de sorpresa: joder, doscientos textos. En el número 300 ya se respiraba cierta rutina cansada, cierta interacción convencionalizada, aunque al menos el número 300 ameritaba hacer bromas con los 300 espartanos en polleritas. Confieso que para este número 400, tratando de imaginarme alguna referencia astuta mediante la cual alardear, sólo pude recordar cuánto me gustaba el transportador circular que usaba en la escuela primaria. Nada más. Recordarán que los transportadores semicirculares se gradúan en 180 grados sexagesimales, o 200 grados centesimales; los transportadores circulares, pues, se gradúan en 360 grados sexagesimales, o 400 grados centesimales.
—Un círculo se divide 400 grados centesimales —resumía la maestra, mientras nos instaba a sacar el transportador circular y comprobar que no mentía. Nada trascendente en términos educativos, pero más tarde, en el recreo, jugábamos competencias para ver quién hacía rodar más lejos su compás circular. Invariablemente perdía.
Como anécdota era un punto muerto, pero la escuela, la niñez revoltosa y el compás de 400 grados centesimales no tardaron demasiado en ligarse con Los 400 golpes, que es como se tradujo al español Les quatre cents coups, la película de 1959 del director francés François Truffaut. La traducción literal no es del todo mala, siempre que se recuerde que viene de la expresión francesa “Faire les quatre cents coups”, algo así como “Hacer los cuatrocientos golpes”, que podría injertarse de muchas maneras al español aunque ninguna traducción sería óptima ni definitiva. Según lo que recuerdo de la jerga de los tiempos en que hacíamos rodar compases, podría transcribirse como “Hacer las mil y una” o “Ser la piel de Judas”. Si algún maestro francés nos hubiera visto correteando detrás de los compases, habría exclamado, resignado y molesto, que qué fastidio, que qué ganas de hinchar la guindas, que siempre dando los cuatrocientos golpes.
Ni la película de Truffaut ni el compás circular parecían decir gran cosa sobre la torta del 400. Sin embargo, había allí una idea.
Escuché esta historia siendo adolescente, mientras holgazaneaba con un amigo por las costas de Rocha, en Uruguay. Fue en el pueblo de Punta del Diablo, a unos 300 kilómetros de Montevideo. Un hombre nos contó cómo se levantó el poblado, hoy devenido en importante localidad veraniega: gracias a los naufragios.
Dijo el hombre que la Punta del Diablo ganó su denominación por las complicaciones para la navegación y por la cantidad de barcos que encallaban o se hundían en las costas. Cada vez que un barco naufragaba, el mar empujaba los restos hacia la playa. Quien recogía lo que las aguas traían, se constituía en su legítimo dueño. Se valoraban las maderas, los barriles, cualquier resto de embarcación. Cuando alguien recogía algo (por ejemplo, una tabla de madera), lo clavaba en la arena; eso significaba que ese objeto le pertenecía a alguien y que no podía ser apoderado por otra persona. Así se levantaron las casitas de pescadores características de la localidad, altas y angostas, donde el ojo de buey de un barco sirve de ventana y un mástil se convierte en sólida viga para asentar cimientos.
Al menos, eso contó el hombre.
#TEXTO COMPLETO