A veces es difícil afirmarlo, cuando se curiosea en los escaparates de las tiendas, cuando se viaja en tren subterráneo, cuando se camina con la vista hacia el cielo, mirando los rascacielos, o con la vista hacia el suelo, para esquivar los cagos de perro. Pero basta con dar un paso hacia atrás, observar el gran cuadro, y se lo notará con claridad: las ciudades son “ciudades de”.
Hay ciudades de montaña, ciudades de mar, ciudades de río, ciudades de desierto, ciudades de serranía, ciudades de volcanes, ciudades de selvas o ciudades de arroyos, entre otras tantas “ciudades de”. Buenos Aires es una ciudad de llanura. En general se lo pierde de vista, entre tantos escaparates de tiendas, trenes subterráneos, rascacielos y cagos de perro. No obstante, lo es. A la vez que la llanura penetra en la ciudad, la ciudad penetra en la llanura. Y esto es más que una expresión ingeniosa embellecida por el golpe de efecto de las tautologías. Es, de alguna manera, una condición estética, identitaria y política.
Según lo que se le exige en términos de alteridad, Buenos Aires no es una ciudad pintoresca. No es atractiva, como pueden serlo otras ciudades latinoamericanas que tuvieron grandes construcciones virreinales barrocas, o importantes artes mestizas, e incluso un pasado prehispánico que reinventar. Pocas definiciones de Buenos Aires son tan certeras como la de Katherine Sophie Dreier, artista y mecenas norteamericana vinculada con el ambiente dadá y surrealista, que visitó la ciudad en 1918: “Sólo calles, calles, calles”.
Había escuchado hablar de “la París del sur”, pero no se impresionó. Al igual que su amigo Marcel Duchamp, campeón del ready-made y lo suficientemente iluminado como para convertir un mingitorio en una de las obras de arte más importantes del siglo XX, encontró que Buenos Aires era una aldea provinciana, aburrida, monótona, construida según una repetición al infinito del damero colonial: la grilla ortogonal, calles, calles y más calles.
Escribió Dreier:
"Buenos Aires me recuerda constantemente a Brooklyn. Tiene sólo una pequeña zona divertida e interesante, y el resto consiste en una infinita perspectiva de calles. Algunas bien pavimentadas, otras mal, pero sólo calles, calles, calles".
En cierta manera no se trataba de ninguna anomalía cultural, ni histórica, ni urbanística. Santo Domingo de Guzmán, capital de República Dominicana, fundada en 1496 por Bartolomé Colón, “primera ciudad del Nuevo Mundo”, sentenció, en más de un sentido, el destino de todas las demás ciudades americanas. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en Sumario de la natural historia de las indias, publicado en 1526, la describió como superior a Barcelona y a cualquier otra ciudad europea. Había una razón: el perfecto trazado rectilíneo de sus calles.
“Como se ha fundado en nuestros tiempos ―escribió Oviedo―, fue trazada con regla y compás, y a una medida las calles todas”.
Eso la hacía superior: la regla y el compás garantizaban el orden.
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viernes 12 de marzo de 2010
Ni pintoresquismo ni villa miseria: regla y compás
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