miércoles 24 de marzo de 2010

Memoria

Una de las primeras cosas que debe aprehender (no sólo aprender, sino aprehender) un arqueólogo es la condición temporal de su profesión: la arqueología tiene que ver con el presente, no con el pasado. Los objetos con los que lidia el arqueólogo le son contemporáneos, están aquí y ahora, y lo que estudia es justamente el proceso al que ese objeto se vio sometido para llegar a su estado actual. El fin de estudio último son esos procesos, aunque uno deba valerse para ello de los objetos en que dichos procesos (naturales o culturales) dejaron sus marcas.

Algo parecido sucede con el pasado.

El pasado es algo que compete al presente. Por decirlo tontamente, el pasado no está en el pasado. El pasado ―al igual que los objetos que estudia la arqueología― está aquí y ahora. Al igual que están aquí y ahora la memoria, los recuerdos y la historia.

Aunque a veces se los vista con la misma ropa, son artefactos diferentes y muchas veces, muchísimas, incompatibles. La memoria y la historia no suelen llevarse bien. La ensayista Beatriz Sarlo escribió en su libro Tiempo pasado que la historia no siempre puede creerle a la memoria, y que la memoria desconfía de la historia porque ésta no siempre pone su centro en los derechos del recuerdo. Es decir: la historia frunce el ceño ante la mirada parcial de la memoria, la memoria frunce el ceño ante una historia que no tome como mirada legítima el recuerdo que la valida.

La memoria se impone, de manera externa y coercitiva. Esto está dicho en un sentido funcionalista, con la rotundez positivista de hace más de un siglo, con el significado que Emile Durkheim le daba en Las reglas del método sociológico a los hechos sociales y que bien puede parafrasearse: la memoria es toda manera de hacer, fijada o no, susceptible de ejercer una coacción exterior sobre el individuo; o bien, la memoria es general en la extensión de una sociedad dada, conservando una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales.

Los recuerdos están confeccionados de un material diferente. Aunque ambos sean artefactos del presente, podría decirse ―si se permiten los parteaguas maniqueos― que mientras que la memoria es una construcción colectiva fácilmente asimilable a algún macroconcepto sociohistórico (“el pueblo”, “los argentinos”, “la sociedad”), los recuerdos bien pueden leerse a través de un pasaje de El hombre rebelde, el ensayo de 1951 de Albert Camus:

"Ernst Dwinger, en su Siberian Diary, menciona a un teniente alemán ―durante años prisionero en un campo en donde el hambre y el frío eran casi insoportables― que se construyó un piano silencioso con teclas de madera. En la más abyecta miseria, permanentemente rodeado de un grupo de desarrapados, componía una extraña música audible sólo por él".

Los recuerdos son esa música silenciosa tocada en un piano con teclas de madera. Son artefactos que no hace falta asimilar a ningún macroconcepto, que brotan al caminar por determina calle, observar determinada fotografía, encontrarse con determinado color. De nuevo Sarlo: “Proponerse no recordar es como proponerse no percibir un olor, porque el recuerdo, como el olor, asalta, incluso cuando no es convocado. Llegado de no se sabe dónde, el recuerdo no permite que se lo desplace; por el contrario, obliga a una persecución, ya que nunca está completo”.

#TEXTO COMPLETO