―¡Mirá! ¡Rápido! ¿Está ahí? ¿Lo ves?
Apoyé el dedo índice sobre el vidrio de la ventanilla, en dirección al puñado de vacas que pastaban bajo el cielo brillante de la mañana bonaerense. Mi amiga CW se quitó los auriculares y sonrió.
―¿Dónde?
―Ahí. Las vacas.
―A ver... No. No lo veo.
―¿Estás segura? La más gorda se parece, tiene cierto aire...
No respondió, pero seguía sonriendo. El micro de La Lujanera devoraba la ruta 7, mientras CW, inmersa en Electrodinámica cuántica de Richard Feynman, oía Portishead en su walkman amarillo patito y yo buscaba a Dios entre las vacas de los campos linderos al camino. Cansadora tarea ésa de buscar a Dios.
La espalda se me partía a causa del mal sueño. Había pasado la noche en la bolsa de dormir, junto a la cama de CW. Solía quejarme de que siempre me tocara la bolsa y nunca se dignara en prepararme un catre o al menos un colchoncito respetable.
―¿Qué soy? ¿Tu mascotita? ¿El perrito Fido que duerme acurrucado en tu alfombra?
En realidad no me molestaba, pero era divertido protestar y pasar por víctima. Éramos jóvenes y nerds y punks, vivíamos entre fanzines hardcore en fotocopias y sótanos llenos de chicos que iban a cambiar el mundo con una canción, sabíamos tanto de sistemas no lineales y fractales como del paseo por ebriedad-y-vagancia que seguía el documentos-contra-la-pared; lo mismo daba dormir en un banco de estación, en una bolsa de campaña, en la Biblioteca del Congreso, en el 79 camino a Balcarce y Alsina para agarrar el primer 244 ramal 4. Cuando uno es joven, ni siquiera se imagina esos extraños dolores que con los años irán apoderándose de su espalda, de sus rodillas, de su cintura, de su nuca. Hoy, que cumplo 35, sonrío al releer a Douglas Coupland: “Mi cuerpo envejece, adquiere colores extraños, se niega a obedecer órdenes, cada vez pertenece menos al yo que recuerdo haber sido”. Algo así.
Y éramos jóvenes y nerds y punks, sí, pero el mejor momento de la noche llegaba cuando había transcurrido cierto tiempo desde que apagábamos la luz y dejábamos de hablar pelotudeces. Entonces CW se levantaba despacito y me arropaba con una colcha de lana que había tejido cuando niña. Según creía, evitaba las pesadillas, las phantasticae illusiones. Ella no sabía que yo permanecía despierto, haciéndome el dormido hasta que me cubría con su colcha encantada.
Quizás eran algunos de los mejores momentos de nuestras vidas, de nuestras vidas con mayúsculas, y ni siquiera lo sabíamos. O como también escribió Coupland:
“Creo que había una contrapartida en alguna parte. El precio que pagábamos por nuestra vida dorada era la incapacidad para creer del todo en el amor; en su lugar teníamos una ironía que afectaba a todo lo que tocaba. Y ahora me pregunto si esa ironía era el precio que pagábamos por la pérdida de Dios”.
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