lunes 15 de marzo de 2010

El problema de las imitaciones: la taza de café

Puede que se trate de una reacción universal, común a todo tipo de personas de todo tipo de ambientes y de todo tipo de sociedades. Puede que no, también. Si me apuran desprevenido, arriesgaría que se trata de una conducta típica de hombres de países o regiones con tradición futbolera, que ya desde pequeños aprenden a patear objetos y se pasan buena parte de sus vidas en situación manifiesta o potencial de seguir haciéndolo. Pero puedo estar equivocado.

Digo esto en relación a una práctica recurrente: poner el pie cuando un objeto se precipita hacia el suelo.

El propósito, se entiende, es aminorar el golpe y evitar que el objeto en cuestión se rompa o dañe. Por ejemplo, cuando a uno se le caen torpemente el control remoto o el teléfono celular. Sin embargo, esto se repite con otros objetos. Objetos pesados o cortantes, como martillos, cuchillos, tenedores, tarros de mermelada o lo que se imaginen. Si a uno se le cae ―no sé― un hacha, debería correr su pie lo más pronto posible; sin embargo, va y hace lo opuesto: pone el piecito, a fin de preservar el hacha, o el parquet, o quien sabe qué.

Pensaba en esto la otra mañana, cuando mi taza ―por suerte vacía― se precipitó hacia un destino de rotura y fue salvada por la rápida intervención de mi habilidoso pie derecho, al cual, por algún motivo inexplicable, las grandes ligas del fútbol internacional siguen ignorando. La taza frenó la caída sobre la parte superior de la zapatilla y luego rodó mansa hacia la salvación. Ningún daño que lamentar, apenas un minúsculo rayón.

El incidente hizo que pusiera atención en la taza (cuando digo “taza” digo “taza de café”, probablemente el objeto más importante y constante de mi vida cotidiana). ¿Qué pasaba si se rompía? Probablemente no mucho. Es una linda taza, pero nada difícil de reemplazar: el mismo modelo se consigue en cualquier tienda de vajillas por menos de diez pesos. Mismo estampado, mismos colores, misma forma. No sería la misma taza, pero se le parecería lo suficiente como para que al tercer o cuarto día ya no pudiese notarse ―o recordarse― la diferencia.

La taza anterior, pasada a retiro hace ya varios años, era diferente. En principio, en términos de tamaño: más que taza de café parecía un tazón sopero. Tenía varios dibujos e inscripciones: el rostro apócrifo de Vlad El Empalador; sangre chorreando de los bordes; por dentro, una inscripción advertía que era sólo para beber sangre; por fuera se leía “Dracula” y “Romania”, y hasta traía la receta para preparar un auténtico cóctel transilvano: 50 ml de sangre tipo AB, 30 tipo A, 20 tipo 0, hielo y limón.

Aunque la taza de Drácula no se rompió, una mudanza la resquebrajó lo suficiente como para que cualquier líquido vertido en su interior amenace con convertirla en polvo (por eso de las ironías vampíricas). El problema es que esta taza ―parte de la oferta de merchandise turístico que rodea el Castillo de Bran, cerca de la ciudad de Braşov, en la región rumana de Transilvania― es más difícil de reemplazar que mi actual taza, que consigo en la tienda de la esquina y sin mucho esfuerzo.

Ahora bien: aún cuando fuera posible, ¿sería deseable sustituir cada uno de los objetos que se nos rompen, extravían o desgastan por otros lo suficientemente similares como para hacernos olvidar la sustitución? ¿Sería deseable sustituir la taza actual, o la taza de Drácula, por otras que se les parecen, por otras que salieron de la misma cadena de montaje?

#TEXTO COMPLETO