miércoles 3 de marzo de 2010

Dale un cerebro al mono y elegirá el combo dos

Hace un tiempo veía por televisión una entrevista con un representante de la filial argentina de Slow Food. El hombre tenía tal arrogancia que daban ganas de hacer la gran Elvis Presley: sacar el revólver y pegarle un tiro al televisor.

Decía el hombre que estaban en vísperas de entregar el Premio Slow Food a la defensa de la biodiversidad, reconocimiento ―explicó― que se concede a “personas sencillas”: “campesinos, pequeños artesanos, pastores, pescadores”.

Quería decir que él no es una “persona sencilla”, y que Slow Food no está formado por “personas sencillas”. El antónimo de “personas sencillas” no es, aquí, “personas complejas” o “personas complicadas”, sino “personas sofisticadas” o “personas educadas” (los términos aparecieron varias veces durante la entrevista).

El premio debía entenderse como un gesto de nobleza obliga: reconocer la encomiable labor de los nobles salvajes (por seguir con Jean-Jacques Rousseau) que intentan mantenerse por fuera de la industrialización gastronómica. Las “personas sencillas” están redimidas de los efectos del progreso y la industrialización, son una suerte de bálsamo de una humanidad más natural o más auténtica, un museo viviente de lo que el mundo fue hace mucho. Las personas sencillas pertenecen a comunidades que no han tenido progreso ni evolución, que se han mantenido impertérritas a través del tiempo.

Personas ―diría Eric Wolf― de comunidades sin historia.

Slow Food es una organización internacional que se formó en 1986 en Italia y que, según su sitio de Internet, agrupa a más de 100.000 personas en 132 países de los cinco continentes. Su logo es un caracol y su impulsor un tal Carlo Petrini, a quien a veces presentan como periodista y otras veces como biólogo.

“Slow Food es el eslabón entre ética y placer. En una palabra: eco-gastronomía. Slow Food exalta la diferencia de sabores, la producción alimentaria artesanal, la pequeña agricultura, técnicas de pesca y de ganadería sostenibles. Slow Food restituye dignidad cultural a la comida, promueve la educación del gusto y se bate por la defensa de la biodiversidad. Salvar una raza o una especie vegetal en vías de extinción, significa preservar un ambiente, recuperar una receta, regalar un placer al paladar si éste está suficientemente educado para apreciarlo”.

La presentación institucional confirma cualquier sospecha. En cuanto los BoBos (burgueses y bohemios, según la definición del periodista David Brooks) crecen y se cansan de regalarle dinero a Greenpeace, se adhieren a Slow Food y contribuyen a restituir la dignidad cultural de la comida y promover la educación del gusto y regalarle placeres al paladar y galardonar a las personas sencillas y batirse por la biodiversidad y... Ya está bien, dejémoslo.

#TEXTO COMPLETO