lunes 1 de marzo de 2010

Dale un cerebro al mono y elegirá el combo uno

Los museos son lugares vulgares, no importa que por lo general se disfracen de lo contrario. Son sitios donde el arte se momifica, donde el conocimiento se vuelve una caricatura plana. En los museos todo permanece estático, muerto, usurpado de su contexto de significación más pertinente. “No me gustan demasiado los museos. Hay algunos admirables, pero ninguno es delicioso. Las ideas de clasificación, de conservación y de utilidad pública, que son justas y claras, tienen poco que ver con las delicias ―afirmó el escritor Paul Valéry en 1923, retomado hace poco por el semiólogo Umberto Eco―. Ante mí se desarrolla en el silencio un extraño desorden organizado. Soy preso de un horror sagrado. Mi paso se torna religioso. Mi voz cambia, se vuelve un poco más alta que si estuviera en la iglesia, pero menos fuerte de lo que acostumbra a ser en la vida. Al poco rato ya no sé qué he venido a hacer en estas soledades enceradas, que recuerdan el templo y el salón, el cementerio y la escuela”.

El filósofo alemán Walter Benjamin escribió que las personas que visitan pinacotecas no pueden disimular su decepción cuando descubren que allí sólo hay cuadros colgados. Esa misma mal disimulada decepción tenía un hombre frente al desorden organizado del Museo Ernesto Bachmann, en El Chocón, provincia de Neuquén: diablos, aquí sólo hay huesos colgados.

Estaba junto a su pequeño hijo frente a los restos del Giganotosaurus Carolini, “el carnívoro más grande del mundo”, y el chico quiso saber quién había cazado semejante dinosaurio. El hombre le respondió que algún cavernícola, un hombre prehistórico. Acto seguido, se dio la vuelta y le guiñó el ojo al resto de los asistentes. El guiño quería decir que todas esas películas donde se enfrentaban cavernícolas y dinosaurios que solían pasar en Sábados de Superacción (el ciclo de matinée del viejo Canal 11 que hizo feliz a toda una generación de nerds) eran un engaño, que los hombres no habían tenido la chance de cazar dinosaurios. Que Sábados de Superacción nos había mentido.

Pero el guiño también revelaba una posibilidad truncada: de haber tenido la oportunidad, de haberse topado frente a frente, un cavernícola habría derrotado a un dinosaurio sin mayores inconvenientes.

La distancia entre hombres y dinosaurios es de unos cien millones de años; los dinosaurios se extinguieron en el Mesozoico y los primeros homínidos aparecieron en el Cenozoico. El problema con el guiño del señor no estaba en suponer que un “cavernícola” pudo haber cazado un dinosaurio, sino en dar por sentado que pudo haber cazado algo en lo absoluto.

Los primeros hombres no eran enormes predadores que andaban por las sabanas africanas, garrote en mano, desfilando las pieles de las bestias salvajes que atrapaban gracias a sus cuerpos musculosos. Para nada. Los primeros hombres eran unos monitos enclenques que a duras penas se mantenían en pie y que hacían lo único que podían para sobrevivir: carroñar.

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