Sonó el teléfono y una amable señorita recitó de corrido un montón de información que mi cerebro todavía dormido no pudo descifrar. Algo de una ergometría, un cambio de fecha o no sé qué, rematado por el desafortunado: “¿Tenés para anotar?”.
El cerebro todavía dormido hizo que el cuerpo se levantara de la cama y caminara torpemente hacia la computadora o dispositivo tecnológico más próximo. Pero, de alguna manera, el susodicho cerebro todavía dormido entendió que todo sería más rápido si seguía el método analógico, si encontraba una lapicera y un papel cualquiera: cuaderno, Moleskine, borde de periódico, servilleta, algo. Luego todo se volvió borroso. Morfeo, el implacable.
Muchas horas después, casi despierto y maldiciendo el sol que se filtraba por las rendijas de la ventana, recordé vagamente una llamada telefónica y una anotación. Tras una frenética búsqueda localicé la información: un cambio de horario, seguido de un cambio de dirección, rematado por otros números y letras cuyo significado continúa siendo un enigma. Había garabateado la información en unos bonitos anotadores con que la editorial Siglo XXI acompaña sus libros “de cortesía”. Son pequeños blocs, rectangulares, versiones en miniatura de las portadas de sus ediciones. Había escrito en el anotador de Historia de la sexualidad de Michel Foucault; más allá divisé El sentido práctico de Pierre Bourdieu.
Al lado estaba la lapicera. Más bien robusta, blanca, de plástico, con pulsador. Tenía la inscripción “Sheraton.com”, en naranja. Al girarla, podía leerse: “See the world, stay with us”.
Vea el mundo, quédese con nosotros.
Había algo molesto en el eslogan, acaso porque hacía recordar esa torpe cualidad de “no lugar” que hace décadas se le viene endilgando a las grandes cadenas de hoteles. “Vea el mundo, quédese con nosotros”. El mundo, vaya. No una ciudad, no un país, no un continente. El mundo.
¿Y dónde está el mundo?
La pregunta excedía cierta retórica crítica de mesa de saldos, pues lo que señalaba era justamente la falta de respuestas empíricas. No sabía, jamás podría saber, de qué hotel de la cadena Sheraton había recogido esa lapicera para meterla en la maleta. Sheraton tiene unos 400 hoteles en unos 70 países. Si bien 400 hoteles en 70 países no representan el mundo, y si bien no me llevé lapiceras de los 400 hoteles de los 70 países, el eslogan de la lapicera era lo suficientemente específico, y lo suficientemente incierto, como para que todas las hipótesis del antropólogo Marc Augé acerca de los no lugares, descartadas por inútiles y esquemáticas, comenzaran a golpetear y sacudir la puerta como en una película de terror.
Podía recordarse la línea final del penúltimo párrafo del célebre libro de Augé: “En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos”.
Pero no, la picazón en la nunca venía de otro lado. Ver el mundo y quedarse en el Sheraton, quería decir que uno ya no podría recordar de cuál de los 400 hoteles repartidos en 70 países había tomado la lapicera, de cuál se había llevado el gel-para-después-de-afeitar y de cual otro se había quedado con el redundante calzador de zapatos. Quería decir que el interrogante no era sobre espacios o lugares fabricados en serie y distribuidos por todo el planeta; el interrogante era acerca de cómo miraría uno esos lugares y esos espacios si estuviese obligado a habitar en ese eslogan: “See the world, stay with us”.
¿Y dónde está el mundo?
¿Y de qué hotel, de qué ciudad, de que país me llevé la lapicera que ahora descansa en un cajón del barrio de San Cristóbal, en Buenos Aires, al lado de los blocs anotadores de Siglo XXI?
¿Y cómo veremos el mundo al quedarnos con ellos, con ese específico e incierto ellos?
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miércoles 24 de febrero de 2010
Vea el mundo, quédese con nosotros
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Victor Segalen
