Y finalmente se murió Salinger. Es una noticia notable, en cierta manera esperada, aunque no definitiva. Tal como argumenté hace un año y un mes, a propósito del cumpleaños número noventa del escritor norteamericano, lo verdaderamente interesante llegará cuando abran su caja fuerte y encuentren un papel amarillento donde sólo pueda leerse una palabra: “¡Babosos!”.
Todas las especulaciones acerca de qué estuvo haciendo Jerome D. Salinger en estas décadas, acerca de todas las novelas que escribió y guardó celosamente en su caja fuerte a la espera de ediciones post mortem, se estrellarán contra el piso y fenecerán. En el mejor de los mundos, ahora que el escritor está muerto y su caja fuerte es golpeada a martillazos por sus herederos, el papel con la palabra “¡Babosos!” indicará que Salinger pasó estas décadas recostado en su hamaca paraguaya, bebiendo su propia orina, haciendo crucigramas y teniendo sexo antinatural con peces tropicales. Y que no aportó ni un punto y coma al quisquilloso mundo de las letras.
La muerte de Salinger también trajo todo un coro de opiniones ―en radio, televisión, periódicos y otros soportes― de personas que jamás en sus vidas oyeron mencionar al escritor hasta que se toparon con el cable de su defunción. Y el problema no es que alguien no haya leído nada de Salinger, pues yo no he leído nada de Salinger y eso no me impidió aprender a atarme los cordones de las zapatillas, andar en bicicleta, calcular frecuencias alélicas o jugar al chinchón. El problema ―que ni siquiera es problema, sólo una molestia― es cuando estas personas que no tienen la más mínima idea de quién es Salinger hablan de genialidad, inmortalidad y todo eso. Cuando ponderan, pues lo latoso no es que las personas ponderen, sino que ponderen sin mayores conocimientos acerca de aquello que están ponderando.
De todos los tópicos obligados, además de su retirada de la vida pública, el más mencionado fue el valor de El guardián entre el centeno, su novela de 1951, como libro iniciático en la adolescencia de muchos lectores. Incluso hubo quien, leyendo los cables de noticias, afirmó que Salinger había inventado la adolescencia tal como hoy se la conoce: que luego de su libro vino el rock’n’roll, el cine teen, las drogas, los raros peinados nuevos, la moda y el resto del mercado juvenil.
No sé si será cierto que El guardián entre el centeno es un libro para leer a los catorce, quince, dieciséis años, pero varias personas, en cuyo criterio de lectura confío, han manifestado haber leído el susodicho libro en algún momento de su pubertad. Sin ir más lejos, en el blog de aquí al lado, Ezequiel Martínez escribió: “Como casi todo adolescente, atravesé las páginas de El cazador oculto metido en las entrañas de su protagonista, Holden Caulfield. Cada vez que algún joven me pide que le sugiera un libro, lo mando a comprar el Salinger más famoso”.
Doy por sentado, entonces, que El guardián entre el centeno es uno de esos libros iniciáticos, ésos que tienen que ser leídos a cierta edad y en ciertas circunstancias, y que después, en los años sucesivos, recordaremos haberlos leído a esa cierta edad y en esas circunstancias. Y ahora que lo escribo, empiezo a pensar en si estos libros no son en realidad mitos fundacionales, parte de la historia sobre nosotros mismos que nos gusta contar: seguramente leímos muchas otras cosas de manera contemporánea, pero a la hora de construir nuestra trayectoria, a la hora de mirar hacia atrás y observar la línea recta formada por nuestras decisiones, siempre pensamos en uno o dos libros.
La función de los libros iniciáticos, pienso ahora que lo escribo, es siempre retrospectiva: la persona adulta echa un vistazo hacia atrás, clava un mojón, y construye esa sustancia gelatinosa llamada identidad.
Como faro hacia el futuro, los libros iniciáticos nada iluminan tan bien como el pasado.
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lunes 1 de febrero de 2010
Salinger, drugo de ultratumba: ¿hay una edad óptima para leer ciertos libros?
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