A falta de mejores recursos descriptivos, se dice que tal cosa se parece a tal otra. Las cosas a las que las otras cosas se parecen suelen ser, muchas veces, personas cuyo nombre o apellido se convierten en compendios estéticos. “Es muy Tarantino”, dice alguien, y uno ―se hable sobre una película, un libro, una canción, un look o cualquier otro artefacto de la industria cultural― entiende qué le están queriendo decir. Como categoría puede ser vaga, pero si el objetivo es establecer un lenguaje en común para una posible comunicación, funciona a la perfección.
Que algo sea “muy Tarantino” no deja de ser sorprendente, pues, si ser “muy Tarantino” tiene algún significado, ése debería ser algún tipo de movimiento de géneros de la industria cultural.
En ese sentido, es muy Borges.
Al igual que el escritor Jorge Luis Borges, el director y guionista Quentin Tarantino devolvió a las grandes ligas de la industria cultural géneros que parecían irrecuperables, condenados a las orillas, a los márgenes de los centros simbólicos de producción, distribución y consumo de mercancías. Y lo hizo de una manera particular: ignorando los límites.
Borges reintegró, a la “literatura mayor”, géneros menores ―desclasados, poco sutiles, asociados al populacho― como el circo criollo o el folletín gauchesco. Tarantino hizo lo mismo con géneros tan variados como el blaxploitation (en Jacky Brown, de 1997); el wuxia, el jidaigeki, el espagueti-western y el poliziottesco (en los dos volúmenes de Kill Bill, de 2003 y 2004); el exploitation y el slasher (en Death proof, su mitad de Grindhouse, de 2007); el film noir, en caso de que se lo considere un género menor (en Reservoir dogs, 1992). Ya desde el título, su obra maestra de 1994, Pulp fiction, retoma todos los géneros que confluían en las pulp magazines o pulp fiction, las revistuchas de impresión barata, bajo costo y gran tirada que, en la primera mitad del siglo XX, llenaban sus páginas de hampones, mujeres fatales, detectives, policías, crímenes, ciencia ficción, terror, cowboys, soft porno y otras basuras y escombros de la industria cultural.
Pero al igual que Borges, el modo de Tarantino de reintegrar los géneros menores a las grandes ligas es particular: lateral, si no hay una mejor forma de decirlo. Al retomar estos géneros, se los transforma: antes que obediencias, predominan los desacatos. En el prólogo de Martín Fierro, el poema gauchesco de 1872 del escritor José Hernández, en la edición de 1968 de Santiago Rueda Editor, Borges escribió: “Hernández hizo acaso lo único que un hombre puede hacer con una tradición: la modificó”.
Y esto mismo es lo que hicieron Borges y Tarantino, en diferentes momentos del siglo XX, con las tradiciones narrativas que recogieron en las orillas de la industria cultural: las modificaron.
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viernes 19 de febrero de 2010
Quentin Tarantino y esos bastardos géneros sin gloria
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