La experiencia no se aprende leyendo libros, suele leerse en los libros que tratan sobre el aprendizaje de la experiencia. Hay cierto carácter paradójico en estas afirmaciones, pero son buenas paradojas. De las que no tiene sentido intentar resolver. Bastar con reconocerlas, sonreír, y considerarlas resortes de los trucos del oficio.
Pensaba en esto leyendo, justamente, Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en ciencias sociales, el buen libro de 1998 del octogenario sociólogo Howard Becker, figura central ―hasta fundacional― en los estudios de desviación, pianista de jazz, minucioso artesano del texto académico. En estos días estuve hablando con Becker. Es la clase de sociólogo que nos cae bien.
―Si lo mandaran a una isla desierta y pudiera llevarse sólo una cosa ―le pregunté―, ¿qué se llevaría? ¿Un piano, su disco favorito de jazz o su libro de sociología preferido?
―El piano ―respondió Becker sin dudarlo.
En un tramo de Trucos del oficio menciona una observación de su colega Harvey Molotch. La historiadora Patricia Limerick había señalado que los académicos son aquellas personas con las que nadie quiso bailar en la escuela secundaria, y Molotch agregó que también son los últimos en ser elegidos para integrar los equipos de baile en las clases de gimnasia. El buen sociólogo ―parecían insinuar Becker, Limerick y Molotch― tiene mucho de incompetente social, de marginal, de individuo arrojado hacia los bordes del entramado de la sociabilidad.
Anotó Becker:
[Molotch] describe su propia imagen juvenil de la sociología como la obra de una suerte de amalgama entre Charles Wright Mills, Jack Kerouac, Lenny Bruce y Henry Miller, “héroes todos que conocían el mundo al límite: desviados, estridentes y/o mal hablados”. Es decir que, si uno quiere escribir acerca de la sociedad, antes tendrá que conocerla de primera mano y, particularmente, tendrá que conocer lugares que la gente respetable no frecuenta: “El salón donde a las bailarinas les pagan para bailar con los clientes, los complejos de viviendas sociales, las marchas de protesta, la pandilla de jóvenes y los lugares oscuros que la mayoría de nosotros sólo conoce como indicios acechantes de lo posible”.
Pero la versión del sociólogo estridente, desviado y malhablado, la versión del sociólogo como un Hunter S. Thompson combinado con Indiana Jones, pronto se rompía en pedazos. “En la mayoría de los casos ―escribió Molotch― los sociólogos no conocen otro mundo que el de su ronda diaria académica y familiar; no recorren las bolsas de negociación de bienes tangibles ni frecuentan iglesias alternativas ni clubes de golf exclusivos. Las reuniones de comité, los deberes de la enseñanza, la revisión por pares y la escritura de ensayos como éste son su única preocupación, y dejan poco o ningún espacio para andar por el mundo”.
Tanto Becker como Molotch estaban diciendo que sin conocimiento de primera mano, basado en la experiencia personal, no podrá saberse dónde encontrar material interesante, ni mucho menos reconocerse aquello que debe investigarse o probarse.
“Por carecer de conocimiento personal ―señaló Becker―, suponemos que muchas cosas comunes y corrientes forman parte de los grandes misterios de las ciencias sociales que requieren mucho estudio y mucha información para ser resueltos. Una primera versión del diagnóstico de Molotch define al sociólogo como alguien que gasta cien mil dólares en el estudio de la prostitución para descubrir lo que cualquier taxista podría haberle dicho”.
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