La primera escena de Invictus (2009), el último film de Clint Eastwood, vale toda la película. A la sazón, Invictus no es más que un dramón deportivo donde el equipo cenicienta resuelve sus problemas internos, reunifica a los aficionados, derrota a los gigantes invencibles y sale del estadio en andas y con los brazos en alto. Todo bien arriba. Los personajes son unidimensionales, los diálogos parecen de una telenovela de Alberto Migré, podría haber sido tranquilamente un telefilme de Hallmark y Eastwood (que es un director enorme, siempre aceptando y siempre dándole un giro a los grandes relatos hollywoodenses: vean, por ejemplo, High plains drifters, de 1973, o The outlaw Josey Wales, de 1976) aparece diluido en las restricciones y convenciones del género “dramón deportivo”.
Pero en esa primera escena, breve, que dura menos de dos minutos, se ve una pincelada del mejor Eastwood, casi como enganchando el comienzo de Invictus con el final de su anterior film, Gran Torino (2008), donde tan bien tratado estaba ese tema que siempre aparece ―manifiesta o subrepticiamente― en sus realizaciones: el problema de los límites.
Pues cuando el problema es el límite, la solución es el muro.
Es febrero de 1990 en Sudáfrica. De un lado de la calle, unos muchachos blancos, de pulcros uniformes, juegan al rugby. El césped del campo está muy verde, muy cuidado; hay gradas, entrenadores, orden. La reja que separa el predio de la calle es sólida, firme, bien pintada. Cruzando la calle hay otro predio, donde unos chicos negros juegan al fútbol. No tienen uniformes sino ropas hechas jirones; no hay gradas, ni entrenadores, y al parecer, tampoco orden. El terreno es irregular y polvoriento, y separándolos de la calle hay un alambrado maltrecho sostenido por palos curvos y delgados, que apenas se mantienen en pie. Se oyen sirenas y por la calle que divide ambos predios pasa la caravana que transporta a Nelson Mandela. Los chicos negros corren hacia el alambrado para vitorearlo; también los rugbiers blancos caminan hacia la reja, aunque con desdén, perplejidad y rechazo. Los chicos negros gritan, exultantes, “¡Mandela, Mandela, Mandela!”; los blancos sacuden la cabeza, incrédulos e impotentes.
―¿Quién es ése, señor? ―pregunta uno de los rugbiers a su entrenador.
―Es ese terrorista de Mandela ―le responde el entrenador―. Lo dejaron salir. Recuerden este día, muchachos. Este es el día en que nuestro país se va por el inodoro.
#TEXTO COMPLETO
miércoles 3 de febrero de 2010
La cultura (no) derriba muros
Etiquetas:
cine,
Clint Eastwood,
cultura,
discriminación,
estudios culturales,
exclusión,
muros,
Nelson Mandela,
racismo,
Raymond W. Firth
