Estuvo siempre ahí, latente, a la espera de su colofón. Había sido lanzado como una apuesta a futuro, como un potlatch entregado a un festín de destrucción de bienes y símbolos, como un regalo al que hay que corresponder con un regalo mayor. Los hombres de mi generación ―los hombres que nacimos en la década de 1970 y crecimos con el cine norteamericano de la época reaganiana, los que nunca nos creímos el sonsonete deconstructivista feminista que convierte el sexo en género, los que punkrockeábamos con el travesti Jayne County aunque jamás joderíamos con el culo― habíamos sido marcados por un acto fundacional: el llanto de John Rambo.
Ninguno de nuestros héroes había sido capaz de recoger ese guante, de devolver ese potlatch con un potlatch mucho mayor, de llevar ese acto hasta las últimas consecuencias, de consumarlo y celebrar la futilidad del camino recorrido. Hasta que Jean-Claude Van Damme fue al cajero automático y encontró sus cuentas vacías.
Y Jean-Claude lloró.
Los hombres lloran, claro que lloran. Lloran cuando se muere su gente querida y lloran cuando las mujeres los abandonan; lloran cuando las cosas no les salen como quisieran y lloran cuando escuchan una canción triste en la radio; lloran de impotencia, lloran de rabia, y también lloran de alegría, como cuando la pelota choca contra la red y en la tribuna todos se abrazan porque tu equipo salió campeón. No hay grandes misterios. Los hombres lloran al igual que lloran las mujeres y que lloran los entes asexuados deconstruidos por las feministas.
Aunque de manera velada, la industria cultural siempre lo legitimó. El periodista Juan Carlos Kreimer contaba en su libro La muerte joven que Lou Reed fue el primero en volver a ponerse una campera de cuero, en cortarse el pelo muy corto y en llorar en un escenario; el cantor Julio Sosa lloró cuando grabó el tango “En esta tarde gris”, y recitó como nadie lo había hecho antes, y como nadie lo haría después, con “La cumparsita” desgranándose en gajos de melancolía, las palabras del poeta Celedonio Flores: “Porque cuando pibe, porque cuando pibe me acunaba en tango la canción materna pa' llamar el sueño, y escuché el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de mi patio viejo; porque vi el desfile de las inclemencias, con mis pobres ojos llorosos y abiertos, y en la triste pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno”.
Las mejores canciones del grupo punk Social Distortion hablan de hombres que se toman el rostro y lloran; la primera línea de su canción “Ball and chain” sigue siendo un mojón inalcanzable: “Bueno, han sido diez años y un millar de lágrimas”. Mirá a un tipo grande llorar, tituló Henry Rollins a uno de sus primeros libros; Johnny Rotten, de Sex Pistols, lloró en un documental cuando le preguntaron por Sid Vicious y dijo que no había podido salvar a su amigo. Y lloraba el replicante Roy Batty, al final de Blade runner, y decía: “Todo esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.
Los hombres lloran.
Y si Robert Smith no lloraba era sólo para que no se le corriera el maquillaje.
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viernes 12 de febrero de 2010
JCVD: Mirá a un tipo grande llorar
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