viernes 5 de febrero de 2010

Cómo darle una paliza a Axl Rose y otras aventuras culturales en los antros del infierno

Estoy pensando en los cambios culturales y el mejor ejemplo que se me ocurre incluye bermudas. Es pobre como caso paradigmático, pero tiene su encanto.

Hace sólo unos quince años, en la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios, una persona apenas entrada en la pubertad no podía viajar en pantalones cortos en el transporte público. No había indicaciones explícitas como las que todavía sobreviven en los colectivos interurbanos (“Prohibido fumar”, “Prohibido abrir las ventanillas en época invernal”, “Prohibido salivar por las ventanas”), y aún así uno sabía que no se podía viajar en pantalones cortos, que el conductor del colectivo ni siquiera se detendría si lo veía solo en la esquina, que el guarda del tren le pediría que se bajara en la próxima estación, que el resto de los pasajeros lo observarían con desaprobación (como hoy se miraría, por ejemplo, a un hombre que viaja con el torso desnudo).

A medida que la década de 1990 avanzaba primero hacia su recodo y luego hacia su consumación, esta situación cambió: no sólo los pantalones cortos comenzaron a aceptarse sino que la proscripción cobró de inmediato un tinte añejo, de aires folklóricos, de práctica pretérita asociada con los bisabuelos o por lo menos con una época bastante remota en el tiempo. Sin embargo, no es una costumbre antiquísima. Cualquier persona que ande por los treinta años, y que no haya perdido ya la memoria, debe recordarlo.

¿Por qué se producen estos cambios? O en todo caso, ¿por qué elegimos determinados modelos y conceptos para explicarlos?

Podría decirse que se trata de una transformación progresiva de aquello que el antropólogo Clifford Geertz llamó “estructuras de significación socialmente establecidas”, esto es, “la cultura”, lo cual no resultaría tema de alarde si no fuese por la misma transformación conceptual del término.

Y la explicación, si bien no es perfecta, sí es bastante buena.

Tal como Geertz empleaba el concepto en la década de 1970, “la cultura” no era ya ese “reino del simbolismo expresivo y los significados” (estoy citando al nonagenario sociólogo norteamericano Daniel Bell) que parecía atornillado sobre una estructura técnica más sólida y decisiva. La cultura como un mantel sobre la mesa, como un reflejo superestructural en la tradición marxista más cuadrada: un pálido velo recubriendo la firme madera.

Más bien, creía Geertz, se trata de “una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas, muchas de las cuales están superpuestas o entrelazadas entre sí, estructuras que son al mismo tiempo extrañas, irregulares, no explícitas, y a las cuales el etnógrafo debe ingeniarse de alguna manera, para captarlas primero y para explicarlas después”.

El sociólogo Bell (que alguna se definió como socialista en economía, liberal en política y conservador en cultura) se cruzó de brazos. “Es un escéptico”, dijo sobre Geertz.

Acaso lo era, o acaso no, pero a partir de los trabajos de Geertz en la década de 1970, la cultura podía entenderse como un conjunto significante a descifrar, un entramado de sentido en el cual el hombre está inserto, estableciendo una relación dialéctica entre texto y contexto no a través de la constricción sino mediante la interpretación: entender el texto implica ―y presupone― comprender el contexto.

Esto puede parecer una perogrullada, pero en términos analíticos dejaba la puerta entreabierta para salir a jugar a cualquier juego que a uno se le ocurriese.

#TEXTO COMPLETO