miércoles 10 de febrero de 2010

Carnavales porteños

La distancia entre el hecho convertido en convención del discurso histórico, y el hecho como práctica empírica contemporánea, es abismal. Casi todos hemos leído alguna versión de este mismo relato: el carnaval como reapropiación del espacio público, como fiesta del pueblo y para el pueblo, como inversión de las jerarquías. La celebración callejera como principio de cambio social y político, en el sentido que le daba el gran teórico marxista francés Henri Lefebvre: la fiesta como revolución, la revolución como fiesta.

Y ahora piénsese en los carnavales porteños.

En toda celebración ―en toda sociedad y en todos sus estratos― se ponen en juego cuestiones que se relacionan con la jerarquía, el prestigio, el status, la permanencia y el cambio. Esto sucede sobre todo en los grandes festivales públicos, donde aquellos grupos de personas pertenecientes a los sectores dominantes, y a los sectores subalternos de la sociedad, desarrollan estrategias tendientes a mantener o socavar ese orden imperante.

En cualquier procesión religiosa de Buenos Aires, en los siglos XVII o XVIII, o en cualquier celebración en el Cabildo o en la Iglesia, donde se daban cita los miembros más prominentes de los sectores dominantes, cada persona y cada organismo tenía un sitio asignado y un protocolo específico que seguir. Se ocupaba cierto lugar en la procesión, cierta silla en la mesa, y aquel que no seguía estas normas podía, incluso, ser demandado legalmente. La celebración, como modo de escenificar los atributos del poder a los ojos de quienes lo ejercían y a los ojos del resto de la sociedad, estaba sujeto al seguimiento de sólidas reglas de comportamiento.

La celebración suponía solemnidad, reglas, pautas ya acordadas.

Entonces, el carnaval no podía ser más que lo opuesto: una festividad donde esa solemnidad era transgredida y parodiada, donde las reglas se ponían entre paréntesis o se olvidaban por un rato.

Es conocido el relato de un viajero anónimo, llamado simplemente “un inglés”, quien estuvo en Buenos Aires entre 1820 y 1825. Escribió: “Llegado el Carnaval se ponía en práctica una desagradable costumbre: en vez de música, disfraces y bailes, la gente se divierte arrojando cubos y baldes de agua desde los balcones y ventanas a los transeúntes y persiguiéndose unos a otros de casa en casa. Se emplean huevos vaciados y llenos de agua que se venden en las calles. A la salida del teatro en carnaval, el público es saludado por una lluvia de huevos”.

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