viernes 8 de enero de 2010

Sandro y el problema de la veracidad de la historia

Hace unos quince años, en la segunda mitad de la década de 1990, un amigo, Lord Faku, trabajaba en un almacén, que era un poco almacén, un poco kiosco, un poco fiambrería, un poco de todo.

El almacén estaba sobre la calle Matheu, casi llegando a la avenida Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires. Al frente, hacia el lado de la calle Moreno, estaba la pizzería (de hecho, allí sigue todavía). La llamábamos “la pizzería heavy”. Era la típica pizzería de barriada, chiquita, oscura, calurosa, mugrosa, frecuentada siempre por los mismos parroquianos con caras de haber caído en desgracia hacía añares. No había mesas, una tabla larga fijada a la pared hacía las veces de pequeña barra, un par de banquetas de madera arrimadas al mostrador invitaban a esperar el pedido o a liquidarlo allí mismo. Las ratas y las cucarachas no se veían, pero se intuían.

Algún transeúnte desprevenido pudo haber dicho que era un asco de pizzería, y no habría mucho para discutirle al respecto. Podría ponerse como atenuante, eso sí, que de ese horno salió la mejor “pizza de cancha” que haya conocido esta ciudad. Las comillas vienen al caso: lo que allí llamaban “pizza de cancha” no era la tradicional pizza de cancha (la masa con salsa de tomate, especias, sin queso) sino una suerte de calzone aporteñado. Y era una verdadera delicia.

Los fines de semana solíamos parar en esa pizzería antes de que nuestros huesos terminaran la noche en algún hoyo punk (por usar la expresión del ensayista mexicano Carlos Monsiváis). Una vez que Lord Faku cerraba el negocio, cruzábamos a la pizzería con unas cuantas botellas de cerveza que sacábamos de la heladera del almacén. Suerte de intercambio no contemplado ni en el potlatch ni en la kula: nosotros aportábamos la cerveza, los pizzeros aportaban la pizza, y así pasábamos el rato.

En la pizzería heavy confluía un heterogéneo grupo de personas (hombres, en su mayoría) cuyo único rasgo en común parecía ser, redundantemente, la confluencia en esa pizzería. Variaban las edades, los modos de socialización, los orígenes geográficos, las experiencias de vida, los horizontes de expectativas, cualquier cosa que pudiera tomarse como parámetro. Lo único que parecía unir a esos mundos disímiles e irreconciliables era la pizzería heavy.

Se hablaba de fútbol, de política, de mujeres y de programas de televisión; y por sobre todo, se hablaba de música. Acaso porque el momento de confluencia eran las noches de viernes o sábado, cuando la industria cultural dictamina que deben enfatizarse los estereotipos identitarios en los centros nocturnos de esparcimiento. Más colonia, más gomina, más tachas, más rímel, más lentejuelas, más brillo en los zapatos. Cada cual atiende su juego, pero el juego es el mismo.

Acaso por eso, porque la interacción en la pizzería heavy estaba signada por la actividad culturalmente determinada que le seguía, que consistía en la interacción en esos sitios donde la identidad y los estereotipos se desarrollan, afianzan y consagran, las discusiones musicales se volvían más tajantes: las diferencias y las similitudes tendían a acentuarse.

Los pibes que después partían para las bailantas de Once y Constitución, el pizzero que rememoraba las peñas de no sé qué provincia, los clientes viejos que bebían ginebra y hablaban sobre cantores de tango que sólo dos o tres enterados recuerdan, los extranjeros de tonos caribeños que se iban al salón de salsa, los que estaban con la marcha, los que íbamos al hoyo punk... Parecían mundos encontrados, las disputas y las bromas no tardaban en estallar. Pero en un punto todo se armonizaba: Sandro.

En la pared, detrás del mostrador, había un gran cuadro con la foto de Sandro. Y todos ―los del folklore, la bailanta, el tango, el punk, la salsa, la marcha o lo que sea― coincidíamos en Sandro. No sabría explicar las razones ―no lo sabía entonces, y no lo sé ahora―, pero son anécdotas como éstas las que, de algún modo, construyen la historia que se construye alrededor de personas como Sandro.

Aunque rebuscada, la tautología es intencionada: son historias que construyen historias. Que, por decirlo de otra manera, construyen discursividades.

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