miércoles 20 de enero de 2010

Mirando haitianos muertos por tevé

Qué bueno que está todo esto: decenas de miles de haitianos muertos, tirados en las calles, pudriéndose al sol, aplastados bajo los escombros, regados en los costados de los caminos. Se arriesgan cantidades: 50.000, 100.000, 150.000 cadáveres descomponiéndose frente a nuestra vista. Y se pone todavía mejor.

Se temen réplicas importantes del temblor que colocó a Haití en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo, el temblor que acabó de destruir un país siempre al borde de la destrucción. Pero son minucias (la destrucción, las muertes, la miseria), considerando los valiosos minutos de fama internacional ganados. Ya no se hablará sólo de zombies al pensar en Haití. O al menos no sólo de eso.

El sistema administrativo que regula el uso legítimo de la violencia está descabezado, no hay autoridades que conviertan en caos organizado el caos simplemente caótico. Es un sálvese quién pueda, y con suerte para usted y para mí, que somos espectadores, la situación empeorará. Y si empeora, será todavía más entretenido, más interesante. Habrá más acción, más sorpresas, más vueltas de tuerca en la trama.

No hay comida, no hay agua, no hay medicamentos, no hay lugares donde atenderse las heridas, donde dormir, donde lavarse, donde enterrar a los muertos con dignidad. Comienzan las protestas y la lucha atroz por la supervivencia. Unos manifestantes arman piquetes apilando cadáveres sobre la ruta. Se organizan saqueos. Se organizan ajusticiamientos inmediatos para quienes organizan saqueos. Hay linchamientos: saqueadores atados y asesinados a palazos. Crece el temor y la furia contra todo aquello que los haitianos no reconocen como haitiano: blancos, extranjeros, ricos.

La ayuda va en camino. Llegan los soldados, los aviones, los helicópteros, los socorristas y una nueva burocracia que ocupará el lugar de la antigua burocracia. Son miles y miles de personas tratando de ingresar por la misma puerta: quedan atoradas, nadie entra y nadie sale. Entretanto, las calles de Haití se convierten en el mejor escenario posible. Cualquier cosa puede suceder a continuación: un nuevo terremoto, un nuevo saqueo, un nuevo linchamiento, una nueva gresca, un nuevo sobreviviente, una nueva atrocidad.

El género podría ser thriller, o terror, o drama, o documental, o catástrofe. Pero no. Es otra cosa: infoentretenimiento.

El infoentretenimiento es el género discursivo predominante en la vida social occidental contemporánea. Pero también es mucho más. Se trata de una pulsión maravillosa, el modelo cognoscitivo dominante, la puesta en práctica de aquella sentencia tajante que abría La sociedad del espectáculo, el libro de 1967 del teórico francés Guy Debord: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.

Sentarse en el sillón preferido con un vaso de Coca Cola en una mano y el control remoto en la otra, sintonizar un canal de noticias, mirar haitianos muertos hasta aburrirse, hasta que pase algo (que se conviertan en zombies y se coman a los camarógrafos), hasta ponerse de pie para dirigirse a la cocina y prepararse un sándwich, hasta que empiece una serie más divertida o hasta que den ganas de meterse en Twitter a seguir consignas del tipo: “Juntemos un millón de tweets por Haití”.

Esa es la sociedad del infoentretenimiento.

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