En la mañana estaba aburrido y no tenía ganas de trabajar. Decidí inventarme una obligación para salir a vagabundear y, luego, premiarme por haber completado exitosamente dicha obligación inventada. La obligación sería hacerme de una bellísima edición de Comentarios reales de los incas, el libro de 1609 del escritor e historiador hispanoperuano Inca Garcilaso de la Vega, que había visto la otra tarde en la feria de libros que está montada en la Plazoleta Espinar, frente a la Iglesia de La Merced (del siglo XVI, la destruyó el terremoto de 1650, reabrió sus puertas veinticinco años más tarde), a metros de la Plaza de Armas, en el casco céntrico de la ciudad peruana de Cusco. Como premio por conseguir el libro (con todo lo que eso supone: buscarlo, encontrarlo, negociar, regatear), compraría un choclo en el Mercado Central y me sentaría a engullirlo frente a la Iglesia San Pedro, también de mediados del siglo XVII.
Pocas cosas hay tan gratificantes en la vida como un choclo bien hecho. En el Mercado de San Pedro, que es un galpón enorme cercano a la estación de trenes y rodeado de ferias un poco más orilleras, una señora los prepara y sirve como debe ser preparado y servido un buen choclo: apenas condimentado con un poco de sal, todavía tibio, todavía chorreando el caldo, servido con la misma chala (la hoja del choclo) que hace las veces de servilleta o agarraderas. Nada más. Ningún agregado gourmet, cool, veraniego, étnico. Ningún toque maricón, como una hojita de rúcula o un pendorchito de salsa golf. Nada. Sólo un magnífico y tibio choclo, de granos gordos y esponjosos, recién sacado de la olla sopera.
Para que aprendan los brasileños playeros arruinadores de choclos.
¿Choclos con manteca y arena? Herejía.
La mujer cusqueña tiene el puesto hacia un costado del mercado. Digo “puesto” por decir algo: su “puesto” consiste en la olla sopera, un calentador a gas y un banquito donde sentarse. Es uno de los numerosos vendedores “informales”, de los que no tienen puesto fijo pero que ocupan la misma baldosa desde hace tantas décadas que es como si lo tuvieran. Estos “informales” se ubican en los pasillos laterales, cerca de las puertas del galpón.
Y de nuevo: digo “galpón” por decir algo. Este “galpón” es una de las tantísimas obras que el ingeniero francés Gustave Eiffel dejó regadas por el continente latinoamericano. Muchos de los visitantes no lo saben. Tampoco muchos de los compradores habituales.
El mercado funciona realmente como mercado: cotidiano, a eso me refiero. Se venden frutas, verduras, carnes, panes, pescados, galletas, quesos, dulces, especias, comidas preparadas y cualquier otro producto de consumo diario. Pero al crecer el número de curiosos y sumarse a los circuitos turísticos de la ciudad, el mercado también incorporó artesanías, souvenirs, adornitos industriales y demás fruslerías.
Obviamente, como sucede en estos casos, no falta quien proteste por la pérdida de las costumbres “tradicionales”, por el aumento de la oferta de chucherías con la inscripción “Recuerdo de Cusco” en detrimento de una mayor variedad de productos comestibles. Supongo que depende de a qué se refiere uno con la palabra “tradicional”: desde dónde se comienza a contar y para construir qué idea de contemporaneidad.
Llámenme cínico, pero cuando un pibe de veinte años viene a ponderar con nostalgia sobre “sus tiempos”, apenas puedo aguantar las ganas de lanzar una ruidosa risotada.
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