viernes 29 de enero de 2010

Las tres instancias de la otredad (2)

―¡Jelou, jelou!

El turista sacudía los brazos. Más atrás, la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. El cielo encapotado, había llovido mucho y llovería todavía mucho más. La Plazuela de las Nazarenas, en la ciudad peruana de Cusco, estaba desierta y no podía seguir haciéndome el distraído. Tenía que aceptar la interpelación, sumarme a la interacción y volverme partícipe de la primera instancia de la otredad: ser aquél que fotografiara al turista junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas.

―¡Jelou, jelou!

Me detuve, lo miré y ensayé cierto leve cabezazo al aire combinado con un arqueo de cejas: ¿qué?

―Can iu plisss teik mi a pictchuurrr güit de…?

Hizo un ademán hacia la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Asentí. La clave reside en quedarse con la boca cerrada. Si no hablás, nadie sabrá de dónde sos, qué idioma conocés, qué estás haciendo ahí. Alcanzan los gestos. Si hablás, se corre el riesgo de seguir hablando.

―Du iu spik espanish?

Ufa. El tipo tenía una cara de argentino-en-busca-de-charla que se le caía al piso. Negué con la cabeza. Dios salve a mi fenotipo soviético.

El tipo se sentó junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Tomé tres fotografías. Le devolví la cámara.

―Du iu uant...?

Completó la expresión con gestos: ¿Querés que te saque una foto junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas?

Negué. Levanté levemente la mano a modo de saludo y salí en busca de mi libro de Garcilaso de la Vega y el posterior choclo. El lenguaje corporal es fabuloso.

―¡Zenkiu veri mach! ―gritó a lo lejos el turista latoso.

Esta es la primera instancia de la otredad: reconocer que el otro es diferente y que esa diferencia tiene un valor de mercado, pero hacer, de esa diferencia y de ese valor en el mercado, un hecho equivalente e indisoluble.

Mercancía y diferencia son un mismo artefacto: la chola y el acto de fotografiarla por ser chola forman parte de una misma operación cognoscitiva.


La ciudad de Cusco, “ombligo del mundo”, alguna vez capital del mayor imperio conquistador latinoamericano, es en la actualidad el centro de un enorme circuito turístico sostenido por palabras como “inca”, “patrimonio”, “ruinas”, “arqueología” y “precolombino”. Meca obligada de los recorridos turísticos de la “cultura andina”, su bello y cuidado casco histórico es visitado diariamente por millares de viajeros buscando esa primera instancia de la otredad: un “otro” exótico que fotografiar y cuya imagen llevarse como suvenir. Un “otro” exótico fácil de apropiar. Mejor todavía: institucionalmente fácil de apropiar.

Todos parecen tener algo que ofrecer al turista (artesanías, bebidas, cuadros, ropas, comidas, alojamiento, masajes, excursiones, cambio de divisas), e incluso aquellos que podrían no tener nada para ofrecer, ofrecen su misma otredad: la imagen de esa otredad.

―¡Teik mi a pikchur, míster!

Quienes ofrecen ser fotografiadas son mujeres y niñas, enfatizando cada elemento asumido como propio de su “cholitud”: el peinado, la ropa, los accesorios, los animales. Algunas están mejor producidas que otras, y sin dudas las niñas pequeñas (“ay, qué bonitas”) y las llamas bebé (“ay, qué bonitas”) suman muchos puntos. Se negocia un precio, y entonces el turista puede disponer de la imagen de esas personas (en fin, puede disponer de esas personas) a su gusto: puede pedirles que se paren así y asá, que miren hacia la fuente o hacia la catedral o hacia el cielo o hacia el suelo, puede ponerse entre ellas y todos exclamarán: ¡whisky!

La otredad está institucionalmente al alcance de la mano.

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