Hacía bien el filósofo francés Michel de Certeau cuando apelaba a la analogía de las calles y los textos. Las calles y los textos proponen ciertos recorridos, ciertas lecturas, ciertos trayectos. Pero uno puede seguirlos de diferentes maneras, o no seguirlos, o inventarse otros nuevos. Por ejemplo, en lugar de comenzar a leer el periódico por la primera página, puede ir directamente a la sección de espectáculos, a los resultados de las carreras hípicas, a la columna de opinión de tal y cual celebridad de las letras. Puede subrayar las partes que le interesan, completar el crucigrama, dibujar dientes negros en los rostros de las fotografías o ―como el Jefe de Gabinete Aníbal Fernández dijo acerca del diario Clarín― emplearlo para envolver huevos.
También con los recorridos por la ciudad sucede algo parecido: se puede dar una vuelta en una esquina o en otra, detenerse a mirar vidrieras, sentarse en un bar, seguirle los pasos a una chica linda que pasea un perro o simplemente ser guiado por una suma azarosa de desvíos. La palabra clave es “desvío” y del desvío, como de tantas otras cosas, a veces hay que volver.
Existen desvíos en la lectura y en los paseos, aunque también existen desvíos en la escritura. Por ejemplo, el ensayista Aníbal Ford abusaba a diestra y siniestra de esos desvíos, y lo hacía de manera explícita: abría un paréntesis, escribía “desvío”, ponía dos puntos y se salía del argumento principal a gusto. Luego volvía. El texto se enriquecía, el desvío llevaba a algún lugar.
Pues bien, estaba diciendo que la otra mañana estaba aburrido, que me dispuse a inventarme una obligación para salir vagabundear por las calles del Cusco, en Perú, y de pronto comencé a hablar sobre choclos.
El choclo era sólo un desvío.
Lo importante era lo que sucedió antes del choclo, antes de cumplir con la obligación inventada, antes de abrir un paréntesis, explicitar el desvío y poner dos puntos.
(Desvío: choclo)
De vuelta al trayecto.
Era temprano. Poca gente por la calle. Aunque no llovía, el cielo estaba encapotado y se anunciaban más tormentas. Caminaba hacia la Plazoleta Espinar, donde está montada la feria de libros, en busca de un tomo del Inca Garcilaso de la Vega. Bajé por Siete Angelitos y tomé el pasaje Siete Culebras, que desemboca en la Plazuela de Las Nazarenas. Esta plazoleta se encuentra flanqueada por el Museo de Arte Precolombino, la capilla de San Antonio de Abad y la casa de Jerónimo Luis de Cabrera, adelantado español y fundador de la ciudad argentina de Córdoba en 1573.
Fue entonces cuando los vi.
Estaban la chola, estaban las cholitas, estaban las llamas, estaban las llamitas y estaba el turista mirando en derredor para que alguien le tomara una fotografía.
Seguí caminando, la vista clavada en el suelo. El turista (un tipo de unos treinta y pico de años) empezó a chistar y a mover los brazos. Seguí caminando.
―¡Jelou, jelou!
Seguí caminando, simulando que estaba enfrascado en mis propios asuntos o concentrado en un objeto invisible que avanzaba por las baldosas un paso delante de mí.
―¡Jelou, jelou!
Pero la plazoleta es plazoleta, breve, y no había nadie más. Imposible ignorarlo durante mucho más tiempo.
―¡Jelou, jelou!
Bien, hora de un desvío.
#TEXTO COMPLETO