Semanas atrás caminaba por la zona de Constitución, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. En la puerta de la sucursal del supermercado Coto que está en diagonal a la estación de trenes, se amontonaba todo un batallón de policías. Un rato antes, el líder piquetero Raúl Castells había pretendido ocuparlo o bloquearlo o no sé qué, reclamando bolsones de comida o restitución de empleos o no sé qué. Amenazó con comenzar otra huelga de hambre, lanzó acusaciones, se revolcó por el suelo, se lo llevaron a la comisaría.
Seguí caminando por la avenida San Juan, hacia el lado de Entre Ríos. Nuevo amontonamiento de personas en la esquina de la calle San José, a metros de la Comisaría 16, donde el dirigente se encontraba demorado: policías, ambulancias, militantes del MIJD (Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, el espacio político de Castells), cámaras de televisión, curiosos varios.
Liberaron a Castells. Lo recibieron entre abrazos y aplausos. Le dieron un micrófono, comenzó a hablar. Dijo que ahora iría al hospital para un control médico; que Coto le había ofrecido bolsones con alimentos pero que se los metieran en el culo (aplausos festivos); que los fascistas kirchneristas, enriquecidos y corruptos, estaban matando de hambre al pueblo; que él no tranzaba como los piqueteros oficialistas; que el piquetero kirchnerista Luis D’Elia tomaba una comisaría y no pasaba nada, pero que él se paraba al frente de un supermercado y le caían encima todos los uniformados.
Todas las personas que se habían congregado miraban a Castells. Militantes, policías, camarógrafos, vecinos, transeúntes. El cuerpo social de Castells (sus rasgos reconocibles, reproducidos cientos de miles de veces en periódicos, noticieros, en radio y televisión, en banderas y afiches callejeros) parecía constituir un centro hacia el que todas las miradas convergían, hacia el que la atención confluía como si se tratase de los agujeros negros de las películas de ciencia ficción. Empecé a preguntarme si en esa atracción, en esa necesidad de mirarlo aún cuando no estuviera haciendo nada, consistía la esencia de su liderazgo.
Pensé, pues, en el carisma del piquetero Castells. Pensé, en todo caso, en si la fuerza de su autoridad se funda en el carisma. O en qué.
Los estudios académicos del carisma nunca omiten los trabajos del sociólogo alemán Max Weber, especialmente su libro póstumo Economía y sociedad, publicado en 1921, un año después de su muerte. Allí estableció que la autoridad del carisma difiere de la autoridad sostenida en las leyes o en las tradiciones. Habló de cualidades extraordinarias que no son accesibles a todas las personas (a los militantes, los policías, los camarógrafos, los vecinos, los transeúntes), que son vistas como excepcionales o especiales, y mediante las cuales esa persona establece y legitima su liderazgo.
Décadas más tarde, el antropólogo Clifford Geertz, en su libro Conocimiento local, publicado en 1983, recordaba que el carisma, al igual que todas las demás categorías centrales de la obra de Weber (legitimidad, ascetismo intramundano, racionalización, verstehen), adolecía de referentes claramente definidos. ¿Qué es el carisma, según lo que puede leerse en los trabajos de Weber? ¿Un fenómeno cultural? ¿Un fenómeno psicológico? ¿Un acto de magia? ¿Un acto de fe? ¿Un giro religioso travestido de destino secular?
La armoniosa profundidad de la obra de Weber ―creía Geertz― está fundada en su complejidad orquestal y en su esquivez crónica. El truco de Weber para controlar esa complejidad y contrarrestar esa esquivez consistía en mantener la unidad lógica, incluso, o especialmente, entre ideas opuestas.
“Sin embargo ―escribió Geertz―, en épocas más recientes y menos heroicas, la tendencia que han seguido numerosos investigadores ha consistido en reducir la influencia de su pensamiento concentrándose en una de sus dimensiones, por lo común en la psicológica; y en ningún sitio puede documentarse esto con mayor claridad que en relación con el carisma. Un número enorme de personas, desde John Lindsay hasta Mick Jagger, han sido calificadas de carismáticas, principalmente en aquellos ámbitos en que éstos han conseguido interesar a un cierto número de personas por el resplandor de su personalidad; además, la principal interpretación de ese auténtico aumento de liderazgos carismáticos en los nuevos Estados ha establecido que se trata del producto de una psicopatología estimulada por el desorden social”.
Es decir que el estudio del carisma parece reducido a un parloteo psicológico sobre autorrepresentación y neurosis colectiva. Si Adolph Hitler es el modelo político, Madonna es el modelo pop. De allí, hacia cualquier dirección, el carisma se convierte en atributo y explicación: miramos a Castells porque es un líder carismático; Castells es un líder carismático porque tiene carisma; el carisma convierte a Castells en líder carismático.
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