El grupo punk norteamericano Bad Religion publicó su noveno álbum de estudio, The gray race, en 1996. Si bien en todos los discos de Bad Religion salta a la vista (o al oído) cierto pesimismo de tono evolucionista, asumida responsabilidad del cantante y principal compositor Greg Graffin (antropólogo, geólogo, zoólogo, profesor de paleontología en la UCLA), en varios tramos de The gray race cualquier referencia a Charles Darwin parece aplastada por la mirada sombría de su colega Herbert Spencer. El tono es levemente lamarckiano; pero, como profecía, va todavía más atrás. Los ecos malthusianos, al combinarse con los todavía más lejanos ecos hobbesianos, no están solo para darle color a los estribillos: la población humana crece en progresión geométrica y los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética, será la guerra de todos contra todos, y será peor que la peor de tus pesadillas.
La canción número 11 de The gray race se llama “Ten in 2010” y cuenta con el que, descontextualizado, podría ser uno de los más absurdos estribillos para una canción pop: “¡10 en 2010! ¡10 en 2010!”.
Un quindenio después de que esa canción fuese compuesta, grabada y publicada, un quindenio después de que asumiera y consumara su destino de baratija de mercado, todavía puede escuchársela como el vaticinio que no fue, y por esa misma razón, como el pronóstico que pudo haber sido, y que acaso sea.
Basta con completar los intersticios. Cuando “10 en 2010” deja de ser sólo el estribillo torpemente elíptico de una canción pop, de una fruslería lanzada al mercado para hacer dinero de la manera más rápida y sencilla, cuando “10 en 2010” se convierte en “10 (mil millones de personas) en (el año) 2010”, la conversación excede el terreno del negocio y del arte, de la industria cultural y de los estereotipos juveniles. Parece enterrarse en ese espacio en el que los vaticinios fallidos se vuelven atemporales. Todavía hoy, al hablar de Darwin, Spencer, Malthus u Hobbes, se usa el presente del indicativo: Darwin dice que...
La atemporalidad del vaticinio fallido construye un perpetuo presente: esto no sucedió; esto no sucederá; esto está sucediendo.
Pero toda profecía encierra también la sospecha de que quizás nadie más escuche lo que uno tiene para decir; que no le presten atención; que la fuerza de la afirmación se diluya en la cavilación de la duda; que la gente se detenga un momento a mirarlo con extrañeza y que luego vuelva a sus conversaciones, sus programas de televisión, sus preocupaciones mundanas.
El terror que emana de ese estribillo puede compararse con el título del primer capítulo de La explosión demográfica, el libro de 1990 de los biólogos Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich: “¿Por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?”.
Desde que la canción de Bad Religion se publicó, y después, en los 14 años que siguieron hasta 2010, lo que uno podía escuchar junto a la rotundidez del vaticinio era la perplejidad que lo acompañaba: diez mil millones de personas en el año 2010, ¿y por qué no está todo el mundo tan asustado como nosotros?
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