Es magia o algo parecido a la magia. El cambio de año marca la transición entre dos conceptos diferentes, dos estados del alma irreconciliables: terminan “las fiestas” y comienza “el verano”. El 31 de diciembre, por la noche, uno vive en un mundo definido por el color de “las fiestas” (la gente se quiere, se abraza, se desea buenos augurios y colapsa las líneas telefónicas), pero al despertarse, el 1º de enero, el mundo es otro. Ya está en “el verano”. Desaparece de su percepción diaria el muérdago, el verde y rojo, el turrón y la pirotecnia, y en su lugar aparecen bermudas, barrigas al sol, planchuelas de telgopor, sándwiches de milanesa llenos de arena, investigaciones oiconímicas, guerra de vedettes y programas televisivos estivales con mar de fondo.
Es enero, es verano.
Y con el verano llega uno de los más fantásticos momentos del año: la época en que los supermercados se desprenden a bajo costo de los productos navideños que, por esas cosas de la magia conceptual, quedaron caducos al hacerse el brindis que anuncia el fin del 31.12 y señala el comienzo del 01.01. Sólo un brindis basta para que los precios se desplomen. Es genial.
Se me acusará de ser una miserable rata de alcantarilla. Lo niego. O, bueno, al menos lo niego en parte. Nadie se queja de que los grupos de cazadores-recolectores (sociedades cuyo método de subsistencia primario se funda en la caza y la recolección, y no, por ejemplo, en la domesticación de plantas y animales) desarrollen estrategias productivas en base a su conocimiento de los ciclos periódicos: estaciones de frío, de calor, de lluvia, de sequía, disponibilidad de ciertos frutos, de ciertas plantas, se reproducen ciertos animales, tienen crías otros animales, llegan ciertos peces, ciertas aves, ciertos insectos, y así. Durante mucho tiempo se tuvo una imagen de los cazadores recolectores ―imagen, por cierto, todavía poderosa― en la que un grupo de indios sudamericanos o de negritos africanos o de salvajes australianos vagaban por la tierra yerma en procura de cualquier objeto comestible que apareciera: una lombriz, un pasto, un cactus, una iguana en estado de descomposición.
La caza-recolección, como el menos entrenado de los antropólogos podría afirmar, supone ante todo un conocimiento sistemático de los ciclos naturales (también culturales, pues estas sociedades jamás habitaron un mundo donde no se tocaran con otras sociedades), de los períodos regulares que se suceden unos tras otros. Más que vagabundear al azar a la espera del próximo plato de comida, los cazadores-recolectores vagabundean (o vagabundeaban) en base a su conocimiento de los ciclos regulares de la vida: se viene el frío, vamos para este lado; llegan las gacelas, vamos para aquel otro.
Sistematizado el conocimiento, queda establecida entonces la estrategia de reproducción de la vida material.
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viernes 1 de enero de 2010
01.01.10
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