jueves 31 de diciembre de 2009

Empieza el final


Finales y comienzos, felices fiestas, felices años, felices vidas. (Foto: M. Pisarro)

Empieza el final


Finales y comienzos, felices fiestas, felices años, felices vidas. (Foto: M. Pisarro)

miércoles 30 de diciembre de 2009

Algo de la felicidad que posee


Llevo un buen rato sentado al costado de la ruta 205, a la vera de donde empieza Cañuelas (o de donde termina, si uno entra por la otra punta, por la estación de trenes que conserva cierto provincianismo fin de siècle). Son unos kilómetros más allá de donde acaba el Gran Buenos Aires y empieza la llanura bonaerense, rica planicie marcada con cicatrices de malones, gauchos y peronistas. Espero el 88, colectivo que me dejará en el pueblucho de Uribelarrea, una veintena de kilómetros más adelante y algunos más tierra adentro. Desde acá veo el hotel-bar donde desayuné, la avenida Libertad ―una calle ancha con varios negocios―, un monolito dando la bienvenida a los automovilistas, quizás tentándolos: “Cañuelas, tierra de oportunidades”.

Nada que hacer más que esperar, dejar correr la imaginación, permitir las conexiones más involuntarias, más efímeras. Pienso en las excusas y en las resignificaciones, en las decisiones mal tomadas y en las decisiones cuyas razones jamás conoceremos. El cielo está despejado, el sol pica la piel mientras avanza hasta la posición que indicará el mediodía, el viento sacude el polvo. A veces se oye el ruido de autos y camiones, otras veces se oye ese ruido de falta de ruido típico de las rutas cuando no pasa ningún vehículo.

Frente a mí hay toda clase de yuyos: están esos cardos con flores amarillas y compactas; ésos que parecen pequeñas margaritas; ésos que simulan largas espigas y que los chicos suelen ponerse en la boca quién sabe por qué. Decisiones que jamás conoceremos: ¿quién resolvió que éstos son “yuyos”, que estas flores no valen ni el esfuerzo de mirarlas? ¿Quién determinó que hay que sacarlas cuando crecen en el jardín en vez de organizar concursos para establecer su excelencia?

Todo retórica: ya sé que no hay un “quién”.

Las otras decisiones son también incógnitas, aunque tengamos buenas historias que las corroboren.

Las buenas historias ―me digo― son artilugios para excusarnos por no haber resuelto las incógnitas.

En esta época del año se imponen las preguntas trascendentales: quiénes somos, dónde vamos, de dónde venimos, con qué propósito. Todo eso.

Sigo la corriente.
Ya ni me acuerdo de por qué me dedico a lo que me dedico, por qué aprendí sobre usos y costumbres de sociedades lejanas y cercanas, sobre los misterios de la genética y la evolución, sobre cómo ver lo que no está en los restos que sí están. Quizás alguna vez lo supe, pero ahora la explicación no sería más que un relato prefabricado, sucio, empañado con estantes de libros y teorías fallidas: sería solo otro cuento, arrojar un dardo en la oscuridad y recién después dibujar el blanco en la pared.

Cuando uno entra a la casa del Destino ―uno de los siete hermanos de The Sandman, comic escrito por Neil Gaiman y publicado entre 1988 y 1996― descubre que frente a sí tiene todo un laberinto. Pero cuando avanza y mira hacia atrás, sólo ve una línea recta.

Esa línea recta son las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.

Los “cómo llegué a este punto” son siempre historias relatadas desde el laberinto, cuando ya hay una línea recta por detrás; cuando tenemos una historia que contar; cuando estamos a salvo; cuando poseemos un pasado que perder mucho más valioso que un futuro por ganar.

Pero quizás estos sean sólo divagues provocados por el sol y la espera. Puedo decir, sí, que lo que hago (lo que sea que hago) siempre sirvió de pretexto: para pasar el día tirado en la cama leyendo (“estoy examinando bibliografía”), para salir a vagabundear con rumbo desconocido (“estoy haciendo trabajo de campo”). Es un pretexto para estar solo, para holgazanear, para posponer responsabilidades, para que las noches sigan siendo más largas que los días, para vivir la vida de la manera en que uno quiere vivirla y no de la manera en que se supone que debe hacerlo por pertenecer a determinada franja social, etaria, económica, profesional. Un pretexto para seguir explorando el laberinto en lugar de pavonearse con la línea que va quedando atrás.

En el prólogo de la novela gráfica The Sandman: Endless nights (2003), Gaiman escribió: “El rey de los sueños aprende que uno debe cambiar o morir, y entonces toma una decisión”. Y acto seguido escucho que alguien dice: “Este año aprendí que las cosas no siempre resultan como uno quisiera, pero que en algún momento tiene que decidir que ya fue suficiente; que hay que seguir adelante”.

Le pongo mute.

Pasan palas mecánicas y carros a caballo. Evalúo las resignificaciones: carros a caballo y palas mecánicas se ven en las avenidas porteñas, pero acá todo se resignifica: se ruraliza. Son componentes de un lenguaje diferente. Miro el cartel de bienvenida a Cañuelas y recuerdo una canción que mi amigo IGN metió en un disco medio artesanal al que llamó Tiempo perdido. La canción se llama “Algo de la felicidad que posee” y ni me acuerdo de cómo suena, sólo las deudas jamás reconocidas con Vangelis o Yes.

Lo que sí recuerdo es la referencia del título. “Algo de la felicidad que posee” es parte de la expresión con que el Conde Drácula le da la bienvenida a Jonathan Harker a su castillo: “Pase y deje algo de la felicidad que posee”, me dijo IGN que Drácula le dijo a Harker. Mi edición de Drácula tiene otra versión de esa misma expresión, pienso, y entonces, mientras el sol avanza hacia lo alto y el viento sopla en la ruta, recuerdo que no estoy en ninguna ruta bajo el sol sino entre cuatro paredes abarrotadas de libros, discos y teorías fallidas, en la noche, frente al teclado y el monitor y la taza de café y la tele en mute, escribiendo todo esto. Busco mi edición de Drácula, me detengo en la dedicatoria ―mezcla de celebración por el pasado y apuestas por un futuro finalmente trunco―, leo qué dijo el traductor que Bran Stoker le hizo decir a Drácula:

―Bienvenido a mi casa. Entre libremente. Pase sin temor. ¡Y deje en ella un poco de la felicidad que trae consigo!

El viento sopla en la ruta, se acerca el mediodía, no se ve ningún 88 en el horizonte, la noche pronto dará paso a las primeras luces del día. Sentado en la ruta no sé si el colectivo finalmente vendrá, ni si en Uribelarrea encontraré lo que estoy buscando; frente al teclado, la piel roja de caminar bajo el sol, sé que me espera un viaje en micro de larga distancia, una señora que me contará que Uribe “creció mucho en estos años”, una caminata de varios kilómetros desde la 205 hasta el caserío, un pueblucho perdido en medio de tanta nada, casas bajas, calles desiertas, campo se mire por donde se mire, iglesia neogótica y rural, plaza central con olor a bosta de vaca y gallinas dando vueltas, almuerzo en una pulpería detenida en el tiempo para que los turistas digan que estuvieron en la pulpería detenida en el tiempo de la que leyeron en Internet, viaje de vuelta haciendo dedo en una camioneta roja modelo 63 de un hombre que se dedica a trasplantar árboles. Es una línea recta, algo que olvidar o que recordar.

Otro amigo, KP, me contó que cuando estaba haciendo el servicio militar lo mandaron a un pueblito de una treintena de habitantes en Santiago del Estero, a cuidar las urnas de unas elecciones. No había luz eléctrica, jugó a las cartas junto a un sol de noche, durmió en un colchón de paja, se enamoró de una chica a la que nunca más volvió a ver. Eso pasó hace más de veinte años, y todavía lo recuerda. Veinte años más tarde, sigue siendo una historia que merece ser contada.

Me pregunto cuánta felicidad dejamos cada vez que entramos ―libremente, sin temor― a una nueva tierra de oportunidades. Me pregunto adónde irá el tiempo perdido. Me pregunto si hay que cambiar o morir, cuándo hay que decir que ya fue suficiente, cuánto hay que olvidar, cuánto hay que recordar.

Los camiones pasan por la ruta, el sol en lo alto, los carros a caballo, el olor a pavimento y campo.

Mientras pienso en todo esto, esperando el 88 bajo el cielo bonaerense, veo por la ventana de mis cuatro paredes que ya amaneció.

- – - – - – - – - – - – - –

Que en 2010, alguna vez pasado y alguna vez futuro, y hoy más presente que nunca, haya oportunidades, felicidades y, sobre todo, suerte.

Buen año, y buena suerte.

Algo de la felicidad que posee


Llevo un buen rato sentado al costado de la ruta 205, a la vera de donde empieza Cañuelas (o de donde termina, si uno entra por la otra punta, por la estación de trenes que conserva cierto provincianismo fin de siècle). Son unos kilómetros más allá de donde acaba el Gran Buenos Aires y empieza la llanura bonaerense, rica planicie marcada con cicatrices de malones, gauchos y peronistas. Espero el 88, colectivo que me dejará en el pueblucho de Uribelarrea, una veintena de kilómetros más adelante y algunos más tierra adentro. Desde acá veo el hotel-bar donde desayuné, la avenida Libertad ―una calle ancha con varios negocios―, un monolito dando la bienvenida a los automovilistas, quizás tentándolos: “Cañuelas, tierra de oportunidades”.

Nada que hacer más que esperar, dejar correr la imaginación, permitir las conexiones más involuntarias, más efímeras. Pienso en las excusas y en las resignificaciones, en las decisiones mal tomadas y en las decisiones cuyas razones jamás conoceremos. El cielo está despejado, el sol pica la piel mientras avanza hasta la posición que indicará el mediodía, el viento sacude el polvo. A veces se oye el ruido de autos y camiones, otras veces se oye ese ruido de falta de ruido típico de las rutas cuando no pasa ningún vehículo.

Frente a mí hay toda clase de yuyos: están esos cardos con flores amarillas y compactas; ésos que parecen pequeñas margaritas; ésos que simulan largas espigas y que los chicos suelen ponerse en la boca quién sabe por qué. Decisiones que jamás conoceremos: ¿quién resolvió que éstos son “yuyos”, que estas flores no valen ni el esfuerzo de mirarlas? ¿Quién determinó que hay que sacarlas cuando crecen en el jardín en vez de organizar concursos para establecer su excelencia?

Todo retórica: ya sé que no hay un “quién”.

Las otras decisiones son también incógnitas, aunque tengamos buenas historias que las corroboren.

Las buenas historias ―me digo― son artilugios para excusarnos por no haber resuelto las incógnitas.

En esta época del año se imponen las preguntas trascendentales: quiénes somos, dónde vamos, de dónde venimos, con qué propósito. Todo eso.

Sigo la corriente.
Ya ni me acuerdo de por qué me dedico a lo que me dedico, por qué aprendí sobre usos y costumbres de sociedades lejanas y cercanas, sobre los misterios de la genética y la evolución, sobre cómo ver lo que no está en los restos que sí están. Quizás alguna vez lo supe, pero ahora la explicación no sería más que un relato prefabricado, sucio, empañado con estantes de libros y teorías fallidas: sería solo otro cuento, arrojar un dardo en la oscuridad y recién después dibujar el blanco en la pared.

Cuando uno entra a la casa del Destino ―uno de los siete hermanos de The Sandman, comic escrito por Neil Gaiman y publicado entre 1988 y 1996― descubre que frente a sí tiene todo un laberinto. Pero cuando avanza y mira hacia atrás, sólo ve una línea recta.

Esa línea recta son las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.

Los “cómo llegué a este punto” son siempre historias relatadas desde el laberinto, cuando ya hay una línea recta por detrás; cuando tenemos una historia que contar; cuando estamos a salvo; cuando poseemos un pasado que perder mucho más valioso que un futuro por ganar.

Pero quizás estos sean sólo divagues provocados por el sol y la espera. Puedo decir, sí, que lo que hago (lo que sea que hago) siempre sirvió de pretexto: para pasar el día tirado en la cama leyendo (“estoy examinando bibliografía”), para salir a vagabundear con rumbo desconocido (“estoy haciendo trabajo de campo”). Es un pretexto para estar solo, para holgazanear, para posponer responsabilidades, para que las noches sigan siendo más largas que los días, para vivir la vida de la manera en que uno quiere vivirla y no de la manera en que se supone que debe hacerlo por pertenecer a determinada franja social, etaria, económica, profesional. Un pretexto para seguir explorando el laberinto en lugar de pavonearse con la línea que va quedando atrás.

En el prólogo de la novela gráfica The Sandman: Endless nights (2003), Gaiman escribió: “El rey de los sueños aprende que uno debe cambiar o morir, y entonces toma una decisión”. Y acto seguido escucho que alguien dice: “Este año aprendí que las cosas no siempre resultan como uno quisiera, pero que en algún momento tiene que decidir que ya fue suficiente; que hay que seguir adelante”.

Le pongo mute.

Pasan palas mecánicas y carros a caballo. Evalúo las resignificaciones: carros a caballo y palas mecánicas se ven en las avenidas porteñas, pero acá todo se resignifica: se ruraliza. Son componentes de un lenguaje diferente. Miro el cartel de bienvenida a Cañuelas y recuerdo una canción que mi amigo IGN metió en un disco medio artesanal al que llamó Tiempo perdido. La canción se llama “Algo de la felicidad que posee” y ni me acuerdo de cómo suena, sólo las deudas jamás reconocidas con Vangelis o Yes.

Lo que sí recuerdo es la referencia del título. “Algo de la felicidad que posee” es parte de la expresión con que el Conde Drácula le da la bienvenida a Jonathan Harker a su castillo: “Pase y deje algo de la felicidad que posee”, me dijo IGN que Drácula le dijo a Harker. Mi edición de Drácula tiene otra versión de esa misma expresión, pienso, y entonces, mientras el sol avanza hacia lo alto y el viento sopla en la ruta, recuerdo que no estoy en ninguna ruta bajo el sol sino entre cuatro paredes abarrotadas de libros, discos y teorías fallidas, en la noche, frente al teclado y el monitor y la taza de café y la tele en mute, escribiendo todo esto. Busco mi edición de Drácula, me detengo en la dedicatoria ―mezcla de celebración por el pasado y apuestas por un futuro finalmente trunco―, leo qué dijo el traductor que Bran Stoker le hizo decir a Drácula:

―Bienvenido a mi casa. Entre libremente. Pase sin temor. ¡Y deje en ella un poco de la felicidad que trae consigo!

El viento sopla en la ruta, se acerca el mediodía, no se ve ningún 88 en el horizonte, la noche pronto dará paso a las primeras luces del día. Sentado en la ruta no sé si el colectivo finalmente vendrá, ni si en Uribelarrea encontraré lo que estoy buscando; frente al teclado, la piel roja de caminar bajo el sol, sé que me espera un viaje en micro de larga distancia, una señora que me contará que Uribe “creció mucho en estos años”, una caminata de varios kilómetros desde la 205 hasta el caserío, un pueblucho perdido en medio de tanta nada, casas bajas, calles desiertas, campo se mire por donde se mire, iglesia neogótica y rural, plaza central con olor a bosta de vaca y gallinas dando vueltas, almuerzo en una pulpería detenida en el tiempo para que los turistas digan que estuvieron en la pulpería detenida en el tiempo de la que leyeron en Internet, viaje de vuelta haciendo dedo en una camioneta roja modelo 63 de un hombre que se dedica a trasplantar árboles. Es una línea recta, algo que olvidar o que recordar.

Otro amigo, KP, me contó que cuando estaba haciendo el servicio militar lo mandaron a un pueblito de una treintena de habitantes en Santiago del Estero, a cuidar las urnas de unas elecciones. No había luz eléctrica, jugó a las cartas junto a un sol de noche, durmió en un colchón de paja, se enamoró de una chica a la que nunca más volvió a ver. Eso pasó hace más de veinte años, y todavía lo recuerda. Veinte años más tarde, sigue siendo una historia que merece ser contada.

Me pregunto cuánta felicidad dejamos cada vez que entramos ―libremente, sin temor― a una nueva tierra de oportunidades. Me pregunto adónde irá el tiempo perdido. Me pregunto si hay que cambiar o morir, cuándo hay que decir que ya fue suficiente, cuánto hay que olvidar, cuánto hay que recordar.

Los camiones pasan por la ruta, el sol en lo alto, los carros a caballo, el olor a pavimento y campo.

Mientras pienso en todo esto, esperando el 88 bajo el cielo bonaerense, veo por la ventana de mis cuatro paredes que ya amaneció.

- – - – - – - – - – - – - –

Que en 2010, alguna vez pasado y alguna vez futuro, y hoy más presente que nunca, haya oportunidades, felicidades y, sobre todo, suerte.

Buen año, y buena suerte.

Algo de la felicidad que posee

Llevo un buen rato sentado al costado de la ruta 205, a la vera de donde empieza Cañuelas (o de donde termina, si uno entra por la otra punta, por la estación de trenes que conserva cierto provincianismo fin de siècle). Son unos kilómetros más allá de donde acaba el Gran Buenos Aires y empieza la llanura bonaerense, rica planicie marcada con cicatrices de malones, gauchos y peronistas. Espero el 88, colectivo que me dejará en el pueblucho de Uribelarrea, una veintena de kilómetros más adelante y algunos más tierra adentro. Desde acá veo el hotel-bar donde desayuné, la avenida Libertad ―una calle ancha con varios negocios―, un monolito dando la bienvenida a los automovilistas, quizás tentándolos: “Cañuelas, tierra de oportunidades”.

Nada que hacer más que esperar, dejar correr la imaginación, permitir las conexiones más involuntarias, más efímeras. Pienso en las excusas y en las resignificaciones, en las decisiones mal tomadas y en las decisiones cuyas razones jamás conoceremos. El cielo está despejado, el sol pica la piel mientras avanza hasta la posición que indicará el mediodía, el viento sacude el polvo. A veces se oye el ruido de autos y camiones, otras veces se oye ese ruido de falta de ruido típico de las rutas cuando no pasa ningún vehículo.

Frente a mí hay toda clase de yuyos: están esos cardos con flores amarillas y compactas; ésos que parecen pequeñas margaritas; ésos que simulan largas espigas y que los chicos suelen ponerse en la boca quién sabe por qué. Decisiones que jamás conoceremos: ¿quién resolvió que éstos son “yuyos”, que estas flores no valen ni el esfuerzo de mirarlas? ¿Quién determinó que hay que sacarlas cuando crecen en el jardín en vez de organizar concursos para establecer su excelencia?

Todo retórica: ya sé que no hay un “quién”.

Las otras decisiones son también incógnitas, aunque tengamos buenas historias que las corroboren.

Las buenas historias ―me digo― son artilugios para excusarnos por no haber resuelto las incógnitas.


En esta época del año se imponen las preguntas trascendentales: quiénes somos, dónde vamos, de dónde venimos, con qué propósito. Todo eso.

Sigo la corriente.

Ya ni me acuerdo de por qué me dedico a lo que me dedico, por qué aprendí sobre usos y costumbres de sociedades lejanas y cercanas, sobre los misterios de la genética y la evolución, sobre cómo ver lo que no está en los restos que sí están. Quizás alguna vez lo supe, pero ahora la explicación no sería más que un relato prefabricado, sucio, empañado con estantes de libros y teorías fallidas: sería solo otro cuento, arrojar un dardo en la oscuridad y recién después dibujar el blanco en la pared.

Cuando uno entra a la casa del Destino ―uno de los siete hermanos de The Sandman, comic escrito por Neil Gaiman y publicado entre 1988 y 1996― descubre que frente a sí tiene todo un laberinto. Pero cuando avanza y mira hacia atrás, sólo ve una línea recta.

Esa línea recta son las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.

Los “cómo llegué a este punto” son siempre historias relatadas desde el laberinto, cuando ya hay una línea recta por detrás; cuando tenemos una historia que contar; cuando estamos a salvo; cuando poseemos un pasado que perder mucho más valioso que un futuro por ganar.

Pero quizás estos sean sólo divagues provocados por el sol y la espera. Puedo decir, sí, que lo que hago (lo que sea que hago) siempre sirvió de pretexto: para pasar el día tirado en la cama leyendo (“estoy examinando bibliografía”), para salir a vagabundear con rumbo desconocido (“estoy haciendo trabajo de campo”). Es un pretexto para estar solo, para holgazanear, para posponer responsabilidades, para que las noches sigan siendo más largas que los días, para vivir la vida de la manera en que uno quiere vivirla y no de la manera en que se supone que debe hacerlo por pertenecer a determinada franja social, etaria, económica, profesional. Un pretexto para seguir explorando el laberinto en lugar de pavonearse con la línea que va quedando atrás.

En el prólogo de la novela gráfica The Sandman: Endless nights (2003), Gaiman escribió: “El rey de los sueños aprende que uno debe cambiar o morir, y entonces toma una decisión”. Y acto seguido escucho que alguien dice: “Este año aprendí que las cosas no siempre resultan como uno quisiera, pero que en algún momento tiene que decidir que ya fue suficiente; que hay que seguir adelante”.

Le pongo mute.

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martes 29 de diciembre de 2009

Km. 0

Plaza Murillo, kilómetro cero de Bolivia (Foto: M. Pisarro)

Km. 0

Plaza Murillo, kilómetro cero de Bolivia (Foto: M. Pisarro)

lunes 28 de diciembre de 2009

La década del cero

Ahora estoy rascándome la cabeza, tratando de decidir si el 1º de enero de 2010 empieza la década del 10 del siglo XXI, y por ende, si el 31 de diciembre de 2009 finaliza la primera década del mencionado siglo. También me pregunto con qué convencionalismo lingüístico referirse a esta primera década. ¿La década del cero?

Un buen argumento es que si empezamos a contar desde uno, las decenas se cierran (no se abren) con números terminados en cero. Es decir que la década comprende del 1 al 10, de 2001 a 2010, de 2011 a 2020, y no de 0 a 9, de 2000 a 2009, de 2010 a 2019. Pero esto no impidió que se celebrara la llegada del nuevo siglo en el primer segundo del 1900, ni que se anunciara el arribo de un nuevo milenio al comenzar el año 2000.

Por una mera derivación lógica, si uno considera que la nueva década comienza el 1º de enero de 2010, está dando por sentado que existió un año cero, y que Jesús de Nazaret, a los doce meses de vida, cumplió cero años.

―Qué lindo bebé, ¿cuántos años tiene?

―Va a cumplir cero en tres meses y medio.

Cuando aparecen estos debates nunca falta quien aporte complicadísimos cálculos que demuestran que el año cero existe, o que no existe, que el calendario juliano proléptico tiene muchas ventajas, o que el calendario juliano proléptico es un mamarracho, y al pobre Dionisio El Exiguo se le hizo decir de todo: sí, no, no sé.

Ahora bien, salta a la vista que el calendario no tiene un año cero, que no tiene un día cero de la semana y que tampoco tiene un mes cero del año (sí existe una hora cero, de invención reciente, y en ello intervinieron tanto la difusión de los relojes digitales como la jerga militar norteamericana). Esto se explica a raíz de que los años (como los días o los siglos) no se cuentan con números cardinales sino que se ordenan con números ordinales. Se empieza con uno, no con cero.

En el calendario gregoriano, antes del año 1 DC no está el año 0, sino el año 1 AC. Sí tienen 0 los calendarios hindúes y budistas, pero, en todo caso, eso no es más que aritmética etnográfica. Para buena parte del mundo (no digo “el mundo cristiano”, pues también se aplica a los ateos; no digo “el mundo Occidental”, pues Israel se considera parte del mundo Occidental), especialmente en Europa y las Américas, el calendario no tiene cero y las décadas se ordenan del 1 al 10.

Pero está visto que la matemática y la cronología, aunque tengan la razón, también pueden no tenerla. O podemos hacer de cuenta que no la tienen. Hace una década, en los primeros minutos del 1º de enero de 2000, seguramente algún incompetente social levantó su dedo índice para expresar su disconformidad con la celebración de la llegada del nuevo milenio, pero casi todos los demás levantamos las copas y celebramos ese triple cero que anunciaba un nuevo año, un nuevo siglo y un nuevo milenio.

En términos de aritmética cultural, si se me permite el término, siempre es más sencillo compendiar las décadas entre el 0 y el 9. Por ejemplo, el Plan Bonex y el asesinato de María Soledad Morales, por haber sucedido en el año 1990, deberían formar parte de la década de 1980 si uno se guía por la convención matemática de 1-10. Sin embargo, existe una convención histórica y cultural para enmarcarlo en la década de 1990.

El año terminado en 9 remeda la misma situación: técnicamente es el anteúltimo año de la década, pero empíricamente no mosquea celebrar el comienzo de una nueva década cuando acaba el año terminado en 9 y comienza el acabado en 0.

En el campo simbólico ―escribió el semiólogo Umberto Eco alguna vez―, la matemática y la cronología son apenas una opinión.

La década del cero

Ahora estoy rascándome la cabeza, tratando de decidir si el 1º de enero de 2010 empieza la década del 10 del siglo XXI, y por ende, si el 31 de diciembre de 2009 finaliza la primera década del mencionado siglo. También me pregunto con qué convencionalismo lingüístico referirse a esta primera década. ¿La década del cero?

Un buen argumento es que si empezamos a contar desde uno, las decenas se cierran (no se abren) con números terminados en cero. Es decir que la década comprende del 1 al 10, de 2001 a 2010, de 2011 a 2020, y no de 0 a 9, de 2000 a 2009, de 2010 a 2019. Pero esto no impidió que se celebrara la llegada del nuevo siglo en el primer segundo del 1900, ni que se anunciara el arribo de un nuevo milenio al comenzar el año 2000.

Por una mera derivación lógica, si uno considera que la nueva década comienza el 1º de enero de 2010, está dando por sentado que existió un año cero, y que Jesús de Nazaret, a los doce meses de vida, cumplió cero años.

―Qué lindo bebé, ¿cuántos años tiene?

―Va a cumplir cero en tres meses y medio.

Cuando aparecen estos debates nunca falta quien aporte complicadísimos cálculos que demuestran que el año cero existe, o que no existe, que el calendario juliano proléptico tiene muchas ventajas, o que el calendario juliano proléptico es un mamarracho, y al pobre Dionisio El Exiguo se le hizo decir de todo: sí, no, no sé.

Ahora bien, salta a la vista que el calendario no tiene un año cero, que no tiene un día cero de la semana y que tampoco tiene un mes cero del año (sí existe una hora cero, de invención reciente, y en ello intervinieron tanto la difusión de los relojes digitales como la jerga militar norteamericana). Esto se explica a raíz de que los años (como los días o los siglos) no se cuentan con números cardinales sino que se ordenan con números ordinales. Se empieza con uno, no con cero.

En el calendario gregoriano, antes del año 1 DC no está el año 0, sino el año 1 AC. Sí tienen 0 los calendarios hindúes y budistas, pero, en todo caso, eso no es más que aritmética etnográfica. Para buena parte del mundo (no digo “el mundo cristiano”, pues también se aplica a los ateos; no digo “el mundo Occidental”, pues Israel se considera parte del mundo Occidental), especialmente en Europa y las Américas, el calendario no tiene cero y las décadas se ordenan del 1 al 10.

Pero está visto que la matemática y la cronología, aunque tengan la razón, también pueden no tenerla. O podemos hacer de cuenta que no la tienen. Hace una década, en los primeros minutos del 1º de enero de 2000, seguramente algún incompetente social levantó su dedo índice para expresar su disconformidad con la celebración de la llegada del nuevo milenio, pero casi todos los demás levantamos las copas y celebramos ese triple cero que anunciaba un nuevo año, un nuevo siglo y un nuevo milenio.

En términos de aritmética cultural, si se me permite el término, siempre es más sencillo compendiar las décadas entre el 0 y el 9. Por ejemplo, el Plan Bonex y el asesinato de María Soledad Morales, por haber sucedido en el año 1990, deberían formar parte de la década de 1980 si uno se guía por la convención matemática de 1-10. Sin embargo, existe una convención histórica y cultural para enmarcarlo en la década de 1990.

El año terminado en 9 remeda la misma situación: técnicamente es el anteúltimo año de la década, pero empíricamente no mosquea celebrar el comienzo de una nueva década cuando acaba el año terminado en 9 y comienza el acabado en 0.

En el campo simbólico ―escribió el semiólogo Umberto Eco alguna vez―, la matemática y la cronología son apenas una opinión.

La década del cero

Ahora estoy rascándome la cabeza, tratando de decidir si el 1º de enero de 2010 empieza la década del 10 del siglo XXI, y por ende, si el 31 de diciembre de 2009 finaliza la primera década del mencionado siglo. También me pregunto con qué convencionalismo lingüístico referirse a esta primera década. ¿La década del cero?

Un buen argumento es que si empezamos a contar desde uno, las decenas se cierran (no se abren) con números terminados en cero. Es decir que la década comprende del 1 al 10, de 2001 a 2010, de 2011 a 2020, y no de 0 a 9, de 2000 a 2009, de 2010 a 2019. Pero esto no impidió que se celebrara la llegada del nuevo siglo en el primer segundo del 1900, ni que se anunciara el arribo de un nuevo milenio al comenzar el año 2000.

Por una mera derivación lógica, si uno considera que la nueva década comienza el 1º de enero de 2010, está dando por sentado que existió un año cero, y que Jesús de Nazaret, a los doce meses de vida, cumplió cero años.

―Qué lindo bebé, ¿cuántos años tiene?

―Va a cumplir cero en tres meses y medio.

Cuando aparecen estos debates nunca falta quien aporte complicadísimos cálculos que demuestran que el año cero existe, o que no existe, que el calendario juliano proléptico tiene muchas ventajas, o que el calendario juliano proléptico es un mamarracho, y al pobre Dionisio El Exiguo se le hizo decir de todo: sí, no, no sé.

Ahora bien, salta a la vista que el calendario no tiene un año cero, que no tiene un día cero de la semana y que tampoco tiene un mes cero del año (sí existe una hora cero, de invención reciente, y en ello intervinieron tanto la difusión de los relojes digitales como la jerga militar norteamericana). Esto se explica a raíz de que los años (como los días o los siglos) no se cuentan con números cardinales sino que se ordenan con números ordinales. Se empieza con uno, no con cero.

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viernes 25 de diciembre de 2009

No hay Navidad sin mercado

Ayer a la mañana estaba haciendo compras en el supermercado. Supongo que es el peor día del año para hacer compras en el supermercado, pero así es la vida: todos descubrimos que nos olvidamos de algo en el mismo momento y corremos a buscarlo en el mismo lugar. Eso se llama industria cultural. Y funciona.

La cola era todo lo interminable que podía serlo, pero uno se distraía mirando a las robustas señoras aferradas con gesto fiero a sus carritos y prestas a jugar a los autitos chocadores con tal de quedarse con el último pionono en oferta; a los señores que apilaban toneladas de comida como si las siete plagas bíblicas estuviesen por caer sobre la ciudad y hubiese que llenar de provisiones el refugio antiaéreo. Además, afuera estaba húmedo y pegajoso y lloviznoso, y el obsceno aire acondicionado invitaba a soñar con paraísos fríos-templados, que es como deben ser los buenos paraísos terrenales.

En las fiestas navideñas, como en cualquier otra festividad pública, el carácter de excepcionalidad no hace más que enfatizar las prácticas culturales asociadas a la cotidianeidad. Por un rato se vive y se actúa al nivel de las más puras apariencias, poniendo en escena rituales que son pura significación y donde la sociedad encuentra una imagen de lo que debería ser en el mejor de los mundos.

O en todo caso, en el peor de ellos.

Delante de mí había una señora con un carrito lleno de alimentos y de niños. Tenía una lista larguísima de productos e iba tachándolos mentalmente (o con murmullos) al comprobar que estaban amontonados en el carrito, entre ananás, pollos, latas de palmitos, sidras, mayonesa y niños. De pronto se sobresaltó. Ensayó un gesto de desesperación (¡rayos!, pensé: ¡se olvidó a un hijo en la heladera de los quesos!), se llevó las manos a la cintura con gesto alarmado, miró en derredor con consternación:

―¡Me olvidé el Mantecol!

La transcripción apenas puede dar cuenta del desconsuelo y del abatimiento de su voz. La exclamación ―dirigida a un oyente imaginario, o tal vez a sí misma― daba a entender que se había olvidado de algo así como el arbolito o el burro del pesebre, que Papá Noel se había estrellado en la Panamericana y que no llegaría con sus regalos, que lo mejor sería declarar cancelada la Navidad e irse a dormir sin postre a las nueve de la noche. Su voz estaba diciendo: son las Pascuas y me olvidé los huevos. O también: es mi casamiento y me olvidé los anillos, al cura y al novio.

La mujer se dio la vuelta y me miró con esos ojos desesperados. Yo me quedé quieto, con mi cara de Dexter Morgan, moviendo los ojos de derecha a izquierda a fin de demostrar desconcierto.

―¡¿Me los cuidás un momento?!

Con un gesto de cabeza señaló a los niños apilados en el carrito, quienes, a su vez, me miraban con ojos acusadores: Si no nos cuidás, Dexter, mi mami no conseguirá Mantecol y arruinarás la Navidad y cuando seamos grandes saldremos a matar adolescentes promiscuos con un hacha.

Dado que no tenía ganas de interpretar el papel de Ebenezer Scrooge, asentí con un gesto amable y varonil. La mujer corrió por los pasillos en busca de Mantecol y yo me quedé ahí parado, con actitud responsable, asegurándome de que los niños no fueran abducidos por el chupacabras. La cola avanzó un lugar, empujé un lugar el carro con los niños y me sentí el padre sustituto del año. Eso fue lo más cerca que estuve de la paternidad en mi vida.

Al rato volvió la mujer, con un par de paquetes de Mantecol. Agradeció y me mostró sus Mantecol, con gesto de “Ay, qué torpe fui, casi me olvido el Mantecol”. Yo volví a sonreír con mi cara de Dexter Morgan y asentí, como dándole la razón: claro, no hay Navidad sin Mantecol.

Y la expresión quedó rondando todo el día: no hay Navidad sin Mantecol.

#TEXTO COMPLETO

No hay Navidad sin mercado


Ayer a la mañana estaba haciendo compras en el supermercado. Supongo que es el peor día del año para hacer compras en el supermercado, pero así es la vida: todos descubrimos que nos olvidamos de algo en el mismo momento y corremos a buscarlo en el mismo lugar. Eso se llama industria cultural. Y funciona.

La cola era todo lo interminable que podía serlo, pero uno se distraía mirando a las robustas señoras aferradas con gesto fiero a sus carritos y prestas a jugar a los autitos chocadores con tal de quedarse con el último pionono en oferta; a los señores que apilaban toneladas de comida como si las siete plagas bíblicas estuviesen por caer sobre la ciudad y hubiese que llenar de provisiones el refugio antiaéreo. Además, afuera estaba húmedo y pegajoso y lloviznoso, y el obsceno aire acondicionado invitaba a soñar con paraísos fríos-templados, que es como deben ser los buenos paraísos terrenales.

En las fiestas navideñas, como en cualquier otra festividad pública, el carácter de excepcionalidad no hace más que enfatizar las prácticas culturales asociadas a la cotidianeidad. Por un rato se vive y se actúa al nivel de las más puras apariencias, poniendo en escena rituales que son pura significación y donde la sociedad encuentra una imagen de lo que debería ser en el mejor de los mundos.

O en todo caso, en el peor de ellos.

Delante de mí había una señora con un carrito lleno de alimentos y de niños. Tenía una lista larguísima de productos e iba tachándolos mentalmente (o con murmullos) al comprobar que estaban amontonados en el carrito, entre ananás, pollos, latas de palmitos, sidras, mayonesa y niños. De pronto se sobresaltó. Ensayó un gesto de desesperación (¡rayos!, pensé: ¡se olvidó a un hijo en la heladera de los quesos!), se llevó las manos a la cintura con gesto alarmado, miró en derredor con consternación:

―¡Me olvidé el Mantecol!

La transcripción apenas puede dar cuenta del desconsuelo y del abatimiento de su voz. La exclamación ―dirigida a un oyente imaginario, o tal vez a sí misma― daba a entender que se había olvidado de algo así como el arbolito o el burro del pesebre, que Papá Noel se había estrellado en la Panamericana y que no llegaría con sus regalos, que lo mejor sería declarar cancelada la Navidad e irse a dormir sin postre a las nueve de la noche. Su voz estaba diciendo: son las Pascuas y me olvidé los huevos. O también: es mi casamiento y me olvidé los anillos, al cura y al novio.

La mujer se dio la vuelta y me miró con esos ojos desesperados. Yo me quedé quieto, con mi cara de Dexter Morgan, moviendo los ojos de derecha a izquierda a fin de demostrar desconcierto.

―¡¿Me los cuidás un momento?!

Con un gesto de cabeza señaló a los niños apilados en el carrito, quienes, a su vez, me miraban con ojos acusadores: Si no nos cuidás, Dexter, mi mami no conseguirá Mantecol y arruinarás la Navidad y cuando seamos grandes saldremos a matar adolescentes promiscuos con un hacha.

Dado que no tenía ganas de interpretar el papel de Ebenezer Scrooge, asentí con un gesto amable y varonil. La mujer corrió por los pasillos en busca de Mantecol y yo me quedé ahí parado, con actitud responsable, asegurándome de que los niños no fueran abducidos por el chupacabras. La cola avanzó un lugar, empujé un lugar el carro con los niños y me sentí el padre sustituto del año. Eso fue lo más cerca que estuve de la paternidad en mi vida.

Al rato volvió la mujer, con un par de paquetes de Mantecol. Agradeció y me mostró sus Mantecol, con gesto de “Ay, qué torpe fui, casi me olvido el Mantecol”. Yo volví a sonreír con mi cara de Dexter Morgan y asentí, como dándole la razón: claro, no hay Navidad sin Mantecol.

Y la expresión quedó rondando todo el día: no hay Navidad sin Mantecol.

Al igual que sucede con las naciones, uno puede contrastar, por un lado, la longevidad subjetiva que el practicante le asigna a las costumbres, y por el otro, la novedad objetiva que podría asignarles el exégeta. Las tradiciones no son mejores o peores por ser más antiguas o menos antiguas. De hecho, una tradición antigua no es más autóctona, ni más auténtica, ni más verdadera; simplemente es más vieja.

Y aún así, llama la atención cómo, en nuestra propia experiencia de vida, algunas nuevas costumbres se insertan en las prácticas cotidianas de esas celebraciones excepcionales (valga el oxímoron), y parecen cubrirse con un matiz añejo, tradicional, remoto. Sería exagerado afirmar que hoy el Mantecol forma parte de la mesa navideña argentina, pero sí puede decirse que la combinación entre una efectiva campaña de promoción y un astuto rediseño estacional del envoltorio (con motivos navideños hacia fin de año) consiguió lo que toda empresa desea para sus productos: que una mujer con los ojos desorbitados deje a sus hijos al cuidado de un extraño para correr a conseguir la mercancía que ofrecen en las góndolas.

Hasta hace una década, o mucho menos, un Mantecol en la mesa navideña era consecuencia de la improvisación o de la falta de criterio. El turrón de almendras, los confites de maní acaramelado o el pan dulce, asociados a estas celebraciones excepcionales, rompen con otras preparaciones y productos de consumo cotidiano. Mantecol no entraba en la mesa navideña justamente porque no expresaba ese carácter excepcional, de ruptura con lo cotidiano: Mantecol se come todo el año. Incluso, colmo de la rutina, es tanto producto como marca.

La relación entre las celebraciones cíclicas y el mercado es necesaria e inevitable. Es gracioso escuchar cuando alguien dice que la Navidad perdió su carácter religioso, que sólo interesa el consumo de objetos, que Coca Cola se apropió de las fiestas para vender más gaseosas. Por definición toda festividad es, en una de sus dimensiones, un hecho de mercado, entendiendo “mercado” como sistema de distribución y jerarquización de bienes, símbolos y personas.

La publicidad, las estrategias de venta de mercancías, la negociación entre significados de productos y marcas no es una estructura opresiva que se impone desde “afuera” y desde “arriba” a la práctica más “antigua” y “tradicional”, a la práctica más “verdadera”. Ninguna festividad ―de ninguna sociedad― puede entenderse sin esta concepción acotada y restringida de mercado, y las fiestas navideñas no son la excepción.

No hay Navidad sin Mantecol. Y eso quiere decir: no hay celebración sin mercado.

Y eso, en fin, quiere decir: no hay Navidad sin distribución y jerarquización de bienes, símbolos y personas.

No hay Navidad sin mercado


Ayer a la mañana estaba haciendo compras en el supermercado. Supongo que es el peor día del año para hacer compras en el supermercado, pero así es la vida: todos descubrimos que nos olvidamos de algo en el mismo momento y corremos a buscarlo en el mismo lugar. Eso se llama industria cultural. Y funciona.

La cola era todo lo interminable que podía serlo, pero uno se distraía mirando a las robustas señoras aferradas con gesto fiero a sus carritos y prestas a jugar a los autitos chocadores con tal de quedarse con el último pionono en oferta; a los señores que apilaban toneladas de comida como si las siete plagas bíblicas estuviesen por caer sobre la ciudad y hubiese que llenar de provisiones el refugio antiaéreo. Además, afuera estaba húmedo y pegajoso y lloviznoso, y el obsceno aire acondicionado invitaba a soñar con paraísos fríos-templados, que es como deben ser los buenos paraísos terrenales.

En las fiestas navideñas, como en cualquier otra festividad pública, el carácter de excepcionalidad no hace más que enfatizar las prácticas culturales asociadas a la cotidianeidad. Por un rato se vive y se actúa al nivel de las más puras apariencias, poniendo en escena rituales que son pura significación y donde la sociedad encuentra una imagen de lo que debería ser en el mejor de los mundos.

O en todo caso, en el peor de ellos.

Delante de mí había una señora con un carrito lleno de alimentos y de niños. Tenía una lista larguísima de productos e iba tachándolos mentalmente (o con murmullos) al comprobar que estaban amontonados en el carrito, entre ananás, pollos, latas de palmitos, sidras, mayonesa y niños. De pronto se sobresaltó. Ensayó un gesto de desesperación (¡rayos!, pensé: ¡se olvidó a un hijo en la heladera de los quesos!), se llevó las manos a la cintura con gesto alarmado, miró en derredor con consternación:

―¡Me olvidé el Mantecol!

La transcripción apenas puede dar cuenta del desconsuelo y del abatimiento de su voz. La exclamación ―dirigida a un oyente imaginario, o tal vez a sí misma― daba a entender que se había olvidado de algo así como el arbolito o el burro del pesebre, que Papá Noel se había estrellado en la Panamericana y que no llegaría con sus regalos, que lo mejor sería declarar cancelada la Navidad e irse a dormir sin postre a las nueve de la noche. Su voz estaba diciendo: son las Pascuas y me olvidé los huevos. O también: es mi casamiento y me olvidé los anillos, al cura y al novio.

La mujer se dio la vuelta y me miró con esos ojos desesperados. Yo me quedé quieto, con mi cara de Dexter Morgan, moviendo los ojos de derecha a izquierda a fin de demostrar desconcierto.

―¡¿Me los cuidás un momento?!

Con un gesto de cabeza señaló a los niños apilados en el carrito, quienes, a su vez, me miraban con ojos acusadores: Si no nos cuidás, Dexter, mi mami no conseguirá Mantecol y arruinarás la Navidad y cuando seamos grandes saldremos a matar adolescentes promiscuos con un hacha.

Dado que no tenía ganas de interpretar el papel de Ebenezer Scrooge, asentí con un gesto amable y varonil. La mujer corrió por los pasillos en busca de Mantecol y yo me quedé ahí parado, con actitud responsable, asegurándome de que los niños no fueran abducidos por el chupacabras. La cola avanzó un lugar, empujé un lugar el carro con los niños y me sentí el padre sustituto del año. Eso fue lo más cerca que estuve de la paternidad en mi vida.

Al rato volvió la mujer, con un par de paquetes de Mantecol. Agradeció y me mostró sus Mantecol, con gesto de “Ay, qué torpe fui, casi me olvido el Mantecol”. Yo volví a sonreír con mi cara de Dexter Morgan y asentí, como dándole la razón: claro, no hay Navidad sin Mantecol.

Y la expresión quedó rondando todo el día: no hay Navidad sin Mantecol.

Al igual que sucede con las naciones, uno puede contrastar, por un lado, la longevidad subjetiva que el practicante le asigna a las costumbres, y por el otro, la novedad objetiva que podría asignarles el exégeta. Las tradiciones no son mejores o peores por ser más antiguas o menos antiguas. De hecho, una tradición antigua no es más autóctona, ni más auténtica, ni más verdadera; simplemente es más vieja.

Y aún así, llama la atención cómo, en nuestra propia experiencia de vida, algunas nuevas costumbres se insertan en las prácticas cotidianas de esas celebraciones excepcionales (valga el oxímoron), y parecen cubrirse con un matiz añejo, tradicional, remoto. Sería exagerado afirmar que hoy el Mantecol forma parte de la mesa navideña argentina, pero sí puede decirse que la combinación entre una efectiva campaña de promoción y un astuto rediseño estacional del envoltorio (con motivos navideños hacia fin de año) consiguió lo que toda empresa desea para sus productos: que una mujer con los ojos desorbitados deje a sus hijos al cuidado de un extraño para correr a conseguir la mercancía que ofrecen en las góndolas.

Hasta hace una década, o mucho menos, un Mantecol en la mesa navideña era consecuencia de la improvisación o de la falta de criterio. El turrón de almendras, los confites de maní acaramelado o el pan dulce, asociados a estas celebraciones excepcionales, rompen con otras preparaciones y productos de consumo cotidiano. Mantecol no entraba en la mesa navideña justamente porque no expresaba ese carácter excepcional, de ruptura con lo cotidiano: Mantecol se come todo el año. Incluso, colmo de la rutina, es tanto producto como marca.

La relación entre las celebraciones cíclicas y el mercado es necesaria e inevitable. Es gracioso escuchar cuando alguien dice que la Navidad perdió su carácter religioso, que sólo interesa el consumo de objetos, que Coca Cola se apropió de las fiestas para vender más gaseosas. Por definición toda festividad es, en una de sus dimensiones, un hecho de mercado, entendiendo “mercado” como sistema de distribución y jerarquización de bienes, símbolos y personas.

La publicidad, las estrategias de venta de mercancías, la negociación entre significados de productos y marcas no es una estructura opresiva que se impone desde “afuera” y desde “arriba” a la práctica más “antigua” y “tradicional”, a la práctica más “verdadera”. Ninguna festividad ―de ninguna sociedad― puede entenderse sin esta concepción acotada y restringida de mercado, y las fiestas navideñas no son la excepción.

No hay Navidad sin Mantecol. Y eso quiere decir: no hay celebración sin mercado.

Y eso, en fin, quiere decir: no hay Navidad sin distribución y jerarquización de bienes, símbolos y personas.

miércoles 23 de diciembre de 2009

Sangriento Papá Noel (y el bop de la guerra relámpago)

Entre los debates literarios desapercibidos de 2009, acaso uno de los más interesantes haya sido el que incumbe a la traducción al castellano del título del libro del critico musical Alex Ross, The rest is noise. Listening to the Twentieth Century (2007). Este notable ensayo acerca de la música clásica del siglo XX se convirtió en un instantáneo libro-que-tenés-que-leer-sí-o-sí. Ganó premios, vendió mucho, sedujo a melómanos quisquillosos y a escuchas principiantes. Ross se merece cada uno de los millones que embolsó, y seguirá embolsando, con The rest is noise.

La filial española de Seix Barrial lo publicó en castellano bajo el título El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música. Al traductor, Luis Gago, le llovieron cascotazos de todos lados. ¿Cómo convirtió El resto es ruido en El ruido eterno? Justificó la elección señalando que los lectores españoles no podrían relacionar “El resto es ruido” con “El resto es silencio” (The rest is silence), últimas célebres palabras del Príncipe Hamlet. Gago señaló además que se basó en la traducción de Leandro Fernández de Moratín de la obra de William Shakespeare: “Para mí sólo queda ya... silencio eterno”.

El crítico Diego Fischerman, a quién la traducción no le gustó nada, escribió en su blog: “No debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que ‘el resto es ruido’ no resulta ni de cerca reemplazable por la de un ‘ruido eterno’. La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles”.

Uno de los lectores de ese blog recordaba que Gago transformó Music: A very short introduction, el libro de 1998 de Nicholas Cook, en De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Y que ahí no hubo ningún Moratín al que echarle la culpa.

Pero en general las traducciones de los títulos de los libros (sean obras de ficción o de cualquier otro tipo) no suelen despertar tantos resquemores, acaso porque suelen ser un tanto más literales o aceptables, acaso porque el mercado no es tan grande como el del cine, donde se escuchan los mayores reproches.

Ya se volvió un lugar común preguntarse cuál es el criterio para traducir los nombres de las películas anglosajonas que se estrenan en países de habla hispana. ¿Qué volteretas lingüísticas permiten traducir Home alone como Mi pobre angelito? ¿Qué matiz de la lengua convierte The game en Al filo de la muerte? ¿Walk the line en Johnny y June, pasión y locura? ¿Trading places en De mendigo a millonario? ¿Seven en Pecados capitales? ¿The devils wears Prada en El diablo viste a la moda, Coming to America en Un príncipe en Nueva York, Beverly Hills Cop en Un detective suelto en Hollywood?

Y así.

Es cierto que las traducciones literales no siempre son fáciles ni deseables. Por saltar del cine a la música, conservo un casete de The Ramones, It’s alive, en edición nacional, donde “Blitzkrieg bop” se presenta como “El bop de la guerra relámpago”, que es una traducción literal aunque desmañada (curiosamente esta elección también aparece en una edición canadiense de 1991, ya en CD, del disco Learning English del grupo alemán Die Toten Hosen, sólo que sin el primer artículo: “Bop de la guerra relámpago”). En ese mismo disco de Ramones, la canción “Chainsaw”, que incluso empieza con el sonido de una motosierra para darle pistas al traductor, se convirtió en “La cadena vió” (también el acento de "vió" forma parte de la traducción).

Entre traducciones literales desmañadas y traducciones simplemente incorrectas, a veces los inventos de los tituladores fílmicos hispanos no parecen tan terribles.

#TEXTO COMPLETO

Sangriento Papá Noel (y el bop de la guerra relámpago)


Entre los debates literarios desapercibidos de 2009, acaso uno de los más interesantes haya sido el que incumbe a la traducción al castellano del título del libro del critico musical Alex Ross, The rest is noise. Listening to the Twentieth Century (2007). Este notable ensayo acerca de la música clásica del siglo XX se convirtió en un instantáneo libro-que-tenés-que-leer-sí-o-sí. Ganó premios, vendió mucho, sedujo a melómanos quisquillosos y a escuchas principiantes. Ross se merece cada uno de los millones que embolsó, y seguirá embolsando, con The rest is noise.

La filial española de Seix Barrial lo publicó en castellano bajo el título El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música. Al traductor, Luis Gago, le llovieron cascotazos de todos lados. ¿Cómo convirtió El resto es ruido en El ruido eterno? Justificó la elección señalando que los lectores españoles no podrían relacionar “El resto es ruido” con “El resto es silencio” (The rest is silence), últimas célebres palabras del Príncipe Hamlet. Gago señaló además que se basó en la traducción de Leandro Fernández de Moratín de la obra de William Shakespeare: “Para mí sólo queda ya… silencio eterno”.

El crítico Diego Fischerman, a quién la traducción no le gustó nada, escribió en su blog: “No debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que ‘el resto es ruido’ no resulta ni de cerca reemplazable por la de un ‘ruido eterno’. La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles”.

Uno de los lectores de ese blog recordaba que Gago transformó Music: A very short introduction, el libro de 1998 de Nicholas Cook, en De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Y que ahí no hubo ningún Moratín al que echarle la culpa.

Pero en general las traducciones de los títulos de los libros (sean obras de ficción o de cualquier otro tipo) no suelen despertar tantos resquemores, acaso porque suelen ser un tanto más literales o aceptables, acaso porque el mercado no es tan grande como el del cine, donde se escuchan los mayores reproches.

Ya se volvió un lugar común preguntarse cuál es el criterio para traducir los nombres de las películas anglosajonas que se estrenan en países de habla hispana. ¿Qué volteretas lingüísticas permiten traducir Home alone como Mi pobre angelito? ¿Qué matiz de la lengua convierte The game en Al filo de la muerte? ¿Walk the line en Johnny y June, pasión y locura? ¿Trading places en De mendigo a millonario? ¿Seven en Pecados capitales? ¿The devils wears Prada en El diablo viste a la moda, Coming to America en Un príncipe en Nueva York, Beverly Hills Cop en Un detective suelto en Hollywood?

Y así.

Es cierto que las traducciones literales no siempre son fáciles ni deseables. Por saltar del cine a la música, conservo un casete de The Ramones, It’s alive, en edición nacional, donde “Blitzkrieg bop” se presenta como “El bop de la guerra relámpago”, que es una traducción literal aunque desmañada (curiosamente esta elección también aparece en una edición canadiense de 1991, ya en CD, del disco Learning English del grupo alemán Die Toten Hosen, sólo que sin el primer artículo: “Bop de la guerra relámpago”). En ese mismo disco de Ramones, la canción “Chainsaw”, que incluso empieza con el sonido de una motosierra para darle pistas al traductor, se convirtió en “La cadena vió” (también el acento de “vió” forma parte de la traducción).

Entre traducciones literales desmañadas y traducciones simplemente incorrectas, a veces los inventos de los tituladores fílmicos hispanos no parecen tan terribles.

Pensaba en todo esto porque estamos en ese momento del año en que veo alguna obligada versión fílmica de Cuento de Navidad, la nouvelle de 1843 de Charles Dickens, con el avaro Ebenezer Scrooge, los tres fantasmas navideños, los niños mendigos y el pavo. Como tradición navideña no fue buscada. Desde que tengo memoria pasan, en esta época, alguna versión de Cuento de Navidad en la tele (desde que la televisión, en Buenos Aires, eran cuatro canales y medio: 13, 11, 9, 7 y el 2, de La Plata, que lo agarrabas según cómo soplara el viento y para dónde apuntara tu antena). Siempre las miré de buena gana. De hecho, mirar alguna versión de Cuento de Navidad en la tele me parece tan natural, tan tradicional, como los confites, los cuetes y los brindis.

“Esto se debe ―escribió Douglas Coupland en La vida después de Dios, y se puede aceptar su argumento sin problemas― a que yo nunca he sentido que ‘procediera’ de algún lugar; mi hogar, como he dicho, es un sueño electrónico compuesto por recuerdos de dibujos animados, comedias de situación de media hora y tragedias nacionales”.

Obviamente me inclino por Scrooge, la versión de 1951 dirigida por Brian Desmond Hurst, con una interpretación antológica de Alastair Sim; o por la magnífica versión de 1984, A Christmas carol, hecha para televisión, con George C. Scott como un inolvidable Scrooge. Sin embargo, reconozco que disfruto muchísimo de Scrooged, la versión de 1988 dirigida por Richard Donner, con Bill Murray como protagonista, ambientada en el mundo de los negocios televisivos de la década reaganiana.

Según el buscador de Multicanal, este año la pasan en The Film Zone.

Pues bien, Scrooged me hizo pensar en las traducciones oportunistas y poco relacionadas con el título original, pues en castellano se estrenó con el nombre Los fantasmas contraatacan. Está claro que se pretendía capitalizar el éxito de la película de 1984, Gosthbusters, protagonizada por Murray; recuerdo que incluso se la anunció con un eslogan del tipo: “Los fantasmas están de regreso” o una cosa así. Más de un crédulo fácil de engatusar, entre los que me cuento, creyó que era la continuación.

Pero la época del año es pertinente, también, para señalar la perspicacia, la astucia, finalmente (todo hay que decirlo) la genialidad de uno de estos anónimos tituladores de películas. Pocos filmes tienen nombres tan maravillosos como éste que un anónimo traductor aportó al acervo memético del mercado cinematográfico en español: Sangriento Papá Noel.

La película es de 1984 y se llama Silent night, deadly night. La dirigió Charles E. Sellier Jr., cuya carrera no vale la pena mencionar, y la protagonizó Robert Brian Wilson, en el papel de Billy Chapman, un asesino psicótico vestido como Papá Noel.

Obviamente la crítica la despedazó, los católicos protestaron, los noticieros señalaron que había inspirado crímenes, se convirtió en un clásico de culto y tuvo montones de secuelas, una más mala que la otra. La película está bien, no escapa a las convenciones de la época dorada del cine slasher, cuando los filmes de asesinos chiflados con hachas que destripaban jovencitas semidesnudas realmente asustaban.

Pero aquello que, a mediados de la década de 1980, la convirtió en un clásico de culto en los videoclubs de la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios, fue sin dudas su atractivo nombre: Sangriento Papá Noel.

En otros mercados se respetó un poco más el título original, y salieron perdiendo. Noche de paz, noche de muerte, se llamó en México; Noche silenciosa, noche de muerte, en España. Estoy convencido de que si no hubiese sido por ese título brillante, obra mayor de algún anónimo artesano de las palabras, la película hubiera pasado desapercibida.

Concluyo, pues, que Sangriento Papá Noel es el título perfecto, definitivo, el momento culmine en el arte de la traducción cinematográfica del siglo XX.

Y que el resto es ruido.

Sangriento Papá Noel (y el bop de la guerra relámpago)


Entre los debates literarios desapercibidos de 2009, acaso uno de los más interesantes haya sido el que incumbe a la traducción al castellano del título del libro del critico musical Alex Ross, The rest is noise. Listening to the Twentieth Century (2007). Este notable ensayo acerca de la música clásica del siglo XX se convirtió en un instantáneo libro-que-tenés-que-leer-sí-o-sí. Ganó premios, vendió mucho, sedujo a melómanos quisquillosos y a escuchas principiantes. Ross se merece cada uno de los millones que embolsó, y seguirá embolsando, con The rest is noise.

La filial española de Seix Barrial lo publicó en castellano bajo el título El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música. Al traductor, Luis Gago, le llovieron cascotazos de todos lados. ¿Cómo convirtió El resto es ruido en El ruido eterno? Justificó la elección señalando que los lectores españoles no podrían relacionar “El resto es ruido” con “El resto es silencio” (The rest is silence), últimas célebres palabras del Príncipe Hamlet. Gago señaló además que se basó en la traducción de Leandro Fernández de Moratín de la obra de William Shakespeare: “Para mí sólo queda ya… silencio eterno”.

El crítico Diego Fischerman, a quién la traducción no le gustó nada, escribió en su blog: “No debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que ‘el resto es ruido’ no resulta ni de cerca reemplazable por la de un ‘ruido eterno’. La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles”.

Uno de los lectores de ese blog recordaba que Gago transformó Music: A very short introduction, el libro de 1998 de Nicholas Cook, en De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Y que ahí no hubo ningún Moratín al que echarle la culpa.

Pero en general las traducciones de los títulos de los libros (sean obras de ficción o de cualquier otro tipo) no suelen despertar tantos resquemores, acaso porque suelen ser un tanto más literales o aceptables, acaso porque el mercado no es tan grande como el del cine, donde se escuchan los mayores reproches.

Ya se volvió un lugar común preguntarse cuál es el criterio para traducir los nombres de las películas anglosajonas que se estrenan en países de habla hispana. ¿Qué volteretas lingüísticas permiten traducir Home alone como Mi pobre angelito? ¿Qué matiz de la lengua convierte The game en Al filo de la muerte? ¿Walk the line en Johnny y June, pasión y locura? ¿Trading places en De mendigo a millonario? ¿Seven en Pecados capitales? ¿The devils wears Prada en El diablo viste a la moda, Coming to America en Un príncipe en Nueva York, Beverly Hills Cop en Un detective suelto en Hollywood?

Y así.

Es cierto que las traducciones literales no siempre son fáciles ni deseables. Por saltar del cine a la música, conservo un casete de The Ramones, It’s alive, en edición nacional, donde “Blitzkrieg bop” se presenta como “El bop de la guerra relámpago”, que es una traducción literal aunque desmañada (curiosamente esta elección también aparece en una edición canadiense de 1991, ya en CD, del disco Learning English del grupo alemán Die Toten Hosen, sólo que sin el primer artículo: “Bop de la guerra relámpago”). En ese mismo disco de Ramones, la canción “Chainsaw”, que incluso empieza con el sonido de una motosierra para darle pistas al traductor, se convirtió en “La cadena vió” (también el acento de “vió” forma parte de la traducción).

Entre traducciones literales desmañadas y traducciones simplemente incorrectas, a veces los inventos de los tituladores fílmicos hispanos no parecen tan terribles.

Pensaba en todo esto porque estamos en ese momento del año en que veo alguna obligada versión fílmica de Cuento de Navidad, la nouvelle de 1843 de Charles Dickens, con el avaro Ebenezer Scrooge, los tres fantasmas navideños, los niños mendigos y el pavo. Como tradición navideña no fue buscada. Desde que tengo memoria pasan, en esta época, alguna versión de Cuento de Navidad en la tele (desde que la televisión, en Buenos Aires, eran cuatro canales y medio: 13, 11, 9, 7 y el 2, de La Plata, que lo agarrabas según cómo soplara el viento y para dónde apuntara tu antena). Siempre las miré de buena gana. De hecho, mirar alguna versión de Cuento de Navidad en la tele me parece tan natural, tan tradicional, como los confites, los cuetes y los brindis.

“Esto se debe ―escribió Douglas Coupland en La vida después de Dios, y se puede aceptar su argumento sin problemas― a que yo nunca he sentido que ‘procediera’ de algún lugar; mi hogar, como he dicho, es un sueño electrónico compuesto por recuerdos de dibujos animados, comedias de situación de media hora y tragedias nacionales”.

Obviamente me inclino por Scrooge, la versión de 1951 dirigida por Brian Desmond Hurst, con una interpretación antológica de Alastair Sim; o por la magnífica versión de 1984, A Christmas carol, hecha para televisión, con George C. Scott como un inolvidable Scrooge. Sin embargo, reconozco que disfruto muchísimo de Scrooged, la versión de 1988 dirigida por Richard Donner, con Bill Murray como protagonista, ambientada en el mundo de los negocios televisivos de la década reaganiana.

Según el buscador de Multicanal, este año la pasan en The Film Zone.

Pues bien, Scrooged me hizo pensar en las traducciones oportunistas y poco relacionadas con el título original, pues en castellano se estrenó con el nombre Los fantasmas contraatacan. Está claro que se pretendía capitalizar el éxito de la película de 1984, Gosthbusters, protagonizada por Murray; recuerdo que incluso se la anunció con un eslogan del tipo: “Los fantasmas están de regreso” o una cosa así. Más de un crédulo fácil de engatusar, entre los que me cuento, creyó que era la continuación.

Pero la época del año es pertinente, también, para señalar la perspicacia, la astucia, finalmente (todo hay que decirlo) la genialidad de uno de estos anónimos tituladores de películas. Pocos filmes tienen nombres tan maravillosos como éste que un anónimo traductor aportó al acervo memético del mercado cinematográfico en español: Sangriento Papá Noel.

La película es de 1984 y se llama Silent night, deadly night. La dirigió Charles E. Sellier Jr., cuya carrera no vale la pena mencionar, y la protagonizó Robert Brian Wilson, en el papel de Billy Chapman, un asesino psicótico vestido como Papá Noel.

Obviamente la crítica la despedazó, los católicos protestaron, los noticieros señalaron que había inspirado crímenes, se convirtió en un clásico de culto y tuvo montones de secuelas, una más mala que la otra. La película está bien, no escapa a las convenciones de la época dorada del cine slasher, cuando los filmes de asesinos chiflados con hachas que destripaban jovencitas semidesnudas realmente asustaban.

Pero aquello que, a mediados de la década de 1980, la convirtió en un clásico de culto en los videoclubs de la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios, fue sin dudas su atractivo nombre: Sangriento Papá Noel.

En otros mercados se respetó un poco más el título original, y salieron perdiendo. Noche de paz, noche de muerte, se llamó en México; Noche silenciosa, noche de muerte, en España. Estoy convencido de que si no hubiese sido por ese título brillante, obra mayor de algún anónimo artesano de las palabras, la película hubiera pasado desapercibida.

Concluyo, pues, que Sangriento Papá Noel es el título perfecto, definitivo, el momento culmine en el arte de la traducción cinematográfica del siglo XX.

Y que el resto es ruido.

martes 22 de diciembre de 2009

Howard Becker: de trucos, sociólogos y desviados

Qué bueno que Siglo Veintiuno haya editado al sociólogo Howard Becker, clase 1928, nacido en Chicago y fiel representante de su escuela. Aunque las ediciones lleguen con una década, o cuatro, de retraso, se celebran.

Outsiders. Hacia una sociología de la desviación, publicado originalmente en 1967 y tradicional “traducción de cátedra” en amarillentos papeles mecanografiados hace quichicientos años, es una de las piezas angulares de la mal llamada “teoría del etiquetado”. Un clásico, así de sencillo. Curiosamente, en el Musimundo de Callao y Corrientes lo etiquetaron como “novedad” y comparte mesa con Ari Paluch, Roberto Petinatto, Federico Andahazi, Osho, una Guía (inútil) para madres primerizas, Peter Capusotto y Jacobo Winograd (dicen las malas lenguas que el libro de Becker intentó suicidarse, arrojándose a un incinerador, pero que no lo logró).

La otra obra es de 1998, Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en ciencias sociales, y empieza así: “Cuando cursaba mis estudios en la Universidad de Chicago, los estudiantes aprendían a afrontar todas las preguntas conceptuales difíciles diciendo con aires de autoridad: ‘Bueno, todo depende de cómo definas los términos’. Era cierto, pero no nos ayudaba mucho dado que no sabíamos nada especial acerca de cómo efectuar la definición”.

Fijo al arbolito: uno para Papá Noel, el otro para Reyes.

lunes 21 de diciembre de 2009

¡No te compres libros!


Entre las tradiciones navideñas familiares de las que puedo dar cuenta está la ancestral reprimenda de mi abuela. Cuando suenan las campanas anunciando el comienzo de Navidad, un infatigable Papá Noel hace su arribo anual con la bolsa cargada de regalos. Mi abuela suele tajear en partes iguales su jubilación, introducir estas partes iguales en sobrecitos confeccionados con papel de regalo y mandarlos a la bolsa navideña para que sean distribuidos entre sus cinco nietos (de menor a mayor: mi primo, mi hermano, mi hermana, mi otro primo, yo).

Insisto en que tajea su jubilación, o una buena parte de ella. Dado que mi abuela no es Amalita de Fortabat, Ernestina de Noble, Mirtha Legrand, Cristina Fernández de Kirchner o alguna otra anciana acaudalada de renombre, el monto se mantiene dentro de parámetros jubilatorios estándar. Es de mal gusto andar cuantificando en público el regalo navideño de tu abuela, sin mencionar que suele actualizarse según los embates inflacionarios (“una sensación”, estimo que diría alguna de las ancianas acaudaladas mencionadas), pero indiquemos que alcanza con holgura para una sólida novedad de librería y un combo de McDonald’s.

Pongamos por caso: un Stieg Larsson y un McCombo Triple Mac.

En cuanto a mí respecta, es el regalo navideño perfecto: novedad editorial + combo grande de comida chatarra. Por algo las abuelas son abuelas.

Siguiendo con la ancestral práctica navideña, uno le agradece a su abuela por el obsequio y se siente un crápula por no haberle comprado nada. Los otros cuatro nietos reciben más o menos la misma réplica:

―Gracias, abuela.

―De nada. Para que te compres algo que te guste…

O también:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate lo que quieras…

Los puntos suspensivos del final son una puerta entreabierta a cualquier alternativa. Pero a mí no me dice nada de todo eso. Ningún punto suspensivo del final. El libre albedrío que se le concede a mis hermanos y primos está, en mi caso, seriamente coartado de raíz.

El diálogo sería más o menos así:

―Gracias, abuela.

―¡No te compres libros!

Otras veces el diálogo tiene ciertas variantes. Por ejemplo:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate algo que te guste…

―Sí, probablemente compre…

―¡No te compres libros!

Una recomendación similar tiene lugar en marzo, con el sobrecito que funciona como regalo de cumpleaños:

―¡No te compres libros!

Incluso, si la época la encuentra con iniciativa y ganas de corregir mi comportamiento desviado, llama a mi madre y le pegunta qué puede regalarme.

―Si le regalo plata se la gasta en libros.

Es genial el modo en que exclama que no compre libros. Suena como si dijera: “¡No te compres drogas!” o “¡No te lo gastes en prostitutas en un cabaret!” o “¡No lo dones a Greenpeace!”.

Si debiera confinar el sentido de ese “¡No te compres libros!”, estimo que la mejor opción sería: “¡No compres cosas inútiles!”.

Desde la perspectiva de mi abuela, el universo de objetos de la industria cultural parece dividido en dos grandes grupos: las cosas útiles y las cosas inútiles. Entre las cosas útiles se cuentan las zapatillas, los piyamas, los jeans y los pulóveres. Entre las cosas inútiles, los discos, las películas y los libros. Supongo que al observar que la cantidad de cosas inútiles crece exponencialmente, y que durante años sigo usado el mismo par de zapatillas y la misma remera, insiste en que no derroche su jubilación en inutilidades, que cambie las zapatillas y que deje de acumular porquerías.

Y si uno lo piensa con cuidado, mi abuela tiene todo un punto (alguien podrá sugerir que quiero defender a mi abuela a toda costa, lo cual es probable que sea cierto). El objeto-libro suele asociarse al artefacto-literatura, y el artefacto-literatura no es más (tampoco menos) que entretenimiento. Y cuanto más se los intenta defender, al objeto-libro y al artefacto-literatura, más razón tiene mi abuela.

Podría argumentar que la mayor parte de mi biblioteca está compuesta de volúmenes científicos, registros etnográficos, jornales académicos, enciclopedias, diccionarios, ensayos de ciencia, cosas así. Obviamente la parte literaria no es nada desdeñable, si por “parte literaria” entendemos libros de novelas y cuentos. Y sin embargo, cuando se piensa en “libros” suele pensarse en textos de ficción que se leen desde la primera página hasta la última (y no, por ejemplo, en libros que se consultan los capítulos o entradas que interesan). También se piensa en volúmenes de autoayuda, investigaciones periodísticas, compilaciones de entrevistas o crónicas, pero si es por tocar topes marginales absolutos, el libro-objeto se relaciona con el artefacto literatura: entretenimiento, el gasto inútil bataillesco, tiempo de improductividad.

Y antes que entretenerte (gasto inútil, improductividad: comprar libros, discos o películas, ir al cabaret o consumir drogas), mejor cambiar las impresentables zapatillas de suelas gastadas y punteras carcomidas por agujeros. Como razonamiento es impecable, y no sólo porque sea de mi abuela.

El último paso del ritual navideño sucede en la cena del 31 de diciembre. Ahí es cuando se hace eso tan malo que no debe hacerse nunca: mentir a tu abuela.

―Compré una linda remera, abuela. Gracias.

Ninguna mención a Stieg Larsson ni al McCombo Triple Mac.

¡No te compres libros!


Entre las tradiciones navideñas familiares de las que puedo dar cuenta está la ancestral reprimenda de mi abuela. Cuando suenan las campanas anunciando el comienzo de Navidad, un infatigable Papá Noel hace su arribo anual con la bolsa cargada de regalos. Mi abuela suele tajear en partes iguales su jubilación, introducir estas partes iguales en sobrecitos confeccionados con papel de regalo y mandarlos a la bolsa navideña para que sean distribuidos entre sus cinco nietos (de menor a mayor: mi primo, mi hermano, mi hermana, mi otro primo, yo).

Insisto en que tajea su jubilación, o una buena parte de ella. Dado que mi abuela no es Amalita de Fortabat, Ernestina de Noble, Mirtha Legrand, Cristina Fernández de Kirchner o alguna otra anciana acaudalada de renombre, el monto se mantiene dentro de parámetros jubilatorios estándar. Es de mal gusto andar cuantificando en público el regalo navideño de tu abuela, sin mencionar que suele actualizarse según los embates inflacionarios (“una sensación”, estimo que diría alguna de las ancianas acaudaladas mencionadas), pero indiquemos que alcanza con holgura para una sólida novedad de librería y un combo de McDonald’s.

Pongamos por caso: un Stieg Larsson y un McCombo Triple Mac.

En cuanto a mí respecta, es el regalo navideño perfecto: novedad editorial + combo grande de comida chatarra. Por algo las abuelas son abuelas.

Siguiendo con la ancestral práctica navideña, uno le agradece a su abuela por el obsequio y se siente un crápula por no haberle comprado nada. Los otros cuatro nietos reciben más o menos la misma réplica:

―Gracias, abuela.

―De nada. Para que te compres algo que te guste…

O también:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate lo que quieras…

Los puntos suspensivos del final son una puerta entreabierta a cualquier alternativa. Pero a mí no me dice nada de todo eso. Ningún punto suspensivo del final. El libre albedrío que se le concede a mis hermanos y primos está, en mi caso, seriamente coartado de raíz.

El diálogo sería más o menos así:

―Gracias, abuela.

―¡No te compres libros!

Otras veces el diálogo tiene ciertas variantes. Por ejemplo:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate algo que te guste…

―Sí, probablemente compre…

―¡No te compres libros!

Una recomendación similar tiene lugar en marzo, con el sobrecito que funciona como regalo de cumpleaños:

―¡No te compres libros!

Incluso, si la época la encuentra con iniciativa y ganas de corregir mi comportamiento desviado, llama a mi madre y le pegunta qué puede regalarme.

―Si le regalo plata se la gasta en libros.

Es genial el modo en que exclama que no compre libros. Suena como si dijera: “¡No te compres drogas!” o “¡No te lo gastes en prostitutas en un cabaret!” o “¡No lo dones a Greenpeace!”.

Si debiera confinar el sentido de ese “¡No te compres libros!”, estimo que la mejor opción sería: “¡No compres cosas inútiles!”.

Desde la perspectiva de mi abuela, el universo de objetos de la industria cultural parece dividido en dos grandes grupos: las cosas útiles y las cosas inútiles. Entre las cosas útiles se cuentan las zapatillas, los piyamas, los jeans y los pulóveres. Entre las cosas inútiles, los discos, las películas y los libros. Supongo que al observar que la cantidad de cosas inútiles crece exponencialmente, y que durante años sigo usado el mismo par de zapatillas y la misma remera, insiste en que no derroche su jubilación en inutilidades, que cambie las zapatillas y que deje de acumular porquerías.

Y si uno lo piensa con cuidado, mi abuela tiene todo un punto (alguien podrá sugerir que quiero defender a mi abuela a toda costa, lo cual es probable que sea cierto). El objeto-libro suele asociarse al artefacto-literatura, y el artefacto-literatura no es más (tampoco menos) que entretenimiento. Y cuanto más se los intenta defender, al objeto-libro y al artefacto-literatura, más razón tiene mi abuela.

Podría argumentar que la mayor parte de mi biblioteca está compuesta de volúmenes científicos, registros etnográficos, jornales académicos, enciclopedias, diccionarios, ensayos de ciencia, cosas así. Obviamente la parte literaria no es nada desdeñable, si por “parte literaria” entendemos libros de novelas y cuentos. Y sin embargo, cuando se piensa en “libros” suele pensarse en textos de ficción que se leen desde la primera página hasta la última (y no, por ejemplo, en libros que se consultan los capítulos o entradas que interesan). También se piensa en volúmenes de autoayuda, investigaciones periodísticas, compilaciones de entrevistas o crónicas, pero si es por tocar topes marginales absolutos, el libro-objeto se relaciona con el artefacto literatura: entretenimiento, el gasto inútil bataillesco, tiempo de improductividad.

Y antes que entretenerte (gasto inútil, improductividad: comprar libros, discos o películas, ir al cabaret o consumir drogas), mejor cambiar las impresentables zapatillas de suelas gastadas y punteras carcomidas por agujeros. Como razonamiento es impecable, y no sólo porque sea de mi abuela.

El último paso del ritual navideño sucede en la cena del 31 de diciembre. Ahí es cuando se hace eso tan malo que no debe hacerse nunca: mentir a tu abuela.

―Compré una linda remera, abuela. Gracias.

Ninguna mención a Stieg Larsson ni al McCombo Triple Mac.

¡No te compres libros!

Entre las tradiciones navideñas familiares de las que puedo dar cuenta está la ancestral reprimenda de mi abuela. Cuando suenan las campanas anunciando el comienzo de Navidad, un infatigable Papá Noel hace su arribo anual con la bolsa cargada de regalos. Mi abuela suele tajear en partes iguales su jubilación, introducir estas partes iguales en sobrecitos confeccionados con papel de regalo y mandarlos a la bolsa navideña para que sean distribuidos entre sus cinco nietos (de menor a mayor: mi primo, mi hermano, mi hermana, mi otro primo, yo).

Insisto en que tajea su jubilación, o una buena parte de ella. Dado que mi abuela no es Amalita de Fortabat, Ernestina de Noble, Mirtha Legrand, Cristina Fernández de Kirchner o alguna otra anciana acaudalada de renombre, el monto se mantiene dentro de parámetros jubilatorios estándar. Es de mal gusto andar cuantificando en público el regalo navideño de tu abuela, sin mencionar que suele actualizarse según los embates inflacionarios (“una sensación”, estimo que diría alguna de las ancianas acaudaladas mencionadas), pero indiquemos que alcanza con holgura para una sólida novedad de librería y un combo de McDonald’s.

Pongamos por caso: un Stieg Larsson y un McCombo Triple Mac.

En cuanto a mí respecta, es el regalo navideño perfecto: novedad editorial + combo grande de comida chatarra. Por algo las abuelas son abuelas.


Siguiendo con la ancestral práctica navideña, uno le agradece a su abuela por el obsequio y se siente un crápula por no haberle comprado nada. Los otros cuatro nietos reciben más o menos la misma réplica:

―Gracias, abuela.

―De nada. Para que te compres algo que te guste...

O también:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate lo que quieras...

Los puntos suspensivos del final son una puerta entreabierta a cualquier alternativa. Pero a mí no me dice nada de todo eso. Ningún punto suspensivo del final. El libre albedrío que se le concede a mis hermanos y primos está, en mi caso, seriamente coartado de raíz.

El diálogo sería más o menos así:

―Gracias, abuela.

―¡No te compres libros!

Otras veces el diálogo tiene ciertas variantes. Por ejemplo:

―Gracias, abuela.

―De nada. Comprate algo que te guste...

―Sí, probablemente compre...

―¡No te compres libros!

Una recomendación similar tiene lugar en marzo, con el sobrecito que funciona como regalo de cumpleaños:

―¡No te compres libros!

Incluso, si la época la encuentra con iniciativa y ganas de corregir mi comportamiento desviado, llama a mi madre y le pegunta qué puede regalarme.

―Si le regalo plata se la gasta en libros.

Es genial el modo en que exclama que no compre libros. Suena como si dijera: “¡No te compres drogas!” o “¡No te lo gastes en prostitutas en un cabaret!” o “¡No lo dones a Greenpeace!”.

#TEXTO COMPLETO

domingo 20 de diciembre de 2009

¡Cuidado con las petunias!

Entre las excentricidades que deberán recordarse de 2009, merecen un lugar especial las gacetillas de prensa de las publicitadas plantas carnívoras de la Fiesta Nacional de la Flor de Escobar.

Bioseguridad: nada mejor que una planta carnívora para protegerse del mosquito que propaga el dengue.

Ya curados de espanto, no asusta leer en el Botanical Journal of the Linnean Society que un grupo de botánicos propone que las petunias y las papas también se incluyan entre las plantas carnívoras. El investigador Mark Chase (del Royal Botanic Gardens) propuso que la distinción debe ser gradual, no de blanco o negro, y recordó que las petunias y las papas poseen pelos pegajosos que atrapan insectos. También señaló que muchas plantas absorben, a través de las raíces, insectos descompuestos previamente capturados.

En fin, dan ganas de volver a ver La tiendita de los horrores, la gran película de 1960 del gran Roger Corman. Ahí las plantas carnívoras no parecían tan tímidas.

sábado 19 de diciembre de 2009

Gate-crashing

El tema, en The New Yorker, es “la cultura del gate-crashing”, la práctica social del momento: ingresar en exclusivos eventos sin invitación. O en buen criollo: colarse. ¿Las razones? Tomar fotografías de celebridades o dignatarios, ser fotografiado a su lado, beber y comer gratis, activismo variopinto, robar, proponer negocios, figurar.

El antropólogo James Clifford, autor del genial Dilemas de la cultura (Gedisa), comenta: “Un banquete exclusivo crea (a) status de élite o de pertenencia; (b) envidia, una mala sensación acerca de las distinciones y las jerarquías; (c) rumores, qué pasa ‘realmente’ adentro; y (d) transgresiones”.

Para ser efectivas, todas estas funciones (jerarquías, envidias, rumores, transgresiones) deben ser públicas. Para que el gate-crashing tenga sentido, el colado debe ser atrapado, debe dejarse ver: debe convertir su acción individual en un acto público. No hay gate-crashing si uno se cuela a una fiesta y nadie se entera, si no se lo cuenta a nadie, si pasa desapercibido.

“La transgresión depende de la ley ―sigue Clifford―. La vanguardia necesita de la burguesía; el contrabandista necesita de la policía para crear el valor de las mercaderías. Pero si alguien entra de colado con una bomba y vuela a todo el mundo, entonces es difícil pensar en el gate-crashing como una forma inocente de performance social”.

Qué lejos quedó el tango “Media noche”, de Troilo y Gagliardi, de 1934: “¿Qué harán los muchachos?/ Seguro en el feca, jugando al billar/ O andarán colados en un casamiento/ ¡Qué solo me siento! ¡Qué ganas de llorar!”.

viernes 18 de diciembre de 2009

Yo quiero tener un millón de amigos homosexuales


Es una suerte que en los tiempos del Facebook la palabra “amigo” haya perdido su antigua sustancia. La expresión dejó de lado su protocolo y su solemnidad. No es necesario ya hacer pactos de sangre para sellar hermandades eternas, ni siquiera se necesita estar particularmente informado acerca de la identidad de estas amistades. Quien antaño era etiquetado en nuestra vida social como conocido, vecino, compañero de escuela, ex compañero de escuela, colega, compañero de trabajo, jefe, ex pareja, compañero de viaje, mozo de confianza, conocido de la cancha, conocido del potrero, conocido de la esquina, conocido de recitales, conocido de un conocido, incluso quien antaño era etiquetado como completo desconocido, hoy puede entrar en nuestro círculo social con el marbete de “amigo”.

―¿Quién es?

―Es un amigo de Facebook.

Podrán hacerse muchas objeciones respecto a la cuota de pereza intelectual que conlleva equiparar la resignificación de un término de uso corriente con la resignificación de los vínculos sociales, políticos y culturales que el uso corriente de ese término presupone, pero mejor dejémoslas correr. Si la única máxima periodística que vale la pena tener en cuenta es aquella que establece que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena historia, en este caso puede establecerse que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena coartada.

Cuantos más amigos tengamos, mejores serán nuestras coartadas. Incluso, con el relajamiento de la palabra “amigo”, hasta puede que estas coartadas sean más que coartadas: puede que estemos diciendo la verdad.

¿Y no es lindo, para variar, decir alguna vez la verdad?

Esta expresión se repite en casi todas las lenguas, o para empezar a decir la verdad, en casi todas las lenguas que yo conozco. Tomo “lenguas” en su sentido antropológico más mecánico, ése que equipara una lengua = una cultura = una identidad. El recorte de la acepción terminológica permite, pues, afirmar que la expresión, y por ende la coartada, existen en casi todas las sociedades. Podemos llamarla, a falta de un nombre mejor, la coartada del millón de amigos.

La coartada del millón de amigos permite decir cualquier barrabasada apoyándose en aquello que en retórica clásica se llama concessio, una concesión: se comienza señalando las similitudes y coincidencias con el contrincante, para luego enfatizar todo aquello que no son similitudes ni coincidencias. Podríamos establecer, entonces, a modo de anexo de la Retórica de Aristóteles, que la coartada del millón de amigos es una de las formas que adopta la concessio, y que invariablemente comienza con la misma expresión: “Algunos de mis mejores amigos son...”.

Los mejores amigos suelen ser negros, judíos, homosexuales, extranjeros, musulmanes, gitanos, chinos, bolivianos, gordos, feos, discapacitados, cualquier grupo de identidad social acotada y convertida en tara, a cuyos miembros se pretende fustigar, pero cuya fustigación pública está mal vista. Nadie, o casi nadie, apelaría a la concessio para fustigar a un nazi o un abusador de menores. Es poco probable que se escuche: “Algunos de mis mejores amigos son nazis” o “Algunos de mis mejores amigos son abusadores de menores”. Simplemente se los fustiga. O no, claro.

Luego de establecer que algunos de los mejores amigos de uno son judíos, homosexuales o negros, sigue la infalible conjunción adversativa que permite contraponer un concepto con otro: “pero”.

―Algunos de mis mejores amigos son judíos, pero son todos unos amarretes de mierda.

―Algunos de mis mejores amigos son homosexuales, pero seguramente arderán en el infierno por desviados de porquería.

―Algunos de mis mejores amigos son bolivianos, pero tienen un olor horrible y se bañan una vez por mes porque en Bolivia no hay agua.

―Algunos de mis mejores amigos son gitanos, pero cagan en la calle y son todos chorros.

Y así.

“Si alguien empieza con una concesión ―escribió hace unos años mi amigo Umberto Eco―, atención a lo que sigue. El veneno estará en la cola”.

Tiene razón, pero, en todo caso, si uno va a empezar con una concesión, sería bueno asegurarse de que está diciendo la verdad. Por eso mi propósito para 2010 será juntar un millón de amigos en Facebook. Así, cada vez que quiera decir alguna barrabasada precedida por el infalible “Algunos de mis mejores amigos son…”, por lo menos no habrá mentiras de por medio. Con un millón de amigos, seguro que tengo todos los flancos cubiertos.

Ante todo, hay que decir la verdad.

El veneno viene después de la conjunción adversativa.