Llevo un buen rato sentado al costado de la ruta 205, a la vera de donde empieza Cañuelas (o de donde termina, si uno entra por la otra punta, por la estación de trenes que conserva cierto provincianismo fin de siècle). Son unos kilómetros más allá de donde acaba el Gran Buenos Aires y empieza la llanura bonaerense, rica planicie marcada con cicatrices de malones, gauchos y peronistas. Espero el 88, colectivo que me dejará en el pueblucho de Uribelarrea, una veintena de kilómetros más adelante y algunos más tierra adentro. Desde acá veo el hotel-bar donde desayuné, la avenida Libertad ―una calle ancha con varios negocios―, un monolito dando la bienvenida a los automovilistas, quizás tentándolos: “Cañuelas, tierra de oportunidades”.
Nada que hacer más que esperar, dejar correr la imaginación, permitir las conexiones más involuntarias, más efímeras. Pienso en las excusas y en las resignificaciones, en las decisiones mal tomadas y en las decisiones cuyas razones jamás conoceremos. El cielo está despejado, el sol pica la piel mientras avanza hasta la posición que indicará el mediodía, el viento sacude el polvo. A veces se oye el ruido de autos y camiones, otras veces se oye ese ruido de falta de ruido típico de las rutas cuando no pasa ningún vehículo.
Frente a mí hay toda clase de yuyos: están esos cardos con flores amarillas y compactas; ésos que parecen pequeñas margaritas; ésos que simulan largas espigas y que los chicos suelen ponerse en la boca quién sabe por qué. Decisiones que jamás conoceremos: ¿quién resolvió que éstos son “yuyos”, que estas flores no valen ni el esfuerzo de mirarlas? ¿Quién determinó que hay que sacarlas cuando crecen en el jardín en vez de organizar concursos para establecer su excelencia?
Todo retórica: ya sé que no hay un “quién”.
Las otras decisiones son también incógnitas, aunque tengamos buenas historias que las corroboren.
Las buenas historias ―me digo― son artilugios para excusarnos por no haber resuelto las incógnitas.
En esta época del año se imponen las preguntas trascendentales: quiénes somos, dónde vamos, de dónde venimos, con qué propósito. Todo eso.
Sigo la corriente.
Ya ni me acuerdo de por qué me dedico a lo que me dedico, por qué aprendí sobre usos y costumbres de sociedades lejanas y cercanas, sobre los misterios de la genética y la evolución, sobre cómo ver lo que no está en los restos que sí están. Quizás alguna vez lo supe, pero ahora la explicación no sería más que un relato prefabricado, sucio, empañado con estantes de libros y teorías fallidas: sería solo otro cuento, arrojar un dardo en la oscuridad y recién después dibujar el blanco en la pared.
Cuando uno entra a la casa del Destino ―uno de los siete hermanos de The Sandman, comic escrito por Neil Gaiman y publicado entre 1988 y 1996― descubre que frente a sí tiene todo un laberinto. Pero cuando avanza y mira hacia atrás, sólo ve una línea recta.
Esa línea recta son las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida.
Los “cómo llegué a este punto” son siempre historias relatadas desde el laberinto, cuando ya hay una línea recta por detrás; cuando tenemos una historia que contar; cuando estamos a salvo; cuando poseemos un pasado que perder mucho más valioso que un futuro por ganar.
Pero quizás estos sean sólo divagues provocados por el sol y la espera. Puedo decir, sí, que lo que hago (lo que sea que hago) siempre sirvió de pretexto: para pasar el día tirado en la cama leyendo (“estoy examinando bibliografía”), para salir a vagabundear con rumbo desconocido (“estoy haciendo trabajo de campo”). Es un pretexto para estar solo, para holgazanear, para posponer responsabilidades, para que las noches sigan siendo más largas que los días, para vivir la vida de la manera en que uno quiere vivirla y no de la manera en que se supone que debe hacerlo por pertenecer a determinada franja social, etaria, económica, profesional. Un pretexto para seguir explorando el laberinto en lugar de pavonearse con la línea que va quedando atrás.
En el prólogo de la novela gráfica The Sandman: Endless nights (2003), Gaiman escribió: “El rey de los sueños aprende que uno debe cambiar o morir, y entonces toma una decisión”. Y acto seguido escucho que alguien dice: “Este año aprendí que las cosas no siempre resultan como uno quisiera, pero que en algún momento tiene que decidir que ya fue suficiente; que hay que seguir adelante”.
Le pongo mute.
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miércoles 30 de diciembre de 2009
Algo de la felicidad que posee
lunes 28 de diciembre de 2009
La década del cero
Ahora estoy rascándome la cabeza, tratando de decidir si el 1º de enero de 2010 empieza la década del 10 del siglo XXI, y por ende, si el 31 de diciembre de 2009 finaliza la primera década del mencionado siglo. También me pregunto con qué convencionalismo lingüístico referirse a esta primera década. ¿La década del cero?
Un buen argumento es que si empezamos a contar desde uno, las decenas se cierran (no se abren) con números terminados en cero. Es decir que la década comprende del 1 al 10, de 2001 a 2010, de 2011 a 2020, y no de 0 a 9, de 2000 a 2009, de 2010 a 2019. Pero esto no impidió que se celebrara la llegada del nuevo siglo en el primer segundo del 1900, ni que se anunciara el arribo de un nuevo milenio al comenzar el año 2000.
Por una mera derivación lógica, si uno considera que la nueva década comienza el 1º de enero de 2010, está dando por sentado que existió un año cero, y que Jesús de Nazaret, a los doce meses de vida, cumplió cero años.
―Qué lindo bebé, ¿cuántos años tiene?
―Va a cumplir cero en tres meses y medio.
Cuando aparecen estos debates nunca falta quien aporte complicadísimos cálculos que demuestran que el año cero existe, o que no existe, que el calendario juliano proléptico tiene muchas ventajas, o que el calendario juliano proléptico es un mamarracho, y al pobre Dionisio El Exiguo se le hizo decir de todo: sí, no, no sé.
Ahora bien, salta a la vista que el calendario no tiene un año cero, que no tiene un día cero de la semana y que tampoco tiene un mes cero del año (sí existe una hora cero, de invención reciente, y en ello intervinieron tanto la difusión de los relojes digitales como la jerga militar norteamericana). Esto se explica a raíz de que los años (como los días o los siglos) no se cuentan con números cardinales sino que se ordenan con números ordinales. Se empieza con uno, no con cero.
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viernes 25 de diciembre de 2009
No hay Navidad sin mercado
Ayer a la mañana estaba haciendo compras en el supermercado. Supongo que es el peor día del año para hacer compras en el supermercado, pero así es la vida: todos descubrimos que nos olvidamos de algo en el mismo momento y corremos a buscarlo en el mismo lugar. Eso se llama industria cultural. Y funciona.
La cola era todo lo interminable que podía serlo, pero uno se distraía mirando a las robustas señoras aferradas con gesto fiero a sus carritos y prestas a jugar a los autitos chocadores con tal de quedarse con el último pionono en oferta; a los señores que apilaban toneladas de comida como si las siete plagas bíblicas estuviesen por caer sobre la ciudad y hubiese que llenar de provisiones el refugio antiaéreo. Además, afuera estaba húmedo y pegajoso y lloviznoso, y el obsceno aire acondicionado invitaba a soñar con paraísos fríos-templados, que es como deben ser los buenos paraísos terrenales.
En las fiestas navideñas, como en cualquier otra festividad pública, el carácter de excepcionalidad no hace más que enfatizar las prácticas culturales asociadas a la cotidianeidad. Por un rato se vive y se actúa al nivel de las más puras apariencias, poniendo en escena rituales que son pura significación y donde la sociedad encuentra una imagen de lo que debería ser en el mejor de los mundos.
O en todo caso, en el peor de ellos.
Delante de mí había una señora con un carrito lleno de alimentos y de niños. Tenía una lista larguísima de productos e iba tachándolos mentalmente (o con murmullos) al comprobar que estaban amontonados en el carrito, entre ananás, pollos, latas de palmitos, sidras, mayonesa y niños. De pronto se sobresaltó. Ensayó un gesto de desesperación (¡rayos!, pensé: ¡se olvidó a un hijo en la heladera de los quesos!), se llevó las manos a la cintura con gesto alarmado, miró en derredor con consternación:
―¡Me olvidé el Mantecol!
La transcripción apenas puede dar cuenta del desconsuelo y del abatimiento de su voz. La exclamación ―dirigida a un oyente imaginario, o tal vez a sí misma― daba a entender que se había olvidado de algo así como el arbolito o el burro del pesebre, que Papá Noel se había estrellado en la Panamericana y que no llegaría con sus regalos, que lo mejor sería declarar cancelada la Navidad e irse a dormir sin postre a las nueve de la noche. Su voz estaba diciendo: son las Pascuas y me olvidé los huevos. O también: es mi casamiento y me olvidé los anillos, al cura y al novio.
La mujer se dio la vuelta y me miró con esos ojos desesperados. Yo me quedé quieto, con mi cara de Dexter Morgan, moviendo los ojos de derecha a izquierda a fin de demostrar desconcierto.
―¡¿Me los cuidás un momento?!
Con un gesto de cabeza señaló a los niños apilados en el carrito, quienes, a su vez, me miraban con ojos acusadores: Si no nos cuidás, Dexter, mi mami no conseguirá Mantecol y arruinarás la Navidad y cuando seamos grandes saldremos a matar adolescentes promiscuos con un hacha.
Dado que no tenía ganas de interpretar el papel de Ebenezer Scrooge, asentí con un gesto amable y varonil. La mujer corrió por los pasillos en busca de Mantecol y yo me quedé ahí parado, con actitud responsable, asegurándome de que los niños no fueran abducidos por el chupacabras. La cola avanzó un lugar, empujé un lugar el carro con los niños y me sentí el padre sustituto del año. Eso fue lo más cerca que estuve de la paternidad en mi vida.
Al rato volvió la mujer, con un par de paquetes de Mantecol. Agradeció y me mostró sus Mantecol, con gesto de “Ay, qué torpe fui, casi me olvido el Mantecol”. Yo volví a sonreír con mi cara de Dexter Morgan y asentí, como dándole la razón: claro, no hay Navidad sin Mantecol.
Y la expresión quedó rondando todo el día: no hay Navidad sin Mantecol.
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miércoles 23 de diciembre de 2009
Sangriento Papá Noel (y el bop de la guerra relámpago)
Entre los debates literarios desapercibidos de 2009, acaso uno de los más interesantes haya sido el que incumbe a la traducción al castellano del título del libro del critico musical Alex Ross, The rest is noise. Listening to the Twentieth Century (2007). Este notable ensayo acerca de la música clásica del siglo XX se convirtió en un instantáneo libro-que-tenés-que-leer-sí-o-sí. Ganó premios, vendió mucho, sedujo a melómanos quisquillosos y a escuchas principiantes. Ross se merece cada uno de los millones que embolsó, y seguirá embolsando, con The rest is noise.
La filial española de Seix Barrial lo publicó en castellano bajo el título El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música. Al traductor, Luis Gago, le llovieron cascotazos de todos lados. ¿Cómo convirtió El resto es ruido en El ruido eterno? Justificó la elección señalando que los lectores españoles no podrían relacionar “El resto es ruido” con “El resto es silencio” (The rest is silence), últimas célebres palabras del Príncipe Hamlet. Gago señaló además que se basó en la traducción de Leandro Fernández de Moratín de la obra de William Shakespeare: “Para mí sólo queda ya... silencio eterno”.
El crítico Diego Fischerman, a quién la traducción no le gustó nada, escribió en su blog: “No debería olvidarse que se trata de un libro sobre música, y no sobre Hamlet, y que la idea de que ‘el resto es ruido’ no resulta ni de cerca reemplazable por la de un ‘ruido eterno’. La eternidad del ruido es, en todo caso, la de Babel y aquel excesivo castigo de un dios soberbio cuando, sólo para evitar que los hombres y mujeres del mundo llegaran al cielo, resolvió confundir sus lenguas para que ya no se entendieran entre sí. Y creó a los traductores españoles”.
Uno de los lectores de ese blog recordaba que Gago transformó Music: A very short introduction, el libro de 1998 de Nicholas Cook, en De Madonna al canto gregoriano. Una muy breve introducción a la música. Y que ahí no hubo ningún Moratín al que echarle la culpa.
Pero en general las traducciones de los títulos de los libros (sean obras de ficción o de cualquier otro tipo) no suelen despertar tantos resquemores, acaso porque suelen ser un tanto más literales o aceptables, acaso porque el mercado no es tan grande como el del cine, donde se escuchan los mayores reproches.
Ya se volvió un lugar común preguntarse cuál es el criterio para traducir los nombres de las películas anglosajonas que se estrenan en países de habla hispana. ¿Qué volteretas lingüísticas permiten traducir Home alone como Mi pobre angelito? ¿Qué matiz de la lengua convierte The game en Al filo de la muerte? ¿Walk the line en Johnny y June, pasión y locura? ¿Trading places en De mendigo a millonario? ¿Seven en Pecados capitales? ¿The devils wears Prada en El diablo viste a la moda, Coming to America en Un príncipe en Nueva York, Beverly Hills Cop en Un detective suelto en Hollywood?
Y así.
Es cierto que las traducciones literales no siempre son fáciles ni deseables. Por saltar del cine a la música, conservo un casete de The Ramones, It’s alive, en edición nacional, donde “Blitzkrieg bop” se presenta como “El bop de la guerra relámpago”, que es una traducción literal aunque desmañada (curiosamente esta elección también aparece en una edición canadiense de 1991, ya en CD, del disco Learning English del grupo alemán Die Toten Hosen, sólo que sin el primer artículo: “Bop de la guerra relámpago”). En ese mismo disco de Ramones, la canción “Chainsaw”, que incluso empieza con el sonido de una motosierra para darle pistas al traductor, se convirtió en “La cadena vió” (también el acento de "vió" forma parte de la traducción).
Entre traducciones literales desmañadas y traducciones simplemente incorrectas, a veces los inventos de los tituladores fílmicos hispanos no parecen tan terribles.
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martes 22 de diciembre de 2009
Howard Becker: de trucos, sociólogos y desviados
Qué bueno que Siglo Veintiuno haya editado al sociólogo Howard Becker, clase 1928, nacido en Chicago y fiel representante de su escuela. Aunque las ediciones lleguen con una década, o cuatro, de retraso, se celebran.
Outsiders. Hacia una sociología de la desviación, publicado originalmente en 1967 y tradicional “traducción de cátedra” en amarillentos papeles mecanografiados hace quichicientos años, es una de las piezas angulares de la mal llamada “teoría del etiquetado”. Un clásico, así de sencillo. Curiosamente, en el Musimundo de Callao y Corrientes lo etiquetaron como “novedad” y comparte mesa con Ari Paluch, Roberto Petinatto, Federico Andahazi, Osho, una Guía (inútil) para madres primerizas, Peter Capusotto y Jacobo Winograd (dicen las malas lenguas que el libro de Becker intentó suicidarse, arrojándose a un incinerador, pero que no lo logró).
La otra obra es de 1998, Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en ciencias sociales, y empieza así: “Cuando cursaba mis estudios en la Universidad de Chicago, los estudiantes aprendían a afrontar todas las preguntas conceptuales difíciles diciendo con aires de autoridad: ‘Bueno, todo depende de cómo definas los términos’. Era cierto, pero no nos ayudaba mucho dado que no sabíamos nada especial acerca de cómo efectuar la definición”.
Fijo al arbolito: uno para Papá Noel, el otro para Reyes.
lunes 21 de diciembre de 2009
¡No te compres libros!
Entre las tradiciones navideñas familiares de las que puedo dar cuenta está la ancestral reprimenda de mi abuela. Cuando suenan las campanas anunciando el comienzo de Navidad, un infatigable Papá Noel hace su arribo anual con la bolsa cargada de regalos. Mi abuela suele tajear en partes iguales su jubilación, introducir estas partes iguales en sobrecitos confeccionados con papel de regalo y mandarlos a la bolsa navideña para que sean distribuidos entre sus cinco nietos (de menor a mayor: mi primo, mi hermano, mi hermana, mi otro primo, yo).
Insisto en que tajea su jubilación, o una buena parte de ella. Dado que mi abuela no es Amalita de Fortabat, Ernestina de Noble, Mirtha Legrand, Cristina Fernández de Kirchner o alguna otra anciana acaudalada de renombre, el monto se mantiene dentro de parámetros jubilatorios estándar. Es de mal gusto andar cuantificando en público el regalo navideño de tu abuela, sin mencionar que suele actualizarse según los embates inflacionarios (“una sensación”, estimo que diría alguna de las ancianas acaudaladas mencionadas), pero indiquemos que alcanza con holgura para una sólida novedad de librería y un combo de McDonald’s.
Pongamos por caso: un Stieg Larsson y un McCombo Triple Mac.
En cuanto a mí respecta, es el regalo navideño perfecto: novedad editorial + combo grande de comida chatarra. Por algo las abuelas son abuelas.
Siguiendo con la ancestral práctica navideña, uno le agradece a su abuela por el obsequio y se siente un crápula por no haberle comprado nada. Los otros cuatro nietos reciben más o menos la misma réplica:
―Gracias, abuela.
―De nada. Para que te compres algo que te guste...
O también:
―Gracias, abuela.
―De nada. Comprate lo que quieras...
Los puntos suspensivos del final son una puerta entreabierta a cualquier alternativa. Pero a mí no me dice nada de todo eso. Ningún punto suspensivo del final. El libre albedrío que se le concede a mis hermanos y primos está, en mi caso, seriamente coartado de raíz.
El diálogo sería más o menos así:
―Gracias, abuela.
―¡No te compres libros!
Otras veces el diálogo tiene ciertas variantes. Por ejemplo:
―Gracias, abuela.
―De nada. Comprate algo que te guste...
―Sí, probablemente compre...
―¡No te compres libros!
Una recomendación similar tiene lugar en marzo, con el sobrecito que funciona como regalo de cumpleaños:
―¡No te compres libros!
Incluso, si la época la encuentra con iniciativa y ganas de corregir mi comportamiento desviado, llama a mi madre y le pegunta qué puede regalarme.
―Si le regalo plata se la gasta en libros.
Es genial el modo en que exclama que no compre libros. Suena como si dijera: “¡No te compres drogas!” o “¡No te lo gastes en prostitutas en un cabaret!” o “¡No lo dones a Greenpeace!”.
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domingo 20 de diciembre de 2009
¡Cuidado con las petunias!
Entre las excentricidades que deberán recordarse de 2009, merecen un lugar especial las gacetillas de prensa de las publicitadas plantas carnívoras de la Fiesta Nacional de la Flor de Escobar.
Bioseguridad: nada mejor que una planta carnívora para protegerse del mosquito que propaga el dengue.
Ya curados de espanto, no asusta leer en el Botanical Journal of the Linnean Society que un grupo de botánicos propone que las petunias y las papas también se incluyan entre las plantas carnívoras. El investigador Mark Chase (del Royal Botanic Gardens) propuso que la distinción debe ser gradual, no de blanco o negro, y recordó que las petunias y las papas poseen pelos pegajosos que atrapan insectos. También señaló que muchas plantas absorben, a través de las raíces, insectos descompuestos previamente capturados.
En fin, dan ganas de volver a ver La tiendita de los horrores, la gran película de 1960 del gran Roger Corman. Ahí las plantas carnívoras no parecían tan tímidas.
sábado 19 de diciembre de 2009
Gate-crashing
El tema, en The New Yorker, es “la cultura del gate-crashing”, la práctica social del momento: ingresar en exclusivos eventos sin invitación. O en buen criollo: colarse. ¿Las razones? Tomar fotografías de celebridades o dignatarios, ser fotografiado a su lado, beber y comer gratis, activismo variopinto, robar, proponer negocios, figurar.
El antropólogo James Clifford, autor del genial Dilemas de la cultura (Gedisa), comenta: “Un banquete exclusivo crea (a) status de élite o de pertenencia; (b) envidia, una mala sensación acerca de las distinciones y las jerarquías; (c) rumores, qué pasa ‘realmente’ adentro; y (d) transgresiones”.
Para ser efectivas, todas estas funciones (jerarquías, envidias, rumores, transgresiones) deben ser públicas. Para que el gate-crashing tenga sentido, el colado debe ser atrapado, debe dejarse ver: debe convertir su acción individual en un acto público. No hay gate-crashing si uno se cuela a una fiesta y nadie se entera, si no se lo cuenta a nadie, si pasa desapercibido.
“La transgresión depende de la ley ―sigue Clifford―. La vanguardia necesita de la burguesía; el contrabandista necesita de la policía para crear el valor de las mercaderías. Pero si alguien entra de colado con una bomba y vuela a todo el mundo, entonces es difícil pensar en el gate-crashing como una forma inocente de performance social”.
Qué lejos quedó el tango “Media noche”, de Troilo y Gagliardi, de 1934: “¿Qué harán los muchachos?/ Seguro en el feca, jugando al billar/ O andarán colados en un casamiento/ ¡Qué solo me siento! ¡Qué ganas de llorar!”.
viernes 18 de diciembre de 2009
Yo quiero tener un millón de amigos homosexuales
Es una suerte que en los tiempos del Facebook la palabra “amigo” haya perdido su antigua sustancia. La expresión dejó de lado su protocolo y su solemnidad. No es necesario ya hacer pactos de sangre para sellar hermandades eternas, ni siquiera se necesita estar particularmente informado acerca de la identidad de estas amistades. Quien antaño era etiquetado en nuestra vida social como conocido, vecino, compañero de escuela, ex compañero de escuela, colega, compañero de trabajo, jefe, ex pareja, compañero de viaje, mozo de confianza, conocido de la cancha, conocido del potrero, conocido de la esquina, conocido de recitales, conocido de un conocido, incluso quien antaño era etiquetado como completo desconocido, hoy puede entrar en nuestro círculo social con el marbete de “amigo”.
―¿Quién es?
―Es un amigo de Facebook.
Podrán hacerse muchas objeciones respecto a la cuota de pereza intelectual que conlleva equiparar la resignificación de un término de uso corriente con la resignificación de los vínculos sociales, políticos y culturales que el uso corriente de ese término presupone, pero mejor dejémoslas correr. Si la única máxima periodística que vale la pena tener en cuenta es aquella que establece que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena historia, en este caso puede establecerse que el molesto asunto de la verdad no debe interferir con una buena coartada.
Cuantos más amigos tengamos, mejores serán nuestras coartadas. Incluso, con el relajamiento de la palabra “amigo”, hasta puede que estas coartadas sean más que coartadas: puede que estemos diciendo la verdad.
¿Y no es lindo, para variar, decir alguna vez la verdad?
Esta expresión se repite en casi todas las lenguas, o para empezar a decir la verdad, en casi todas las lenguas que yo conozco. Tomo “lenguas” en su sentido antropológico más mecánico, ése que equipara una lengua = una cultura = una identidad. El recorte de la acepción terminológica permite, pues, afirmar que la expresión, y por ende la coartada, existen en casi todas las sociedades. Podemos llamarla, a falta de un nombre mejor, la coartada del millón de amigos.
La coartada del millón de amigos permite decir cualquier barrabasada apoyándose en aquello que en retórica clásica se llama concessio, una concesión: se comienza señalando las similitudes y coincidencias con el contrincante, para luego enfatizar todo aquello que no son similitudes ni coincidencias. Podríamos establecer, entonces, a modo de anexo de la Retórica de Aristóteles, que la coartada del millón de amigos es una de las formas que adopta la concessio, y que invariablemente comienza con la misma expresión: “Algunos de mis mejores amigos son...”.
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miércoles 16 de diciembre de 2009
La ortografía del Virrey Cevallos
No es que uno quiera ponerse en quisquilloso. Se sabe que en la ciudad de Buenos Aires, y en cualquier otro lado, algunos problemas son más apremiantes que otros. Las prioridades son inevitables, como bien estableció el dibujante y escritor Quino a través de su personaje Mafalda: lo urgente no deja tiempo para lo importante.
En el caso de que se considere importante escribir correctamente los nombres de las calles. Puede que no. Sabemos que un Premio Nobel de Literatura instó a jubilar la ortografía, y aunque el de Literatura sea algo así como el Premio Nobel Consuelo, el premiecito nobelcito, sigue tratándose de una voz autorizada. Ningún ganador de un Premio Nobel de verdad instaría, por ejemplo, a jubilar la tabla periódica de los elementos o el estudio del cuerpo humano. Pero si la ortografía no le importa ni a los mismos escritores, ¿por qué debería importarnos al resto de los mortales?
También podría pensarse que ni lo urgente, ni lo importante, dejan tiempo para las exquisiteces. Que basta con señalizar más o menos las calles, que se entiende qué queremos decir, que alcanza y sobra con la aproximación. Una cosa es escribir Zarmiento o Velgrano, animalada que amerita el bonete de burro sin muchas cavilaciones; pero otra muy distinta es comerse un acento o dos, saltearse una letra, confundirse de vocal. Si uno está buscando la calle Ortega y Gasset, y encuentra un cartel que dice “Ortega y Gaset”, con una s de menos, probablemente no empiece a preguntarse si está en la senda correcta o si la calle Ortega y Gaset es diferente de la calle Ortega y Gasset. Se entiende. Lo mismo ocurrirá si descubre un letrero de Matheu sin h, Tupiza con s, Repetto con una sola t. A fin de cuentas, ¿usted qué prefiere? ¿Un letrero mal escrito? ¿O un espacio vacío donde debería estar emplazado un ausente cartel bien escrito? Entre dos males, mejor quedarse con el mal menor.
Y aún así, el caso de la calle Virrey Cevallos, o Ceballos, no deja de producir sarpullido, que en todo caso también podría ser zarpullido o sarpuyido. Será porque vivo en el sur de la ciudad y camino por esa calle todos los días. O porque no creo que haya que jubilar la ortografía, aunque uno no sea escritor y se contente con proteger la integridad de la tabla periódica de los elementos. O porque la opción de elegir entre dos males resulta un despropósito cuando cuesta tan poco hacer las cosas bien.
En fin, menos cuento: ¿qué tal si todos escribimos Virrey Cevallos de la misma manera y jubilamos, no a la ortografía, sino al buen Virrey Ceballos?
La calle Virrey Cevallos (si es que se llama así, ahora empiezo a dudarlo) se extiende desde la Avenida Rivadavia, entre la Plaza del Congreso y la Plaza Moreno, hasta la Avenida Caseros, donde choca contra el Hospital Británico y muere. En esa veintena de cuadras es posible observar cómo el sur de la ciudad se va volviendo más redundante, más olvidable, menos representable en el discurso oficial. Podría pensarse, cuando se camina del 0-100 al 2100-2200 de la calle Cevallos, que al alcanzar la avenida Caseros uno se caerá del mapa de la ciudad, que allí simplemente se acabará todo, que habrá vacas y yuyos, o baldíos siniestros, o el infierno del suburbio, o alguna nada blancuzca de ciencia ficción. Pero no, la ciudad sigue, aunque a veces parezca que ya está, que allí se terminó, que allí se baja el telón. Aunque parezca que si cruzando Rivadavia las cosas importan poco, y que cruzando San Juan importan menos, cruzando Caseros dejan de importar del todo.
Es una cuestión de símbolos, pero los símbolos no habitan una dimensión abstracta o poética. Son artefactos materiales, concretos, que forman parte de la ciudad y con los que convivimos a diario. Por eso resulta interesante que en las primeras diez cuadras de Cevallos no se vean divergencias ortográficas, pero que en cuanto la calle se adentra en el sur olvidado, el sur de chorros e ilegalidades, el sur de pibes sospechosos por llevar gorrita y capucha, el sur de asados en la vereda y chicos jugando a la pelota en el medio de la calle, el sur que sólo cobra sentido como margen, como orilla, incluso las concesiones de la lengua vayan volviéndose más laxas.
El 1200 de Cevallos se encuentra con la avenida San Juan y allí está la frontera, el límite más allá del límite. Si las primeras diez cuadras todavía son salvables, si todavía pueden formar parte del discurso público de la ciudad, al cruzarla ―al marchar hacia la autopista, la Plaza Garay, la avenida Brasil, luego Caseros y luego el fin del mundo― se pierde todo incentivo de encontrar un lenguaje en común. La ciudad converge hacia sus centros, y también lo hace el lenguaje.
Los símbolos son poderosos, y los carteles del cruce con San Juan aseguran que se está en la calle Virrey Cevallos y en la calle Virrey Ceballos, enfrentados en diagonal, como si chocaran dos componentes diferentes de la ciudad, como si al pasar ese límite dentro del límite poco importaran los nombres de las calles.
Luego se avanza, se sube según los números y se baja según la percepción de las jerarquías del entramado urbano, y los letreros que indican los nombres de las calles exponen diversas capas geológicas de señalética, restos arqueológicos que alternan a Cevallos y a Ceballos sin mayores reparos. Ya en Caseros, donde la calle acaba, el Virrey Cevallos y el Virrey Ceballos se miran frente a frente, a pocos metros de distancia. Ninguno se impone sobre el otro: se entiende qué queremos decir, alcanza con la aproximación.
En las orillas hay que conformarse con poco.
Pero las marcas de telefonía celular que coronan los letreros no presentan inconvenientes. Nokia es Nokia, qué duda cabe.
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lunes 14 de diciembre de 2009
Socio Nº 12.746
Un amigo suele argumentar que soy el típico hincha de Independiente: que sólo voy a la cancha ―no exageremos: que al menos me molesto en mirar los resultados de los partidos en el diario― cuando el equipo está por salir campeón. Luego suele usar la palabra “amargo”. De hecho, insiste bastante en esa palabra, “amargo”. Nunca deja de apelar a cierto efecto que se balancea entre la sinécdoque y la hipérbole, que lo lleva a concluir que todos los del rojo son amargos. La retórica es impecable.
La amargura, en fútbol, suele asociarse a los hinchas de Independiente. Ensayando una explicación muy superficial, se sostiene que el histórico empacho de títulos y éxitos produjo en los aficionados una actitud entre apática, desdeñosa y distante. Por eso de seguir dándoles la razón a las estructuras dicotómicas opuestas binarias de Claude Lévi-Strauss, el caso simétrico e inverso sería el de Racing, rival barrial de Independiente, equipo que obtiene un título cada quinientos años pero sus hinchas viven cada derrota y cada fracaso con exultante pasión. Eso se llama “aguante”, y en fútbol el par binario estructuralista viene en el formato amargura/ aguante.
El aguante es bueno y deseable, la amargura no.
Aunque acepto el calificativo de “amargo” de buena gana, diré también que el “aguante” está sobrevalorado. De alguna manera se trata de un germen que estuvo atrincherado en la industria cultural durante décadas, siempre pugnando por salir pero nunca lográndolo, hasta que en la primera mitad de la década de 1990 ese continente sumergido salió a flote. “La rebelión de los perdedores”, la llamó un directivo de Sub Pop, el sello discográfico que había fichado a Nirvana y había llevado la cultura del perdedor a los primeros puestos de los rankings de todo el mundo.
Ser un perdedor se había vuelto una cosa bien vista, y la cultura del aguante encontró allí su punto de apoyo, su legitimidad histórica y social. Una vez un asustadizo Dave Mustaine, que cantaba y tocaba la guitarra en el grupo de heavy metal Megadeth, me preguntó qué coreaban los fanáticos que se habían congregado en los alrededores de un canal de televisión porteño. Los pibes coreaban un mecánico “Megadeth, aguante Megadeth” con la canción “Symphony of destruction” como silenciosa e imaginada base, y no supe cómo traducir “aguante”. Recuerdo haberme inclinado por “hang on”, pensando en el conocido poster del gatito colgado de una soga de tender la ropa. Aguantá, gato. Aguantá, Dave. Aguantá, hincha de Racing.
Los exégetas populares asociarán el aguante con la resistencia, con un pintoresco “somos pulenta”, pero en ese momento ―y también ahora― se me antojó que podía vincularse más bien con la resignación, con la cabeza que rueda en el piso mientras muerde y vocifera vengadora, con el gatito resignado a aguantar todo lo que pueda antes de caerse de la soga y romperse los huesos. El aguante es una forma de agregarle épica al permanente acto de perder, una manera de legitimar la exclusión y la falta de oportunidades, de aceptar la bota sobre la nuca y el rostro en el barro.
La música que mejor se lleva con el aguante es la canción “Que será, será”, y como bien acotó el crítico Greil Marcus, “Que será, será” es siempre contrarrevolucionario. También aquí la retórica es impecable: el aguante es siempre contrarrevolucionario.
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viernes 11 de diciembre de 2009
Los nombres de las calles
Leo en el diario que están habilitando al público nuevas calles en el Dique 1 de Puerto Madero. Una de estas nóveles arterias, emplazada entre Pierina Dealessi y el boulevard Elvira Rawson de Dellepiane, todavía no ha sido bautizada. Se supone que las calles deben tener nombres, no tanto para que sus ocupantes puedan recibir las facturas del cable y del gas en sus buzones de correo, sino porque una calle sin nombre dramatiza el avance de la barbarie sobre la civilización, la supremacía del baldío y la corredera de tierra en el bien ganado orden urbano: asfaltado, iluminado y, valga la redundancia, ordenado.
Una calle sin nombre es como el gato sin nombre de Desayuno en Tiffany’s, la nouvelle de 1958 de Truman Capote. “¡Pobre infeliz!”, exclama Holly Golightly, la chica rica que tiene tristezas, la muchacha que bien podría ser el primer amor literario de cualquier lector. “¡Pobre infeliz sin nombre!”.
Lo mismo podría exclamar algún vecino de Puerto Madero frente a esta calle: ¡Pobre calle infeliz! ¡Pobre calle infeliz sin nombre!
A fin de evitarle el mal trago a algún contribuyente o paseante, se puso en marcha una convocatoria para elegir el nombre de la calle a través de una votación por Internet. El consorcio de propietarios de Dique 1 propuso siete candidatos y se solicitará a la Legislatura porteña que la arteria lleve el nombre más votado.
“Se trata, sin dudas ―dice el sitio web―, de una propuesta única y novedosa: será la primera vez que los habitantes de nuestra ciudad podrán influir en la elección del nombre de una calle”.
Siguiendo lo establecido por la ordenanza municipal, los siete nombres propuestos corresponden a mujeres con alguna incidencia en la vida pública, presente y pretérita: Ana Díaz, la única mujer que viajó con Juan de Garay en 1580 para refundar Buenos Aires; Aurelia Vélez, la novia de Domingo Faustino Sarmiento durante treinta años; Camila O'Gorman, la muchacha de veinte años fusilada por Juan Manuel de Rosas por haberse enamorado y fugado junto a un cura, también él fusilado; Rebeca Gerschman, bioquímica, fisióloga, bióloga, académica; Alejandra Pizarnik, poeta, escritora; Niní Marshall, actriz; y María Luisa Bemberg, cineasta, empresaria.
Intuyo que ganarán Pizarnik o Marshall, o que acaso Bemberg dé el sorpresivo batacazo. Por las dudas, por aquel brío almafuertista de no darse por vencido ni aún vencido, aporté mi granito de arena y le sumé un voto a mi favorita, Rebeca Gerschman, en reconocimiento a su tesis doctoral sobre el potasio plasmático y a sus trabajos sobre la toxicidad del oxígeno.
Además, sería interesante vivir en la calle Gerschman, y ―a propósito de las observaciones de Arturo Cancela respecto al modo en que los chauffeurs de Buenos Aires pronunciaban el nombre de la calle Jean Jaurès― sentarse a escuchar cómo la nueva generación de chauffeurs pronuncia Gerschman: Guermán, Jermán, Jérchman.
Pues se da por descontado que lo pronunciarán mal. El etnocentrismo ganó la batalla hace rato. Sólo resta pegarse codazos y hacerse un lugar en el vagón de los vencedores.
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miércoles 9 de diciembre de 2009
Sarmiento, el primer punk
Todas las mañanas y todas las tardes el hombre estaciona su bicicleta frente al número 21 de la calle Sarmiento, sur, en la ciudad de San Juan, capital de la homónima provincia cuyana. Los caños y las soldaduras hicieron de la bicicleta un pequeño tractor, un pequeño camión de carga. Pedaleando, cada mañana y cada tarde el hombre lleva los dos enormes canastos desde su casa de fondo amplio hasta el frente del número 21 de la calle Sarmiento, sur. Luego hace el mismo recorrido, en dirección inversa, con los canastos más o menos vacíos según el día de la semana, el clima, la suerte, la marcha de la economía, la época del año.
El hombre vende higos secos. Dos con cincuenta la bolsita. No sería exagerado sostener que son los higos secos más ricos de San Juan, pero, en cualquier caso, más vale titubear en base al condicional: podrían serlo. Y uno podría apostar a favor.
El barrio es El Carrascal, aunque ahora sea parte del centro de la ciudad de San Juan. En el número 21 de la calle Sarmiento, sur, está la casa donde vivió el hombre que daría nombre a esa arteria: Domingo Faustino Sarmiento, político, escritor, docente, Senador, Gobernador de San Juan, Presidente de la Nación entre 1868 y 1874, finalmente prócer, nombre de calles y plazas y pueblos, lección que aprender en la escuela y mito que enaltecer o vilipendiar.
Sarmiento, inmortal, ejemplo de educación y tesón, padre fundador de la patria, alumno que nunca se perdió una clase, personaje protagónico para representar en los actos escolares, figura que desdeñar y convertir en chasco durante la secundaria, vida y obra que descontextualizar, tergiversar, en ese ejercicio eternamente adolescente que los malos historiadores de la televisión llaman “revisionismo”. Sarmiento, autor de una obra riquísima, fundamental, inevitable pero aun así evitada; Sarmiento, trivializado en un busto de cabeza calva, pintarrajeado por mocosos idiotas, cagado por palomas, deshonrado por viejas boludas que se llevan la mano al pecho antes de pronunciar “maestro”, “aula”, “educación” y “patria” con mucha solemnidad. Sarmiento, póster de Billiken y Anteojito. Sarmiento, metáfora muerta. Sarmiento, peleador callejero. Sarmiento, padre del aula. Sarmiento, inmortal.
Sarmiento, el primer punk: el hombre que venía de una calle de porquería, de un barrio de porquería, de una ciudad de porquería, de una provincia de porquería, de un país de porquería, de un continente de porquería; el hombre con el barro hasta las rodillas que entendió que debía seguir el eslogan más exitoso de la industria cultural del siglo XX, el concepto mejor tallado de la factoría de musiquitas adolescentes que llegarían a dominar el mercado cultural de Occidente, ése que acuñaron Johnny Rotten y Joe Strummer y que siguen repitiendo como loritos los montones de zánganos con remeras de Ramones (“Bueno, no me importa historia/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ Porque no es ahí donde quiero estar/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ Odio a los profesores y al director/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll/ No quiero ser educado para ser un tonto/ Secundaria de rock-rock-rock’n’roll”) que todavía hoy pintarrajean el busto de cabeza calva como señal de distinción y rebeldía empaquetada en un supermercado: que el significado del “no future” es que uno debe construirse su propio futuro.
Y nadie en el cono sur del continente representó mejor ese eslogan, ese cliché para ovejas con peinados mal tuneados, que Domingo Faustino Sarmiento, padre del aula, primer punk.
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martes 8 de diciembre de 2009
lunes 7 de diciembre de 2009
Cómo sobrevivir a Ugi’s: ventajas y desventajas de decirle no a la droga y sí a la pizza
Pocos productos comestibles son tan resistidos y tan exaltados en la ciudad de Buenos Aires como la Pizza Ugi’s. No se trata del único producto comestible que se resiste o se exalta, por supuesto, pero sí es un caso particularmente interesante en el momento de darle calibre a esta observación de la antropóloga Mary Douglas en la década de 1970: “Ocurre que ignoramos los usos de la comida, y nuestra ignorancia resulta altamente peligrosa. Nos conviene más adoptar el punto de vista del veterinario, que considera la comida como mero alimento animal, o pensar en ella como una necesidad fisiológica, que reconocer su tremenda fuerza simbólica”.
Obviamente el de Ugi’s no es un caso singular, ni siquiera anómalo. Las personas que gustan del mondongo, realmente gustan del mondongo; las que no, jamás omiten las arcadas auténticas o fingidas. Algunas personas jamás comen en McDonald’s, ni productos de McDonald’s, esgrimiendo una amplia gama de razones: desde el cuidado de la salud hasta la intransigencia ante el imperio cultural invasor. Para otras personas, en cambio, McDonald’s forma parte de sus recorridos y de sus menús habituales, de sus modos cotidianos de entrever la alimentación y la vida en sociedad.
En el caso de la pizza de Ugi’s esta “tremenda fuerza simbólica” aparece floreteada e iluminada, sea en forma de elogio o de agravio, como si en el hecho de comer, de no comer, de ignorar, de exaltar la “famosa pizza a la piedra” se jugaran cuestiones donde chocan las clases sociales, el prestigio, las jerarquías, el diferente acceso a los bienes simbólicos y materiales, las concepciones de colectividad y los vínculos que éstas establecen, los patrones históricos acerca del gusto, las modas, los signos de aceptación social y todas las prácticas que estratifican a una comunidad determinada.
En cierta manera, la pizza de Ugi’s ya forma parte de ese difuso campo de desempeño llamado “costumbrismo”, que tiene tanto de hecho empírico como de construcción docta, y que por tal razón está, no más allá del bien y del mal, sino más acá de lo que es y no es aceptado por una sociedad de un tiempo y un lugar determinados.
Al costumbrismo se lo señala, se lo estudia, se lo festeja, se lo representa, se lo toma como caso singular y excepcional, y a la vez, como mejor exponente de lo general y habitual. Pero el costumbrismo es, también, una forma de etiquetar, de formalizar conductas, de que cada uno vaya a la góndola de productos asociados a su clase y posición económica, otra manera de poner en marcha un decorado de movilidad social en un espacio fuertemente estratificado y estático.
En todo caso, es lo que podría pensarse ante una caja de pizza con inscripciones tan extrañas como: “No a la droga, sí a la pizza”.
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viernes 4 de diciembre de 2009
El equivalente literario del Big Mac y las papas fritas
Fue obviamente impertinente, el escritor Stephen King, cuando sostuvo que era el equivalente literario del Big Mac y las papas fritas. ¿Lo fue? Basta pensar en su carrera en Hollywood. Su obra inspiró más películas que ningún otro escritor vivo, y probablemente más que muchos escritores muertos. El hombre es —parafraseando al antropólogo Clifford Geertz a propósito de su colega Claude Lévi-Strauss— una máquina infernal de la cultura. Claro que muchos platillos dejan al comensal indignado, comparando la sabrosa hamburguesa de los afiches (o los libros) con el anodino objeto aplastado que le han servido (en las salas). King lo dice todo el tiempo. Las adaptaciones no siempre salen como uno espera, pero es parte del juego. Cuando le preguntan si no le encabrona que arruinen sus libros, se encoge de hombros. Los libros no están arruinados, suele responder. Los libros siguen allí, tal como estaban, para cualquiera que quiera leerlos.
Cuando se han hecho tantas adaptaciones de la obra de alguien, hay muchas —pero muchas— chances de que los bodrios superen a las películas buenas. O que los bodrios sean realmente muy bodrios. Basta ver Los niños del maíz, Sleepwalkers, The boogeyman o Sometimes they come back. Son simplemente bodrios.
“Me volvería loco si tratara de mantener un control de calidad —dijo King en una entrevista—. Trato sí de tener buena gente involucrada. La cosa es que, cuando juntás un guión, un director y todas las otras variables, nunca sabés en realidad cómo va a salir. Entonces partís de la idea de que es como un partido de baseball: ponés en el campo el mejor equipo que podés, y sabés que vas a ganar la mayoría de las veces. Y en mi caso, haciendo eso, la mayoría de las veces —si exceptuamos cosas como Return of Salem’s Lot, Los chicos del maíz 4, Los chicos del maíz conocen al Leprechaun o como se llame— vas a tener algo al menos interesante. Esto no significa que ocasionalmente no vayas a tener una cosa que sea como un accidente de trenes, como Cazador de sueños, porque pasa, ¿o no?”.
Pasa, y pasa seguido. Aunque últimamente King se haya cruzado de brazos y afirme que disfruta viendo cómo alguien más hace eso que los semiólogos llaman transposición, nunca ocultó que algunas le gustaron más que otras. Por ejemplo, El resplandor de Stanley Kubrick no le gustó nada.
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