En el bloc de acá al lado, En minúscula, Ezequiel Martínez hace algunas observaciones sobre el mito del escritor sufrido. Menciona una columna de la escritora española Rosa Montero, quien argumenta, sucintamente, que “los artistas no son gente distinta a los demás” (y tampoco los escritores, a quienes Montero parece incluir en el grupo de “artistas”). Martínez comenta además una reseña sobre una investigación del psicólogo social Joe Forgas, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, que establece, también sucintamente, que “los escritores infelices son mejores escritores”.
El estudio de Forgas, escribe Martínez, “apuntala el mito que sugiere que para ser realmente bueno hay que sufrir lo suficiente, transitar por crisis existenciales, intoxicarse de sexo y alcohol, empalagarse de angustia y, de ser posible, rozar la autodestrucción”.
Supongo que lo más importante ―y que por ser lo más importante soslayaremos con total imprudencia― es qué se entiende por “mito”. En este sentido, los antropólogos son incorregibles. Pueden esquivar las afirmaciones más pertinentes o más absurdas, ni siquiera les pondrán atención, pero en cuanto aparecen algunas palabras clave, harán preguntas del tipo: ¿qué has querido decir exactamente con “mito”?
No importa. Podemos tomar el término en el sentido más coloquial, quitarle de encima cualquier eco filosófico o teológico, cualquier estreñimiento antropológico o sociológico. La primera definición del diccionario, antes de especializarse según distintas disciplinas, resulta más que suficiente: fábula, ficción alegórica, leyenda, tradición, saga.
Pero, como digo, los antropólogos son incorregibles, así que permítaseme agregar a esta definición una apostilla de Claude Lévi-Strauss: “Un mito se refiere siempre a acontecimientos pasados: ‘antes de la creación del mundo’, o ‘durante las primeras edades’, o en todo caso ‘hace mucho tiempo’. Pero el valor intrínseco atribuido al mito proviene de que estos acontecimientos, que se suponen ocurridos en un momento del tiempo, forman también una estructura permanente que se refiere permanentemente al pasado, al presente y al futuro”.
Entonces, el mito, que es fábula y ficción alegórica, que es leyenda y tradición, se sitúa a la vez en el tiempo y fuera del tiempo: en el habla y en la lengua, en lo irreversible y en lo reversible.
Sospecho que ―siguiendo con las aproximaciones coloquiales― el mito del escritor sufrido puede, también, especializarse: el mito del escritor bebedor.
La industria cultural, la factoría de símbolos y mercancías, es muy efectiva al momento de producir estos mitos, de anclarlos en un tiempo histórico para consumar una tradición que nos excede en el tiempo, para que edifiquen esa estructura permanente, un poco borrosa, siempre efectiva. El músico de rock y las drogas. El pintor y las excentricidades que llevan a la locura. El actor de cine y la velocidad mecánica. La modelo y los desórdenes alimenticios. El fotógrafo y la adicción al peligro.
Y cómo no: el escritor y la bebida.
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lunes 30 de noviembre de 2009
El mito del escritor sufrido y el borracho de Hemingway, revisitados
domingo 29 de noviembre de 2009
viernes 27 de noviembre de 2009
Diana es un reptil. Diana es una gata. Diana es una perra.
Es correcta la nueva versión de la serie televisiva V, ese pequeño objeto de culto de la primera mitad de la década de 1980 en el que unos reptiles extrarrestres neonazis invadían la Tierra con el propósito de beberse el agua y comerse a la población (y a las ratas, aunque sólo como aperitivo). Los cuatro capítulos que se emitieron este mes, de los trece previstos (se verán a partir de marzo de 2010), no revolucionarán el lenguaje narrativo de la televisión, no se transformarán en mojón periodizador, no le quitarán el sueño a ningún mocoso impresionable, ni se convertirán en tema de conversación excluyente en los patios de escuela. Pero se pueden mirar de buena gana.
Escrita y dirigida por Kenneth Johnson, la miniserie original, V, constó de dos capítulos aireados en mayo de 1983. Esos 197 minutos de televisión son imbatibles (¿alguien recuerda qué genial era la primera escena: Mike Donovan en El Salvador, escapando de los militares, cuando se aparece una nave nodriza?). Ciencia ficción de manual, de la buena, con tanto de las películas de platillos volantes de las décadas de 1940 y 1950 como de la novela de Sinclair Lewis de 1935, Eso no puede pasar aquí, o de la obra de 1938 de Bertolt Brecht, Terror y miseria del Tercer Reich. Todo parecía perfecto: las analogías narrativas con la resistencia y la ocupación nazi, las persecuciones y la clandestinidad, los efectos especiales, el suspense, incluso los personajes chatos y estereotipados tenían vida.
Esos 197 minutos de televisión son, simplemente, clásicos.
En 1984 llegaron otros tres capítulos de dos horas: V: La batalla final. El presupuesto fue menor, Johnson se bajó del proyecto cuando apenas arrancaba, pero de todas maneras estuvieron bien. Pudieron haberlo dado por concluido. No lo hicieron. Entre ese año y el siguiente, fue el turno de V: Las series, 19 capítulos de una hora, bastante pedorrines, que pasaron con más pena que gloria.
Por supuesto que además de esto hubo revistas de comics, álbumes de figuritas, pósters, montones de libros (como V: The second generation, novela escrita por Johnson y publicada en 2008, continuación “oficial” de la miniserie de 1983), portadas, análisis sociológicos, videojuegos, muñequitos y todo eso que convierte a un producto de la industria cultural en “boom”. Cuando se hace un balance de “los años 80”, convertidos en concepto, nunca faltan imágenes de la V roja, del símbolo nazoide de los visitantes, de los uniformes y las naves, de Mike Donovan y Juliet Parrish (los líderes de la Resistencia), de la comandante Diana: uno de los villanos más reconocibles de la televisión del siglo XX.
El personaje de Diana era maravilloso. Por ponerse en ingeniosos: Diana era un lagarto, se veía como una gata y actuaba como una perra.
Ahora que lo pienso, la descripción me recuerda a más de una pretérita novia. Sólo que no volaban en naves espaciales, como Diana, sino en escobas de brujas.
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martes 24 de noviembre de 2009
Sandro le canta a su donante: ¡Quieeeeeeeero llenaaaaaarrrrme de ti!
Más o menos en el mismo momento en que el cantante Sandro entraba en una sala quirúrgica mendocina, donde sería sometido a un trasplante cardiopulmonar a causa de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica manifestada como enfisema, alguien me preguntaba:
―¿Sabés qué le cantó Sandro a su donante?
―No. ¿Qué le cantó?
―“¡Quieeeeeeeero llenaaaaaarrrrme de ti!”.
Puede pasarse por alto si el chiste es bueno o es malo, o en todo caso, si es pertinente o no. A mí me hizo gracia, aunque seguramente no le haría la misma gracia a Sandro, ni a su esposa, ni a los deudos del muchacho de cuyo cadáver se tomaron el corazón y los pulmones. Pero de nuevo, tal vez pueda pasarse por alto si les hace gracia a Sandro, a su esposa, a los familiares del muchacho muerto. Tal vez resulte más interesante preguntarse si esta clase de chistes tienen algún valor a la hora de corroer los sólidos cimientos altruistas sobre los que el lenguaje del trasplante de órganos se asienta.
Pues sí: el trasplante de órganos se asienta sobre un lenguaje que todavía no acalló sus voces oscuras, su religiosidad provinciana, su hermetismo místico y su voluntarismo mojigato. Que luego de un trasplante exitoso se escuche hablar de “milagros” y de “acto de amor” no es más que un síntoma superficial.
En general, muy superficial.
El trasplante de órganos necesita de un nuevo lenguaje, o en todo caso, en un giro netamente wittgensteiniano, se necesita desdivinizar el lenguaje ya existente. No me refiero al tipo de cambios en el lenguaje que proponen las organizaciones de minoritarios, santurrones y maricas, las organizaciones que sostienen que sustituyendo las “discapacidades” por “capacidades diferentes” el mundo será un mejor lugar donde vivir. Más bien, digo que es justamente el lenguaje de los minoritarios, los santurrones y los maricas al que hay que poner sobre la picota de lo que debe ser cambiado: el discurso altruista, el discurso del bien común, el discurso políticamente correcto.
Al igual que sucede con el trabajo voluntario, donde los ecos colonialistas no se disiparon sino que se agudizaron, el trasplante de órganos está imbuido en un lenguaje de sacrificios y donativos donde los aires teológicos no desaparecieron. Por el contrario, sumergido este lenguaje en la lógica del bien común, la lógica del altruismo, los aires se volvieron más densos, casi irrespirables. Hoy apenas se puede conversar de trasplantes de órganos sin que parezca que se habla de una colecta de Caritas o de una nueva misión de salvamiento de Greenpeace.
Convertido el trasplante de órganos en un acto de amor, cualquier otra posible discusión queda obturada.
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lunes 23 de noviembre de 2009
domingo 22 de noviembre de 2009
El texto es siempre el parámetro
En las conferencias reunidas en el libro Interpretación y sobreinterpretación, el semiólogo Umberto Eco estableció una diferencia entre interpretación sana e interpretación paranoica. Dijo que es posible establecer una relación entre el adverbio “mientras” y el sustantivo “cocodrilo”, pues, al menos, ambas palabras aparecen en la misma oración.
“La diferencia entre la interpretación sana y la interpretación paranoica radica en reconocer que esta relación es mínima y no, al revés, deducir de este mínimo lo máximo posible”.
Ahora bien, si el paranoico es aquél que empieza a preguntarse por los misteriosos motivos que han llevado a que “mientras” y “cocodrilo” aparezcan en la misma oración, si el paranoico es aquél que busca allí una clave y un secreto, su interpretación paranoica será sin dudas mucho más interesante que cualquier interpretación sana. Se trata de tomar el mínimo y jugarlo al máximo, de tirar un par de cuchilladas en la oscuridad.
La interpretación ―aquella a la que Eco llamaba interpretación sana― no necesita defensa, observó el lingüista Jonathan Culler; al tomar partido por la sobreinterpretación ―o lo que Eco llamaba interpretación paranoica―, Culler estaba ocupando de buena gana el puesto de abogado del diablo. Los reproches, explicó, son de corte gastronómico: al igual que con una comilona, algunos no saben cuándo detenerse con la interpretación y se empachan de tanta erudición.
No obstante, seguía Culler, y tal como sucede con cualquier actividad cultural, una interpretación sólo resulta interesante cuando es extrema. Si uno va caminando por la calle y saluda a un conocido diciéndole: “Hola, qué día tan bonito, ¿verdad?”, no debe esperar que el casual interlocutor comience a preguntarse: “¿Qué demonios habrá querido decir con eso? ¿Se cree tanto lo de la indecibilidad que no es capaz de afirmar si hace o no un día bonito y tiene que pedirme una confirmación? Pero entonces, ¿por qué no espera una respuesta o acaso cree que no soy capaz de decir qué clase de día hace y tiene que decírmelo él? ¿Está sugiriendo que hoy, que ha pasado junto a mí sin pararse, es un día bonito, a diferencia de ayer, cuando tuvimos una larga conversación?”.
De todas maneras, si el objetivo no es sólo recibir mensajes sino comprender su funcionamiento, “resulta útil de vez en cuando retroceder y preguntarse por qué alguien ha dicho algo tan claro cómo: ‘Qué día tan bonito, ¿verdad?”.
La palabra clave, a la vez que concepto operativo, es “retroceder”. ¿Hasta dónde retroceder? Hasta el punto en que sea necesario (paranoico o no, extremo o no) para fundar el criterio de univocidad que cualquier texto reclama para sí aún a sabiendas de la imposibilidad de alcanzarlo. Toda interpretación, al igual que todo buen relato, depende de ello.
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miércoles 18 de noviembre de 2009
La esquina de Falcón y Radowitzky
La esquina está a mitad de camino entre las estaciones de Temperley y de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, pero la embrutecida familiaridad de la escena podría localizarla en cualquier otro sitio. Es una esquina peculiar, curvada, con un palacete antiguo en alquiler, ahí donde la calle Ramón L. Falcón se choca contra la avenida Meeks. Zona de colegios, boliches y antiguas casonas presidenciales. Más allá, las vías del tren.
Será por la confluencia entre colegios y boliches que la estabilidad y la inestabilidad, que la constancia y el trapicheo, juegan una curiosa partida en ese tramo de la avenida. Que se inauguran y se clausuran establecimientos gastronómicos o de esparcimiento nocturno casi a diario, que cambian de nombre, de colores y de letreros; que muchas otras imponentes construcciones edilicias parecen no haberse transformado ni un ápice desde los tiempos de las carretas. Será por eso, acaso, que entre tanto lugar que se cierra y es inmediatamente sometido a un proceso de pintarrajeo, intervención, vandalismo, resignificación o como se lo quiera llamar, la confluencia entre Falcón y Radowitzky pasa desapercibida. Que parezca sólo otra pintada, otro garabato, otro síntoma y quizás otra señal. Pero nunca, en todo caso, algo ante lo cual detenerte y conjeturar.
Bien, ¿conjeturar qué?
Conjeturar si esa confluencia es capaz de revelar la tensión entre la permanencia y el cambio en el espacio urbano, o, como podría decirse parafraseando mal a Karl Marx, entre lo que es sólido y lo que se desvanece en el aire.
La confluencia empírica, la confluencia que podrías ratificar con montones de documentos (recortes de diarios, sumarios, transcripciones de juicios, confesiones, manuales de historia del bachillerato, relatos que hace quince o veinte años se susurraban en las noches punk de la biblioteca de la FORA), sucedió hace un siglo en el cruce de la avenida Callao y la calle Quintana, una esquina de esa Buenos Aires que sacaba lustre a sus encantos provincianos para exhibirlos en los festejos por el Centenario. El 14 de noviembre de 1909, Falcón y Radowitzky cruzaron trayectos en esa esquina: uno terminó en la morgue, el otro terminó en el fin del mundo.
El coronel Ramón Lorenzo Falcón, nacido en 1855, primer cadete del Colegio Militar, veterano de la Campaña del Desierto, diputado nacional, socio fundador de Gimnasia y Esgrima de La Plata, Jefe de la Policía, fundador de la escuela policial que hoy lleva su nombre, se encontró ese día con Simón Radowitzky, un muchacho de 18 años nacido en Ucrania en 1891 como Szymon Radowicki, herrero, anarquista y, luego del encuentro con Falcón, preso del Penal de Ushuaia durante dos décadas. Y más tarde, un nombre convertido en santo y seña, en pintada en la pared, en gesto a veces vengativo y a veces justiciero, en recordatorio, mojada de oreja, provocación.
La pintarrajeada de Radowitzky parece destinada a viajar siempre sobre el bronce de Falcón, ¿y qué es capaz de decir eso sobre el orden, los símbolos, el entramado urbano o la forma en que el poder se consagra ante sí mismo?
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viernes 13 de noviembre de 2009
Literatura de la pelota: quichicientos mil millones de razones
Una señora muy amable, de una editorial muy importante, me pregunta si quiero formar parte de un libro de AA.VV. sobre fútbol y literatura a editarse el año próximo. Me explica que su aparición coincidirá con el Mundial de Sudáfrica; que la tirada será muy jugosa y que Fulano y Mengano y Zultano ya confirmaron su participación. Dice que será uno de los golazos editoriales del año.
Evalúo los beneficios y los perjuicios, y declino la invitación con gentileza. Ensayo una explicación de cortesía, diciendo que sólo soy otra rata de biblioteca académica que eventualmente escribe en medios masivos pero que mis pretensiones no van mucho más lejos, que prefiero no subirme a un vagón literario en el que no tengo ganas de viajar, que no es mi campo de estudio, etcétera, pero evito darle la razón principal: que 2010 será temporada de nacionalismos exacerbados; que se juntarán el Mundial de Fútbol con los festejos por el Bicentenario; que todos los primates saldrán a colgarse de las lianas patrióticas; que no quiero tener absolutamente nada que ver con todo eso.
Es una lástima, pues me gusta escribir sobre fútbol. Si miro la grilla de programación de Nerds All Star, veo a corto plazo textos sobre el tiempo y Ricardo Bochini, sobre los arqueros, sobre campitos/potreros/baldíos. Cualquiera de ellos, un poco más pulido, funcionaría de maravillas en la compilación futbolística de jugosa tirada. Pero el contexto es importante, y si el contexto es una colección albiceleste donde sospecho que más de uno cantará sus odas populistas y demagogas a la pelota argentina, prefiero quedarme fuera de la cancha y mirarlo por la tele. El fútbol es genial, hasta que la camiseta pesa más que el juego. En cuanto los jugadores sacan pecho al oír las estrofas del Himno Nacional, me pierden; para buchones ya tenemos a Luis D’Elia.
Resultó ser un acto simbólico fundado en la coincidencia de las fechas en común: el debut de Argentina en la Copa Mundial de 2006 me encontró tirado en la cama leyendo a Jorge Luis Borges. El sábado 10 de junio el seleccionado argentino se enfrentó con su par de Costa de Marfil por el primer partido del grupo C, y ese mismo día, bajo la excusa del vigésimo aniversario de su muerte, la revista Ñ publicó un especial sobre el escritor. La combinación de circunstancias era oportuna. En la televisión los simpatizantes argentinos gritaban que el que no salta es un inglés y que los brasileños son todos putos, los relatores ratificaban que la hinchada argentina es única, los futbolistas se llevaban la mano al pecho y erguían el mentón con orgullo cuando el Himno Nacional sonaba en el estadio de Hamburgo. La combinación era oportuna porque obligaba a elegir bando.
Decía Ñ que en diciembre de 1984 Borges le dijo a la revista Para Ti: “El vicio más incorregible de los argentinos es el nacionalismo, la manía de los primates”. Alguno dirá que el partido todavía no terminó y uno ya está pateando en contra.
No importa.
Yo estoy con Borges.
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miércoles 11 de noviembre de 2009
No será gracias a las tapitas de Pepsi que los niños mendigos cenarán esta noche
El segundo cajón de la cocina está lleno de tapitas de Pepsi. Mejor dicho: está lleno de inútiles tapitas de Pepsi. Hasta hace unos meses la bebida oficial de mi heladera era Coca Cola, pero de buenas a primeras, por esa obligación contemporánea de cambiar las mercancías que nos rodean bajo la premisa de que así cambiaremos nuestras vidas y seremos mucho más felices, traicioné a la cola inventada por John Pemberton y empecé a beber la cola inventada por Caleb Bradham. ¿El resultado? Un cajón lleno de inútiles tapitas de Pepsi.
Digo “inútiles” porque la otra tarde leí un letrero en la vía pública donde se anunciaba la promoción de tres tapitas de Coca Cola + equis cantidad de plata = un frasco.
En ese momento, de pie frente al cartel, comprendí que no soy una persona feliz y que acaso nunca lo sea. Tengo un cajón lleno de tapitas de Pepsi y ninguna de ellas sirve para obtener un frasco de Coca Cola. Es eso de que llueve sopa y uno tiene montones de tenedores en la mano, o que llueven churrascos y uno llenó de cucharas su segundo cajón de la cocina.
Parafraseando a Pascal: la vida es una porquería, cuando lo pensamos detenidamente.
Juntar tapitas de gaseosa para canjearlas por alguna mercancía generadora de felicidad es también una experiencia ambigua: la felicidad no se encuentra en las tapitas, sino que éstas son un medio para alcanzar esa felicidad.
No tengo problemas con eso, y canjeo tapitas de gaseosas por premios desde que las tapitas eran chapitas: como consumidor, se puede pensar en una distancia folklórica entre la noble chapita de metal y la contemporánea tapita plástica a rosca.
Con lo que sí tengo un problema, y uno bien grande, es con el canje de tapitas con fines benéficos: cuando juntar tapitas no significa que uno recibirá un tarro de la felicidad, sino que algún desdichado recibirá un pulmotor, una silla de ruedas o la vacuna contra el sarampión.
Hay algo cruel en toda la propuesta. Hace unos años, escribiendo sobre leyendas urbanas, hoax y coke-lore, mencioné el caso de Craig Shergold, un niño moribundo que quiere recibir la mayor cantidad posible de tarjetas de saludo para figurar en el Libro Guinness de los Records (discutible último deseo, pero uno, que se piensa un buen tipo, no se pone a discutir el último deseo de un niño moribundo por más absurdo que le parezca).
El hecho es que sí hubo un Craig Shergold, a quien en 1989, cuando tenía nueve años, le diagnosticaron un tumor cerebral terminal; tras su pedido, recibió 35 millones de tarjetas y en 1990 fue incorporado al libro Guiness. Años después la historia de Craig fue resucitada y el pedido circuló mediante mensajes electrónicos en cadena, a nombre de la fundación Make-A-Wish. La organización explica en su sitio web que se trata sólo de un embuste, que cada día recibe cientos de cartas para Craig y que todas van a parar a un centro de reciclado. También dice que Craig se recompuso y está vivito y coleando.
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martes 10 de noviembre de 2009
Azul: el Festival Cervantino es una excusa para extender la cultura
A la hora de construir conceptos que representan trazados poblacionales e insertarlos en el cada vez más competitivo mercado turístico, cultural, del entretenimiento, la expresión "gestión cultural" puede compendiarse como sigue: ver qué se tiene y qué se hace con ello.
En la ciudad de Azul, en el centro este de la Provincia de Buenos Aires, tenían una casa atiborrada de libros. Había pertenecido a Bartolomé J. Ronco, un abogado nacido en 1881 y fallecido en 1952, filántropo, bibliófilo empedernido que amasó la colección de volúmenes de Miguel de Cervantes más grande fuera de España. En 2007 la UNESCO distinguió a Azul como "Ciudad Cervantina" de Argentina.
El festival cervantino, cuya tercera edición se organiza bajo el lema "La diversidad cultural latinoamericana y sus diferentes expresiones", responde al interrogante de qué hacer con lo que se tiene.
Durante diez días (empezó el jueves, termina el próximo domingo) la figura de Cervantes y su ingenioso hidalgo articulan una variada suma de actividades que involucran a artistas, funcionarios, artesanos, académicos, prestadores de servicios turísticos, instituciones civiles, organizaciones barriales, docentes y alumnos. Se exponen obras realizadas durante el año; se estrenan puestas teatrales y películas; se debate el futuro de la ciudad, de su trazado arquitectónico y de su patrimonio intangible; se toca música, se baila, se come y se bebe; se organizan talleres y cursos; se invitan expositores y se realizan paseos al aire libre.
Un festival es una representación pública que una comunidad hace de sí misma, tanto para la misma comunidad como para otras. El adjetivo "cervantino" permite apelmazar las historias de malones y fortines con las aventuras arquitectónicas de Francisco Salamone, el análisis de la obra de Cervantes con los cuentos de cuando el Circo Papelito llegaba a la ciudad y los concurrentes -que debían llevar sus propias sillas para asistir a la función- miraban cómo las gallinas zapateaban sobre una chapa caliente.
Previo al paso de la murga "Los descontrolados de Barracas", en la costanera Cacique Catriel desfilan "los cabezudos": muñecos gigantes confeccionados en escuelas de distintos barrios. Están los obligados Don Quijote y Dulcinea, pero también personajes reconocibles en la comunidad: el canillita, el linyera, algún cuco local.
Dura una pasada, pero permite que chicos de escuelas orilleras se incorporen a los quehaceres del centro simbólico de la ciudad, que los padres saquen fotos de sus hijos, que unos académicos porteños discutan cómo estos personajes locales articulan narrativas universales, que el vendedor de garrapiñadas gane unos pesos más. Un hecho social total, diría el sociólogo francés Marcel Mauss.
Diferentes actores sociales (el intendente que carga dos sillitas playeras y busca un hueco para ver la jineteada, los músicos cubanos que exageran su papel de músicos cubanos, los colaboradores con sus remeras naranja chillón estilo Johan Cruyff en 1974) ocupan el espacio público y repiten consignas que hablan de identidad, cultura, libertad, diversidad. O todos leyeron la misma gacetilla de prensa o todos están intentando darle forma a un mismo concepto.
Cae la noche y en el hall del Teatro Español, poco antes de que la compañía Tangokinesis presente su espectáculo, una de las directoras del festival dice que el próximo paso es optimizar la vinculación: que quienes van a la costanera porque desfilan sus hijos tengan, también, ganas de asistir a una función de danza. Gestión cultural, en fin.
(+) Marcelo Pisarro, “Azul: el Festival Cervantino es una excusa para extender la cultura”, Diario Clarín, martes 10 de noviembre de 2009.
viernes 6 de noviembre de 2009
La masacre de los pollos parrilleros
Las imágenes llegan del interior y vuelven a sus lugares de origen, como si sólo rebotando contra las antenas de Buenos Aires esos retazos de luces y sonidos se convirtieran en hechos. Córdoba, Santa Fe, Tucumán y otras provincias aportan sus treinta o cuarenta segundos de animales desfallecidos y tierra seca, despojada de toda vida. Una sequía rampante acecha buena parte del territorio nacional, y las imágenes que llegan de Entre Ríos y chocan contra las antenas de las oficinas de Dios son elocuentes: cientos de miles de pollos parrilleros muertos, a causa ―explica la voz en off― de la falta de lluvia y de las altas temperaturas.
Vuelta al piso del estudio televisivo, rictus afectado de la pareja de presentadores de noticias. Tienen que decir algo astuto, hacer algún comentario para verse más listos de lo que en realidad son.
―El cambio climático ―dice concluyente el presentador, mirando a la presentadora.
La presentadora le devuelve la mirada, en silencio, como analizando y saboreando cada palabra (el-cambio-climático), y luego clava la vista en la cámara, o sea, en usted, en mí, en cada espectador. Probablemente la presentadora no sabe qué decir, pero ese silencio debe leerse como reproche, como acusación.
El presentador no puede resistirse, acaso se piensa inspirado (pues acaba de decir: el-cambio-climático), mira a cámara él también, con su rostro serio de decir cosas importantes, y establece:
―Todos somos responsables.
Y entonces, como espectador, lo sabe: esos pollos parrilleros se han muerto por culpa de uno.
Todos somos responsables de la sequía, todos somos responsables de la masacre de los pollos parrilleros.
Los fenómenos naturales (huracanes, inundaciones, avalanchas, incendios forestales, sequías) afectan al hombre, al ambiente, la producción y la infraestructura, pero ya no se responsabiliza de los desastres sólo a la naturaleza. También ha dejado de decirse que la naturaleza hizo tal y cual cosa, pues semejante locución implica humanizarla ―o divinizarla―, volverla un sujeto que decide acabar con una población porque se levantó de mal humor.
Decir que la naturaleza actúa es sólo una figura de estilo. Los terremotos, los huracanes, las erupciones volcánicas, el exceso o la falta de lluvia son fenómenos que suceden porque tienen que suceder. Existen desde mucho antes de que el hombre existiera, y seguirán existiendo mucho después de que no queden ni rastros de él. Si no sucedieran, algo andaría muy mal con el planeta. Aunque suene extraño, habría que preocuparse más si no ocurrieran que ahora que de hecho ocurren.
Esto no significa que haya que restarle importancia a las acciones del hombre, que haya que minimizar su participación en aquello que suele llamarse “desastre natural”. Si bien la responsabilidad en la masacre de los pollos parrilleros es discutible, el factor humano lleva a revisar conceptos y agregar otros nuevos; por ejemplo, vulnerabilidad o mitigación. Es decir, la consideración de los elementos que inducen, amplían o reducen los riesgos de que un evento suceda, y si sucede, los elementos que empeoran o atenúan sus consecuencias. Por caso, la vulnerabilidad a las inundaciones y los factores de riesgo social: malas localizaciones poblacionales, deforestaciones, contaminación con deshechos sólidos, alcantarillas urbanas tapadas con basura.
Uno no puede impedir que llueva, pero puede contribuir a evitar una inundación al no arrojar botellas de plástico en la vía pública; no puede evitar un terremoto, pero puede evitar daños mayores al no construir un rascacielos sobre una falla sísmica.
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miércoles 4 de noviembre de 2009
Se fue Claude Lévi-Strauss, un teórico que marcó el Siglo XX
Se fue L-S. Lo siento". El mensaje de texto entraba y salía de los celulares. Se copiaban los links de los periódicos que anunciaban la noticia y se reenviaban por mail a los colegas, los amigos, los conocidos. Se contaba la novedad en los pasillos de las universidades, en los barcitos literarios, en el mostrador de las librerías. Parecía que hubiese fallecido el tío viejito de la familia, el tío al que todos los chicos querían porque regalaba golosinas y contaba historias enrevesadas de clanes tribales, criaturas fantásticas y viajes iniciáticos. En cierta manera era así: había fallecido el tío viejito de la familia, el de las historias enrevesadas.
Ayer se supo que en la noche del sábado, a semanas de cumplir los 101 años, murió el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, en París. Los cables de noticias señalaron que no trascendió la causa de la muerte. Tenía cien años. ¿Qué otra causa se necesita?
"Estamos en un mundo al que yo ya no pertenezco -dijo en una entrevista en 2005-. El que yo he conocido, el que he amado, tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6.000 millones de humanos. Ya no es el mío". Esa pátina de melancolía había estado allí desde el principio. Se la leía con claridad en Tristes trópicos, su libro de 1955, el best seller, el que lo convirtió en una celebridad del mundillo intelectual, el que parecía construido en torno a una cita de Pascal: "Nada nos puede consolar, cuando lo pensamos detenidamente".
Tristes trópicos es el relato de un antropólogo que, a mediados de la década de 1930, deja su acomodada vida burguesa en los claustros franceses y pone rumbo hacia la selva amazónica en busca de "una sociedad humana reducida a su expresión básica"; en busca de una sociedad que se creía completa, cerrada y autosuficiente, y que descubre que no es nada de todo eso. Lo que Lévi-Strauss encuentra, en cambio, es el producto del colonialismo, la transformación de los antiguos salvajes en aguas residuales del progreso industrial europeo. Encuentra pobreza, excremento, barro. "La mugre, nuestra mugre que hemos arrojado al rostro de la humanidad".
Esa melancolía nunca desapareció, aunque toda la obra de Lévi-Strauss (en libros esenciales como Las estructuras elementales del parentesco, El pensamiento salvaje, las dos partes de Antropología estructural, los cuatro tomos de las Mitológicas) haya colocado la tensión en el otro polo: el estructuralismo, la última gran empresa positivista de las ciencias humanas y sociales.
Propuso: el espíritu humano es el mismo en todos lados, se hable de indios amazónicos o burgueses europeos. Lo que prima es el intento de llevar orden al caos, de ordenar un universo desordenado. Hay un todo establecido, coherente. Un número limitado de estructuras que se repiten una y otra vez. Un sistema. Valiéndose de la matemática, la lingüística, la cibernética, las ciencias del signo, es posible reconstruir esas estructuras. Los mitos, las leyendas, los dialectos, los bailes, los tatuajes, son accidentes, contingencias. Lo que subyace es esa estructura. Y concluyó: el estudio del pensamiento humano requiere de una ciencia formalista, taxonómica, universal, abstracta.
El estructuralismo fue el paradigma académico predominante durante buena parte del siglo XX, y también una moda cultural que en la posguerra desplazó a otras modas culturales (el existencialismo, por ejemplo).
Si el estructuralismo, como corriente de pensamiento, comenzó con el Curso de lingüística general, la obra póstuma de Ferdinand de Saussure publicada en 1916, fue con los trabajos de Lévi-Strauss que adquirió el status de "movimiento".
Positivista, formalista y antihumanista (en contra de ese humanismo iluminista que acababa en los hornos de Auschwitz), analizó cada fenómeno como un sistema complejo de partes interrelacionadas.
Sus hipótesis fueron adaptadas en disciplinas como antropología, lingüística, historia, neurología, filosofía, sociología, psicología, matemática, arquitectura, etc. En las décadas de 1970 y 1980, sus premisas positivistas cedieron ante modelos más interpretativos y abiertos. Más que desaparecer, el estructuralismo se disolvió en corrientes como el posestructuralismo, constructivismo, deconstructivismo, posmodernismo o diversas vertientes marxistas.
Quedarán para las biografías el listado de sus deudos (desde Noam Chomsky hasta Umberto Eco, incluyendo a Roland Barthes, Jacques Derrida, Jacques Lacan, Jean Piaget, Thomas Kuhn, Michel Foucault, Louis Althusser, Julia Kristeva y miles más), sus reconocimientos (obtuvo todos los honores que puede recibir una persona de su posición; hasta el Presidente de Francia fue a saludarlo por su cumpleaños número cien), las críticas que cosechó (muchísimas), su pasión por el arte y la música, su activa oposición al colonialismo y el racismo (Raza e historia, su texto de 1951, es básicamente la segunda carta de fundación de la Unesco).
"En disciplinas como la nuestra, el saber científico avanza a paso inseguro, bajo el látigo de la contención y la duda -escribió Claude Lévi-Strauss, el tío viejito de la familia-. Basta que se le reconozca el modesto mérito de haber dejado un problema difícil en estado menos malo que como se lo encontró".
Acaso los mensajes de texto, los cuchicheos en pasillos y en mesitas de bar, hayan sido una forma de reconocerle tan modesto mérito.
(+) Marcelo Pisarro, “Se fue Claude Lévi-Strauss, un teórico que marcó el Siglo XX”, Diario Clarín, miércoles 4 de noviembre de 2009.
lunes 2 de noviembre de 2009
Putiando al hiato
“Es cierto que los chauffeurs de Buenos Aires a la calle Jean Jaurès le dicen Juan Juárez ―puede leerse en Campanarios y rascacielos del escritor Arturo Cancela―, y que los de Rosario ejecutan toda clase de variaciones fonéticas sobre el nombre de Wheelwright, pero todo esto es de buena fe”.
Lo que Cancela no aclaraba ―acaso porque faltaban varias décadas para los foros de Internet, los mensajes de texto o el correo electrónico; acaso porque Cancela lleva medio siglo de muerto― es cómo escribían los chauffeurs esos nombres. ¿Los escribían tal como los pronunciaban en su habla cotidiana? ¿Anotaban Jean Jaurès o Juan Juárez? ¿Wheelwright o Güilrrait? ¿Uilgraid? ¿Wilrraig? ¿O qué?
El problema ―en caso de que sea un problema― es de soportes: cuando el lenguaje oral se convierte en lenguaje escrito, y en la trasposición se plasman todos los vicios que en la oralidad no se recomiendan pero sí se toleran con mejor o peor talante. Por ejemplo, cuando hablo suelo decir “tergopol” en vez de “telgopor”, pero, a la hora de escribir, recuerdo no replicar el error y cambio de lugar las letras “R” y “L”. Que son, curiosamente, las mismas letras que, a la hora de escribir, debo cambiar para transformar el cotidiano “pastafrola” en el correcto “pastaflora”.
Por ser porteño y engreído, pronuncio “yuvia” y no “lluvia”, “cabayo” y no “caballo”, “ayá” y no “allá”. Cuando escribo, no obstante, siempre es: “Allá, el caballo bajo la lluvia”. Nunca: “Ayá, el cabayo bajo la yuvia”. Que uno vaya a la panadería y pida una pastafrola no quiere decir que, a la hora de mandar un mensaje electrónico o dejar un comentario en un sitio web, vaya a escribir necesariamente alguna palabra que no sea “pastaflora”.
O de otra manera: uno puede decir “Juan Juárez” porque está acostumbrado a decirlo así, pero, a la hora de usar tiza, lápiz o teclas, escribe “Jean Juarès” sin problemas.
Ahora bien, está visto que no siempre es lo que sucede. Aunque es relativamente difícil encontrarse con un texto plagado de “cabayos” o “yuvias”, resulta mucho más habitual leer: “¡Lo cagó a putiadas!”, “¡me va a putiar!”, “¡empezaron a putiarse!”, ¡no me putiés!”, “¡se la pasan putiando!” o “¡lo putió de arriba a abajo!”.
Al momento de hablar de puteadas, Juan Juárez es Juan Juárez.
Y de seguro que se lo puede ver, a Juan Juárez, ayá a lo lejos, bajo la yuvia, andando a cabayo y a las putiadas limpias.
#TEXTO COMPLETO


