lunes 26 de octubre de 2009

Peregrinación a Luján















Peregrinación a Luján. (Fotos: M. Pisarro)

Peregrinación a Luján















Peregrinación a Luján. (Fotos: M. Pisarro)

La Lujanera tropezó

Imposible perderse. Sólo hay que seguir el rastro: toneladas de basura, humo de choripanes, borrachos tambaleantes, colores futboleros, pungas, lesionados, algunas cruces, consignas como “Cuidemos el planeta: No al aborto, sí a la vida”, mucha cumbia villera y mucho rock chabón. Todo entre dos hileras de vendedores gritones que en casi 70 kilómetros le ofrecerán al peregrino aquello que necesita para entrar en comunión con Dios: bastones, Curitas, Speed, gorritos de Boca, sándwiches de milanesa, rosarios de plástico, cerveza y bananas, para que sus cáscaras en las aceras eviten que los caminantes más rezagados se extravíen de la buena senda del Señor.

Lo popular no existe, pero que lo hay...

Desde hace 35 años, el primer fin de semana de octubre se lleva a cabo la Peregrinación Juvenil a pie a Luján, que une la Iglesia de San Cayetano del barrio de Liniers, en Buenos Aires, con la Basílica Nacional Nuestra Señora de Luján, en la ciudad homónima. Este año, según cifras oficiales, hubo un millón de feligreses.

Al otro día las crónicas suelen repetir el mismo sonsonete: que la primera peregrinación fue en octubre de 1975, con 30.000 personas bajo el lema “La juventud peregrina a Luján por la Patria”; que el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo apareció allí por primera vez, en 1977; que se trata de un acto de fe, y nunca falta el ejemplo metonímico que habla por cada andariego (Clarín, 8 de octubre de 2007, dice una caminante: “Impresiona la fe del pueblo argentino. El esfuerzo vale la pena y la fe nos lleva a llegar al final del camino”); que participan cientos de miles de personas: según la fuente, medio millón, un millón, más de un millón. En cualquier guía de turismo, en cualquier periódico o noticiero, no faltan referencias como “tradicional” o “popular”; también se habla de “fervor religioso” y de “fiesta de la fe”.

La “Peregrinación a Luján” es un paquete de sentido bien cerrado y perfectamente autoexplicativo que roza la mera tautología: caminar a Luján es un acto de fe y es por la fe que se camina a Luján.

“Los peregrinos” “caminan” “por fe”: un concepto atrás del otro.

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sábado 24 de octubre de 2009

Reserve su lechón y su libro de Dan Brown


En muchas librerías de Buenos Aires, al igual que sucedió o sucederá en muchas librerías de muchísimas otras ciudades alrededor del planeta, pueden verse letreros que anticipan la edición de la nueva novela del escritor Dan Brown. Algunos letreros están diseñados y armados mediante costosas impresiones en papel satinado, otros están escritos con fibrón sobre un trozo de cartón. Palabras más o menos, todos instan a reservar su ejemplar de El símbolo perdido y no quedarse con las manos vacías cuando el libro se agote a los cinco minutos de ponerse a la venta. Igual que en las fiestas navideñas, cuando las carnicerías advierten: “Reserve su lechón”.

Si no reserva con varias semanas de anticipación, acaso se quede sin novela de Dan Brown. Y sin lechón.

Sobre Dan Brown se escribió mucho, muchísimo (también sobre el lechón, pero dejémoslo de lado por el momento). En cierta manera se repitió un juego cansado y conocido, que es el de la sospecha: si vende tanto, algo malo habrá hecho. Y si vende tanto debe evaluarse según los parámetros del mercado y no de la literatura.

No leí las otras novelas de Brown, y probablemente no vaya a leerlas a corto plazo. Quizás la razón no sea tan noble como las que suelen enarbolar los abanderados de la buena literatura, pero es la razón más honesta que puedo ofrecer: esos libros han sido tan espoileados que cualquier giro en el relato ya resulta bien conocido. Esto lleva a una afirmación secundaria, aunque no por eso menos importante, que es el interés por la trama y no por sus virtudes literarias. Afirmar que uno está buscando una historia entretenida para leer en el viaje en colectivo o en tren, para perderse a gusto en la playa, en el avión o en el sillón favorito de casa, es una afirmación casi herética en ciertos ámbitos profesionales.

Para entretenimiento ―reprochan― están la tele y el circo; la literatura es cosa seria.

Sobre los best sellers se escribió todavía más que sobre Dan Brown y que sobre los lechones, aunque bueno sería recordar una de sus más interesantes peculiaridades: que un alto número (de ejemplares impresos, de ejemplares vendidos, de facturación, etc.) es capaz de convertirse en género literario. Basta husmear en las librerías, y en sus taxonomías siempre prestas a solidificarse, para comprobar que “best seller” es un género tan afianzado como “policial”, “ciencia ficción”, “terror” o “poesía latinoamericana”. Hablamos de “best seller” y sabemos de qué hablamos: existe un acuerdo metadiscursivo, determinada previsibilidad social, acerca del discurso en cuestión.

Aunque tengan interés o al menos curiosidad, muchos potenciales lectores se acercan a esos estantes con un dejo de vergüenza o culpa. El juicio de los contemporáneos (o al menos, el juicio de los contemporáneos que se ganan la vida haciendo juicios de este tipo) suele ser tajante: pulgar hacia abajo. Que la posteridad los juzgue, suelen concluir en el mejor de los casos. Que para eso existe la posteridad.

“Podemos conocer a los antiguos ―escribió Jorge Luis Borges―, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principio del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología”.

La idea forma parte de una idea mucho mayor: que los libros de narrativa realmente buenos ya tienen cierta cantidad de años (cincuenta, según el estándar) sobre sus espaldas. Que ya han sido testeados por el paso del tiempo, y que han superado la prueba. O de otra manera: que la posteridad ya ha emitido sus juicios, que el tiempo ha revelado la antología de una contemporaneidad pasada.

Esta noción de contemporaneidad no suele soslayarse a la hora de explicar a los best sellers, sólo que, expulsado el género del panteón literario, nada más puede obtener una sanción mercantil: la contemporaneidad como hecho de mercado, como campaña publicitaria efectiva, como compulsión de consumir lo que todos los demás están consumiendo. Es una idea de contemporaneidad bastante sonsa, aunque de todas maneras no debe dejarse de lado. Al fin de cuentas, esta idea de “mientras tanto” es la base y el sustento de nuestro orden político y social.

Ahora bien, también podría hablarse de contemporaneidad en otro sentido. ¿Cómo explicarlo? Diría que se trata del placer que es capaz de producir un momento de alineación: cuando lector, escritor y personajes coinciden en una misma contemporaneidad. Quizás se deba a que la época todavía no ha sido convertida en concepto, o a que uno es capaz de identificarse con las estrategias de los personajes de una manera en que no podría hacerlo si éstos vivieran en otras épocas, remotas o no, hacia el pasado o hacia el futuro.

Acaso haya que apurarse en leer estos libros porque su contemporaneidad es demasiado efímera, porque el interés (que siempre excede las buenas formas literarias y se circunscribe en escenarios sociales e históricos) se estrellará contra el suelo y desaparecerá. O porque su invisible contemporaneidad se convertirá en contemporaneidad explícita y perimida, como sucede al ver hoy los primeros episodios de la serie Código X, cuando Fox Mulder y Dana Scully debían conseguir teléfonos públicos en desiertas carreteras o en oscuros moteles para comunicarse entre sí: cuando una práctica mundana (hablar por teléfono público y no por teléfono celular) se convierte en señal de una contemporaneidad pasada.

Así que si les gusta el lechón en Navidad o Año Nuevo, y las novelas de Dan Brown nomás salen de la imprenta, lo más recomendable sería reservar.

Después, cuando llueva sopa, será demasiado tarde para lamentarse por no haber comprado una cuchara.

Reserve su lechón y su libro de Dan Brown


En muchas librerías de Buenos Aires, al igual que sucedió o sucederá en muchas librerías de muchísimas otras ciudades alrededor del planeta, pueden verse letreros que anticipan la edición de la nueva novela del escritor Dan Brown. Algunos letreros están diseñados y armados mediante costosas impresiones en papel satinado, otros están escritos con fibrón sobre un trozo de cartón. Palabras más o menos, todos instan a reservar su ejemplar de El símbolo perdido y no quedarse con las manos vacías cuando el libro se agote a los cinco minutos de ponerse a la venta. Igual que en las fiestas navideñas, cuando las carnicerías advierten: “Reserve su lechón”.

Si no reserva con varias semanas de anticipación, acaso se quede sin novela de Dan Brown. Y sin lechón.

Sobre Dan Brown se escribió mucho, muchísimo (también sobre el lechón, pero dejémoslo de lado por el momento). En cierta manera se repitió un juego cansado y conocido, que es el de la sospecha: si vende tanto, algo malo habrá hecho. Y si vende tanto debe evaluarse según los parámetros del mercado y no de la literatura.

No leí las otras novelas de Brown, y probablemente no vaya a leerlas a corto plazo. Quizás la razón no sea tan noble como las que suelen enarbolar los abanderados de la buena literatura, pero es la razón más honesta que puedo ofrecer: esos libros han sido tan espoileados que cualquier giro en el relato ya resulta bien conocido. Esto lleva a una afirmación secundaria, aunque no por eso menos importante, que es el interés por la trama y no por sus virtudes literarias. Afirmar que uno está buscando una historia entretenida para leer en el viaje en colectivo o en tren, para perderse a gusto en la playa, en el avión o en el sillón favorito de casa, es una afirmación casi herética en ciertos ámbitos profesionales.

Para entretenimiento ―reprochan― están la tele y el circo; la literatura es cosa seria.

Sobre los best sellers se escribió todavía más que sobre Dan Brown y que sobre los lechones, aunque bueno sería recordar una de sus más interesantes peculiaridades: que un alto número (de ejemplares impresos, de ejemplares vendidos, de facturación, etc.) es capaz de convertirse en género literario. Basta husmear en las librerías, y en sus taxonomías siempre prestas a solidificarse, para comprobar que “best seller” es un género tan afianzado como “policial”, “ciencia ficción”, “terror” o “poesía latinoamericana”. Hablamos de “best seller” y sabemos de qué hablamos: existe un acuerdo metadiscursivo, determinada previsibilidad social, acerca del discurso en cuestión.

Aunque tengan interés o al menos curiosidad, muchos potenciales lectores se acercan a esos estantes con un dejo de vergüenza o culpa. El juicio de los contemporáneos (o al menos, el juicio de los contemporáneos que se ganan la vida haciendo juicios de este tipo) suele ser tajante: pulgar hacia abajo. Que la posteridad los juzgue, suelen concluir en el mejor de los casos. Que para eso existe la posteridad.

“Podemos conocer a los antiguos ―escribió Jorge Luis Borges―, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principio del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología”.

La idea forma parte de una idea mucho mayor: que los libros de narrativa realmente buenos ya tienen cierta cantidad de años (cincuenta, según el estándar) sobre sus espaldas. Que ya han sido testeados por el paso del tiempo, y que han superado la prueba. O de otra manera: que la posteridad ya ha emitido sus juicios, que el tiempo ha revelado la antología de una contemporaneidad pasada.

Esta noción de contemporaneidad no suele soslayarse a la hora de explicar a los best sellers, sólo que, expulsado el género del panteón literario, nada más puede obtener una sanción mercantil: la contemporaneidad como hecho de mercado, como campaña publicitaria efectiva, como compulsión de consumir lo que todos los demás están consumiendo. Es una idea de contemporaneidad bastante sonsa, aunque de todas maneras no debe dejarse de lado. Al fin de cuentas, esta idea de “mientras tanto” es la base y el sustento de nuestro orden político y social.

Ahora bien, también podría hablarse de contemporaneidad en otro sentido. ¿Cómo explicarlo? Diría que se trata del placer que es capaz de producir un momento de alineación: cuando lector, escritor y personajes coinciden en una misma contemporaneidad. Quizás se deba a que la época todavía no ha sido convertida en concepto, o a que uno es capaz de identificarse con las estrategias de los personajes de una manera en que no podría hacerlo si éstos vivieran en otras épocas, remotas o no, hacia el pasado o hacia el futuro.

Acaso haya que apurarse en leer estos libros porque su contemporaneidad es demasiado efímera, porque el interés (que siempre excede las buenas formas literarias y se circunscribe en escenarios sociales e históricos) se estrellará contra el suelo y desaparecerá. O porque su invisible contemporaneidad se convertirá en contemporaneidad explícita y perimida, como sucede al ver hoy los primeros episodios de la serie Código X, cuando Fox Mulder y Dana Scully debían conseguir teléfonos públicos en desiertas carreteras o en oscuros moteles para comunicarse entre sí: cuando una práctica mundana (hablar por teléfono público y no por teléfono celular) se convierte en señal de una contemporaneidad pasada.

Así que si les gusta el lechón en Navidad o Año Nuevo, y las novelas de Dan Brown nomás salen de la imprenta, lo más recomendable sería reservar.

Después, cuando llueva sopa, será demasiado tarde para lamentarse por no haber comprado una cuchara.

Reserve su lechón y su libro de Dan Brown

En muchas librerías de Buenos Aires, al igual que sucedió o sucederá en muchas librerías de muchísimas otras ciudades alrededor del planeta, pueden verse letreros que anticipan la edición de la nueva novela del escritor Dan Brown. Algunos letreros están diseñados y armados mediante costosas impresiones en papel satinado, otros están escritos con fibrón sobre un trozo de cartón. Palabras más o menos, todos instan a reservar su ejemplar de El símbolo perdido y no quedarse con las manos vacías cuando el libro se agote a los cinco minutos de ponerse a la venta. Igual que en las fiestas navideñas, cuando las carnicerías advierten: “Reserve su lechón”.

Si no reserva con varias semanas de anticipación, acaso se quede sin novela de Dan Brown. Y sin lechón.

Sobre Dan Brown se escribió mucho, muchísimo (también sobre el lechón, pero dejémoslo de lado por el momento). En cierta manera se repitió un juego cansado y conocido, que es el de la sospecha: si vende tanto, algo malo habrá hecho. Y si vende tanto debe evaluarse según los parámetros del mercado y no de la literatura.

No leí las otras novelas de Brown, y probablemente no vaya a leerlas a corto plazo. Quizás la razón no sea tan noble como las que suelen enarbolar los abanderados de la buena literatura, pero es la razón más honesta que puedo ofrecer: esos libros han sido tan espoileados que cualquier giro en el relato ya resulta bien conocido. Esto lleva a una afirmación secundaria, aunque no por eso menos importante, que es el interés por la trama y no por sus virtudes literarias. Afirmar que uno está buscando una historia entretenida para leer en el viaje en colectivo o en tren, para perderse a gusto en la playa, en el avión o en el sillón favorito de casa, es una afirmación casi herética en ciertos ámbitos profesionales.

Para entretenimiento ―reprochan― están la tele y el circo; la literatura es cosa seria.


Sobre los best sellers se escribió todavía más que sobre Dan Brown y que sobre los lechones, aunque bueno sería recordar una de sus más interesantes peculiaridades: que un alto número (de ejemplares impresos, de ejemplares vendidos, de facturación, etc.) es capaz de convertirse en género literario. Basta husmear en las librerías, y en sus taxonomías siempre prestas a solidificarse, para comprobar que “best seller” es un género tan afianzado como “policial”, “ciencia ficción”, “terror” o “poesía latinoamericana”. Hablamos de “best seller” y sabemos de qué hablamos: existe un acuerdo metadiscursivo, determinada previsibilidad social, acerca del discurso en cuestión.

Aunque tengan interés o al menos curiosidad, muchos potenciales lectores se acercan a esos estantes con un dejo de vergüenza o culpa. El juicio de los contemporáneos (o al menos, el juicio de los contemporáneos que se ganan la vida haciendo juicios de este tipo) suele ser tajante: pulgar hacia abajo. Que la posteridad los juzgue, suelen concluir en el mejor de los casos. Que para eso existe la posteridad.

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miércoles 21 de octubre de 2009

¿Por qué los oyentes de música clásica son tan salvajes?

El viernes pasado, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó la Sinfonía Nº 1 de Edward Elgar. Es una pieza maravillosa, escrita entre 1907 y 1908, y una de las pocas sinfonías en La bemol mayor que todavía se siguen ejecutando con saludable frecuencia (podría agregarse la Sinfonía Nº 7 de Arnold Bax, estrenada en 1940, aunque ésta es menos frecuentada). Cuando se habla de obras en La bemol mayor resulta inevitable volver la vista hacia Franz Schubert o Frédéric Chopin, quien escribió veinticuatro de sus composiciones para piano en esta tonalidad que, dicen, transmite cierta sensación de paz, de serenidad. Escuchar la Nº 1 de Elgar en directo es una experiencia interesante, siempre y cuando se esté interesado en escucharla y no en hablar con la persona sentada en el asiento de junto.

En cierto modo ya había pasado el plato fuerte, o lo que podría considerarse el plato fuerte: el Concierto para violín, Op. 35, que Pyotr Ilyich Tchaikovsky compuso en 1878. Plato fuerte, porque Tchaikovsky siempre paga (la sala de la Facultad de Derecho estaba llena) y porque se trata de uno de los conciertos para violín más reconocidos y más difíciles de tocar. La solista fue Lucía Luque, violinista cordobesa de apenas veinte años y acreedora de montones de premios y reconocimientos. Técnicamente irreprochable, y aún así podría hacerse una sana objeción general a la elección: no es una obra para una chica de veinte años, por más técnica que ostente.

Tiene cierta rusticidad, cierta aspereza impostada que acaso pueda lograr mejor un hombre con cierta edad, con cierto cansancio y, de ser posible, con cierta velada homosexualidad (por ponerse en quisquillosos nomás). Tchaikovsky, que era homosexual y que se había casado con una dama para guardar las apariencias, compuso esa obra ―dicen― en el fondo de su infelicidad. Y buena parte de esa leve rusticidad ―dicen también― era una forma de alardear: ¿Ven qué machote soy? ¿Ven que no soy un marica? ¿Ven que me casé con una mujer y que compongo música levemente rústica?

Y antes de Tchaikovsky, había pasado la Obertura de “Los jueces francos”, escrita en 1826 por Hector Berlioz. Se trata de una ópera inconclusa, abandonada a mitad de camino, o un poco antes, de la que sólo sobrevivió la Obertura (el propio Berlioz se encargó de quemar cualquier registro). Se la publicó en 1836, con el número 3 de Opus.

Entonces, pasados Berlioz y Tchaikovsky, hacia el final de Elgar, buena parte de los espectadores de la Facultad de Derecho cuchicheaban, se movían en sus asientos y miraban el reloj: ¿terminará pronto o deberemos pagar una hora más de estacionamiento?

Las personas tienen derecho a estar aburridas en un concierto, pero el aburrimiento no es excusa para el comportamiento inadecuado. Todo género musical genera su propio contexto de legitimación, es decir, toda música produce sus propias reglas de ejecución y escucha. A priori no existen mejores o peores formas de escuchar música; sólo existen formas pertinentes o no, sancionadas por la costumbre, las reglas sociales, los valores o las pautas de la industria cultural. Alguna música se escucha bebiendo cerveza y comiendo maníes; otra se escucha bailando y saltando; otra se escucha en medio de marejadas de personas que se apretujan, traspiran y pegan codazos cuando levantan los brazos para corear con mayor énfasis los estribillos de la canción. Y otra música se escucha sentado, en silencio, moviéndose lo menos posible para no distraer a los demás concurrentes.

De nuevo: no hay mejores o peores formas, sólo las hay apropiadas o inapropiadas. Es tan inapropiado ponerse a cantar desde la butaca junto al tenor del escenario, como es inapropiado exigirle al asistente del concierto de rock que se calle la boca así uno puede escuchar al músico y no a su audiencia.

Hace unos cuantos años, el antropólogo Clifford Geertz escribió: “Para tocar el violín es necesario poseer cierta inclinación, cierta destreza, conocimientos y talento, hallarse en disposición de tocar y (como reza la vieja broma) tener un violín. Pero tocar el violín no es ni la inclinación, ni la destreza, ni el conocimiento, ni el estado anímico, ni (idea que aparentemente abrazan los que creen que en ‘la cultura material’) el violín”. Tocar el violín es, más bien, una suma de significados estructurados y socialmente reconocibles como tal; una suma de relaciones, y es en esta suma de relaciones donde cada práctica obtiene su significado y su valor.

Y sí, también es importante tener un violín.

Piénsese, por ejemplo, en el comportamiento consensuado que deben seguir los asistentes a ciertos espectáculos deportivos. En fútbol se valora y exhorta a que el espectador grite, cante o vitoree mientras los jugadores están en la cancha; en tenis, apenas se aproxima el saque, el público debe permanecer en silencio. Cada espectáculo (musical, deportivo, cultural en cualquiera de sus versiones: artístico, académico, etc.) construye sus propias reglas, y se espera que quienes asisten a estos espectáculos conozcan y respeten estas reglas.

Los espectadores de ese inabarcable continente que suele llamarse “música clásica” parecen no cansarse de cometer infracciones. Más allá de las infracciones evidentes (cuchichear, moverse, pararse en medio de la función, llegar tarde y pretender ocupar un asiento en medio de la sala), acaso una de las más enervantes sea el aplauso final. Nunca falta alguien presto a gritar “¡Bravo!” y aplaudir cuando la última nota todavía sigue vibrando en la sala. Si en el concierto de rock se valora el aplauso cuando la canción todavía está siendo interpretada (por ejemplo, tras un solo de guitarra o de batería), en otros géneros musicales se valora incluso un leve instante de silencio antes de expresar el reconocimiento por la interpretación. Se extingue el sonido, se lo disfruta por un breve instante gracias a ese silencio, se aplaude. Son reglas sutiles, pero básicas, que separan el comportamiento apropiado del que no lo es.

Dicen que las reglas están hechas para romperlas. Está bien. ¿Pero cuál es el sentido de romper reglas destinadas a disfrutar con mayor placer de una pieza musical?

Ya lo sanciona el sabio refrán anónimo: el que a reglas de educación no se sujeta, en cualquier parte de su culo hace trompeta.

¿Por qué los oyentes de música clásica son tan salvajes?

El viernes pasado, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó la Sinfonía Nº 1 de Edward Elgar. Es una pieza maravillosa, escrita entre 1907 y 1908, y una de las pocas sinfonías en La bemol mayor que todavía se siguen ejecutando con saludable frecuencia (podría agregarse la Sinfonía Nº 7 de Arnold Bax, estrenada en 1940, aunque ésta es menos frecuentada). Cuando se habla de obras en La bemol mayor resulta inevitable volver la vista hacia Franz Schubert o Frédéric Chopin, quien escribió veinticuatro de sus composiciones para piano en esta tonalidad que, dicen, transmite cierta sensación de paz, de serenidad. Escuchar la Nº 1 de Elgar en directo es una experiencia interesante, siempre y cuando se esté interesado en escucharla y no en hablar con la persona sentada en el asiento de junto.

En cierto modo ya había pasado el plato fuerte, o lo que podría considerarse el plato fuerte: el Concierto para violín, Op. 35, que Pyotr Ilyich Tchaikovsky compuso en 1878. Plato fuerte, porque Tchaikovsky siempre paga (la sala de la Facultad de Derecho estaba llena) y porque se trata de uno de los conciertos para violín más reconocidos y más difíciles de tocar. La solista fue Lucía Luque, violinista cordobesa de apenas veinte años y acreedora de montones de premios y reconocimientos. Técnicamente irreprochable, y aún así podría hacerse una sana objeción general a la elección: no es una obra para una chica de veinte años, por más técnica que ostente.

Tiene cierta rusticidad, cierta aspereza impostada que acaso pueda lograr mejor un hombre con cierta edad, con cierto cansancio y, de ser posible, con cierta velada homosexualidad (por ponerse en quisquillosos nomás). Tchaikovsky, que era homosexual y que se había casado con una dama para guardar las apariencias, compuso esa obra ―dicen― en el fondo de su infelicidad. Y buena parte de esa leve rusticidad ―dicen también― era una forma de alardear: ¿Ven qué machote soy? ¿Ven que no soy un marica? ¿Ven que me casé con una mujer y que compongo música levemente rústica?

Y antes de Tchaikovsky, había pasado la Obertura de “Los jueces francos”, escrita en 1826 por Hector Berlioz. Se trata de una ópera inconclusa, abandonada a mitad de camino, o un poco antes, de la que sólo sobrevivió la Obertura (el propio Berlioz se encargó de quemar cualquier registro). Se la publicó en 1836, con el número 3 de Opus.

Entonces, pasados Berlioz y Tchaikovsky, hacia el final de Elgar, buena parte de los espectadores de la Facultad de Derecho cuchicheaban, se movían en sus asientos y miraban el reloj: ¿terminará pronto o deberemos pagar una hora más de estacionamiento?

Las personas tienen derecho a estar aburridas en un concierto, pero el aburrimiento no es excusa para el comportamiento inadecuado. Todo género musical genera su propio contexto de legitimación, es decir, toda música produce sus propias reglas de ejecución y escucha. A priori no existen mejores o peores formas de escuchar música; sólo existen formas pertinentes o no, sancionadas por la costumbre, las reglas sociales, los valores o las pautas de la industria cultural. Alguna música se escucha bebiendo cerveza y comiendo maníes; otra se escucha bailando y saltando; otra se escucha en medio de marejadas de personas que se apretujan, traspiran y pegan codazos cuando levantan los brazos para corear con mayor énfasis los estribillos de la canción. Y otra música se escucha sentado, en silencio, moviéndose lo menos posible para no distraer a los demás concurrentes.

De nuevo: no hay mejores o peores formas, sólo las hay apropiadas o inapropiadas. Es tan inapropiado ponerse a cantar desde la butaca junto al tenor del escenario, como es inapropiado exigirle al asistente del concierto de rock que se calle la boca así uno puede escuchar al músico y no a su audiencia.

Hace unos cuantos años, el antropólogo Clifford Geertz escribió: “Para tocar el violín es necesario poseer cierta inclinación, cierta destreza, conocimientos y talento, hallarse en disposición de tocar y (como reza la vieja broma) tener un violín. Pero tocar el violín no es ni la inclinación, ni la destreza, ni el conocimiento, ni el estado anímico, ni (idea que aparentemente abrazan los que creen que en ‘la cultura material’) el violín”. Tocar el violín es, más bien, una suma de significados estructurados y socialmente reconocibles como tal; una suma de relaciones, y es en esta suma de relaciones donde cada práctica obtiene su significado y su valor.

Y sí, también es importante tener un violín.

Piénsese, por ejemplo, en el comportamiento consensuado que deben seguir los asistentes a ciertos espectáculos deportivos. En fútbol se valora y exhorta a que el espectador grite, cante o vitoree mientras los jugadores están en la cancha; en tenis, apenas se aproxima el saque, el público debe permanecer en silencio. Cada espectáculo (musical, deportivo, cultural en cualquiera de sus versiones: artístico, académico, etc.) construye sus propias reglas, y se espera que quienes asisten a estos espectáculos conozcan y respeten estas reglas.

Los espectadores de ese inabarcable continente que suele llamarse “música clásica” parecen no cansarse de cometer infracciones. Más allá de las infracciones evidentes (cuchichear, moverse, pararse en medio de la función, llegar tarde y pretender ocupar un asiento en medio de la sala), acaso una de las más enervantes sea el aplauso final. Nunca falta alguien presto a gritar “¡Bravo!” y aplaudir cuando la última nota todavía sigue vibrando en la sala. Si en el concierto de rock se valora el aplauso cuando la canción todavía está siendo interpretada (por ejemplo, tras un solo de guitarra o de batería), en otros géneros musicales se valora incluso un leve instante de silencio antes de expresar el reconocimiento por la interpretación. Se extingue el sonido, se lo disfruta por un breve instante gracias a ese silencio, se aplaude. Son reglas sutiles, pero básicas, que separan el comportamiento apropiado del que no lo es.

Dicen que las reglas están hechas para romperlas. Está bien. ¿Pero cuál es el sentido de romper reglas destinadas a disfrutar con mayor placer de una pieza musical?

Ya lo sanciona el sabio refrán anónimo: el que a reglas de educación no se sujeta, en cualquier parte de su culo hace trompeta.

¿Por qué los oyentes de música clásica son tan salvajes?

El viernes pasado, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó la Sinfonía Nº 1 de Edward Elgar. Es una pieza maravillosa, escrita entre 1907 y 1908, y una de las pocas sinfonías en La bemol mayor que todavía se siguen ejecutando con saludable frecuencia (podría agregarse la Sinfonía Nº 7 de Arnold Bax, estrenada en 1940, aunque ésta es menos frecuentada). Cuando se habla de obras en La bemol mayor resulta inevitable volver la vista hacia Franz Schubert o Frédéric Chopin, quien escribió veinticuatro de sus composiciones para piano en esta tonalidad que, dicen, transmite cierta sensación de paz, de serenidad. Escuchar la Nº 1 de Elgar en directo es una experiencia interesante, siempre y cuando se esté interesado en escucharla y no en hablar con la persona sentada en el asiento de junto.

En cierto modo ya había pasado el plato fuerte, o lo que podría considerarse el plato fuerte: el Concierto para violín, Op. 35, que Pyotr Ilyich Tchaikovsky compuso en 1878. Plato fuerte, porque Tchaikovsky siempre paga (la sala de la Facultad de Derecho estaba llena) y porque se trata de uno de los conciertos para violín más reconocidos y más difíciles de tocar. La solista fue Lucía Luque, violinista cordobesa de apenas veinte años y acreedora de montones de premios y reconocimientos. Técnicamente irreprochable, y aún así podría hacerse una sana objeción general a la elección: no es una obra para una chica de veinte años, por más técnica que ostente.

Tiene cierta rusticidad, cierta aspereza impostada que acaso pueda lograr mejor un hombre con cierta edad, con cierto cansancio y, de ser posible, con cierta velada homosexualidad (por ponerse en quisquillosos nomás). Tchaikovsky, que era homosexual y que se había casado con una dama para guardar las apariencias, compuso esa obra ―dicen― en el fondo de su infelicidad. Y buena parte de esa leve rusticidad ―dicen también― era una forma de alardear: ¿Ven qué machote soy? ¿Ven que no soy un marica? ¿Ven que me casé con una mujer y que compongo música levemente rústica?


Y antes de Tchaikovsky, había pasado la Obertura de "Los jueces francos", escrita en 1826 por Hector Berlioz. Se trata de una ópera inconclusa, abandonada a mitad de camino, o un poco antes, de la que sólo sobrevivió la Obertura (el propio Berlioz se encargó de quemar cualquier registro). Se la publicó en 1836, con el número 3 de Opus.

Entonces, pasados Berlioz y Tchaikovsky, hacia el final de Elgar, buena parte de los espectadores de la Facultad de Derecho cuchicheaban, se movían en sus asientos y miraban el reloj: ¿terminará pronto o deberemos pagar una hora más de estacionamiento?

Las personas tienen derecho a estar aburridas en un concierto, pero el aburrimiento no es excusa para el comportamiento inadecuado. Todo género musical genera su propio contexto de legitimación, es decir, toda música produce sus propias reglas de ejecución y escucha. A priori no existen mejores o peores formas de escuchar música; sólo existen formas pertinentes o no, sancionadas por la costumbre, las reglas sociales, los valores o las pautas de la industria cultural. Alguna música se escucha bebiendo cerveza y comiendo maníes; otra se escucha bailando y saltando; otra se escucha en medio de marejadas de personas que se apretujan, traspiran y pegan codazos cuando levantan los brazos para corear con mayor énfasis los estribillos de la canción. Y otra música se escucha sentado, en silencio, moviéndose lo menos posible para no distraer a los demás concurrentes.

De nuevo: no hay mejores o peores formas, sólo las hay apropiadas o inapropiadas. Es tan inapropiado ponerse a cantar desde la butaca junto al tenor del escenario, como es inapropiado exigirle al asistente del concierto de rock que se calle la boca así uno puede escuchar al músico y no a su audiencia.

#TEXTO COMPLETO

martes 20 de octubre de 2009

Haciendo Buenos Aires

Teatro Colón, B.A. (Foto: M. Pisarro)

Haciendo Buenos Aires

Teatro Colón, B.A. (Foto: M. Pisarro)

lunes 19 de octubre de 2009

Silvina Ocampo en una habitación china

Todos los descubrimientos científicos que se convierten en buenas historias que contar no omiten, jamás, un pequeño acto de violencia. La expresión “pequeño acto de violencia” acaso no sea la adecuada, aunque de ampliarse su sentido se notará que encaja perfectamente con lo que intenta expresarse: cierto abrupto movimiento de un cuerpo en el espacio, movimiento que, como un doblez en el relato, produce ese chasquido que convierte la confusión en iluminación, la torpeza en sabiduría.

Por ejemplo, el desplome de la manzana del árbol que conduce a Isaac Newton hasta la Ley de Gravitación Universal; o el resbalón del Dr. Emmett Brown, quien, al caer del inodoro mientras intenta colgar un reloj, se golpea la cabeza y tiene una imagen del condensador de flujos, el dispositivo que permite los viajes en el tiempo; o la rana electrocutada que sobresalta a Luigi Galvani y cuyo periplo acaba en Alessandro Volta y la invención de las pilas. En esos pequeños actos de violencia, en esos sucesos imprevistos y azarosos, la historia se reescribe.

El pequeño acto de violencia que precede a esta iluminación es un libro que cae de la biblioteca. Torpeza cotidiana: uno trata de sacar un volumen de un estante alto y, junto al tomo buscado, se abalanzan contra el suelo otros diez.

Entre los libros que caen al suelo se cuenta una antología póstuma de Silvina Ocampo, escritora argentina nacida en 1903 y fallecida en 1993. No recuerdo haberla leído, a la antología; ni siquiera recuerdo haberla hojeado. Tampoco se perciben subrayados ni señales que lo indiquen. Le echo un vistazo. Contiene dos grandes secciones: cuentos y poemas.

Impavidez.

Para decirlo rápidamente: la vida es breve. No tendremos jamás el tiempo para aprender todas las cosas que acaso podríamos haber aprendido si hubiésemos seguido un camino y no otro. Aunque la tendencia contemporánea sea soslayar esta falta de preparación y alardear de que uno tiene una opinión formada acerca de todo, diré que no me gusta la poesía, que no entiendo nada de poesía (qué es clásico, qué esta trillado, qué es novedoso, qué valores se ponen en juego a la hora de evaluar sus virtudes o defectos), y que quizás no me guste porque no entiendo, o que quizás no entiendo porque no quiero que me guste. Ni siquiera puedo disimular una formación mínima, algún seminario opcional en la universidad, un curso por correspondencia, nada.

Téngase en cuenta este dato, pues es la base de la revelación inmediata: completa ignorancia.

El libro de Ocampo sigue en el suelo. Por curiosidad busco algún poema breve, antes de devolverlo al estante del que jamás debió haberse caído. Encuentro uno, “Epitafio de un náufrago”, publicado en Enumeraciones de la patria, obra de 1942; dice así:


Éste es mi primer sueño con náufragos,
no tendré que olvidarlo nunca. Oscura
es el agua en los sueños, fría y dura.
Mañana tendré miedos de presagios.


Permanezco impávido, con el mismo gesto denodado que uno ensaya cuando le cuentan un chiste pero no comprende su gracia. Estimo que si el poema fue a parar a una antología póstuma es porque los editores consideraron que se trata de un texto meritorio, que se destaca por sobre el resto o que tiene algún valor representativo de la obra como conjunto. Sólo que no tengo la competencia ―la formación adecuada, un conjunto de conocimientos sistematizados― para entender cuáles son esos méritos. Y entonces, de repente, cae la manzana de Newton y salta la rana de Galvani: acabo de resolver el misterio de la habitación china.

Se soluciona así: prestando atención al jurado, no a los participantes.

Para completar el trayecto es necesario hacer un par de paradas. La primera de ellas es en 1950, el año en que el matemático Alan Turing publicó en la revista Mind un artículo titulado “Computing machinery and intelligence”. Clásico de los estudios sobre Inteligencia Artificial (así, escrito en mayúsculas para respetar la tradición), el texto presentó un desafío: establecer un método que permitiera decidir si una máquina es capaz de “pensar”. Un poco como esa expresión sobre los perros: si ladra como perro, mueve la cola como perro y tiene cuatro patas como perro, entonces debe ser un perro. Si la máquina actúa con inteligencia, entonces debe ser inteligente. Si parece que piensa, entonces debe pensar.

Se colocan un hombre y una computadora en una habitación, ocultos de la vista de un interrogador. Este interrogador, a través de las respuestas que ensayen la máquina y el hombre a sus preguntas, deberá determinar, sin verlos, quién es máquina y quién es humano. Si este interrogador, este juez, es incapaz de diferenciar a la máquina del humano, entonces se habrá demostrado la inteligencia del aparato en ciernes (probablemente, de demostrar tal cosa, habrá que dejar de usar la palabra “aparato” para no dañar su sensibilidad). En esto consiste, a vuelo de pájaro, el Test de Turing.

La siguiente parada es en 1980. Ese año, el filósofo John Searle presentó una de las más célebres respuestas al Test de Turing: el experimento de la habitación china.

Hay una persona en una habitación cerrada. Le pasan por debajo de la puerta una serie de preguntas en chino. El hombre no habla chino, pero recibe también un manual de instrucciones (por ejemplo, un diccionario chino-castellano) donde se explica que a determinado símbolo debe responder con otro determinado símbolo. El hombre, siguiendo las instrucciones, responde las preguntas en chino y las devuelve por debajo de la puerta. ¿Esto quiere decir que el hombre entiende chino? ¿O además de la sintaxis debe considerarse la semántica? ¿Alcanza para entender chino con un manual que diga: “Si entran tales y cuales caracteres por debajo de la puerta, debes responderle con estos otros”? Si el test consiste en descubrir si esta persona encerrada en la habitación entiende el chino, ¿es suficiente con que responda las preguntas que le tiran por debajo de la puerta siguiendo las indicaciones de un manual de instrucciones?

La última parada es en 1924, el año en que el poeta Tristan Tzara publica sus Siete manifiestos dadá. Allí puede leerse, bajo el título “Para hacer un poema dadaísta”:


Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte unos tras otro.
Copie concienzudamente en el orden que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.


Y entonces volvemos al libro de Ocampo que se cayó del estante de la biblioteca. Supongamos que colocamos en la habitación china a Silvina Ocampo y a una computadora cargada con uno de esos programas que generan poesías instantáneas (éste, por ejemplo, lo cual no es tan diferente al método de cortar palabras, meterlas en una bolsa y sacudirla). Del otro lado de la puerta colocamos a un juez, para que determine qué poema fue escrito por Silvina Ocampo y qué poema fue escrito por una computadora (o por una bolsa sacudida). El experimento es interesante porque toda la tensión, toda la expectativa, parece depositada en descubrir qué hay detrás de la puerta, y sin embargo se pasa por alto el papel del juez: la formación de la persona que debe determinar si estamos frente a la obra de un ser humano o de una máquina.

Las noticias sobre el mundo del arte contemporáneo parecen regadas de anécdotas donde alguien (generalmente el personal de limpieza de algún museo) arroja al tacho una costosa obra de arte por considerarla basura. Luego de que han vaciado el cenicero alguien les pega el grito para avisarles que eso que han vaciado está valuado en millones de dólares; y luego, el artista pierde el sueño tratando de figurarse si logrará hacer una réplica. Al poner su foco en la obra y en el artista, estas historias suelen evadir el papel de aquel que arrojó la obra al tacho de basura: se evade que esa persona carecía del conocimiento para reconocer a una obra como tal. Carecía de la formación para decir: esto es una obra de arte, no es basura.

El primer paso para que el experimento funcione, entonces, es que el interrogador hable chino. O en todo caso, que quien deba señalar las virtudes entre un poema de Ocampo y un poema de una bolsa sacudida posea los conocimientos adecuados para trazar una diferencia que la sociedad ha dado por válida. Caso contrario, cuando las respuestas pasen por debajo de la puerta, ambas se convertirán en bollos de papel rumbo al tacho de basura donde se fermenta el arte contemporáneo. O ambas se enmarcarán y enviarán al museo.

Digámoslo así: para sostener que si ladra como perro y mueve la cola como perro entonces debe ser un perro, antes tenemos que haber aprendido qué es un perro. O qué es un poema. O una obra de arte. O el chino.

Silvina Ocampo en una habitación china

Todos los descubrimientos científicos que se convierten en buenas historias que contar no omiten, jamás, un pequeño acto de violencia. La expresión “pequeño acto de violencia” acaso no sea la adecuada, aunque de ampliarse su sentido se notará que encaja perfectamente con lo que intenta expresarse: cierto abrupto movimiento de un cuerpo en el espacio, movimiento que, como un doblez en el relato, produce ese chasquido que convierte la confusión en iluminación, la torpeza en sabiduría.

Por ejemplo, el desplome de la manzana del árbol que conduce a Isaac Newton hasta la Ley de Gravitación Universal; o el resbalón del Dr. Emmett Brown, quien, al caer del inodoro mientras intenta colgar un reloj, se golpea la cabeza y tiene una imagen del condensador de flujos, el dispositivo que permite los viajes en el tiempo; o la rana electrocutada que sobresalta a Luigi Galvani y cuyo periplo acaba en Alessandro Volta y la invención de las pilas. En esos pequeños actos de violencia, en esos sucesos imprevistos y azarosos, la historia se reescribe.

El pequeño acto de violencia que precede a esta iluminación es un libro que cae de la biblioteca. Torpeza cotidiana: uno trata de sacar un volumen de un estante alto y, junto al tomo buscado, se abalanzan contra el suelo otros diez.

Entre los libros que caen al suelo se cuenta una antología póstuma de Silvina Ocampo, escritora argentina nacida en 1903 y fallecida en 1993. No recuerdo haberla leído, a la antología; ni siquiera recuerdo haberla hojeado. Tampoco se perciben subrayados ni señales que lo indiquen. Le echo un vistazo. Contiene dos grandes secciones: cuentos y poemas.

Impavidez.

Para decirlo rápidamente: la vida es breve. No tendremos jamás el tiempo para aprender todas las cosas que acaso podríamos haber aprendido si hubiésemos seguido un camino y no otro. Aunque la tendencia contemporánea sea soslayar esta falta de preparación y alardear de que uno tiene una opinión formada acerca de todo, diré que no me gusta la poesía, que no entiendo nada de poesía (qué es clásico, qué esta trillado, qué es novedoso, qué valores se ponen en juego a la hora de evaluar sus virtudes o defectos), y que quizás no me guste porque no entiendo, o que quizás no entiendo porque no quiero que me guste. Ni siquiera puedo disimular una formación mínima, algún seminario opcional en la universidad, un curso por correspondencia, nada.

Téngase en cuenta este dato, pues es la base de la revelación inmediata: completa ignorancia.

El libro de Ocampo sigue en el suelo. Por curiosidad busco algún poema breve, antes de devolverlo al estante del que jamás debió haberse caído. Encuentro uno, “Epitafio de un náufrago”, publicado en Enumeraciones de la patria, obra de 1942; dice así:


Éste es mi primer sueño con náufragos,
no tendré que olvidarlo nunca. Oscura
es el agua en los sueños, fría y dura.
Mañana tendré miedos de presagios.


Permanezco impávido, con el mismo gesto denodado que uno ensaya cuando le cuentan un chiste pero no comprende su gracia. Estimo que si el poema fue a parar a una antología póstuma es porque los editores consideraron que se trata de un texto meritorio, que se destaca por sobre el resto o que tiene algún valor representativo de la obra como conjunto. Sólo que no tengo la competencia ―la formación adecuada, un conjunto de conocimientos sistematizados― para entender cuáles son esos méritos. Y entonces, de repente, cae la manzana de Newton y salta la rana de Galvani: acabo de resolver el misterio de la habitación china.

Se soluciona así: prestando atención al jurado, no a los participantes.

Para completar el trayecto es necesario hacer un par de paradas. La primera de ellas es en 1950, el año en que el matemático Alan Turing publicó en la revista Mind un artículo titulado “Computing machinery and intelligence”. Clásico de los estudios sobre Inteligencia Artificial (así, escrito en mayúsculas para respetar la tradición), el texto presentó un desafío: establecer un método que permitiera decidir si una máquina es capaz de “pensar”. Un poco como esa expresión sobre los perros: si ladra como perro, mueve la cola como perro y tiene cuatro patas como perro, entonces debe ser un perro. Si la máquina actúa con inteligencia, entonces debe ser inteligente. Si parece que piensa, entonces debe pensar.

Se colocan un hombre y una computadora en una habitación, ocultos de la vista de un interrogador. Este interrogador, a través de las respuestas que ensayen la máquina y el hombre a sus preguntas, deberá determinar, sin verlos, quién es máquina y quién es humano. Si este interrogador, este juez, es incapaz de diferenciar a la máquina del humano, entonces se habrá demostrado la inteligencia del aparato en ciernes (probablemente, de demostrar tal cosa, habrá que dejar de usar la palabra “aparato” para no dañar su sensibilidad). En esto consiste, a vuelo de pájaro, el Test de Turing.

La siguiente parada es en 1980. Ese año, el filósofo John Searle presentó una de las más célebres respuestas al Test de Turing: el experimento de la habitación china.

Hay una persona en una habitación cerrada. Le pasan por debajo de la puerta una serie de preguntas en chino. El hombre no habla chino, pero recibe también un manual de instrucciones (por ejemplo, un diccionario chino-castellano) donde se explica que a determinado símbolo debe responder con otro determinado símbolo. El hombre, siguiendo las instrucciones, responde las preguntas en chino y las devuelve por debajo de la puerta. ¿Esto quiere decir que el hombre entiende chino? ¿O además de la sintaxis debe considerarse la semántica? ¿Alcanza para entender chino con un manual que diga: “Si entran tales y cuales caracteres por debajo de la puerta, debes responderle con estos otros”? Si el test consiste en descubrir si esta persona encerrada en la habitación entiende el chino, ¿es suficiente con que responda las preguntas que le tiran por debajo de la puerta siguiendo las indicaciones de un manual de instrucciones?

La última parada es en 1924, el año en que el poeta Tristan Tzara publica sus Siete manifiestos dadá. Allí puede leerse, bajo el título “Para hacer un poema dadaísta”:


Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte unos tras otro.
Copie concienzudamente en el orden que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.


Y entonces volvemos al libro de Ocampo que se cayó del estante de la biblioteca. Supongamos que colocamos en la habitación china a Silvina Ocampo y a una computadora cargada con uno de esos programas que generan poesías instantáneas (éste, por ejemplo, lo cual no es tan diferente al método de cortar palabras, meterlas en una bolsa y sacudirla). Del otro lado de la puerta colocamos a un juez, para que determine qué poema fue escrito por Silvina Ocampo y qué poema fue escrito por una computadora (o por una bolsa sacudida). El experimento es interesante porque toda la tensión, toda la expectativa, parece depositada en descubrir qué hay detrás de la puerta, y sin embargo se pasa por alto el papel del juez: la formación de la persona que debe determinar si estamos frente a la obra de un ser humano o de una máquina.

Las noticias sobre el mundo del arte contemporáneo parecen regadas de anécdotas donde alguien (generalmente el personal de limpieza de algún museo) arroja al tacho una costosa obra de arte por considerarla basura. Luego de que han vaciado el cenicero alguien les pega el grito para avisarles que eso que han vaciado está valuado en millones de dólares; y luego, el artista pierde el sueño tratando de figurarse si logrará hacer una réplica. Al poner su foco en la obra y en el artista, estas historias suelen evadir el papel de aquel que arrojó la obra al tacho de basura: se evade que esa persona carecía del conocimiento para reconocer a una obra como tal. Carecía de la formación para decir: esto es una obra de arte, no es basura.

El primer paso para que el experimento funcione, entonces, es que el interrogador hable chino. O en todo caso, que quien deba señalar las virtudes entre un poema de Ocampo y un poema de una bolsa sacudida posea los conocimientos adecuados para trazar una diferencia que la sociedad ha dado por válida. Caso contrario, cuando las respuestas pasen por debajo de la puerta, ambas se convertirán en bollos de papel rumbo al tacho de basura donde se fermenta el arte contemporáneo. O ambas se enmarcarán y enviarán al museo.

Digámoslo así: para sostener que si ladra como perro y mueve la cola como perro entonces debe ser un perro, antes tenemos que haber aprendido qué es un perro. O qué es un poema. O una obra de arte. O el chino.

Silvina Ocampo en una habitación china

Todos los descubrimientos científicos que se convierten en buenas historias que contar no omiten, jamás, un pequeño acto de violencia. La expresión “pequeño acto de violencia” acaso no sea la adecuada, aunque de ampliarse su sentido se notará que encaja perfectamente con lo que intenta expresarse: cierto abrupto movimiento de un cuerpo en el espacio, movimiento que, como un doblez en el relato, produce ese chasquido que convierte la confusión en iluminación, la torpeza en sabiduría.

Por ejemplo, el desplome de la manzana del árbol que conduce a Isaac Newton hasta la Ley de Gravitación Universal; o el resbalón del Dr. Emmett Brown, quien, al caer del inodoro mientras intenta colgar un reloj, se golpea la cabeza y tiene una imagen del condensador de flujos, el dispositivo que permite los viajes en el tiempo; o la rana electrocutada que sobresalta a Luigi Galvani y cuyo periplo acaba en Alessandro Volta y la invención de las pilas. En esos pequeños actos de violencia, en esos sucesos imprevistos y azarosos, la historia se reescribe.

El pequeño acto de violencia que precede a esta iluminación es un libro que cae de la biblioteca. Torpeza cotidiana: uno trata de sacar un volumen de un estante alto y, junto al tomo buscado, se abalanzan contra el suelo otros diez.

Entre los libros que caen al suelo se cuenta una antología póstuma de Silvina Ocampo, escritora argentina nacida en 1903 y fallecida en 1993. No recuerdo haberla leído, a la antología; ni siquiera recuerdo haberla hojeado. Tampoco se perciben subrayados ni señales que lo indiquen. Le echo un vistazo. Contiene dos grandes secciones: cuentos y poemas.

Impavidez.

Para decirlo rápidamente: la vida es breve. No tendremos jamás el tiempo para aprender todas las cosas que acaso podríamos haber aprendido si hubiésemos seguido un camino y no otro. Aunque la tendencia contemporánea sea soslayar esta falta de preparación y alardear de que uno tiene una opinión formada acerca de todo, diré que no me gusta la poesía, que no entiendo nada de poesía (qué es clásico, qué esta trillado, qué es novedoso, qué valores se ponen en juego a la hora de evaluar sus virtudes o defectos), y que quizás no me guste porque no entiendo, o que quizás no entiendo porque no quiero que me guste. Ni siquiera puedo disimular una formación mínima, algún seminario opcional en la universidad, un curso por correspondencia, nada.

Téngase en cuenta este dato, pues es la base de la revelación inmediata: completa ignorancia.

#TEXTO COMPLETO

viernes 16 de octubre de 2009

Día de la madre: amamantar hasta que las lolas sangren


Este domingo se celebra en Argentina el Día de la Madre. Eso quiere decir que hace semanas que uno apenas puede abrir el diario o encender la radio sin encontrarse con publicidades que rozan la extorsión: te parió, te amamantó, te mantuvo durante años o décadas, ¿y no le vas a regalar nada?

Las revistas domingueras son una interesante fuente de sugerencias de regalos para hacerle a tu madre, especialmente si tu madre es una modelo de 17 años, tiende a la anorexia y anda por la vida semidesnuda. O al menos eso puede concluir uno prestando atención a las publicidades de estas revistas. Años atrás se oían quejas porque las publicidades relacionaban a las madres con batidoras de huevo y máquinas de coser; hoy podrían oírse quejas porque las madres se convirtieron en otro pedazo de carne para vender lencería buscona y zapatos de taco aguja. Se pasó del estereotipo de la madre de mediana edad que sonríe en la cocina, al estereotipo de la madre que apenas alcanza la mayoría de edad y que posa en bragas en un ascensor o en un callejón humeante.

También las entrevistas y las evocaciones se han vuelto un tanto extrañas. O quizás siempre han sido extrañas, y uno está maldispuesto y pretende buscarle el pelo al huevo. Semanas atrás, la revista dominguera que acompaña al diario Perfil, Luz, se abocó a un temprano “Especial para mamá”. La entrevista central estaba dedicada a la modelo Nicole Neumann y su reciente incursión en la maternidad. Allí podía leerse un diálogo tan curioso como el siguiente:

―Intuyo que dificultades para darle la teta no tuviste…
―Un poco al comienzo que es cuando más me dolía (incluso me llegó a sangrar una lola), pero yo sabía que me la tenía que aguantar. “No me importa ―pensaba―, sufriré yo, pero mi hija tendrá la mejor leche de todas”. Después, los dolores pasaron y todo volvió a ser un placer total.

Que una madre exclame que sufrirá pero que su hija tendrá la mejor leche de todas es otro síntoma deíctico, otra marca de época acerca de qué significados se asignan a la maternidad, cómo se construye en el discurso público y cómo esas categorías se consumen como hechos naturales. O quizás sólo es otra tontería de Nicole Neumann, quién sabe.

Tal como cualquier escolar podría asegurar sin titubeos, los seres humanos se incluyen entre los mamíferos. Ahora bien, no existen pruebas científicas que certifiquen que aquello que nos define como especie sea el amamantamiento de las crías. El mismo naturalista que en el siglo XVIII definió el concepto moderno de “raza” (blancos, negros, amarillos y rojos), el sueco Carlos Linneo, también clasificó a los seres humanos como “mamíferos”, en la décima edición de Sistema de naturaleza, su libro de 1758. Y se trató, ante todo, de una intervención política.

Hasta ese momento, los naturalistas incluían al hombre en la categoría “cuadrúpedos” (también Linneo lo hacía). En esa época, en esa parte del mundo, se debatía la idea de que toda madre debía alimentar a sus hijos, tal como hacían los animales, y tal como los estratos altos de la sociedad no hacían: los hijos se enviaban a amamantar al campo, quedaban a cargo de nodrizas cuyas lolas sangraban para que las crías de los ricos tuvieran la mejor leche de todas. Sólo que algunos empezaron a señalar que no era la mejor de todas las leches; que, de hecho, era bastante mala.

La mortalidad entre recién nacidos se volvió tan grande que incluso los gobernantes comenzaron a preocuparse. Probablemente no tanto por los recién nacidos en sí, sino porque estos recién nacidos deberían incorporarse a la fuerza laboral en diez, quince o veinte años. Mayor mortalidad infantil significaba una merma en la fuerza de trabajo del futuro próximo. Algo había que hacerse; por ejemplo, culpar a las nodrizas.

En un panfleto de 1752, Linneo señalaba que las nodrizas, en quienes se depositaba la responsabilidad de amamantar al recién nacido, pertenecían al populacho, ergo, bebían mucho alcohol, comían mucha grasa y coleccionaban enfermedades venéreas. La leche que producían era poco menos que cicuta. Linneo, al introducir la idea de “mamíferos” en lugar de “cuadrúpedos”, defendía la función natural de la madre en la alimentación de sus propios hijos.

“Así ―escribió el antropólogo Jonathan Marks―, lo que para el estudiante medio de biología es un hecho natural (a saber, que por esencia somos una especie que amamanta) es en realidad un hecho histórico, una postura política del siglo XVIII. Sin duda, los mamíferos constituyen un grupo natural que puede definirse por la lactancia. Pero tener propiedades naturales no basta para producir una categoría objetiva. No es evidente que la lactancia sea nuestra característica esencial, como tampoco es evidente que poseer un solo hueso en la mandíbula inferior (propiedad de todos los mamíferos y sólo de ellos) sea la característica que nos convierte en ‘un-hueso-en-la-mandíbula-feros’. Estas clasificaciones rebasan el marco estrictamente natural”.

Muchos buenos estudios señalan cómo las publicidades gubernamentales, en relación al amamantamiento, vibraron al son de los vaivenes económicos y políticos. Por ejemplo, en épocas en que la fuerza de trabajo masculina menguó (durante la Segunda Guerra Mundial, por caso) se aconsejó que el período de amamantamiento debía ser breve; eso permitía que las mujeres no estuvieran obligadas a quedarse en su hogar para alimentar al bebé y pudieran así sumarse al mercado laboral. En épocas de pleno empleo, por el contrario, las campañas insistieron en períodos más prolongados de lactancia materna, que instaban a las mujeres a quedarse en casa.

En la actualidad prevalece un consenso en torno a las ventajas de la lactancia materna, y las razones sociohistóricas ya no se disimulan. Más bien, se entretejen extrañamente con razones fisiológicas. Se explica que estimula el catabolismo de las grasas, y también que favorece a la economía doméstica; que acelera la involución uterina de la madre, y que afianza los vínculos familiares; que para el bebé significa fuente de inmunoglobulina, y que el sistema hospitalario se ahorra recursos materiales y humanos.

La consigna es contingente, pero está fuertemente consensuada: las mujeres deben comportarse como buenas mamíferas, y deben amamantar a la cría hasta que las lolas sangren.

Las revistas domingueras así lo dicen.

Día de la madre: amamantar hasta que las lolas sangren


Este domingo se celebra en Argentina el Día de la Madre. Eso quiere decir que hace semanas que uno apenas puede abrir el diario o encender la radio sin encontrarse con publicidades que rozan la extorsión: te parió, te amamantó, te mantuvo durante años o décadas, ¿y no le vas a regalar nada?

Las revistas domingueras son una interesante fuente de sugerencias de regalos para hacerle a tu madre, especialmente si tu madre es una modelo de 17 años, tiende a la anorexia y anda por la vida semidesnuda. O al menos eso puede concluir uno prestando atención a las publicidades de estas revistas. Años atrás se oían quejas porque las publicidades relacionaban a las madres con batidoras de huevo y máquinas de coser; hoy podrían oírse quejas porque las madres se convirtieron en otro pedazo de carne para vender lencería buscona y zapatos de taco aguja. Se pasó del estereotipo de la madre de mediana edad que sonríe en la cocina, al estereotipo de la madre que apenas alcanza la mayoría de edad y que posa en bragas en un ascensor o en un callejón humeante.

También las entrevistas y las evocaciones se han vuelto un tanto extrañas. O quizás siempre han sido extrañas, y uno está maldispuesto y pretende buscarle el pelo al huevo. Semanas atrás, la revista dominguera que acompaña al diario Perfil, Luz, se abocó a un temprano “Especial para mamá”. La entrevista central estaba dedicada a la modelo Nicole Neumann y su reciente incursión en la maternidad. Allí podía leerse un diálogo tan curioso como el siguiente:

―Intuyo que dificultades para darle la teta no tuviste…
―Un poco al comienzo que es cuando más me dolía (incluso me llegó a sangrar una lola), pero yo sabía que me la tenía que aguantar. “No me importa ―pensaba―, sufriré yo, pero mi hija tendrá la mejor leche de todas”. Después, los dolores pasaron y todo volvió a ser un placer total.

Que una madre exclame que sufrirá pero que su hija tendrá la mejor leche de todas es otro síntoma deíctico, otra marca de época acerca de qué significados se asignan a la maternidad, cómo se construye en el discurso público y cómo esas categorías se consumen como hechos naturales. O quizás sólo es otra tontería de Nicole Neumann, quién sabe.

Tal como cualquier escolar podría asegurar sin titubeos, los seres humanos se incluyen entre los mamíferos. Ahora bien, no existen pruebas científicas que certifiquen que aquello que nos define como especie sea el amamantamiento de las crías. El mismo naturalista que en el siglo XVIII definió el concepto moderno de “raza” (blancos, negros, amarillos y rojos), el sueco Carlos Linneo, también clasificó a los seres humanos como “mamíferos”, en la décima edición de Sistema de naturaleza, su libro de 1758. Y se trató, ante todo, de una intervención política.

Hasta ese momento, los naturalistas incluían al hombre en la categoría “cuadrúpedos” (también Linneo lo hacía). En esa época, en esa parte del mundo, se debatía la idea de que toda madre debía alimentar a sus hijos, tal como hacían los animales, y tal como los estratos altos de la sociedad no hacían: los hijos se enviaban a amamantar al campo, quedaban a cargo de nodrizas cuyas lolas sangraban para que las crías de los ricos tuvieran la mejor leche de todas. Sólo que algunos empezaron a señalar que no era la mejor de todas las leches; que, de hecho, era bastante mala.

La mortalidad entre recién nacidos se volvió tan grande que incluso los gobernantes comenzaron a preocuparse. Probablemente no tanto por los recién nacidos en sí, sino porque estos recién nacidos deberían incorporarse a la fuerza laboral en diez, quince o veinte años. Mayor mortalidad infantil significaba una merma en la fuerza de trabajo del futuro próximo. Algo había que hacerse; por ejemplo, culpar a las nodrizas.

En un panfleto de 1752, Linneo señalaba que las nodrizas, en quienes se depositaba la responsabilidad de amamantar al recién nacido, pertenecían al populacho, ergo, bebían mucho alcohol, comían mucha grasa y coleccionaban enfermedades venéreas. La leche que producían era poco menos que cicuta. Linneo, al introducir la idea de “mamíferos” en lugar de “cuadrúpedos”, defendía la función natural de la madre en la alimentación de sus propios hijos.

“Así ―escribió el antropólogo Jonathan Marks―, lo que para el estudiante medio de biología es un hecho natural (a saber, que por esencia somos una especie que amamanta) es en realidad un hecho histórico, una postura política del siglo XVIII. Sin duda, los mamíferos constituyen un grupo natural que puede definirse por la lactancia. Pero tener propiedades naturales no basta para producir una categoría objetiva. No es evidente que la lactancia sea nuestra característica esencial, como tampoco es evidente que poseer un solo hueso en la mandíbula inferior (propiedad de todos los mamíferos y sólo de ellos) sea la característica que nos convierte en ‘un-hueso-en-la-mandíbula-feros’. Estas clasificaciones rebasan el marco estrictamente natural”.

Muchos buenos estudios señalan cómo las publicidades gubernamentales, en relación al amamantamiento, vibraron al son de los vaivenes económicos y políticos. Por ejemplo, en épocas en que la fuerza de trabajo masculina menguó (durante la Segunda Guerra Mundial, por caso) se aconsejó que el período de amamantamiento debía ser breve; eso permitía que las mujeres no estuvieran obligadas a quedarse en su hogar para alimentar al bebé y pudieran así sumarse al mercado laboral. En épocas de pleno empleo, por el contrario, las campañas insistieron en períodos más prolongados de lactancia materna, que instaban a las mujeres a quedarse en casa.

En la actualidad prevalece un consenso en torno a las ventajas de la lactancia materna, y las razones sociohistóricas ya no se disimulan. Más bien, se entretejen extrañamente con razones fisiológicas. Se explica que estimula el catabolismo de las grasas, y también que favorece a la economía doméstica; que acelera la involución uterina de la madre, y que afianza los vínculos familiares; que para el bebé significa fuente de inmunoglobulina, y que el sistema hospitalario se ahorra recursos materiales y humanos.

La consigna es contingente, pero está fuertemente consensuada: las mujeres deben comportarse como buenas mamíferas, y deben amamantar a la cría hasta que las lolas sangren.

Las revistas domingueras así lo dicen.

Día de la madre: amamantar hasta que las lolas sangren

Este domingo se celebra en Argentina el Día de la Madre. Eso quiere decir que hace semanas que uno apenas puede abrir el diario o encender la radio sin encontrarse con publicidades que rozan la extorsión: te parió, te amamantó, te mantuvo durante años o décadas, ¿y no le vas a regalar nada?

Las revistas domingueras son una interesante fuente de sugerencias de regalos para hacerle a tu madre, especialmente si tu madre es una modelo de 17 años, tiende a la anorexia y anda por la vida semidesnuda. O al menos eso puede concluir uno prestando atención a las publicidades de estas revistas. Años atrás se oían quejas porque las publicidades relacionaban a las madres con batidoras de huevo y máquinas de coser; hoy podrían oírse quejas porque las madres se convirtieron en otro pedazo de carne para vender lencería buscona y zapatos de taco aguja. Se pasó del estereotipo de la madre de mediana edad que sonríe en la cocina, al estereotipo de la madre que apenas alcanza la mayoría de edad y que posa en bragas en un ascensor o en un callejón humeante.

También las entrevistas y las evocaciones se han vuelto un tanto extrañas. O quizás siempre han sido extrañas, y uno está maldispuesto y pretende buscarle el pelo al huevo. Semanas atrás, la revista dominguera que acompaña al diario Perfil, Luz, se abocó a un temprano “Especial para mamá”. La entrevista central estaba dedicada a la modelo Nicole Neumann y su reciente incursión en la maternidad. Allí podía leerse un diálogo tan curioso como el siguiente:

―Intuyo que dificultades para darle la teta no tuviste...
―Un poco al comienzo que es cuando más me dolía (incluso me llegó a sangrar una lola), pero yo sabía que me la tenía que aguantar. “No me importa ―pensaba―, sufriré yo, pero mi hija tendrá la mejor leche de todas”. Después, los dolores pasaron y todo volvió a ser un placer total.


Que una madre exclame que sufrirá pero que su hija tendrá la mejor leche de todas es otro síntoma deíctico, otra marca de época acerca de qué significados se asignan a la maternidad, cómo se construye en el discurso público y cómo esas categorías se consumen como hechos naturales. O quizás sólo es otra tontería de Nicole Neumann, quién sabe.

Tal como cualquier escolar podría asegurar sin titubeos, los seres humanos se incluyen entre los mamíferos. Ahora bien, no existen pruebas científicas que certifiquen que aquello que nos define como especie sea el amamantamiento de las crías. El mismo naturalista que en el siglo XVIII definió el concepto moderno de “raza” (blancos, negros, amarillos y rojos), el sueco Carlos Linneo, también clasificó a los seres humanos como “mamíferos”, en la décima edición de Sistema de naturaleza, su libro de 1758. Y se trató, ante todo, de una intervención política.

Hasta ese momento, los naturalistas incluían al hombre en la categoría “cuadrúpedos” (también Linneo lo hacía). En esa época, en esa parte del mundo, se debatía la idea de que toda madre debía alimentar a sus hijos, tal como hacían los animales, y tal como los estratos altos de la sociedad no hacían: los hijos se enviaban a amamantar al campo, quedaban a cargo de nodrizas cuyas lolas sangraban para que las crías de los ricos tuvieran la mejor leche de todas. Sólo que algunos empezaron a señalar que no era la mejor de todas las leches; que, de hecho, era bastante mala.

La mortalidad entre recién nacidos se volvió tan grande que incluso los gobernantes comenzaron a preocuparse. Probablemente no tanto por los recién nacidos en sí, sino porque estos recién nacidos deberían incorporarse a la fuerza laboral en diez, quince o veinte años. Mayor mortalidad infantil significaba una merma en la fuerza de trabajo del futuro próximo. Algo había que hacerse; por ejemplo, culpar a las nodrizas.

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miércoles 14 de octubre de 2009

Apostillas raciales


Lo primero que se puede pensar es que si este indio aprendió a repetir la molesta expresión “invisibilizar”, término doloroso al oído, parido y divulgado en los desmañados ambientes universitarios, también podría haber aprendido que decir “raza” es un despropósito histórico y conceptual.

―La raza blanca invisibilizó a los pueblos nativos ―repetía el indio a unos turistas aburridos y deseosos de exotismo, el lunes pasado, en Buenos Aires, de cara al pequeño escenario que habían montado frente al Congreso para protestar por las celebraciones del 12 de octubre, por la discriminación, por la represión, por el capitalismo, por las corporaciones―. Se nos invisibilizó, como también se invisibilizó a otras razas, como la raza negra.

Las razas no existen, podría explicársele al indio invisibilizado, y esperar que no imposte el mismo gesto desdeñoso que ensayaba Marlon Brando, interpretando a George Lincoln Rockwell, un jerarca del Partido Nazi norteamericano, en la segunda parte del dramón televisivo Raíces, de 1979: “Eso es un invento de un antropólogo judío, Franz Boas”.

Tenía razón Brando, o Rockwell, al señalar la importancia del antropólogo Boas (nacido en Alemania en 1858, fallecido en 1942 en Nueva York), que fue tanto un relativista cultural como un particularista histórico, en el descrédito del concepto de “raza” (en el sentido de “raza humana”). Y acaso la aclaración resulte más que apropiada: decir que la raza no existe no pasa de ser una bravuconeada de corte futbolera, una parcialidad gritándole a la otra: “No existís, no existís, no existís”. El filósofo Maurice Blanchot señaló que escribir “estoy solo” es una contradicción, pues el hecho mismo de escribirlo supone un interlocutor. Esto mismo puede decirse sobre la existencia de las razas, que es lo mismo que se afirmaba sobre la existencia de la cocina nacional: que exista el concepto no quiere decir que exista un hecho empírico o material (por así llamarlo). O de otra manera: que exista una categoría social e histórica llamada “raza” no quiere decir que tenga algún sustento biológico.

Eso es lo que Boas señaló hace casi un siglo, y eso es lo que nadie parece haberle informado al indio parado frente al Congreso.

Aunque se puede retroceder hasta Herodoto para señalar el intento de ensayar taxonomías humanas sobre una base de diferenciación biológica, fue entre los siglos XVII y XIX, en pleno auge clasificatorio de animales y plantas, cuando las razas adquirieron su sentido contemporáneo. La población humana podía embutirse en categorías claramente señalizadas según el color de piel: negros, blancos, amarillos, rojos. Esta clasificación fue sistematizada por el gran naturalista sueco Carlos Linneo, en el siglo XVIII, sobre la base de cinco subespecies para el Homo sapiens: Homo sapiens monstruosus, que incluía a las personas con taras congénitas, y otras cuatro “geográficas”: europeos blancos, asiáticos amarillos, africanos negros y americanos rojos.

El paradigma sobrevivió en las ciencias, y sobrevivió durante mucho tiempo más en el sentido común, en el habla y las concepciones cotidianas. Si Linneo determinó que diferentes razas determinaban diferentes prácticas sociales (estableció Linneo: los americanos peinan su cuerpo, los europeos llevan vestidos ajustados, los asiáticos llevan ropas anchas, los africanos se untan grasa; los americanos están gobernados por la costumbre, los europeos por la ley, los asiáticos por la opinión, los africanos por el capricho), todavía en el siglo XXI prestigiosos investigadores arriesgan toscas relaciones entre raza e inteligencia (piénsese en el caso del Premio Nobel James Watson, en 2007).

Que las razas no existan en tanto categoría biológica quiere decir que la especie humana no puede clasificarse con las mismas reglas que podrían aplicarse a otras especies. No existen cuatro subespecies (cinco, contando a los monstruos deformes), ni seis, ni diez, ni cuarenta, ni sesenta. O mejor dicho: hay seis, diez, cuarenta, sesenta razas, o más, o menos, según quién haga la clasificación y qué criterios siga. Como concepto, “raza” es impreciso, vago, inestable, está sujeto a montones de restricciones y arbitrariedades históricas y culturales. Siendo justos, todas las categorías que empleamos están encorsetadas por la cultura y la historia, todas son arbitrarias, pero pocas de ellas están tan intrincadas en patrones biológicos de determinación y cargan un peso ideológico tan desastroso y problemático.

Piénsese en el esfuerzo por desnaturalizar conceptos como “sexo”, el trayecto que convirtió “sexo” en “género”, la insistencia en que “masculino” y “femenino” son construcciones tangenciales e históricas; es un camino que el término “raza” todavía no ha completado ni de lejos. No existen campañas para que “raza” se deje definitivamente de lado y se empleen conceptos como “población” o “cline”. Las razas siguen siendo oprimidas o invisibilizadas, se repite, pero la idea misma de raza no suele ponerse en discusión pública.

Entonces, vale señalar: las variaciones genéticas y las características físicas expresadas de la especie humana presentan gradientes de diferenciación, no unidades discretas; los criterios filogenéticos contemporáneos no compartimentan a la especie humana en subespecies o razas; las divisiones biológicas entre grupos humanos son circunstanciales y dependen de qué criterio se tome para trazar esa división (¿y si en lugar de separar entre blancos y negros se separa entre altos y bajos?); las unidades demográficas de las sociedades humanas son producto de reglas sociales y políticas, no están determinadas por fuerzas evolutivas naturales; los grupos demográficos cambian con el tiempo; que no existan las razas no quiere decir que no exista el racismo, en tanto estructura de opresión sistemática sobre personas o grupos de personas.

Etcétera.

Etcétera.

Etcétera.

Pocos temas como el perimido concepto de raza parecen haber sido tan invisibilizados de la discusión pública.

Apostillas raciales


Lo primero que se puede pensar es que si este indio aprendió a repetir la molesta expresión “invisibilizar”, término doloroso al oído, parido y divulgado en los desmañados ambientes universitarios, también podría haber aprendido que decir “raza” es un despropósito histórico y conceptual.

―La raza blanca invisibilizó a los pueblos nativos ―repetía el indio a unos turistas aburridos y deseosos de exotismo, el lunes pasado, en Buenos Aires, de cara al pequeño escenario que habían montado frente al Congreso para protestar por las celebraciones del 12 de octubre, por la discriminación, por la represión, por el capitalismo, por las corporaciones―. Se nos invisibilizó, como también se invisibilizó a otras razas, como la raza negra.

Las razas no existen, podría explicársele al indio invisibilizado, y esperar que no imposte el mismo gesto desdeñoso que ensayaba Marlon Brando, interpretando a George Lincoln Rockwell, un jerarca del Partido Nazi norteamericano, en la segunda parte del dramón televisivo Raíces, de 1979: “Eso es un invento de un antropólogo judío, Franz Boas”.

Tenía razón Brando, o Rockwell, al señalar la importancia del antropólogo Boas (nacido en Alemania en 1858, fallecido en 1942 en Nueva York), que fue tanto un relativista cultural como un particularista histórico, en el descrédito del concepto de “raza” (en el sentido de “raza humana”). Y acaso la aclaración resulte más que apropiada: decir que la raza no existe no pasa de ser una bravuconeada de corte futbolera, una parcialidad gritándole a la otra: “No existís, no existís, no existís”. El filósofo Maurice Blanchot señaló que escribir “estoy solo” es una contradicción, pues el hecho mismo de escribirlo supone un interlocutor. Esto mismo puede decirse sobre la existencia de las razas, que es lo mismo que se afirmaba sobre la existencia de la cocina nacional: que exista el concepto no quiere decir que exista un hecho empírico o material (por así llamarlo). O de otra manera: que exista una categoría social e histórica llamada “raza” no quiere decir que tenga algún sustento biológico.

Eso es lo que Boas señaló hace casi un siglo, y eso es lo que nadie parece haberle informado al indio parado frente al Congreso.

Aunque se puede retroceder hasta Herodoto para señalar el intento de ensayar taxonomías humanas sobre una base de diferenciación biológica, fue entre los siglos XVII y XIX, en pleno auge clasificatorio de animales y plantas, cuando las razas adquirieron su sentido contemporáneo. La población humana podía embutirse en categorías claramente señalizadas según el color de piel: negros, blancos, amarillos, rojos. Esta clasificación fue sistematizada por el gran naturalista sueco Carlos Linneo, en el siglo XVIII, sobre la base de cinco subespecies para el Homo sapiens: Homo sapiens monstruosus, que incluía a las personas con taras congénitas, y otras cuatro “geográficas”: europeos blancos, asiáticos amarillos, africanos negros y americanos rojos.

El paradigma sobrevivió en las ciencias, y sobrevivió durante mucho tiempo más en el sentido común, en el habla y las concepciones cotidianas. Si Linneo determinó que diferentes razas determinaban diferentes prácticas sociales (estableció Linneo: los americanos peinan su cuerpo, los europeos llevan vestidos ajustados, los asiáticos llevan ropas anchas, los africanos se untan grasa; los americanos están gobernados por la costumbre, los europeos por la ley, los asiáticos por la opinión, los africanos por el capricho), todavía en el siglo XXI prestigiosos investigadores arriesgan toscas relaciones entre raza e inteligencia (piénsese en el caso del Premio Nobel James Watson, en 2007).

Que las razas no existan en tanto categoría biológica quiere decir que la especie humana no puede clasificarse con las mismas reglas que podrían aplicarse a otras especies. No existen cuatro subespecies (cinco, contando a los monstruos deformes), ni seis, ni diez, ni cuarenta, ni sesenta. O mejor dicho: hay seis, diez, cuarenta, sesenta razas, o más, o menos, según quién haga la clasificación y qué criterios siga. Como concepto, “raza” es impreciso, vago, inestable, está sujeto a montones de restricciones y arbitrariedades históricas y culturales. Siendo justos, todas las categorías que empleamos están encorsetadas por la cultura y la historia, todas son arbitrarias, pero pocas de ellas están tan intrincadas en patrones biológicos de determinación y cargan un peso ideológico tan desastroso y problemático.

Piénsese en el esfuerzo por desnaturalizar conceptos como “sexo”, el trayecto que convirtió “sexo” en “género”, la insistencia en que “masculino” y “femenino” son construcciones tangenciales e históricas; es un camino que el término “raza” todavía no ha completado ni de lejos. No existen campañas para que “raza” se deje definitivamente de lado y se empleen conceptos como “población” o “cline”. Las razas siguen siendo oprimidas o invisibilizadas, se repite, pero la idea misma de raza no suele ponerse en discusión pública.

Entonces, vale señalar: las variaciones genéticas y las características físicas expresadas de la especie humana presentan gradientes de diferenciación, no unidades discretas; los criterios filogenéticos contemporáneos no compartimentan a la especie humana en subespecies o razas; las divisiones biológicas entre grupos humanos son circunstanciales y dependen de qué criterio se tome para trazar esa división (¿y si en lugar de separar entre blancos y negros se separa entre altos y bajos?); las unidades demográficas de las sociedades humanas son producto de reglas sociales y políticas, no están determinadas por fuerzas evolutivas naturales; los grupos demográficos cambian con el tiempo; que no existan las razas no quiere decir que no exista el racismo, en tanto estructura de opresión sistemática sobre personas o grupos de personas.

Etcétera.

Etcétera.

Etcétera.

Pocos temas como el perimido concepto de raza parecen haber sido tan invisibilizados de la discusión pública.