lunes 26 de octubre de 2009

La Lujanera tropezó

Imposible perderse. Sólo hay que seguir el rastro: toneladas de basura, humo de choripanes, borrachos tambaleantes, colores futboleros, pungas, lesionados, algunas cruces, consignas como “Cuidemos el planeta: No al aborto, sí a la vida”, mucha cumbia villera y mucho rock chabón. Todo entre dos hileras de vendedores gritones que en casi 70 kilómetros le ofrecerán al peregrino aquello que necesita para entrar en comunión con Dios: bastones, Curitas, Speed, gorritos de Boca, sándwiches de milanesa, rosarios de plástico, cerveza y bananas, para que sus cáscaras en las aceras eviten que los caminantes más rezagados se extravíen de la buena senda del Señor.

Lo popular no existe, pero que lo hay...

Desde hace 35 años, el primer fin de semana de octubre se lleva a cabo la Peregrinación Juvenil a pie a Luján, que une la Iglesia de San Cayetano del barrio de Liniers, en Buenos Aires, con la Basílica Nacional Nuestra Señora de Luján, en la ciudad homónima. Este año, según cifras oficiales, hubo un millón de feligreses.

Al otro día las crónicas suelen repetir el mismo sonsonete: que la primera peregrinación fue en octubre de 1975, con 30.000 personas bajo el lema “La juventud peregrina a Luján por la Patria”; que el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo apareció allí por primera vez, en 1977; que se trata de un acto de fe, y nunca falta el ejemplo metonímico que habla por cada andariego (Clarín, 8 de octubre de 2007, dice una caminante: “Impresiona la fe del pueblo argentino. El esfuerzo vale la pena y la fe nos lleva a llegar al final del camino”); que participan cientos de miles de personas: según la fuente, medio millón, un millón, más de un millón. En cualquier guía de turismo, en cualquier periódico o noticiero, no faltan referencias como “tradicional” o “popular”; también se habla de “fervor religioso” y de “fiesta de la fe”.

La “Peregrinación a Luján” es un paquete de sentido bien cerrado y perfectamente autoexplicativo que roza la mera tautología: caminar a Luján es un acto de fe y es por la fe que se camina a Luján.

“Los peregrinos” “caminan” “por fe”: un concepto atrás del otro.

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sábado 24 de octubre de 2009

Reserve su lechón y su libro de Dan Brown

En muchas librerías de Buenos Aires, al igual que sucedió o sucederá en muchas librerías de muchísimas otras ciudades alrededor del planeta, pueden verse letreros que anticipan la edición de la nueva novela del escritor Dan Brown. Algunos letreros están diseñados y armados mediante costosas impresiones en papel satinado, otros están escritos con fibrón sobre un trozo de cartón. Palabras más o menos, todos instan a reservar su ejemplar de El símbolo perdido y no quedarse con las manos vacías cuando el libro se agote a los cinco minutos de ponerse a la venta. Igual que en las fiestas navideñas, cuando las carnicerías advierten: “Reserve su lechón”.

Si no reserva con varias semanas de anticipación, acaso se quede sin novela de Dan Brown. Y sin lechón.

Sobre Dan Brown se escribió mucho, muchísimo (también sobre el lechón, pero dejémoslo de lado por el momento). En cierta manera se repitió un juego cansado y conocido, que es el de la sospecha: si vende tanto, algo malo habrá hecho. Y si vende tanto debe evaluarse según los parámetros del mercado y no de la literatura.

No leí las otras novelas de Brown, y probablemente no vaya a leerlas a corto plazo. Quizás la razón no sea tan noble como las que suelen enarbolar los abanderados de la buena literatura, pero es la razón más honesta que puedo ofrecer: esos libros han sido tan espoileados que cualquier giro en el relato ya resulta bien conocido. Esto lleva a una afirmación secundaria, aunque no por eso menos importante, que es el interés por la trama y no por sus virtudes literarias. Afirmar que uno está buscando una historia entretenida para leer en el viaje en colectivo o en tren, para perderse a gusto en la playa, en el avión o en el sillón favorito de casa, es una afirmación casi herética en ciertos ámbitos profesionales.

Para entretenimiento ―reprochan― están la tele y el circo; la literatura es cosa seria.


Sobre los best sellers se escribió todavía más que sobre Dan Brown y que sobre los lechones, aunque bueno sería recordar una de sus más interesantes peculiaridades: que un alto número (de ejemplares impresos, de ejemplares vendidos, de facturación, etc.) es capaz de convertirse en género literario. Basta husmear en las librerías, y en sus taxonomías siempre prestas a solidificarse, para comprobar que “best seller” es un género tan afianzado como “policial”, “ciencia ficción”, “terror” o “poesía latinoamericana”. Hablamos de “best seller” y sabemos de qué hablamos: existe un acuerdo metadiscursivo, determinada previsibilidad social, acerca del discurso en cuestión.

Aunque tengan interés o al menos curiosidad, muchos potenciales lectores se acercan a esos estantes con un dejo de vergüenza o culpa. El juicio de los contemporáneos (o al menos, el juicio de los contemporáneos que se ganan la vida haciendo juicios de este tipo) suele ser tajante: pulgar hacia abajo. Que la posteridad los juzgue, suelen concluir en el mejor de los casos. Que para eso existe la posteridad.

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miércoles 21 de octubre de 2009

¿Por qué los oyentes de música clásica son tan salvajes?

El viernes pasado, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó la Sinfonía Nº 1 de Edward Elgar. Es una pieza maravillosa, escrita entre 1907 y 1908, y una de las pocas sinfonías en La bemol mayor que todavía se siguen ejecutando con saludable frecuencia (podría agregarse la Sinfonía Nº 7 de Arnold Bax, estrenada en 1940, aunque ésta es menos frecuentada). Cuando se habla de obras en La bemol mayor resulta inevitable volver la vista hacia Franz Schubert o Frédéric Chopin, quien escribió veinticuatro de sus composiciones para piano en esta tonalidad que, dicen, transmite cierta sensación de paz, de serenidad. Escuchar la Nº 1 de Elgar en directo es una experiencia interesante, siempre y cuando se esté interesado en escucharla y no en hablar con la persona sentada en el asiento de junto.

En cierto modo ya había pasado el plato fuerte, o lo que podría considerarse el plato fuerte: el Concierto para violín, Op. 35, que Pyotr Ilyich Tchaikovsky compuso en 1878. Plato fuerte, porque Tchaikovsky siempre paga (la sala de la Facultad de Derecho estaba llena) y porque se trata de uno de los conciertos para violín más reconocidos y más difíciles de tocar. La solista fue Lucía Luque, violinista cordobesa de apenas veinte años y acreedora de montones de premios y reconocimientos. Técnicamente irreprochable, y aún así podría hacerse una sana objeción general a la elección: no es una obra para una chica de veinte años, por más técnica que ostente.

Tiene cierta rusticidad, cierta aspereza impostada que acaso pueda lograr mejor un hombre con cierta edad, con cierto cansancio y, de ser posible, con cierta velada homosexualidad (por ponerse en quisquillosos nomás). Tchaikovsky, que era homosexual y que se había casado con una dama para guardar las apariencias, compuso esa obra ―dicen― en el fondo de su infelicidad. Y buena parte de esa leve rusticidad ―dicen también― era una forma de alardear: ¿Ven qué machote soy? ¿Ven que no soy un marica? ¿Ven que me casé con una mujer y que compongo música levemente rústica?


Y antes de Tchaikovsky, había pasado la Obertura de "Los jueces francos", escrita en 1826 por Hector Berlioz. Se trata de una ópera inconclusa, abandonada a mitad de camino, o un poco antes, de la que sólo sobrevivió la Obertura (el propio Berlioz se encargó de quemar cualquier registro). Se la publicó en 1836, con el número 3 de Opus.

Entonces, pasados Berlioz y Tchaikovsky, hacia el final de Elgar, buena parte de los espectadores de la Facultad de Derecho cuchicheaban, se movían en sus asientos y miraban el reloj: ¿terminará pronto o deberemos pagar una hora más de estacionamiento?

Las personas tienen derecho a estar aburridas en un concierto, pero el aburrimiento no es excusa para el comportamiento inadecuado. Todo género musical genera su propio contexto de legitimación, es decir, toda música produce sus propias reglas de ejecución y escucha. A priori no existen mejores o peores formas de escuchar música; sólo existen formas pertinentes o no, sancionadas por la costumbre, las reglas sociales, los valores o las pautas de la industria cultural. Alguna música se escucha bebiendo cerveza y comiendo maníes; otra se escucha bailando y saltando; otra se escucha en medio de marejadas de personas que se apretujan, traspiran y pegan codazos cuando levantan los brazos para corear con mayor énfasis los estribillos de la canción. Y otra música se escucha sentado, en silencio, moviéndose lo menos posible para no distraer a los demás concurrentes.

De nuevo: no hay mejores o peores formas, sólo las hay apropiadas o inapropiadas. Es tan inapropiado ponerse a cantar desde la butaca junto al tenor del escenario, como es inapropiado exigirle al asistente del concierto de rock que se calle la boca así uno puede escuchar al músico y no a su audiencia.

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lunes 19 de octubre de 2009

Silvina Ocampo en una habitación china

Todos los descubrimientos científicos que se convierten en buenas historias que contar no omiten, jamás, un pequeño acto de violencia. La expresión “pequeño acto de violencia” acaso no sea la adecuada, aunque de ampliarse su sentido se notará que encaja perfectamente con lo que intenta expresarse: cierto abrupto movimiento de un cuerpo en el espacio, movimiento que, como un doblez en el relato, produce ese chasquido que convierte la confusión en iluminación, la torpeza en sabiduría.

Por ejemplo, el desplome de la manzana del árbol que conduce a Isaac Newton hasta la Ley de Gravitación Universal; o el resbalón del Dr. Emmett Brown, quien, al caer del inodoro mientras intenta colgar un reloj, se golpea la cabeza y tiene una imagen del condensador de flujos, el dispositivo que permite los viajes en el tiempo; o la rana electrocutada que sobresalta a Luigi Galvani y cuyo periplo acaba en Alessandro Volta y la invención de las pilas. En esos pequeños actos de violencia, en esos sucesos imprevistos y azarosos, la historia se reescribe.

El pequeño acto de violencia que precede a esta iluminación es un libro que cae de la biblioteca. Torpeza cotidiana: uno trata de sacar un volumen de un estante alto y, junto al tomo buscado, se abalanzan contra el suelo otros diez.

Entre los libros que caen al suelo se cuenta una antología póstuma de Silvina Ocampo, escritora argentina nacida en 1903 y fallecida en 1993. No recuerdo haberla leído, a la antología; ni siquiera recuerdo haberla hojeado. Tampoco se perciben subrayados ni señales que lo indiquen. Le echo un vistazo. Contiene dos grandes secciones: cuentos y poemas.

Impavidez.

Para decirlo rápidamente: la vida es breve. No tendremos jamás el tiempo para aprender todas las cosas que acaso podríamos haber aprendido si hubiésemos seguido un camino y no otro. Aunque la tendencia contemporánea sea soslayar esta falta de preparación y alardear de que uno tiene una opinión formada acerca de todo, diré que no me gusta la poesía, que no entiendo nada de poesía (qué es clásico, qué esta trillado, qué es novedoso, qué valores se ponen en juego a la hora de evaluar sus virtudes o defectos), y que quizás no me guste porque no entiendo, o que quizás no entiendo porque no quiero que me guste. Ni siquiera puedo disimular una formación mínima, algún seminario opcional en la universidad, un curso por correspondencia, nada.

Téngase en cuenta este dato, pues es la base de la revelación inmediata: completa ignorancia.

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viernes 16 de octubre de 2009

Día de la madre: amamantar hasta que las lolas sangren

Este domingo se celebra en Argentina el Día de la Madre. Eso quiere decir que hace semanas que uno apenas puede abrir el diario o encender la radio sin encontrarse con publicidades que rozan la extorsión: te parió, te amamantó, te mantuvo durante años o décadas, ¿y no le vas a regalar nada?

Las revistas domingueras son una interesante fuente de sugerencias de regalos para hacerle a tu madre, especialmente si tu madre es una modelo de 17 años, tiende a la anorexia y anda por la vida semidesnuda. O al menos eso puede concluir uno prestando atención a las publicidades de estas revistas. Años atrás se oían quejas porque las publicidades relacionaban a las madres con batidoras de huevo y máquinas de coser; hoy podrían oírse quejas porque las madres se convirtieron en otro pedazo de carne para vender lencería buscona y zapatos de taco aguja. Se pasó del estereotipo de la madre de mediana edad que sonríe en la cocina, al estereotipo de la madre que apenas alcanza la mayoría de edad y que posa en bragas en un ascensor o en un callejón humeante.

También las entrevistas y las evocaciones se han vuelto un tanto extrañas. O quizás siempre han sido extrañas, y uno está maldispuesto y pretende buscarle el pelo al huevo. Semanas atrás, la revista dominguera que acompaña al diario Perfil, Luz, se abocó a un temprano “Especial para mamá”. La entrevista central estaba dedicada a la modelo Nicole Neumann y su reciente incursión en la maternidad. Allí podía leerse un diálogo tan curioso como el siguiente:

―Intuyo que dificultades para darle la teta no tuviste...
―Un poco al comienzo que es cuando más me dolía (incluso me llegó a sangrar una lola), pero yo sabía que me la tenía que aguantar. “No me importa ―pensaba―, sufriré yo, pero mi hija tendrá la mejor leche de todas”. Después, los dolores pasaron y todo volvió a ser un placer total.


Que una madre exclame que sufrirá pero que su hija tendrá la mejor leche de todas es otro síntoma deíctico, otra marca de época acerca de qué significados se asignan a la maternidad, cómo se construye en el discurso público y cómo esas categorías se consumen como hechos naturales. O quizás sólo es otra tontería de Nicole Neumann, quién sabe.

Tal como cualquier escolar podría asegurar sin titubeos, los seres humanos se incluyen entre los mamíferos. Ahora bien, no existen pruebas científicas que certifiquen que aquello que nos define como especie sea el amamantamiento de las crías. El mismo naturalista que en el siglo XVIII definió el concepto moderno de “raza” (blancos, negros, amarillos y rojos), el sueco Carlos Linneo, también clasificó a los seres humanos como “mamíferos”, en la décima edición de Sistema de naturaleza, su libro de 1758. Y se trató, ante todo, de una intervención política.

Hasta ese momento, los naturalistas incluían al hombre en la categoría “cuadrúpedos” (también Linneo lo hacía). En esa época, en esa parte del mundo, se debatía la idea de que toda madre debía alimentar a sus hijos, tal como hacían los animales, y tal como los estratos altos de la sociedad no hacían: los hijos se enviaban a amamantar al campo, quedaban a cargo de nodrizas cuyas lolas sangraban para que las crías de los ricos tuvieran la mejor leche de todas. Sólo que algunos empezaron a señalar que no era la mejor de todas las leches; que, de hecho, era bastante mala.

La mortalidad entre recién nacidos se volvió tan grande que incluso los gobernantes comenzaron a preocuparse. Probablemente no tanto por los recién nacidos en sí, sino porque estos recién nacidos deberían incorporarse a la fuerza laboral en diez, quince o veinte años. Mayor mortalidad infantil significaba una merma en la fuerza de trabajo del futuro próximo. Algo había que hacerse; por ejemplo, culpar a las nodrizas.

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miércoles 14 de octubre de 2009

Apostillas raciales

Lo primero que se puede pensar es que si este indio aprendió a repetir la molesta expresión “invisibilizar”, término doloroso al oído, parido y divulgado en los desmañados ambientes universitarios, también podría haber aprendido que decir “raza” es un despropósito histórico y conceptual.

―La raza blanca invisibilizó a los pueblos nativos ―repetía el indio a unos turistas aburridos y deseosos de exotismo, el lunes pasado, en Buenos Aires, de cara al pequeño escenario que habían montado frente al Congreso para protestar por las celebraciones del 12 de octubre, por la discriminación, por la represión, por el capitalismo, por las corporaciones―. Se nos invisibilizó, como también se invisibilizó a otras razas, como la raza negra.

Las razas no existen, podría explicársele al indio invisibilizado, y esperar que no imposte el mismo gesto desdeñoso que ensayaba Marlon Brando, interpretando a George Lincoln Rockwell, un jerarca del Partido Nazi norteamericano, en la segunda parte del dramón televisivo Raíces, de 1979: “Eso es un invento de un antropólogo judío, Franz Boas”.

Tenía razón Brando, o Rockwell, al señalar la importancia del antropólogo Boas (nacido en Alemania en 1858, fallecido en 1942 en Nueva York), que fue tanto un relativista cultural como un particularista histórico, en el descrédito del concepto de “raza” (en el sentido de “raza humana”). Y acaso la aclaración resulte más que apropiada: decir que la raza no existe no pasa de ser una bravuconeada de corte futbolera, una parcialidad gritándole a la otra: “No existís, no existís, no existís”. El filósofo Maurice Blanchot señaló que escribir “estoy solo” es una contradicción, pues el hecho mismo de escribirlo supone un interlocutor. Esto mismo puede decirse sobre la existencia de las razas, que es lo mismo que se afirmaba sobre la existencia de la cocina nacional: que exista el concepto no quiere decir que exista un hecho empírico o material (por así llamarlo). O de otra manera: que exista una categoría social e histórica llamada “raza” no quiere decir que tenga algún sustento biológico.

Eso es lo que Boas señaló hace casi un siglo, y eso es lo que nadie parece haberle informado al indio parado frente al Congreso.

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lunes 12 de octubre de 2009

Día de la raza, o: Día de la burocracia

La historia es más o menos así: cuando Cristóbal Colón zarpó no sabía hacia dónde iba, cuando desembarcó no sabía en dónde estaba y cuando regresó no sabía en dónde había estado. Explorador visionario, ambicioso navegante, pero a fin de cuentas más despistado que perro en cancha de bochas. Cristóbal Colón fue, ante todo, el primer burócrata europeo que pisó América. Luego vinieron otros y se sumaron a los que ya estaban de antes. Más que un choque de culturas, razas o civilizaciones, 1492 significó un choque de burocracias. Una peor que la otra.

El mayor desafío de Colón fue asegurarse, antes de zarpar, los cargos administrativos soñados. Partió con la promesa de que sería nombrado virrey hereditario y gobernador de cualquier nueva tierra que encontrara. No fue lo que sucedió. Cuando regresó a España, en 1493, nadie tenía en claro si había alcanzado el Oriente o qué. Lo llamaron ridículo, embustero.

Nuevas tierras y nuevos hombres suponían nuevas preguntas: ¿Quién administrará las tierras? ¿Quién decidirá el status de los recién descubiertos? ¿Quién salvará sus almas? ¿Quién recolectará los impuestos para que todo esto se realice? ¿Quién llevará la cuenta?

Las recompensas prometidas jamás llegaron y Colón murió vilipendiado, convencido de que era un profeta elegido por Dios para una misión divina. Pero el daño ya estaba hecho. El aparato estatal se había puesto en marcha y no habría forma de detenerlo.

La América española continental se colonizó entre 1519 y 1540. Para los colonizadores europeos, en desventaja numérica, fue relativamente sencillo: sólo se aprovecharon del resentimiento de los pueblos locales contra los dos grandes imperios colonizadores americanos, el inca y el azteca. Incas y aztecas, como buenos imperialistas, necesitaban de la burocracia para administrar las tierras que conquistaban con violencia. Para facilitar la aventura conquistadora habían incorporado y unificado las burocracias de los pueblos conquistados. Los españoles hicieron otro tanto con ellos: la burocratización era de cuarto o quinto grado. Lo que marcó la diferencia durante la colonización española del suelo americano no fueron caballos, pólvora o acero, sino una forma de organización administrativa irguiéndose sobre otra. Una burocracia asimiló a otra burocracia y el resultado fue mayor burocracia.

Y aquí estamos, ahora, en plena pesadilla.


Si prestan atención a su almanaque, verán que el 12 de octubre está impreso en rojo y lleva una curiosa leyenda: “Día de la Raza”.

¿Qué es, exactamente, este “Día de la Raza”? ¿Qué se conmemora? ¿Para qué sirve? El 21 de septiembre, Día de la primavera, aumentan las ventas de flores; el 20 de julio, Día del amigo, se incrementan las ventas de baratijas y chucherías. ¿Pero qué regalaría usted en el Día de la Raza? ¿Un trozo de piel? ¿Una secuencia de ADN? ¿Un retículo endoplasmático? La celebración fue decretada durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, el 4 de octubre de 1917, como parte de la “política de gestos” entre España y Argentina en el marco de la Primera Guerra Mundial; el gesto le valió a Yrigoyen un monumento en España (otro gesto). ¿Pero, de nuevo, qué se conmemora?

“Buscamos que sea la celebración del encuentro y de la diversidad cultural, respetando y revalorizando la cultura originaria y la de la inmigración. Lejos de la leyenda rosa y de la leyenda negra de la conquista, apuntando a la integración”, señaló en 2004 el entonces Ministro de educación Daniel Filmus (luego candidato a alcalde porteño, hoy senador nacional). Es un embrollo de palabras tremendo (encuentro y diversidad cultural, respeto, revalorización, integración, conquista, cultura originaria, cultura de la inmigración, leyenda rosa, leyenda negra), evidencia de que las buenas intenciones no bastan.

Las razas, como categoría biológica, no existen. Cualquier escolar con tres lecciones de ciencias naturales sabe que no hay suficientes diferencias para hablar de diferentes razas. La raza, como concepto científico, está perimida. Es un concepto impreciso, cargado de un sentido del que apenas es posible desprenderse. En cuanto categoría “natural”, la “raza” es ante todo una categoría “cultural”. No se trata de un fenómeno natural cuya existencia resulta independiente de todo acto de conocimiento, sino una explicación de un proceso objetivo que ni siquiera ha sido definido como proceso objetivo. Las nubes, los árboles y la presión sanguínea existen más allá de lo que los hombres digan al respecto, más allá de qué explicaciones o procesos cognitivos intervengan en su representación social; no sucede así con las razas.

Las razas sólo existen porque alguien ha dicho que existen las razas.

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sábado 10 de octubre de 2009

El invento de la cocina nacional

Cada dos por tres alguna voz más o menos autorizada se pregunta si existe la "cocina criolla", que es una forma pintoresca y folclórica de llamar a la "cocina nacional" o a la "cocina argentina". La respuesta es que sí, existe, aunque hay que ser precavido con las pruebas ontológicas. Conformarse con la existencia del concepto para demostrar la realidad del hecho empírico significaría que, al cruzar la calle, acaso uno pueda ser atropellado por un minotauro.

Hay que recordar que una nación es un invento, aunque este término suene brusco, tal como el historiador Benedict Anderson le hizo notar a su colega Ernst Gellner. Es mejor usar palabras como "imaginación" y "creación", sostuvo Anderson, aunque ambos coincidieron en que hoy resulta imposible figurarse a una persona sin nación. "Un hombre debe tener una nacionalidad como tiene una nariz y dos orejas", escribió Gellner. "En el mundo moderno, todos tienen y deben 'tener' una nacionalidad, así como tienen un sexo", acordó Anderson.

La mejor definición de nación (esto es, una forma de organización de las relaciones sociales cuya cristalización puede rastrearse hacia fines del siglo XVIII, y cuya emergencia guarda relación con la Revolución Industrial y la Revolución Francesa) está en La chica que amaba a Tom Gordon, la novela de Stephen King. Allí, Trisha, la niña de nueve años que se perderá en un bosque, le pregunta a su padre si cree en Dios. El hombre le responde que cree en el Subaudible. "¿El sub qué?". "¿Te acuerdas cuando vivíamos en Fore Street?", quiere saber el padre. "Aquella casa tenía calefacción eléctrica. ¿Te acuerdas de que los radiadores zumbaban, incluso cuando no funcionaba la calefacción?". La niña niega. No, no lo recordaba. "Porque te acostumbraste. Pero créeme, Trish, el sonido siempre estaba presente. Hay ruidos hasta en las casas que no tienen radiadores. La nevera se dispara y apaga. Las cañerías chasquean. Las tablas del suelo crujen. Pasa tráfico por delante. Todo el rato oímos cosas, pero casi nunca las escuchamos. Se convierten en...". En el Subaudible, claro.

La nación es como el Subaudible: está allí, siempre, siempre, aunque las marcas de construcción no salten a la vista, aunque uno se acostumbre a las cañerías que chasquean y los suelos que crujen. Y está tan bien hecha, que no se percibe el contraste entre su novedad objetiva y su ancianidad subjetiva, entre aquello que es contingencia y acaba convertido en destino.

Ahora mismo, en alguna parte del mundo, algún argentino está sollozando porque extraña el dulce de leche. Más que preguntarse si existe la comida nacional, hay que interrogarse acerca de cómo se logran o lograron los consensos que permiten identificarla. ¿O acaso no hay un acuerdo respecto a que algunos platillos son "más nacionales" que otros? ¿Que el mate es "más argentino" que la Pepsi Cola? ¿O que el churrasco es "más argentino" que el Whopper? Es la naturaleza de ese consenso lo que debe examinarse. En caso contrario, cuidado con los minotauros al cruzar la calle.


Elogio de la sincronía

Las prácticas que llamamos "nacionales" sólo resultan eficaces si se transforman en vivencia diaria. Eso significa la naturalización de determinadas experiencias cotidianas, mediante modos de comportamiento "propios" sostenidos en un pasado selectivo, una concepción de la temporalidad homogénea y sincrónica (la idea de "mientras tanto" es contemporánea e indisoluble de la idea de nación). El proceso de conversión de la "cultura nacional" (en tanto ideología de Estado) en "identidad nacional" (en tanto práctica mundana) implica una suma de esfuerzos que abarcan cada aspecto de la vida cotidiana; eso incluye lo que se come y se deja de comer. Cuando en los albores de la nación, y de la gastronomía, allá por 1825, J. A. Brillat-Savarin escribía que "de la manera en que las naciones se alimentan depende su destino", no estaba sacando una conclusión: lanzaba una profecía.

"Ocurre que ignoramos los usos de la comida, y nuestra ignorancia resulta altamente peligrosa", escribió la antropóloga Mary Douglas en la década de 1970. "Nos conviene más adoptar el punto de vista del veterinario, que considera la comida como mero alimento animal, o pensar en ella como una necesidad fisiológica, que reconocer su tremenda fuerza simbólica".

Se empieza así: evadiendo el revisionismo y los inventarios. Uno de los rudimentos iniciales que aprende un arqueólogo es la importancia de la cronología. La máxima sería: primero ponga fechas estimativas –a veces variables en millones de años– y luego descubra el sentido de los restos arqueológicos esparcidos en los yacimientos. No es el mejor método tratándose de cocina autóctona. La pregunta tramposa sería: ¿cuándo debe comenzar a medirse esta "autoctonía"? ¿Desde la época del virrey Pedro de Cevallos? ¿Desde el apogeo de las costumbres puelches o diaguitas? ¿O desde que se asentaron los descendientes de los hombres que cruzaron el Estrecho de Bering, hace veinte o treinta mil años?

Uno de los indicios más antiguos de existencia de presencia humana en estos parajes fue encontrado en las orillas del Canal de Beagle. El sitio arqueológico fue bautizado Túnel 1, y allí, hace unos siete mil años, unas personas encendieron fuego, comieron parte de un lobo marino, tallaron algunos instrumentos y se marcharon con rumbo desconocido. ¿Podría hablarse entonces de "cocina autóctona" y mencionar lobos marinos, guanacos y mejillones como los ingredientes principales? ¿Podría hablarse de platos propios a base de animales extintos, como el Mylodón o el Hyppidión? "Más antiguo" no significa "más autóctono", y la "cocina criolla" ostenta orígenes mucho más próximos... y selectivos.

La tradición no es un segmento histórico inerte, como explicó el sociólogo Raymond Williams con el fantasma de Antonio Gramsci zumbando en los alrededores, pues la tradición es siempre una tradición determinada: "Una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social".

Otro problema surge al intentar una suerte de "etimología de los platos" para desnudar así que la cocina argentina es "heredada". Más anécdotas y menos certidumbre: la milanesa viene de Italia, aunque antes pasó por Francia y España; el puchero desciende de la olla podrida peruana; el dulce de leche ha existido en diversas latitudes bajo diferentes denominaciones (por ejemplo, "manjar blanco"); la carbonada tiene origen chileno, o quizás belga o español; la costumbre de rellenar carnes, como en el caso del matambre, es una práctica de larga data; con diferentes formas y nombres, las empanadas se cocinan desde hace siglos en todo el mundo. Gran parte de los platos considerados "patrios" se conocían en el Medioevo europeo; es el caso del cochinillo relleno de naranjas, huevos hilados, aceitunas aliñadas, almendrado de las monjas o cebollas en escabeche.

Pero si los orígenes de la gastronomía de cualquier nación son simbólicos antes que históricos (en el sentido de Mary Douglas), no tiene sentido buscar una suerte de piedra fundacional culinaria empírica o material: oh, caray, encontramos los restos fosilizados del primer asado criollo. Lo que importa es el aspecto sincrónico, no diacrónico: el suceso en tanto sistema que ocurre aquí y ahora. La pizza y las pastas constituyen un bastón de apoyo de la gastronomía italiana; sin embargo, provienen del Oriente. Mecanismos de apropiación e identificación: algunos significados y prácticas son acentuados, otros son atenuados o rechazados. Por más restos de documentos o artefactos –y sus respectivos trayectos– que se revisen, allí no habrá ninguna solución al misterio. De hecho, así planteado, ni siquiera hay misterio.

Cuenta la leyenda que Gramajo, quizás un playboy argentino de la década de 1930 o quizás un coronel de las tropas de Julio Argentino Roca, "inventó" el revuelto que lleva su nombre en un momento de hambre, escasez y picardía, quizás en un hotel parisino mientras se preparaba para salir de juerga o quizás en una tienda de campaña mientras se preparaba para la embestida al próximo asentamiento indio. La historia es interesante porque –como aseguró el periodista Derek Foster en su libro El gaucho gourmet– el revuelto Gramajo es uno de los dos únicos candidatos a "genuinas creaciones propias" (el otro candidato es el panqueque de manzana). Todo lo demás es heredado.

Calificar de "heredada" a una cocina posee un mérito: presenta a la cultura como proceso, un juego de interacciones, préstamos y negociaciones. Suele repetirse que la cocina argentina tiene trazos de su par española, italiana y francesa, y también sudamericana, en especial peruana; que en el noroeste del país se conservó mejor la tradición española; en el nordeste se siente la influencia brasileña; en el sur, las presencias chilena, alemana y galesa; en la zona central prevalece la "comida criolla" propiamente dicha: mucha carne, pocas verduras.

Ahora bien, ¿esto es así empíricamente? Bueno, no. Basta con observar qué se come y se descubrirá la molesta costumbre de los comensales de querer escaparse de las categorías alimenticias en las cuales pretende confinárselos. Cuando se habla de herencia, es necesario prestar atención, más bien, al elemento ponderado o rechazado en la construcción de la identidad gastronómica nacional. Por ejemplo, ningún plato prehispánico sobrevivió hasta la actualidad. En ningún país sudamericano (con excepción de Uruguay) la idea de que "lo regional" resultaba execrable tuvo tanto éxito. Hacia mediados del siglo XIX, los estratos influyentes de la sociedad local se volcaron hacia la cocina inglesa y, en especial, la francesa.

La cocina criolla, pampeana, conservaba aún muchos elementos de la tradición española de los siglos XV y XVI. Más que variar los platillos según las clases sociales, variaba la calidad de los ingredientes: pan de trigo contra pan de centeno; carne de vaca, ternero y pollo contra tocino; vino contra agua. Las oleadas inmigratorias alentadas por el célebre eslogan de 1852 de Juan Bautista Alberdi ("Gobernar es poblar") aumentaron no sólo los platillos que se servían, sino también los que explícitamente no se servían como signo de diferenciación. El caso del ajo es ejemplar.

En el momento de hablar de herencias, o de ajos (ingrediente pobretón si los hay), suele emerger el conventillo como cronotopo de mixtura cultural porteña (argentina, la metonimia funciona). Que en 1880 Buenos Aires contara con 1770 conventillos, y que siete años después, en 1887, su número ascendiera a 2835 es sólo una anécdota de libro de texto. El cronotopo "conventillo" se vale de otros indicadores para fundar su eficacia enunciativa: la convivencia forzada de italianos, españoles, rusos, polacos, ucranianos, turcos, sirio-libaneses, alemanes, judíos; el patio como espacio de conflicto y fusión, de sainete y tango; los servicios comunes (baños, lavadero, cocina); la emergente jerga en tono de cocoliche y lunfardo; la ebullición política: disidentes, anarquistas, masones, socialistas, republicanos, sindicalistas. Establecido el escenario, nada cuesta repartir bolos entre los actores: nada cuesta ponerlos a cocinar en el cronotopo y ver qué sale con semejantes ingredientes.

En principio, rechazo. Los criollos pobres rechazaban la comida extranjera simplemente por foránea; los criollos de mejor posición la rechazaban por su aura de pobreza ("comer italiano" era sinónimo de "comer pobre"). Luego, negociación y sincretización. Se ha definido a la cocina porteña como una versión de la cocina italiana más algunos platos españoles y otros franceses, cocinada y servida al estilo español. Se acepta que algunos platos-de-todos-los-días adquirieron su contorno contemporáneo en las interacciones del conventillo. Por nombrar: ravioles, pascualina, albóndigas, estofado, chupín, pan dulce, pastafrola, fugasa, pesto, fainá, salsa de tomate con cebolla, tomates rellenos (de Italia o de los genoveses de mediados del siglo XIX); empanadas, carbonada, chorizos, dulces, guisos de todo tipo (de España); omelettes, mousse de chocolate, lomo a la pimienta con papas a la crema (de Francia). Son platos que podrían agregarse en un menú nacional, que señalan el uso selectivo de la tradición. Basta pensar en el derrotero que han seguido preparaciones como la chalona, la chicha, la chancaca, la tunta, el chuño, la sajta, el charquisillo, el folto nguillú, el kuletún nguillú y tantos otros platillos ignorados u olvidados, o por qué la rica tradición negra de Buenos Aires ni siquiera se menciona y, de hacerlo, no se señala su origen negro, como el mondongo.

Las instituciones encargadas de la socialización juegan un papel central en la regulación de los estómagos. Piénsese, por ejemplo, en los actos escolares, donde las negras mazamorreras pintadas con corchos quemados venden empanaditas calientes que queman los dientes; de esta forma se establece un mito de origen en la época revolucionaria y se borra de un plumazo toda la historia prehispánica. O piénsese en la euforia de los grandes eventos deportivos (los mundiales de fútbol), cuando las principales marcas del rubro alimenticio (McDonald's, Coca Cola, Cerveza Quilmes) se anuncian como auspiciantes oficiales y establecen lacrimógenas relaciones entre sabores, pasiones y banderas: la "argentinidad futbolera" como identidad colectiva e individual. Preparar un asado, beber una Quilmes, alentar a la selección.

Entonces, la cocina argentina, ese "artefacto histórico bien fundado" (diría Pierre Bourdieu parafraseando a Emile Durkheim), existe porque lo que existe es el principio mismo de demarcación: esto sí y esto no. Una convención, un modo de organización social cuyas costuras se ponen del revés y desaparecen, un lenguaje compartido y reconocible por todos los participantes de la conversación. Existe porque hay un acuerdo previo y externo consumido como "hecho natural" sobre lo que es nacional y sobre lo que no lo es. Que un chorizo entre dos trozos de pan sea "patrio y noble" y que un medallón de carne picada entre dos trozos de pan sea "global y amenazante" es una afirmación experimentada como cotidiana. Por eso, cuando llega el momento de preguntarse sobre la cocina criolla y concluir su aspecto heredado, el punto de partida suele ser la nacionalidad como suceso necesario, como destino: tengo una nariz, dos orejas y una nación.

Acaso en cincuenta años, tal como sucedió con el criollismo y las costumbres gauchescas, se reivindique la "hamburguesa argentina" de Burger King o el "menú porteño" de McDonald's como las más acabadas muestras de gastronomía nacional. Pues la cocina criolla se trata, a fin de cuentas, de un invento que se reinventa día a día.

Ignorarlo –diría Douglas– puede resultar altamente peligroso.


(+) Marcelo Pisarro, “El invento de la cocina nacional”, Revista Ñ, Diario Clarín, sábado 10 de octubre de 2009.

Moralejas

El escritor uruguayo Mario Levrero señalaba, décadas atrás, que casi todos los libros que intentan una educación de la conducta suelen incluir dos personajes que se repiten con diferentes máscaras y ropajes: el sabio y el tonto.

El sabio es previsor, prudente, humilde; el tonto es todo lo opuesto: jactancioso, descuidado, imprudente. El truco literario reside en presentarlos en pareja. Son indisociables, siempre vienen juntos y cada cual realza los atributos del otro: el sabio es sereno y risueño, tiene frente despejada, mirada profunda y bondadosa; el tonto tiene ojos desconfiados y saltones, rasgos toscos, sonrisa burlona y sobradora.

Levrero, por supuesto, se identificaba con el sabio, al igual que en las películas todos nos identificamos con los buenos. Se asiente con aprobación las acciones del sabio, mientras se espera la entrada del tonto: todo le sale mal, aguarda a que empiece a llover para arreglar el techo y se preocupa por conseguir un paracaídas una vez que ya ha saltado del avión.

“Sin embargo ─reconoció Levrero─, hace un tiempo comencé a despertar a la cruda realidad y finalmente pude llegar en estos días a una clara formulación desagradable: cuando los libros que tratan de la sabiduría hablan del necio, hablan, sin lugar a dudas, de mí. No soy previsor, ni prudente, ni humilde. Compro shorts en verano y pulóveres en invierno. Cuando abro la boca es para decir algo fuera de lugar e incomodar a la gente. Y me identifico con el sabio, en una clara ausencia de humildad. Fue duro reconocerlo, pero es así. Ahora, al leer esos textos, cuando aparece el necio tiene facciones más regulares y su aire ya no es burlón, sino desconcertado. ‘Pobre tipo’, pienso”.

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martes 6 de octubre de 2009

Antropología para todos

Anuncian desde la American Anthropological Association (AAA) y la editorial Wiley-Blackwell que en noviembre y diciembre podrá accederse gratis al contendido de la última década de Anthrosource (archivo con un siglo de textos, publicaciones y recursos varios). Por lo pronto, se habilitaron los 25 artículos más descargados de 2009. Encabeza la lista un texto de 2002, escrito por Lila Abu-Lughod y titulado “¿Las mujeres musulmanas realmente necesitan ser salvadas?”.

A fines de soliviantar el ego, vale señalar que en el puesto número 11 (todo es ranking en la industria cultural) se encuentra “The end(s) of ethnography”, texto publicado en Cultural Anthropology en 2008 que recoge el bruto de una entrevista realizada para la Revista Ñ del Diario Clarín a comienzos de 2006.

Aquí está el top 25 y aquí el parloteo con Marcus.

viernes 2 de octubre de 2009

Esto se pone cada vez más extraño

El tipo se desprende de su remera. Hay algo heroico en sus movimientos. Saca pecho, con el torso desnudo. Mira hacia el sol y abre los brazos. La posición de su cuerpo está dramatizando un gran sacrificio. Para que no queden dudas, exclama en un enclenque castellano:

―¡Aliméntense, insectos!

No sé si los insectos le hacen caso, pues, hasta donde entiendo, en base a las picaduras que tengo en los brazos, los insectos no necesitan invitaciones ni gestos dramáticos. Sólo pican y ya.

El lugar está en medio de la carretera Hiram Bingham, entre el poblado de Aguas Calientes y las ruinas del llaqta de Machu Picchu, en la Cordillera Central de los Andes peruanos. Se avanza por esa ruta que sólo pueden transitar los ómnibus oficiales y en un momento, tras varios kilómetros de caminata, se sube por unas escaleras de piedra que se apartan del sendero. Allí hay un claro. Y en el claro está el tipo que acaba de ofrecer su cuerpo a los insectos, y también está otra decena de "occidentales" a punto de iniciarse en los misterios de la ayahuasca, brebaje asociado con árboles, plantas, chamanes y tribus amazónicas, figurita de moda, hoy, entre los elixires curativos sudamericanos.

“Ayahuasca”, en quechua, significa “la soga del muerto” o “la soga de los espíritus”. El nombre no inspira mucha confianza si uno creció viendo películas de monstruos, fantasmas y asesinos con machetes en medio de la nada. Pero bueno, aquí estamos.

Aquí estamos, nosotros, los occidentales.

Digo “occidentales” y no veo otra forma de expresarlo. Está nuestra líder espiritual, que es una chica holandesa, redonda como un mate y vestida con esa ropa multicolor que los europeos esnobs insisten en ponerse nomás pisan los Andes para dar cuenta de su recién ganada autenticidad. Está el belga, que pronto dará un discurso motivador de tres horas acerca del balance, el cosmos, las vibraciones y la armonía espiritual (la mejor parte será cuando diga que el dinero también vibra). Está la neoyorquina, que es idéntica a Roxana Arquette y cuya sonrisita delata que no acaba de tomarse en serio nada de todo esto. Está el australiano, que parece haberse escapado de un manual de clichés surfers. Están las dos españolas, que se hicieron dreadlocks en la misma peluquería cusqueña y se contagiaron piojos o pulgas o algo. Está el checo, que es igualito a Spud, el yonqui de Trainspotting, y que no para de tartamudear. Está la sueca, que está buenísima, excepto cuando habla de las energías universales. Y estoy yo, que interpreto el papel de Jueves, el agente de Scotland Yard que se infiltra en una organización anarquista, según la novela de G. K. Chesterton publicada en 1906. Sólo que estos tipos no son anarquistas; son sensibles, holistas, espirituales y radiantes. Son Ned Flanders, el vecino de Homero Simpson. Son impunemente felices.

Tienen pensamientos positivos, están en armonía con el universo y sienten buenas vibraciones de la naturaleza. Sonríen, se ven dichosos. Todo es paz, todo es amor, todo está conectado. Y es indignante que estén tan felices, tan despreocupadamente felices. La gente normal no puede ser tan feliz. La gente normal sufre, tiene vidas patéticas y miserables. La gente normal se siente desgraciada y superflua, no se quita la remera para que los bichos le chupen la sangre. La gente normal no está satisfecha: ni con la vida, ni con el universo, ni con el cosmos.

Y tarde o temprano se van a dar cuenta: van a descubrir que hay un Jueves, alguien que no está feliz, que no está en armonía con el universo, que las únicas vibraciones que siente vienen del celular que lleva en el bolsillo. De pronto la situación remeda a una película de Martin Scorsese. Hay una rata en las alcantarillas de la felicidad: Harvey Pekar en la aldea de los pitufos.

Los bichos pican en los brazos y no puedo pegarles manotazos. Los soplo con delicadeza, y aún eso hace que la holandesa, la chica-mate, me mire con brusquedad. Mientras el belga cuenta que en su casa tiene muchos animales, y que todas las mañanas les enseña que deben convivir en armonía, sin pelearse ni comerse unos a otros, comienzo a pensar en qué hago acá.

Todo empieza en Buenos Aires, la ciudad donde vivo, hace cuatro semanas. Involucra una tortuga, un conejo y una pared invisible.

Es una buena historia.

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