
Si se traza una línea en el piso, si de un lado se coloca a un fanático armado de eslóganes, y del lado opuesto se ubica a otro fanático armado de otros eslóganes, todo lo que saldrá de ello es la cacofonía de dos gramófonos incapaces de oírse entre sí. De eso se trata esta discusión pública: fundamentalistas gritándose unos a otros, imposibilitados de encontrar una síntesis, una respuesta, un principio de conversación mediante un lenguaje en común.
El aborto (la interrupción voluntaria de un embarazo) es un asunto complejo porque atraviesa una suma de niveles, entrelazados y dispersos, que involucran a las creencias religiosas, las leyes, las costumbres, la salud, el pensamiento de época y las nociones aceptadas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y por sobre todo, convicciones arraigadas ―producto de enredados procesos de socialización― acerca de la vida y la muerte (qué es la vida, cuándo comienza y cuándo termina, qué hace humano a un ser humano, qué es un individuo y cuáles son sus derechos intrínsecos). A pesar de su complejidad, los principales actores sociales del debate tienden a reducir su participación pública a gritos y amenazas, a actos de coerción e intimidación, a muletillas atropelladas y volcánicas. Sólo una cosa parecen compartir quienes militan públicamente a favor o en contra del aborto, quienes asumen posiciones tajantes y cerradas al respecto: su absoluto desprecio por la vida humana. Sólo sus razones son válidas, y todos los demás deben someterse a estas razones.
Stalin lo entendería.
Es una cuestión de nihilismo, tal como lo definía el crítico Greil Marcus hace unas décadas, y el nihilista (sea el fanático católico o la fanática feminista, sea quien pega un afiche en la parroquia con un gran NO o quien pintarrajea un grafiti callejero con un gran SÍ) es siempre un solipsista: nadie existe excepto el actor, y sólo los motivos del actor son reales. “Cuando el nihilista aprieta el gatillo, abre la llave de gas, prende fuego, se inyecta en la vena, el mundo acaba. La negación es siempre política: asume la existencia de otras personas, les da el ser”.
Transformado en discurso público, el nihilismo se convierte en un absoluto: sí, no.
Nada más.
¿Y cómo se convierte un tema incierto en un absoluto, en un rotundo sí o no? En la teología católica no existe ninguna gran certeza acerca del origen del alma de los embriones humanos (y estudiar el tema supone aceptar el mentado principio de diversidad cultural: que hay personas que creen que existe algo llamado “alma” y cuya creencia, en aras de los valores que ―como sociedad― hemos llegado a dar por válidos o deseables, debería ser respetada y tenida en cuenta). Umberto Eco lo reseñaba muy bien hace unos años.
En Orígenes se consideraba que Dios creó las almas humanas desde el principio, pero pronto el Génesis lo refutaba sosteniendo que Dios creó el cuerpo del hombre a partir de tierra y recién entonces le influyó el alma. Esta idea traía problemas respecto a la transmisión del pecado original. Tertuliano sostuvo que éste se transmitía a través del semen, pero pronto se tildó de herética la afirmación, pues entrañaba un origen material del alma. San Agustín siempre se mostró confuso sobre el tema y Santo Tomás de Aquino ensayó una salida elegante. El semen transmite el pecado original como una suerte de contagio natural, dijo, pero no tiene nada que ver con la transmisión del alma racional, que no depende del cuerpo o de la materia.
Tal como lo veía Santo Tomás, lo que convierte a una persona en persona es el alma racional, y este alma racional absorbe el alma vegetativa de los vegetales y el alma sensitiva de los animales. Es una perspectiva biológica: Dios introduce el alma racional en el feto una vez que éste ha incorporado el alma vegetativa y el alma sensitiva, una vez que el cuerpo ya está formado.
La doctrina tradicional asume muchos reparos a la hora de señalar cuándo el alma racional es influida en el cuerpo. Se mueve con cautela, omite los juicios tajantes. Pietro Caramello comentaba en la edición leonina de las obras de Santo Tomás que aunque la doctrina tomista sostiene que el alma es introducida en el óvulo fecundado “cuando ya está dotado de una organización suficiente”, también señalaba que “según algunos autores recientes” ya “existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado”. Eco insistía en la cautela de la anotación: “Se trata de una apostilla muy prudente, porque cuando habla de un principio de vida orgánica puede referirse también a las almas vegetativa y sensitiva”.
Pero también se lee en el Suplemento de Suma teológica, el influyente tratado de Santo Tomás escrito en los últimos años de su vida (en el siglo XIII), que en el Juicio Final los embriones no participarán de la resurrección de la carne, pues, en ellos, todavía no ha sido influida el alma racional y por ende no son seres humanos.
Y esto es interesante. Acaso la Iglesia Católica pudo haber cambiado su postura, lo cual es válido, pero la afirmación no pertenece a cualquier observador sino a uno de los más importantes autores de su doctrina. Santo Tomás, ni más ni menos.
La doctrina católica, pues, no es rotunda respecto al alma de los embriones. En sus textos canónicos no se encuentran afirmaciones nítidas como “El aborto es el crimen más abominable del mundo”. Ese letrero (el de la fotografía, tomada hace unos días en una Iglesia de La Paz, Bolivia) es otro acto de cuño protestante en el seno de la práctica católica: el fundamentalismo cristiano nace en el ambiente protestante y tiene la pretensión de asumir una interpretación literal, y libre, de las Santas Escrituras. No puede existir una interpretación libre católica, una interpretación de cada creyente, pues, por definición, la interpretación católica se realiza a través de la institución eclesiástica: a través de textos como el de Santo Tomás, donde se explica que los fetos no resucitarán pues no poseen alma racional, ergo, no son seres humanos.
El cartel pegado en la parroquia paceña, aún salteándose una buena parte de la tradición canónica del culto, está asumiendo la existencia de otras personas: les está dando el ser, aunque más no sea un ser “político”, una posición en el espacio social. Se lo observa con claridad cuando, cruzando la línea trazada en el suelo, reducidísimos grupos de activistas (pongamos por caso el “Colectivo de feministas y lesbianas” o “Lesbianas y Feministas por la Despenalización del Aborto”) asumen la voz de construcciones tan improbables como “las mujeres”. Y eso, como bien señaló el historiador Robert Johnson a propósito de la Cuarta Conferencia de la Mujer (Pekín, 1995), es paternalismo condescendiente del peor.
“Lo que más me preocupa ―escribió Johnson―, porque es menos obvio, es el supuesto totalitario en que se sustenta la conferencia misma. ¿Por qué es necesario o deseable celebrar una conferencia sobre las mujeres? Ni siquiera soñaríamos con celebrar una conferencia sobre los hombres. Nadie tendría el descaro de proclamar que habla en nombre de todos los hombres del mundo y decir que representa fielmente sus intereses. ¿Por qué un grupo de ‘delegadas’ ―¿delegadas por quién?― sostiene que habla en nombre de todas las mujeres del mundo? Ninguna de las que asiste a Pekín representa los intereses de las mujeres, pues no tienen la menor idea de cuáles son esos intereses”.
Johnson cuestionaba un implícito: que todas las mujeres, que representan el 52% de la población mundial, piensan de la misma manera respecto a una diversa gama de cuestiones. No sólo no existen pruebas empíricas de ello, sino que existen montones de pruebas empíricas de lo contrario.
“En cuanto al aborto, el tema más importante, las mujeres sostienen una amplia gama de opiniones, constituyendo la mayoría de los militantes de ambos bandos pero expresando todas las dudas y matices intermedios que se puedan imaginar. No existe una Opinión de la Mujer sobre nada, y mucho menos sobre aquellos temas donde las feministas alegan hablar en nombre de todo su sexo”.
Lo que estos eslóganes adolescentes, convertidos en argumentos ciegos y púberes (como “es mi cuerpo” o “decido yo”), soslayan, es justamente esa misma incertidumbre que se percibe en los textos canónicos católicos: que las personas tienen dudas, que no se embanderan tras gritos unidimensionales, que quienes salen a pintar grafitis ofensivos en los templos o que quienes salen a amedrentar a los profesionales de la salud que practican abortos son una minoría cuyo discurso solipsista no representa más que a sus propios intereses.
Gritar a favor, o gritar en contra, no es más que una conversación entre gramófonos.
(*) Por lo demás, y por lo que valga como observación, ninguna persona sensata puede estar “a favor” del aborto. Se está “a favor” de políticas de educación sexual más efectivas, más inclusivas, más acordes con realidades dispares y encontradas, que eviten los embarazos no deseados. El objetivo no es que haya más y mejores abortos (gangosea la solipsista de retórica adolescente: mi cuerpo es mío, hago lo que quiero), sino que haya menos embarazos no deseados y que las personas tengan una vida sexual más sana.
Y llegado el caso de una preñez no deseada, que el Estado garantice un acceso igualitario, legal y gratuito a la interrupción de dicho embarazo. Pero no puede ser éste el objetivo buscado, sino la consecuencia de una meta malograda: fallas en la educación sexual. Y, en fin, fallas en la educación en general.
Esto no significa colocarse “a favor” del aborto; significa, más bien, un toque de sensatez en una disputa que por ahora van ganando los megáfonos, el fundamentalismo, la perpetua adolescencia conceptual y las usuras más mezquinas.
Que por ahora van ganando los gramófonos.





