miércoles 30 de septiembre de 2009

No al aborto, ¿o sí?


En cierta ocasión, el escritor H. G. Wells entrevistó al dictador Iósif Stalin. La impresión de Wells fue la de estar hablando con un gramófono. Es la forma que adopta el debate público sobre las leyes que regulan, o deberían regular, el aborto: gramófonos frente a otros gramófonos. A favor, en contra, y nada en el medio.

Si se traza una línea en el piso, si de un lado se coloca a un fanático armado de eslóganes, y del lado opuesto se ubica a otro fanático armado de otros eslóganes, todo lo que saldrá de ello es la cacofonía de dos gramófonos incapaces de oírse entre sí. De eso se trata esta discusión pública: fundamentalistas gritándose unos a otros, imposibilitados de encontrar una síntesis, una respuesta, un principio de conversación mediante un lenguaje en común.

El aborto (la interrupción voluntaria de un embarazo) es un asunto complejo porque atraviesa una suma de niveles, entrelazados y dispersos, que involucran a las creencias religiosas, las leyes, las costumbres, la salud, el pensamiento de época y las nociones aceptadas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y por sobre todo, convicciones arraigadas ―producto de enredados procesos de socialización― acerca de la vida y la muerte (qué es la vida, cuándo comienza y cuándo termina, qué hace humano a un ser humano, qué es un individuo y cuáles son sus derechos intrínsecos). A pesar de su complejidad, los principales actores sociales del debate tienden a reducir su participación pública a gritos y amenazas, a actos de coerción e intimidación, a muletillas atropelladas y volcánicas. Sólo una cosa parecen compartir quienes militan públicamente a favor o en contra del aborto, quienes asumen posiciones tajantes y cerradas al respecto: su absoluto desprecio por la vida humana. Sólo sus razones son válidas, y todos los demás deben someterse a estas razones.

Stalin lo entendería.

Es una cuestión de nihilismo, tal como lo definía el crítico Greil Marcus hace unas décadas, y el nihilista (sea el fanático católico o la fanática feminista, sea quien pega un afiche en la parroquia con un gran NO o quien pintarrajea un grafiti callejero con un gran SÍ) es siempre un solipsista: nadie existe excepto el actor, y sólo los motivos del actor son reales. “Cuando el nihilista aprieta el gatillo, abre la llave de gas, prende fuego, se inyecta en la vena, el mundo acaba. La negación es siempre política: asume la existencia de otras personas, les da el ser”.

Transformado en discurso público, el nihilismo se convierte en un absoluto: sí, no.

Nada más.

¿Y cómo se convierte un tema incierto en un absoluto, en un rotundo sí o no? En la teología católica no existe ninguna gran certeza acerca del origen del alma de los embriones humanos (y estudiar el tema supone aceptar el mentado principio de diversidad cultural: que hay personas que creen que existe algo llamado “alma” y cuya creencia, en aras de los valores que ―como sociedad― hemos llegado a dar por válidos o deseables, debería ser respetada y tenida en cuenta). Umberto Eco lo reseñaba muy bien hace unos años.

En Orígenes se consideraba que Dios creó las almas humanas desde el principio, pero pronto el Génesis lo refutaba sosteniendo que Dios creó el cuerpo del hombre a partir de tierra y recién entonces le influyó el alma. Esta idea traía problemas respecto a la transmisión del pecado original. Tertuliano sostuvo que éste se transmitía a través del semen, pero pronto se tildó de herética la afirmación, pues entrañaba un origen material del alma. San Agustín siempre se mostró confuso sobre el tema y Santo Tomás de Aquino ensayó una salida elegante. El semen transmite el pecado original como una suerte de contagio natural, dijo, pero no tiene nada que ver con la transmisión del alma racional, que no depende del cuerpo o de la materia.

Tal como lo veía Santo Tomás, lo que convierte a una persona en persona es el alma racional, y este alma racional absorbe el alma vegetativa de los vegetales y el alma sensitiva de los animales. Es una perspectiva biológica: Dios introduce el alma racional en el feto una vez que éste ha incorporado el alma vegetativa y el alma sensitiva, una vez que el cuerpo ya está formado.

La doctrina tradicional asume muchos reparos a la hora de señalar cuándo el alma racional es influida en el cuerpo. Se mueve con cautela, omite los juicios tajantes. Pietro Caramello comentaba en la edición leonina de las obras de Santo Tomás que aunque la doctrina tomista sostiene que el alma es introducida en el óvulo fecundado “cuando ya está dotado de una organización suficiente”, también señalaba que “según algunos autores recientes” ya “existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado”. Eco insistía en la cautela de la anotación: “Se trata de una apostilla muy prudente, porque cuando habla de un principio de vida orgánica puede referirse también a las almas vegetativa y sensitiva”.

Pero también se lee en el Suplemento de Suma teológica, el influyente tratado de Santo Tomás escrito en los últimos años de su vida (en el siglo XIII), que en el Juicio Final los embriones no participarán de la resurrección de la carne, pues, en ellos, todavía no ha sido influida el alma racional y por ende no son seres humanos.

Y esto es interesante. Acaso la Iglesia Católica pudo haber cambiado su postura, lo cual es válido, pero la afirmación no pertenece a cualquier observador sino a uno de los más importantes autores de su doctrina. Santo Tomás, ni más ni menos.

La doctrina católica, pues, no es rotunda respecto al alma de los embriones. En sus textos canónicos no se encuentran afirmaciones nítidas como “El aborto es el crimen más abominable del mundo”. Ese letrero (el de la fotografía, tomada hace unos días en una Iglesia de La Paz, Bolivia) es otro acto de cuño protestante en el seno de la práctica católica: el fundamentalismo cristiano nace en el ambiente protestante y tiene la pretensión de asumir una interpretación literal, y libre, de las Santas Escrituras. No puede existir una interpretación libre católica, una interpretación de cada creyente, pues, por definición, la interpretación católica se realiza a través de la institución eclesiástica: a través de textos como el de Santo Tomás, donde se explica que los fetos no resucitarán pues no poseen alma racional, ergo, no son seres humanos.

El cartel pegado en la parroquia paceña, aún salteándose una buena parte de la tradición canónica del culto, está asumiendo la existencia de otras personas: les está dando el ser, aunque más no sea un ser “político”, una posición en el espacio social. Se lo observa con claridad cuando, cruzando la línea trazada en el suelo, reducidísimos grupos de activistas (pongamos por caso el “Colectivo de feministas y lesbianas” o “Lesbianas y Feministas por la Despenalización del Aborto”) asumen la voz de construcciones tan improbables como “las mujeres”. Y eso, como bien señaló el historiador Robert Johnson a propósito de la Cuarta Conferencia de la Mujer (Pekín, 1995), es paternalismo condescendiente del peor.

“Lo que más me preocupa ―escribió Johnson―, porque es menos obvio, es el supuesto totalitario en que se sustenta la conferencia misma. ¿Por qué es necesario o deseable celebrar una conferencia sobre las mujeres? Ni siquiera soñaríamos con celebrar una conferencia sobre los hombres. Nadie tendría el descaro de proclamar que habla en nombre de todos los hombres del mundo y decir que representa fielmente sus intereses. ¿Por qué un grupo de ‘delegadas’ ―¿delegadas por quién?― sostiene que habla en nombre de todas las mujeres del mundo? Ninguna de las que asiste a Pekín representa los intereses de las mujeres, pues no tienen la menor idea de cuáles son esos intereses”.

Johnson cuestionaba un implícito: que todas las mujeres, que representan el 52% de la población mundial, piensan de la misma manera respecto a una diversa gama de cuestiones. No sólo no existen pruebas empíricas de ello, sino que existen montones de pruebas empíricas de lo contrario.

“En cuanto al aborto, el tema más importante, las mujeres sostienen una amplia gama de opiniones, constituyendo la mayoría de los militantes de ambos bandos pero expresando todas las dudas y matices intermedios que se puedan imaginar. No existe una Opinión de la Mujer sobre nada, y mucho menos sobre aquellos temas donde las feministas alegan hablar en nombre de todo su sexo”.

Lo que estos eslóganes adolescentes, convertidos en argumentos ciegos y púberes (como “es mi cuerpo” o “decido yo”), soslayan, es justamente esa misma incertidumbre que se percibe en los textos canónicos católicos: que las personas tienen dudas, que no se embanderan tras gritos unidimensionales, que quienes salen a pintar grafitis ofensivos en los templos o que quienes salen a amedrentar a los profesionales de la salud que practican abortos son una minoría cuyo discurso solipsista no representa más que a sus propios intereses.

Gritar a favor, o gritar en contra, no es más que una conversación entre gramófonos.

(*) Por lo demás, y por lo que valga como observación, ninguna persona sensata puede estar “a favor” del aborto. Se está “a favor” de políticas de educación sexual más efectivas, más inclusivas, más acordes con realidades dispares y encontradas, que eviten los embarazos no deseados. El objetivo no es que haya más y mejores abortos (gangosea la solipsista de retórica adolescente: mi cuerpo es mío, hago lo que quiero), sino que haya menos embarazos no deseados y que las personas tengan una vida sexual más sana.

Y llegado el caso de una preñez no deseada, que el Estado garantice un acceso igualitario, legal y gratuito a la interrupción de dicho embarazo. Pero no puede ser éste el objetivo buscado, sino la consecuencia de una meta malograda: fallas en la educación sexual. Y, en fin, fallas en la educación en general.

Esto no significa colocarse “a favor” del aborto; significa, más bien, un toque de sensatez en una disputa que por ahora van ganando los megáfonos, el fundamentalismo, la perpetua adolescencia conceptual y las usuras más mezquinas.

Que por ahora van ganando los gramófonos.

No al aborto, ¿o sí?


En cierta ocasión, el escritor H. G. Wells entrevistó al dictador Iósif Stalin. La impresión de Wells fue la de estar hablando con un gramófono. Es la forma que adopta el debate público sobre las leyes que regulan, o deberían regular, el aborto: gramófonos frente a otros gramófonos. A favor, en contra, y nada en el medio.

Si se traza una línea en el piso, si de un lado se coloca a un fanático armado de eslóganes, y del lado opuesto se ubica a otro fanático armado de otros eslóganes, todo lo que saldrá de ello es la cacofonía de dos gramófonos incapaces de oírse entre sí. De eso se trata esta discusión pública: fundamentalistas gritándose unos a otros, imposibilitados de encontrar una síntesis, una respuesta, un principio de conversación mediante un lenguaje en común.

El aborto (la interrupción voluntaria de un embarazo) es un asunto complejo porque atraviesa una suma de niveles, entrelazados y dispersos, que involucran a las creencias religiosas, las leyes, las costumbres, la salud, el pensamiento de época y las nociones aceptadas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y por sobre todo, convicciones arraigadas ―producto de enredados procesos de socialización― acerca de la vida y la muerte (qué es la vida, cuándo comienza y cuándo termina, qué hace humano a un ser humano, qué es un individuo y cuáles son sus derechos intrínsecos). A pesar de su complejidad, los principales actores sociales del debate tienden a reducir su participación pública a gritos y amenazas, a actos de coerción e intimidación, a muletillas atropelladas y volcánicas. Sólo una cosa parecen compartir quienes militan públicamente a favor o en contra del aborto, quienes asumen posiciones tajantes y cerradas al respecto: su absoluto desprecio por la vida humana. Sólo sus razones son válidas, y todos los demás deben someterse a estas razones.

Stalin lo entendería.

Es una cuestión de nihilismo, tal como lo definía el crítico Greil Marcus hace unas décadas, y el nihilista (sea el fanático católico o la fanática feminista, sea quien pega un afiche en la parroquia con un gran NO o quien pintarrajea un grafiti callejero con un gran SÍ) es siempre un solipsista: nadie existe excepto el actor, y sólo los motivos del actor son reales. “Cuando el nihilista aprieta el gatillo, abre la llave de gas, prende fuego, se inyecta en la vena, el mundo acaba. La negación es siempre política: asume la existencia de otras personas, les da el ser”.

Transformado en discurso público, el nihilismo se convierte en un absoluto: sí, no.

Nada más.

¿Y cómo se convierte un tema incierto en un absoluto, en un rotundo sí o no? En la teología católica no existe ninguna gran certeza acerca del origen del alma de los embriones humanos (y estudiar el tema supone aceptar el mentado principio de diversidad cultural: que hay personas que creen que existe algo llamado “alma” y cuya creencia, en aras de los valores que ―como sociedad― hemos llegado a dar por válidos o deseables, debería ser respetada y tenida en cuenta). Umberto Eco lo reseñaba muy bien hace unos años.

En Orígenes se consideraba que Dios creó las almas humanas desde el principio, pero pronto el Génesis lo refutaba sosteniendo que Dios creó el cuerpo del hombre a partir de tierra y recién entonces le influyó el alma. Esta idea traía problemas respecto a la transmisión del pecado original. Tertuliano sostuvo que éste se transmitía a través del semen, pero pronto se tildó de herética la afirmación, pues entrañaba un origen material del alma. San Agustín siempre se mostró confuso sobre el tema y Santo Tomás de Aquino ensayó una salida elegante. El semen transmite el pecado original como una suerte de contagio natural, dijo, pero no tiene nada que ver con la transmisión del alma racional, que no depende del cuerpo o de la materia.

Tal como lo veía Santo Tomás, lo que convierte a una persona en persona es el alma racional, y este alma racional absorbe el alma vegetativa de los vegetales y el alma sensitiva de los animales. Es una perspectiva biológica: Dios introduce el alma racional en el feto una vez que éste ha incorporado el alma vegetativa y el alma sensitiva, una vez que el cuerpo ya está formado.

La doctrina tradicional asume muchos reparos a la hora de señalar cuándo el alma racional es influida en el cuerpo. Se mueve con cautela, omite los juicios tajantes. Pietro Caramello comentaba en la edición leonina de las obras de Santo Tomás que aunque la doctrina tomista sostiene que el alma es introducida en el óvulo fecundado “cuando ya está dotado de una organización suficiente”, también señalaba que “según algunos autores recientes” ya “existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado”. Eco insistía en la cautela de la anotación: “Se trata de una apostilla muy prudente, porque cuando habla de un principio de vida orgánica puede referirse también a las almas vegetativa y sensitiva”.

Pero también se lee en el Suplemento de Suma teológica, el influyente tratado de Santo Tomás escrito en los últimos años de su vida (en el siglo XIII), que en el Juicio Final los embriones no participarán de la resurrección de la carne, pues, en ellos, todavía no ha sido influida el alma racional y por ende no son seres humanos.

Y esto es interesante. Acaso la Iglesia Católica pudo haber cambiado su postura, lo cual es válido, pero la afirmación no pertenece a cualquier observador sino a uno de los más importantes autores de su doctrina. Santo Tomás, ni más ni menos.

La doctrina católica, pues, no es rotunda respecto al alma de los embriones. En sus textos canónicos no se encuentran afirmaciones nítidas como “El aborto es el crimen más abominable del mundo”. Ese letrero (el de la fotografía, tomada hace unos días en una Iglesia de La Paz, Bolivia) es otro acto de cuño protestante en el seno de la práctica católica: el fundamentalismo cristiano nace en el ambiente protestante y tiene la pretensión de asumir una interpretación literal, y libre, de las Santas Escrituras. No puede existir una interpretación libre católica, una interpretación de cada creyente, pues, por definición, la interpretación católica se realiza a través de la institución eclesiástica: a través de textos como el de Santo Tomás, donde se explica que los fetos no resucitarán pues no poseen alma racional, ergo, no son seres humanos.

El cartel pegado en la parroquia paceña, aún salteándose una buena parte de la tradición canónica del culto, está asumiendo la existencia de otras personas: les está dando el ser, aunque más no sea un ser “político”, una posición en el espacio social. Se lo observa con claridad cuando, cruzando la línea trazada en el suelo, reducidísimos grupos de activistas (pongamos por caso el “Colectivo de feministas y lesbianas” o “Lesbianas y Feministas por la Despenalización del Aborto”) asumen la voz de construcciones tan improbables como “las mujeres”. Y eso, como bien señaló el historiador Robert Johnson a propósito de la Cuarta Conferencia de la Mujer (Pekín, 1995), es paternalismo condescendiente del peor.

“Lo que más me preocupa ―escribió Johnson―, porque es menos obvio, es el supuesto totalitario en que se sustenta la conferencia misma. ¿Por qué es necesario o deseable celebrar una conferencia sobre las mujeres? Ni siquiera soñaríamos con celebrar una conferencia sobre los hombres. Nadie tendría el descaro de proclamar que habla en nombre de todos los hombres del mundo y decir que representa fielmente sus intereses. ¿Por qué un grupo de ‘delegadas’ ―¿delegadas por quién?― sostiene que habla en nombre de todas las mujeres del mundo? Ninguna de las que asiste a Pekín representa los intereses de las mujeres, pues no tienen la menor idea de cuáles son esos intereses”.

Johnson cuestionaba un implícito: que todas las mujeres, que representan el 52% de la población mundial, piensan de la misma manera respecto a una diversa gama de cuestiones. No sólo no existen pruebas empíricas de ello, sino que existen montones de pruebas empíricas de lo contrario.

“En cuanto al aborto, el tema más importante, las mujeres sostienen una amplia gama de opiniones, constituyendo la mayoría de los militantes de ambos bandos pero expresando todas las dudas y matices intermedios que se puedan imaginar. No existe una Opinión de la Mujer sobre nada, y mucho menos sobre aquellos temas donde las feministas alegan hablar en nombre de todo su sexo”.

Lo que estos eslóganes adolescentes, convertidos en argumentos ciegos y púberes (como “es mi cuerpo” o “decido yo”), soslayan, es justamente esa misma incertidumbre que se percibe en los textos canónicos católicos: que las personas tienen dudas, que no se embanderan tras gritos unidimensionales, que quienes salen a pintar grafitis ofensivos en los templos o que quienes salen a amedrentar a los profesionales de la salud que practican abortos son una minoría cuyo discurso solipsista no representa más que a sus propios intereses.

Gritar a favor, o gritar en contra, no es más que una conversación entre gramófonos.

(*) Por lo demás, y por lo que valga como observación, ninguna persona sensata puede estar “a favor” del aborto. Se está “a favor” de políticas de educación sexual más efectivas, más inclusivas, más acordes con realidades dispares y encontradas, que eviten los embarazos no deseados. El objetivo no es que haya más y mejores abortos (gangosea la solipsista de retórica adolescente: mi cuerpo es mío, hago lo que quiero), sino que haya menos embarazos no deseados y que las personas tengan una vida sexual más sana.

Y llegado el caso de una preñez no deseada, que el Estado garantice un acceso igualitario, legal y gratuito a la interrupción de dicho embarazo. Pero no puede ser éste el objetivo buscado, sino la consecuencia de una meta malograda: fallas en la educación sexual. Y, en fin, fallas en la educación en general.

Esto no significa colocarse “a favor” del aborto; significa, más bien, un toque de sensatez en una disputa que por ahora van ganando los megáfonos, el fundamentalismo, la perpetua adolescencia conceptual y las usuras más mezquinas.

Que por ahora van ganando los gramófonos.

No al aborto, ¿o sí?

En cierta ocasión, el escritor H. G. Wells entrevistó al dictador Iósif Stalin. La impresión de Wells fue la de estar hablando con un gramófono. Es la forma que adopta el debate público sobre las leyes que regulan, o deberían regular, el aborto: gramófonos frente a otros gramófonos. A favor, en contra, y nada en el medio.

Si se traza una línea en el piso, si de un lado se coloca a un fanático armado de eslóganes, y del lado opuesto se ubica a otro fanático armado de otros eslóganes, todo lo que saldrá de ello es la cacofonía de dos gramófonos incapaces de oírse entre sí. De eso se trata esta discusión pública: fundamentalistas gritándose unos a otros, imposibilitados de encontrar una síntesis, una respuesta, un principio de conversación mediante un lenguaje en común.

El aborto (la interrupción voluntaria de un embarazo) es un asunto complejo porque atraviesa una suma de niveles, entrelazados y dispersos, que involucran a las creencias religiosas, las leyes, las costumbres, la salud, el pensamiento de época y las nociones aceptadas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y por sobre todo, convicciones arraigadas ―producto de enredados procesos de socialización― acerca de la vida y la muerte (qué es la vida, cuándo comienza y cuándo termina, qué hace humano a un ser humano, qué es un individuo y cuáles son sus derechos intrínsecos). A pesar de su complejidad, los principales actores sociales del debate tienden a reducir su participación pública a gritos y amenazas, a actos de coerción e intimidación, a muletillas atropelladas y volcánicas. Sólo una cosa parecen compartir quienes militan públicamente a favor o en contra del aborto, quienes asumen posiciones tajantes y cerradas al respecto: su absoluto desprecio por la vida humana. Sólo sus razones son válidas, y todos los demás deben someterse a estas razones.

Stalin lo entendería.

Es una cuestión de nihilismo, tal como lo definía el crítico Greil Marcus hace unas décadas, y el nihilista (sea el fanático católico o la fanática feminista, sea quien pega un afiche en la parroquia con un gran NO o quien pintarrajea un grafiti callejero con un gran SÍ) es siempre un solipsista: nadie existe excepto el actor, y sólo los motivos del actor son reales. “Cuando el nihilista aprieta el gatillo, abre la llave de gas, prende fuego, se inyecta en la vena, el mundo acaba. La negación es siempre política: asume la existencia de otras personas, les da el ser”.

Transformado en discurso público, el nihilismo se convierte en un absoluto: sí, no.

Nada más.

¿Y cómo se convierte un tema incierto en un absoluto, en un rotundo sí o no? En la teología católica no existe ninguna gran certeza acerca del origen del alma de los embriones humanos (y estudiar el tema supone aceptar el mentado principio de diversidad cultural: que hay personas que creen que existe algo llamado “alma” y cuya creencia, en aras de los valores que ―como sociedad― hemos llegado a dar por válidos o deseables, debería ser respetada y tenida en cuenta). Umberto Eco lo reseñaba muy bien hace unos años.

En Orígenes se consideraba que Dios creó las almas humanas desde el principio, pero pronto el Génesis lo refutaba sosteniendo que Dios creó el cuerpo del hombre a partir de tierra y recién entonces le influyó el alma. Esta idea traía problemas respecto a la transmisión del pecado original. Tertuliano sostuvo que éste se transmitía a través del semen, pero pronto se tildó de herética la afirmación, pues entrañaba un origen material del alma. San Agustín siempre se mostró confuso sobre el tema y Santo Tomás de Aquino ensayó una salida elegante. El semen transmite el pecado original como una suerte de contagio natural, dijo, pero no tiene nada que ver con la transmisión del alma racional, que no depende del cuerpo o de la materia.

Tal como lo veía Santo Tomás, lo que convierte a una persona en persona es el alma racional, y este alma racional absorbe el alma vegetativa de los vegetales y el alma sensitiva de los animales. Es una perspectiva biológica: Dios introduce el alma racional en el feto una vez que éste ha incorporado el alma vegetativa y el alma sensitiva, una vez que el cuerpo ya está formado.

La doctrina tradicional asume muchos reparos a la hora de señalar cuándo el alma racional es influida en el cuerpo. Se mueve con cautela, omite los juicios tajantes. Pietro Caramello comentaba en la edición leonina de las obras de Santo Tomás que aunque la doctrina tomista sostiene que el alma es introducida en el óvulo fecundado “cuando ya está dotado de una organización suficiente”, también señalaba que “según algunos autores recientes” ya “existe un principio de vida orgánica en el óvulo fecundado”. Eco insistía en la cautela de la anotación: “Se trata de una apostilla muy prudente, porque cuando habla de un principio de vida orgánica puede referirse también a las almas vegetativa y sensitiva”.

Pero también se lee en el Suplemento de Suma teológica, el influyente tratado de Santo Tomás escrito en los últimos años de su vida (en el siglo XIII), que en el Juicio Final los embriones no participarán de la resurrección de la carne, pues, en ellos, todavía no ha sido influida el alma racional y por ende no son seres humanos.

Y esto es interesante. Acaso la Iglesia Católica pudo haber cambiado su postura, lo cual es válido, pero la afirmación no pertenece a cualquier observador sino a uno de los más importantes autores de su doctrina. Santo Tomás, ni más ni menos.

#TEXTO COMPLETO

martes 29 de septiembre de 2009

Sector bochas

La cancha de Banfield. (Foto: M. Pisarro)

Sector bochas

La cancha de Banfield. (Foto: M. Pisarro)

Se alquila este local

En Aguas Calientes, Perú. (Foto: M. Pisarro)

Se alquila este local

En Aguas Calientes, Perú. (Foto: M. Pisarro)

lunes 28 de septiembre de 2009

Heriberto Muraro y los tarjeteros de Sunset

La calle Laprida es la peatonal de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, y también la principal arteria pública de su centro comercial. Allí se agrupan las bocas de las galerías más concurridas, algunos bancos, McDonald’s, Musimundo y los demás negocios.

De ese Musimundo sustraje ―cuando niño― uno de mis primeros casetes, Fuera de sektor (1986) de Los Violadores. Cuando salió el disco siguiente de Los Violadores, Mercado indio (1987), sólo ponían en exhibición las cajitas vacías. Entonces uno se conformaba con chafarse la lámina y grabar luego la cinta en un TDK, de los viejos, ésos que venían de plástico negro con la calcomanía pegada de fábrica. La primera vez que vi un TDK transparente pensé que la tecnología había superado todo límite imaginado; que Buck Rogers, Perry Rhodan y Flash Gordon habían retrocedido a la época de las cavernas. Pasaba horas junto a mi JVC doble casetera mirando cómo la cinta se desenrollaba de un lado y se enrollaba del otro. Parecía el colmo del desarrollo científico, el punto máximo de la evolución humana.

Pasa siempre que el fin de semana se aproxima (digamos un martes o un miércoles, pues últimamente los “findes” comienzan los jueves). En la calle Laprida de Lomas de Zamora se lleva a cabo una práctica suburbana que se remonta bien atrás, hasta donde yo tengo memoria, allá por los ochentas, aunque no mucho más atrás pues los límites de “los ochentas” son la dictadura y Malvinas. En las esquinas de la peatonal pueden verse chicos y chicas exhibiendo su ropa de moda, sus sonrisas, sus raros peinados nuevos, sus gafas de sol, su coolitud; por lo general se los ve merodeando en los alrededores de una camioneta que emite música estruendosa y tiene un nombre estrafalario o mersa o directamente estúpido escrito a los lados.

Esos chicos y chicas se hacen llamar “tarjeteros”.

Los tarjeteros son pequeños dioses suburbanos capaces de aplastar una vida adolescente con sólo voltear la vista y mirar hacia otro lado. Tienen el poder de decidir la suerte de una persona en sus años de pubertad. Parados en las esquinas, mirando alrededor como experimentados cazadores con sus estilográficas en mano, deciden quién es cool y quién no lo es. A quienes les parecen merecedores de diversión, noche y tragos, los detienen e invitan al boliche que representan; firman una tarjeta y agregan un número de invitados. Eso significa que uno es importante y que en ese boliche su presencia será valorada. A quienes no les parecen merecedores de tanto glamur, los dejan seguir su camino. Simplemente los ignoran, y los pobres diablos ignorados se sienten unos infelices.

Hablo por experiencia.

Cuando era chico y no tenía aún edad para matinée (a mediados de los ochentas la matinée largaba a las cinco de la tarde, para chicos de trece o catorce años), solía acercarme a esos dioses inalcanzables y solicitarles una tarjeta para pegar en mi carpeta o cuaderno. Todavía debo tener algunas de Disclub, Le Paradis o Kick guardadas en una caja de zapatos en el desván de la casa de mi madre. Kick fue la primera discoteca donde fui a bailar y, esa primera vez, me rebotaron en la puerta. Tenía doce años y al final terminé tomando un helado al frente de la plaza de la estación de Temperley. Esa tarde entendí que era un desgraciado. Nunca más lo intenté.

Ya siendo adolescente, mientras comenzaba a memorizarme todos los clichés de la subcultura juvenil inadaptada de turno, dejé de interesarme por las discotecas. No me gustaba bailar y, si iba a alguna disco, algún amigo más ducho se encargaba de conseguir las tarjetas y negociar cuántos entrábamos y por cuánto dinero. Yo no era bueno para esas cosas, y aún más, me encantaba no serlo. Cada vez que el amigo ducho, G.L., decía que había que conseguir tarjetas, y luego agregaba: “¡Escondan a MP!”, sentía un orgullo enorme. Todavía más, cuando pasaba junto a algunos de estos tarjeteros y me ignoraban olímpicamente, lo consideraba un halago, el mejor de los cumplidos. Si en cambio me ofrecían alguna tarjeta, decía “no gracias” y corría rápidamente a casa para ponerme un pantalón un poco más rotoso. Había que cuidar el status de joven y rebelde (¡y Coca Cola te comprende!).

Hasta que un día los clichés quedaron atrás. Los más pintorescos, al menos. Aún así, los tarjeteros continuaban mirando hacia otro lado cuando yo pasaba, y comencé a preguntarme por qué. Barajé la posibilidad de haberme convertido en una ráfaga de viento, como escribió Clifford Geertz en Bali, o de haber recibido la descarga de un rayo láser maléfico que me había hecho invisible. Sin embargo, pensé en ese momento, a comienzos del siglo XXI, había una explicación mucho mejor: estaba muy viejo para discotecas, y los pequeños dioses idiotas lo percibían a dos leguas de distancia. Ya no formaba parte del mercado teen; mis huesos juveniles ya no eran bienvenidos en su fábrica de símbolos.

No me rendí. De hecho, me empeciné. Empecé a caminar bien cerca de estos pibes, para que pudieran apreciar mi belleza y armoniosas facciones. Usaba lentes oscuros para esconder posibles arrugas y patas de gallo; incluso respiraba hondo y metía panza adentro. No obstante, los pibes seguían considerándome no merecedor de su adulación y sonrisas. Y qué digo “los pibes”: “las pibas”, pues la regla es que las chicas encaran a los chicos y los chicos a las chicas.

Una tarde hice un comentario a la chica de ese momento sobre este peculiar fenómeno. Las mujeres me ignoraban por la calle, ¡¿cómo era posible tal cosa?!

―Estás muy viejo.

―No estoy muy viejo.

―Sí estás muy viejo.

Ella tenía veintidós y yo veintiséis. Tal vez sí estaba muy viejo para discotecas, pero nadie más tenía por qué notarlo (y ahora, casi una década más tarde, tampoco me parece que uno esté muy viejo para discotecas a los veintiséis).

―No te preocupes ―me dijo aquella chica―. Vení conmigo y vas a ver cómo se nos arremolinan.

―A que no.

―A que sí.

―¿Qué querés apostar?

―Lo que quieras.

Por suerte no apostamos nada. Esos buitres interesados se nos arrojaban encima para conseguir que nuestra carne rellenara su fábrica de mercancías juveniles. Venía uno, dábamos un paso y aparecía otro, nos deshacíamos de éste y caía un tercero; nos dieron entradas gratis, consumiciones, hasta ofrecieron pasar a buscarnos con la camioneta de la disco. Teniendo en cuenta que en el fondo era punk y nerd y un verdadero boludo, estaba pisando un territorio extraño y novedoso. Por unos breves minutos, me sentí John Travolta.

―Seguro que es por mí ―le expliqué a aquella chica.

―Sí, claro.

―¿Querés ver?

La prueba sería la siguiente. Ella me esperaría en una esquina, oculta, y yo caminaría muy alegre por entre los tarjeteros. Dicho y hecho. Siempre existe la posibilidad de que por alguna casualidad ninguno de ellos me haya visto, o de que haya caminado muy velozmente, pero de todos modos nadie me ofreció ni una sola de sus preciosas tarjetas. Ni siquiera una con la que debía pagar el doble, o costear la nafta de la camioneta y luego limpiarle los vidrios con la lengua. Había vuelto a mi fase ráfaga de viento.

Quizás la diferencia sí la hacía aquella chica.

Unos meses más tarde, cuando ya había acabado mi relación con aquella chica y me preparaba para mi fracaso amoroso siguiente (y el siguiente, y el siguiente, y así), fui a la sucursal del Société Générale de Lomas de Zamora a abrir una cuenta. Hice los trámites pertinentes en la sucursal de la calle Colombres, descubrí que las “cuentas jóvenes” eran hasta los veinticinco y que estaba excedido por dos años, y luego fui a una librería de saldos sobre la calle Laprida ―la calle de los tarjeteros― para ver qué descubría. Revisé un rato y encontré un libro sobre comunicación, economía y cultura del sociólogo Heriberto Muraro. Lo compré muy contento, salí a la calle tratando de acomodar la mochila y enfilé hacia la estación de trenes, caminando por Laprida. Me detuve en el semáforo frente al Banco Nación, en la calle España, y de pronto la observé.

Era la chica más perfecta que había visto en mucho, mucho tiempo. Pelo brillante bajo el sol, anteojos oscuros onda retro, un cuerpo ideal encajado en un look cool-profesional. Mientras esperaba que cambiara el semáforo e intentaba guardar el libro de Heriberto Muraro, y luego trataba de levantar una moneda que había caído de mis bolsillos agujereados, pensé que esa chica era una alucinación: una imagen ideal creada por los efectos de la nerditud y la incompetencia social. La chica torció su largo cuello para hablar por celular y yo me quedé allí petrificado, mirándola, pensando en esconder mi libro de Heriberto Muraro porque me hacía sentir un tarado.

El semáforo cambió, crucé la calle rumbo a la chica-perfecta y bajé la vista, supongo que para no sentirme tan perdedor. Y en ese momento la chica-perfecta se acercó hacia mí, levanté la vista, nos miramos y finalmente habló.

―¿Tarjeta para Sunset?

Ni siquiera me detuve. Sólo contesté “no gracias” y seguí caminando. Treinta metros después frené en seco. Estuve allí parado un rato, bajo el sol, pensando en lo estúpido que era y en por qué respondí “no gracias”. Tal vez me sorprendió que fuera una tarjetera; tal vez me sorprendió aún más que fuera una tarjetera y que me hablara; tal vez me sorprendió que una tarjetera me hablara cuando acababa de comprar un libro de un tipo llamado Heriberto. No lo sé. La cuestión es que esa mujer me había ofrecido algo y yo dije “no gracias”.

Pasaron casi diez años y nadie volvió a ofrecerme una tarjeta de discoteca. Nunca más salí de la fase ráfaga de viento.

Pero el libro de Heriberto está todavía en la biblioteca.

Heriberto Muraro y los tarjeteros de Sunset

La calle Laprida es la peatonal de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, y también la principal arteria pública de su centro comercial. Allí se agrupan las bocas de las galerías más concurridas, algunos bancos, McDonald’s, Musimundo y los demás negocios.

De ese Musimundo sustraje ―cuando niño― uno de mis primeros casetes, Fuera de sektor (1986) de Los Violadores. Cuando salió el disco siguiente de Los Violadores, Mercado indio (1987), sólo ponían en exhibición las cajitas vacías. Entonces uno se conformaba con chafarse la lámina y grabar luego la cinta en un TDK, de los viejos, ésos que venían de plástico negro con la calcomanía pegada de fábrica. La primera vez que vi un TDK transparente pensé que la tecnología había superado todo límite imaginado; que Buck Rogers, Perry Rhodan y Flash Gordon habían retrocedido a la época de las cavernas. Pasaba horas junto a mi JVC doble casetera mirando cómo la cinta se desenrollaba de un lado y se enrollaba del otro. Parecía el colmo del desarrollo científico, el punto máximo de la evolución humana.

Pasa siempre que el fin de semana se aproxima (digamos un martes o un miércoles, pues últimamente los “findes” comienzan los jueves). En la calle Laprida de Lomas de Zamora se lleva a cabo una práctica suburbana que se remonta bien atrás, hasta donde yo tengo memoria, allá por los ochentas, aunque no mucho más atrás pues los límites de “los ochentas” son la dictadura y Malvinas. En las esquinas de la peatonal pueden verse chicos y chicas exhibiendo su ropa de moda, sus sonrisas, sus raros peinados nuevos, sus gafas de sol, su coolitud; por lo general se los ve merodeando en los alrededores de una camioneta que emite música estruendosa y tiene un nombre estrafalario o mersa o directamente estúpido escrito a los lados.

Esos chicos y chicas se hacen llamar “tarjeteros”.

Los tarjeteros son pequeños dioses suburbanos capaces de aplastar una vida adolescente con sólo voltear la vista y mirar hacia otro lado. Tienen el poder de decidir la suerte de una persona en sus años de pubertad. Parados en las esquinas, mirando alrededor como experimentados cazadores con sus estilográficas en mano, deciden quién es cool y quién no lo es. A quienes les parecen merecedores de diversión, noche y tragos, los detienen e invitan al boliche que representan; firman una tarjeta y agregan un número de invitados. Eso significa que uno es importante y que en ese boliche su presencia será valorada. A quienes no les parecen merecedores de tanto glamur, los dejan seguir su camino. Simplemente los ignoran, y los pobres diablos ignorados se sienten unos infelices.

Hablo por experiencia.

Cuando era chico y no tenía aún edad para matinée (a mediados de los ochentas la matinée largaba a las cinco de la tarde, para chicos de trece o catorce años), solía acercarme a esos dioses inalcanzables y solicitarles una tarjeta para pegar en mi carpeta o cuaderno. Todavía debo tener algunas de Disclub, Le Paradis o Kick guardadas en una caja de zapatos en el desván de la casa de mi madre. Kick fue la primera discoteca donde fui a bailar y, esa primera vez, me rebotaron en la puerta. Tenía doce años y al final terminé tomando un helado al frente de la plaza de la estación de Temperley. Esa tarde entendí que era un desgraciado. Nunca más lo intenté.

Ya siendo adolescente, mientras comenzaba a memorizarme todos los clichés de la subcultura juvenil inadaptada de turno, dejé de interesarme por las discotecas. No me gustaba bailar y, si iba a alguna disco, algún amigo más ducho se encargaba de conseguir las tarjetas y negociar cuántos entrábamos y por cuánto dinero. Yo no era bueno para esas cosas, y aún más, me encantaba no serlo. Cada vez que el amigo ducho, G.L., decía que había que conseguir tarjetas, y luego agregaba: “¡Escondan a MP!”, sentía un orgullo enorme. Todavía más, cuando pasaba junto a algunos de estos tarjeteros y me ignoraban olímpicamente, lo consideraba un halago, el mejor de los cumplidos. Si en cambio me ofrecían alguna tarjeta, decía “no gracias” y corría rápidamente a casa para ponerme un pantalón un poco más rotoso. Había que cuidar el status de joven y rebelde (¡y Coca Cola te comprende!).

Hasta que un día los clichés quedaron atrás. Los más pintorescos, al menos. Aún así, los tarjeteros continuaban mirando hacia otro lado cuando yo pasaba, y comencé a preguntarme por qué. Barajé la posibilidad de haberme convertido en una ráfaga de viento, como escribió Clifford Geertz en Bali, o de haber recibido la descarga de un rayo láser maléfico que me había hecho invisible. Sin embargo, pensé en ese momento, a comienzos del siglo XXI, había una explicación mucho mejor: estaba muy viejo para discotecas, y los pequeños dioses idiotas lo percibían a dos leguas de distancia. Ya no formaba parte del mercado teen; mis huesos juveniles ya no eran bienvenidos en su fábrica de símbolos.

No me rendí. De hecho, me empeciné. Empecé a caminar bien cerca de estos pibes, para que pudieran apreciar mi belleza y armoniosas facciones. Usaba lentes oscuros para esconder posibles arrugas y patas de gallo; incluso respiraba hondo y metía panza adentro. No obstante, los pibes seguían considerándome no merecedor de su adulación y sonrisas. Y qué digo “los pibes”: “las pibas”, pues la regla es que las chicas encaran a los chicos y los chicos a las chicas.

Una tarde hice un comentario a la chica de ese momento sobre este peculiar fenómeno. Las mujeres me ignoraban por la calle, ¡¿cómo era posible tal cosa?!

―Estás muy viejo.

―No estoy muy viejo.

―Sí estás muy viejo.

Ella tenía veintidós y yo veintiséis. Tal vez sí estaba muy viejo para discotecas, pero nadie más tenía por qué notarlo (y ahora, casi una década más tarde, tampoco me parece que uno esté muy viejo para discotecas a los veintiséis).

―No te preocupes ―me dijo aquella chica―. Vení conmigo y vas a ver cómo se nos arremolinan.

―A que no.

―A que sí.

―¿Qué querés apostar?

―Lo que quieras.

Por suerte no apostamos nada. Esos buitres interesados se nos arrojaban encima para conseguir que nuestra carne rellenara su fábrica de mercancías juveniles. Venía uno, dábamos un paso y aparecía otro, nos deshacíamos de éste y caía un tercero; nos dieron entradas gratis, consumiciones, hasta ofrecieron pasar a buscarnos con la camioneta de la disco. Teniendo en cuenta que en el fondo era punk y nerd y un verdadero boludo, estaba pisando un territorio extraño y novedoso. Por unos breves minutos, me sentí John Travolta.

―Seguro que es por mí ―le expliqué a aquella chica.

―Sí, claro.

―¿Querés ver?

La prueba sería la siguiente. Ella me esperaría en una esquina, oculta, y yo caminaría muy alegre por entre los tarjeteros. Dicho y hecho. Siempre existe la posibilidad de que por alguna casualidad ninguno de ellos me haya visto, o de que haya caminado muy velozmente, pero de todos modos nadie me ofreció ni una sola de sus preciosas tarjetas. Ni siquiera una con la que debía pagar el doble, o costear la nafta de la camioneta y luego limpiarle los vidrios con la lengua. Había vuelto a mi fase ráfaga de viento.

Quizás la diferencia sí la hacía aquella chica.

Unos meses más tarde, cuando ya había acabado mi relación con aquella chica y me preparaba para mi fracaso amoroso siguiente (y el siguiente, y el siguiente, y así), fui a la sucursal del Société Générale de Lomas de Zamora a abrir una cuenta. Hice los trámites pertinentes en la sucursal de la calle Colombres, descubrí que las “cuentas jóvenes” eran hasta los veinticinco y que estaba excedido por dos años, y luego fui a una librería de saldos sobre la calle Laprida ―la calle de los tarjeteros― para ver qué descubría. Revisé un rato y encontré un libro sobre comunicación, economía y cultura del sociólogo Heriberto Muraro. Lo compré muy contento, salí a la calle tratando de acomodar la mochila y enfilé hacia la estación de trenes, caminando por Laprida. Me detuve en el semáforo frente al Banco Nación, en la calle España, y de pronto la observé.

Era la chica más perfecta que había visto en mucho, mucho tiempo. Pelo brillante bajo el sol, anteojos oscuros onda retro, un cuerpo ideal encajado en un look cool-profesional. Mientras esperaba que cambiara el semáforo e intentaba guardar el libro de Heriberto Muraro, y luego trataba de levantar una moneda que había caído de mis bolsillos agujereados, pensé que esa chica era una alucinación: una imagen ideal creada por los efectos de la nerditud y la incompetencia social. La chica torció su largo cuello para hablar por celular y yo me quedé allí petrificado, mirándola, pensando en esconder mi libro de Heriberto Muraro porque me hacía sentir un tarado.

El semáforo cambió, crucé la calle rumbo a la chica-perfecta y bajé la vista, supongo que para no sentirme tan perdedor. Y en ese momento la chica-perfecta se acercó hacia mí, levanté la vista, nos miramos y finalmente habló.

―¿Tarjeta para Sunset?

Ni siquiera me detuve. Sólo contesté “no gracias” y seguí caminando. Treinta metros después frené en seco. Estuve allí parado un rato, bajo el sol, pensando en lo estúpido que era y en por qué respondí “no gracias”. Tal vez me sorprendió que fuera una tarjetera; tal vez me sorprendió aún más que fuera una tarjetera y que me hablara; tal vez me sorprendió que una tarjetera me hablara cuando acababa de comprar un libro de un tipo llamado Heriberto. No lo sé. La cuestión es que esa mujer me había ofrecido algo y yo dije “no gracias”.

Pasaron casi diez años y nadie volvió a ofrecerme una tarjeta de discoteca. Nunca más salí de la fase ráfaga de viento.

Pero el libro de Heriberto está todavía en la biblioteca.

Heriberto Muraro y los tarjeteros de Sunset

La calle Laprida es la peatonal de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, y también la principal arteria pública de su centro comercial. Allí se agrupan las bocas de las galerías más concurridas, algunos bancos, McDonald’s, Musimundo y los demás negocios.

De ese Musimundo sustraje ―cuando niño― uno de mis primeros casetes, Fuera de sektor (1986) de Los Violadores. Cuando salió el disco siguiente de Los Violadores, Mercado indio (1987), sólo ponían en exhibición las cajitas vacías. Entonces uno se conformaba con chafarse la lámina y grabar luego la cinta en un TDK, de los viejos, ésos que venían de plástico negro con la calcomanía pegada de fábrica. La primera vez que vi un TDK transparente pensé que la tecnología había superado todo límite imaginado; que Buck Rogers, Perry Rhodan y Flash Gordon habían retrocedido a la época de las cavernas. Pasaba horas junto a mi JVC doble casetera mirando cómo la cinta se desenrollaba de un lado y se enrollaba del otro. Parecía el colmo del desarrollo científico, el punto máximo de la evolución humana.

Pasa siempre que el fin de semana se aproxima (digamos un martes o un miércoles, pues últimamente los “findes” comienzan los jueves). En la calle Laprida de Lomas de Zamora se lleva a cabo una práctica suburbana que se remonta bien atrás, hasta donde yo tengo memoria, allá por los ochentas, aunque no mucho más atrás pues los límites de “los ochentas” son la dictadura y Malvinas. En las esquinas de la peatonal pueden verse chicos y chicas exhibiendo su ropa de moda, sus sonrisas, sus raros peinados nuevos, sus gafas de sol, su coolitud; por lo general se los ve merodeando en los alrededores de una camioneta que emite música estruendosa y tiene un nombre estrafalario o mersa o directamente estúpido escrito a los lados.

Esos chicos y chicas se hacen llamar “tarjeteros”.

Los tarjeteros son pequeños dioses suburbanos capaces de aplastar una vida adolescente con sólo voltear la vista y mirar hacia otro lado. Tienen el poder de decidir la suerte de una persona en sus años de pubertad. Parados en las esquinas, mirando alrededor como experimentados cazadores con sus estilográficas en mano, deciden quién es cool y quién no lo es. A quienes les parecen merecedores de diversión, noche y tragos, los detienen e invitan al boliche que representan; firman una tarjeta y agregan un número de invitados. Eso significa que uno es importante y que en ese boliche su presencia será valorada. A quienes no les parecen merecedores de tanto glamur, los dejan seguir su camino. Simplemente los ignoran, y los pobres diablos ignorados se sienten unos infelices.

Hablo por experiencia.

Cuando era chico y no tenía aún edad para matinée (a mediados de los ochentas la matinée largaba a las cinco de la tarde, para chicos de trece o catorce años), solía acercarme a esos dioses inalcanzables y solicitarles una tarjeta para pegar en mi carpeta o cuaderno. Todavía debo tener algunas de Disclub, Le Paradis o Kick guardadas en una caja de zapatos en el desván de la casa de mi madre. Kick fue la primera discoteca donde fui a bailar y, esa primera vez, me rebotaron en la puerta. Tenía doce años y al final terminé tomando un helado al frente de la plaza de la estación de Temperley. Esa tarde entendí que era un desgraciado. Nunca más lo intenté.

Ya siendo adolescente, mientras comenzaba a memorizarme todos los clichés de la subcultura juvenil inadaptada de turno, dejé de interesarme por las discotecas. No me gustaba bailar y, si iba a alguna disco, algún amigo más ducho se encargaba de conseguir las tarjetas y negociar cuántos entrábamos y por cuánto dinero. Yo no era bueno para esas cosas, y aún más, me encantaba no serlo. Cada vez que el amigo ducho, G.L., decía que había que conseguir tarjetas, y luego agregaba: “¡Escondan a MP!”, sentía un orgullo enorme. Todavía más, cuando pasaba junto a algunos de estos tarjeteros y me ignoraban olímpicamente, lo consideraba un halago, el mejor de los cumplidos. Si en cambio me ofrecían alguna tarjeta, decía “no gracias” y corría rápidamente a casa para ponerme un pantalón un poco más rotoso. Había que cuidar el status de joven y rebelde (¡y Coca Cola te comprende!).

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domingo 27 de septiembre de 2009

sábado 26 de septiembre de 2009

Globalización: incendiar la hamburguesería correcta

Existe algo irritante respecto a los lugares comunes. Tienen ese lado jactancioso, soberbio, que le otorga el saberse siempre acertados. Después de todo, los lugares comunes son lugares comunes porque resulta harto difícil contradecirlos, buscar una opción más apropiada. Pero a la vez, poseen un aspecto que excede esa actitud altanera y los vuelve peligrosos: un efecto nubloso, como una máquina de saberes aceptados que se sostienen en la regularidad y entorpecen la capacidad crítica.

Un buen ejemplo es eso que suele llamarse “globalización”.

El problema no es sólo que se haya vuelto una figurita de moda en la extensa lista de responsables de las condiciones de vida actuales, sino que los círculos intelectuales, académicos y científicos corroboren esta tendencia a través de parloteos de ocasión, panfletos en forma de libros y artículos que posicionan favorablemente en el mercado cultural a sus autores: la pesadilla que Theodor Adorno y Max Horkheimer imaginaron bajo el rótulo de “industria cultural”.

¿Qué se entiende por “globalización” una vez que bajaron las aguas de la confusión conceptual? Si al final sólo queda esa sensación de mascar un chicle ya mascado en otro sitio, más vale declarar que la “globalización” ha existido desde mucho antes de que el término fuera tomado como una nueva versión de las luchas nacionales en la época post-colonialista (lo cual resulta paradójico, para empezar). Con otros medios y soportes, con otros resultados inmediatos, el intercambio cultural y la posterior sustitución de “intercambio cultural” por “supremacía cultural” no son inventos de McDonald’s ni de Coca Cola. Estos procesos culturales ─que son procesos justamente por no ser construcciones conceptuales estáticas sino móviles, fluctuantes─ no son deudores de Internet ni de MTV. El mundo no comienza con la televisión a colores y mucho menos con la fibra óptica, aunque a veces así lo parezca.

Pongamos por caso el chicle. ¿Por qué los globafólicos no levantan sus voces frente al imperio de la goma de mascar, como sí lo hacen frente a gaseosas cola o hamburguesas? ¿Acaso por un asunto de monopolio, en el sentido de que el mercado mundial de colas es ─por así decirlo─ bipartidista y el mercado de chicles aparece como más diversificado? Si esto es correcto, el problema no es de productos sino de marcas.

Para el caso, los chicles están mucho más “globalizados” que las hamburguesas. Su expansión y aceptación corrió por canales diferentes, aunque no por eso menos agresivos. La goma de mascar se volvió notoria a escala planetaria cuando los soldados norteamericanos la llevaron consigo a los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, sólo había tenido éxito a escala industrial en Estados Unidos.

Al recordar su niñez durante la Resistencia en una pequeña ciudad italiana, Umberto Eco relató que los primeros soldados norteamericanos le hicieron conocer las delicias de Dick Tracy, de Li’l Abner, y también de la goma de mascar. “El capitán Muddy me dio mi primer chicle y empecé a masticar todo el día”, escribió Eco en Cinco escritos morales. “Por la noche lo metía en un vaso de agua para conservarlo para el día siguiente”. Esta forma de intercambio cultural (soldados norteamericanos esparciendo chicles globo por las ciudades del viejo mundo) no es ajena a prácticas de siglos precedentes, por más que varíen ciudades, soldados o productos introducidos. Si “globalización” pretende significar la imposición de determinadas pautas culturales sobre la vida social de una comunidad, pautas que acaban siendo reconocibles luego en gran parte del planeta, el fenómeno no es de nuevo cuño.

Que exista un “Occidente” o un “Oriente” es una prueba más que suficiente de ello.

#TEXTO COMPLETO

Globalización: incendiar la hamburguesería correcta

Existe algo irritante respecto a los lugares comunes. Tienen ese lado jactancioso, soberbio, que le otorga el saberse siempre acertados. Después de todo, los lugares comunes son lugares comunes porque resulta harto difícil contradecirlos, buscar una opción más apropiada. Pero a la vez, poseen un aspecto que excede esa actitud altanera y los vuelve peligrosos: un efecto nubloso, como una máquina de saberes aceptados que se sostienen en la regularidad y entorpecen la capacidad crítica.

Un buen ejemplo es eso que suele llamarse “globalización”.

El problema no es sólo que se haya vuelto una figurita de moda en la extensa lista de responsables de las condiciones de vida actuales, sino que los círculos intelectuales, académicos y científicos corroboren esta tendencia a través de parloteos de ocasión, panfletos en forma de libros y artículos que posicionan favorablemente en el mercado cultural a sus autores: la pesadilla que Theodor Adorno y Max Horkheimer imaginaron bajo el rótulo de “industria cultural”.

¿Qué se entiende por “globalización” una vez que bajaron las aguas de la confusión conceptual? Si al final sólo queda esa sensación de mascar un chicle ya mascado en otro sitio, más vale declarar que la “globalización” ha existido desde mucho antes de que el término fuera tomado como una nueva versión de las luchas nacionales en la época post-colonialista (lo cual resulta paradójico, para empezar). Con otros medios y soportes, con otros resultados inmediatos, el intercambio cultural y la posterior sustitución de “intercambio cultural” por “supremacía cultural” no son inventos de McDonald’s ni de Coca Cola. Estos procesos culturales ─que son procesos justamente por no ser construcciones conceptuales estáticas sino móviles, fluctuantes─ no son deudores de Internet ni de MTV. El mundo no comienza con la televisión a colores y mucho menos con la fibra óptica, aunque a veces así lo parezca.

Pongamos por caso el chicle. ¿Por qué los globafólicos no levantan sus voces frente al imperio de la goma de mascar, como sí lo hacen frente a gaseosas cola o hamburguesas? ¿Acaso por un asunto de monopolio, en el sentido de que el mercado mundial de colas es ─por así decirlo─ bipartidista y el mercado de chicles aparece como más diversificado? Si esto es correcto, el problema no es de productos sino de marcas.

Para el caso, los chicles están mucho más “globalizados” que las hamburguesas. Su expansión y aceptación corrió por canales diferentes, aunque no por eso menos agresivos. La goma de mascar se volvió notoria a escala planetaria cuando los soldados norteamericanos la llevaron consigo a los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, sólo había tenido éxito a escala industrial en Estados Unidos.

Al recordar su niñez durante la Resistencia en una pequeña ciudad italiana, Umberto Eco relató que los primeros soldados norteamericanos le hicieron conocer las delicias de Dick Tracy, de Li’l Abner, y también de la goma de mascar. “El capitán Muddy me dio mi primer chicle y empecé a masticar todo el día”, escribió Eco en Cinco escritos morales. “Por la noche lo metía en un vaso de agua para conservarlo para el día siguiente”. Esta forma de intercambio cultural (soldados norteamericanos esparciendo chicles globo por las ciudades del viejo mundo) no es ajena a prácticas de siglos precedentes, por más que varíen ciudades, soldados o productos introducidos. Si “globalización” pretende significar la imposición de determinadas pautas culturales sobre la vida social de una comunidad, pautas que acaban siendo reconocibles luego en gran parte del planeta, el fenómeno no es de nuevo cuño.

Que exista un “Occidente” o un “Oriente” es una prueba más que suficiente de ello.

Todo esto no implica minimizar un proceso histórico que concuerda más o menos con lo que generalmente se denomina “globalización”, cuyas raíces están enterradas en la expansión capitalista de los siglos XV-XVIII y la emergencia de la sociedad industrial del siglo XIX: la globalización como producto de la modernidad. Implica, más bien, exponer las contradicciones de la conceptualización más corriente. Del lugar común, ese bastardo altanero.

Denunciar la globalización y quemar una bandera norteamericana como muestra de descontento es un contrasentido tan grande que lo único sorprendente es que ningún manifestante lo haya notado. Que existan conceptos como “mundo globalizado” y “cultura desterritorializada” implicaría la superación, al menos teórica, de los límites de la política internacional, de los Estados-Nación, del Primer y Tercer Mundo; implicaría que ciertos fenómenos (prácticas, espacios, productos, etc.) forman parte de una realidad ─un conjunto de signos que vuelven inteligibles esos fenómenos─ que excede el modelo industrial internacional: la cultura mundializada, “intranacional”, en el sentido que le daba el sociólogo Renato Ortiz en su libro Otro territorio.

Quemar una bandera norteamericana en una manifestación contra la globalización (práctica también “globalizada”) es una vuelta a la crítica del colonialismo: restituye un centro y una periferia, un adentro y un afuera, un imperio irradiador y todas sus colonias receptoras.

El problema no es que alguien prenda fuego una bandera norteamericana en una manifestación anti-globalización. Si vamos al caso, es mejor incendiar banderas antes que edificios, autos o mujeres turcas. El problema ─si se quiere─ es conceptual: están quemándola por las razones equivocadas, o argumentando la acción con conceptos que dan cuenta de fenómenos histórica y culturalmente diferenciados.

A simple vista, parecería que los formadores de opinión profesionales están quejándose por una cosa y la llaman de otra manera: no les gustó el Whopper y van a quemar un local de McDonald’s, o no les gustó el Big Mac y corren a incendiar uno de Wendy’s.

Globalización: incendiar la hamburguesería correcta

Existe algo irritante respecto a los lugares comunes. Tienen ese lado jactancioso, soberbio, que le otorga el saberse siempre acertados. Después de todo, los lugares comunes son lugares comunes porque resulta harto difícil contradecirlos, buscar una opción más apropiada. Pero a la vez, poseen un aspecto que excede esa actitud altanera y los vuelve peligrosos: un efecto nubloso, como una máquina de saberes aceptados que se sostienen en la regularidad y entorpecen la capacidad crítica.

Un buen ejemplo es eso que suele llamarse “globalización”.

El problema no es sólo que se haya vuelto una figurita de moda en la extensa lista de responsables de las condiciones de vida actuales, sino que los círculos intelectuales, académicos y científicos corroboren esta tendencia a través de parloteos de ocasión, panfletos en forma de libros y artículos que posicionan favorablemente en el mercado cultural a sus autores: la pesadilla que Theodor Adorno y Max Horkheimer imaginaron bajo el rótulo de “industria cultural”.

¿Qué se entiende por “globalización” una vez que bajaron las aguas de la confusión conceptual? Si al final sólo queda esa sensación de mascar un chicle ya mascado en otro sitio, más vale declarar que la “globalización” ha existido desde mucho antes de que el término fuera tomado como una nueva versión de las luchas nacionales en la época post-colonialista (lo cual resulta paradójico, para empezar). Con otros medios y soportes, con otros resultados inmediatos, el intercambio cultural y la posterior sustitución de “intercambio cultural” por “supremacía cultural” no son inventos de McDonald’s ni de Coca Cola. Estos procesos culturales ─que son procesos justamente por no ser construcciones conceptuales estáticas sino móviles, fluctuantes─ no son deudores de Internet ni de MTV. El mundo no comienza con la televisión a colores y mucho menos con la fibra óptica, aunque a veces así lo parezca.

Pongamos por caso el chicle. ¿Por qué los globafólicos no levantan sus voces frente al imperio de la goma de mascar, como sí lo hacen frente a gaseosas cola o hamburguesas? ¿Acaso por un asunto de monopolio, en el sentido de que el mercado mundial de colas es ─por así decirlo─ bipartidista y el mercado de chicles aparece como más diversificado? Si esto es correcto, el problema no es de productos sino de marcas.

Para el caso, los chicles están mucho más “globalizados” que las hamburguesas. Su expansión y aceptación corrió por canales diferentes, aunque no por eso menos agresivos. La goma de mascar se volvió notoria a escala planetaria cuando los soldados norteamericanos la llevaron consigo a los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, sólo había tenido éxito a escala industrial en Estados Unidos.

Al recordar su niñez durante la Resistencia en una pequeña ciudad italiana, Umberto Eco relató que los primeros soldados norteamericanos le hicieron conocer las delicias de Dick Tracy, de Li’l Abner, y también de la goma de mascar. “El capitán Muddy me dio mi primer chicle y empecé a masticar todo el día”, escribió Eco en Cinco escritos morales. “Por la noche lo metía en un vaso de agua para conservarlo para el día siguiente”. Esta forma de intercambio cultural (soldados norteamericanos esparciendo chicles globo por las ciudades del viejo mundo) no es ajena a prácticas de siglos precedentes, por más que varíen ciudades, soldados o productos introducidos. Si “globalización” pretende significar la imposición de determinadas pautas culturales sobre la vida social de una comunidad, pautas que acaban siendo reconocibles luego en gran parte del planeta, el fenómeno no es de nuevo cuño.

Que exista un “Occidente” o un “Oriente” es una prueba más que suficiente de ello.

Todo esto no implica minimizar un proceso histórico que concuerda más o menos con lo que generalmente se denomina “globalización”, cuyas raíces están enterradas en la expansión capitalista de los siglos XV-XVIII y la emergencia de la sociedad industrial del siglo XIX: la globalización como producto de la modernidad. Implica, más bien, exponer las contradicciones de la conceptualización más corriente. Del lugar común, ese bastardo altanero.

Denunciar la globalización y quemar una bandera norteamericana como muestra de descontento es un contrasentido tan grande que lo único sorprendente es que ningún manifestante lo haya notado. Que existan conceptos como “mundo globalizado” y “cultura desterritorializada” implicaría la superación, al menos teórica, de los límites de la política internacional, de los Estados-Nación, del Primer y Tercer Mundo; implicaría que ciertos fenómenos (prácticas, espacios, productos, etc.) forman parte de una realidad ─un conjunto de signos que vuelven inteligibles esos fenómenos─ que excede el modelo industrial internacional: la cultura mundializada, “intranacional”, en el sentido que le daba el sociólogo Renato Ortiz en su libro Otro territorio.

Quemar una bandera norteamericana en una manifestación contra la globalización (práctica también “globalizada”) es una vuelta a la crítica del colonialismo: restituye un centro y una periferia, un adentro y un afuera, un imperio irradiador y todas sus colonias receptoras.

El problema no es que alguien prenda fuego una bandera norteamericana en una manifestación anti-globalización. Si vamos al caso, es mejor incendiar banderas antes que edificios, autos o mujeres turcas. El problema ─si se quiere─ es conceptual: están quemándola por las razones equivocadas, o argumentando la acción con conceptos que dan cuenta de fenómenos histórica y culturalmente diferenciados.

A simple vista, parecería que los formadores de opinión profesionales están quejándose por una cosa y la llaman de otra manera: no les gustó el Whopper y van a quemar un local de McDonald’s, o no les gustó el Big Mac y corren a incendiar uno de Wendy’s.

jueves 24 de septiembre de 2009

Esa moda anabaptista demodé

Las dos mujeres conversaban animadamente en el bar. Pasó una chica, por la calle, y las dos mujeres se quedaron observándola por el ventanal. Quizás no se percataron de la chica en tanto persona, en tanto individuo específico de la especie; quizás sólo se percataron de la ropa que llevaba.

―Muy amish ―dijo una de las mujeres.

―Sí ―le respondió la otra―. Ya está muy demodé.

Las modas van y vienen, se sabe. Un día están, al otro día se fueron tan rápido como llegaron. Pero en general no se advierte el lugar del que vienen. Las modas llegan de los lugares más improbables, más insólitos, más mundanos. Casi cualquier cosa puede convertirse en moda: cortes de cabello punk, borceguíes skinhead, cruces católicas, camisas de leñadores o de encargados de gasolineras, gorritas de camioneros o de estibadores de puerto, camisetas de jugadores de fútbol o básquet, atuendos militares, vestimentas de tribus lejanas o de civilizaciones desaparecidas hace siglos. En las democracias capitalistas forjadas en el siglo XX, la moda ―y todo lo demás― sigue la lógica del pañuelo de papel: se usa y se descarta.

No es de extrañar entonces que, luego de haberse sugerido con cierta timidez, ya pueda hacerse una afirmación tan estrambótica como ésta: existe un estilo amish, estuvo en la cresta de la ola y ahora comienza a perder fuerza. Ya está muy demodé.

En 2006, el fotógrafo alemán Peter Lindbergh pasó dos días fotografiando modelos que vestían ropa inspirada en atuendos amish para campañas de Ralph Lauren, Giorgio Armani, Donna Karan, Yohji Yamamoto, Carolina Herrera y Calvin Klein. La noticia recorrió el mundo de la moda, y también ese mundo que está más allá de la moda, pero todavía parecía una excentricidad. Meses después la "tendencia" ya ganaba terreno y no con poco desconcierto se vio a estrellas de la farándula adoptar la novedad: pantalones, camisas, sacos, zapatos y sombreros, todo en riguroso negro y con los analistas del caso repitiendo la palabra “amish”.

“Tendencia”.

“Amish”.

Amish es el nombre con que se conoce a una comunidad religiosa cristiana de doctrina anabaptista, conformada por unas 200.000 personas establecidas en Estados Unidos y Canadá. En general se repiten los tópicos, las definciones consensuadas: está aislados del resto de la sociedad, tienen un particular estilo de vestimenta y rechazan ciertos elementos del mundo contemporáneo: coches, energía eléctrica, servicio militar, seguro social, subsidios estatales. La mayoría desciende de inmigrantes suizos de habla alemana; por eso poseen un peculiar dialecto alto alemán (Deitsch o “alemán de Pensilvania”). Sin embargo, los denominados “Beachy Amish”, nacidos luego de la década de 1960 y más progresistas en cuanto a sus contactos con el mundo exterior, en general hablan inglés.

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Esa moda anabaptista demodé


Las dos mujeres conversaban animadamente en el bar. Pasó una chica, por la calle, y las dos mujeres se quedaron observándola por el ventanal. Quizás no se percataron de la chica en tanto persona, en tanto individuo específico de la especie; quizás sólo se percataron de la ropa que llevaba.

―Muy amish ―dijo una de las mujeres.

―Sí ―le respondió la otra―. Ya está muy demodé.

Las modas van y vienen, se sabe. Un día están, al otro día se fueron tan rápido como llegaron. Pero en general no se advierte el lugar del que vienen. Las modas llegan de los lugares más improbables, más insólitos, más mundanos. Casi cualquier cosa puede convertirse en moda: cortes de cabello punk, borceguíes skinhead, cruces católicas, camisas de leñadores o de encargados de gasolineras, gorritas de camioneros o de estibadores de puerto, camisetas de jugadores de fútbol o básquet, atuendos militares, vestimentas de tribus lejanas o de civilizaciones desaparecidas hace siglos. En las democracias capitalistas forjadas en el siglo XX, la moda ―y todo lo demás― sigue la lógica del pañuelo de papel: se usa y se descarta.

No es de extrañar entonces que, luego de haberse sugerido con cierta timidez, ya pueda hacerse una afirmación tan estrambótica como ésta: existe un estilo amish, estuvo en la cresta de la ola y ahora comienza a perder fuerza. Ya está muy demodé.

En 2006, el fotógrafo alemán Peter Lindbergh pasó dos días fotografiando modelos que vestían ropa inspirada en atuendos amish para campañas de Ralph Lauren, Giorgio Armani, Donna Karan, Yohji Yamamoto, Carolina Herrera y Calvin Klein. La noticia recorrió el mundo de la moda, y también ese mundo que está más allá de la moda, pero todavía parecía una excentricidad. Meses después la “tendencia” ya ganaba terreno y no con poco desconcierto se vio a estrellas de la farándula adoptar la novedad: pantalones, camisas, sacos, zapatos y sombreros, todo en riguroso negro y con los analistas del caso repitiendo la palabra “amish”.

“Tendencia”.

“Amish”.

Amish es el nombre con que se conoce a una comunidad religiosa cristiana de doctrina anabaptista, conformada por unas 200.000 personas establecidas en Estados Unidos y Canadá. En general se repiten los tópicos, las definciones consensuadas: está aislados del resto de la sociedad, tienen un particular estilo de vestimenta y rechazan ciertos elementos del mundo contemporáneo: coches, energía eléctrica, servicio militar, seguro social, subsidios estatales. La mayoría desciende de inmigrantes suizos de habla alemana; por eso poseen un peculiar dialecto alto alemán (Deitsch o “alemán de Pensilvania”). Sin embargo, los denominados “Beachy Amish”, nacidos luego de la década de 1960 y más progresistas en cuanto a sus contactos con el mundo exterior, en general hablan inglés.

La vida en las comunidades amish está reglamentada por la Ordnung, que es un conjunto de reglas no escritas pero aceptadas estrictamente. Cada comunidad tiene su propia Ordnung, así que lo que es aceptable en una comunidad puede no serlo en otra; por eso resulta tan difícil hablar de un “estilo de vida amish”. Por ejemplo, mientras que algunos grupos no aceptan la electricidad en ninguna de sus formas (pues ésta podría plantear cambios en el modo de vida que intenta mantenerse), otros grupos sí emplean baterías de 12 voltios para ciertas actividades (por ejemplo, hacer funcionar soldadoras).

Sin embargo, cuando algún “estilo de vida” se convierte en moda no hay tiempo para sutilezas. Diseñadores y consumidores solo parecen extraer la figurita más pintoresca de cada fenómeno, y para hacerlo siempre es necesario mantenerse en las formas más nítidas, más superficiales. Lo que siempre llamó la atención de estas comunidades, aún antes de que Harrison Ford las visitara en Testigo en peligro (1985), es la apariencia de sus miembros (¿a quién le importa qué hacen con las baterías de 12 voltios?). Dicen revistas como Cosmopolitan: predomina un riguroso negro para los hombres, sea en pantalones, sacos, zapatos y sombreros; las camisas suelen ser blancas, azules o negras. Las mujeres llevan vestidos que dejan prácticamente todo librado a la imaginación, generalmente en color azul oscuro; por encima, suelen llevar delantales ―generalmente en blanco o negro― y una capa de forma triangular.

Algunas comunidades tienen prohibidos los botones, y sólo permiten ganchos y ojales para mantener las ropas cerradas. Los hombres suelen estar afeitados hasta que contraen matrimonio, momento en que dejan crecerse la barba. Los bigotes generalmente están prohibidos por ser vistos como símbolos del militarismo (se debe a la persecución política y religiosa que sufrieron en Europa durante los siglos XVI y XVII: la nobleza y los miembros de la clase alta, que servían frecuentemente como oficiales militares, llevaban bigotes pero no barbas). Tiende a evitarse cualquier lujo, a mantener las formas simples que deben reflejar un modo de vida austero y estricto. O eso dicen.

Y de alguna manera esta comunidad se convirtió en figurita reconocida en la alta moda internacional. Una buena parte de las colecciones otoño/invierno 2007/2008 siguieron el look amish: líneas sencillas y neutras, cortes simples, nada de estampados ni colores llamativos, sólo negro y azules oscuros lisos. Entre los diseñadores que trabajaron con este estilo se cuentan Jil Sander, Miu Miu, Narciso Rodríguez, Bruno Pieters y Fendi.

Hoy las noticias sobre la comunidad amish recorren el mundo. Modelos pasean por las pasarelas más exclusivas con atuendos inspirados en tradiciones amish, grupos ecologistas ponderan su relación con la tierra y el medio ambiente, canales de televisión han presentado efímeros reality shows que los tienen como protagonistas. También fueron noticia por un tiroteo en una escuela amish de Pensilvania en 2006, donde murieron y fueron heridas varias niñas.

Pero pasada la novedad, pasado el interés. La moda se vuelve demodé. Ya no llama la atención.

Las dos mujeres, en el bar, vuelven la vista con desdén a sus respectivos tés. La chica, muy amish, se pierde con rumbo desconocido.

Esa moda anabaptista demodé


Las dos mujeres conversaban animadamente en el bar. Pasó una chica, por la calle, y las dos mujeres se quedaron observándola por el ventanal. Quizás no se percataron de la chica en tanto persona, en tanto individuo específico de la especie; quizás sólo se percataron de la ropa que llevaba.

―Muy amish ―dijo una de las mujeres.

―Sí ―le respondió la otra―. Ya está muy demodé.

Las modas van y vienen, se sabe. Un día están, al otro día se fueron tan rápido como llegaron. Pero en general no se advierte el lugar del que vienen. Las modas llegan de los lugares más improbables, más insólitos, más mundanos. Casi cualquier cosa puede convertirse en moda: cortes de cabello punk, borceguíes skinhead, cruces católicas, camisas de leñadores o de encargados de gasolineras, gorritas de camioneros o de estibadores de puerto, camisetas de jugadores de fútbol o básquet, atuendos militares, vestimentas de tribus lejanas o de civilizaciones desaparecidas hace siglos. En las democracias capitalistas forjadas en el siglo XX, la moda ―y todo lo demás― sigue la lógica del pañuelo de papel: se usa y se descarta.

No es de extrañar entonces que, luego de haberse sugerido con cierta timidez, ya pueda hacerse una afirmación tan estrambótica como ésta: existe un estilo amish, estuvo en la cresta de la ola y ahora comienza a perder fuerza. Ya está muy demodé.

En 2006, el fotógrafo alemán Peter Lindbergh pasó dos días fotografiando modelos que vestían ropa inspirada en atuendos amish para campañas de Ralph Lauren, Giorgio Armani, Donna Karan, Yohji Yamamoto, Carolina Herrera y Calvin Klein. La noticia recorrió el mundo de la moda, y también ese mundo que está más allá de la moda, pero todavía parecía una excentricidad. Meses después la “tendencia” ya ganaba terreno y no con poco desconcierto se vio a estrellas de la farándula adoptar la novedad: pantalones, camisas, sacos, zapatos y sombreros, todo en riguroso negro y con los analistas del caso repitiendo la palabra “amish”.

“Tendencia”.

“Amish”.

Amish es el nombre con que se conoce a una comunidad religiosa cristiana de doctrina anabaptista, conformada por unas 200.000 personas establecidas en Estados Unidos y Canadá. En general se repiten los tópicos, las definciones consensuadas: está aislados del resto de la sociedad, tienen un particular estilo de vestimenta y rechazan ciertos elementos del mundo contemporáneo: coches, energía eléctrica, servicio militar, seguro social, subsidios estatales. La mayoría desciende de inmigrantes suizos de habla alemana; por eso poseen un peculiar dialecto alto alemán (Deitsch o “alemán de Pensilvania”). Sin embargo, los denominados “Beachy Amish”, nacidos luego de la década de 1960 y más progresistas en cuanto a sus contactos con el mundo exterior, en general hablan inglés.

La vida en las comunidades amish está reglamentada por la Ordnung, que es un conjunto de reglas no escritas pero aceptadas estrictamente. Cada comunidad tiene su propia Ordnung, así que lo que es aceptable en una comunidad puede no serlo en otra; por eso resulta tan difícil hablar de un “estilo de vida amish”. Por ejemplo, mientras que algunos grupos no aceptan la electricidad en ninguna de sus formas (pues ésta podría plantear cambios en el modo de vida que intenta mantenerse), otros grupos sí emplean baterías de 12 voltios para ciertas actividades (por ejemplo, hacer funcionar soldadoras).

Sin embargo, cuando algún “estilo de vida” se convierte en moda no hay tiempo para sutilezas. Diseñadores y consumidores solo parecen extraer la figurita más pintoresca de cada fenómeno, y para hacerlo siempre es necesario mantenerse en las formas más nítidas, más superficiales. Lo que siempre llamó la atención de estas comunidades, aún antes de que Harrison Ford las visitara en Testigo en peligro (1985), es la apariencia de sus miembros (¿a quién le importa qué hacen con las baterías de 12 voltios?). Dicen revistas como Cosmopolitan: predomina un riguroso negro para los hombres, sea en pantalones, sacos, zapatos y sombreros; las camisas suelen ser blancas, azules o negras. Las mujeres llevan vestidos que dejan prácticamente todo librado a la imaginación, generalmente en color azul oscuro; por encima, suelen llevar delantales ―generalmente en blanco o negro― y una capa de forma triangular.

Algunas comunidades tienen prohibidos los botones, y sólo permiten ganchos y ojales para mantener las ropas cerradas. Los hombres suelen estar afeitados hasta que contraen matrimonio, momento en que dejan crecerse la barba. Los bigotes generalmente están prohibidos por ser vistos como símbolos del militarismo (se debe a la persecución política y religiosa que sufrieron en Europa durante los siglos XVI y XVII: la nobleza y los miembros de la clase alta, que servían frecuentemente como oficiales militares, llevaban bigotes pero no barbas). Tiende a evitarse cualquier lujo, a mantener las formas simples que deben reflejar un modo de vida austero y estricto. O eso dicen.

Y de alguna manera esta comunidad se convirtió en figurita reconocida en la alta moda internacional. Una buena parte de las colecciones otoño/invierno 2007/2008 siguieron el look amish: líneas sencillas y neutras, cortes simples, nada de estampados ni colores llamativos, sólo negro y azules oscuros lisos. Entre los diseñadores que trabajaron con este estilo se cuentan Jil Sander, Miu Miu, Narciso Rodríguez, Bruno Pieters y Fendi.

Hoy las noticias sobre la comunidad amish recorren el mundo. Modelos pasean por las pasarelas más exclusivas con atuendos inspirados en tradiciones amish, grupos ecologistas ponderan su relación con la tierra y el medio ambiente, canales de televisión han presentado efímeros reality shows que los tienen como protagonistas. También fueron noticia por un tiroteo en una escuela amish de Pensilvania en 2006, donde murieron y fueron heridas varias niñas.

Pero pasada la novedad, pasado el interés. La moda se vuelve demodé. Ya no llama la atención.

Las dos mujeres, en el bar, vuelven la vista con desdén a sus respectivos tés. La chica, muy amish, se pierde con rumbo desconocido.

domingo 20 de septiembre de 2009

Bodas, funerales y metiches


Todo sucede en los márgenes del Lago Titicaca, del lado boliviano: bodas y funerales. Y para registrar los hechos, para consignar que éstos realmente sucedieron, micros cargados de turistas, y turistas cargados de cámaras fotográficas y costosos objetivos, desembarcan cada día con la promesa de una mueca de alteridad: ellos, los indios; nosotros, quienes les damos la existencia al consignar, justamente, dicha existencia. La aventura colonialista no desapareció; sólo se democratizó gracias al desarrollo del transporte, la tecnología y los sistemas de legitimación de los patrones de comportamiento sociales. Y gracias a que los indios construyeron hostels con desayunos continentales.

Y oigan: nadie está arrojando la primera piedra.

Mientras escribo, en una mesita cubierta con un aguayo (tradicional tejido andino, rectangular, empleado en general para cargar niños u objetos en la espalda), mesita emplazada junto a una ventana con una espléndida vista al lago y desde la cual a veces se ve a la dueña de la hostería tejiendo los tapices que inundarán los mercados de La Paz, todavía se oye la banda que está tocando en algún lugar de la Isla del Sol (la más grande del Titicaca, poblada por quechuas y aymaras, donde, en la época inca, funcionaba un importante templo de sacrificios). No hay Internet en la Isla, y eso quiere decir que entre escritura y publicación pasarán días o semanas. También quiere decir que hay trucos: se puede dejar de escribir a mitad de oración, tomar la cámara fotográfica y correr detrás de la música. Se puede ser un metiche, y más aún: un metiche profesional. La única diferencia entre antropólogos, periodistas y turistas es que estos últimos no ensayan rebuscadas excusas para meter las narices donde no les incumbe. En un sentido absoluto, un turista es más noble que un antropólogo, y casi cualquier cosa de este mundo es más noble que un periodista.

El turista se justifica, ante sí y ante los demás, por su situación de turista.

El funeral es en la ciudad de Copacabana, centro veraniego y religioso boliviano. La carroza fúnebre cruza la ciudad y unas cholas desconsoladas, de riguroso negro, se arremolinan frente a la iglesia. El Titicaca sigue poniendo su manto de misterio. Los turistas se acercan, señalan con el dedo, toman fotografías, cuchichean, se aburren, esperan a que suceda algo extraordinario. Algunos mantienen una distancia prudente, otros ni siquiera se molestan. Nunca falta el que pregunta en voz alta que qué está sucediendo, aún cuando hay mujeres llorosas vestidas de negro y un féretro. ¿Es un cumpleaños? ¿Una despedida de soltero? ¿Una fiesta de graduación?

Y oigan, de nuevo: ninguna primera piedra. Si no estoy tomando fotografías, o si no estoy intentándolo al menos, es un poco por timidez y otro poco porque resulta mucho más interesante observar cómo los turistas se arremolinan a curiosear en el velorio que observar el velorio en sí. Y sostener que uno observa a quienes observan no es más que una excusa. Y una no muy buena: mires lo que mires, mires al muerto o mires a los tipos en bermudas y mocasines que miran al muerto, estás ahí. Sólo otro metiche, curioseando donde nadie te invitó.

Nadie te dio vela en este entierro, y nunca mejor usada esa expresión.

Al mismo tiempo, en la Isla del Sol, se celebra una fiesta de casamiento. Hay una banda con trompetas y bombos, y la música resuena en cada recoveco: es un imán irresistible. Quienes no se amilanaran con la mala combinación entre falta de oxígeno y larga caminata, llegan a la fiesta y se quedan curioseando en los alrededores, tomando fotografías como si fuese un zoológico, preguntando que qué sucede, que si va a ocurrir algo más de lo que está ocurriendo. ¿Sólo música, baile y gente emborrachándose con cerveza bajo el sol? ¿O presentarán algo más?

Los invitados, casi todos residentes de la Isla, ya están acostumbrados a que los fotografíen en cada momento y en cada lugar: mientras acarrean el ganado, pasean por los senderos o se cepillan los dientes. Ahora bailan con sus mejores galas, y seguramente dan por sentado que serán observados y escudriñados (en principio por sus vecinos no invitados al jolgorio). Bailarán y beberán hasta bien entrada la noche, y en algún momento la fiesta amenazará con convertirse en batahola generalizada, una divertidísima gresca entre ebrios.

Y lo sé porque estoy ahí, metiéndome en lo que no me llaman, escudriñando desde los rincones con mi cámara fotográfica.

El turismo es probablemente una de las áreas más interesantes de la industria cultural. Las negociaciones, las legitimaciones, los préstamos y las resignificaciones: sobre la mesa de casa tengo el mismo tipo de aguayo que hay sobre la mesa junto a la ventana que da al Titicaca, el mismo tipo de aguayo que usan los novios en la fiesta y el mismo tipo de aguayo que había sobre el féretro del difunto. Sus usos están disueltos, encarrilados hacia direcciones diferentes pero que en general no se contradicen. Todo forma parte de un mismo universo.

Es interesante, y al mismo tiempo sostener que es interesante no deja de ser una rebuscada excusa: prorrumpir en la vida ajena con alguna justificación donde no faltará la palabra “cultura”.

Empiezo a pensar en cómo sería que un grupo de extraños aparezca en tu casamiento, o en tu velorio, a tomar fotografías y cuchichear con el dedo índice hacia adelante. Cómo sería aceptar de buena o mala gana que tu vida será escudriñada sólo porque alguien la considera ejemplar, distintiva, pintoresca o simplemente diferente. Cómo sería convertirte en representación de un modo de vida diferente (¿diferente a qué? A fin de cuentas, todos usamos las mismas empresas de telefonía celular y pagamos las boletas en los mismos bancos), y que esa diferencia, institucionalizada por el turismo, legitime el escudriñamiento y disección: que se vuelva parte de tu vida cotidiana que alguien esté tomando fotografías de tu patio trasero.

Basta imaginarse que uno está en su cubículo (aunque su cubículo sea una mesa con un aguayo con vista al lago), y que respirando en su nuca hay media decena de personas tomando fotos mientras habla por teléfono, escribe en la computadora o come su almuerzo.

O quizás esto no sea más que otro intento de excusarse. A la hora de tomarle fotografías a cualquier cosa que nos parezca extraña, o simplemente diferente, todos nos parecemos bastante.

Bodas, funerales y metiches


Todo sucede en los márgenes del Lago Titicaca, del lado boliviano: bodas y funerales. Y para registrar los hechos, para consignar que éstos realmente sucedieron, micros cargados de turistas, y turistas cargados de cámaras fotográficas y costosos objetivos, desembarcan cada día con la promesa de una mueca de alteridad: ellos, los indios; nosotros, quienes les damos la existencia al consignar, justamente, dicha existencia. La aventura colonialista no desapareció; sólo se democratizó gracias al desarrollo del transporte, la tecnología y los sistemas de legitimación de los patrones de comportamiento sociales. Y gracias a que los indios construyeron hostels con desayunos continentales.

Y oigan: nadie está arrojando la primera piedra.

Mientras escribo, en una mesita cubierta con un aguayo (tradicional tejido andino, rectangular, empleado en general para cargar niños u objetos en la espalda), mesita emplazada junto a una ventana con una espléndida vista al lago y desde la cual a veces se ve a la dueña de la hostería tejiendo los tapices que inundarán los mercados de La Paz, todavía se oye la banda que está tocando en algún lugar de la Isla del Sol (la más grande del Titicaca, poblada por quechuas y aymaras, donde, en la época inca, funcionaba un importante templo de sacrificios). No hay Internet en la Isla, y eso quiere decir que entre escritura y publicación pasarán días o semanas. También quiere decir que hay trucos: se puede dejar de escribir a mitad de oración, tomar la cámara fotográfica y correr detrás de la música. Se puede ser un metiche, y más aún: un metiche profesional. La única diferencia entre antropólogos, periodistas y turistas es que estos últimos no ensayan rebuscadas excusas para meter las narices donde no les incumbe. En un sentido absoluto, un turista es más noble que un antropólogo, y casi cualquier cosa de este mundo es más noble que un periodista.

El turista se justifica, ante sí y ante los demás, por su situación de turista.

El funeral es en la ciudad de Copacabana, centro veraniego y religioso boliviano. La carroza fúnebre cruza la ciudad y unas cholas desconsoladas, de riguroso negro, se arremolinan frente a la iglesia. El Titicaca sigue poniendo su manto de misterio. Los turistas se acercan, señalan con el dedo, toman fotografías, cuchichean, se aburren, esperan a que suceda algo extraordinario. Algunos mantienen una distancia prudente, otros ni siquiera se molestan. Nunca falta el que pregunta en voz alta que qué está sucediendo, aún cuando hay mujeres llorosas vestidas de negro y un féretro. ¿Es un cumpleaños? ¿Una despedida de soltero? ¿Una fiesta de graduación?

Y oigan, de nuevo: ninguna primera piedra. Si no estoy tomando fotografías, o si no estoy intentándolo al menos, es un poco por timidez y otro poco porque resulta mucho más interesante observar cómo los turistas se arremolinan a curiosear en el velorio que observar el velorio en sí. Y sostener que uno observa a quienes observan no es más que una excusa. Y una no muy buena: mires lo que mires, mires al muerto o mires a los tipos en bermudas y mocasines que miran al muerto, estás ahí. Sólo otro metiche, curioseando donde nadie te invitó.

Nadie te dio vela en este entierro, y nunca mejor usada esa expresión.

Al mismo tiempo, en la Isla del Sol, se celebra una fiesta de casamiento. Hay una banda con trompetas y bombos, y la música resuena en cada recoveco: es un imán irresistible. Quienes no se amilanaran con la mala combinación entre falta de oxígeno y larga caminata, llegan a la fiesta y se quedan curioseando en los alrededores, tomando fotografías como si fuese un zoológico, preguntando que qué sucede, que si va a ocurrir algo más de lo que está ocurriendo. ¿Sólo música, baile y gente emborrachándose con cerveza bajo el sol? ¿O presentarán algo más?

Los invitados, casi todos residentes de la Isla, ya están acostumbrados a que los fotografíen en cada momento y en cada lugar: mientras acarrean el ganado, pasean por los senderos o se cepillan los dientes. Ahora bailan con sus mejores galas, y seguramente dan por sentado que serán observados y escudriñados (en principio por sus vecinos no invitados al jolgorio). Bailarán y beberán hasta bien entrada la noche, y en algún momento la fiesta amenazará con convertirse en batahola generalizada, una divertidísima gresca entre ebrios.

Y lo sé porque estoy ahí, metiéndome en lo que no me llaman, escudriñando desde los rincones con mi cámara fotográfica.

El turismo es probablemente una de las áreas más interesantes de la industria cultural. Las negociaciones, las legitimaciones, los préstamos y las resignificaciones: sobre la mesa de casa tengo el mismo tipo de aguayo que hay sobre la mesa junto a la ventana que da al Titicaca, el mismo tipo de aguayo que usan los novios en la fiesta y el mismo tipo de aguayo que había sobre el féretro del difunto. Sus usos están disueltos, encarrilados hacia direcciones diferentes pero que en general no se contradicen. Todo forma parte de un mismo universo.

Es interesante, y al mismo tiempo sostener que es interesante no deja de ser una rebuscada excusa: prorrumpir en la vida ajena con alguna justificación donde no faltará la palabra “cultura”.

Empiezo a pensar en cómo sería que un grupo de extraños aparezca en tu casamiento, o en tu velorio, a tomar fotografías y cuchichear con el dedo índice hacia adelante. Cómo sería aceptar de buena o mala gana que tu vida será escudriñada sólo porque alguien la considera ejemplar, distintiva, pintoresca o simplemente diferente. Cómo sería convertirte en representación de un modo de vida diferente (¿diferente a qué? A fin de cuentas, todos usamos las mismas empresas de telefonía celular y pagamos las boletas en los mismos bancos), y que esa diferencia, institucionalizada por el turismo, legitime el escudriñamiento y disección: que se vuelva parte de tu vida cotidiana que alguien esté tomando fotografías de tu patio trasero.

Basta imaginarse que uno está en su cubículo (aunque su cubículo sea una mesa con un aguayo con vista al lago), y que respirando en su nuca hay media decena de personas tomando fotos mientras habla por teléfono, escribe en la computadora o come su almuerzo.

O quizás esto no sea más que otro intento de excusarse. A la hora de tomarle fotografías a cualquier cosa que nos parezca extraña, o simplemente diferente, todos nos parecemos bastante.