La costumbre consiste en sentarse a desayunar acompañado del perro y permitir que dicho perro meta las patas sobre la mesa, que la mordisquee, que la chupetee, que la babosee a su gusto. Empeora con esos perritos pedorros con forma de pompón de algodón y vestiditos maricones, mascotas de señoras y señores cuyo alto nivel económico suele ser equivalente a su alto nivel de desprecio por el espacio público. En estos casos la mascota suele estar sobre las faldas de sus dueños, chupeteando platos, tazas, manteles y demás superficies que quizás cinco minutos más tarde entrarán en contacto con nuestras ingenuas y desprevenidas personas.
Por esas cosas de las asociaciones espontáneas (por eso del Rolex en la corriente de la conciencia, diría, quizás, la escritora Vlady Kociancich), mientras veía cómo un perro baboseaba un platito de galletitas sobre la mesa del bar de la esquina de Independencia y Entre Ríos, pensé en la babosa. Hacía años que no pensaba en la babosa. Técnicamente, nunca había pensado en la babosa; nunca lo había puesto dentro de los márgenes de mi radar más allá de cuando aparecía en él. Pero en este caso, pensé en la babosa.
Y al instante experimenté un pegajoso escalofrío en la nuca.
En la década de 1990 escribía en la revista Madhouse, publicación de marginales estilos musicales de la industria cultural. Se me hace un tanto difícil explicar de qué se trataba Madhouse, pero a fines de ilustrar con una idea aproximada para los no enterados, que estimo son la mayoría, citaré unos fragmentos de la introducción de Días de ron, la novela que Hunter S. Thompson escribió a comienzos de la década de 1960 y que se publicó recién en 1998:
"En el News trabajaban hombres de toda clase: desde turbulentos jóvenes extremistas que querían reducir el mundo a escombros y empezar todo de nuevo, hasta carcamanes cansados y barrigones de tanto beber cerveza, que lo único que deseaban era vivir en paz antes de que un puñado de fanáticos redujeran el mundo a escombros.
Cubrían la gama completa que iba desde talentos genuinos y hombres honestos a degenerados y fracasados sin esperanzas que casi no sabían escribir una postal: chiflados y fugitivos y borrachos peligrosos... [...]
En aquella época no había escasez de gente con la que compartir un trago. Nunca duraban mucho, pero no cesaban de aparecer. Yo los llamo periodistas vagabundos porque ningún otro término resultaría igualmente válido. No había dos iguales. Eran profesionales distintos, pero tenían algunas cosas en común: dependían, más que nada por hábito, de los periódicos y las revistas para el grueso de sus ingresos; su vida estaba calibrada para las oportunidades a largo plazo y los movimientos repentinos, juraban no deberle lealtad a ninguna bandera y la única moneda que les resultaba valiosa eran la buena suerte y los buenos contactos.
Algunos eran más periodistas que vagabundos y otros, más vagabundos que periodistas, pero con pocas excepciones trabajan por horas, de manera independiente o eran aspirantes a corresponsales extranjeros y, por una u otra razón, vivían a cierta distancia del establishment periodístico. [...]
En cierto sentido yo era uno de ellos ―más competente que algunos y más estable que otros― y en los años en que enarbolé ese cartel andrajoso, rara vez estaba sin empleo. [...] Hice algunas amistades interesantes, gané suficiente dinero para moverme y aprendí sobre el mundo cosas que jamás habría aprendido de ninguna otra manera.
Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos ―un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro― era lo que me mantenía vivo".
Excepto por las partes de alcanzar la cima (o de haber ganado dinero), diría que es una buena introducción para desprevenidos. Algo así era Madhouse.
Uno nunca se aburría.
Por razones difíciles de precisar, la editorial que publicaba Madhouse comenzó a editar una revista que apuntaba a un público en común, dándose la curiosa situación de que había dos revistas bajo un mismo techo disputándose un mismo acotado nicho de mercado. No nos teníamos mucha estima. De hecho, nos detestábamos profundamente.
La babosa escribía en la otra revista.
Este pibe, cuyo nombre no recuerdo (si es que alguna vez lo supe), tenía todo a su favor para que lo tomáramos a la chacota. Supongo que éramos un poco injustos. No era un mal pibe; al menos no lo recuerdo como un mal pibe. Pero tenía un problema, la babosa. ¿Cómo decirlo? El pibe era demasiado blandito, como si no tuviese huesos, como si estuviese compuesto de alguna sustancia viscosa y movediza. Parecía hecho de una gelatina humedecida, con movimientos tenuemente mantecosos, una vocecita que irritaba de tan suavecita. Le quedó “la babosa” al pobre. Creo que nunca lo supo, que nunca entendió por qué le arrojábamos sal.
Como compartíamos un mismo techo, había que saludarse. Era justamente en el saludo cuando se manifestaban sus cualidades de babosa.
En la sociedad contemporánea, los besos tienen muchas funciones. Por ejemplo, la transmisión de mononucleosis infecciosa o de herpes. También se emplean besos como señal de afecto, de respeto, de felicitación, de deseo sexual o de buena suerte. Y se emplean besos como saludo.
En Argentina existe la desagradable costumbre de saludarse con besos entre hombres. Tratándose de una costumbre, y aún hundiéndose en el fango de la tautología, uno se acostumbra. A los saludos con beso que considera “naturales” (a padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos cercanos, etc.), uno suma su adiestramiento para saludar con un (¡puaj!) beso a casi cualquier hombre que le resulte más o menos conocido. Parece inevitable en ciertas situaciones. Algunas costumbres asquerosas de la sociedad argentina pueden evitarse con un “no gracias”; por ejemplo, tomar mate o comer morcilla. Lo del beso masculino va tornándose cada vez más hegemónico, más asfixiante. Uno no puede hacer mucho al respecto, sólo poner cara de asco y hacerla notar. Las personas vienen cada vez menos perspicaces y no entienden una señal tan poco sutil como una mano extendida.
A ver: si extiendo la mano, dame la mano, no vayas al cachete.
Supongo que la babosa tampoco entendía las indirectas. Uno le extendía la mano con rapidez, pero la babosa iba derecho al cachete. Y cuando apoyaba su mejilla deshuesada en tu mejilla era como si una babosa acuosa gigante te restregara la cara, humedeciéndotela, chupeteándotela. Una sensación espantosa. Incluso en las ocasiones en que lográbamos extender la mano a tiempo, para que la babosa entendiera cómo esperábamos saludarnos, el contacto resultaba desagradable. También su apretón de manos era de babosa.
Cada vez que la babosa saludaba a uno, el resto nos mirábamos de reojo, aguantando la risa sonsa. Supongo que el pibe nos consideraba un puñado de infradotados, siempre sonriendo como imbéciles. Lo cierto es que en los ratos de ocio, que eran la mayoría, solíamos tirarle sobrecitos de sal en su buzón de correo (todos teníamos un buzón de correo donde se amontonaban discos, gacetillas, demos, revistas y cartas con amenazas de muerte). Cada vez que revisaba su correspondencia, que a la sazón no era mucha, se encontraba con los sobrecitos de sal. Miraba en derredor, tratando de entender.
Y nosotros sonreíamos como imbéciles.
No sé qué habrá sido de la babosa. Tampoco me interesa saberlo. Imagino que la sal no tuvo efecto y que anda arrastrándose por los suelos de oscuras redacciones de oscuras publicaciones de oscuras músicas de la oscura industria cultural.
Todo muy oscuro.
Y pegajoso.



