lunes 31 de agosto de 2009

Una babosa en la corriente de la conciencia

La práctica es mañanera. Sucede a la hora del desayuno, sobre todo los fines de semana. También se lo ve por las tardes, a la hora de la merienda de cualquier día laboral, pero el momento crítico se sitúa los días sábados y domingos a la hora del desayuno. Puede ser en cualquier bar de la ciudad de Buenos Aires con mesas en las veredas, aunque por algún motivo los bares de las esquinas transitadas son los más elegidos, especialmente si son los bares de las esquinas transitadas de barrios tradicionalmente acomodados: Palermo, Barrio Norte, Recoleta. También se lo ve en barrios como Caballito, y acá en el sur de la ciudad, en San Telmo o San Cristóbal. Concluyo, pues, que la práctica está extendida, aunque no de manera homogénea: se lo nota con más frecuencia en Puerto Madero que en Barracas.

La costumbre consiste en sentarse a desayunar acompañado del perro y permitir que dicho perro meta las patas sobre la mesa, que la mordisquee, que la chupetee, que la babosee a su gusto. Empeora con esos perritos pedorros con forma de pompón de algodón y vestiditos maricones, mascotas de señoras y señores cuyo alto nivel económico suele ser equivalente a su alto nivel de desprecio por el espacio público. En estos casos la mascota suele estar sobre las faldas de sus dueños, chupeteando platos, tazas, manteles y demás superficies que quizás cinco minutos más tarde entrarán en contacto con nuestras ingenuas y desprevenidas personas.

Por esas cosas de las asociaciones espontáneas (por eso del Rolex en la corriente de la conciencia, diría, quizás, la escritora Vlady Kociancich), mientras veía cómo un perro baboseaba un platito de galletitas sobre la mesa del bar de la esquina de Independencia y Entre Ríos, pensé en la babosa. Hacía años que no pensaba en la babosa. Técnicamente, nunca había pensado en la babosa; nunca lo había puesto dentro de los márgenes de mi radar más allá de cuando aparecía en él. Pero en este caso, pensé en la babosa.

Y al instante experimenté un pegajoso escalofrío en la nuca.

En la década de 1990 escribía en la revista Madhouse, publicación de marginales estilos musicales de la industria cultural. Se me hace un tanto difícil explicar de qué se trataba Madhouse, pero a fines de ilustrar con una idea aproximada para los no enterados, que estimo son la mayoría, citaré unos fragmentos de la introducción de Días de ron, la novela que Hunter S. Thompson escribió a comienzos de la década de 1960 y que se publicó recién en 1998:

"En el News trabajaban hombres de toda clase: desde turbulentos jóvenes extremistas que querían reducir el mundo a escombros y empezar todo de nuevo, hasta carcamanes cansados y barrigones de tanto beber cerveza, que lo único que deseaban era vivir en paz antes de que un puñado de fanáticos redujeran el mundo a escombros.
Cubrían la gama completa que iba desde talentos genuinos y hombres honestos a degenerados y fracasados sin esperanzas que casi no sabían escribir una postal: chiflados y fugitivos y borrachos peligrosos... [...]
En aquella época no había escasez de gente con la que compartir un trago. Nunca duraban mucho, pero no cesaban de aparecer. Yo los llamo periodistas vagabundos porque ningún otro término resultaría igualmente válido. No había dos iguales. Eran profesionales distintos, pero tenían algunas cosas en común: dependían, más que nada por hábito, de los periódicos y las revistas para el grueso de sus ingresos; su vida estaba calibrada para las oportunidades a largo plazo y los movimientos repentinos, juraban no deberle lealtad a ninguna bandera y la única moneda que les resultaba valiosa eran la buena suerte y los buenos contactos.
Algunos eran más periodistas que vagabundos y otros, más vagabundos que periodistas, pero con pocas excepciones trabajan por horas, de manera independiente o eran aspirantes a corresponsales extranjeros y, por una u otra razón, vivían a cierta distancia del establishment periodístico. [...]
En cierto sentido yo era uno de ellos ―más competente que algunos y más estable que otros― y en los años en que enarbolé ese cartel andrajoso, rara vez estaba sin empleo. [...] Hice algunas amistades interesantes, gané suficiente dinero para moverme y aprendí sobre el mundo cosas que jamás habría aprendido de ninguna otra manera.
Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos ―un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro― era lo que me mantenía vivo".

Excepto por las partes de alcanzar la cima (o de haber ganado dinero), diría que es una buena introducción para desprevenidos. Algo así era Madhouse.

Uno nunca se aburría.

Por razones difíciles de precisar, la editorial que publicaba Madhouse comenzó a editar una revista que apuntaba a un público en común, dándose la curiosa situación de que había dos revistas bajo un mismo techo disputándose un mismo acotado nicho de mercado. No nos teníamos mucha estima. De hecho, nos detestábamos profundamente.

La babosa escribía en la otra revista.

Este pibe, cuyo nombre no recuerdo (si es que alguna vez lo supe), tenía todo a su favor para que lo tomáramos a la chacota. Supongo que éramos un poco injustos. No era un mal pibe; al menos no lo recuerdo como un mal pibe. Pero tenía un problema, la babosa. ¿Cómo decirlo? El pibe era demasiado blandito, como si no tuviese huesos, como si estuviese compuesto de alguna sustancia viscosa y movediza. Parecía hecho de una gelatina humedecida, con movimientos tenuemente mantecosos, una vocecita que irritaba de tan suavecita. Le quedó “la babosa” al pobre. Creo que nunca lo supo, que nunca entendió por qué le arrojábamos sal.

Como compartíamos un mismo techo, había que saludarse. Era justamente en el saludo cuando se manifestaban sus cualidades de babosa.

En la sociedad contemporánea, los besos tienen muchas funciones. Por ejemplo, la transmisión de mononucleosis infecciosa o de herpes. También se emplean besos como señal de afecto, de respeto, de felicitación, de deseo sexual o de buena suerte. Y se emplean besos como saludo.

En Argentina existe la desagradable costumbre de saludarse con besos entre hombres. Tratándose de una costumbre, y aún hundiéndose en el fango de la tautología, uno se acostumbra. A los saludos con beso que considera “naturales” (a padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos cercanos, etc.), uno suma su adiestramiento para saludar con un (¡puaj!) beso a casi cualquier hombre que le resulte más o menos conocido. Parece inevitable en ciertas situaciones. Algunas costumbres asquerosas de la sociedad argentina pueden evitarse con un “no gracias”; por ejemplo, tomar mate o comer morcilla. Lo del beso masculino va tornándose cada vez más hegemónico, más asfixiante. Uno no puede hacer mucho al respecto, sólo poner cara de asco y hacerla notar. Las personas vienen cada vez menos perspicaces y no entienden una señal tan poco sutil como una mano extendida.

A ver: si extiendo la mano, dame la mano, no vayas al cachete.

Supongo que la babosa tampoco entendía las indirectas. Uno le extendía la mano con rapidez, pero la babosa iba derecho al cachete. Y cuando apoyaba su mejilla deshuesada en tu mejilla era como si una babosa acuosa gigante te restregara la cara, humedeciéndotela, chupeteándotela. Una sensación espantosa. Incluso en las ocasiones en que lográbamos extender la mano a tiempo, para que la babosa entendiera cómo esperábamos saludarnos, el contacto resultaba desagradable. También su apretón de manos era de babosa.

Cada vez que la babosa saludaba a uno, el resto nos mirábamos de reojo, aguantando la risa sonsa. Supongo que el pibe nos consideraba un puñado de infradotados, siempre sonriendo como imbéciles. Lo cierto es que en los ratos de ocio, que eran la mayoría, solíamos tirarle sobrecitos de sal en su buzón de correo (todos teníamos un buzón de correo donde se amontonaban discos, gacetillas, demos, revistas y cartas con amenazas de muerte). Cada vez que revisaba su correspondencia, que a la sazón no era mucha, se encontraba con los sobrecitos de sal. Miraba en derredor, tratando de entender.

Y nosotros sonreíamos como imbéciles.

No sé qué habrá sido de la babosa. Tampoco me interesa saberlo. Imagino que la sal no tuvo efecto y que anda arrastrándose por los suelos de oscuras redacciones de oscuras publicaciones de oscuras músicas de la oscura industria cultural.

Todo muy oscuro.

Y pegajoso.

Y divertido, a su estúpida manera.

Una babosa en la corriente de la conciencia

La práctica es mañanera. Sucede a la hora del desayuno, sobre todo los fines de semana. También se lo ve por las tardes, a la hora de la merienda de cualquier día laboral, pero el momento crítico se sitúa los días sábados y domingos a la hora del desayuno. Puede ser en cualquier bar de la ciudad de Buenos Aires con mesas en las veredas, aunque por algún motivo los bares de las esquinas transitadas son los más elegidos, especialmente si son los bares de las esquinas transitadas de barrios tradicionalmente acomodados: Palermo, Barrio Norte, Recoleta. También se lo ve en barrios como Caballito, y acá en el sur de la ciudad, en San Telmo o San Cristóbal. Concluyo, pues, que la práctica está extendida, aunque no de manera homogénea: se lo nota con más frecuencia en Puerto Madero que en Barracas.

La costumbre consiste en sentarse a desayunar acompañado del perro y permitir que dicho perro meta las patas sobre la mesa, que la mordisquee, que la chupetee, que la babosee a su gusto. Empeora con esos perritos pedorros con forma de pompón de algodón y vestiditos maricones, mascotas de señoras y señores cuyo alto nivel económico suele ser equivalente a su alto nivel de desprecio por el espacio público. En estos casos la mascota suele estar sobre las faldas de sus dueños, chupeteando platos, tazas, manteles y demás superficies que quizás cinco minutos más tarde entrarán en contacto con nuestras ingenuas y desprevenidas personas.

Por esas cosas de las asociaciones espontáneas (por eso del Rolex en la corriente de la conciencia, diría, quizás, la escritora Vlady Kociancich), mientras veía cómo un perro baboseaba un platito de galletitas sobre la mesa del bar de la esquina de Independencia y Entre Ríos, pensé en la babosa. Hacía años que no pensaba en la babosa. Técnicamente, nunca había pensado en la babosa; nunca lo había puesto dentro de los márgenes de mi radar más allá de cuando aparecía en él. Pero en este caso, pensé en la babosa.

Y al instante experimenté un pegajoso escalofrío en la nuca.

En la década de 1990 escribía en la revista Madhouse, publicación de marginales estilos musicales de la industria cultural. Se me hace un tanto difícil explicar de qué se trataba Madhouse, pero a fines de ilustrar con una idea aproximada para los no enterados, que estimo son la mayoría, citaré unos fragmentos de la introducción de Días de ron, la novela que Hunter S. Thompson escribió a comienzos de la década de 1960 y que se publicó recién en 1998:

"En el News trabajaban hombres de toda clase: desde turbulentos jóvenes extremistas que querían reducir el mundo a escombros y empezar todo de nuevo, hasta carcamanes cansados y barrigones de tanto beber cerveza, que lo único que deseaban era vivir en paz antes de que un puñado de fanáticos redujeran el mundo a escombros.
Cubrían la gama completa que iba desde talentos genuinos y hombres honestos a degenerados y fracasados sin esperanzas que casi no sabían escribir una postal: chiflados y fugitivos y borrachos peligrosos... [...]
En aquella época no había escasez de gente con la que compartir un trago. Nunca duraban mucho, pero no cesaban de aparecer. Yo los llamo periodistas vagabundos porque ningún otro término resultaría igualmente válido. No había dos iguales. Eran profesionales distintos, pero tenían algunas cosas en común: dependían, más que nada por hábito, de los periódicos y las revistas para el grueso de sus ingresos; su vida estaba calibrada para las oportunidades a largo plazo y los movimientos repentinos, juraban no deberle lealtad a ninguna bandera y la única moneda que les resultaba valiosa eran la buena suerte y los buenos contactos.
Algunos eran más periodistas que vagabundos y otros, más vagabundos que periodistas, pero con pocas excepciones trabajan por horas, de manera independiente o eran aspirantes a corresponsales extranjeros y, por una u otra razón, vivían a cierta distancia del establishment periodístico. [...]
En cierto sentido yo era uno de ellos ―más competente que algunos y más estable que otros― y en los años en que enarbolé ese cartel andrajoso, rara vez estaba sin empleo. [...] Hice algunas amistades interesantes, gané suficiente dinero para moverme y aprendí sobre el mundo cosas que jamás habría aprendido de ninguna otra manera.
Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos ―un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro― era lo que me mantenía vivo".

Excepto por las partes de alcanzar la cima (o de haber ganado dinero), diría que es una buena introducción para desprevenidos. Algo así era Madhouse.

Uno nunca se aburría.

Por razones difíciles de precisar, la editorial que publicaba Madhouse comenzó a editar una revista que apuntaba a un público en común, dándose la curiosa situación de que había dos revistas bajo un mismo techo disputándose un mismo acotado nicho de mercado. No nos teníamos mucha estima. De hecho, nos detestábamos profundamente.

La babosa escribía en la otra revista.

Este pibe, cuyo nombre no recuerdo (si es que alguna vez lo supe), tenía todo a su favor para que lo tomáramos a la chacota. Supongo que éramos un poco injustos. No era un mal pibe; al menos no lo recuerdo como un mal pibe. Pero tenía un problema, la babosa. ¿Cómo decirlo? El pibe era demasiado blandito, como si no tuviese huesos, como si estuviese compuesto de alguna sustancia viscosa y movediza. Parecía hecho de una gelatina humedecida, con movimientos tenuemente mantecosos, una vocecita que irritaba de tan suavecita. Le quedó “la babosa” al pobre. Creo que nunca lo supo, que nunca entendió por qué le arrojábamos sal.

Como compartíamos un mismo techo, había que saludarse. Era justamente en el saludo cuando se manifestaban sus cualidades de babosa.

En la sociedad contemporánea, los besos tienen muchas funciones. Por ejemplo, la transmisión de mononucleosis infecciosa o de herpes. También se emplean besos como señal de afecto, de respeto, de felicitación, de deseo sexual o de buena suerte. Y se emplean besos como saludo.

En Argentina existe la desagradable costumbre de saludarse con besos entre hombres. Tratándose de una costumbre, y aún hundiéndose en el fango de la tautología, uno se acostumbra. A los saludos con beso que considera “naturales” (a padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos cercanos, etc.), uno suma su adiestramiento para saludar con un (¡puaj!) beso a casi cualquier hombre que le resulte más o menos conocido. Parece inevitable en ciertas situaciones. Algunas costumbres asquerosas de la sociedad argentina pueden evitarse con un “no gracias”; por ejemplo, tomar mate o comer morcilla. Lo del beso masculino va tornándose cada vez más hegemónico, más asfixiante. Uno no puede hacer mucho al respecto, sólo poner cara de asco y hacerla notar. Las personas vienen cada vez menos perspicaces y no entienden una señal tan poco sutil como una mano extendida.

A ver: si extiendo la mano, dame la mano, no vayas al cachete.

Supongo que la babosa tampoco entendía las indirectas. Uno le extendía la mano con rapidez, pero la babosa iba derecho al cachete. Y cuando apoyaba su mejilla deshuesada en tu mejilla era como si una babosa acuosa gigante te restregara la cara, humedeciéndotela, chupeteándotela. Una sensación espantosa. Incluso en las ocasiones en que lográbamos extender la mano a tiempo, para que la babosa entendiera cómo esperábamos saludarnos, el contacto resultaba desagradable. También su apretón de manos era de babosa.

Cada vez que la babosa saludaba a uno, el resto nos mirábamos de reojo, aguantando la risa sonsa. Supongo que el pibe nos consideraba un puñado de infradotados, siempre sonriendo como imbéciles. Lo cierto es que en los ratos de ocio, que eran la mayoría, solíamos tirarle sobrecitos de sal en su buzón de correo (todos teníamos un buzón de correo donde se amontonaban discos, gacetillas, demos, revistas y cartas con amenazas de muerte). Cada vez que revisaba su correspondencia, que a la sazón no era mucha, se encontraba con los sobrecitos de sal. Miraba en derredor, tratando de entender.

Y nosotros sonreíamos como imbéciles.

No sé qué habrá sido de la babosa. Tampoco me interesa saberlo. Imagino que la sal no tuvo efecto y que anda arrastrándose por los suelos de oscuras redacciones de oscuras publicaciones de oscuras músicas de la oscura industria cultural.

Todo muy oscuro.

Y pegajoso.

Y divertido, a su estúpida manera.

Una babosa en la corriente de la conciencia

La práctica es mañanera. Sucede a la hora del desayuno, sobre todo los fines de semana. También se lo ve por las tardes, a la hora de la merienda de cualquier día laboral, pero el momento crítico se sitúa los días sábados y domingos a la hora del desayuno. Puede ser en cualquier bar de la ciudad de Buenos Aires con mesas en las veredas, aunque por algún motivo los bares de las esquinas transitadas son los más elegidos, especialmente si son los bares de las esquinas transitadas de barrios tradicionalmente acomodados: Palermo, Barrio Norte, Recoleta. También se lo ve en barrios como Caballito, y acá en el sur de la ciudad, en San Telmo o San Cristóbal. Concluyo, pues, que la práctica está extendida, aunque no de manera homogénea: se lo nota con más frecuencia en Puerto Madero que en Barracas.

La costumbre consiste en sentarse a desayunar acompañado del perro y permitir que dicho perro meta las patas sobre la mesa, que la mordisquee, que la chupetee, que la babosee a su gusto. Empeora con esos perritos pedorros con forma de pompón de algodón y vestiditos maricones, mascotas de señoras y señores cuyo alto nivel económico suele ser equivalente a su alto nivel de desprecio por el espacio público. En estos casos la mascota suele estar sobre las faldas de sus dueños, chupeteando platos, tazas, manteles y demás superficies que quizás cinco minutos más tarde entrarán en contacto con nuestras ingenuas y desprevenidas personas.

Por esas cosas de las asociaciones espontáneas (por eso del Rolex en la corriente de la conciencia, diría, quizás, la escritora Vlady Kociancich), mientras veía cómo un perro baboseaba un platito de galletitas sobre la mesa del bar de la esquina de Independencia y Entre Ríos, pensé en la babosa. Hacía años que no pensaba en la babosa. Técnicamente, nunca había pensado en la babosa; nunca lo había puesto dentro de los márgenes de mi radar más allá de cuando aparecía en él. Pero en este caso, pensé en la babosa.

Y al instante experimenté un pegajoso escalofrío en la nuca.

En la década de 1990 escribía en la revista Madhouse, publicación de marginales estilos musicales de la industria cultural. Se me hace un tanto difícil explicar de qué se trataba Madhouse, pero a fines de ilustrar con una idea aproximada para los no enterados, que estimo son la mayoría, citaré unos fragmentos de la introducción de Días de ron, la novela que Hunter S. Thompson escribió a comienzos de la década de 1960 y que se publicó recién en 1998:

"En el News trabajaban hombres de toda clase: desde turbulentos jóvenes extremistas que querían reducir el mundo a escombros y empezar todo de nuevo, hasta carcamanes cansados y barrigones de tanto beber cerveza, que lo único que deseaban era vivir en paz antes de que un puñado de fanáticos redujeran el mundo a escombros.
Cubrían la gama completa que iba desde talentos genuinos y hombres honestos a degenerados y fracasados sin esperanzas que casi no sabían escribir una postal: chiflados y fugitivos y borrachos peligrosos... [...]
En aquella época no había escasez de gente con la que compartir un trago. Nunca duraban mucho, pero no cesaban de aparecer. Yo los llamo periodistas vagabundos porque ningún otro término resultaría igualmente válido. No había dos iguales. Eran profesionales distintos, pero tenían algunas cosas en común: dependían, más que nada por hábito, de los periódicos y las revistas para el grueso de sus ingresos; su vida estaba calibrada para las oportunidades a largo plazo y los movimientos repentinos, juraban no deberle lealtad a ninguna bandera y la única moneda que les resultaba valiosa eran la buena suerte y los buenos contactos.
Algunos eran más periodistas que vagabundos y otros, más vagabundos que periodistas, pero con pocas excepciones trabajan por horas, de manera independiente o eran aspirantes a corresponsales extranjeros y, por una u otra razón, vivían a cierta distancia del establishment periodístico. [...]
En cierto sentido yo era uno de ellos ―más competente que algunos y más estable que otros― y en los años en que enarbolé ese cartel andrajoso, rara vez estaba sin empleo. [...] Hice algunas amistades interesantes, gané suficiente dinero para moverme y aprendí sobre el mundo cosas que jamás habría aprendido de ninguna otra manera.
Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos ―un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro― era lo que me mantenía vivo".

Excepto por las partes de alcanzar la cima (o de haber ganado dinero), diría que es una buena introducción para desprevenidos. Algo así era Madhouse.

Uno nunca se aburría.

#TEXTO COMPLETO

viernes 28 de agosto de 2009

Más sobre el misterioso caso de los fósforos azules

El misterioso caso de los fósforos azules puso en el tapete la cuestión: hace décadas, mientras el antropólogo Clifford Geertz holgazaneaba en la isla de Java, en la casa de un carpintero creció un hongo gigante en un santiamén. Se volvió una curiosidad para la comunidad, todos corrieron a observarlo y se apresuraron en sacar conclusiones de por qué había crecido tanto, y tan rápido.

Las setas no desempeñan en la vida javanesa un rol simbólico central, ni ahora ni entonces. Los javaneses no consideran que los hongos sean deidades, ni se sientan todas las tardes a discutir sobre su desmedido crecimiento. Para los javaneses, los hongos son hongos y nada más. Es cierto que sostener que “los hongos son hongos”, y no dejar lugar a los matices que se destilan en cualquier reducción conceptual, es un desliz grave; que “los hongos son hongos” equivale a decir que “el dinero es dinero”, que “el oro es oro” y que “un auto es un auto”. Sí, pero no. Roland Barthes lo explicitó respecto a los objetos en general, y R. Gordon Wasson respecto a los hongos en particular.

Pasemos, pues, a Wasson.

Nació en 1898 y falleció en 1986. Fue banquero e investigador amateur. Muchos de sus libros se publicaron en ediciones independientes, limitadas, pagadas por el mismo autor, y casi ninguna de ellas fue reeditada. Sin embargo, en dirección de Wasson suele apuntarse para señalar el nacimiento de la etnomicología, una rama de la etnobotánica que estudia el papel de los hongos a lo largo de la historia humana. Como disciplina, comenzó con unas pocas anécdotas buscando conclusiones fabulosas o erróneas que calmaran un capricho personal. Lo cual es estupendo, pues de esta forma se inician los grandes proyectos. O al menos, aquellos que pueden convertirse en buenas historias.

En agosto de 1927, Wasson, anglosajón él, y su flamante esposa, Valentina Pavlovna Guercken, pasaron su luna de miel en una cabaña de las montañas Catskills, en el estado de Nueva York. Valentina había nacido en Moscú; en el verano de 1918, a los diecisiete años, escapó de Rusia. Se conocieron, se casaron , comieron perdices. En El camino a Eulisis, de 1978, Wasson escribió:

En aquel hermoso primer atardecer de nuestras vacaciones en las Catskills salimos a deambular por un sendero, paseando asidos de la mano, felices como alondras, disfrutando la plenitud de la vida. A nuestra derecha había un calvero y a la izquierda el bosque. De pronto Tina se desprendió de mi mano y se precipitó en la floresta. Había visto hongos; una multitud de hongos, hongos de muchas clases, que poblaban el suelo del bosque. Gritó encantada con su belleza. Los llamaba a cada uno con un afectuoso nombre ruso. [...] Comenzó a recoger algunos de los hongos en su delantal. Le advertí: “¡Regresa, regresa acá! Son venenosos, hacen daño. Son setas. ¡Ven acá!”. Sólo conseguí hacerla reír más: sus festivas carcajadas sonarán por siempre en mis oídos. Esa noche Tina aderezó la sopa con hongos y guarneció la carne con otras setas. Ensartó otras más en ristras que colgó a secar para su consumo durante el invierno, según dijo. Mi desconcierto fue total. Esa noche no probé nada que tuviera hongos. Desesperado y profundamente preocupado me dejé llevar por ideas descabelladas: le dije que al día siguiente, cuando me levantara, sería viudo. Era ella quién tenía razón; no yo.

Los hongos que descubrieron de casualidad modificaron el curso de sus vidas; mientras Wasson no les hacía caso o les temía, su esposa estaba encantada con los hongos. No era un fenómeno singular, así que comenzaron a recolectar información; él de la cultura anglosajona y ella de la rusa. Sus reacciones particulares parecían enmarcadas en un contexto social mucho mayor. Notaron que los pueblos célticos o germánicos detestaban los hongos; que en la cuenca mediterránea y entre los eslavos gozaban de una popularidad gigantesca. Así surgió la distinción entre pueblos micófilos y pueblos micófobos, aunque éste era sólo el comienzo. La hipótesis del matrimonio iba más lejos: pretendían demostrar que los hongos silvestres eran, o habían sido, objeto de devoción religiosa. Entonces empezaron los viajes a México y una interesante historia demasiado extensa para ser tratada en este sitio. Alcanza con decir que fueron los primeros occidentales en participar de los rituales sagrados de los mazatecos mexicanos (hongos alucinógenos mediante). Nada mal.

Ahora bien, es cierto que una gran distancia separa a los montes Catskills de la isla de Java, al matrimonio Wasson del antropólogo Geertz, pero en términos conceptuales la diferencia se reduce a unos pocos detalles. Hay que recordar el misterioso caso de los fósforos azules: se trata de introducir el hecho anómalo en la larga sucesión de hechos corrientes.

Si se piensa en el hongo javanés deforme descripto por Geertz, no se tarda demasiado en recordar la velocidad con que noticias semejantes circulan en las sociedades occidentales contemporáneas. Todos hemos visto imágenes de ello. Un tal Bernard Lavery, del País de Gales, obtuvo en 1989 un repollo de 56,24 kilos; en 1986, Gordon Graham presentó un tomate de 3,51 kilos; el 17 de febrero de 1795 un hombre desenterró en Chester, Inglaterra, una papa de 8,275 kilogramos. Por un motivo u otro, hemos retenido estos datos; son excepciones, y se construyen en el lenguaje público como tales. Pero el principio se mantiene: se trata de llevar orden a una excepción culturalmente inaceptable.

La población Salish, al igual que los Carrier y los indios de la costa noroeste norteamericana, nombraban clanes o individuos según hongos; provenientes de la misma región, los Kwakiutl y los Quinault relacionaban ciertos hongos con el sonido del eco; las tribus del alto Missouri afiliaban los hongos con las estrellas; los Nez-Percé de las Montañas Rocosas, con el trueno; los Toba del Chaco argentino, con el arco iris. Son ejemplos del antropólogo Claude Lévi-Strauss, quién, siguiendo un trabajo de Wasson, Soma, divine mushroom of immortality (1968), escribió en 1970 un artículo llamado “Los hongos en la cultura”; en 1973 lo incluyó en la segunda parte de su Antropología estructural.

Nada similar podía aplicarse a los javaneses; al menos Geertz no lo mencionaba. Los javaneses compartían la misma actitud de Wasson respecto a los hongos: no les hacían caso. Pero aquel hongo que mencionaba Geertz no era un hongo corriente; era uno anormal, extraño. Y en cuanto a lo anormal, lo extraño, todo ello debe ser explicado o, cuando menos, debe prevalecer el convencimiento de que podría ser explicado con el tiempo y el método adecuados.

“Uno no se encoge de hombros ante una seta que crece cinco veces más rápido que un hongo ordinario”, escribió Geertz. “En el sentido más amplio, aquel ‘extraño’ hongo tenía importantes implicaciones para quienes se enteraron de su presencia. Aquel hongo amenazaba la capacidad de esas gentes para comprender el mundo y planteaba la molesta cuestión de si las creencias que tenían sobre la naturaleza eran viables y de si eran válidos los criterios de verdad que utilizaban”.

El hongo deforme del carpintero javanés desafiaba el sistema de signos compartido por la comunidad, el margen de aceptación acerca de cómo son las cosas y, por ende, como pueden no serlo. La deformidad del hongo creaba una suerte de desfasaje entre la propia experiencia y la estructura que debía corroborarla en formato de discurso público. Era una manifestación “antinatural”, una ofensa, una extravagancia que se oponía a aquello que los javaneses habían aceptado como “natural” en su vida cotidiana y, por extensión, en el mundo en general. Hacía suponer, y allí radicaba todo el peligro, que en algún momento del pasado se tomó una decisión equivocada, una mala jugada que empañó la capacidad presente de “dar cuenta de”.

Y el pasado, que no es perfecto pero sí ultimado, no puede cometer errores en el presente; las discontinuidades perceptivas del presente deben someterse sin reparos a las herramientas del pasado, no importa cuán desatinadas resulten. Reevaluarlas significa reevaluar la vida tal como uno la conoce, la existencia que llevaba hasta hacía sólo un momento: los hechos que no hace falta observar dos veces porque son la base del conocimiento y, en última instancia, la base de la cordura, de la razón.

Por eso el crecimiento desmedido del hongo necesitaba una explicación plausible: es mucho más sencillo asimilar la seta deforme, encontrarle un lugar en un universo ordenado y coherente, que reevaluar las más nimias convicciones acerca de cómo funciona la vida natural o social.

Explicada la singularidad del hongo, la vida sigue su curso.

Más sobre el misterioso caso de los fósforos azules

El misterioso caso de los fósforos azules puso en el tapete la cuestión: hace décadas, mientras el antropólogo Clifford Geertz holgazaneaba en la isla de Java, en la casa de un carpintero creció un hongo gigante en un santiamén. Se volvió una curiosidad para la comunidad, todos corrieron a observarlo y se apresuraron en sacar conclusiones de por qué había crecido tanto, y tan rápido.

Las setas no desempeñan en la vida javanesa un rol simbólico central, ni ahora ni entonces. Los javaneses no consideran que los hongos sean deidades, ni se sientan todas las tardes a discutir sobre su desmedido crecimiento. Para los javaneses, los hongos son hongos y nada más. Es cierto que sostener que “los hongos son hongos”, y no dejar lugar a los matices que se destilan en cualquier reducción conceptual, es un desliz grave; que “los hongos son hongos” equivale a decir que “el dinero es dinero”, que “el oro es oro” y que “un auto es un auto”. Sí, pero no. Roland Barthes lo explicitó respecto a los objetos en general, y R. Gordon Wasson respecto a los hongos en particular.

Pasemos, pues, a Wasson.

Nació en 1898 y falleció en 1986. Fue banquero e investigador amateur. Muchos de sus libros se publicaron en ediciones independientes, limitadas, pagadas por el mismo autor, y casi ninguna de ellas fue reeditada. Sin embargo, en dirección de Wasson suele apuntarse para señalar el nacimiento de la etnomicología, una rama de la etnobotánica que estudia el papel de los hongos a lo largo de la historia humana. Como disciplina, comenzó con unas pocas anécdotas buscando conclusiones fabulosas o erróneas que calmaran un capricho personal. Lo cual es estupendo, pues de esta forma se inician los grandes proyectos. O al menos, aquellos que pueden convertirse en buenas historias.

En agosto de 1927, Wasson, anglosajón él, y su flamante esposa, Valentina Pavlovna Guercken, pasaron su luna de miel en una cabaña de las montañas Catskills, en el estado de Nueva York. Valentina había nacido en Moscú; en el verano de 1918, a los diecisiete años, escapó de Rusia. Se conocieron, se casaron , comieron perdices. En El camino a Eulisis, de 1978, Wasson escribió:

En aquel hermoso primer atardecer de nuestras vacaciones en las Catskills salimos a deambular por un sendero, paseando asidos de la mano, felices como alondras, disfrutando la plenitud de la vida. A nuestra derecha había un calvero y a la izquierda el bosque. De pronto Tina se desprendió de mi mano y se precipitó en la floresta. Había visto hongos; una multitud de hongos, hongos de muchas clases, que poblaban el suelo del bosque. Gritó encantada con su belleza. Los llamaba a cada uno con un afectuoso nombre ruso. [...] Comenzó a recoger algunos de los hongos en su delantal. Le advertí: “¡Regresa, regresa acá! Son venenosos, hacen daño. Son setas. ¡Ven acá!”. Sólo conseguí hacerla reír más: sus festivas carcajadas sonarán por siempre en mis oídos. Esa noche Tina aderezó la sopa con hongos y guarneció la carne con otras setas. Ensartó otras más en ristras que colgó a secar para su consumo durante el invierno, según dijo. Mi desconcierto fue total. Esa noche no probé nada que tuviera hongos. Desesperado y profundamente preocupado me dejé llevar por ideas descabelladas: le dije que al día siguiente, cuando me levantara, sería viudo. Era ella quién tenía razón; no yo.

Los hongos que descubrieron de casualidad modificaron el curso de sus vidas; mientras Wasson no les hacía caso o les temía, su esposa estaba encantada con los hongos. No era un fenómeno singular, así que comenzaron a recolectar información; él de la cultura anglosajona y ella de la rusa. Sus reacciones particulares parecían enmarcadas en un contexto social mucho mayor. Notaron que los pueblos célticos o germánicos detestaban los hongos; que en la cuenca mediterránea y entre los eslavos gozaban de una popularidad gigantesca. Así surgió la distinción entre pueblos micófilos y pueblos micófobos, aunque éste era sólo el comienzo. La hipótesis del matrimonio iba más lejos: pretendían demostrar que los hongos silvestres eran, o habían sido, objeto de devoción religiosa. Entonces empezaron los viajes a México y una interesante historia demasiado extensa para ser tratada en este sitio. Alcanza con decir que fueron los primeros occidentales en participar de los rituales sagrados de los mazatecos mexicanos (hongos alucinógenos mediante). Nada mal.

Ahora bien, es cierto que una gran distancia separa a los montes Catskills de la isla de Java, al matrimonio Wasson del antropólogo Geertz, pero en términos conceptuales la diferencia se reduce a unos pocos detalles. Hay que recordar el misterioso caso de los fósforos azules: se trata de introducir el hecho anómalo en la larga sucesión de hechos corrientes.

Si se piensa en el hongo javanés deforme descripto por Geertz, no se tarda demasiado en recordar la velocidad con que noticias semejantes circulan en las sociedades occidentales contemporáneas. Todos hemos visto imágenes de ello. Un tal Bernard Lavery, del País de Gales, obtuvo en 1989 un repollo de 56,24 kilos; en 1986, Gordon Graham presentó un tomate de 3,51 kilos; el 17 de febrero de 1795 un hombre desenterró en Chester, Inglaterra, una papa de 8,275 kilogramos. Por un motivo u otro, hemos retenido estos datos; son excepciones, y se construyen en el lenguaje público como tales. Pero el principio se mantiene: se trata de llevar orden a una excepción culturalmente inaceptable.

La población Salish, al igual que los Carrier y los indios de la costa noroeste norteamericana, nombraban clanes o individuos según hongos; provenientes de la misma región, los Kwakiutl y los Quinault relacionaban ciertos hongos con el sonido del eco; las tribus del alto Missouri afiliaban los hongos con las estrellas; los Nez-Percé de las Montañas Rocosas, con el trueno; los Toba del Chaco argentino, con el arco iris. Son ejemplos del antropólogo Claude Lévi-Strauss, quién, siguiendo un trabajo de Wasson, Soma, divine mushroom of immortality (1968), escribió en 1970 un artículo llamado “Los hongos en la cultura”; en 1973 lo incluyó en la segunda parte de su Antropología estructural.

Nada similar podía aplicarse a los javaneses; al menos Geertz no lo mencionaba. Los javaneses compartían la misma actitud de Wasson respecto a los hongos: no les hacían caso. Pero aquel hongo que mencionaba Geertz no era un hongo corriente; era uno anormal, extraño. Y en cuanto a lo anormal, lo extraño, todo ello debe ser explicado o, cuando menos, debe prevalecer el convencimiento de que podría ser explicado con el tiempo y el método adecuados.

“Uno no se encoge de hombros ante una seta que crece cinco veces más rápido que un hongo ordinario”, escribió Geertz. “En el sentido más amplio, aquel ‘extraño’ hongo tenía importantes implicaciones para quienes se enteraron de su presencia. Aquel hongo amenazaba la capacidad de esas gentes para comprender el mundo y planteaba la molesta cuestión de si las creencias que tenían sobre la naturaleza eran viables y de si eran válidos los criterios de verdad que utilizaban”.

El hongo deforme del carpintero javanés desafiaba el sistema de signos compartido por la comunidad, el margen de aceptación acerca de cómo son las cosas y, por ende, como pueden no serlo. La deformidad del hongo creaba una suerte de desfasaje entre la propia experiencia y la estructura que debía corroborarla en formato de discurso público. Era una manifestación “antinatural”, una ofensa, una extravagancia que se oponía a aquello que los javaneses habían aceptado como “natural” en su vida cotidiana y, por extensión, en el mundo en general. Hacía suponer, y allí radicaba todo el peligro, que en algún momento del pasado se tomó una decisión equivocada, una mala jugada que empañó la capacidad presente de “dar cuenta de”.

Y el pasado, que no es perfecto pero sí ultimado, no puede cometer errores en el presente; las discontinuidades perceptivas del presente deben someterse sin reparos a las herramientas del pasado, no importa cuán desatinadas resulten. Reevaluarlas significa reevaluar la vida tal como uno la conoce, la existencia que llevaba hasta hacía sólo un momento: los hechos que no hace falta observar dos veces porque son la base del conocimiento y, en última instancia, la base de la cordura, de la razón.

Por eso el crecimiento desmedido del hongo necesitaba una explicación plausible: es mucho más sencillo asimilar la seta deforme, encontrarle un lugar en un universo ordenado y coherente, que reevaluar las más nimias convicciones acerca de cómo funciona la vida natural o social.

Explicada la singularidad del hongo, la vida sigue su curso.

miércoles 26 de agosto de 2009

El misterioso caso de los fósforos azules


El misterioso caso de los fósforos azules me hace reparar en los colores. Nunca me detuve a pensar en la marca de fósforos que compro en el supermercado, aunque un rápido vistazo al stock acumulado en el cajón de guardar cajas de fósforos (soy una persona ordenada, después de todo) señala tres colores: rojo, amarillo y azul. Las cajas rojas y amarillas resultan familiares. La anomalía es la caja azul. Más aún, sabiendo que contiene fósforos azules.

Si pienso en marcas de fósforos, pienso en cajas de colores. La cajas amarillas que tienen el barquito, Gran Fragata; las cajas rojas que tienen los patitos, Tres Patitos. No puedo recordar otras marcas, ni otros colores. Pero ahora estoy viendo una caja azul, marca Ranchera, que contiene fósforos azules. Por un rato, me siento Marge Simpson.

En la cena familiar, ante la mirada aburrida de Homero, Bart y Lisa, una exultante Marge relataría que abrió la caja de fósforos y allí estaban: cerillas que en lugar de cabeza roja, ¡tenían cabeza azul!

Ni Homero, ni Bart, ni Lisa, le habrían prestado atención.

El antropólogo Clifford Geertz relataba en uno de los artículos de su libro La interpretación de las culturas que, mientras hacía su trabajo de campo en una aldea de Java, una isla de Indonesia, en la casa de un carpintero creció en el lapso de unos pocos días una enorme y extraña seta venenosa. Las personas de la aldea acudieron a montones para observar el fenómeno; algunas, incluso, recorrieron varios kilómetros para hacerlo. Llegaban a la casa del carpintero, examinaban el hongo y de inmediato elaboraban hipótesis al respecto. ¿Por qué este hongo creció tanto, en tan poco tiempo?

Todos tenían sus explicaciones para justificar el crecimiento desmedido de aquel hongo, que se había convertido en foco de atención de la comunidad. Algunas de estas explicaciones eran animistas; otras, animatistas; otras no eran ni una cosa ni la otra. Pero todas apuntaban a convencer(se) de que el fenómeno era explicable dentro del esquema aceptado de las cosas. El hecho no podía explicarse por sí mismo y mucho menos podía ser pasado por alto, no podía quedar libre de una aclaración solvente que lo introdujera de nuevo al orden del que parecía descerrajado. Tenía que formar parte de aquello que los javaneses consideraban el orden natural de los acontecimientos, de su vida cotidiana. La seta deforme era un gran asunto. O al menos, puede imaginarse uno, lo fue durante algún breve lapso de tiempo.

Las anomalías que prorrumpen en la vida cotidiana necesitan explicación, y estas explicaciones aspiran en general a reintroducir el fenómeno dentro del orden estable de acontecimientos. Si uno va caminando por la calle y se encuentra con un grupo de personas que miran hacia el cielo, que apuntan hacia un extraño objeto brillante que parece suspendido en las alturas, lo primero que dirá es que se trata de un satélite o un globo meteorológico o una cosa así. Aunque las expresiones “plato volador” u “ovni” se susurren, se arriesguen, se claven en la nuca, se tenderá a explicaciones que permitan introducir la excepción en la regla, la anormalidad en el universo aceptado de acontecimientos. En tanto miembros de una sociedad de un tiempo y lugar específicos, tendemos a establecer que la figura de la Virgen María en la pared le debe más a los azares de la humedad que a una intervención sobrenatural.

Cuando sucede una anomalía que rompe con las expectativas de la vida cotidiana, se busca una dilucidación acorde con dichas expectativas. Así que antes de llamar a Fox Mulder para denunciar esta extraña aparición de fósforos de cabeza azul, examiné con atención la caja. Debajo de la marca había una leyenda: “Edición limitada”

No sabía que las cajas de fósforos venían en ediciones limitadas, pero eso lo aclaraba todo. Lo limitado, en esta edición, era el color de las cabezas de las cerillas. Muy pronto las ediciones regulares volverían al rojo, y el azul apenas sería un curioso acontecimiento para relatar en las reuniones sociales.

Fósforos azules y hongos gigantes, todo tiene una explicación plausible. La excepción se justifica por la regla. Y la regla es que, en el lado bueno del universo, los fósforos vienen con cabeza roja, no azul.

El misterioso caso de los fósforos azules


El misterioso caso de los fósforos azules me hace reparar en los colores. Nunca me detuve a pensar en la marca de fósforos que compro en el supermercado, aunque un rápido vistazo al stock acumulado en el cajón de guardar cajas de fósforos (soy una persona ordenada, después de todo) señala tres colores: rojo, amarillo y azul. Las cajas rojas y amarillas resultan familiares. La anomalía es la caja azul. Más aún, sabiendo que contiene fósforos azules.

Si pienso en marcas de fósforos, pienso en cajas de colores. La cajas amarillas que tienen el barquito, Gran Fragata; las cajas rojas que tienen los patitos, Tres Patitos. No puedo recordar otras marcas, ni otros colores. Pero ahora estoy viendo una caja azul, marca Ranchera, que contiene fósforos azules. Por un rato, me siento Marge Simpson.

En la cena familiar, ante la mirada aburrida de Homero, Bart y Lisa, una exultante Marge relataría que abrió la caja de fósforos y allí estaban: cerillas que en lugar de cabeza roja, ¡tenían cabeza azul!

Ni Homero, ni Bart, ni Lisa, le habrían prestado atención.

El antropólogo Clifford Geertz relataba en uno de los artículos de su libro La interpretación de las culturas que, mientras hacía su trabajo de campo en una aldea de Java, una isla de Indonesia, en la casa de un carpintero creció en el lapso de unos pocos días una enorme y extraña seta venenosa. Las personas de la aldea acudieron a montones para observar el fenómeno; algunas, incluso, recorrieron varios kilómetros para hacerlo. Llegaban a la casa del carpintero, examinaban el hongo y de inmediato elaboraban hipótesis al respecto. ¿Por qué este hongo creció tanto, en tan poco tiempo?

Todos tenían sus explicaciones para justificar el crecimiento desmedido de aquel hongo, que se había convertido en foco de atención de la comunidad. Algunas de estas explicaciones eran animistas; otras, animatistas; otras no eran ni una cosa ni la otra. Pero todas apuntaban a convencer(se) de que el fenómeno era explicable dentro del esquema aceptado de las cosas. El hecho no podía explicarse por sí mismo y mucho menos podía ser pasado por alto, no podía quedar libre de una aclaración solvente que lo introdujera de nuevo al orden del que parecía descerrajado. Tenía que formar parte de aquello que los javaneses consideraban el orden natural de los acontecimientos, de su vida cotidiana. La seta deforme era un gran asunto. O al menos, puede imaginarse uno, lo fue durante algún breve lapso de tiempo.

Las anomalías que prorrumpen en la vida cotidiana necesitan explicación, y estas explicaciones aspiran en general a reintroducir el fenómeno dentro del orden estable de acontecimientos. Si uno va caminando por la calle y se encuentra con un grupo de personas que miran hacia el cielo, que apuntan hacia un extraño objeto brillante que parece suspendido en las alturas, lo primero que dirá es que se trata de un satélite o un globo meteorológico o una cosa así. Aunque las expresiones “plato volador” u “ovni” se susurren, se arriesguen, se claven en la nuca, se tenderá a explicaciones que permitan introducir la excepción en la regla, la anormalidad en el universo aceptado de acontecimientos. En tanto miembros de una sociedad de un tiempo y lugar específicos, tendemos a establecer que la figura de la Virgen María en la pared le debe más a los azares de la humedad que a una intervención sobrenatural.

Cuando sucede una anomalía que rompe con las expectativas de la vida cotidiana, se busca una dilucidación acorde con dichas expectativas. Así que antes de llamar a Fox Mulder para denunciar esta extraña aparición de fósforos de cabeza azul, examiné con atención la caja. Debajo de la marca había una leyenda: “Edición limitada”

No sabía que las cajas de fósforos venían en ediciones limitadas, pero eso lo aclaraba todo. Lo limitado, en esta edición, era el color de las cabezas de las cerillas. Muy pronto las ediciones regulares volverían al rojo, y el azul apenas sería un curioso acontecimiento para relatar en las reuniones sociales.

Fósforos azules y hongos gigantes, todo tiene una explicación plausible. La excepción se justifica por la regla. Y la regla es que, en el lado bueno del universo, los fósforos vienen con cabeza roja, no azul.

lunes 24 de agosto de 2009

Goles secuestrados

Llovía el día en que lo secuestraron. Hacía un frío de los mil demonios y una bruma gris vomitaba fatalidades sobre las ciudades, los suburbios, las campiñas. Pero nada de esto importaba, porque se lo habían llevado. HBO había desaparecido. Al igual que secuestraron a 30.000 argentinos y a 30.000 goles de fútbol, de pronto HBO ya no estaba más entre nosotros. No quedó mucho por hacer. Las marchas, los escraches, las comisiones permanentes por los DDTT (Derechos Televisivos). Nada sirvió. HBO había sido secuestrado, había desaparecido del paquete básico del cable. Para peor de males, en la volteada también habían secuestrado a Cinemax. Nunca más los volvimos a ver.

Muchos años pasaron desde ese fatídico día. Pero no bajamos los brazos. No olvidamos ni perdonamos. Adonde vayan los iremos a buscar.

Y así.

La desafortunada soflama de la Sra. Presidente Cristina Fernández de Kirchner del jueves pasado, cuando se firmó el contrato entre el Estado Nacional y la Asociación de Fútbol Argentino para transmitir partidos de Primera División por canales abiertos, abrió una puerta inesperada en el discurso público. Permitió decir cosas que hasta ese momento no habían sido dichas. Cosas que uno no creía que podían decirse.

“Te secuestran los goles hasta el domingo ―señaló la Sra. Presidente, ante la mirada atenta de Diego Maradona y Julio Grondona―, como te secuestran las imágenes y las palabras. Como secuestraron a 30.000 argentinos. Yo no quiero más una sociedad de secuestros”.

Las críticas no se hicieron esperar. Políticos, activistas, periodistas, premios Nobel y figurones, todos manifestaron su malestar por la desafortunada comparación entre goles de fútbol y muertos por la violencia de Estado. No fue una observación feliz. Sin embargo, lo de veras interesante estuvo en una brecha en el discurso público que la intervención de la Sra. Presidente entreabrió, y al mismo tiempo, legitimó. Acaso el mejor ejemplo haya sido un oyente de FM Rock and Pop, en un programa matutino, que dejó el siguiente mensaje:

―¡Aparición con vida de los goles de “El Ogro” Fabiani!

Risas, de un lado y del otro del micrófono.

De pronto una expresión que parecía intocable, como “aparición con vida de…”, se convertía en parte de un chascarrillo, en parte de una broma que podía extenderse por el espacio público a caballo de una recién ganada sanción social.

Expresiones como “Aparición con vida de los goles de ‘El Ogro’ Fabiani” (o de HBO) deben tomarse como enunciaciones de tercer orden o tercer grado (por así decirlo). No remedan el discurso institucionalizado del activismo de derechos humanos relacionado con la desaparición forzada de personas durante la dictadura; remedan más bien el lenguaje reapropiado por la administración kirchnerista. El tipo que llamó a la radio para exigir la aparición con vida de los goles de Fabiani no estaba pensando en los muertos de la dictadura, sino en el discurso de la Sra. Presidente; por eso funciona, porque se reubica dentro de lo decible y de lo tolerable.

En estos años, la administración kirchnerista utilizó la figura de los “30.000 desaparecidos” para justificar, impulsar o imponer las acciones más ajenas a cualquier causa o tema vinculado con la desaparición forzada de personas: límites a la libertad de prensa, proclama de candidaturas, aumento de impuestos, rescisión o concesión de contratos, reparto de fondos, etc. Casi cualquier acción estatal o paraestatal del kirchnerismo estuvo salpicada por un uso muchas veces gratuito de la retórica de derechos humanos. La muletilla “Están en contra de nuestra política de derechos humanos” humedeció, y ensució, los temas más diversos, más inadecuados.

Pero la expresión del jueves de la Sra. Presidente fue tan absurda (Alfred Jarry está gritando: “¡Merdre, merdre, merdre!”) que permitió una caricatura que, de otra manera, jamás habría tenido lugar. Si durante la última campaña electoral se discutió el papel de las imitaciones televisivas, su influencia en el electorado y su capacidad de instaurar determinadas imágenes de los funcionarios públicos, hubo una dimensión que no se discutió, pues su representación en clave paródica estaba más allá de todo lenguaje: la figura de los 30.000 desaparecidos en el discurso oficial. Se ha parodiado a la Sra. Presidente a la voz de “¡Te lo juro por Louis Vuitton!”, pero nunca, hasta ahora, por voces como: “¡Te lo juro por los 30.000 desaparecidos!”. Se trataba ―se sigue tratando― de una voz que permanece por fuera del espacio de lo decible, de lo que es posible afirmar mediante el lenguaje compartido por el grueso de la sociedad.

Ahora bien, la parodia de las grandes tragedias de una sociedad no es un hecho tan anómalo como podría llegar a pensarse. Guerras, asesinatos, persecuciones, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, todo fue tomado en clave humorística, sarcástica, caricaturesca, por el cine, el teatro, la literatura, la pintura, el comic, la música. Se lo ha hecho con mejores o peores intenciones, con mejores o peores resultados, pero se lo ha hecho. El nazismo, las explosiones atómicas, el racismo, las persecuciones políticas o religiosas, el narcotráfico, el sistema carcelario, todo esto se parodió sin poner demasiados reparos en las víctimas o en sus deudos. La figura de los 30.000 desaparecidos, en cambio, no se prestó a este tipo de uso paródico. O al menos no de manera abierta.

La intervención de la Sra. Presidente con sus “goles secuestrados” llevó a un nivel tan alto de absurdo este uso de los derechos humanos como fuente de legitimación política que cualquier forma de parodia quedó derogada. Fue como si se hubiese roto una barrera que separaba lo insoportable de lo inimaginable: ni siquiera el más escéptico podría haberse imaginado que alguien diría, en serio, que “se secuestran los goles como antes secuestraron 30.000 argentinos”. De haberse escuchado la expresión en boca de un imitador o un humorista, sólo habría producido enojos y críticas; en este caso, produjo enojos, críticas y una dispensa: la posibilidad de parodiar un lenguaje que parecía intocable.

Esto no significa que de ahora en más los humoristas, en los cafés concert, empezarán sus rutinas con la pregunta: “¿Sabés qué le dijo un desaparecido a otro?”. Significa, más bien, que “la frase más insensible y frívola sobre los desaparecidos que se haya dicho en 25 años” (como escribió ayer el periodista Joaquín Morales Solá) permitió en las horas posteriores, y permitirá en los años venideros, utilizar determinados giros del lenguaje que hasta unos días antes resultaban impensados.

Que el máximo representante del Estado Nacional ensaye una cara seria y dramatice la existencia de “goles secuestrados”, que se compare la falta de televisación de un gol de Martín Palermo con el asesinato sistemático de personas, quiere decir que la puerta está entreabierta y que la dispensa para usarla está concedida.

Y una puerta entreabierta, más una dispensa para atravesarla, pueden llevar a… bueno, a cualquier parte.

Goles secuestrados

Llovía el día en que lo secuestraron. Hacía un frío de los mil demonios y una bruma gris vomitaba fatalidades sobre las ciudades, los suburbios, las campiñas. Pero nada de esto importaba, porque se lo habían llevado. HBO había desaparecido. Al igual que secuestraron a 30.000 argentinos y a 30.000 goles de fútbol, de pronto HBO ya no estaba más entre nosotros. No quedó mucho por hacer. Las marchas, los escraches, las comisiones permanentes por los DDTT (Derechos Televisivos). Nada sirvió. HBO había sido secuestrado, había desaparecido del paquete básico del cable. Para peor de males, en la volteada también habían secuestrado a Cinemax. Nunca más los volvimos a ver.

Muchos años pasaron desde ese fatídico día. Pero no bajamos los brazos. No olvidamos ni perdonamos. Adonde vayan los iremos a buscar.

Y así.

La desafortunada soflama de la Sra. Presidente Cristina Fernández de Kirchner del jueves pasado, cuando se firmó el contrato entre el Estado Nacional y la Asociación de Fútbol Argentino para transmitir partidos de Primera División por canales abiertos, abrió una puerta inesperada en el discurso público. Permitió decir cosas que hasta ese momento no habían sido dichas. Cosas que uno no creía que podían decirse.

“Te secuestran los goles hasta el domingo ―señaló la Sra. Presidente, ante la mirada atenta de Diego Maradona y Julio Grondona―, como te secuestran las imágenes y las palabras. Como secuestraron a 30.000 argentinos. Yo no quiero más una sociedad de secuestros”.

Las críticas no se hicieron esperar. Políticos, activistas, periodistas, premios Nobel y figurones, todos manifestaron su malestar por la desafortunada comparación entre goles de fútbol y muertos por la violencia de Estado. No fue una observación feliz. Sin embargo, lo de veras interesante estuvo en una brecha en el discurso público que la intervención de la Sra. Presidente entreabrió, y al mismo tiempo, legitimó. Acaso el mejor ejemplo haya sido un oyente de FM Rock and Pop, en un programa matutino, que dejó el siguiente mensaje:

―¡Aparición con vida de los goles de “El Ogro” Fabiani!

Risas, de un lado y del otro del micrófono.

De pronto una expresión que parecía intocable, como “aparición con vida de…”, se convertía en parte de un chascarrillo, en parte de una broma que podía extenderse por el espacio público a caballo de una recién ganada sanción social.

Expresiones como “Aparición con vida de los goles de ‘El Ogro’ Fabiani” (o de HBO) deben tomarse como enunciaciones de tercer orden o tercer grado (por así decirlo). No remedan el discurso institucionalizado del activismo de derechos humanos relacionado con la desaparición forzada de personas durante la dictadura; remedan más bien el lenguaje reapropiado por la administración kirchnerista. El tipo que llamó a la radio para exigir la aparición con vida de los goles de Fabiani no estaba pensando en los muertos de la dictadura, sino en el discurso de la Sra. Presidente; por eso funciona, porque se reubica dentro de lo decible y de lo tolerable.

En estos años, la administración kirchnerista utilizó la figura de los “30.000 desaparecidos” para justificar, impulsar o imponer las acciones más ajenas a cualquier causa o tema vinculado con la desaparición forzada de personas: límites a la libertad de prensa, proclama de candidaturas, aumento de impuestos, rescisión o concesión de contratos, reparto de fondos, etc. Casi cualquier acción estatal o paraestatal del kirchnerismo estuvo salpicada por un uso muchas veces gratuito de la retórica de derechos humanos. La muletilla “Están en contra de nuestra política de derechos humanos” humedeció, y ensució, los temas más diversos, más inadecuados.

Pero la expresión del jueves de la Sra. Presidente fue tan absurda (Alfred Jarry está gritando: “¡Merdre, merdre, merdre!”) que permitió una caricatura que, de otra manera, jamás habría tenido lugar. Si durante la última campaña electoral se discutió el papel de las imitaciones televisivas, su influencia en el electorado y su capacidad de instaurar determinadas imágenes de los funcionarios públicos, hubo una dimensión que no se discutió, pues su representación en clave paródica estaba más allá de todo lenguaje: la figura de los 30.000 desaparecidos en el discurso oficial. Se ha parodiado a la Sra. Presidente a la voz de “¡Te lo juro por Louis Vuitton!”, pero nunca, hasta ahora, por voces como: “¡Te lo juro por los 30.000 desaparecidos!”. Se trataba ―se sigue tratando― de una voz que permanece por fuera del espacio de lo decible, de lo que es posible afirmar mediante el lenguaje compartido por el grueso de la sociedad.

Ahora bien, la parodia de las grandes tragedias de una sociedad no es un hecho tan anómalo como podría llegar a pensarse. Guerras, asesinatos, persecuciones, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, todo fue tomado en clave humorística, sarcástica, caricaturesca, por el cine, el teatro, la literatura, la pintura, el comic, la música. Se lo ha hecho con mejores o peores intenciones, con mejores o peores resultados, pero se lo ha hecho. El nazismo, las explosiones atómicas, el racismo, las persecuciones políticas o religiosas, el narcotráfico, el sistema carcelario, todo esto se parodió sin poner demasiados reparos en las víctimas o en sus deudos. La figura de los 30.000 desaparecidos, en cambio, no se prestó a este tipo de uso paródico. O al menos no de manera abierta.

La intervención de la Sra. Presidente con sus “goles secuestrados” llevó a un nivel tan alto de absurdo este uso de los derechos humanos como fuente de legitimación política que cualquier forma de parodia quedó derogada. Fue como si se hubiese roto una barrera que separaba lo insoportable de lo inimaginable: ni siquiera el más escéptico podría haberse imaginado que alguien diría, en serio, que “se secuestran los goles como antes secuestraron 30.000 argentinos”. De haberse escuchado la expresión en boca de un imitador o un humorista, sólo habría producido enojos y críticas; en este caso, produjo enojos, críticas y una dispensa: la posibilidad de parodiar un lenguaje que parecía intocable.

Esto no significa que de ahora en más los humoristas, en los cafés concert, empezarán sus rutinas con la pregunta: “¿Sabés qué le dijo un desaparecido a otro?”. Significa, más bien, que “la frase más insensible y frívola sobre los desaparecidos que se haya dicho en 25 años” (como escribió ayer el periodista Joaquín Morales Solá) permitió en las horas posteriores, y permitirá en los años venideros, utilizar determinados giros del lenguaje que hasta unos días antes resultaban impensados.

Que el máximo representante del Estado Nacional ensaye una cara seria y dramatice la existencia de “goles secuestrados”, que se compare la falta de televisación de un gol de Martín Palermo con el asesinato sistemático de personas, quiere decir que la puerta está entreabierta y que la dispensa para usarla está concedida.

Y una puerta entreabierta, más una dispensa para atravesarla, pueden llevar a… bueno, a cualquier parte.

sábado 22 de agosto de 2009

Mirilla

La mirilla de la puerta. (Foto: M. Pisarro)

Mirilla

La mirilla de la puerta. (Foto: M. Pisarro)

viernes 21 de agosto de 2009

El amor en los tiempos del Facebook

Hace unas semanas se conoció un estudio de la Universidad de Guelph, en Canadá, que concluyó que el 95% de los usuarios de Facebook se conecta para saber de la vida y obra de sus ex parejas. Está claro que siempre que aparecen estas noticias hay que desconfiar, pues cualquier investigación, aún la más palurda, adquiere una rotundidad sospechosa al convertirse en titular de periódico (mis favoritas son aquellas en las que se anuncia el descubrimiento de un gen de algo: de la violencia en las canchas, de la lectura, del amor, de la apreciación musical). Pero si uno lo piensa con cuidado, más allá del rigor sensacionalista del porcentaje, es cierto que Facebook se volvió una herramienta indispensable a la hora de ensayar espionajes conyugales y post conyugales de diversa índole. Es buena fuente de información, aunque la información, mal interpretada, sólo traiga dolores de cabeza e investigaciones universitarias reducidas a un título periodístico llamativo.

Sólo señalaré, al pasar y a modo de consejo práctico para las nuevas y viejas generaciones, algo que se viene repitiendo desde mucho antes de que las computadoras existieran: no espíes por la cerradura, no sea cosa que no te guste lo que veas.

Facebook, como toda tecnología que prorrumpe en la vida cotidiana, supone una gama muchísimo más amplia de pautas culturales. Y muchísimas de éstas, apenas son conocidas (si es que lo son) por los contemporáneos de tales prácticas. Por ejemplo, se estrenó una versión 2009 de 17 otra vez (17 again), una olvidable película en clave de comedia que cada cierta cantidad de años se reedita de una manera u otra: el adulto que se convierte en adolescente y debe volver a la secundaria. En una escena le daban una golpiza al protagonista y sus compañeros se ponían en ronda para grabar la pelea con sus celulares; al rato ya estaba en YouTube y circulando por toda la escuela.

Aunque hace 17 años que tuve 17 años, no vivo en una cajita de fósforos: escuché hablar del bullying, leí sobre la manera en que los adolescentes registran y distribuyen este tipo de encontronazos. Pero hay muchas cosas que sé que no sé, pautas de comportamiento específicas relacionadas con una tecnología determinada que desconozco. ¿Qué más se hace con un celular en la secundaria? ¿Sirven para machetearse? ¿Los celulares son blanco de escondidas y bromas pesadas? ¿Un chico y una chica de diferentes cursos se llaman de aula a aula? ¿Se mandan mensajitos enamoradizos? ¿Qué prácticas que hace diez años no existían se asumen, hoy, como cotidianas, corrientes, desapercibidas?

La iluminación llegó el 31 de diciembre de 1999. Recuerdo perfectamente la fecha pues eran las vísperas del fin del mundo. El Y2K estaba a punto de arrasar con la vida tal como la conocíamos. Los aviones empezarían a caerse, los satélites se estrellarían contra la Tierra, las tostadoras eléctricas morderían a los usuarios. Fue un fin de año glorioso.

Mi primo y yo esperábamos frente a mi computadora. En un momento se quejó del mouse. Le dije que sí, que se trababa, que tenía que cambiarlo (si había mundo luego de las doce). Me dijo que no, que sólo estaba sucio, que lo limpiara y listo. Y ese día, supongo que tardío, descubrí que un mouse se abría por abajo, se sacaba una bolillita y se le limpiaba la pelusa acumulada.

Y entonces llegó la revelación:

―¿En la escuela no se afanaban la bolillita en las clases de computación?

La respuesta era obviamente que no. Pertenezco a la generación que fue testigo del cambio tecnológico, que atravesó la barrera entre la vida cotidiana analógica y la vida cotidiana digital. En la escuela secundaria tuve clases de mecanografía y el método didáctico consistía en taparte las teclas con esmalte de uñas, para que estuvieras obligado a memorizar la ubicación de las letras. En las clases de computación aprendíamos Logo y Basic, hasta el último año, cuando llegó un inimaginable salto con las pantallas color ámbar, con el reinado de “El príncipe de Persia”. Así que no, en la escuela jamás le había afanado la bolillita al mouse. Y estimo que hoy tampoco nadie lo hace, pues ese tipo de mouse ya no se encuentra en las escuelas sino en los museos.

Facebook arrastra montones de estas prácticas. En los últimos meses escuché relatos cotidianos que bien podrían sostener ese 95% de los titulares de los periódicos. Desde mujeres quejándose de que su pareja tiene decenas de chicas busconas como “amigas” y no sabe quiénes son o de dónde salieron (¡esas chiruzas!), hasta hombres quejándose de que su pareja no tiene una lista de amigos sino un mural de trofeos que pasaron por su cama; escuché sobre gente que conoció amores vía Facebook y de otra gente que los perdió allí; oí sobre personas que se destaggearon de las fotos compartidas con sus antiguas pasiones y de otras que en actos simbólicos de melodramatismo borraron a sus medias naranjas de sus listados de amigos. Escuché a personas que explicaban que enviar la solicitud de amistad a alguien a quien quieren conquistar significa regalarse, y a otras diciendo que más vale demorar la aprobación de la solicitud para hacerse desear; oí historias de reproches, suspicacias y verdaderos trabajos detectivescos en base a una foto, un comentario o un rostro de Facebook.

¿Me quiere? ¿Por qué no comenta mi estado si me quiere? ¿Me toma en serio? ¿Por qué su “situación sentimental” dice “soltero” si está conmigo? Habrá que buscar respuestas en la Cosmopolitan. O leer en el diario que el Arzobispo Vincent Nichols, vocero de la Iglesia Católica en Inglaterra, señaló este mes que redes como Facebook podrían empujar a los adolescentes hacia el suicidio, al dañar sus relaciones íntimas y no ofrecerles lazos sociales fuertes. O recordar que las nuevas tecnologías (desde el auto hasta el telégrafo, pasando por el ICQ, el disco de vinilo, la radio o el cinematógrafo) engendran pautas culturales que modifican las relaciones entre las personas, su manera de entender el amor, el sexo, la confianza y quién sabe qué más.

El interrogante, en todo caso, está en ese “quién sabe qué más”.

El amor en los tiempos del Facebook

Hace unas semanas se conoció un estudio de la Universidad de Guelph, en Canadá, que concluyó que el 95% de los usuarios de Facebook se conecta para saber de la vida y obra de sus ex parejas. Está claro que siempre que aparecen estas noticias hay que desconfiar, pues cualquier investigación, aún la más palurda, adquiere una rotundidad sospechosa al convertirse en titular de periódico (mis favoritas son aquellas en las que se anuncia el descubrimiento de un gen de algo: de la violencia en las canchas, de la lectura, del amor, de la apreciación musical). Pero si uno lo piensa con cuidado, más allá del rigor sensacionalista del porcentaje, es cierto que Facebook se volvió una herramienta indispensable a la hora de ensayar espionajes conyugales y post conyugales de diversa índole. Es buena fuente de información, aunque la información, mal interpretada, sólo traiga dolores de cabeza e investigaciones universitarias reducidas a un título periodístico llamativo.

Sólo señalaré, al pasar y a modo de consejo práctico para las nuevas y viejas generaciones, algo que se viene repitiendo desde mucho antes de que las computadoras existieran: no espíes por la cerradura, no sea cosa que no te guste lo que veas.

Facebook, como toda tecnología que prorrumpe en la vida cotidiana, supone una gama muchísimo más amplia de pautas culturales. Y muchísimas de éstas, apenas son conocidas (si es que lo son) por los contemporáneos de tales prácticas. Por ejemplo, se estrenó una versión 2009 de 17 otra vez (17 again), una olvidable película en clave de comedia que cada cierta cantidad de años se reedita de una manera u otra: el adulto que se convierte en adolescente y debe volver a la secundaria. En una escena le daban una golpiza al protagonista y sus compañeros se ponían en ronda para grabar la pelea con sus celulares; al rato ya estaba en YouTube y circulando por toda la escuela.

Aunque hace 17 años que tuve 17 años, no vivo en una cajita de fósforos: escuché hablar del bullying, leí sobre la manera en que los adolescentes registran y distribuyen este tipo de encontronazos. Pero hay muchas cosas que sé que no sé, pautas de comportamiento específicas relacionadas con una tecnología determinada que desconozco. ¿Qué más se hace con un celular en la secundaria? ¿Sirven para machetearse? ¿Los celulares son blanco de escondidas y bromas pesadas? ¿Un chico y una chica de diferentes cursos se llaman de aula a aula? ¿Se mandan mensajitos enamoradizos? ¿Qué prácticas que hace diez años no existían se asumen, hoy, como cotidianas, corrientes, desapercibidas?

La iluminación llegó el 31 de diciembre de 1999. Recuerdo perfectamente la fecha pues eran las vísperas del fin del mundo. El Y2K estaba a punto de arrasar con la vida tal como la conocíamos. Los aviones empezarían a caerse, los satélites se estrellarían contra la Tierra, las tostadoras eléctricas morderían a los usuarios. Fue un fin de año glorioso.

Mi primo y yo esperábamos frente a mi computadora. En un momento se quejó del mouse. Le dije que sí, que se trababa, que tenía que cambiarlo (si había mundo luego de las doce). Me dijo que no, que sólo estaba sucio, que lo limpiara y listo. Y ese día, supongo que tardío, descubrí que un mouse se abría por abajo, se sacaba una bolillita y se le limpiaba la pelusa acumulada.

Y entonces llegó la revelación:

―¿En la escuela no se afanaban la bolillita en las clases de computación?

La respuesta era obviamente que no. Pertenezco a la generación que fue testigo del cambio tecnológico, que atravesó la barrera entre la vida cotidiana analógica y la vida cotidiana digital. En la escuela secundaria tuve clases de mecanografía y el método didáctico consistía en taparte las teclas con esmalte de uñas, para que estuvieras obligado a memorizar la ubicación de las letras. En las clases de computación aprendíamos Logo y Basic, hasta el último año, cuando llegó un inimaginable salto con las pantallas color ámbar, con el reinado de “El príncipe de Persia”. Así que no, en la escuela jamás le había afanado la bolillita al mouse. Y estimo que hoy tampoco nadie lo hace, pues ese tipo de mouse ya no se encuentra en las escuelas sino en los museos.

Facebook arrastra montones de estas prácticas. En los últimos meses escuché relatos cotidianos que bien podrían sostener ese 95% de los titulares de los periódicos. Desde mujeres quejándose de que su pareja tiene decenas de chicas busconas como “amigas” y no sabe quiénes son o de dónde salieron (¡esas chiruzas!), hasta hombres quejándose de que su pareja no tiene una lista de amigos sino un mural de trofeos que pasaron por su cama; escuché sobre gente que conoció amores vía Facebook y de otra gente que los perdió allí; oí sobre personas que se destaggearon de las fotos compartidas con sus antiguas pasiones y de otras que en actos simbólicos de melodramatismo borraron a sus medias naranjas de sus listados de amigos. Escuché a personas que explicaban que enviar la solicitud de amistad a alguien a quien quieren conquistar significa regalarse, y a otras diciendo que más vale demorar la aprobación de la solicitud para hacerse desear; oí historias de reproches, suspicacias y verdaderos trabajos detectivescos en base a una foto, un comentario o un rostro de Facebook.

¿Me quiere? ¿Por qué no comenta mi estado si me quiere? ¿Me toma en serio? ¿Por qué su “situación sentimental” dice “soltero” si está conmigo? Habrá que buscar respuestas en la Cosmopolitan. O leer en el diario que el Arzobispo Vincent Nichols, vocero de la Iglesia Católica en Inglaterra, señaló este mes que redes como Facebook podrían empujar a los adolescentes hacia el suicidio, al dañar sus relaciones íntimas y no ofrecerles lazos sociales fuertes. O recordar que las nuevas tecnologías (desde el auto hasta el telégrafo, pasando por el ICQ, el disco de vinilo, la radio o el cinematógrafo) engendran pautas culturales que modifican las relaciones entre las personas, su manera de entender el amor, el sexo, la confianza y quién sabe qué más.

El interrogante, en todo caso, está en ese “quién sabe qué más”.

jueves 20 de agosto de 2009

Navegando

En el Canal de Beagle, allá en el find el mundo. (Foto: M. Pisarro)

Navegando

En el Canal de Beagle, allá en el find el mundo. (Foto: M. Pisarro)

miércoles 19 de agosto de 2009

Hipertensión

En su novela Un hombre en la oscuridad, Paul Auster escribió: “Lo único que [Gil] heredó de él [su padre] fue una hipertensión crónica y una enfermedad del corazón: diagnosticada por primera vez a los dieciocho años, se le presentó nomás cumplir los treinta y cuatro en forma de trombosis coronaria en toda regla, a la que siguió otra un par de años después. Gil era un hombre alto y enérgico, pero se pasó la vida entera con una sentencia de muerte circulando por sus venas”.

La empatía es inevitable. Yo también tenía dieciocho cuando me diagnosticaron hipertensión crónica, y ahora, a los treinta y cuatro, con el corazón hipertrofiado y los permanentes dolores de cabeza, me cansé de oír a cardiólogos recordándome que llevo una sentencia de muerte circulando por las venas. Soy alto y enérgico, protesto. Los cardiólogos se muestran impasibles. Sentencia de muerte, insisten.

No se crea que exagero. Tengo la impresión de que los cardiólogos son los más melodramáticos de los profesionales de la salud. Y considerando que últimamente me parece haber conocido más cardiólogos que personas, tengo unas cuantas referencias con las cuales sostener la hipótesis. Un pretérito cardiólogo solía llevarse los dedos a la sien, simulando una pistola, y gritaba: “¡Ruleta rusa! ¡Ruleta rusa! ¡Estás jugando a la ruleta rusa!”. Hace unos días, otro cardiólogo, mientras repasaba con un veloz murmullo las drogas que ingiero todos los días (amlodipinalosartáncarvedilol…), levantó la vista y dijo:

―Aparecieron muchas nuevas drogas últimamente. Hace quince años te habrías muerto en diez años.

Hay cierta paradoja temporal en la expresión, pero por las dudas más vale no pensarlo mucho. No sea que al universo se le ocurra hacer alguna rectificación donde el hilo más delgado sea uno.

Ya me acostumbré a que el profesional de turno señale siempre que la hipertensión es demasiado severa para mi edad. Al principio me encogía de hombros. Luego empecé a decir que ojalá dejaran de decirme eso. Más tarde comencé a repetir que en algún momento hipertensión y edad coincidirán. Ahora no digo nada. Empiezo a creer que el día en que edad e hipertensión coincidan me sacarán en un sobretodo de madera.

El universo es un cabrón miserable a la hora de jugar con las ironías.

Más vale no tentarlo.

(*) Días atrás almorzaba a las apuradas en McDonald’s. Obviamente es el lugar donde uno no debería almorzar si tiene hipertensión, y mucho menos a las apuradas, pero dejémoslo pasar por esta vez. El punto es que no podía creer cuán saladas estaban las papas fritas. En ese momento se me ocurrió algo: teniendo en cuenta los valores y demandas de la sociedad contemporánea, podría haberme sentido discriminado. Lo digo en serio. ¿Por qué no ofrecen papas fritas sin sal para hipertensos? Si hay comida kosher o vegetariana o celíaca, ¿por qué no un menú menos salado para hipertensos?
(**) Acaso porque exigirlo significa hablar como hipertenso y desde la hipertensión. Es decir: convertir la hipertensión en “condición” y, al hipertenso, en sujeto social reconocible, en identidad colectiva e individual. Para eso me cocino mis propias papas fritas, sin sal y menos grasosas. Y no tengo que encabezar ninguna carroza en el Día del Orgullo del Hipertenso.

Hipertensión

En su novela Un hombre en la oscuridad, Paul Auster escribió: “Lo único que [Gil] heredó de él [su padre] fue una hipertensión crónica y una enfermedad del corazón: diagnosticada por primera vez a los dieciocho años, se le presentó nomás cumplir los treinta y cuatro en forma de trombosis coronaria en toda regla, a la que siguió otra un par de años después. Gil era un hombre alto y enérgico, pero se pasó la vida entera con una sentencia de muerte circulando por sus venas”.

La empatía es inevitable. Yo también tenía dieciocho cuando me diagnosticaron hipertensión crónica, y ahora, a los treinta y cuatro, con el corazón hipertrofiado y los permanentes dolores de cabeza, me cansé de oír a cardiólogos recordándome que llevo una sentencia de muerte circulando por las venas. Soy alto y enérgico, protesto. Los cardiólogos se muestran impasibles. Sentencia de muerte, insisten.

No se crea que exagero. Tengo la impresión de que los cardiólogos son los más melodramáticos de los profesionales de la salud. Y considerando que últimamente me parece haber conocido más cardiólogos que personas, tengo unas cuantas referencias con las cuales sostener la hipótesis. Un pretérito cardiólogo solía llevarse los dedos a la sien, simulando una pistola, y gritaba: “¡Ruleta rusa! ¡Ruleta rusa! ¡Estás jugando a la ruleta rusa!”. Hace unos días, otro cardiólogo, mientras repasaba con un veloz murmullo las drogas que ingiero todos los días (amlodipinalosartáncarvedilol…), levantó la vista y dijo:

―Aparecieron muchas nuevas drogas últimamente. Hace quince años te habrías muerto en diez años.

Hay cierta paradoja temporal en la expresión, pero por las dudas más vale no pensarlo mucho. No sea que al universo se le ocurra hacer alguna rectificación donde el hilo más delgado sea uno.

Ya me acostumbré a que el profesional de turno señale siempre que la hipertensión es demasiado severa para mi edad. Al principio me encogía de hombros. Luego empecé a decir que ojalá dejaran de decirme eso. Más tarde comencé a repetir que en algún momento hipertensión y edad coincidirán. Ahora no digo nada. Empiezo a creer que el día en que edad e hipertensión coincidan me sacarán en un sobretodo de madera.

El universo es un cabrón miserable a la hora de jugar con las ironías.

Más vale no tentarlo.

(*) Días atrás almorzaba a las apuradas en McDonald’s. Obviamente es el lugar donde uno no debería almorzar si tiene hipertensión, y mucho menos a las apuradas, pero dejémoslo pasar por esta vez. El punto es que no podía creer cuán saladas estaban las papas fritas. En ese momento se me ocurrió algo: teniendo en cuenta los valores y demandas de la sociedad contemporánea, podría haberme sentido discriminado. Lo digo en serio. ¿Por qué no ofrecen papas fritas sin sal para hipertensos? Si hay comida kosher o vegetariana o celíaca, ¿por qué no un menú menos salado para hipertensos?
(**) Acaso porque exigirlo significa hablar como hipertenso y desde la hipertensión. Es decir: convertir la hipertensión en “condición” y, al hipertenso, en sujeto social reconocible, en identidad colectiva e individual. Para eso me cocino mis propias papas fritas, sin sal y menos grasosas. Y no tengo que encabezar ninguna carroza en el Día del Orgullo del Hipertenso.

lunes 17 de agosto de 2009

¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Está vivo!


Aunque Frankenstein, o el moderno Prometeo es una obra del siglo XIX, en cuanto iconografía pertenece a la centuria que le sigue. La novela de Mary Shelley, publicada en 1818, se convirtió en icono cultural gracias al cinematógrafo, a la industria de narraciones y pesadillas del siglo XX. La adaptación de James Whale, estrenada en 1931, todavía sigue siendo su vértice inevitable. Cuando el Dr. Henry Frankenstein (Colin Clive) observa que la mano de la criatura (Boris Karloff) se mueve tras la descarga de relámpagos de la tormenta, cuando su afirmación de que está vivo, está vivo, ¡está vivo!, pasa del susurro al grito desquiciado, todas las posibilidades de la novela decimonónica se plasman y consuman en el mismo acto. Esa escena es única, si se sigue la tradición marxiana de la tragedia y la farsa: luego de que el Dr. Frankenstein exclama que ahora sabe qué se siente ser Dios, la tragedia que representa sólo podrá dramatizarse como farsa.

Siempre se señaló la distancia que existe entre el libro de Shelley y la película de Whale. Es verdad que Whale no utilizó directamente el libro de Shelley, sino una obra de teatro basada en la novela y estrenada en 1927, escrita por la dramaturga, novelista y poeta Peggy Webling. Pero también se debe considerar que entre el libro de Shelley y la película de Whale no median unos años, ni siquiera unas décadas, sino más de un siglo. Buena parte de los ecos que daban forma al libro, un siglo más tarde parecían olvidados, superados o ignorados.

Al trazar la historia del género, el escritor Isaac Asimov no dudó en situar a Frankenstein en el trono de primera novela de ciencia ficción. El análisis (compilado en su libro Sobre la ciencia ficción) es interesante porque no menciona muchas de las posibles fuentes literarias de la obra de Shelley; por ejemplo, El paraíso perdido, el poema narrativo de John Milton del siglo XVII, o La balada del marinero de antaño, el poema de Samuel Taylor Coleridge de 1799, o Vathek, la novela gótica de William Thomas Beckford publicada en 1786. Asimov se dirigió a lo más interesante de los gérmenes de la historia de Shelley (quien tenía 18 años cuando empezó a escribir la novela, 19 cuando la terminó y 21 cuando la publicó). El artífice de las tres leyes de la robótica le hizo decir a un despreocupado Lord Byron, papando moscas en las costas del Lago Lemán de Ginebra, maravillado con los experimentos de Luigi Galvani y Alessandro Volta, que por qué no escribir una novela científica.

Mary Shelley ―por entonces Mary Wollstonecraft Godwin― lo hizo.

Si se sigue la aritmética cultural, ni Volta ni Shelley hubiesen producido la obra que produjeron sin los experimentos de Galvani (aunque Galvani y Volta hayan sido contemporáneos, y si es por eso, también Volta y Shelley). Pero el trabajo de Galvani es interesante también como mito fundador, como ejemplo de azar y contingencia: la manzana newtoniana que cae del árbol y golpea en la cabeza cuando menos se lo espera.

Sólo que en vez de manzana, a Galvani le cayó una rana muerta electrificada.

Luigi Galvani nació en Bolonia en 1737 y falleció en la misma ciudad en 1798. Fue médico, físico, fisiólogo, pionero en el estudio de los patrones y señales eléctricas del sistema nervioso. Según una de las tantas versiones que se cuentan de la historia, en 1786 Galvani había diseccionado una rana sobre una mesa donde había estado experimentado con electricidad estática. Un ayudante tocó con un escalpelo al animal muerto y éste contrajo sus músculos. Ninguno de ellos gritó “¡Está viva! ¡Está viva!”, pero el incidente le permitió a Galvani relacionar la electricidad con la reanimación, y luego, con la vida, con la “fuerza vital” (aunque no haya registros de que afirmara haber descubierto qué se sentía ser Dios). Divulgó la expresión “electricidad animal” para referirse a aquello que hacía sacudir los músculos de los animales muertos, y todavía hoy es fabuloso pegarle una mirada a De viribus electricitatis in motu musculari: commentarius, el libro que Galvani publicó en 1791 (en latín). Luego de su fallecimiento comenzó a hablarse de galvanismo, a modo de homenaje filial. El galvanismo ―en biología― compete a la contracción de un músculo mediante el estímulo de corriente eléctrica.

Que no se olvide, pues, que los tiempos en que Shelley, a sus impresionables dieciocho años, escribió Frankenstein, o un poco antes, podrían considerarse también la época heroica del galvanismo. El físico y escritor francés Nicolas Witkowski anotó:

Comenzó entonces, en toda Europa, una serie de experiencias que pusieron en relación directa los laboratorios de biología, las carnicerías, las guillotinas y los cementerios. Con un electrodo en cada mano, Volta hizo mover una lengua de cordero y cantar a unas langostas decapitadas; Zanetti obtuvo contracciones, durante dos horas, de cada uno de los trozos de una víbora cortada en tres; Xavier Bichat (1771-1802) experimentó sobre un perro decapitado; en el laboratorio veterinario de Alfort se vio una cabeza de buey electrificada “¡que movía los ojos enfurecida y sacudía sus orejas!”; el mismo Galvani, en el hospital de Bolonia, experimentó (con el acuerdo del paciente) sobre una mano y un pie “cortados por un hábil cirujano”; Giovanni Aldini hizo algo mejor: primero en Italia, sobre cabezas de criminales decapitados (“Los ojos se abren, giran en sus órbitas, la boca se abre y se cierra, los dientes castañean…”), luego en Inglaterra, sobre un ahorcado que adquirió. El comentador (francés) aclara que un comercio semejante “es usual en ese país”, y que se trataba no sólo de verificar las teorías eléctricas animales sobre el cadáver sino también, eventualmente (nunca se sabe), llamarlo a la vida. La continuación del relato merece que se la cite in extenso: “Se reprodujo una respiración violenta y convulsiva; los ojos se abrieron nuevamente, los labios se agitaron, y la cara del asesino, no obedeciendo ya a ningún instinto que lo dirigiera, presentó aspectos de fisionomía tan extraños que uno de los asistentes se desvaneció de horror, y durante algunos días permaneció aquejado por una verdadera obsesión mental”.

El galvanismo fue apagándose paulatinamente, al menos en la versión cirquera que le atribuía la capacidad de reanimar cadáveres. Shelley escuchó estas historias; Volta, entretanto, inventó las pilas. Frankenstein, que es como empezó a llamarse al rejunte de cadáveres sin nombre imaginado por Shelley, siguió su trayecto durante el siglo XX, perdiendo, capa por capa, cualquier referencia a Galvani, Volta, Zanetti, Aldini, Bichat… Dejada atrás la tragedia, la historia estaba preparada para la farsa.

Por eso diecisiete años después de que James Whale representara el drama de saberse Dios, el monstruo del Dr. Frankenstein estaba preparado para enfrentarse contra Abbott y Costello.

Las relaciones entre laboratorios de biología, carnicerías, guillotinas y cementerios habían dado paso a la farsa.